Con el hijo de la vecina

La conversación con su amiga encendió la mecha de la pasión en la mujer. Los jóvenes machos son los mejores por su poderío y sinceridad y el tenerle en su domicilio les hizo vivir una experiencia de lo más apetecible y agradable…

 

 

El piso era amplio y confortable. Como también lo era la terraza en la que la madura mujer hablaba a través de su smartphone. Suavemente apoyada de espaldas a la barandilla que daba al gran parque central de la ciudad, susurraba en voz baja para no ser escuchada desde el salón.

–          ¿Estás loca? ¿Pero si es un niño, si podría ser mi hijo? –Virginia se ruborizó tímidamente ante el tema de conversación que mantenían.

–          Ay hija, a veces eres de un mojigato que asustas. ¿Cuánto tiempo hace que no lo haces? ¿Cuánto que no disfrutas de una buena polla? Si yo fuera tú, separada y sin obligaciones de ningún tipo no me lo pensaba dos veces –la voz de su amiga le aporreaba el oído al otro lado del terminal.

–          Lo sé Pepa, es guapo y agradable… no tendrá más de veinte años.

–          Pues por eso mismo, un yogurín de esos no se nos presenta todos los días. Además se te come con los ojos cada vez que os cruzáis en la escalera. En tu casa y solos los dos, tienes que estar loca si dejas pasar una oportunidad así.

–          Pero es el hijo de la vecina… imagina el escándalo si llegara a saberse.

–          Bueno, no tiene por qué saberse. Piensa que ni a él ni a ti os interesa que su madre se entere. Además ya es mayorcito, es mayor de edad así que no tiene que ir pidiendo permiso a su mamaíta para que le diga con quien se acuesta…Y por otro lado, una vez hayas estado con él que te quiten lo bailao. –acabó razonándole su discurso.

–          De acuerdo, de acuerdo… ahora tengo que dejarte. Ya te cuento más tarde –cortó en seco tratando de acabar con aquella conversación que, en cierto modo, la sobrepasaba.

–          Venga Virginia, no te lo pienses más y a por él. Y si no me lo dejas que ya lo aprovecharé yo –su amiga rió divertida.

–          Bien, bien… te dejo que hace mucho que lo dejé en el salón. Voy a ver qué hace.- dijo la mujer antes de despedir tan interesante charla.

La figura femenina, reforzada por los altos tacones, resultaba alta y sinuosa, más bien demasiado sinuosa. Virginia tenía cuarenta y dos años, aunque ciertamente no los aparentaba en absoluto. Hacía poco, por tanto que acababa de traspasar la barrera psicológica de los cuarenta que a tantos aturde. Pero, por otra parte, se encontraba en la que  para muchos es la mejor edad para una. Los cuarenta no deben suponer una especie de castigo divino sino todo lo contrario, el momento de mayor esplendor y empuje para la mujer.

Con paso firme abandonó la terraza, para traspasar el umbral del salón en el que el muchacho se hallaba. Sentado en el sofá le encontró de espaldas a ella. El poco ruido que el taconeo produjo le hizo volver.

–          Hola, ¿qué haces ahí?

–          Oh nada, sólo esperando que viniera.

Dejando el móvil a un lado, tirando el cuerpo adelante quedaron ambos muy cercanos. La cabeza de Virginia corría a mil por hora. El ángel alado por un lado y el turbio demonio por otro, las figuras del bien y el mal le atormentaban las ideas. Las palabras que su amiga había pronunciado hacía un momento, resonaban acusadoras todavía en ella. Sentado ante ella, de nuevo se la comía con la mirada nada indiscreta e indisimulada. Y era comprensible. La mujer madura tenía tanto que ofrecer que era imposible no echarle los  ojos encima.

Sus senos eran firmes y redondos, de tamaño más que aceptable, las amplias caderas y sin un gramo de grasa se marcaban bajo el vestido de estampados verduzcos como invitación perfecta a tomarlas. Por su parte, los fuertes glúteos, las piernas generosas y bien torneadas resultaban toda una tentación para el joven.

Los rizados cabellos azules resbalándole en forma de largo mechón por un lado de la cara, dejándose caer sobre el respaldo del sofá Virginia se acercó a él, cada vez más. No resultó nada difícil de seducir, en realidad tan fácil como cualquier otro. Da igual jóvenes que maduros, los pobres son tan primitivos y fáciles de atrapar. Solo una simple insinuación, una sonrisa cómplice y algo provocativa y enseguida caen como pardales. Todo aquello a ella le divertía, tenerle tan débil y a su merced, ser ella la que llevara las riendas de la caza

Y Carlos se lo ponía tan fácil, estaba segura que cualquier cosa que le pidiera se la daría al instante sin rechistar lo más mínimo. Pobre muchacho, era hermoso… realmente hermoso –pensó para sí misma mientras por la cabeza le corrían miles de pensamientos a cual peor. Carlos era espigado y delgado, educado, tan mono y bien parecido que una vez lanzada, ya no supo parar. Los ojos del chico se la comían de forma tan descarada, que aquello supuso la mecha que encendiera por completo el interés de ella.

