Mamá, mamá, te lo prometo, ¡sólo por el culo!

Mi chico sólo tiene una hermana y es la pequeña. Su madre enviudó hace unos años y los tres viven en un cómodo apartamento de un inmenso bloque bastante pijo del centro. Normalmente no podemos enrollarnos en su casa porque cuando salimos del insti, María, su hermana, ya ha llegado del colegio con la canguro y la casa está tomada. Es una lástima porque con tantas viviendas en el edificio, nadie conoce a nadie y el anonimato está garantizado.

A veces vamos allí a estudiar y claro, aprovechamos para darnos unos muerdos y tocarnos un poco. Pero aunque nuestros cuerpos nos pidan más, no podemos llegar a mucho, porque Victoria o Vicky, como llamamos todos a su madre, obliga a Pablo a dejar la puerta de su habitación abierta. Tiene dicho a la canguro que si la cerramos, vuelva a abrirla inmediatamente y al llegar ella a casa, le informe. Intentamos negociar el tema con Emma, la canguro, pero Vicky le paga bien, sus padres son amigos y no quiere problemas. Además, ¡es una estrecha del copón! y para acabar de redondearlo, creo que tiene celos de mí o tal vez sea puta envidia, porque sabe que aunque no podamos montárnoslo en casa de su jefa, follamos todo lo que queremos, o casi…

En mi casa en cambio, en teoría, todo son facilidades. Mis padres, Sonsoles y Manuel, son bastante liberales y amplios de miras. ¡Heeeyyy!, no os penséis que son de esos que van follando por ahí con otra gente y se pasean en bolas a todas horas por casa, tienen sexo en el salón pasando de sus hijos o aún peor, gustos incestuosos. Nada de eso. Son padres estrictos, con una moral basada en el respeto mutuo, pero también en la libertad. Vamos, que pasan de la moralina barata y son buena gente.

Os decía “en teoría” porque no soy hija única y encima tenemos unos vecinos meapilas. Soy la mayor y me llevo seis años con mis dos hermanos gemelos. Además, vivimos en un antiguo chalé reconvertido en tres viviendas y nuestros dos vecinos de toda la vida son unas hermanas solteras más carcas que el Rouco y una parejita joven que cuando ella cumplió los treinta y cuatro, ya tenían cinco hijos. Son del Opus, ¡seguro!. Así que aunque papá pase bastante de todo eso, la progre de mamá me pidió que hiciese lo necesario para no darle a sus pequeñines la oportunidad de espiar en casa un espectáculo X antes de hora o de que los vecinos pudiesen comentar “cosas” por ahí.

La verdad es que estoy siendo un poco injusta. Cuando no tenemos clases por la tarde, antes de que lleguen los pequeños, muchas veces nos enrollamos en mi casa antes de ponernos a estudiar. Al principio nos pegábamos unos magreos del copón y desde que nos estrenamos, aprovechamos para follar como leones. Si está mi madre, no hay problema con los vecinos y si no, busco el momento propicio para que Pablo pueda colarse sin despertar sospechas. Sé que Helena, la de los cinco hijos, algo debe intuir, porque a veces le cuenta escandalizada a mamá que he venido con un chico cuando no había nadie más en casa. Ella se ríe, describe a Pablo con pelos y señales y le dice que es un gran chico y me ayuda mucho con los estudios. Yo creo que Helena, aun después de las explicaciones, sigue mosca o tal vez… celosa de que una chica como yo disfrute del sexo y una mujer hecha y derecha, casada y encima, buenorra del copón como ella, sólo lo huela de pasada los días buenos para quedarse preñada…

Salgo con Pablo desde hace casi tres años. Empezamos en tercero de ESO. Lo quiero de verdad y creo que llegaremos a algo serio. Estoy convencida que él también piensa lo mismo, pero somos aún muy jóvenes y ya se verá. Ahora toca disfrutar. A mis padres se lo conté a las pocas semanas de empezar a salir y mamá me ayudó mucho, explicándome sus experiencias y apoyándome. Así me enteré de que su primera vez fue poco antes de cumplir los catorce. Entendí perfectamente que fue muy precoz y valoré su consejo de esperar un poco más. Creo que lo que me decidió a hacerlo fue precisamente el que no me presionasen y de entrada, aceptasen que debía prevalecer mi criterio.

Pablo cumplió los dieciséis cuando llevábamos año y medio saliendo. Yo soy cuatro meses más pequeña, pero ya me sentía preparada para enterrar la virginidad y quise regalársela el día de su aniversario. También ayudaba que ya estaba hasta los ovarios de hacerle pajas y chupársela de vez en cuando. Me gustaba mucho hacerlo, es cierto, y sus comiditas de coño y la gracia que le ponía en sobarme las tetas me daban orgasmos buenísimos, pero yo quería algo más. ¡Lo quería todo!.

Sabía que mi madre le apreciaba mucho y lo respetaba, así que mes y medio antes del gran día, después de pasarme dos semanas dándole vueltas, decidí hablar con ella de mujer a mujer. Por un lado, quería que me aconsejase y por otro… que nos dejase la casa. Me acuerdo como si fuese ayer. Escogí un día que papá estaba de viaje, me esperé a que los gemelos estuviesen dormidos y la abordé:

– Mamá, quiero hablar contigo.

– Tú dirás, Clara.

– Sabes que aún no me he acostado con Pablo…

– ¿Todavía no habéis follado?, pues con los gemidos que salen de tu habitación cuando os encerráis a estudiar…

– ¡Mamá!. Hacemos cositas que me, nos, gustan mucho pero aún no hemos tenido sexo completo. Como tú dices: no hemos follado.

– ¡Ja, ja, ja!. Ya lo sabía, mi niña. Te lo veo cada día en la cara. Además, conociéndote, sabía que antes de dar el paso ibas a hablar conmigo. Así que ya estás preparada…

– Sí mamá.

