Encuentro con mi compañera

¡Hola!

Me llamo Sonia y tengo 32 años. Soy morena y en la actualidad llevo el pelo corto. Mido 1,68, estoy en mi peso y tengo la piel oscura. Me gustan los planes tranquilos, leer, quedar con mis amigas para cenar y ver alguna serie buena en casa. Siento predilección por las mujeres de pelo oscuro y que sepan llevar la batuta. Supongo que a todos los efectos se me puede considerar una sumisa, aunque nunca he tenido un Ama formal. Y por eso escribo, porque puede que esté de camino a ello.

Ella se llama Isabel y es compañera de trabajo. Tiene 35 años y es madre soltera de una encantadora chica de 11 años. Isabel también es morena, pero con el pelo corto y unos bonitos ojos verdes. Un poco más alta que yo y algo más rellenita, pero tremendamente adorable.

¿Por qué ella está camino de ser mi primera Ama formal? Bueno, llevamos trabajando juntas varios años y nos tenemos confianza. Es de las pocas personas de mi trabajo que conoce mi orientación sexual y con quien puedo hablar tranquilamente. Una buena amiga aparte de compañera. Esa confianza es la que alguna vez la ha llevado a soltar en broma que algún día me daría un azote cuando me ha visto hacer alguna tontería. Yo siempre me he reído sobre ello, pero por alguna razón en las últimas semanas le respondía que eso podría estar bien. Una vez hasta le respondí que si con la mano o con fusta. Entre un comentario y otro se percató de que estaba muy puesta en el tema, así que con algo de vergüenza por mi parte le dije que así era, que algo sabia. Y curioseando más nos dimos cuenta de que es algo que a las dos nos gusta. Hace una semana, mientras charlábamos sobre un problema del trabajo causado por otro compañero, Isabel soltó que le daban ganas de azotarlo un buen rato, y antes de que me diera tiempo a pensar en lo que decía, le solté: “Bueno, a mi puedes hacerlo cuando te apetezca”, para acto seguido ponerme como un tomate. Isabel se me quedó mirando fijamente tratando de adivinar si lo que decía iba en serio o coña. Al final fue más directa: “¿Eso iba en serio o ha sido coña?”. Poniéndome aún más roja solo atiné a responder: “Perdona, me ha salido sin pensar. Se que no eres lesbiana”. Y en principio lo dejamos así.