El prolongado escote barco del vestido remarcaba el generoso busto en el que el muchacho quedó embebido imaginando lo que el mismo escondía. Tantas pajas se había hecho imaginándolo, que en ese momento creía iba a explotar entre las piernas. Aquella mujer le tenía loco de hacía ya mucho, ya había sido la fantasía en sus sueños de adolescente, de manera que tenerla allí y tan cerca de uno resultaba imposible mantener la calma. No escuchaba lo que ella le decía, hechizado por la imagen de tan hermosa parte de la anatomía femenina.

El pronunciado canalillo se ofrecía sin reservas frente a los ojos del chico, al tiempo que la mirada de ella caía sobre el bulto que el pantalón a duras penas podía esconder. Virginia se relamió al ver el estado en el que el chico se encontraba. Aquello no engañaba ni podía ocultar el interés que el joven mostraba por ella. La tentación hecha mujer cayó sobre él, atrapándole en su mirada perversa, en esos labios rojos y jugosos que pedían ser besados. No pudo escapar. Cogiéndole el rostro con la mano, le acercó los labios quedando fundidos en el primero de los besos, apenas un mínimo piquillo de aceptación por parte de ambos.

Nada más separarse, ella se echó la mano al busto alcanzándoselo pronto el muchacho al comenzar a reconocerlo con cierta timidez.

–          ¿Te gustan verdad? –preguntó la mujer apretándose el pecho de manera sugerente entre los dedos

–           Sí señora –solo pudo carraspear sintiéndose intimidado por la madura.

–          ¡Vamos, no seas tímido! Acarícialos con las manos, sé lo mucho que te gustan… Esas cosas no se pueden esconder.

Virginia gimió ronroneando como mejor forma de animar al muchacho a seguir. Todavía no se notaba cachonda pero no tardaría en estarlo. La mano de ella sobre la otra, le ayudaba a manoseárselo, magreándola por encima de aquella montaña de carne hecha para el delirio. La mujer gemía débilmente, respiraba forzada para acabar sonriendo ante tan agradable caricia. De nuevo cayó sobre él besándose ahora con mayor interés y pasión. Los labios pegados se notaban húmedos y cálidos en cada uno de los besos. Ambos se deseaban, dispuestos a todo, convirtiendo aquel primer piquillo en algo mucho más sensual. La madura no pudo evitar sacar la jugosa lengua en busca de la del chico. Al inicio se encontró con los labios entrecerrados pero pronto se abrieron dando paso a la fusión entre lenguas. Los dos gimieron, entregados por entero a la pasión de aquel beso mucho más intenso.

Subiendo la pierna sobre el respaldo, no pudo aguantar más lanzándose sobre su presa y agarrándole hasta ahogarle entre las mamas al hacerle clavar el rostro en ellas.

–          ¿Qué tal si me las chupas? ¡Vamos, cómetelas muchacho! –exclamó con los nervios a flor de piel.

Carlos se sintió en la gloria como no podía ser menos, atrapado entre aquel par de montañas que le dejaban sin aliento. Eran tan enormes y firmes, el mejor de los sueños para cualquier joven afortunado como él lo era en ese momento. Por abajo, su sexo trabajaba independiente mostrando bajo el pantalón la tremenda erección que le azotaba.

–          Acaríciamelos, acarícialos cariño con los dedos –suplicaba ella hecha ya un flan.

–          Vamos cariño, vamos… acarícialos con amor y cuidado. Oh mi amor, qué cachondo estás ahí abajo – confirmó al observar el bulto bajo la prenda masculina.

La mano se deslizó hacia la entrepierna del chico, masajeando levemente todo aquello que allí se adivinaba. Virginia se mordió el labio inferior como mejor forma de calmar la tensión que la dominaba. Aquel jovencito se veía bien formado y capaz de ofrecerle lo que tanto deseaba. Estaba bien segura que sería suyo, ya no se le iba a escapar.

El rostro del joven se iluminó, al contemplar los pechos saltar hacia él una vez bajado el escote. ¡Madre mía, qué par de tetas! –el pobre creyó perder el entendimiento ante las enormes mamas que quedaron a la vista. Eran enormes, como en su corta vida había visto, de oscuros y grandes pezones y todavía firmes pese a su tamaño. Fue ella la que le llevó hacia ellas, moviéndolas sobre el rostro nuevamente atrapado. Al fin logró escapar  a su dominio, tomándolas entre los dedos y empezando a chupar los pezones. La madura gimió complacida ante el descaro del joven, erizándosele los pezones bajo el roce de los labios y la lengua. En verdad los tenía sensibles, no costaban nada de excitar tal como el chico pudo comprobar, pasando y repasando la lengua por encima de ellos.

–          Así muchacho, así… chúpalos… aprendes rápido –la excitación la consumía.