– Pues coge al toro por los cuernos, o mejor, por la polla y salta al ruedo…

– ¡Mamá, soy yo la que te tendría que escandalizar, no tú a mí!. ¡Serás!…

– Hija, el sexo no es nada que deba ocultarse entre adultos y tú ya eres toda una mujer. Una muy lista y bonita…

– Gracias mami. Lo primero que quería pedirte es que nos dejaseis la casa. Me gustaría darle una sorpresa por su cumpleaños y…

– Pero aún falta, ¿es a mediados de septiembre, no?.

– El diecisiete, pero quiero que sea algo muy especial y deseo prepararlo con tiempo…

– ¡Huuuyyy, mi niña!. Le quieres mucho, eh.

– Sí. Y por eso quiero saberlo con tiempo para poderlo preparar todo: Mi habitación, el baño del fondo…

– De eso nada, Clara.

– ¡Pero mamá!…

– Lo vais a hacer nuestra habitación. No voy a dejar que mi niña se estrene en una cama pequeña o como yo, entre la maleza de un parque. Pablo te lo va a hacer a lo grande: cama doble, buen colchón y el jacuzzi que tantas alegrías ha dado a tus padres.

– ¡Gracias mamá, eres un sol!.

– ¿También será la primera vez para Pablo?.

– Sí.

– ¡Ay mis tortolitos, pero mira qué monos!.

– ¡Corta el rollo, tía!. ¿Así que os lo montáis en el jacuzzi?.

– ¡Toma, pues claro!. Y en la cama, en la cocina, el balcón de atrás cuando no están las solteronas de abajo, al aire libre,…

– ¡Joder, mamá!. Papá debe ser muy bueno en la cama…

– ¡Mmmmmm!. Ya sabes que antes que él, caté unos cuantos, pero como él, nadie…

– Sois unos salidos…

– Tú lo serás más. Eres una mujer juiciosa, pero también muy fogosa. ¡Aún sin un buen polvo y  hay que ver cómo te corres, nena!. Tenemos el cuerpo para disfrutarlo, así que aplícate que el tiempo pasa y no vuelve…

Seguimos hablando casi como amigas sin pelos en la lengua. En media hora aprendí y compartí muchas cosas. Descubrí en mi madre a una mujer satisfecha consigo misma, al menos por lo que respecta a su vida sexual, pero también con ciertos resquicios abiertos a fantasías pendientes. Toda una lección de vida para una chica de quince años y mucho más si te la da tu madre. Al final, entre risas, se olvidó del rol de amiga liberal y retomó el de madre. Abierta de miras, pero madre al fin y al cabo:

– Oye, Clara, ¿tomáis precauciones?.

– Hasta ahora no, mamá. Como no me la mete…

– ¡Vale, vale!. ¿Os acariciáis, muchos besitos, se la meneas y te da dedo?. ¿Nada más?.

– ¡Mamá, por favor!. ¿Qué quieres que te cuente?. ¿Si me lo come?. ¿Si le hago mamadas?. ¿Qué me da por culo para no preñarme?…

– Perdóname Clara, me he pasado. Aunque estoy segura de que tampoco te han estrenado el ojete… Y eso que cuando aprendes, da un gustito…

– ¡Mamá, basta!. ¿No me dirás que te dejas sodomizar por papá?.

– No, cariño. Soy yo la que de tanto en tanto le pido que me dé por el culo. El sexo anal me pierde, preciosa, pero vayamos paso a paso.

– ¡Joder, menudos padres tengo!. Pues si lo quieres saber, te lo contaré: A Pablo le hago unas mamadas de la ostia y me come la almeja de vicio. ¡Ahora ya sabes porqué chillo como una cerda cuando me corro!.

No me contestó. Me besó la frente y me miró con otros ojos. No sé, con un nuevo respeto, como de igual a igual. Con una sonrisa me dijo que como estaba segura de que al primer polvo, seguirían muchos otros, tenía que tomar precauciones y eso de los condones, follando con alguien de confianza, era un engorro, así que quedó que a primera hora llamaría a su ginecólogo, un tío muy majo, me dijo, y le pediría cita urgente para que pudiese recetarme anticonceptivos con el tiempo suficiente para el gran día.

Al cabo de dos días, llegó papá de viaje. Lo primero que hizo fue abrazarme como un oso y besarme más intensamente que otras veces.

– Mi niña pronto va a ser mujer, ¡eh!.

– ¡Papá!. ¿Así que mamá te lo ha contado todo?.

– Pues claro, entre nosotros no hay secretos y menos si se trata de algo bueno para mi niña…

Las mejillas se me sonrojaron y no sabía dónde meterme. Al verme así, mi padre trató de arreglarlo, aunque no sé si la cosa mejoró o empeoró mi azoramiento…

– Follar es bueno, pequeña. ¡El sexo es vida!. Ya estabas tardando, de hecho, yo pensaba que ya lo habíais hecho y me extrañaba que no nos hubieses contado nada…

– ¡Ya basta, papá!.

La visita al ginecólogo fue un tanto surrealista. Resulta que Fernando, el médico, y mamá se conocían de su época universitaria y según pude comprobar, fueron muy, muy buenos amigos durante una temporada.

– Hola Nando, te traigo a mi hija para que le hagas una revisión y le recetes pastillas. Ha decidido empezar a follar con su novio y no queremos sorpresas en casa.

– ¡Pero que bruta eres, Sonso!. No le hagas caso a tu madre…

– Clara.

– Clara, qué nombre tan bonito. Tu madre ya era así en la universidad. Siempre directa, yendo al grano, sin florituras. Aún me acuerdo… Bueno, vamos a dejarlo.

– Seguro que Nacho está pensando en el día que le tuve que pedir que se dejase de monsergas y nos acostásemos de una puta vez, hija. Me llevó a su casa y nos cascamos un buen polvazo, pero no sabes lo que me costó convencerle. Hasta que no le solté “¡que quiero que me folles, coño!”, no se dio por enterado A los hombres hay que decírselo todo claro. No entienden de sutilezas.

– Sonso, por favor, ¿qué pensará de nosotros tu hija?.

– Entre nosotras no tenemos secretos. Bueno tal vez alguno… Eso no se lo había contado nunca, pero ahora que ha salido, ¿qué pasa si se lo cuento?.