Al día siguiente, mientras comíamos fuera Isabel me dijo: “Oye Sonia, lo que dijiste ayer”. Rápidamente me atraganté y me puse a toser. “Con calma chica”, me dijo entre risas. Bebí agua para aclararme la garganta mientras Isabel retomaba la conversación. “Lo que dijiste”, meditó un par de segundos, “¿tu harías una sesión con una Domina que no sea lesbiana? Ya sabes, que no te hiciera sexo oral y cosas así, pero tú a ella sí”. Lo pensé antes de responder. “Creo que sí”, afirmé. “Como sumisa mi papel es complacer, no vería raro una situación como la que dices. ¿Por?”. Isabel revolvió un poco su comida antes de responder. “Entonces”, vaciló un momento. “Si, por ejemplo, tuviera una sesión contigo, solo supongámoslo, ¿no verías necesario que yo te hiciese ese tipo de cosas?”. Me la quedé mirando fijamente antes de responder. “Bueno…no, claro que no. Si algo así ocurriera entendería que tú no eres lesbiana y se limitaría a lo que es la Dominación en sí y ya”. Volví a tomar un sorbo de mi copa de agua. “¿A qué viene la pregunta?”. Isabel me devolvió la mirada. “Es solo que estuve pensando. La verdad llevó un montón sin salir con nadie, con la niña ya sabes que es difícil, y menos aún sin poder probar nada de Dominación. Así que cuando dijiste lo de ayer me puse a darle vueltas, pero todo el rato volvía a lo de que tu si eres lesbiana y yo no, y que no sé, no sería muy justo”. Le sonreí amablemente, a veces le daba por dar esos rodeos mentales con las cosas, sobre todo con cosas de su niña. “Pues ya sabes, comer coños y azotar son dos cosas distintas que van cada una por su lado. Si están juntas mejor, claro, pero cada cosa por si misma tiene su diversión. Tú no te comas la cabeza”. Isabel me sonrió por la naturalidad con la que me lo tomaba. “Gracias Sonia”. Le volví a sonreír. “De nada”. Seguimos comiendo un par de minutos antes de que Isabel volviera a hablar. “Entonces…”, empezó vacilante, pero adquirió seguridad enseguida, “¿te gustaría tener una sesión este fin de semana?”. Volví a mirarla fijamente sin saber si estaba de broma o en serio. “¿Lo dices en serio?”. Isabel asintió sonriendo. “Sí”. Deje el tenedor sobre el plato sin saber muy bien que decir. “Hace años que nos conocemos y nos tenemos confianza, y como has dicho sería solo Dominación, algo que nos gusta a las dos. Así que bueno, ¿Por qué no?”. Y por más que lo pensé, no me vino ningún por qué. Isabel era guapa y simpática, y la verdad es que cuando solté que me podía azotar lo decía en serio, aunque fuese sin pensar. “¿Estás segura?”, fue lo único que alcance a decir. “Claro, si te parece bien, podemos probar”. Pensé durante varios segundos. “¿Y cómo lo hacemos?”. Isabel sonrió radiante. “Este finde la peque está con su padre, así que puedes venirte el sábado por la tarde a casa y hacemos la sesión. ¿Qué te parece?”. Volví a dar un sorbo a la copa mientras mi mar de dudas internas se calmaba. “Vale”. Tras eso terminamos de trabajar y volvimos al trabajo. No cometamos nada más hasta el viernes antes de irnos que Isabel se acercó a mi sitio y me dijo, “¿Mañana a las 19:00 te parece bien?”. La miré y asentí. “Sí, mañana a las 19:00”. Se despidió como siempre y se fue.

Y aquí estoy, sábado a las 18:30, hecha un mar de nervios repasando por quinta vez mi imagen en el espejo. Voy con el pelo algo ondulado, maquillaje suave, una blusa roja y un pantalón vaquero negro, con sandalias. Debajo llevo un conjunto de lencería negro semitransparente. Dando un largo suspiro, repasé mi imagen una vez más y salí camino de la casa de Isabel.

Tras 20 minutos llegué allí y aún con nervios llamé a la puerta. Isabel no tardó en abrirme la puerta sonriendo. “Bienvenida Sonia”. Me dio un par de besos y me invitó a entrar como tantas otras veces lo había hecho. Isabel llevaba una camiseta blanca junto con un vaquero azul y zapatillas de andar por casa. ”¿Qué tal estás?” Me preguntó. “Un poco nerviosa, la verdad”. Respondí. “Sí yo también. ¿Quieres beber algo?”. Me ofreció. “Claro, agua.” Fue hacia la cocina y me trajo un vaso de agua. “Gracias”. Di un buen sorbo al vaso. “Bueno. ¿Cómo quieres hacerlo?”. Le pregunté. Isabel sonrió y respondió. “¿Te parece bien en mi habitación?”. Asentí y la acompañé hasta allí. Había estado antes allí, pero no puede evitar sentir un calor en mi estómago al sentir la anticipación. Al llegar vi que sobre la cómoda tenía dispuesta una fusta. “Te veo preparada” Le comenté con una sonrisa. Isabel se rio. “Sí, ya tiene algo de tiempo. He tenido que rebuscar en los cajones para encontrarla”. Yo también sonreí. “Bueno”, le dije, “Tu dirás”. Isabel me miró algo más seria. “Bueno, la verdad es que esperaba que me dijeses que quieres hacer”. Le sonreí antes de responder. “Bueno, la Domina decide y la sumisa hace”. Isabel sonrió ante el comentario. “Ya, bueno. Pero no quiero hacer algo que te desagrade”. Dijo con cierta preocupación. “No te preocupes, si lo haces te lo digo y paras”. Isabel asintió sonriendo un poco más. “Muy bien. ¿Empezamos?”. Asentí y dije. “Adelante”.

