Compañera para todo

Tengo que rebajar un poco esta barriga. Lo sé, mi mujer me lo recuerda de vez en cuando. Ahora, acabados de cumplir los 32, me lo tendré que tomar un poco más en serio. Es mi objetivo este año; volver a ponerme en forma para cuando cumpla los 33.

Como tengo hora y media en la pausa del mediodía, voy a aprovechar para salir a correr un poco cada día. Trabajo en un polígono a unos doscientos metros de un bonito bosque de pinos, lugar ideal para ejecutar mi plan. Primer lunes, después de una mañana de infierno revisando los presupuestos para 2017, me dirijo a los vestuarios que tenemos en el taller, me cambio de ropa y me calzo las nuevas Nike Air que me he comprado para la ocasión.

Cuatro kilómetros y medio en cuarenta minutos; un pelín flojo, pero es el primer día. Hay que empezar por alguna parte. De vuelta a la oficina después de una ducha, mi compañera Cintia entra en la salita de descanso donde devoro mi pequeño sándwich de lechuga, tomate y chopped de pavo.

—Te he visto en la calle. No sabía que fueras a correr; ¿qué tal te ha ido? —pregunta mientras se prepara un café de cápsula.

—Bien, acabo de empezar, es un propósito que me he marcado por mi cumpleaños —respondo.

—¡Oh, genial! —exclama— Yo lo he pensado muchas veces, pero me cuesta motivarme. Me gustaría quitarme estos kilos que me sobran.

La observo un instante. Cintia siempre me ha parecido muy atractiva, y para nada me molestan sus curvas. Está claro que no tiene una figura de bailarina, pero sus carnosas cachas y generosos senos eran parte de su atractivo a mi parecer.

—Oh, Cintia… Que no me entere yo que alguien te dice que te sobran kilos, estás perfecta así –—le digo amablemente, sin intención galán, sólo para confortarla.

—Que atento eres… —responde— Tendrás que decírselo a mi novio entonces, es él que me lo dice. Jajaja…

“Qué idiota”, pienso, “cualquier hombre se moriría por disponer de un cuerpazo así”. Me fijo en su vientre, y observo la ligera barriguita que se adivina a través de su ceñida blusa. Un par de botones están al límite, apenas llegando a contener la chicha. Yo la encuentro deliciosa, un fantástico ejemplo de belleza rubensiana.

—Bueno, si algún día me lo presentas, le daré un par de sopapos para que te deje en paz. Jajaja… —comento en broma, terminando la conversación.

Esa noche en casa le comento a mi mujer como me ha ido el día, y el poco de ejercicio que he hecho al mediodía. Se siente orgullosa de mí, me comenta, y me lo recompensa con una buena chupadita antes de rematar la faena con la clásica posición del misionero. Laura, mi esposa, a diferencia de Cintia, es muy delgada. No está obsesionada con el deporte ni nada por el estilo, simplemente es su constitución; algo que ver con su metabolismo supongo. Para mí no es ningún problema, la he conocido siempre así, y así me enamoré de ella. Aún con sus pequeños pechos y su poco prominente trasero, desprende mucha sensualidad, y me tiene encandilado desde hace más de 7 años cuando nos conocimos.

La mañana siguiente, mientras repaso un par de hojas de cálculo con los gastos del almacén, Cintia se acerca a mi despacho.

—¡Hola! —me saluda, con cierto entusiasmo—. ¿Te importa si hoy me uno a tu sesión de jogging?

—Claro, no hay problema… —respondo, aunque con cierta sorpresa.

—¡Genial! —exclama contenta—. ¿A qué hora, la una y media?

—Sí, exacto —respondo.

—¡Vale, hasta luego entonces! —dice antes de volver a su escritorio.

La verdad, pensándolo mejor, me molesta un poco la situación. Me gusta la idea de ir a correr solo, me da tiempo para mí, para escuchar música y cortar con el trabajo durante un rato. Pero bueno, puede que Cintia pruebe un par de días y luego se canse y lo deje.

