Haciendo porquerías con mi compañera de trabajo

Hola. No se por donde empezar. Sinceramente esta experiencia que a continuación compartiré con ustedes, habla de lo pervertida que puedo ser. En realidad a lo largo de todos mis relatos, alguno suelen ser repetitivos, pero a la vez me eh dado cuenta que mi perversidad no tiene limites. Ningún relato había hablado sobre mi trabajo. Y bueno, creo que este tampoco, pero la experiencia que viví, fue con una persona relacionada con el trabajo. Mi compañera Susana. Ella es una mujer de 38 años. Es guapa la chica. Tiene un cuerpo que llama la atención de los hombres. Tiene un trasero tonificado, pechos firmes, curvas marcadas que sin duda pone locos a los hombres. Y lo digo porque lo eh notado. Todos cuando la ven llegar, la saludan, la abrazan. A veces me causa envidia, puesto que le llevo 6 años y se ve que se cuida. Nunca menciona o habla sobre su vida privada. Al menos no conmigo. Digo, una mujer como ella, imaginaba que estaría casada o unida con un hombre compatible con ella. Compatible con su fina forma de ser. Sabe sacarle provecho a su físico. Viste bien, a la moda, elegante. Todas las mujeres son glamurosas, pero ella lo hacía de una manera muy interesante. Sin duda es la envidia de muchas mujeres. Y no dudo que lo disfrute. En el trabajo es fenomenal. Está en el área de contabilidad. Trabaja bien, es puntual, disciplinada, en fin. No me considero inferior a ella. De no ser por la edad. Tengo lo mío como cualquier mujer. Mis rasgos finos son mi fuerte. No soy fea, soy delgada, piel blanca, trasero levantado, igual pechos firmes. Todo gracias al ejercicio.

Y bueno, aquí va mi historia. Esto sucedió el martes 21 de Noviembre. Mi salida es siempre a las 9 de la noche. Rara vez salgo más tarde a menos que mi jefe me pida algún trabajo o de plano me quedé a terminar pendientes. Ese día la mayoría ya se estaba yendo y yo aún estaba metida en Excel. Miré el reloj: las 9:53. Ya era demasiado tarde para mí.

–          ¿aun te falta?, preguntó de sorpresa Susana.

–          Algo.

–          Ya déjalo, ya es muy tarde.

–          Es que no quiero que me estén presionando desde la mañana.

–          Lo sé. Pero si ya estás cansada, sólo lo harás mal por terminarlo.

–          Pues si…pero…

–          Ya ándale, vámonos. Es más, te invito a cenar para que te relajes.

–          ¿invitarme?

–          Si. ¿Qué tiene?

–          No nada pero…casi no nos hablamos.

–          Bueno…pero sirve para que nos conozcamos, ¿no?

–          Pues si pero…tengo que llegar por mis hijos.

–          ¿Qué edad tienen?

–          Una es de 19 y el otro es de 20.

–          Uy!! Desde que entran a la secundaria, se olvidan de ti jaja.

–          Si, en eso si tienes un poco de razón.

–          ¿entonces que?, ¿vamos?. Ándale!! Cambia la rutina.

Estaba indecisa, pero era mi oportunidad para relacionarme más con un humano y no con una pantalla que sólo me gastaba la vista.

–          Déjame llamarles.

–          Sale. Te espero allá afuera.

Les marqué avisándoles que llegaré más tarde. Salí. Estaba esperándome envuelta en su saco. Lucía elegante, sin duda.

–          ¿nos vamos?, preguntó al verme.

–          Ajá.

Sonó su auto al quitar el seguro. Sabía que auto tenía. En el transcurso del camino le inicié platica.

–          ¿y tú tienes hijos?

–          No. Vivo sola.

–          ¿sola?

–          Así es.

–          ¿a que se debe?

–          Jaja. La verdad, disfruto mucho estando sin pareja.

–          ¿si?

–          Si. No todos o todas en mi caso, tenemos el interés de seguir los mismos pasos que la vida nos ah marcado.

–          ¿Qué quieres decir?

Me miró de reojo y sonrió.

–          ¿y a dónde iremos?, le pregunté para no incomodarla.

–          A mi casa.

–          ¿a tu casa?

–          Si. Tranquila, ya casi llegamos. Yo te llevo de regreso.

Solo esperaba que no fuera a tardar. Aunque Carolina y Jorge ya son grandes, no podía dejarlos solos.

–          Llegamos.

Abrió la cochera. En medio de la noche observé su casa. Era bonita. Era casa moderna de dos pisos. Metió el coche. Sabía que ganaba bien, pero gastarlo sólo en ella, para mí no tenía sentido. Pero bueno, ella tenía sus razones para estar soltera. Entramos. Era ordenada, limpia su casa.