– Nada mamá, sólo pensaré que tienes a un idiota por ginecólogo: Te abres de patas para él y con lo buena que estás, aún se lo tiene que pensar. ¡Ya te digo!…

– Clara, tampoco es eso…

– Vamos, dejadlo ya. Venías para que te visitase, verdad, pues empecemos. ¿Sonso, esperas en la salita?.

– ¿Por qué ha de irse mamá?. Total, lo que pueda contarte, ella ya lo sabe.

– Veo que de tal palo, tal astilla… Venga, estírate en la camilla y pon las piernas en los soportes que voy a explorarte. ¿Puedo por delante, Clara, o hemos de hacerlo por la puerta trasera?.

– Que aún no haya follado, no quiere decir que no me meta cositas, Fernando. Además, creo que el himen se me rompió a los ocho o nueve años, tirándome al mar desde las rocas. A veces caía con las piernas separadas, la braguita se replegaba y…

– No hacen falta los detalles, bonita.

– Como quieras, pero has de saber que gracias a mi vibrador de última generación, lo mantengo muy elástico y receptivo. Ya verás cómo puedes meterme los dedos sin problemas…

– Me ha quedado claro. Gracias. Por cierto, ¿ya lo lavas siempre con una solución bactericida después de usarlo?.

– De tanto en tanto. Normalmente sólo lo chupo bien chupado. Queda muy limpito. Si estoy con Pablo, mi chico, lo hace él. Se pirra por mis juguitos, ¿sabes?.

Tal como avanzaba la conversación, veía como la cara de mi madre reflejaba una honda satisfacción, tal vez incluso admiración por su hija. Fernando sería un gran ginecólogo, pero yo era mucha mujer para él, como en sus tiempos debió serlo mamá.

Con sus guantes de nitrilo embadurnados de lubricante me hizo una exploración a fondo, tomó muestras para la citología y finalmente me metió un tubito con luz para mirar mejor por ahí dentro. Al parecer, todo estaba en orden y me citó dentro de cuatro días para darme los resultados de las analíticas y recetarme los anticonceptivos más adecuados. De su consulta salió una chica feliz y… cachonda. ¡Tanto meneo por ahí abajo tiene su efecto!.

– Mamá, cuando Fernando te toquetea, ¿a ti también te pone tonta?. Es que me ha puesto como una moto.

– ¡Ja, ja, ja!. Coño Clarita, sí que eres sensible. Te he de confesar que como hay confianza, el muy cerdo, a veces, si tiene tiempo, se recrea un poco y me repasa el botoncito más de lo necesario. A él se le pone dura y a mi… me caldea el chichi. ¿Crees que hago mal?.

– ¡Venga ya!, es como cuando te viene la tontería viendo porno, pero con un dedo más real. Cuéntaselo a papá, seguro que le pones a cien…

– Ya lo he hecho…

– ¿Y?…

– Eso no te lo voy a decir, guarrilla.

El caso es que unos días más tarde salí de la consulta con un docto informe que se podía resumir así: mi coñito estaba libre de cosas feas y con las pastillas, podría follar tranquila con mi chico. ¡Bien!.

El día “D” cayó en miércoles y Pablo tenía sólo dos horas de clase. La tarde anterior, mientras le comía el rabo en mi habitación, le convencí para que se las saltase y nos fuésemos a celebrar juntos su cumple. Me costó un poco, pero cuando lo morreé con mis labios embadurnados con su segunda corrida, claudicó. Sólo me faltaba la complicidad de mamá.

– Mami, antes de irte a trabajar, llamarás al instituto y les dirás que estoy malita, ¡porfa!.

– Así que mañana es vuestro gran día, eh. Lo voy a hacer, la primera vez de mi niña se lo merece, pero no te acostumbres.

– A follar o a saltarme las clases…

– No me provoques, nena y vete a dormir pronto que mañana vas a tener un día movidito. Oye y hablando de clases, con lo responsable que es Pablo con los estudios, ¿cómo piensas convencerle para que haga campana?.

– Ya lo he hecho. Me ha costado un poco, pero cuando esta tarde he conseguido que se corriese por segunda vez con una de mis mamaditas premium, no ha sabido negarse. Dicen que con un buen polvo puedes sacarle cualquier cosa a un tío…

– Hija, ¡me has salido un poco putilla!. Anda, vámonos a la cama.

Me levanté pronto, esperé a que todos se hubiesen marchado y duchada y bien limpita por allá abajo, me puse a prepararlo todo. Empecé por la habitación de mis padres. Iba a cambiar las sábanas y poner unas velitas y alguna chorrada más, pero en cuanto abrí la puerta, vi que se me habían anticipado: Mamá había puesto las sábanas de hilo del ajuar de novia de su abuela. Las estrenó la noche de bodas, haría al menos ochenta años. ¡Qué detallazo!. Además me encontré con un camisón primorosamente planchado que nunca le había visto, extendido sobre la cama. Era de finísima seda rosa palo, tan translúcido que con eso una debía enseñarlo todo. Me reí y envié un whatsapp a mi madre: “Que guay mami. Te cojo unas braguitas guapas porque lo que me has dejado se las merece”. No tarde nada en oír un “¡cliiin!” y ver en el móvil: “Olvídate de las bragas, cariño. Ábrele la puerta sólo con eso y luego me cuentas…”.

¡Mi madre era peor que yo!. Me probé el camisón y al mirarme al espejo me vi más desnuda que si no llevase nada sobre la piel. Se me trasparentaba todo: las tetas con los pezones bien marcados, la raja del coñito con la pelambrera por encima, el culo en todo su esplendor… Claramente eso estaba hecho para excitar, no para tapar.

No suelo maquillarme, pero ese era un día especial y me arreglé un poquito: unos toques sutiles en la cara, un discreto perfilado de cejas, los labios a juego… Para acabar, rebusqué en el fondo del último estante del armario de los potingues de mamá y encontré lo que quería: un perfume íntimo con gusto a mandarina y efecto lubricante. Sabía que papá se lo había regalado por su último aniversario. Escancié una dosis generosa en mis dedos, los restregué por todo el chichi y finalmente me puse el camisón. No sé deciros si la imagen que reflejaba el espejo del baño era la de una virgen preparada para el cadalso o la de una puta esperando a su mejor cliente. A lo mejor la seducción consiste en eso…

A las once menos cuarto sonó el timbre. Debía ser mi hombre. Llegaba temprano. Abrí sin mirar y me encontré de bruces con Helena, la vecina.