A la hora señalada bajo a los vestuarios y en un santiamén estoy listo para ir a trotar un rato por el bosque. Cintia está tardando, así que le doy un par de toques a la puerta del vestuario de mujeres a ver si le falta mucho.

—¿Cintia? ¿Estás ahí? —pregunto desde fuera.

—¡Sí! ¡Puedes pasar! —la oigo gritar al otro lado de la puerta.

Abro ligeramente la puerta pero prefiero no entrar dentro del vestuario. Allí está ella acabando de atarse las zapatillas de deporte. Me choca un poco al verla; lleva un top rosa muy ajustado que deja al descubierto su ombligo, y apenas llega a contener sus voluptuosas mamas. Abajo lleva unas mallas de color gris claro, que se agarran a ella como una segunda piel hasta sus tobillos, evidenciando aún más esas montuosas curvas.

—¿Vamos? —dice al terminar de preparse.

—¡Vamos! —contesto.

Salimos a la calle, y nos ponemos en marcha. Le comento a Cintia que lo mejor es correr despacio hasta llegar al pinar, solo para calentar un poco. Me fijo en ella, que trota a escasa distancia a mi izquierda. Sus pechos se menean de arriba abajo con cada paso que da, de una manera casi hipnótica. Observo que sus pezones se adivinan a través de la tela. Es más, incluso sus areolas se distinguen claramente, al ser algo abultadas y destacando en el centro de sus grandes senos.

Al llegar al pinar, le indico que hay que hacer unos estiramientos, para minimizar el riesgo de padecer agujetas el día después. Le enseño unos pocos ejercicios, que ejecutamos con la ayuda de un par de rocas que hay cerca del camino. La contemplo mientras imita mis movimientos, algo sonrojada ya por el esfuerzo. Al estirar las piernas en ciertas posiciones, se le marca el bollo en su entrepierna. Aparto mi mirada para no quedar en evidencia, pero me da tiempo a apreciar lo bultitos que forman sus partes en esa zona, a través de la ceñida tela.

Cuando terminamos de estirarnos, nos adentramos en el bosquecillo. No es muy frondoso, pero lo suficiente para protegernos del sol por la mayor parte del camino. Además, el aroma que desprenden los pinos es muy agradable y relajante.

—Hmm… me encanta —comenta Cintia—. Gracias por dejarme venir contigo. Así me motivará a seguir, porque yo sola no lo haría.

—Me alegro —digo honestamente—. Por mí encantado.

Me esta empezando a agradar su compañía, es como un caramelo para mi vista. Al cabo de unos minutos, veo que Cintia se va quedando atrás. Reduzco un poco el paso, y me coloco a su lado. Nos paramos; miro el reloj y compruebo que hemos recorrido unos dos kilómetros. Cintia está sudando mucho, veo su piel brillar, y gotas recorren su cuello y también su vientre, contorneando su pequeña barriguita. Sus mejillas están al rojo vivo, y algunos de sus lisos cabellos negros se han escapado de su coleta y se aferran a su rostro.

—Uf… lo siento… —dice con cierta dificultad, recuperando su aliento.

—No hay problema. Es el primer día, es normal —la tranquilizo—. Hemos hecho un par de kilómetros, podemos dar media vuelta si quieres; cuatro kilómetros para una primera vez está bien.

—Vale… pero necesito un segundín… —dice ella.

—¡Claro! Bebe un poco de agua y retomamos en un par de minutos —le sugiero yo.

—No, agua no… —dice resoplando—. Lo que necesito es mear.

Sin más, se aparta un poco del camino y se pone en cuclillas de espaldas a mí detrás de un pino. El tronco del árbol es bastante fino, lo que me permite ver sin mucha dificultad sus blancas posaderas al bajarse las mallas. Miro a ambos lados del camino; no viene nadie. No puedo evitar mirar, de todas formas ella no me ve desde su posición. Lo que sí que puedo ver es el chorrito de orín que se precipita hacia el suelo, dejando un charquito entre sus pies. La escena me está excitando un poco; “qué coño me pasa”, pienso, “deja de mirarla así joder, que estás casado”, me digo a mi mismo.