–          Que bonita casa.

–          Gracias. Ponte cómoda, ahora regreso.

Me senté en la sala. Que desperdicio. Sola en una casa muy bonita.

–          Llegué, avisaba con una botella en la mano y dos copas en la otra.

Me levanté. Aunque mi idea no era tomar, sino comer algo, no dije nada.

–          Tranquila, ya vi tu cara, ahorita te doy algo de comer. Jaja. Esto es para acompañar.

–          Jaja si. Tú, tranquila, no te presiono.

–          Jaja eres mi invitada.

Tan rápido como pudo, me sirvió lasaña de carne molida. Comí el primer pedazo.

–          Oye!! Que rico está!!

–          Gracias.

–          ¿tu lo hiciste?

–          Así es.

–          Pues te quedó perfecto.

–          Jaja que bueno que te gusto. Si quieres más, dime y te sirvo.

–          Déjame disfrutar este pedazo. Jaja

Sirvió vino y empezamos a charlar, a conocernos.

–          Háblame de ti, ¿Cuánto llevas casada?

–          …pues llevo 24 años.

–          Órales!! Te va bien, entonces.

–          Ni tanto.

–          Mmm…¿Por qué?.

Le expliqué que mi esposo sale mucho y que lo veo poco. Y que sólo vivo con mis hijos.

–          Lo siento.

–          No te preocupes. De todos modos, tengo a mis hijos.

–          Y a mí, dijo muy seria.

Sonreí. Se mordió los labios.

–          ¿gustas otra cosa?, preguntó evadiendo su mirada con la mía.

–          Así está bien, gracias. Ya es tarde y yo aquí haciéndote trabajar.

–          No, descuida. Eres la anfitriona.

Me sirvió más vino. Seguimos platicando media hora más, hasta darle fin con un:

–          Tengo que volver con mis hijos.

–          ¿ya?

–          Si. No me gusta dejarlos solos.

–          Está bien, te llevo.

–          Gracias.

Tomé mi bolsa y esperé a que abriera. Al llegar junto a mí giro su cuerpo quedando frente a la puerta. No se movió. Pasaron dos segundos y giró su cuerpo hacia mí. Jugó con las llaves durante un segundo y se fue encima de mí besándome.

–          Oye!! Espera!! ¿Qué haces?, pregunté exaltada girando la cabeza.

Se detuvo sin soltarme

–          ¿no te das cuenta?

–          Si, si me doy cuenta.

–          ¿entonces?

–          Sólo que…no tenemos los mismos intereses.

–          ¿y…porque no pruebas?

No sabía que responder. No soy lesbiana o al menos no me considero, pero en ocasiones anteriores, tuve la oportunidad de divertirme un poco con mi hija que ya en relatos anteriores eh contado mis aventuras con ella. Susana es muy bonita cono lo dije. Aunque su tono de piel es muy blanco, no deja de sorprenderme con el cuerpo que tiene.

–          Quizás no soy tu tipo, pero no puedo dejarte ir sin antes cumplir mi promesa, dijo.

–          ¿Qué promesa?

–          Me gustas. Y me propuse a quizás tener una aventura contigo a como de lugar. Estar en la oficina y no tener contacto contigo es una tortura. No sabía como encontrar una excusa para hablarte. De verdad…me encantas. Me encantas toda tú. Se que eres más grande que yo pero eso no impide que me dejes de gustar.

–          Eres muy halagadora, gracias.

Bajaba sus manos y las apoyó sobre mi cintura. Yo jugué con el botón de su blusa. Subió su mirada a la mía y me sonrió coquetamente. Se fue acercando lentamente hasta que sus labios tocaron los míos. Me dio un pequeño beso. Abrió la boca y sacó la lengua para acariciar mis labios con ella. Recorría en circulo mis labios, mojándolos con su saliva.

–          Que ricos labios tienes, Isabel.

Sonreí un poco apenada. Siguió besándome llevando sus manos a mi trasero descaradamente para apretarlo.

–          Mira, que rico. Seguro que lo mueves bien cuando te cogen.

–          …algo.

–          Me imagino.

No dejaba de masajearlo. Me besaba el cuello, lo acariciaba con sus labios y su nariz.

–          Hueles muy rico.

–          …¿si?

–          Si. Me pregunto si así de rico olerás toda.

–          No lo sé.