Los oscuros pezones se endurecieron con el roce constante de los labios y la lengua rodeándolos por encima, saboreándolos y lamiéndolos una y otra vez entre los grititos y quejas de aceptación que la mujer producía. Echada adelante, se dejaba atrapar por aquella diabólica boca que tan bien sabía tratarla. Mirando abajo, volvió a dejar caer la mano por encima del irresistible volumen que el chico presentaba. Lo acarició con suavidad, apretándolo entre los dedos, sintiéndolo palpitar y responder a cada una de las presiones. Mientras, él continuaba lamiendo y chupando, arrancándole un grito dolorido al morderle el pezón tenuemente. Luego recogió el pezón derecho entre los dedos haciéndola gritar nuevamente al pellizcarlo con gesto ladino.

¡Era perverso! –se dijo a sí misma sin comentarlo en voz alta. Eso le gustó y no pudo evitar una mueca de asentimiento al cogerle la cabeza con las manos y pegarle contra ella.

Separándose de su lado, se hizo con  la boca apoderándose de la pareja una vez más los besos. Labios contra labios, lenguas húmedas corriendo por una boca y por otra, buscándose ansiosos los rincones de uno y de otra. Sin controlar la pasión, él la hizo gritar al morderle el labio sin freno.

–          ¡Oh, muchacho! ¿Es que no sabes controlarte? –preguntó Virginia, los ojos hechos fuego al tomarle la barbilla con los dedos.

No le dio tiempo a  la disculpa al ser ahora ella la que se tiraba sobre el joven sacándole un grito profundo al devolverle la cruel caricia.

–          ¿Qué te parece esto? Mira hermoso, no sé con quién te crees que estás tratando. Puedo llegar a ser todo lo encantadora y complaciente que puedas imaginar… pero también puedo no serlo si te muestras poco amable y desconsiderado así que tú verás lo que te conviene –los ojos brillándole encendidos al observar un breve hilillo rojizo correr el tierno labio de su amante.

Carlos se disculpó entre hipidos leves, sintiéndose empequeñecido mientras sorbía la poca sangre que el labio arrojaba. Pobre tonto, seguramente su inexperiencia en esas lides no le hacían comprender todo lo que aquella falsa queja encerraba. Ella muy seria, tan solo interpretaba un papel. Evidentemente deseaba entregarse al muchacho y que la hiciera suya. Tan solo era hora de hacerle saber quién mandaba. Abandonándose por encima del sofá cuan larga era, quedó junto a él iniciando con la mano un nuevo juego.

Con suaves toqueteos comenzó a palpar la abultada protuberancia por encima del claro tejano. Grande y hermoso era lo que allí se notaba. Virginia continuó el avance pasando la mano arriba y abajo. El afortunado muchacho, con evidente felicidad y cara de bobo nada decía, ni tan solo jadeaba, dejándose hacer por su experta maestra. Avezada como lo era, desató con rapidez el cinturón y luego el botón para con los dedos bajar, esta vez con infinita lentitud, la cremallera. En el silencio de la habitación, el lento descorrer se hizo perfectamente audible provocando en ambos un creciente empeño. Tumbándose sobre él, la madura comenzó a pasar la lengua sobre la negra tela del slip. Plena de lascivia y sensualidad, no había ya quien la parara. Carlos trató de incorporarse adelante pero ella no le dejó obligándole a caer de nuevo en el sofá.

–          No te muevas cariño… ahora déjame hacer a mí.

Entre los dedos apretó la hinchazón sintiéndola palpitar. ¡Grande, muy grande se notaba aquello! Acercando la boca agarró la prenda íntima, chupando y mordisqueando el rotundo bulto. Sin esperar más, echó la tela atrás apareciendo al fin el miembro ante ella. Tirado a un lado y con la piel desplegada, se veía el glande brillante y amoratado. Con malsana urgencia buscó deshacerse de la molesta prenda mientras con los dedos atrapaba el objeto tan deseado.

Un pequeño golpe de lengua le dio para, girando la mirada, sonreírle con gesto pérfido. Un nuevo golpe como al descuido y ya mismo se lo introdujo hasta más de la mitad. Poco a poco se dedicó a chupar y lamer el dulce caramelo que se le entregaba, pasándole la lengua por encima, desde la base hasta el grueso champiñón y a todo lo largo del tronco, chupándole los huevos de tanto en tanto de manera golosa para finalmente acabar metiéndoselo en la boca envuelto por los labios. El joven jadeaba y gemía ante el agradable tratamiento que se le daba. Bajando la mano alcanzó el cabello femenino, empujándola a continuar.

Sacándola de la boca, dejó caer la saliva por el glande y el tronco para esparcirla a continuación a lo largo del mismo. Lo observó un breve instante, brillante, húmedo, elevado ya en su máximo esplendor.

–          ¿Y qué tal te encuentras? ¿Quieres sentir mis dientes ahora? –le dijo mostrándolos finos y puntiagudos.

–          Oh no, no por favor –respondió él recordando el mordisco de momentos antes.

–          Tranquilo que no pienso hacerlo –sonrió perversa mientras abría la boca volviéndose a meter todo aquello.