– Ho…hola, Clara. He oído ruido en vuestro piso y he supuesto que tu madre estaba en casa. Necesitaba unos calabacines y… No esperaba encontrarte a ti y menos…

Mientras hablaba, me estaba repasando de arriba abajo una y otra vez. A cada recorrido integral, aumentaba la rojez de su rostro y… la tirantez de sus pezones. ¡A la puritana de los cojones, le ponían las tías!. Decidí que era un buen momento para quemar las naves y me lancé sin red:

– Caray Helena, no te esperaba. Suponía que era mi chico. Me he puesto así por él. ¿A que estoy divina?.

– Chica… con esto y tu cuerpazo… estas para comerte, cariño…

– Gracias, guapa. Tú también estás cañón y con esos pitones… ¡mmmmmm!. ¿Así que te van las chicas, eh?. Yo nunca me lo he montado con una, pero dicen que es algo que vale la pena probar…

– ¡Calla, calla, loca!. Olvídate de que he venido y vigila, porque cuando Pablo te vea así, te agarra y no te suelta. Todos los hombres son unos cerdos y si encima les vas provocando…

– Helena, ¡es que me lo he puesto para provocarle!. Hoy es su cumpleaños y le voy a regalar mi virgo, ¡ja, ja, ja!. Ya iba siendo hora de que empezásemos a follar, sabes.

– ¡Pero Clara, por Dios!…

– Preciosa, te está apareciendo una manchita en la entrepierna. Con estos leggins grises se nota a la legua. ¿Es por mi o por imaginarte cómo me la va a meter Pablo a pocos metros de tu dormitorio?.

– ¡Clara, por favor, qué vergüenza!. Es qué con las prisas no me he puesto nada debajo y…

– No hace falta que me des explicaciones Helena. Por cierto, te veo muy necesitada. Oye, no pienses en mí como si aún fuese una niña. Mírame, ¿ves el cuerpo de una niña?. Yo he decidido no reprimir más las ganas de gozar tanto como pueda del sexo y tú harías bien de hacer lo mismo. Que sepas que no me importa vivir nuevas experiencias…

– Yo, yo…

– Piénsalo y cuando quieras hablamos. Venga que Pablo va a llegar de un momento a otro, pasa y te busco los calabacines.

– Gracias.

– No hay de qué. Antes de comprarme un vibrador, a veces también los usaba. Acuérdate de ponerles un par de condones y mucho lubricante, sobre todo si son de los gorditos…

La vecina se marchó con dos calabacines recién cogidos del huerto, la cara más roja que un pimiento y la entrepierna anegada. Como ella, por fácil que se lo puse, no tomó la iniciativa, al abrirle la puerta para despedirnos la cogí por la cintura y la besé en los labios mirándole a los ojos. Su radiante sonrisa, a pesar de su azoramiento, presagiaba algo interesante…

Pocos minutos después llamó Pablo. Al ver cómo le recibía, no se lo tomó igual que la vecina. Él no se cortó: Me rodeó la cintura y me comió los morros con un vicio que echaba para atrás. Sería porque había más confianza…

– Cariño, ¡pero qué buena estás!. Si me recibes así, no sé si mi cipote será capaz de resistir las tentaciones…

– ¡Felicidades, guapetón!. Pues yo espero que no lo haga. Hoy es tu cumpleaños y te quiero hacer un regalito muy especial… Anda, pasa.

Tendríais que haber visto su cara. Es un chico listo y sólo cruzar la puerta de casa, tuvo claro que había quedado con él para que me follase. La tensión de su bragueta atestiguaba su calentura, aunque me di cuenta de que su cara mostraba excitación y aprensión a partes iguales. Pobrecito, le debía abrumar tanta responsabilidad: Los tíos siempre os creéis obligados a saber qué hacer delante de una mujer, aunque luego seáis los más pardillos. ¡Qué no nacéis enseñados, coño!.

– Tontorrón, todas, o casi, hemos pasado por eso. Me apetece un montón que follemos. Ven verás qué bien lo he preparado todo. ¿Tú también quieres, o lo dejamos para más adelante?.

– ¡Pero qué dices!. Hace tiempo que me muero por metértela guapa.

– ¿Y por qué no me lo decías?.

– Es que… esperaba que fueses tú la que lo propusieses…

– No, si ya lo dice mi madre: con los tíos siempre hemos de tomar nosotras la iniciativa y deciros las cosas como si fueseis niños. ¡Es que tenéis la sensibilidad en el culo, joder!. Ven conmigo, anda.

– Oye que esta es la habitación de tus padres…

– Claro, nos la dejan para que todo sea más guay. Mamá incluso nos ha puesto las sábanas del ajuar de novia de la bisabuela Paca.

– ¡Jo, tus padres sí son enrollados!. Mi madre llega a enterarse que queremos follar y en vez de echarnos una mano o al menos, mirar a otro lado, me caería un correctivo del copón y no nos volvería a dejar estar juntos en casa. Es una estrecha de cojones.

– Olvida todo eso ahora y quítame el camisón. Es muy sexy, pero yo prefiero estar desnuda. ¡Ah! y pon esa toalla de ahí sobre la cama, no quiero ensuciar las sábanas.