Sus besos encendían algo en mí. Me gustaba como manoseaba mi culo. Camino hacia mi haciendo que yo lo hiciera también pero en reversa. Mi espalda topó con pared. Sus manos soltaron mis nalgas y empezó a desabrochar mi saco lentamente. Botón por botón. Ella sólo tenía puesto su blusa blanca, su pantalón y unas zapatillas. En cambio yo, seguía tal como llegué al trabajo. Saco, blusa, pantalón de algodón y tacones bajos. Al desabrocharlo, me lo fue quitando.

–          No necesitaremos esto, dijo riendo.

Sólo reí como estúpida. No tenía de otra. Iba a pasar lo que tenía que pasar. Dejé que mi mente olvidara mis límites y me dejara disfrutar. Acaricié su rostro, sus mejillas con mis pulgares mientras ella se ocupaba de desabrochar mi blusa. Al terminar, mi brasier salió al aire. Se mordió los labios como si se le antojaran. Tiró del broche que se encontraba en el centro de las copas, y mis senos brincaron.

–          Mmmm!!!, reaccionó sonriéndome. ¿puedo?, preguntó.

–          …ajá.

Los agarró con sus suaves manos y los apretó haciendo que mis puntas resaltaron. Abrió la boca y los atrapó empezando a beber de ellos. Dios, su lengüita jugaba con mis puntas. Succionaba.

–          …sii!!

Mi excitación aumentó con su rica boca. Jugaba mis tetas. Jugaba con mis puntas dandole ricas lengüeteadas.

–          Que ricas las tienes, Isabel.

–          ¿te gustan?

–          Si.

Las atrapaba con sus labios y me las jalaba para luego tirar de ellas. Aunque no tengo pechos grandes, brincaban ligeramente. Se agachó para bajar a mi abdomen y lamer mi ombligo. La sensación de rosar su lengua fue graciosa. Sentí un cosquilleo. Desabrochó el botón de mi pantalón y bajó el cierre. Miré hacia ella y hacia mi entrepierna. Mi calzón rosado de asomaba. Sonreía. Bajó mi pantalón hasta dejarlo caer sobre mis pies.

–          Qué lindo calzoncito tienes.

No dije nada. Se inclinó y presionó su rostro contra mi vagina dando un fuerte respiro.

–          Que bien hueles.

–          ¿Qué tan bien?

–          Tanto que se me hizo agua la boca jaja.

Me sonroje y reí algo nerviosa. Mirándome a los ojos empezó a bajar mi calzón descubriendo mi rajita lentamente.

–          Mmm!! Te rasuras, que rico.

–          ¿tu no?, le pregunté a lo que no me contestó.

Continuó bajando mi prenda hasta dejarla caer sobre el pantalón. Mojó sus labios con su lengua. Se acercó poco a poco hasta plantar su boca en mi concha. Comenzó a lamer.

–          Mmmm!!!, reaccione ante su deleitante boca.

Su lengua lamia de arriba abajo. Acariciaba mi clítoris. Ese puntito que a todas nos pone locas. Descansé mis manos sobre su cabeza.

–          Que rica te sabe.

–          Sii!!

Escupió mi vagina y volvió a atacar.

–          Aaahhh!!! Que rico!!

El placer de tener su boca ahí me estaba encendiendo más. Mi cintura empezó a columpiarse a adelante hacia atrás. Sentía tan rico que no quería que detuviera. Lo hacía muy bien. Lamía súper bien. Succionaba y lamía. Combinaba perfectamente.

–          Susa…na!!

–          ¿Qué?

–          Aaahhh!!!

–          Me encantas, Isabel. Soñaba con este momento.

–          ¿…si?

–          Si. Y aún falta.

Decir eso me animó a dejarla que me siguiera chupando. Mucho más allá de disfrutar de su boca, las ganas de ser tocada aumentaron mucho más de lo que esperaba. Pasó sus manos a mi culo y lo apretó hacia ella. Abrió toda la boca tapando mis arrugados y delicados pliegues. Su lengua lamía con ganas.

–          Sigue!! Sii!!!

–          Sabe muy rica, en verdad.

Mientras seguía lamiendo se atrevió a rascar la entrada de mi trasero con la yema de su índice.

–          Lo tienes un poco apretado, que rico.

–          Sii!!, ¿Qué esperabas?

–          Me da lo mismo, supongo que te sabe igual de rico que tu vagina.

Sus palabras me excitaban. Se apartó, giro mi cuerpo de modo que mi cola quedara justo frente a su carita.

–          Mira que delicia, dijo al verme mi zona.

Reí y me peiné. Agarró mis nalgas y las separó.

–          Me encanta. Tienes un rico culo.

–          Jaja gracias.

Jugó con él. Lo amasaba. Lo abría y lo cerraba. De la nada metió su cara en mi culo para olfatearlo. Escuché su respiración.