Las entradas y salidas le golpeaban la cavidad bucal animándola a seguir más y más, llenándole los carrillos cada vez que le entraba el enorme miembro. Ella chupaba y chupaba intentando controlar la respiración ante semejante visitante. Abriendo la boca y acogiéndolo dichosa, chupando y lamiendo una y otra vez con la lengua en combate feroz. De pronto paraba en busca de descanso para enseguida continuar entregándole el mayor placer.

–          Buena polla gastas muchacho… me encanta…

–          Sigue, sigue –respondió el joven mirándola con sonrisa bobalicona.

–          ¿Quieres correrte? ¿Te queda mucho?

–          A este ritmo no sé si aguantaré mucho más.

–          Bueno es saberlo… iré más despacio pues –exclamó envolviéndole los huevos para chuparlos con fruición.

Él cerró los ojos echando la cabeza atrás. Y ella siguió con lo que hacía, jugando con el capullo al lengüetear tímidamente sobre él. Eso le hacía gemir satisfecho. Unos segundos de descanso y de nuevo se la metió, chupando tan delicado órgano de la anatomía masculina. Moviendo la mano alrededor, acompañando con los dedos la mamada, los gemidos de ambos se mezclaron en una sinfonía de ruidos entrecortados a lo largo de toda la estancia. Aprovechando el estado de ella, Carlos llevó la mano por debajo del vestido provocando en la mujer un respingo involuntario.

–          ¿Qué pretendes chico malo? ¿No tuviste bastante?

Sin darle tiempo a responder, atrapó la polla entre sus pechos y con ellos comenzó a masturbarle con rapidez y premura. Eso le hizo enloquecer, estirado en el sofá y a expensas por completo de la madura. El glande aparecía por la parte de arriba, tan pronto libre como escondido bajo la piel que lo recogía, cabeceando con el empuje de aquel par de mamas que parecían querer llevarle al éxtasis. Finalmente Virginia paró, dejándole libre entre los entrecortados jadeos que ambos producían.

–          Ya está bien de momento, no le hagamos sufrir más… Venga muchacho es tu turno –comentó colocada al otro lado del sofá, quitándose las braguitas para quedar las piernas abiertas y perfectamente expuesta.

Al pobre Carlos se le salían los ojos de las órbitas ante el espectáculo que se le ofrecía. Frente a él, el coñito se veía abierto y carnoso, escapándole los primeros jugos y con un tupido triangulillo oscuro alfombrando la parte superior del mismo. El par de medias negras y transparentes cubrían las largas y torneadas piernas femeninas en una maravillosa invitación al pecado.

–          Cariño, cómetelo –un susurro apenas audible se hizo su voz.

Solícito él se ahogó en ellas, hundiendo después la lengua y la boca para arrancar de ella un bramido placentero. De ese modo empezó a comerla, lamiéndole los abultados labios, disfrutando los aromas femeninos, recorriendo la rajilla de abajo arriba. Los gemidos empezaron a resonar en su boca, removiéndose inquieta ante tan cálido asalto. La lengua luchaba ferozmente con el sensible botón, pasando y repasando hasta acabar atacando el interior de la rosada flor. La metió haciéndose espacio dentro de ella. Adentro y afuera, saboreaba la multitud de jugos que la madura le entregaba, echada atrás y sin dejar de sollozar complacida.

–          ¡Oh mi amor, sigue sigue… no pares!

No lo hizo claro, rozándola y chupando en busca de cada rincón escondido. Virginia estaba muy mojada, bien excitada y alterada por las caricias. La lengua rasposa la hacía perder el oremus, los ojos en blanco entre terribles lamentos de satisfacción. Empezó ella a removerse, buscando con sus movimientos el roce de la lengua, acercando la pelvis a la boca maligna. Carlos abandonó su sexo para entretenerse llenándole los muslos de besos cortos e intensos. Subiendo y bajando por ellos entre los espasmos que la madura sufría.

–          ¡Carlos, méteme los dedos… métemelossss! –reclamó con ojos suplicantes.

Metiendo dos de ellos, el muchacho empezó a explorar las paredes de la vagina, hundiéndolos y sacándolos de manera lenta pero precisa. Sacándolos humedecidos y dándoselos a probar para sorberlos complacida. Virginia mientras tanto se masturbaba el clítoris endurecido, pasándose las yemas de los dedos por encima. Disfrutando aquel doble trabajo, se apretaba los labios para no gritar, ahogando los lamentos que no podía frenar. ¡Dios, qué bueno era eso! –se retorcía toda ella con cada nueva caricia.

Su joven amante fue cambiando las acometidas, tan pronto atacándola con los dedos como hundiendo ahora la lengua en el umbral carnoso. Cada vez más rápido, adentro y afuera, bebiendo el néctar femenino, aumentando el volumen de los gemidos y sollozos hasta que en una de esas, la mujer explotó en el mayor de los placeres, un prolongado orgasmo con el que liberar toda la tensión acumulada. Con la mirada perdida, jadeando entrecortada y con miles de sensaciones a cual más agradable llenándole la cabeza, la entregada Virginia enlazó ese primer orgasmo con un segundo que la hizo caer rendida en el brazo del sofá. Con las manos en la cabeza del chico, los dedos atrapándole enredados en el moreno cabello. Él respondió al ahogo, devorando hambriento el cálido manantial que se le ofrecía, pasando la lengua a lo largo de la rajilla para acabar tirando de aquellos pliegues envueltos entre sus labios.

