Viajando al lado de una madura

Evasión y victoria… Firmas tu divorcio express para casados sin hijos y te vas de viaje sobre la marcha. Solo. Para recargar pilas y reflexionar sobre tu nueva soltería. Se lo dejé cristalino al tipo de la agencia:

 

—Quiero un circuito de seis días por la Península Ibérica que salga mañana mismo desde Madrid.

Mi economía no daba para grandes dispendios ni podía retrasar más mi restillo de las vacaciones anuales. «O disfrutas ya de esos días o los pierdes», dijeron mis cabrones jefes. El de la agencia se rascaba la cabeza. Los encajes de bolillos no suelen ser fáciles. Buscaba y rebuscaba en su ordenador de mesa. De pronto se le ilumina la cara de júbilo y me hace una oferta:

 

—Gracias a que alguien causó baja a última hora, hay una plaza libre en un tour de seis días denominado «Circuito Bus Pirineo Aragonés, Lourdes y Andorra».

 

—Esa plaza me vale. Píllela.

Una par de firmas y tarjeta Visa al canto. Viaje habemus. A las 11.45 horas del día siguiente estoy como un clavo en el punto de salida, cerca de la plaza de Las Ventas. Primera conversación con el guía y primer chasco: el autobús irá lleno de matrimonios de la tercera edad, a excepción de una señora de sesenta años que viaja sola y de yo mismo, que acabo de cumplir treinta y ocho y  también viajo solo. Un panorama de trágame tierra. Mea culpa. Nunca aceptes al tuntún lo primero que te ofrezcan.

La empresa mayorista tiene asignados los asientos de antemano. A mí me ha debido tocar junto a la señora que viaja sola porque es impensable que fueran a separar matrimonios. Cuando llego al asiento la muy carota ha ocupado el de la ventanilla, que es el mío, y se lo hago saber. Se levanta de mala baba para cambiarse a su sitio, pero yo le interrumpo la mudanza:

 

—No, señora, no se mueva… Siga usted en ese asiento, si le gusta más, que a mí me da igual uno que otro.

Es un poco mayorcilla, pero está buena, se conserva. Luce una figura que ya quisieran algunas veinteañeras. Y tiene las tetas grandecitas, poco caídas, y un culo redondo atrayente, de nalgas rotundas casi firmes. Es alta, guapa y no tiene arrugas cantosas. Recordé que lo de cepillarme a una madurita seguía siendo una de mis asignaturas pendientes. No estaría mal aprobarla ahora, durante el viaje. Sería el complemento perfecto…

No sé bien cómo romper el hielo, pero la señora sí sabe; ella se arranca con las presentaciones y punto pelota:

—Me llamo Yolanda, pero puedes llamarme Yola— dijo nada más ponerse en marcha el autobús, tendiéndome la mano.

—Y yo soy Ángel Luis, pero todos me llaman Luiso— contesté estrechándole la mano con firmeza.

Habla hasta por los codos. Al poco rato ya sabía que era casada, que sus dos hijas vivían en pecado, que residía en Madrid pero que nació en Alicante, que tenía una perrita llamada Mara,  muy sabedora ella, y que era su primer viaje sola: «mi marido, que se quedó en tierra por un problema de última hora en su empresa, se empeñó en que yo hiciera el tour, que lo disfrutara a tope, y  que no me diera de baja por nada del mundo. Al final le hice caso y aquí estoy, solita, pero dispuesta a pasarlo bien». La plaza de su marido es obviamente mi plaza; el  asiento de él lo ocupa ella, gracias a que yo se lo cedí… Le leo lo que figura en el programa para el primer día: salida hacia Huesca —la capital del Alto Aragón—,  breves paradas en ruta (una para el almuerzo por cuenta del cliente) y continuación del viaje hasta la llegada al hotel, cena y alojamiento… La señora termina sonsacándome que soy de Carabanchel, divorciado sin hijos y fotógrafo de una agencia publicitaria.

Aquel primer día de tour Yolanda y yo estuvimos todo el tiempo juntos, entre otras cosas porque nos costaba relacionarnos con las demás personas del grupo. Comimos en un restaurante que el guía no recomendaba, por sus elevados precios,  y en el que no entró ninguna persona del viaje salvo Yola y yo. Al final saqué mi tarjeta de crédito máster caballerosa y pagué la cuenta, que no me pareció cara. La señora sugirió que pagáramos a medias, pero me negué: «veremos si dejo que pague usted la próxima vez, si es que volvemos a comer juntos», dije a bote pronto. «Viendo la gente que hay en este circuito, me da que comeremos juntos muchas más veces», contestó ella con sorna.