–          Jaja te apesta muy rico.

–          Jaja ¿si?.

–          Si. Me pregunto cuando hombres desearían estar en mi lugar jaja.

–          Ni idea, pero…supongo que unos cuantos.

–          Sin duda. Dios, estás muy buena.

Resbaló la yema de un dedo sobre mi apretado ano. Lo apreté al rosarlo ahí. Se detuvo y me rascó.

–          ¿te gusta?, me preguntó.

–          …ajá.

–          ¿Qué sientes?

–          Pues…agradable.

–          ¿y así?,

Al hacer su pregunta empujó su dedo hasta adentrarlo en mi agujero. Mordí mis labios sin contestarle.

–          ¿sientes rico?

–          …si.

Siguió metiéndolo. Giraba su dedo en diversa direcciones. Noté que era el índice derecho. Lo había penetrado bien. Se levantó sin retirarlo. Se pegó a mi espalda susurrándome al oído izquierdo:

–          Me encantas, Isabel. Me encantas toda.

Apuntó su dedo hacia arriba en forma de gancho y levantó ligeramente mi trasero. Lo sacó y frotó mi entrada con la lubricación de mi ano. Se agachó y resbaló toda la lengua en ese lugar.

–          Mmm!! Que rico!!

–          Jaja ¿si?

–          Si.

Miré de reojo hacia ella y vi que chupó su dedo. Cubrió mis glúteos con sus manos y abrió mi traserito para luego lamerlo.

–          Mmmm!! Sii!!

–          ¿te gusta que te lo chupen?

–          Si!!

–          Te sabe rico.

Su lengua rosaba mi orificio entreabierto. Lengüeteaba con toda tranquilidad. Empujaba la lengua. Estaba a punto de metérmela, más o dejé que lo hiciera. Giré mi cuerpo y me arrodillé para besarla. Metía mi lengua en su boca.

–          Que ricos, labios, dije.

Sonrió. Me volvió a besar y luego metió su dedo a mi boca. Me sabía ácido. Imaginé que era el que me había metido. Lo chupé como si fuera una paleta. Untaba su dedo por toda mi boca.

–          Chúpalo bien.

Sacó su dedo de mi boca y la bajó a mi entrepierna. Frotó mi vagina y lo metió. Penetraba mi vagina con el dedo que me había metido en el culo. Lo sacó y lo probó.

–          Que rica te sabe, dijo riendo.

Se levantó y me tomó de las manos para ponerme de pie.

–          Ven, vamos a mi recámara.

Me subí el calzón y el pantalón. Tomó mi mano derecha y me guió hasta su cuarto. Dormía en una King  zise.

–          Acuéstate, me ordenó.

Me senté.

–          Con confianza.

Me empujó cayendo de espaldas sobre el colchón. Subió mis piernas y me quitó los tacones siguiendo con mi pantalón y mi calzón. Besó mis pantorrillas. Mis piernas descansaban sobre su pecho. Continuó besando mis piernas. Fue bajando lentamente en dirección a mi entrepierna. Al llegar a mis muslos los besó. Juntó mis piernas y las flexionó de modo que mis rodillas tocaran mi pecho. Se arrodilló. Justo al hacerlo, sentí su lengua resbalando mi ano hasta mi clítoris. Lo lengüeteó unos segundos. Dios, sentí muy rico.

–          Sabes de maravilla.

Separó mis piernas y las dejó suspendidas en el aire.

–          Así quédate.

Se desabrochó la blusa, el pantalón. Se lo bajó hasta quitárselo por completo. Sus piernas blancas lucían sexys. Se quitó la blusa dejándose solamente el sostén. Me arrastré hacia atrás quedando cerca de las almohadas. Se subió gateando hacia mí. Acarició mis muslos con sus labios. Llegó a mi vagina y me la lamió. Que rico, me retorcí un poco. Besó mi pelvis, mi ombligo, mis costillas, mis pechos. Jaló mis puntas con sus labios. Siguió hasta llegar a mi cuello y lo lamió. Su lengua humedecía mi blanca piel. Siguió su camino a gatas. Rebasó mi cabeza y se hincó colocando ambas rodillas a los laterales de mi cabeza. Separó sus piernas y fue bajando de forma que su vagina se fuera acercando a mi rostro.

–          Chúpala.

Se veía linda. Tenia una vagina muy antojadiza. Cerradita, rasurada. Perfecta, sin duda. Tragué saliva y abrí la boca para recibirla. Saqué la lengua y le di una lamida para probarla.

–          Que rica sabe, dije.

Seguí lamiendo. Sabía acidita. Lengüetee su clítoris. Su cintura empezó a reaccionar moviéndose de adelante hacia atrás.