—¿Tienes un kleenex? —dice Cintia.

—¿Qué? —digo yo, despertando de mi empanada mental.

—Digo que si tienes un kleenex —repite ella.

—Eh… —balbuceo mientras busco en los bolsillos de mis shorts—. Tengo uno, pero algo viejo y usado… lo siento.

—No pasa nada, dámelo porfi —dice ella ante mi sorpresa.

—Eh… claro, claro… —digo mientras me acerco por detrás.

Me mantengo cerca de ella, al lado del pino, pero no me atrevo a acercarme más. Desde donde estoy veo parte de su espalda descubierta, al igual que sus grandes nalgas. Sus mallas están bajadas hasta sus rodillas, lo que me permite ver también sus generosos muslos.

—Toma… —digo alargando la mano.

Le ofrezco el dicho kleenex, arrugado después de haber pasado por la lavadora, olvidado en el bolsillo. Ella hace un gesto pero no consigue alcanzarlo.

—Acercamelo plis —dice con toda naturalidad, casi alegre.

Le hago caso y me acerco casi delante suyo. Me mantengo de pie justo allí a su lado. Desde arriba, veo sus pechos que se ven más grandes que nunca, estrujados entre sus brazos mientras se mantiene en cuclillas.

—Gracias —dice, y toma el pañuelo con una mano.

Al instante abre las piernas, dándome una breve visión de su pubis, completamente depilado. Instintivamente doy un paso atrás y me alejo un poco, no quiero que se piense que soy un pervertido, y dándole la espalda dejo que acabe de limpiarse.

—Bueno, ¿seguimos? —dice entonces Cintia.

Su pregunta hace que me gire otra vez hacia ella, asumiendo que ha terminado. Pero ante mi asombro está aún subiéndose las mallas con cierta dificultad, que, a medio muslo, se resisten a subir de lo apretadas que le van.

—Sí, cuando estés lista… —digo cortado.

—Ya casi estoy —dice sin tapujos.

Puedo ver su abultada vulva, esta vez al natural, con unos gruesos labios mayores y una fina línea en el centro formada por los menores. Cintia parece exhibirse sin maldad alguna, simplemente de forma natural como si tuviéramos ese nivel de confianza. Es una chica muy extrovertida, y aunque la conozco poco, siempre hemos mantenido una relación muy amigable.

Tarda unos segundos más en acomodarse la ropa, y seguidamente nos ponemos en marcha, como si nada, de vuelta a la oficina. Esta vez la miro un poco diferente, me fijo en sus pechos y en sus cachas, rebotando con cada impacto de sus pies contra la arena del camino. Aún estoy algo empalmado después de verla semidesnuda, y me cuesta concentrarme en mi propia respiración. Con dificultad, llegamos otra vez al final del camino, al linde del pinar.

—Ahora tenemos que hacer más estiramientos, sino las agujetas te van a matar mañana —comento.

—Vale… —dice ella respirando con dificultad—. Dame un minuto.

Está toda sudorosa. El top que lleva está empapado, y sus pezones y areolas se marcan más que antes. La tela gris de sus mallas muestra manchas oscuras de sudor, especialmente en su trasero y entre las ingles.

Le muestro un par de ejercicios más, estirando y relajando los músculos de las piernas. Se la ve deliciosa, con esa ropa ceñida, mientras se apoya con el talón en una de las rocas. Su barriguita, completamente expuesta, se arruga al bajar la espalda sobre sus piernas. “Deja de mirarla así, joder”, me digo a mí mismo, pero no puedo evitarlo.

—¿Me ayudas? —dice Cintia desde esa posición.

—Claro… —digo con una voz ronca, algo excitado.