Me tendí patiabierta, con los brazos bajo la cabeza y las tetas mirando al cielo mientras veía como se desnudaba mi chico. ¡Estaba bueno de cojones, sí señor!. No la tenía muy grande o al menos eso creía yo, porque tampoco sabía mucho de tamaños, más allá de lo que una ve en los videos porno y eso, o está trucado o no son tíos de este mundo, ya se sabe. Eso sí, era una polla muy bonita. Lisa, con el pellejo sin cortar, gordita y con el capullo terso y rosadito. ¡Mmmmmm!. Me encantaba descapullarla y chupársela hasta recibir su lefota en la boca. No sé por qué, pero desde que empecé a hacerle mamaditas, me gusta jugar con su esperma, paladearlo despacito, degustando el sabor del día, mezclarlo con mi salivera hasta obtener un cóctel abundante que te haga cosquillas cuando te lo tragas. Debo ser un poco guarrilla, aunque Pablo no se queda corto: la primera vez que recogí su corrida con la lengua, no se le ocurrió otra cosa que morrearme con mis labios todavía embadurnados de semen y vi como se le volvía a poner dura.

– Cariño, cómeme un poco el coñito y luego me la metes. ¡Mira cómo estoy!.

– Pues anda que yo…

– ¡Ja, ja, ja!, la tienes más gorda que nunca y mira como llora por la puntita. Acércamela que te la limpio.

– No me la chupes mucho. Estoy a punto de explorar, preciosa.

– ¡A no!. ¡Eso sí que no!. Lo quiero todo dentro…

– Es que… no he comprado condones…

– ¡Olvidate de las gomitas!. Hace más de un mes que tomo pastillas, idiota. Venga al tajo, campeón.

– Eres la mejor, Clara. ¡Qué haría yo sin mi cerdita!…

– Matarte a pajas, capullo.

– A lo mejor hubiese encontrado a otra…

– No sería tan guarra ni estaría tan buena como yo…

– Eso seguro…

– Pues déjate de palabrería y amórrate al pilón de una puta vez, ¡joder!.

Me comió el chochete con hambre atrasada, pero en cuanto lo tuve bien untado, le pedí que se dejase de lengua y me lo petase. Me moría de ganas de sentir su polla dentro y seguro que él de metérmela. Nunca se la había visto tan gorda y tan dura. Se ve que eso del follar hace milagros.

Se la tomé con la mano, me abrí el coño y le enseñé el camino. No hizo falta más. Primero me penetró con suavidad, hasta que su pelambrera se confundió con la mía. Me miró con ojitos de besugo, preocupado por si me estaba haciendo daño. Pobrecito, ¡es tan mono y me quiere tanto!. No me producía dolor alguno, lo que me daba era placer, mucho placer, un gusto que te cagas. Yo quería más de eso y se lo dije o tal vez lo chillé…

– ¡Déjate de ostias y dame duro, cabrón!. ¡Me estás haciendo gozar como una cerda!. Métemela más rápido y muérdeme los pezonacos Pablo…

– ¡Me voy a correr, tía!. ¡Me vieeennneee, cabrona, me vieeennneee!. ¡Pero qué bueno, coño!. ¡Aaahhh, aaahhh, aaahhh!. ¡Toma, toma y toma!. Te estoy llenando el chumino hasta la bandera… ¡Corridón del copón, nena!.

– No pares, cariño, no pares. Sobre todo, no me la saques, que me falta poco. Estoy apuntito. Lo siento, lo siento… ¡Aaaggg, aaaggg!. ¡Joder como mola eso de follar!. No pares…

– Es que… después de vaciarme así, se me está quedando escuchimizada, cariño…

– Aguanta, aguanta, sé fuerte Pablo… Tengo el orgasmo en la punta del coño y va a ser el mejor de mi vida. Sólo un poquito más… Amásame las tetas, porfi, dales lengua que me voy… ¡Así, así!. Se te está hinchando de nuevo, cielo…

– Con tus palabras y la minga llenándote el chocho… qué quieres.

– Pues aprovecha y endílgamela hasta el fondo. ¡Me cooorrrooo, cacho cabrón!. ¡Me cooorrrooo!. ¡Joder, joder, joder!. Un poco más, cariño, que me sube otro. ¡Uuufff, este es de los gordos!. ¡Ooohhh, ooohhh!, me estoy vaciando por el coño, amor…

– Ni que lo digas, tía, me estas dejando los huevos pringados. ¡No me jodas que te estás meando!.

– De eso nada, capullo, ¿no ves que me estoy corriendo como una vaca, cariño?. ¡Es la ostia!. ¡Me viene otra vez!. Otro, otro… ¡Aaahhh!, bueno, bueno…

– A ver si puedo darte un poco más de estopa, viciosa…

– Para, para, por favor. No puedo más, necesito descansar. Sácamela, cariño y dame un besote. Eso de follar mola un huevo. Es mucho mejor que un dedo, incluso que una buena comidita de bajos, ¡eh guarrete!.

– Ha sido maravilloso, Clara. Lo hemos de repetir a menudo. Te quiero un montón.

– Yo también, tonto. ¿Cada día?. Y los fines de semana, sesión doble. Le preguntaré a mamá cada cuanto cruje a papá…

– Pero ¿tú estás loca o qué?.

– ¿Por querer follar cada día?.

– No, joder, por decir que les preguntarás a tus padres cuantos polvos se cascan. Todos dicen que cuando uno lleva unos años de casado, se amuerma y tiene poco sexo. Les vas a poner en un compromiso.

– Por lo que oigo algunas noches y más de una mañana, no creo que sean de esos. De todos modos, se lo voy a preguntar a mamá y así podré satisfacer tu curiosidad.

– Ahora entiendo por qué has salido tan golfa…

– Venga Pablo, déjalo. Cuando lo sepa, ya te lo diré, pero ahora abrázame y bésame mucho cariño. Necesito que me acaricies y vuelvas a ponerme tan cachonda como antes.

– ¿Pero es que has dejado de estar cachonda en algún momento?.

– ¡Idiota!.

Nos morreamos como si el mundo se fuese a acabar. Piel con piel, absorbiendo los aromas de nuestros humores corporales. Habíamos sudado mogollón y los exudados se mezclaban con el semen y mis fluidos. No nos importó, de hecho, creo que nos excitó. Al cabo de un rato, nos separamos para coger aire. Miré a mi chico, vi cómo le subía y bajaba el cimbrel a media erección, con ganas de ir a más y decidí que aún podíamos marcarnos el último de la mañana.

– Anda ven aquí que la chupe un poco, pervertido. Voy a dejártela tan dura como un palo de boj para que puedas volver a follarme. Hoy estoy desatada, cariño.