–          Sii!!! Así!!

Me pedía excitada que continuara con mis dulces caricias. Lamí su puntito.

–          Que rico!! Mas!!

–          Que rica está.

–          Sii!! ¿te gusta mi vagina?

–          Sii!!! Está deliciosa!!

–          Sii!! Me gusta…como la chupas!!

Se dio la vuelta colocando sus rodillas igual. Aún lado de mi cabeza. Agarró su trasero, separó sus nalgas y se sentó en mi rostro.

–          Ahorita chúpame el culo.

Dio, era algo que formaba parte de mi debilidad. Puse las manos encima de las suyas ayudándola a abrirle el trasero y resbalé toda la lengua en su anito.

–          Mmmm!!! Que rico!!

–          Te sabe rico.

–          ¿En serio?, preguntó riendo.

–          Si.

–          Pues sigue. Sigue lamiéndolo. Límpiamelo.

–          Claro.

Abrí bien la boca para que saliera bien mi lengua y seguí lamiendo su sucio culo.

–          Me gusta!! Si!!

–          Mmm!!

–          Chúpalo!! Me encanta que lo chupes!!

La punta de mi lengua acariciaba su agujerito. Tenía el ano apretado. Mientras seguía comiéndole el culo, ella se rascaba la vagina con sus delicados dedos. Frotaba su clítoris.

–          Que rico siento.

–          ¿si?. Ráscatela bien.

–          Sii!! Siento como si quisiera orinar.

–          Tu sigue.

–          Dios!! En verdad siento eso!!

–          Seguro es el vino.

–          Si…lo más seguro.

–          Hazlo.

–          ¿Qué?

–          Hazlo. Orina.

–          ¿aquí?

–          Si.

–          ¿ya…lo has hecho?

–          …si.

No dijo nada más. Apartó un poco su colita de mi cara y separó sus pliegues con sus dedos. Pujó. Su vagina empezó a gotear. Abrí la boca y saqué la lengua para que cayeran ahí. Pujaba. Sus gotas fueron más largas convirtiéndose en pequeños chorritos. Sabia amarga su agüita.

–          Sigue. Puja más!!

Me obedeció. Su concha dejaba salir ese líquido amargo.

–          Dios santo!!

Se dio la vuelta y siguió orinando mi boquita.

–          ¿sigo?, preguntó a lo que yo asentí con la cabeza.

Tragué su agua. Mientras continuaba llenando mi boca use mi lengua para acariciar su ano con la punta de mi lengua.

–          Que rico!!, reaccionó.

Me agarró del cabello y me jaló hacia ella haciendo que mi boca cubriera su concha. No dejaba de mear. Seguí dando tragos de orina.

–          Que rico, Isabel. Me excita esto!! Trágalos!! Bebe!!

Aparté la cara. Mojó mi cuello. Se detuvo. Ese último líquido hice gárgaras y me lo tomé. Se bajó de mi. Se bajó de la cama y abrió su armario sacando una caja rectangular como si fuera de una botella. La abrió y sacó un dildo azul que media como 20 centímetros de largo. Se metió al baño unos segundos y volvió. Yo estaba recostada. Froto el dildo.

–          Acuéstate boca abajo, me ordenó.

–          Jaja…está bien.

Lo hice. Me posicioné como ella me ordenó. Con la oreja izquierda sobre la almohada, miré de reojo hacia ella. Estaba arrodillada chupando el dildo. Se lo metía hasta la mitad. Dios, tenía una garganta profunda. Lo sacó y chupó su índice y dedo medio de su mano izquierda. Los retiró y llevo su mano a mi trasero. Los resbalo sobre mi línea terminando en mi anito cerrado. La miré de reojo. Sin dejar de verme a los ojos, metió lentamente sus dedos. Cerré los ojos. Me entraban sus lindos dedos en el culo. Entraban fácilmente lubricados de su saliva.

–          Te entran muy bien.

–          Si.

Los empujaba más. Mi agujero apretaba sus finos dedos. Sacudió sus dedos haciendo temblar mi traserito.

–          Se mueve bien.

Chupo mi glúteo derecho. Lo mordió ligeramente. Comenzó a sacar sus dedos lentamente. Al retirarlos, la muy cerda los probó.

–          Que rico,

Los untó sobre su lengua. Le gustaba hacer eso, y a mi me excitaba más. Una vez al lubricar el dildo, colocó la punta sobre mi rabito y lo comenzó a empujar muy despacio para no lastimarme. Sentía rico.

–          Empújalo más, le pedí.

Continuó enterrándome ese dildo con un poco de más fuerza.