El resto de la tarde transcurrió con normalidad tediosa. Paisaje verde bonito, y sueño. Nos echamos una buena cabezada en el autobús. A eso de las ocho de la noche llegamos al hotel. Cuando bajé a cenar al comedor, Yola ya me estaba reservando sitio a su lado porque esta vez había que compartir mesa con una decena de vejetes. Cenamos bastante, y luego dimos un paseo para que nos bajara la comida. La invité a tomar una copa, pero no quiso. Dijo que era mejor que nos fuéramos a dormir porque al día siguiente había que levantarse temprano para «recorrer el casco histórico de Huesca y conocer su patrimonio milenario», según comentó el guía. Cuando subíamos en el ascensor hacia nuestras habitaciones le tiré el primer tejo o algo parecido:

—¿Sabe qué Yola? Hoy hemos pasado tanto tiempo juntos que esta noche voy a extrañar que no esté conmigo en mi cama.

 

—Alto ahí, y no te pases que te veo venir…

 

—No, mujer… Lo he dicho cómo lo siento, sin segundas.

 

—¡Hummm! No sé yo… Buenas noches, descansa, y evita los malos pensamientos.

 

—Hasta mañana Yolanda.

 

Me gustó que no se tomara mi puya por la tremenda. La aguantó estupendamente, sin malos rollos, sin darme con la puerta en las narices. Me acosté pensando que había sido un buen comienzo, prometedor, pero demasiado lento. No se trataba de cortejarla, sino de follarla. Éramos adultos con experiencia. Tenía que ir al grano, ser más directo…

Al día siguiente, después de desayunar, nos llevaron a recorrer el casco histórico de Huesca, su catedral y los claustros románicos de la iglesia San Pedro El Viejo; después regresamos al hotel para el almuerzo, y al terminar el postre me lancé:

 

—Yola, ¿quiere dormirse una siestita conmigo?

 

—Déjate de bromas…

 

—Lo digo en serio.

 

—Y yo te digo en serio que no y que no, y mil veces que no.

 

—Créame que sería estupendo…

 

—Me da igual. Y no sigas por ahí o acabaremos mal.

Le digo adiós y me subo a mi habitación. Simulo estar dolido. Por la tarde nos llevan al Castillo de Loarre, considerado Monumento Nacional. Yolanda intenta tímidamente rebajar la tensión, pero yo me muestro reticente. Regresamos al hotel y en seguida nos llaman al comedor. Esta vez tuvimos que cenar separados, con cuatro vejestorios de por medio. Terminada la cena Yola busca tener un aparte conciliador conmigo…

—A ver, Luiso, según el programa mañana toca día libre con estancia de pensión completa en el hotel, y está también la posibilidad de realizar una excursión de día completo a Jaca y al Monasterio San Juan de la Peña— me explicó solícita.

 

—No haré esa excursión, si es lo que quiere saber… Me daré un bañito en la piscina, si está el tiempo bueno, y me quedaré a gandulear en el hotel— dije secamente

 

—Yo también prefiero tu plan, la verdad.

 

Al día siguiente todo el grupo se fue a la excursión después de desayunar, excepto Yolanda y yo. Nosotros volvimos a nuestras habitaciones para ponernos el traje de baño. Hacía una mañana espléndida. Cuando aparecí por la piscina, ya ella tomaba el sol en bikini tumbada sobre una hamaca. Me quedé boquiabierto. La miré repetidas veces de pies a cabeza: entrepierna de apariencia carnosa, mullida, y soberbias tetas de pezones y areolas grandes que se adivinaban a través de la tela; cuerpo de curvas perfectas sin un gramo de grasa excedente. Siempre supe que esta señora estaba buena, ahora sabía que estaba buenísima. Nadie diría que Yola tuviera sesenta años…