Me acerco a ella por detrás, deseando apretar mi paquete entre sus redondas nalgas, aunque no lo hago. Poso una mano sobre su espalda desnuda, y otra sobre la tela rosa del top que lleva puesto. Despacio, presiono con delicadeza, sintiendo con mis manos su piel suave y empapada en sudor. Al cabo de unos segundos, Cintia cambia de pierna, y repetimos la operación.

Luego le indico que se siente, y apoyando su espalda en el suelo, tiro de una de sus piernas hacia arriba, estirando así los aductores y el bíceps femoral. Otra vez se le marca el bollo en su entrepierna, y discretamente intento apartar la vista pero creo que me ha pillado mirándola. Luego cambio de pierna y repito la operación, viendo otra vez como se le marca el sexo en la entrepierna a escasos centímetros de mí. Cintia tiene una sonrisa tonta en su cara, y creo que se ha dado cuenta de que le estoy mirando ahí.

Terminamos y nos ponemos a andar de vuelta a la empresa. Me siento algo avergonzado e incómodo, pero a ella se la ve contenta, manteniendo esa sonrisita en sus labios.

—¿Qué tal entonces? —pregunto— ¿Vas a repetir?

—¡Sí! —exclama— Mañana me apunto otra vez, si no te importa.

—Claro, claro… —digo.

—¿Comemos en la salita después de la ducha? —pregunta ella.

—Sí, como no —respondo.

Ya en el vestuario, me pego una ducha, y aprovecho para aliviarme con una paja rápida. “Qué coño me pasa”, pienso, “más me vale calmarme un poco, antes de que algo se me escape de las manos”. Me visto y me voy a la sala de descanso. Saco una ensalada del frigorífico y pongo un trozo de empanada a calentar en el microondas. Cintia llega a los pocos minutos, en su atuendo habitual, y se sienta a comer conmigo. Me tengo que forzar para tratarla con normalidad, pero al cabo de unos minutos, consigo apartar de mi mente ciertas imágenes y vuelvo a mirarla con total profesionalidad.

Por la noche, en casa, me siento culpable al lado de mi mujer. Por descontado no menciono nada de lo ocurrido. Cuando Laura me pregunta acerca del ejercicio, le digo que bien, igual que ayer. Pero me siento un poco incómodo cuando empieza a seducirme para llevarme a la cama, y con la excusa de que estoy algo cansado, le pido que lo dejemos para mañana. Me cuesta dormir; no puedo sacarme a Cintia de la cabeza, y en mitad de la noche me tengo que ir al baño a desahogarme otra vez.

A la mañana siguiente, me encuentro con Cintia en una reunión. No puedo dejar de mirarla, aunque con discreción, mientras el jefe desvela su estrategia financiera para el nuevo curso. Antes era una chica como otra en la oficina, atractiva, pero sin más. Ahora no puedo parar de imaginarla semidesnuda en toda clase de posturas, invitándome a cometer actos inmorales con ella. En varias ocasiones, sus profundos ojos oscuros se cruzan con los míos, pero ella me sonríe con total normalidad, y me doy cuenta que todo está en mi cabeza.

—¿Hoy a la una y media otra vez? —pregunta al término de la reunión, antes de salir de la sala.

—Sí. Igual que ayer —respondo.

—Perfecto, hasta luego entonces —y la observo alejarse de mí meneando sus maravillosas caderas.

Apenas consigo concentrarme delante de mi ordenador. Decido llamar a un cliente que nos debe dinero, para sacarmela de la cabeza. Apenas consigo entretenerme durante un rato, y al mirar la hora veo que ya casi es el momento de bajar a cambiarme.

Después de vestirme, decido esperar a Cintia en el exterior, y empiezo a estirar y calentar. Ella llega cinco minutos más tarde. Se la ve espectacular otra vez más. Lleva una camiseta blanca de tirantes muy ceñida y con bastante escote, claramente sin sostén, y en vez de mallas viste unos shorts que apenas le alcanzan para cubrir su enorme pandero.

—¡A por ello! —grita al verme.

—¡Vamos! —la animo yo también.