–          Que rico, más. Sigue metiéndolo.

Había ya entrado el glande del dildo. Mi ano lo apretaba. Dios, el cacho de goma se adentraba más en mí. Apreté los dientes sofocando el pequeño dolor que me generaba. Mi agujero se estrechaba conforme me fue entrando la goma azul. Sentía un ardor pero no me importó. Sabía que se me pasaría.

–          ¿te gusta?, me preguntó.

–          Si.

–          ¿lo meto todo?

–          Ajá.

Se detuvo. Pasaron como dos segundos. Al tercer segundo empujó con mucha fuerza logrando meterme todo el dildo.

–          Aaahh!!! Dioss!!!

Di un gran grito de dolor y de placer.

–          Que rico te entro.A puesto a que te encanta que te rompan el culo.

–          …si.

Agarró mis nalgas y las separó.

–          Dios, lo tienes bien metido. Espero que no me lo ensucies, maldita puerca.

–          Descuida.

–          Puja

–          ¿Qué?

–          Anda, si. Puja. Sácatelo.

–          …bueno.

Me preparé dando un respiro. Al exhalar, volví a respirar y pujé con fuerza. No salía. Me costaba sacarlo.

–          Puja fuerte.

–          …si. Eso hago.

–          Vamos!! Puja!! Con fuerza!!

Seguí pujando. Empecé a sentir que salía muy leve. No me detuve. Pujé con mucha fuerza hasta sacar un poco. Miré de reojo hacia mi trasero. Había sacado como cinco centímetros.

–          Aun te falta. Puja más.

La obedecí. Tomó la base del dildo para evitar que no se fuera de lado. Me costaba sacarlo pero no me di por vencida. Pujé con todas mis fuerzas hasta expulsarlo. Sentí que había cagado una gran trozo de excremento.

–          Listo, dijo.

–          …si, contesté cansada.

–          Está húmedo, que rico.

La volví a mirar de reojo. Rayos, chupaba la punta del dildo. Que asquerosa. Me rió sin dejar de chuparlo. Se lo metió más.

–          Mmm!!! Sabe rico.

–          Eres…un poco sucia.

–          Si, algo.

Sin decir nada, la descarada metió el dildo hasta adentro y lo sacó. Se recostó sobre mi espalda y acercó la goma azul a mi boca.

–          Chúpalo.

Tragué saliva, abrí la boca y saqué la lengua para lamer la punta. Sabía ácida. Metió la punta a mi boca y la untó en toda mi boca.

–          Chúpala bien.

La miraba solamente. Me sonreía, la estúpida. Tiró el dildo y regresó a mi trasero. Cubrió mis nalgas con sus manos y las abrió para empezar a lamer mi ano.

–          Mmm!!! Que bien sabe.

–          Que rico. Mete la lengua.

–          Claro que si, preciosa.

Separó lo más que pudo y penetró mi agujero con su linda lengua. Tener el ano abierto garantizó que su lengüita entrara con facilidad.

–          Eso!! Métela!!

Cerré los ojos para disfrutar de sus lamidas.

–          Que rico la metes!!

–          Te sabe rico, Isabel. ¿te gusta como lo chupo?

–          Si!! Lo haces bien!!

Detuvo sus lamidas, y dijo:

–          Ven, date la vuelta. Recuéstate.

Me acomodé como me lo pidió. Agarró el dildo y lo chupó. Lo lubricó de su espesa saliva y acarició mi vagina. Frotó la punta sobre mis pliegues y lo metió. Me puse tensa. Se recostó sobre mí, penetrando mi concha.

–          ¿te gusta?, preguntó.

–          …si.

De la nada penetro rápido. Metía y sacaba.

–          Sii!!! Así!!!

Mordí mis labios. Disminuyó el ritmo. No lo metía todo. Sí acaso cinco centímetros. Eran suficientes para hacerme sentir muy bien. Volvió a sacudir el dildo.

–          Aaahhh!!! Que rico!!

–          ¿si?

–          Sii!!!

Cerré mis ojos. El placer que sentía, me hizo hacerlo. Apreté los dedos de los pies. Flexione mis piernas. Sentía rico. No paraba de penetrarme.

–          Dios, que rico!!

–          ¿si?, ¿quieres más?

–          Sii!! Más!! Más rápido!!

Me dio con mas ganas, a tal punto de sacudirlo.

–          Siii!!! Rayos!!!

Podía imaginar como mi rostro se arrugaba de lo excitada que estaba.

–          Sii!!! Que rico!!!

–          Toma, hazlo tú, dijo poniendo mi mano en la base del dildo para que yo siguiera.