Tras casi medio minuto mirándonos la una a la otra fijamente sin mover un músculo, las dos nos echamos a reír a la vez. “Jajajajaja”. Tras reír un buen rato más Isabel dijo. “Vale, me parece que lo necesitábamos”. Sin dejar de sonreír le dije. “Sí, ahora mejor”. Isabel asintió y me dio un rápido abrazo. “Bien, vamos a ello”. Asentí una vez más. “Qué es lo que te apetece hacer?”. Isabel se giró hasta el aparador, cogió la fusta y me la enseñó triunfante. “Esto”. Asentí de nuevo. “Vale. ¿Cómo quieres que me ponga?” Isabel lo meditó medio segundo. “Con las manos apoyadas sobre la cama y el culo fuera me parece bien”. La cama era grande. De matrimonio y parecía cómoda. “Muy bien”. Le dije. “¿Así como estoy o me quito algo?”. Isabel se puso a meditar la respuesta cuando se me ocurrió otra pregunta. “Por cierto, ¿quieres que sea protocolaria contigo? No me has dicho nada”. Isabel me miró fijamente. “Creo que eso no lo he probado nunca”. Le sonreí. “Es fácil, es simplemente hablarte de Usted y cosas así”. Isabel soltó una risita. “Dios, se me haría rarísimo”. Yo también le sonreí. “Un poco la verdad, pero tiene su morbo”. Le dije. Isabel se llevó la mano a la barbilla meditando y dijo. “A ver, prueba”. Yo también sonreí. “¿Quiere que siga así vestida para los azotes o quiere que me quite algo Señora?”. Según lo decía un cosquilleo me recorría el cuerpo. Isabel soltó una risita. “Dios, sí que es raro”. Dijo divertida. “Pero sí que tiene su morbo”. Sonrió una vez más y me ordenó. “Vale, bájate el pantalón”. Asentí y me dispuse a ello. “Como ordene Señora”. Un nuevo escalofrío por mi parte y una nueva risita por parte de Isabel acompaño el movimiento. Me desabroché el pantalón y lo descendí hasta mis tobillos. Isabel y yo habíamos ido muchas veces de compras, así que no era la primera vez que me veía en bragas. Pero si era la primera que la hacía mientras sujetaba una fusta entre las manos. Me sonrojé un poco, me giré y apoyé las manos sobre la cama mientras sacaba el culo para fuera. Me quedé quita esperando. Notaba como Isabel me miraba, imaginé que resolviendo sus propias dudas internas. “Mm…”, oí como pensaba. “¿Te puedes bajar también las bragas Sonia?”. Sonreí ante la petición, aún tenía dudas sobre lo que pedirme o no. “Sí Señora”. Le contesté mientras separaba las manos de la cama, las levaba hasta mi cintura y deslizaba abajo la negra tela. Una vez abajo, volví a apoyar las manos sobre la cama. De nuevo Isabel se quedó mirando mientras la oía respirar profundamente. Tras un par de minutos de incertidumbre, la oí moverse y al instante noté como la fusta impactaba en mi nalga derecha sin mucha fuerza. “¿Esta bien así Sonia?”. Preguntó Isabel. Sonreí un poco y me incorporé. “Pues, casi ni se ha notado. No te preocupes Isa, tu suéltate”. Isabel me sonrió con cariño y asintió. Dio un par de toses disimuladas con cara divertida y señaló la cama con la punta de la fusta. “Perdón Señora” Le dije en tono divertido. “Bien, que no se repita”. Dijo ella con un tono mezcla de reproche y diversión. Sonreí para mis adentros. Isabel cogió aire una vez más y volvió a golpearme con la fusta en la nalga derecha. Esta vez si dolió y no puede evitar dar un respingo. Noté como Isabel se acercaba preocupada, pero antes de que dijera nada me adelanté. “Todo bien Señora, un buen golpe”. Noté como Isabel suspiraba y soltaba una risita. Volvió a coger aire y soltó un nuevo azote, sobre mi nalga izquierda esta vez, a la que respondí con un nuevo respingo. Fue espaciando los azotes, dejando pasar medio minuto entre cada uno de ellos y alternando entre nalgas al principio. Cuando llevaba 10 hizo un parón. “¿Vas bien Sonia?”. Notaba las nalgas doloridas y calientes, pero me sentía bien. Notaba el sudor recorrer mi cuerpo poco a poco. “Sí Señora”. Le respondí sin cambiar de pose. Isabel se me acercó e hizo señal de tiempo muerto con las manos. “Tiempo muerto, ahora de tú a tú”. Asentí y me incorporé. “Va todo bien Isa, no te preocupes”. Isabel me miró seria. “¿Segura?”. Volví a asentir. “Segura”. Isabel sonrió y me dio un apretón de confianza en el brazo. “¿Seguimos?”. Asentí y volví a ponerme en posición. “Sí Señora”.