Una vez mínimamente repuesta del suplicio, con el vestido recogido a la cintura recuperó la compostura mientras, tumbado, el joven se deshacía del tejano. De pie le ayudó con la tarea, para seguidamente y agarrando el mango en ristre quedar a horcajadas montada de espaldas a él. Nada más sentirse llena, exhaló un primer y sonoro gemido al que siguieron otros muchos llenando la estancia de fascinación y locura. Sentada sobre el macho, pronto se acomodó al tamaño del grueso miembro sintiéndolo hasta el final. Y así no tardaron en empezar a moverse, cabalgando Virginia cómodamente disfrutando la facilidad de la cópula. Bien abierta de piernas podía ver la polla entrarle y salir y eso la excitaba de tal modo que aceleró el ritmo botando con furia y desenfreno.

–          Así muchacho así… métemela, métemela hasta el fondo…

Tomada de las caderas, él nada hacía dejando que fuera ella misma la que se follara, moviéndose con rapidez, cabalgando arriba y abajo al ritmo que la madura imponía. Las grandes mamas saltaban descontroladas al compás del cabalgar descontrolado que ambos formaban. Buena parte le entraba, rebotando las bolas cargadas contra la tierna entrada hecha fuego. Las paredes vaginales le atrapaban con firmeza, resbalando sin descanso sobre el miembro erecto, ordeñándolo como mejor forma de castigo. Virginia bramaba, gruñía, se quejaba en su completa locura, elevándose sobre su hombre para enseguida caer traspasada por el ardiente émbolo.

–          Sigue cariño, sigue… me matas, más fuerte… más fuerteeee…

De pronto, quedó quieta gimoteando agotada y feliz cuando en ese momento fue Carlos el que la empujaba con secos golpes de riñones elevándola con vigor inusitado. Aquello se prolongó un buen rato, acariciándose ella por encima mientras el chico aguantaba estoico el envite del momento. Ella gritaba y chillaba desconsolada, mordiéndose el labio, los ojos tan pronto en blanco como entrecerrados levemente.

–          Joder muchacho, qué potencia… sigue, sigue… dámela todaaa.

–          ¿Le gusta señora? –la voz ronca  preguntándole fatigado.

–          Me encanta amor… me tienes loca, dale.

Con un gesto le invitó a acariciarla por abajo, masturbándola con los dedos al tiempo que el grueso pene la torturaba martilleándola una y otra vez. Las manos del chico cayeron como garfios sobre los pechos que manoseó y apretó con fiereza desatada, pellizcándolos uno y otro hasta arrancarle un lamento afligido.

Cambiando de postura se colocaron de lado, ella con la sensual pierna levantada y él volviendo a follarla confortable. Abierta de piernas, la posición era perfecta para el ir y venir de ambos, el joven martilleándola constante y ella aprobando los golpes firmes y poderosos con que su amante la obsequiaba. Virginia hipaba, suspiraba en el frenesí continuo al que se abandonaba, sometida al miembro resbalándole imparable. Enlazada por la cintura, él la tenía bien sujeta a sus caprichos. Empujaba con la fuerza que da la juventud, una y mil veces y nunca parecía cansarse. La mujer lo gozaba con cara beatífica y exhausta.

–          Empuja, con fuerza sí… no te paressss…

Las bolas rebotándole irrefrenables, golpeándola con saña infinita en la total locura de la pareja de amantes. El coño se abría y cerraba alrededor del émbolo amenazante, llenándola el chico de palabras sucias junto al oído.

–          ¿Te gusta putita? ¿Dime te gusta?

–          Me encanta cariño –la madura sonrió al escuchar aquello tan sucio.

Girándose le ofreció los labios para que se los tomara, besándose amorosos pero, al tiempo, con un punto indecente que la hizo vibrar. Carlos le enganchó la orejilla entre los dientes y ese fue el chispazo que la hizo temblar, al notar escaparle de nuevo el orgasmo arrollador. ¡Joder, qué cabrón… qué bien se lo montaba el jovencito!

–          Mmmmm mi amor, me corro, me corrooooooooooo –avisó ella, el placer corriéndole nuevamente entre las piernas mientras el joven no le daba respiro, empujando y empujando contra ella.

Las lenguas enredadas entre sí, golpeándose una con otra, hundiéndose en las respectivas bocas, mezclando el entusiasmo agresivo de las salivas. Sin tiempo para el reposo, la madura hembra disfrutaba el persistente batir tras ella, los cuerpos rozándose uno junto al otro, las manos del chico devorando sus sinuosas formas. Clavaba las uñas largas y bien cuidadas en la piel del sofá, resbalándole por encima del mismo y sin encontrar escape a su suplicio. Virginia se dejó llevar por el ardiente momento… Suspiraba agotada, las palabras igualmente obscenas brotándole de sus carnosos labios de mujer aparentemente pudorosa e íntegra de cara al exterior. Pero en la intimidad del momento, una auténtica leona sin freno. Adelante y atrás, adentro y afuera se encontraba tan mojada que la cópula resultaba de lo más fácil y placentera. Deprisa y despacio Carlos se mostraba incansable, sacando de ella las mayores emociones. El aliento juvenil golpeándole el rostro, cruzaban los gestos cansados de miradas cómplices y alteradas.