Lo tomé y seguí penetrándome. Lo hace tan rápido como pude. Parecía que estaba urgida por venirme. Chupó su dedo medio y rascó mi ano.

–          Mmm!!! ¿Quieres que lo meta?

–          …sii!!!

Metió su largo y delgado dedo en mi orificio anal.

–          Que rico!!, dije muy excitada.

No paré. Al contrario, me metí el dildo con desesperación.

–          Aaahhh!!! Puta madre!!! Siii!!!

Respiré riéndome de lo rico que sentía. Metía y sacaba su dedo de mi culo. Sentía que faltaba poco para terminar. No me detuve. Necesitaba acabar. Me penetré con fuerza y ganas. Mi desesperación estaba descontrolada.

–          Aaaahhh!!! Si, si, sii!!! Que rico!! Aaaaaaahhhhhhh!!!!!!! Rayoss!!!!! Siiiii!!!!!!

Esas últimas palabras fueron acompañadas de unos gemidos desgarradores. Exploté en un rico y maravilloso orgasmo. Mi vagina expulsó un largo chisguete de agua. Retiró el dedo de mi ano y me frotó la vagina.

–          Esoo!!! Sigue!!

Dios mío. Mi vagina seguía escurriendo. Parecía como si me estuviera orinando. Mi mente y mi cuerpo se sentían fenomenal. Una sensación riquísima. Temblaban mis muslos y mi cintura de elevaba. Mi ano se abría y se cerraba. Lo sentía. Se contraría cada vez que expulsaba ese líquido. Gemía.

–          Que linda te viste, me alagaba.

–          Si!! Me gustó mucho!!

–          Ya lo vi. Chorreaste muy rico.

Acarició mi vagina de arriba abajo con sus dedos. Al bajar metía los dedos en mi ano. Sentía rico.

–          Tienes un tremendo culote. Seguro que a los del trabajo les encantaría probarlo.

–          Jaja no lo sé.

–          Por favor!! No te hagas tonta. Tu misma sabes que si.

–          Jaja bueno, un poco.

Resbaló la palma de su mano sobre mi vagina y mi ano. Al bajar a mi colita metió dos dedos (Dedo medio y anular). Me excitaba que hiciera eso.

–          Mmmm!!! Te entras muy rico.

Los retiró y los chupó.

–          Saben bien jaja. Ven, quiero que hagas lo mismo con mi culo.

Se limpió los dedos y toda la mano en la colcha y se recostó boca abajo. Su cuerpo era una escultura, sin duda. Trasero bien formado, delgada, piel fina. Hermosa. Me puse en cuatro y gateé hacia ella. Besé su trasero. Sus nalgas. Las tiene redonditas y paraditas. Le mordí el glúteo derecho. Subí a su coxis, a su cadera, formé un camino de besos sobre su espina dorsal hasta llegar a su nuca. Me recosté sobre ella. Olía muy rico su piel y su cabello. Lubriqué mi dedo medio con mi lengua y lo bajé a su culo para rascar su ano.

–          Mmm que rico, reaccionó.

–          ¿si?, ¿te gusta?

–          Si. Se siente bien.

Sin avisarle, presioné logrando penetrar su apretado agujero.

–          Aaahh!! Sii!!

–          ¿quieres que lo meta bien?

–          Sii!!

Besando su mejilla izquierda seguí penetrándola. Apretaba ligeramente su agujerito. Lo retiré y la volví a penetrar pero con dos dedos.

–          Aaahh!!! Que rico siento!!

–          ¿si?, ¿te gusta que te meta mis dedos?

–          Si. Me gusta mucho.

Los retiré y los probé como la puerca que me gusta ser. Sabían aciditos. Me gustaba el sabor.

–          Abre el closet y saca una caja negra, me pidió.

Me bajé de la cama y busqué la dichosa caja.

–          ¿Qué hay?

–          Ábrela.

Al hacerlo contenía lo menos esperado. Un plug anal.

–          ¿tienes esto?

–          Ajá. Métemelo.

Lo saqué de su empaque. Había visto unos en internet pero nunca me atreví a comprarlo puesto que no le vi mucha utilidad a comparación de un dildo. Era de metal. Estaba frío.

–          Chúpalo un poco.

Lo hice. Lo envolví con mi lengua. Lo lubriqué y lo calente con mi boca.

–          Insértalo, dijo levantando un poco el culito.