– Ya, ya, no hace falta que me lo digas…

Se la mamé un poco. Tampoco hizo falta mucho, aunque chupársela pringada con mis juguitos y los restos de su lechada, molaba cantidad. Con unos pocos lametones y un repasito al capullo la volvió a tener en modo “on” y a pesar de lo mucho que disfrutaba comiendo ese cacho de carne, la necesidad de sentirme ensartada de nuevo, me podía.

– De espaldas, guapo. Tengo que domar a mi montura. Quiero llegar a ser una gran amazona y dicen que para lograrlo, hay que entrenar mucho…

– Pues móntame con ganas y galopa duro…

Puse un muslo a cada lado de sus caderas, le tomé el cipote y me lo ensarté sin florituras. Le lancé un beso y empecé a cabalgar, sacando pecho para mostrarle lo que quería. Lo entendió a la primera: Me tomó las tetas por debajo, iniciando un juego delicado y muy placentero. ¡Me encanta que me acaricien los pechos y trasteen con mis pezones!. Mientras, yo me movía arriba y abajo y al poco, Pablo entendió que podía aportar algo más al coito y empezó a menear la cadera a los lados y a dar empellones contra mi pubis. ¡O la la, qué maravilla!.

– ¿Quién te ha enseñado a hacer esto, cabrón?.

– Lo he visto en una peli guarra, tía. ¿A qué mola?.

– ¡Joder si mola!. Sigue, capullo, sigue…

– Es qué… si continúo mucho más… voy a soltar hasta la primera papilla por la punta del rabo…

– ¡Pues hazlo!. Yo estoy a punto. Qué coño a punto… me viene ya, ya ya… ¡Ooohhh, ooohhh!, menudo corridón del copón… Hijo de la gran puta, ¡me estás mataaando!…

Recibí sus trallazos en medio de mi orgasmo, uno gigante. ¡Qué bueno es eso de follar!. Cuando nos relajamos, nos abrazamos y nos comimos a besos. Estábamos en el séptimo cielo y acabamos durmiéndonos abrazados sobre la cama, desnudos y embarrados con nuestros humores más lúbricos.

Así nos encontró mi madre cuando volvió de recoger a los gemelos de la escuela. Ni nos enteramos de que llegaba, ni ella, al no oír nada y dada la hora que era, pensó que aún podíamos estar en casa. Entró a su habitación y se encontró con el percal: dos adolescentes en pelotas, amachambrados, con claros signos de haber follado por los descosidos y una cara de felicidad que daba gloria verla. Se rió, nos miró con ternura y temiendo que mis hermanos apareciesen por allí, cerró la puerta y se acercó a la cama para despertarnos de nuestro sueño reparador.

– Venga dormilones, levantaos. Debéis haber hecho mucho ejercicio estas mañana, porque estáis más sudados que al acabar una maratón en verano y de un guarro…

– ¡Mamá, joder!, ¿qué haces aquí?.

– Venga tortolitos, levantaos antes de que entren los pequeños.

– ¡Ostia, ostia!. Pablo, nos hemos quedado dormidos. Son las cinco y media, coño…

El pobre no sabía dónde meterse. Me tenía cogida en cucharita, con la mano sobre mis tetas y la tranca como un palo, mirando a mamá con ojos de pez hervido. Yo también estaba cortada. No me importaba tanto que nos viese desnudos como tenerla delante nuestro con su sonrisa socarrona, sabiendo que acabábamos de follar. Abrí y cerré la boca varias veces sin saber qué hacer ni que decir y al final tuvo que ser ella la que nos echase un capote:

– Oye que ya sabía a qué veníais y no voy a asustarme por veros en pelotas, más bien me alegrará la tarde… Anda, iros a duchar, vestiros y salid a que os dé el aire, que me parece a mí que hoy habéis estado mucho tiempo en la cama…

– ¡Mamá!.

– ¿Me dejas a mi primero, Clara?. Es que me estoy meando. Pásame los pantalones…

Miré a mi madre y luego a Pablo. Una, plantada allí en medio, sin intención de moverse y sin perder su sonrisa, esperando a ver cómo salía de esa su hijita del alma, ¡bien la conocía yo!. El otro, cubriéndose el paquetorro con las manos como buenamente podía, esperando a ver que hacía yo. Decidí que si quería ponerme a prueba, no iba a defraudarla.

– Deja de decir chorradas y levántate. No va a ser la primera polla que vea mamá. Además ya sabe a qué hemos venido y si quiere saber cómo nos ha ido, ya se lo digo yo: de puta madre, Sonsoles. Pablo es un diez follando. He tocado el cielo, mamá y creo que él también… Venga tío, no seas tan pudoroso. Dame la mano y vamos a ducharnos juntos. Ahorraremos agua y nos lo pasaremos mejor. ¿A qué sí, mamá?.

– Seguro. Venga, quitaos ese olor a polvo de encima y no tardéis mucho, que ya empiezo a conoceros…

A partir de ese miércoles, nuestras actividades sexuales fueron mucho más abiertas y variadas, más maduras. Pablo se había quitado de encima la ansiedad por metérmela y yo por sentirme penetrada. Follamos tanto como podemos y el sexo oral y las caricias íntimas han pasado a complementar nuestra dieta sexual, pero sin preocuparnos si hay momentos en que acaban siendo el plato principal. Saber que podemos mantener relaciones sexuales plenas sin cortapisas, nos ha hecho madurar y nos ha unido aún más.

Mis padres dejan que nos enrollemos con total libertad, eso sí, siempre respetando las reglas: los pequeños fuera de casa y controlando las habladurías de los vecinos. El problema es que los gemelos casi siempre llegan de la escuela cuando nosotros salimos y eso nos deja poco margen. Nos lo montamos algunas mañanas, si coinciden las horas en que ambos no tenemos clase o los mediodías que Adela, la asistenta, no viene a casa y así vamos tirando. La casa de Pablo ya era tabú para unos arrumacos, así que para follar…

Pero cuando las ganas aprietan, la gente se vuelve imaginativa y unas semanas después del estreno, dándonos lustre sin desbarrar demasiado en una granja cerca del insti, empezamos a hablar de gays y lesbianas y ¡chas!, se me encendió una luz.