Igual que ayer, no forzamos hasta llegar al pinar, donde repetimos nuestros ejercicios de calentamiento. Al empezar a correr, me hipnotizan sus pechos, que al no tener apoyo alguno, saltan en plena libertad de un lado al otro. Cintia se queda un poco atrás, así que bajo un poco el ritmo y le digo que dirija ella, que yo la sigo. Veo como sus nalgas rebotan bajo esos shorts, y de vez en cuando parte de un glúteo asoma bajo la tela.

Al cabo de quince minutos, Cintia se para y ya no puede seguir. Miro el reloj y veo que hemos recorrido unos dos kilómetros y medio; vamos mejorando. Es un día bastante caluroso y, sumado a la carrera, Cintia y yo estamos sudando como pollos. Nos llevamos las botellas de agua a la boca, para reponer fuerzas. Estoy tan acalorado que decido echarme un poco de agua en la cara par refrescarme.

—¡Qué buena idea! —exlama Cintia.

Repite el gesto, haciendo que el agua caiga sobre ella. Su camiseta está empapada, y puedo distinguir claramente el color rosado de sus pezones. No puedo evitar mirarlos, cosa que ella nota, y con desparpajo se ríe de la situación.

—¡Ups! ¡Lo tendría que haber pensado dos veces! —dice mientras se mira la camiseta—. ¡Uy pero si se me ve todo! Jajaja…

—Sí, bueno… Jejeje… —río nerviosamente.

Ya me estoy poniendo malo otra vez. “Pero que buena que está, joder”, pienso, “pedazo de tetas que tiene”.

—Voy a ponerme al sol un momento, a ver si me seco un poco —dice ella, yendo hacia un claro en el camino donde pega fuerte el sol.

Me deleito mirando a Cintia, completamente empapada, de cara al sol y aireando su camiseta, haciendo que sus tetas reboloteen con el movimiento. Ella, siempre sonriente, parece no importarle que la mire tanto, y a mi empieza a darme igual quedar en evidencia. Vigilo el camino y no veo a nadie, parece no ser un lugar muy transitado.

—Bueno, ¿vamos tirando? —acabo preguntando, no porque quisiera largarme de ahí, todo lo contrario, pero empezaba a hacerse tarde.

—Vale, aunque no hay manera que esto se seque, a ver con qué cara me presento en la oficina… Jajaja… —comenta ella.

Nos ponemos en marcha, ya de vuelta, y no puedo dejar de comermela con la mirada. A falta de unos cien metros de llegar a la entrada del pinar, Cintia ya no puede más.

—¿Paramos…? No puedo… estoy ya… —intenta decir, resoplando.

—Vale no te preocupes. Casi cinco kilómetros hoy, muy bien —digo animandola.

—¡Uf…! Vale… bien… —dice como puede.

Hay unas piedras cerca del camino que podemos usar para estirarnos, y le propongo empezar a recuperar, que no es bueno parar así de sopetón.

—Oye —dice Cintia—, no flipes mucho, pero voy a sacarme la camiseta y ponerla aquí al sol para que se seque.

—Bueno Cintia, no sé yo… —respondo nerviosamente.

—No quiero llegar a la empresa así, los del taller me van a violar como me vean llegar con la camiseta así de mojada. Jajaja… —insiste ella.

En un momento veo como sus pechos quedan liberados en toda su majestuosidad, expuestos a los elementos sin envoltura alguna. “Me cago en la puta que la parió”, pienso, ”me está volviendo loco; si no estuviera casado me follaba esas tetas sin compasión ahora mismo…”.

—¡Eh! —me interrumpe Cintia, sacándome de mis pensamientos— Córtate un poco tu también. Jajaja…

Me he quedado pasmado mirando sus enormes senos, suficientemente rato como para que ella se meta conmigo. Como puedo, lidiando con la erección entre mis piernas, me pongo a hacer los ejercicios de estiramiento. Igual que ayer, Cintia me pide que la ayude con algunos movimientos, y me acerco a ella. Una vez más rozo su húmeda piel con mis dedos, aunque ahora por toda su espalda, completamente desnuda. Al descender hacia adelante sobre sus piernas, sus shorts se bajan un poquitín dejando asomar el principio de sus nalgas.