Isabel volvió a darme 10 fustazos, aunque reduciendo el tiempo entre ellos. Poco a poco iba sintienose más cómoda. Tras esos fustazos, hizo una pequeña pausa para beber agua. Yo ya notaba las nalgas doloridas y calientes, y el sudor empezaba a empaparme un poco la ropa. Tras el breve receso, Isabel volvió a darme 10 azotes. En los últimos no puede evitar el soltar pequeños quejidos.

“Tiempo”. Volvió a decir Isabel. “¿Vas bien Sonia?”. Me incorporé y me llevé las manos a las nalgas para acariciarlas y relajarlas. “Sí Isa”. Le dije con una sonrisa. “Se te da bien esto”. Isabel sonrió ante el comentario. “Estas empapada, ¿segura que estas bien?”. Asentí de nuevo. “Sí, solo es sudor, entre la situación, la postura y la ropa es normal”. Isabel asintió sonriendo. “¿Quieres seguir o lo dejemos?”. Preguntó. “Por mi sigamos”. Isabel sonrió y volvió a su sitio tras de mí. Yo empecé a volver a mi sitio, pero Isabel me interrumpió. “Sonia, quítate el resto de ropa, estas empapada”. Agradecí en silenció la orden, la verdad es que estaría más cómoda sin la ropa. “Sí Señora”. Empecé a desabrocharme la blusa. “Date la vuelta para hacerlo”. Me extraño la petición repentina, pero no era nada difícil. “Sí Señora”. Me giré quedando frente a Isabel y seguí desabrochándome botones de la blusa hasta abrirla por completo. Me la quite y me quede en sujetador. Con agilidad llevé las manos a la espalda y abrí el cierre. Lo deslice sobre mis hombros y en pocos segundos estaba desnuda frente a Isabel. Un poco de vergüenza me tiño las mejillas al darme cuenta de la situación. Isabel me miró de arriba abajo y me señaló una silla del dormitorio. “Deja la ropa ordenada ahí”. Asentí. “Si Señora”. Recogí la ropa, la doble bien y la deje sobre la silla. Volví a mi sitio frente a la cama y me dispuse a ponerme en posición. “Espera”. Me dijo Isabel. Me quede quieta, firme frente a ella. Se acercó a mí y apoyó la fusta sobre mi hombro izquierdo. La fue deslizando a lo largo del brazo hasta mis caderas, luego cruzó mi estómago hasta la mitad y subió hasta mis pechos. Los recorrió con la punta de la fusta y la retiró de golpe. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El recorrido de la fusta me había excitado un montón. “Separa un poco las piernas Sonia”. Tragué saliva y obedecí la orden sin decir nada. Isabel sonrió y llevó la punta de la justa hasta mi sexo. Solté un suspiro. Isabel recorrió mi sexo con la punta de la fusta unos segundos y después la deslizó por entre mis labios con un poco de presión. Di un respingo al que Isabel sonrió. Volvió a separar la fusta con un movimiento rápido y vi como la alzaba frente a las dos. En la punta de la fusta podían verse unas delatoras gotas. “Estás mojada Sonia”. Dijo Isabel divertida. Yo agaché. la vista avergonzada. Isabel se rio y en un movimiento audaz que no me esperaba, usó la fusta para darme un golpe suave en mi sexo. Aunque no dolió no pude evitar dar un respingo. Isabel rio. “Vuelve a tu posición”. Muy avergonzada respondí. “Sí Señora”. Me di la vuelta y me puse en posición.