Ella también me dio más de un repaso de arriba abajo y de abajo arriba, y se notaba que no le desagradaba lo que veía. Para eso me machaco en el gimnasio y en la bicicleta estática. El paquete que se marcaba en mi bañador no era además ningún fiasco  porque, dejémoslo claro, escondía unos huevos grandes y una polla gorda que, empalmada, mide veinte centímetros… Me tiré a la piscina lo más acrobáticamente que pude, nadé un poco, y le sugerí que viniera a bañarse conmigo dado que el agua estaba muy rica. Yolanda aceptó la invitación. Esa mañana la encontraba más receptiva, más modosita. Parecía otra. Se tiró a la piscina mejor que yo y nadó con gran estilo. Me dijo que en su juventud había sido nadadora. Mientras charlábamos la tenía arrinconada en una esquina de la piscina, y mis piernas, que se movían para mantenerme a flote, tocaban a veces sus muslos. Nos dieron las once, las doce y la una con chapuzones, jueguecitos, paliques y tumbadas al sol. Varias veces mi rodilla no pudo evitar meterse entre sus piernas y apretarle el chocho. Ella no se molestaba, pero procuraba separarse. No era el momento ni el lugar. Mi relación con Yolanda crecía y se estrechaba. Mi polla empalmaba cada dos por tres y luego se amorcillaba. Dijo que quería subir a su habitación para vestirse e irnos a comer. La acompañé hasta su puerta e intenté entrar con ella, pero insistió en que no, en que “ahora” no. Yo acepté diferir y ella aceptó que le robara un beso en la boca. Esta vez no sólo no se resistió, sino que colaboró abriendo los labios y dejando el paso libre a mi lengua. Un gran beso y un gran empujón para que me marchara. Y me fui. No era cosa de forzar nada para no comprometer los notables avances. Nos vimos luego en el comedor…

Yolanda llegaba con una sonrisa de oreja a oreja y con un traje de tirantes que mostraba canalillo. Estaba imponente. Hasta los viejos y las viejas la seguían con la mirada. Ahora era yo quien le guardaba el sitio. Comimos bien y entre los dos nos tomamos casi una jarra de vino porque los vejetes apenas lo probaron. Por debajo de la mesa unas veces entrelazábamos las manos y otras yo le acariciaba las rodillas y parte de los muslos. Tan pronto dimos buena cuenta del postre volví a la carga:

—Hoy sí que duerme la siesta conmigo, ¿verdad, Yolanda?

 

—Pues no. Hasta ahí no pienso llegar.

 

—¡¿Cómo?! ¡¿Qué dice usted?! ¡Me va a volver loco! Primero me calienta y después me larga…

 

—Lo siento. Lo he pensado mejor. No quiero serle infiel a mi marido.

 

—Ah, ya entiendo. Usted es de las tontas que son fieles  sabiendo que su marido la ha engañado cientos de veces…

 

—Ojos que no ven, corazón que no siente.

 

—Eso es ponerse una venda, Yolanda. Lo que cura es el ojo por ojo y el diente por diente; pagar con la misma moneda. Hasta su marido se reiría de usted si no aprovecha la aventura que tiene a tiro. ¿No le dijo él que disfrutara a tope del viaje? ¡Pues hágale caso, coño! 

 

Se queda indecisa, pensativa, algo mustia incluso… La dejo a su bola. Sé que le he tocado algunas teclas importantes, pero ahora toca esperar. Un par de minutos después, la señal aparece por debajo demesa. Me aprieta fuerte una mano y me habla al oído con voz entrecortada:

—Vámonos a esa siesta ya, antes de que me arrepienta…

 

Palabras mágicas. Me levanto y se levanta de inmediato. Beso en el ascensor con bailoteo de lenguas. Ella prefiere su habitación a la mía. Perfecto. Vamos a la suya. Nada más entrar cuelgo cartel de «no molestar» y cierro la puerta meticulosamente. Otro beso. Éste arrebatado, ansioso, con apretón de culo, con mi polla ya burra llamando a su coño. Le bajo la cremallera del vestido y se lo saco rápido. Dice que me desnude yo y que ella se quitará el resto de su ropa. Ese resto ya no es más que el sujetador y las bragas. Lo hace un poco a hurtadillas, retira la colcha de la cama, y se mete bajo la sábana. Llego en segundos, desnudo, y con la polla apuntando hacia al techo. Observo que ella no le quita ojo. Puede que no haya visto nunca una igual de grande ni igual de gorda. Quiero sexo de primer nivel por todo lo alto. Tengo que conseguir que Yolanda se haga adicta a mi polla para que se convierta en mi amante durante todo el viaje. Me meto bajo la sábana, de lado, y me aplico con fervor sobre sus pezones: los chupeteo, los pellizco, los engullo, los mordisqueo, les doy lamiditas y lametones, tiro de ellos. Mi lengua se ensaña, no para hasta que los pezones se endurecen como si fueran a reventar, hasta que se yerguen tiesos sobre anchas areolas. Yola hace un rato que no abre ni los ojos, goza, disfruta, me arrebuja los pelos de la cabeza. Bajo la boca hacia su coño. Más chupadas, más lamidas, ahora a los labios del chocho, que están húmedos y calientes, y al clítoris, ya levantado en pie de guerra, empalmado como si fuera un micro pene. Yola jadea y resopla, está en un sinvivir, respira sofocada. Ni sé cómo puede hablarme:

—¡Fóllame ya, Luiso! ¡Necesito tu polla dentro! ¡Métemela mucho, toda, hasta el fondo!