Luego la hago posarse en el suelo, e igual que ayer la ayudo a estirar las piernas. Al hacerlo, puedo ver por la abertura interna de sus shorts sus braguitas, también blancas, y no consigo apartar la mirada. La mantengo en esa posición durante más tiempo del necesario, simplemente ensimismado con la vista de su prenda interior, que se ciñe a sus abultados labios vaginales.

Al cabo de un rato cambio de lado, y repito la operación con la otra pierna. Sin falta, sus shorts no me defraudan una vez más, y deja expuesta sus bragas en el mismo preciso lugar. Desde el nuevo ángulo, la luz del sol da de pleno en su entrepierna, y puedo apreciar su prenda íntima con mejor claridad. Cintia me observa mientras sigo con mi mirada fija en su sexo, y vuelve a tener esa tonta sonrisa en los labios.

—Oye, ¿te gusta lo que ves o qué? —dice de manera desafiante, aunque sin perder la sonrisa.

—Perdón, no sé qué me ha picado… —digo yo excusándome.

Pero la verdad que no puedo evitarlo, entre que sus tetas estan al aire y sus pequeños shorts no la tapan nada, me estoy dando un festín difícil de rechazar.

—¡Ay! —exclama Cintia de golpe.

—¿Qué pasa? —pregunto yo, soltándola rápidamente.

—Uuufff… nosé… —se queja— Un tirón aquí en la pierna…

Se toca la parte trasera de su muslo, donde parece que le ha dado un calambre o algo por el estilo.

—¿Te puedes levantar? —pregunto.

—No lo sé… —dice, intentando incorporarse—. ¡Ay, ay, ay… hmmmm… No… ufff…! Me duele mucho así de sopetón…

Verla quejandose así, soltando toda clase de gemidos, me está excitando aún más. Intento ayudarla a levantarse, agarrándola bajo los brazos, pero no lo consigo ya que se queja demasiado del dolor. Aún así, al intentar levantarla, he podido sentir con mis antebrazos el lateral de sus enormes pechos, y al tirar hacia arriba, he notado como los estrujaba entre ellos.

—Deja que te dé un masaje, a ver si te calma el dolor —ofrezco yo.

—¿En serio? —dice ella, cada vez más dolorida— ¡Ay! Hmmm… uufff…

—Sí en serio, te va ayudar —digo convencido, aunque en realidad no lo estoy.

Ella no para de gemir, pero se coloca boca abajo, dejando sus pompis al alcance de mi mano. Empiezo a masajear la pierna en cuestión, pero rápidamente paso a frotarle los dos muslos a la vez. Aún se queja, pero parece que encuentra un poco de alivio con mis friegas. El sudor me facilita la tarea, dejando que mis manos se deslicen fácilmente por su piel.

—Hmm… —gime Cintia— Sí que me está ayudando creo, no pares… hmm…

Mis manos se desplazan desde sus rodillas hasta el comienzo de sus trasero, y aprovecho para amasar cada rincón de sus muslos, tanto por la parte externa como interna. Ella me deja hacer, y sus quejidos y suspiros me hacen saber que le está gustando. A mi también me esta gustando mucho. “Joder, joder… qué buena que está”, pienso mientras sigo con el masaje. Disfruto amasando las carnes generosas de sus muslos, y llego a palpar el comienzo de sus glúteos bajo los shorts.

—¿Voy bien así? —digo, sin poder ocultar mi excitación.

—Hmm… sí, sigue por favor… Me alivia mucho —dice Cintia.

