Una vecina visita mi club de fútbol y sale goleada

Me llamo Ismael, tengo diecinueve años, mido 1.85, y practico fútbol casi desde la infancia. Digo esto último porque actualmente juego en el Unión Latina, un equipo de tercera división, y porque a mi vecina Natalia, que es aficionada al fútbol, se le metió entre ceja y ceja que quería visitar mi club y que le enseñara el terreno de juego, los vestuarios, las duchas, la caseta del árbitro, las oficinas, los trofeos, etcétera. Le expliqué que esa visita no tenía interés, porque se trataba de un club modesto y con instalaciones muy precarias, pero ella siguió erre que erre, empeñadísima, y me sentí obligado a tragar dado que esta señora es tremendamente servicial con mi familia y sobre todo con mi madre, su amiguita del alma. Hablé con el club y no sólo no me pusieron trabas, sino que me dejaron un juego de llaves para que hiciéramos la visita un lunes, que es el día de descanso de todo el personal del club, incluido los jugadores, porque así estaríamos mucho más cómodos.

Para empezar diré también que esa vecina mía, Natalia, tiene cuarenta y seis años, pero aparenta bastante menos edad gracias a que se conserva impecablemente a base de machacarse con su bicicleta estática. Es guapa —morena de ojos verdes— y luce un cuerpazo al que no le sobra ni le falta nada: mediana estatura, ni gorda ni flaca, tetas más bien grandes todavía tersas y culo levantado, aparentemente duro, de perfecta redondez. Es casada y madre de un niño treceañero, pero hace cuatro o cinco meses que no convive con su marido porque están en trámite de divorcio.

Aquel lunes, el concertado para la visita, hacía un día soleado y caluroso y Natalia se vistió para la ocasión con una falda color fucsia – siete u ocho centímetros por encima de la rodilla—, una camiseta blanca de manga corta y zapatillas deportivas plateadas… La señora estaba para comérsela de arriba abajo.

En fin, llegamos al club sobre las once de la maña y fuimos recorriéndolo palmo a palmo y sin prisas. Ella hacía fotos a todo lo que le parecía, y yo le iba contado cosas de la vida diaria del club y de su historia. A Natalia le encantó el terreno de juego, pese a que era un auténtico patatal, pero con lo que realmente alucinó fue con los vestuarios y eso que están a años luz de los que disponen los equipos de Primera División, y nada digamos de los existentes en estadios como el Nou Camp o el Santiago Bernabeu.

Fue justamente en nuestro vestuario, el del equipo local, donde pasó lo que aquí vamos a contar punto por punto… Nada más entrar en él, la tal Natalia empezó a respirar hondo, tomando mucho aire, porque decía que le encantaba el olor que se respiraba allí, que según ella era un olor que provenía de una mezcla de linimentos y feromonas masculinas, o, dicho en lenguaje llano, que el vestuario olía a machos en celo.  A menudo hasta cerraba las ojos para sentir mejor ese aroma,  y yo imaginaba que en su mente calenturienta e impregnada de tantas feromonas aparecían unos veinte tíos en pelota picada, exhibiendo pollas equinas y gordos huevos, algo que en verdad no difería mucho de lo que se veía en ese vestuario los días de entrenamiento o partido. Lo cierto es que cada vez que Natalia me hablaba lo hacía como embelesada, mimosa,  y desde luego daba toda la impresión de que estaba muy excitada.

Yo siempre había respetado a esta amiga de mi madre, entre otras cosas porque soy bastante tímido, pero la buena mujer me lo estaba poniendo a huevo para que me la follara, y desde luego yo tenía muy claro que si no sacaba provecho de aquella ocasión hasta ella misma me vería como un perfecto gilipollas. Así que me armé de valor, me fui hacia Natalia, y por sorpresa le planté un beso en los labios que inmediatamente me fue correspondido con apertura de boca y baile de lenguas. La polla se me empalmó al instante, y enseguida le levanté la falda y le metí mano en el coño y en el culo por dentro de la braga. Ella se dejaba hacer y quería más… Al tiempo que yo la iba desnudando Natalia me desabrochó el cinturón del pantalón y segundos después ya estábamos los dos en pelotas y excitadísimos. Así que La tumbé sobre una colchoneta que había por allí,  la ayudé a abrirse de piernas, y sin más preámbulos me coloqué entre ellas y le metí la polla hasta el tronco con apenas dos golpes de cadera. Su coño era una delicia de labios carnosos, super caliente, húmedo y de alto poder succionante.  Me la follé a gran ritmo, con fuerza, y ella me envolvió la cintura con sus piernas para ayudar a que la penetración fuera lo más profunda posible. Confieso que me corrí antes de lo debido y creo que Natalia se quedó a medias, pero lo seguro es que fue una corrida espectacular y que le dejé el chocho bien regado de lefa.