Lo retiré de mi boca y acaricie su ano con la punta. La preparaba. Lo coloqué en su entrada semiabierta y lo empecé a empujar lentamente. Sus esfínteres se estiraban dejando pasar ese instrumento metálico. Había metido la mitad. Faltaba poco para que entrara por completo. Lo empujé y conseguí meterlo. Su trasero succionó el plug. Saqué mi lengua y lamí, mojando la base del pequeño instrumento. Tomé la base con los dedos e intenté retirarlo un poco. Lo jalé con más fuerza casi sacándolo pero no lo hice. Realice varias veces ese movimiento de mete y saca. Pujaba ayudándome a retirárselo. Pujó con fuerza que logró expulsarlo. Su agujerito se cerraba lentamente. Lo lamí. Puso su mano sobre mi cabeza presionándola sobre su trasero.

–          Eso!! Chúpamelo!!

–          Me gusta chupártelo.

–          ¿si?. Lo haces rico. Mete tu lengua, ándale.

Quitó su mano y con las dos separó sus nalgas para que la complaciera. No la metí pero lengüetee su orificio. Una vez lubricando su entrada, chupé el plug. Tenía un sabor acidito y salado. Lo metí en su culo y lo saqué para volver a chuparlo. Me excitaba ver como le entraba y le salía de su agujero. Ella sin duda lo disfrutaba también. Doblaba su cuerpo para verme.

–          Dios, eres muy sucia, Isabel.

Le sonreí. Dejé el plug adentro y le di una fuerte nalgada en el glúteo derecho. Se quejó. La giré tomándola de las piernas. Quedo recostada con la cabeza apoyada sobre las almohadas. Separé sus piernas y besé su concha. Comencé a jugar con sus arrugados pliegues.

–          Aaahhh!!! Siii!!!

Su mano derecha vagaba por mi cabello. Me peinaba. Lengüetee su clítoris. Comencé a chuparlo y a succionarlo.

–          Que rico!!! Sii!!!

Su pelvis se levantaba. Sus piernas se cerraban a tal punto de querer apretar mi cabeza.

–          Mas!!! Sii!!! Sigue!!!

Me chupe los dedos, (indice y dedo medio), y los metí a su conchita para empezar a sacudirlos por dentro.

–          Siii!!! Dios!!!

Le rascaba por dentro en la parte de arriba donde se encontraba su pelvis. Movía mis dedos cono si llamara a alguien. Lo hice con fuerza.

–          …sii!!! Me gus..ta!! Rayos!!!

No paré de sacudir mis dedos. Al contrario los sacudí con ganas.

–          Aaahhh!!! Sii!! Más!! Mas rápido!! Vamos!!!

Separó sus piernas y las flexiono dejando al aire sus pies. Agarró una almohada y se tapó la cara. No dejaba de gemir. Me empezaba a doler la mano pero no me di por vencida. Aumenté mi fuerza hasta hacerla tener un esplendoroso orgasmo.

–          Aaaaaahhhhh!!!! Dioss!!!!!

No aguantó mucho. Parecía niña chiquita llorando. Se quejaba pero de lo placentero que era tener un orgasmo. Su cuerpo se doblaba. Sus pechos se elevaban y su columna formó un arco. No paré de sacudir. Su vagina expulsaba chisguetes de ese líquido sobre su cama. Los saqué y dejé que se calmara. Acariciaba su vagina con mis dedos mientras ella seguía revolcándose. Segundos después se calmó. Las yemas de mis dedos acariciaban su pelvis, su ombligo y regresaban a su rajita toda húmeda.

–          No quisiera, pero tengo que volver con mis hijos.

–          Quédate, por favor.

–          No puedo.

Me miraba recostada. No podía caer en la tentación, tenía que llegar a casa con mi familia.

–          ¿Volveremos a hacerlo?

Sonreí y la besé como despedida.

–          Algún día, contesté en voz baja.

Me bajé de la cama. Le pedí permiso de pasar a su baño. Al salir vestida y todo, ella estaba envuelta en una bata. Se acercó a mi y plató sus labios en los míos cubriendo mis mejillas con las palmas de sus manos.

–          Gracias por esta noche, me agradeció terminando en un abrazo.

–          Al contrario, me gustó tener esta experiencia.

Salí y tomé mi bolso. Acompañándome a la puerta, volvió a besarme.

–          Te veo mañana, dijo.

–          Claro.

Regresé en taxi. Mis hijos ya estaban completamente dormidos. Llegué, me cambié y me acosté. Justo cuando iba a pagar la luz, sonó un timbre de mensaje.

–          “Descansa, hermosa. Espero terminar nuestro día con un rico sueño”

–          “Jaja esperemos que tengas suerte”

–          “Ojalá. Pero bueno te deseo buena noche. Descansa.”

–          “Muchas gracias, igualmente. Un beso”

–          “Besos”.

Apagué el celular y me dormí.

Isabel

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