Isabel retomó los azotes. Esta vez fueron 20 seguidos. Los 10 últimos fueron más intensos. Cada vez que mis nalgas acusaban el golpe, daba un respingo y mis piernas se doblaban un poco. Sin poder evitarlo, al notar cada uno de los últimos azotes quejidos escapaban de mi boca. Tras dar el último fustazo, Isabel soltó un gran suspiro. “Y cincuenta”. Rio en voz alta. “Ya puedes incorporarte Sonia”. Sin decir nada lo hice, llevando las manos a mi dolorido trasero. Mientras lo hacía Isabel aprovechó para sentarse frente a mí en la cama. “Ha sido increíble”. Comentó risueña. Sonreí ante su tono. “¿Tu estas bien Sonia? ¿No me he pasado con los últimos?”. Negue con la cabeza. “No, no te preocupes Isa. Me duele el trasero, pero lo normal después de tanto azote”. Le dije divertida. Isabel sonrió. “Me alegro”. Se la notaba eufórica. “Ha sido muy excitante, me tiemblan las piernas y tengo las bragas empapadas”. Esta vez me reí yo. “Yo también estoy excitada”. Isabel se rio conmigo y se llevó ambas manos a la entrepierna. “Dios, que ganas tengo de correrme”. Volví a sonreír mientras Isabel hacia un par de movimientos exagerados. Se llevó las manos a la cara y se derrumbó sobre la cama con un suspiro. “Que ganas”. La miré algo extrañada. “¿Ganas?”. Isabel se quitó las manos de la cara y me miró. “Sí”. Carraspee ostensiblemente mientras la miraba. Isabel me miró dubitativa. “Se que te lo pregunté Sonia, pero me da reparo no poder corresponderte luego”. Le hice un mohín con los labios. “Pero no te da reparo azotarme, aunque yo no te voy a azotar a ti”. Isabel volvió a tenderse sobre la cama mirando al techo. “¿Estas completamente segura de que no te importa?”. Preguntó una vez más. Sonreí. “Completamente”. Isabel suspiró y se incorporó para sentarse de nuevo frente a mí. Se mordía el labio inferior de un modo muy tierno. Me miró de arriba abajo y ordenó. “Arrodíllate y cómeme el coño”. Le sonreí y asentí. “Como desee Señora”. Me arrodillé frente a Isabel y me quedé esperándola mirándola a los ojos sonriendo. Isabel volvió a sonreír, se llevó la mano a la cintura, se desabrochó el vaquero y con un solo movimiento lo bajó hasta los tobillos junto con sus bragas. Acto seguido se volvió a tumbar. Era la primera vez que le veía el coño a Isabel. Iba depilada y tenía los labios algo abiertos. La humedad de su sexo se podía ver claramente. Sin esperar nuevas órdenes me recline sobre ella y junte mis labios contra su sexo. “Uf”. Suspiró Isabel al notar el contacto. Le di una serie de suaves besos a lo largo de su sexo, cada uno acompañado por un suspiro de Isabel. Tras los besos saqué mi lengua y empecé a recorrer el depilado sexo de Isabel, saboreándolo. Tenía un sabor intenso, algo salado, pero muy agradable. Podría pasarme horas saboreando su intimidad. La recorrí de arriba abajo, recogiendo cada gota de su humedad y llevándomela a los labios. Alcancé su clítoris y lo besé. “Ah”. Gimió Isabel al sentirlo. Lo lamí y lo atrapé entre mis labios. Succione y tire suavemente del mismo. Notaba el calor que emanaba de la entrepierna de Isabel y soplaba para aliviársela. Solté el clítoris y la besé de bueno en su sexo. Lo lamí de lado a lado e introduje mi lengua entre sus pliegues. Isabel estaba tan excitada que me bastaron un par de minutos de atenciones para notar como sus caderas de agitaban y su sexo se tensaba. “¡Dios!”. Con un grito de desahogo Isabel se corrió en mis labios. Sus jugos se desparramaron con fuerza y me mancharon las mejillas y la barbilla. Nunca me había comentado que se corriera de forma tan intensa. Trate de beber todo lo que me ofrecía su coño en erupción, pero aun así los fluidos se derramaron por mi barbilla y mancharon mis pechos y muslos. Tras medio minuto de espasmos, Isabel se relajó. Seguí lamiendo hasta recoger todos sus fluidos. Mi propio coño ardía de excitación, tanto o más que mis azotadas nalgas. Oía a Isabel jadear sobre la cama. Permaneció así otro minuto más hasta que logró incorporarse. Me miró fijamente algo avergonzada cuando vio mi cara empapada por sus fluidos. “Perdona”. Le sonreí. “Nunca me habías dicho que te corrías de forma tan intensa”. Isabel me miró con cara culpable. “Ya bueno, es algo que me corta un poco. Perdona, debí avisarte”. Negué con la cabeza. “Ha sido una sorpresa agradable. Me ha gustado”. Isabel sonrió avergonzada y volvió a tenderse sobre la cama. “Ha sido todo…intenso”. Le di la razón. “Sí, lo he disfrutado. Muchas gracias por todo”. Isabel se rio. “¿Por ponerte el culo rojo a base de azotes o por empaparte la cara con los fluidos de mi coño?”. Me reí mientras me incorporaba y ponía de pie. “Por todo”. Le repetí. Isabel me miró y sonrió. Le señalé la puerta de su baño. “¿Puedo darme una ducha?”. Isabel asintió sin decir nada. Me acerqué a la silla y cogí mi ropa. Fui hasta la puerta y ya en el umbral me giré hacia ella. “Por cierto. ¿Te importa si…bueno?”. Aún tras todo me daba corte. Isabel se giró para mirarme. “¿Sí?”. Cogí aire. “¿Te importa si me…toco, un poco en la ducha? Me arde más que el trasero”. Isabel soltó una sonora risa y puso cara traviesa. “¿Y si digo que no?”. Me encogí de hombros. “Pues me ducharé, me aguantaré las ganas como pueda y cuando llegue a casa me voy a masturbar como nunca”. Isabel se rio fuertemente. “Vale, vale. Pero pídelo bien”. La sonríe divertida. “Con que bien, ¿eh?. ¿Te ha gustado lo del protocolo?”. Isabel asintió sonriendo. Le devolví la sonrisa. “¿Me da permiso para masturbarme y correrme Señora?”. Isabel asintió sin decir nada. Me volví y me metí en la ducha. Mis dedos no tardaron en acariciar mi sexo, y no mucho más tarde me corría rememorando el tacto de la fusta en mis nalgas y el sabor de Isabel en mi boca.