– Pablo, nunca hemos hablado de eso, pero… ¿tú eres celoso?.

– Y eso a qué viene ahora. ¿Te quieres tirar a otro?. Isabel me dijo un día que Jonás, el de la otra clase, te mola. El tío está cachas y tiene un buen trabuco, pero es un idiota y ya sabes qué dicen sobre cómo trata a las chicas…

– ¡Nooo, tontorrón!. Si quieres saberlo, ese está bueno de narices, pero tiene el cerebro tan agilipollado como el cuerpo fibrado. Nunca me ha interesado. Además la Pati se lo folló hace dos meses y dice que como la tiene tan grande y es tan creído, se piensa que sólo por metértela y darte cuatro chingazos ya es un amante de la ostia. Encima, el muy capullo se corrió antes de que ella llegase a sentir algo y con ese pollón y lo mal que sabe usarlo, acabó haciéndole daño. No hay otro tío como tú, cariño.

– ¿Entonces?…

– Es que nunca he probado con una tía y me pica la curiosidad…

– ¡Ja, ja, ja!. Lo que te pica es el coño, guapa.

– Eso también. Pero a lo que iba: ¿Qué pensarías si tontease un poco con una tía?.

– No sé, no sé… La verdad es que cuando te veo en mi imaginación despelotada, revolcándote con otra chica, las dos con unas caras de vicio y placer que echan para atrás… más que cabrearme, me excita un montón.

– ¡Pero mira que eres guarro, Pablo!. Si hasta se te ha puesto palote, cabronazo. ¿Así que te molaría que me enrollase con una tía?.

– Y si me invitaseis a la fiesta, mucho más.

– ¡Ja, ja, ja!, todos los hombres sois iguales. Un trío, el sueño de cualquier tío. ¿Estás seguro de que podrías con las dos?.

– ¡Mmmmmm!, si fuesen tan calientes como tú, no sé, no sé… En quién pensabas, porqué yo creo que ya tienes a alguien en el coco…

– A ver, Casanova, soy una chica lista, eso ya lo sabes y desde que lo he probado, no sé estarme sin follar y me gustas mucho y te quiero un montón y… vamos que necesitamos un sitio para enrollarnos más a menudo.

– ¿Y?…

– Pues que como en tu casa es tabú y la mía, aunque mis padres nos dejen, siempre está ocupada o tenemos a las furcias de abajo controlando, paso hambre.

– ¡Toma y yo!.

– A lo que iba: creo que tengo la solución.

– ¿Y pasa por tirarte a una tía?.

– Sí. Te cuento. ¿Conoces a Helena, nuestra vecina?.

– Claro, la coneja malfollada de arriba. Menuda puta, siempre jodiéndonos un buen polvo…

– No es tan mala tía como parece. Su marido la tiene reprimida y de pequeña la enviaron a un colegio carca, de esos sólo para niñas. La han educado así, pero es más fogosa de lo que aparenta y va muy necesitada. ¡Te lo digo yo!. De hecho, lo sé. Y además le van las tías.

– ¿Cómo sabes todo eso?.

– El día que me estrenaste el chumino te estaba esperando con ese camisón de putilla viciosa que me dejó mamá, ¿recuerdas?.

– ¡Cómo voy a olvidarme!. ¡Ñam, ñam!, ven aquí que te muerdo una teta…

– ¡Deja, coño, no ves que estamos en la granja del insti!. Eres un sátiro, joder…

– Y a ti eso te mola cantidad…

– Sí, vale, pero a lo que iba: Helena llamó al timbre un poco antes que llegases tú. Pensé que era mi niño y la abrí tal cual.

– ¡Menuda sorpresa se llevaría la tía!. Prácticamente ibas en bolas, no, mucho peor: estabas pidiendo un polvazo…

– ¡Pues claro, coño!, pero a ti, no a ella. Anda, cállate y déjame acabar, que me distraes. El caso es que me dio un repaso de tres pares de cojones. Tendrías que haber visto su cara: más roja que un pimiento. No podía dejar de mirarme el tetamen y la rajita. Hablamos, le dije cuatro verdades y cuando le tiré los tejos, salió por piernas, pero allí había tema, te lo digo yo.

– ¡Joder!. No si al final, nadie es lo que aparenta. Así que te quieres tirar a una mamá carrozona de vía estrecha… Es guapita de cara pero con tanto crío, debe estar de un ajado…

– Eres un machista de mierda tío. No esperaba eso de ti. Además, no tienes razón. Por las pocas veces que la he visto sin sus vestidos monjiles, te puedo decir que la tía está un rato buena. Tiene todo el día para cuidarse y lo hace: gym, masajes, potingues y a lo mejor, hasta se ha hecho algún arreglillo. Todo para que su maridito pueda lucir a su mujer diez y cuando llegue a casa se encuentre con un bomboncito apetecible. No sé para qué, con las pocas alegrías que le da. Seguro que es de esos que se van de putas o tienen una amante en el curro…

– Así que mi chica quiere hacerse bollera y tirarse a una MILF estreñida para conseguir un sitio donde follarse a su novio. ¿Un poco rebuscado, no?.

– Bueno… también porque me pone. Y ya puestos, me encantaría pervertirla un poco y llevarla al lado oscuro. Contigo lo he conseguido…

– Es que yo soy un chico fácil y resistirse a tus encantos, no es moco de pavo. Pero oye, ¿qué ganaría yo con todo esto?.

– ¿Todavía no lo tienes claro?. Follarme más y tal vez… acabar probando el coñito de una MILF que no es tan estrecha como crees. ¡Ah! y que aún te quiera un poco más, idiota.

– Veo que todo son ventajas…

El intenso morreo que nos pegamos ante la mirada de desaprobación de la dueña de la granja y las de envidia de algunos compañeros de clase, selló nuestro pacto. Si le hubiese pedido enrollarme con un tío o él con una tía, creo que me hubiese sentido mal, pero un poco de bolleo y que fuese yo la que le metiese en el triángulo, no me causaba ningún problema. De hecho me gustaba o aún más: me excitaba.