–          Me matas, me matasssss… fóllame, fóllame… más fuerteeeee.

Parando un instante, se retiró para entrarle de un solo golpe, masacrándola entre los gritos vacilantes de la pobre mujer. Largos segundos estuvieron así, el apuesto joven follándola de forma salvaje y su coñito hecho fuego soportando aquel ritmo atroz. Saliendo de su interior, Virginia la tomó para llevársela a la boca comiendo desenfrenada. Él gemía, gozando infinito el placer que aquellos labios podían darle. Se la metió prácticamente entera, provocando en su hombre un estado casi próximo al nirvana. Lengüeteándole el tronco con débiles roces, repasándola arriba y abajo y hundiéndose buena parte de ella.

–          ¡Señora, señora, por favor pareeee o me hará correr–imploró cogiéndole la cabeza para mirar de retirarla.

–          Vamos, métemela otra vez –pidió rápidamente colocada de espaldas a él.

Las manos en el brazo del sofá mientras ofrecía el culo en pompa, su apuesto compañero le pegó la cara en el trasero, entretenido en comerle y chuparle ambas entradas. Eso la hizo delirar bajo el roce acusador de aquella lengua corriéndole por un agujero y el otro. ¿Sería capaz el hermoso jovencito de pedirle aquello? –pensó humedeciéndose los labios que notaba resecos. Y entonces escuchó el turbio reclamo.

–          ¿Puedo follarla por detrás?

–          Claro pequeño, me encantará… sólo ve con cuidado que la tienes muy grande –aceptó removiendo el culillo como perfecta invitación a probar.

–          Pero antes prepáralo un poco… humedécelo con la lengua quieres –susurró sin dejar de removerse inquieta.

El trasero aparecía blanco y lustroso, un par de nalgas hermosas y sugerentes para un joven encabritado como aquel muchacho lo era. Escupiéndole encima, Carlos repartió las babas por toda la zona, bañando el coñito hambriento y ya conocido para enseguida reconocer el anillo de ese otro agujero oscuro y todavía extraño para él  Nada más notar los roces en tan escondido rincón de su anatomía, la mujer se puso alerta elevando el trasero aún más.

La lengua febril lamía y rozaba con lentitud y suavidad, llenándoselo de saliva al hacerla temblar de pies a cabeza. Gimoteando complacida, dobló una de las piernas quedando de ese modo mejor expuesta. Con las manos clavadas en sus posaderas, el chico se las acariciaba y masajeaba, abriéndoselas para un mejor acceso. Virginia gemía tímidamente, removiéndose excitada, gozando la inmoral caricia en la entrada de su culito. Le encantaba aquello y así se lo hizo saber echándose atrás mientras le animaba a chupar el anillo cerrado.

–          Chúpalo cariño, chúpalo… excítalo bien para que luego pueda entrar.

Al tiempo, se llevaba los dedos al coñito pasándolos a lo largo de la rajilla, masturbándose de manera lenta pero prolongada. El muchacho tras ella, lamía y chupaba rodeando lo oscuro de aquel orificio que notaba responder nervioso al constante ir y venir. Chupando y lamiendo en busca de la positiva respuesta, de una leve apertura que le permitiese avanzar. La madura firmemente agarrada, respiraba descompuesta, los ojos en blanco y apretándose los labios.

–          Humedécelo, humedécelo… el pobre es muy sensible y debes prepararlo bien…

Con la ayuda de un dedo la traviesa lengüecilla buscó presionar la entrada tan deseada, hurgando en ella, apoyada con suavidad en la humedad de la misma. Provocándole un profundo gemido, Virginia lo gozaba sabiéndose cada vez más caliente e impaciente, dejándose llevar por esa lengua diabólica que tanto la hacía disfrutar. El agujerillo estrecho poco a poco se fue dilatando haciendo más fácil el ingreso. La puntilla vigorosa penetraba lo que las paredes aceptaban, que a cada paso era un poco más. Los gemidos y suspiros ahogados crecían más en volumen, pidiéndole seguir de manera algo autoritaria.

–          Continúa muchacho, continúa… me vuelves loca mi amor…- sus propios dedos masturbándola por delante.

Carlos no esperó ya más y cogiéndose el miembro erecto lo llevó entre los cachetes abiertos. Ella, sabedora de lo que le venía encima, aguantó la respiración al clavar la mirada en un punto indeterminado de la habitación. No era la primera vez que lo hacía, desde luego que no, pero cada nuevo intento se convertía en una nueva prueba a superar. Al fin y al cabo, afortunadamente no es algo que se hiciera todos los días. El joven, como decíamos, no esperó más y bien seguro de sí mismo buscó traspasar la estrecha entrada.