Treinta minutos más tarde salí del baño, con mi ropa puesta de nuevo. Isabel no estaba en la habitación sino en el salón, con un par de bebidas. Con un gesto me invitó a sentarme a su lado, cosa que hice. “Gracias”. Di un sorbo a mí me bebida. “¿Y bien?”. Preguntó Isabel. “¿Qué te ha parecido?”. Le sonreí. “Me lo he pasado muy bien. ¿Y tú?”. Isabel también sonrió. “Yo también”. Las dos nos quedamos en silencio un rato, tomando las bebidas tranquilamente. Cuando las terminamos, Isabel se animó. “¿Te gustaría repetirlo alguna vez?”. La miré intensamente unos segundos antes de responder. La verdad es que no me había planteado seriamente el que pasaría después. Pero decía la verdad al decir que lo había disfrutado. “¿La próxima semana?” Le dije alegre. Isabel sonrió y asintió. “Vale”. Permanecimos un rato más charlando, compartiendo impresiones. Cuando anocheció decidimos ir a cenar fuera y tras la cena nos despedimos con un par de besos. Seguíamos siendo amigas y compañeras de trabajo. Pero en mi interior sentía un hormigueo que me decía, que también había encontrado una Ama.

Espero que hayáis disfrutado leyendo este relato tanto como yo escribiéndolo.

¡Besos a tod@s!

Raharu

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