Mientras reposábamos bocarriba, completamente desnudos, apareció por allí de improviso un chico portugués, Nani, delantero centro del equipo, que venía a buscar alguna cosa que se le había quedado en su taquilla. Él me miró, cómo preguntándome si podía sumarse a la fiesta, y viendo que yo me encogí de hombros, indicándole gestualmente que por mí no había problema, miró entonces a Natalia buscando complicidad y ésta le dio su plácet con una sonrisa de oreja a oreja. Nani es un tipo de veinte años y de lo menos uno noventa de estatura, fuerte, musculado, moreno mulato, que se gasta una polla XXL de entre veintidós o veinticuatro centímetros. Yo me salí de la colchoneta para cederle mi sitio y Natalia le pidió que se tumbara  bocarriba. La cabrona le dio unas chupadas estupendas a aquel pollón, cosa que no me hizo a mí, y al poco tiempo ya se había colocado a horcajadas sobre Nani y se metió la gran polla en su coño como si tal cosa; luego, sin perder ni un segundo, cabalgó sobre ella como una amazona posesa, bajando y subiendo desagallada. Así estuvieron follando durante unos minutos, justo hasta que Nani decidió cambiar de postura y ponerla a ella debajo. Fue entonces cuando Nani le dio polla sin tino, fieramente, con tremendas embestidas que hacían disfrutar a tope a Natalia, a juzgar por los suspiros, los jadeos  y los gritos que soltaba empleando gruñidos y palabras ininteligibles. Nani demostraba que era un buen amante porque a cada momento cambiaba de ritmo para aguantar más, e incluso llegaba a medio interrumpir el coito para comerle las tetas a Natalia, que gozaba ya como una perra encelada. En el último tramo del polvo Nani la penetró con una aceleración bestial que llevó a Natalia a un estado de verdadero éxtasis. Todo un golazo del delantero centro portugués de nuestro equipo y, seguramente, otra corrida caudalosa que debió medio anegar el coño de mi vecinita.

Cuando Nani le sacó la polla y se tumbó boca arriba, Natalia me lanzó una mirada  semi acusatoria, cómo diciendo: «¿Ves lo que es follar? ¿A qué no se parece en nada a lo que tú me hiciste? A ver si aprendes de tu amigo, que ha hecho que me corriera tres veces…» Aquella mirada recriminatoria me tenía super cabreado y ya maquinaba cómo sacarme la espina, pero entonces también apareció por el vestuario el masajista del equipo, Rafa, un hombre joven, de veintiocho años, que tuvo que dejar de jugar por una lesión de gravedad en la rodilla. Éste enseguida tuvo claro lo que estaba pasando allí, e igualmente nos miró a Nani y a mí como preguntándonos si podía follarse a Natalia. Al ver que ambos nos encogimos de hombros, dándole a entender que tenía luz verde, se sacó el chándal que traía y se fue hacia mi vecina con cara de salido y ya empalmado. La polla de Rafa no era tan larga como la de Nani, pero sí casi igual de gorda. Natalia lo recibió en la colchoneta de buen rollo y Rafa se lo agradeció dándole un receso para que descansara entre polvo y polvo, tiempo que invirtió en chuparle y lamerle los pezones y el clítoris hasta dejárselos completamente erectos. Cuando le metió la polla en el coño, ya Natalia volvía a ser puro fuego. Él se percató del tema y se la clavó a destajo, bien adentro, aunque no con el ritmo salvaje de Nani. Rafa follaba muy ortodoxo, serio, sin violencia, procurando que su pareja gozara del polvo, y en verdad que lo estaba consiguiendo… Lo malo fue que se corrió antes de la cuenta, como yo, y en la mitad de tiempo que lo hizo Nani. Fue sacar su polla del coño de mi vecina, cuando ésta volvió a mirarme con cara de resignación y hasta desafiándome: «¿Y tú qué, niñato, vas a follarme de nuevo igual de mal que este mierda