Con una mano apoyada en el hombro de la mujer y la otra agarrándose la polla, apretó la cabeza notando abrirse el recto con cierta dificultad pero seguramente no tanta como podía esperar. Aquella madura cuarentona ya habría probado muchas por ahí, la facilidad al abrirse así parecía indicarlo. Poco a poco fue adentrándose en el estrecho agujero, penetrándola muy lentamente al observar el gesto fruncido y dolorido que la hermosa mujer mostraba.

–          Despacio, despacio… con cuidado cariño –parecía dirigirle con su voz ronca y hecha un débil bisbiseo.

Paso a paso, centímetro a centímetro la fue traspasando, sollozando dolorida ante el ataque de tan poderoso rival. El grueso capuchón fue dilatando el anillo, abriéndose a pequeños empellones entre los flojos suspiros que ella daba. Apretaba los ojos, echando la mirada atrás en un gesto de súplica, viéndose atrapada en aquella vorágine enloquecida de la que no poder escapar. No tardó en tenerle dentro de su estrecho canal, creyendo perder el sentido al notarse tan llena de él. Virginia no pudo evitar un grito dolorido pero ya se supo completamente suya. Quieto tras ella, el joven la tenía bien enganchada, pegado a sus redondas posaderas y metido en ella más de la mitad. Un último golpe seco y lo tuvo entero, brotando de sus abiertos y bellos ojos el lagrimeo cayéndole rostro abajo.

–          Me duele… me duele… no te muevas mi amor –reclamó un instante de alivio.

Él se lo concedió, apoyando las manos a cada lado para después dejarse caer sobre la sensibilidad del cuello que notó erizarse nada más los besos lo llenaron. La madura gimió complacida por aquella tierna caricia, en ese momento era lo que necesitaba. Un ínfimo relajo antes del combate final.

Los besos caían sobre ella, cubriéndole el cuello, la piel desnuda de sus hombros al tiempo que con las manos la sobaba acariciándole las recias carnes. Respirándole al oído, el chico empezó a moverse en el interior del recto. Ella aguantó el aliento, sintiendo las entrañas abrírsele bajo el empuje del visitante atroz. Agarrada al sofá, un calor sofocante le crecía por el cuerpo, quemándola por dentro de manera imparable. Una vez acoplados el uno al otro, las entradas y salidas se hicieron más aceleradas y bruscas, empujándole el trasero al quedar fundido en ella. La mujer chillaba, aullaba dolorida pero también, por qué no decirlo, de puro placer, una extraña mezcla de placer y dolor apoderándose de ella con el continuo azote al que el joven la sometía. Tan agudo era el dolor que aquello le producía que no podía más que protestar de forma sonora y cogerse allí donde podía. Resbalándole adentro y afuera ya sin dificultad alguna, la madura notó un singular placer crecerle pese al intenso dolor inicial, una extraña emoción que la hizo reclamar mayor empuje.

–          Fóllame, fóllame muchacho… anda rómpeme el culo…

Cegados por la pasión, ambos se movían acompasados a un mismo ritmo. Empujando uno y otro en busca de nuevas sensaciones que explorar. Sodomizándola el joven sin darle tregua, aullando la veterana cuarentona ante la fuerza arrolladora de su poderoso compañero. Tomándola del cabello para atraerla hasta su velludo pecho y lleno de sudor, la espalda femenina temblaba de pasión contenida. Cansada y respirando entrecortada, el brazo todavía poco desarrollado de su amigo la enlazaba amoroso por la cintura. Los oscuros y grandes pezones le dolían de tan duros como los tenía, apretándoselos ella misma entre los dedos hasta producirse algo de dolor. Un leve gemido escapó de sus labios bajo el lacerante roce que se inflingía.

El chico, buscando excitarla aún más, le llevó la mano a la rajilla que empezó a masturbar recorriéndola abajo y arriba. Hundiéndose los dedos entre los empapados pliegues hasta encontrar los más secretos rincones, resbalándole poco a poco en el interior de las estrechas paredes de la vagina. Aquello resultaba altamente delicioso. La mujer gemía desconsolada, bajo el efecto persistente que aquellos dedos y el miembro masculino le procuraban en un doble ataque que la hizo caer en un profundo y placentero clímax lleno de agradables y novedosas sensaciones.

–          Me corro, me corrooooo… dios, qué bien me lo haces muchacho… me encantaaaa –exclamó descontrolada y en voz alta.

Cayendo hacia delante, trató de descansar unos segundos en busca del necesario resuello. Mucho más grande que ella, el cuerpo del joven la cubría por entero, besándola dulcemente a lo largo del cuello y la espalda. Apenas pudieron dedicarse débiles y desfallecidos susurros, musitándose palabras cariñosas y tenues con las que animarse a seguir. Todavía lo tenía dentro, el cuerpo masculino pegado a su espalda mientras el sexo hecho piedra lo hacía a su trasero sin dar muestra alguna de querer salir. Escapando finalmente de ella y ayudándola a incorporar, quedó a cuatro patas con él arrodillado tras ella.

–          Sigue cariño, sigue… me encanta cómo lo haces…

–          ¿En serio lo dice?