 

Ahora debo hilar fino. No me basta con aprobar la asignatura con nota. Quiero la matrícula de honor, el cum laude. Puede que esté cansada de estar bocarriba. La coloco a cuatro en la orilla de la cama. Suele ser mi posición de partida, muy apropiada para mi estatura. Le enfilo la polla al coño y se la meto enterita de un par de golpes de cadera. La follo fuerte, sin pausas, alternando entre distintos ritmos, unos más acelerados otros más calmados. Logro que los bombeos sean tremendamente penetrantes, pero no brutos, precisos, con la fuerza justa. Yola goza como una perra, está en la gloria. El suyo es un coño tragón y caliente. Corro el peligro de correrme. Lo más prudente es cambiar de postura para retrasar la corrida, sin duda uno de mis puntos fuertes en el arte del folleteo. Hago que se tumbe en la cama de lado, con el culo dando a mi polla. Se la meto en el chocho estupendamente, fácil. Encima ahora puedo amasarle las tetas y juguetear con sus pezones y hasta con su clítoris. Yolanda está fuera de sí, dice que ya eso es mucho para ella:

—¡Me estás volviendo loca! ¡No voy a poder aguantar, Luiso!

 

—No te contengas. Córrete si quieres, porque voy a hacer que te vengas ¡veinte veces!

 

Una sacudida eléctrica recorre el cuerpo de Yola. Aquel macho la ha llevado al delirio, al goce supremo, y se corre mucho, como nunca, sus propios fluidos vaginales le encharcan el coño. Luiso lo sabe, pero no afloja, sigue dándole polla a destajo. La señora se sorprende de que ella no desfallezca, de que quiera seguir aprisionando a aquella polla campeona. Luiso hace que vuelva a cambiar de posición y la coloca boca arriba abierta de piernas. Ahora piensa ir a por todas, entiende que ha llegado el momento crítico. Apunta su polla hacia la raja y se le clava entera de un solo empujón, penetrando hasta el fondo de aquella caliente y húmeda vagina. Cuando Yolanda se nota tan empalada solloza de placer: «¡Oh!… ¡Ah!… ¡Oh!…¡Ah!…», y cada exclamación de ella es respondida por Luiso con fieros arreones. Yola volvía a sentir que le horadaban las entrañas, el confín de su cuerpo.

—¡Así cariño, así se folla! ¡Eres un genio! ¡Qué gozo me das! ¡Sigue, sigue…! ¡Seré tu putita durante todo el viaje! ¡Haz de mí lo que quieres, lo que te salga de los huevos! ¡Dame, dale, así, mete, mete, así, así…! ¡Qué rico! ¡Qué macho!

 

Yolanda no daba crédito a lo que decía. Palabras así nunca había salido de sus labios. Eran otra prueba inequívoca del deleite tan grande que le causaba aquel macho. Y esas palabras encendieron a Luiso, que la penetró salvajemente, como enloquecido, hasta el punto de hacerse daño al estampar los huevos contra las carnes de Yola. Llega el éxtasis otra vez. Dos cuerpos jadeantes, presos de estremecimientos, gozaban a la par de un clímax total. Él le anegó el coño con su semen espeso e hirviente; ella sintió como un torrente de leche se fundía con sus fluidos vaginales…

Los dos apasionados amantes se habían ganado un descanso. Luiso se tumbó de espaldas y Yolanda, recostada en su pecho, trazaba espirales y círculos sobre la piel de su pareja:

—Para mí ha sido sencillamente fantástico. El no va más. Nunca me había sentido tan bien follada. Eres un máquina, tío… —dijo ella despacio, casi silabeando, mientras le daba besitos en la cara y en el cuello.

 

Luiso estaba inflado, orgulloso, sabiendo que había cumplido con creces sus objetivos. Yolanda ya era una yonqui de su polla. Por delante quedaban tres días y dos noches de viaje. Tiempo para visitar el Santuario de Lourdes, la Gruta de las Revelaciones, la Basílica de la Concepción y Andorra la vieja y la nueva. Tiempo también para polvazos, enculadas, mamadas y sesenta y nueves. Otro encaje de bolillos… ¡Evasión y victoria!

Garajo

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