Esta vez no me pilló desprevenido, porque tenía una idea que me parecía cojonuda para marcar territorio… Me fui hasta ella un tanto tembloroso, pero con arrestos suficientes para preguntarle lo que quería preguntarle: «Natalia, ¿me dejas que te folle el culo?»… Mi vecinita me miró perpleja y dijo: «¡Vaya con el tímido Ismael! ¡Ahora resulta que me la quiere meter por el culo! ¡Qué cabrón! ¿Por ahí duele, sabes tú?». No te preocupes mujer, te pondré linimento para que te entre fácil y te lo haré suavecito, despacio, con mimo, y si aun así tú me dices que te  duele mucho, que no aguantas, te la saco sin problemas y te la meto en el chocho. Debí ser convincente porque se puso boca abajo enseguida ofreciéndome su culito. Tal como le había anunciado, le abrí las nalgas, le embadurné el ojete con el linimento multiuso y yo también me di unas friegas en la polla. Ya sólo me quedaba clavársela, y se la clavé enterita, toda, y yo diría que con bastante facilidad y sin ningún quejido significativo por su parte. Era obvio que por allí ya la habían penetrado y no precisamente pocas veces. En cualquier caso seguía siendo un culo de lo más acogedor, que me embutía la polla de maravilla, con la presión ideal, y que me la solazaba de calor. Nunca me he sentido tan cómodo dentro de un culo como en éste de Natalia, que me venía como un guante. Ya a los pocos segundos empecé con el mete saca, primero suavecito, como le prometí, y después con más vigor, fuerte, duro, rabioso, notando que mis huevos  se estrellaban en su coño a cada momento. Ella, aunque se quejaba un poco, nunca me mandó parar y desde luego que no paré hasta correrme, hasta que le vacié cuatro o cinco manguerazos de leche caliente y espesa… Cuando le saqué la polla me preocupó ver cierto reguero de sangre en su culo, pero no le comenté nada y me limité a limpiarla con una servilleta, sin que ella sospechara ni lo más mínimo porque suponía que lo que limpiaba era algún restillo de semen.

Ese salpique de sangre no frenó para nada a Nani, que también le metió su polla equina en el dolorido culo de Natalia sin pedirle permiso ni nada por el estilo. Los gritos quejumbrosos de la pobre mujer retumbaban como nunca en el vestuario porque obviamente la verga de Nani era demasiado voluminosa para un conducto tan estrecho. Pero no. Un minutillo después ya Natalia dejó de berrear, seguramente porque su culo se fue amoldando al pollón que tenía dentro, e incluso se le notaba que estaba gozando con la enculada. La corrida de Nani no se hizo esperar, pero el jodido le sacó la polla un segundo antes para pringarle el culo y la espalda de su pegajosa leche. La dejó hecha un cuadro, y Rafa, que tampoco se echó atrás por la putada pringosa de Nani, tuvo que gastar un montón de servilletas para medio limpiar aquel reguero de lefa, y después la penetró bruscamente, sabiendo de antemano que el culo de mi vecina ya estaba completamente abierto y hasta dilatado. Rafa se la folló de un tirón, entrando y saliendo de aquel culo como Mateo por su casa, y se corrió tras fuertes embestidas que ya no agradaban tanto a mi vecina debido a su cansancio físico.

Nani y Rafa se ducharon rápidamente, se vistieron y se despidieron de Natalia dándole un besito de cortesía en la cara y diciéndole que volviera de visita cuando quisiera. Poco después nos duchamos juntos ella y yo, y Natalia me dijo que le había encantado la visita y que nunca se imaginó que pudiera ser tan placentera. En agradecimiento hacia mí me dio una propina en forma de mamada. Lo hizo tan bien que me corrí dentro de su boca, en su cara, en el pelo de la cabeza y hasta en una oreja. Era evidente que mis depósitos seminales no se habían vaciado del todo. Retomamos la ducha, nos vestimos  y nos fuimos a casita contentos y satisfechos…

Ha pasado ya algún tiempo y, que yo sepa, Natalia no ha vuelto a visitar mi club, pero mi relación con ella sí que ha cambiado bastante. Ahora subo de vez en cuando a su piso y lo pasamos de guinda.

Garajo

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