–          Pues claro que sí, ¿por qué iba a mentirte? Sabes… nunca juego con esas cosas. Vamos continúa, ahora quiero que te corras y me lo des todo –exclamó abriendo las piernas para que la horadara de nuevo.

Ante semejante invitación por parte de la mujer madura, el jovencito flipó entrándole una vez más e iniciando nuevamente el lento mete y saca. Los gemidos volvieron a Virginia, notándose el sexo chorrearle de tanto placer como sentía. Él la masturbó, enterrando los dedos en la carnosa y cálida flor, sacándolos para seguidamente dárselos a probar. Ella, con gesto a medio camino entre la lujuria y la más depravada pasión, entre la locura y la necesidad infinita, devoró el sabor amargo de sus propios jugos, chupando primero un dedo y luego otro.

–          ¿Le gusta? -preguntó él mirándola directamente a los ojos.

–          Me gusta sí… un sabor extraño pero me encanta –aseguró saboreando perversa el dedo entre los labios.

Mientras el largo instrumento le entraba y salía, destrozándola a cada nuevo golpe que le daba, sodomizándola con fuertes golpes que la hacían vibrar de emoción. Era aquella una impresión intensa y distinta, la que no lo ha probado no puede saber de lo que hablo. Carlos le pasó el brazo por detrás de los hombros, abrazándola hasta atraerla hacia él. La mujer se dejó caer, apoyando suavemente los cabellos en el torso masculino al ofrecer la trémula y entreabierta boca. El chico la besó acallando de ese modo los lamentos de la dichosa mujer, las manos resbalándole muslos abajo para luego ascender lentamente hasta tomar los tersos pechos. Las lenguas jugaban entrelazadas una con otra, descansando ambos unos segundos la terrible penetración. La besaba, bisbiseándole entrecortadas palabras muchas de las cuales no reconoció, sonriendo tan solo de manera complaciente.

Enseguida suspiros de placer escaparon de sus labios al sentirse de nuevo follada y cómo el joven macho aumentaba la velocidad del coito. De ese modo, el folleteo se hizo rápido y agotador para los amantes. Él, sin cesar en su ataque, se notaba cansado y ya a punto de reventar en el interior del estrecho agujero. La madura supo que no tardaría en correrse y deseosa de ello le animó a hacerlo.

–          ¿Te queda poco muchacho? Córrete vamos… dámelo todo, lo deseo tanto.

Carlos, sin contestar, siguió empujando moviéndose sin parar, clavándose hasta lo más hondo de la robusta figura femenina, con las manos apoyadas firmes en la espalda de ella al tiempo que la enganchaba por el brazo también. Poseída con violencia, la excitada pareja gruñía desesperada mezclándose las palabras entrecortadas del joven con los sollozos y gimoteos de la exhausta hembra. Se clavaba en ella con bríos renovados, enterrándose de manera brutal y haciéndole sentir entre sus nalgas el golpeteo continuo de los huevos.

La mujer se dejaba montar, removiendo el culo en lentos movimientos circulares con los que mantenerse bien pegada al horrible dardo que la traspasaba haciéndola perder el aliento. Derrotada y en voz baja, musitó entrecortada exigiendo más, pidiéndole llorosa que la follara en un último instante de enajenación plena.

–          Deprisa cariño, dame más fuerte más fuerte… jódeme todaaaa

–          Córrete vamos, córrete… quiero tu leche… vamos córreteeee –reclamó sin saber muy bien ahora lo que decía.

Así continuaron unos segundos más, follando como posesos hasta que el enardecido joven avisó su próximo final. Saliendo de ella, se deshizo con rapidez del condón para explotar en un abundante torrente de jugos que la cubrió el par de adorables nalgas y más allá, llegándole incluso a la espalda. Gruesos y viscosos goterones de líquido blanquecino la llenaron por completo. Carlos gritó, bramando su total placer mientras las fuerzas le abandonaban en forma de orgasmo bronco y salvaje. Al tiempo, y entregada al delirio del momento, la madura se corrió una última vez de forma ruidosa y sin parar de reclamar toda la fuerza juvenil que pudiera ofrecerle.

Varios fueron los trallazos con que la obsequió, ciertamente no quedó decepcionada. Un gusto inmenso se apoderó de Virginia, abrazados jadeantes el uno al otro sobre el sofá mientras la tensión cedía dando paso a la necesaria quietud. Resbalándole trasero abajo, notó el semen deslizar sobre los rollizos glúteos y entonces se volvió a él para cogerle el miembro flácido y llevarlo a la boca, lamiéndolo y degustándolo en su totalidad hasta dejarlo limpio de cualquier resto de la batalla. Él agradeció la caricia con un leve gemido satisfecho.

Media hora más tarde, ambos disfrutaban pausadas bocanadas del humo de sus respectivos cigarrillos mientras miraban la pantalla del televisor sin hacerle caso alguno. La madura, abrazada a su hombre, sonreía bobalicona recordando el buen rato pasado. Sin falta, tenía que contarle todo aquello a su amiga Pepa…

King Crimson

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