Dejo que mis manos se posen completamente sobre su culo, adentrándose bajo la tela de los shorts, aunque por encima de sus braguitas. Cintia no parece alterarse, y sigue gimiendo suavemente, lo que me invita a seguir con mi intromisión. Acerco mi rostro entre sus nalgas, y puedo oler su sexo a través de su ropa, mezclado con un fuerte aroma a sudor. Agarro los shorts por los lados, y tiro hacia abajo para quitárselos junto a sus bragas.

Su fabuloso pandero aparece ante mí en todo su esplendor, y vuelvo a hundir mi cara entre sus nalgas. Saboreo su sexo con mi lengua, que sabe delicioso completamente rasurado,y me pierdo en las fragancias que desprende. Disfruto magreando sus glúteos al mismo tiempo, separándolos dejando toda su raja a disposición de mi lengua.

—Uuuy… sí… —sigue gimiendo Cintia— Mucho mejor… hmm…

Con un gesto rápido, me deshago de mi mis shorts y calzoncillos, liberando por fin mi polla que está que revienta. Sin avisar, me coloco sobre ella y apunto el cilindro directamente a su coño, que se lo traga con facilidad. La embisto con fuerza, y me dejo hipnotizar por sus nalgas, que rebotan como gelatina con cada impacto. Su sexo está tan mojado que con el movimento se escucha un “¡chof, chof!” acompasado con cada penetración.

—¡Qué buena que estás, Cintia, joder! —dejo ir completamente en éxtasis.

—Sigue, por favor… ¡sigue! —dice ella suspirando.

—¡Menudo culazo, mujer! —sigo exclamando— ¡No te sobra ni un gramo, joder! ¡Qué pedazo de gilipollas tu novio, me cago en la puta!

No dejo de follarla desde atrás, agarrando su culo y clavándosela hasta lo más profundo. Cintia empieza a gritar de placer, lo que me pone todavía más cachondo.

—¡Dame, sí! Oh… ¡que gusto! —exclama ella.

Al poco rato se levanta, haciéndome salir de ella. Me pide que me estire en el suelo, y acto seguida se coloca encima mío dispuesta a cabalgarme. Guía mi polla a su coño, y sin más dilación empieza a montar con fuerza. Sus enormes tetas rebotan ante mi vista, y no tardo en agarrarlas con mis manos y guiar sus pezones a mi boca para saborearlos.

—¡Pero qué par de tetas tienes, joder! ¡Ñam…! —digo sin dejar de jugar con ellas.

—¡Oh, sí! ¡Pedazo de polla tienes tú, mamón! ¡Cómo me gusta…! —grita Cintia sin dejar de cabalgarme.

No puedo aguantar mucho más, me voy a correr pronto, y quiero hacerlo en sus tetas.

—¡Me estás ordeñando, cabrita! —exclamo— ¡Me voy a correr en tus tetazas!

—¡Córrete, cabrón! —grita ella mientras se quita de mí y se pone de rodillas.

Cintia se aprieta los melones contra su cara, abriendo la boca y lista para recibir mi leche. Un par de segundos me bastan para empezar a descargar sobre ella. Le doy una ducha con el abundante semen que escupe mi polla, esparciéndose sobre sus ubres, aunque ella busca a recogerlo con su boca. Al terminar estoy exhausto, y me siento en el suelo para descansar un momento.

—¡Ay…! ¡Joder! —se queja Cintia mientras intenta levantarse—. Me duele otra vez la pierna…

—Hm… jajaja… —no puedo evitar reírme.

Ella también empieza a reírse, aunque sigue quejándose de su pierna. La hago sentar a mi lado, y vuelvo a masajear la zona para que se le calme el calambre. Unos cinco minutos después, me doy cuenta lo tarde que es. Se nos ha pasado la hora de comer, apenas nos dará tiempo a ducharnos.

La ayudo a vestirse y nos dirigimos de vuelta a la oficina. Antes de separarnos en los vestuarios Cintia me agarra de un brazo e introduce su lengua en mi boca. Juego con ella con la mía, y le doy unos mordisquitos en sus labios.

—¿Mañana a la misma hora? —pregunta después de besarnos.

—Sin falta…

ramirez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.