No voy a entrar en mi flirteo con Helena. Tardé cuatro meses, pero al final nos enrollamos. Fue una maravillosa tarde al final del invierno. Me costó que se dejase quitar la ropa, pero cuando la vi desnuda, me quedé patidifusa. ¡La tía estaba cañón!. Había tenido cinco hijos, aunque nadie lo diría. Lucía unas tetas de museo, no tenía lorzas y fui incapaz de encontrar estría alguna, tenía las carnes prietas y una piel tonificada y sutilmente bronceada sin discontinuidades… Vamos, que al verla con ese cuerpazo y dispuesta a ofrecérmelo para gozar juntas, mojé las braguitas tanto o más que con Pablo.

En ella todo eran dudas y tuve que ser yo, una adolescente de dieciséis años, la que guiase y diese seguridad a una mujer de treinta y siete y madre de cinco hijos. ¡El mundo al revés!. Tímidas caricias, besos inocentes o tal vez no tanto, que si un repaso a mis tetas y otro las tuyas, un besito pezonero, manos recorriendo la piel del torso y ya puestas del culete, más besos,… Al final, la empujé sobre la cama y le indiqué con el índice sobre mis labios que debía callar y aprehender las sensaciones que mis manos y mi boca provocaban en su cuerpo.

Poco sabía yo qué hacer. Nunca había compartido mi cuerpo con el de otra mujer, pero las ganas de gozar, la intuición y el recuerdo de las escenas cargadas de erotismo que les hizo vivir Julio Medem a Elena Anaya y Natasha Yarovenko en “Habitación en Roma”, me bastaron.

Tal como iban cobrando intensidad mis caricias, el cuerpo de Helena se tensaba con más energía. Rebufaba, recorría los labios con la lengua, su pubis subía poco a poco, en un intento de su subconsciente de acercarlo a mis labios y más, mucho más. Cuando por fin mi boca se posó sobre su sexo húmedo, abierto como una flor, esperando que lo colmasen de placer, chilló:

– No hagas eso, Clara. Lo tengo sudado, sucio. No seas marrana…

– ¿Por qué dices eso?. Tu coño está reclamando a gritos mi boca, fíjate cómo espera tu clítoris las caricias de mi lengua… Nada de lo que me ofrezca tu cuerpo puede ser sucio u obsceno, preciosa. Para mí, los jugos de nuestras corridas son deliciosos, un afrodisiaco y para ti, también acabarán siéndolo… Me pasa lo mismo al comerle la polla a Pablo cuando me la saca del coñito embadurnada con mis flujos y su semen: me encanta, Helena. Para disfrutar del sexo a tope, no se puede ser tan remilgada, al menos eso dicen. Venga, suéltate y goza, guapa.

– Yo, yo… Dame tiempo, pequeña monstrua.

Necesitó poco, porque en unos minutos le estaba dando lustre al botoncito y con unos breves lametones se vino como una cerda, chillando y retorciéndose de placer. Fue un orgasmo devastador y en medio de sus convulsiones, su coño empezó a soltar jugos con fuerte olor a sexo, transparentes, viscosos, saladitos y… tan ricos que me calentaron hasta el punto de empezar a correrme desaforadamente sin tan sólo tocarme el chichi. Pero lo que me hizo ver que empezaba a superar el encorsetamiento en que había vivido hasta entonces, fue que en cuanto se repuso de ese corridón, me besó sin preocuparse de lo que cubría mis labios. Me comió los morros con gula y al acabar, se rió, me volteó y empezó a lamerme ahí abajo. ¡Qué placer, por Dios!.

Fue un encuentro memorable, al que siguieron otros. Poco a poco se fue soltando, hasta que acabó hecha toda una curtida bollera. Yo también aprendí mucho con ella y me ayudó a descubrir que aunque se ame a un hombre, una no tiene porqué renunciar al placer de una mujer.

Como mucho, nos veíamos una vez a la semana y siempre a iniciativa mía, pero pasado un mes de nuestro primer encuentro, fue Helena quién me llamo para quedar y hacer “cositas”, como decía ella. Entonces creí que había llegado el momento de mantener la conversación pendiente, esa que según Pablo debía abordar desde hacía días.

Normalmente aprovechábamos las tardes en que la babysitter, mira que son finos los carcapijos, llevaba a sus hijos a casa de los abuelos paternos. A las cinco y cuarto llamé a su puerta. Vi como corría la mirilla y poco después abría la puerta sin dejarse ver. Me estiró de la mano, me dio un pico o más bien un señor morreo y me soltó:

– ¿Te gusta cómo voy Clara?. Me lo he quitado todo para ti…

– Desnuda estás aún más guapa. Llévame a tu cama. Viéndote así, me chorrea el coño…

Fue una sesión de sexo para recordar. Esa tarde Helena estaba desatada. Se había comprado un  consolador nuevo y… Pero dejemos eso y vayamos a lo nuestro: Pasada una hora de mucho placer y poco amor, le conté mi relación con Pablo. Le dije sin embudos que lo amaba de verdad y que necesitaba hacer el amor con él cada vez más a menudo. Entre algún que otro arrumaco, le fui explicando que por una cosa u otra, nos era difícil encontrar un sitio tranquilo donde quedar y poder solazarnos sin tener un disgusto. Y al fin, se lo solté:

– Helena, he pensado que nos podrías dejar follar en tu casa. Por las tardes, cuando la canguro se va a recoger a los niños…

– Pero yo casi siempre estoy aquí a esa hora…

– ¿Y eso, qué más da?.

– Pablo se puede enterar de lo nuestro…

– ¡Ja, ja, ja!. ¿Por qué piensas que no se lo he dicho?. Le pone cachondo que me lo monte con una tía, sabes. Además, espera que consiga convencerte para hacer un trío: tú, Pablo y yo. ¿No te mola?. Antes era un pardillo, como yo, pero ahora folla de puta madre…

– ¡Clara, estoy casada!. Y encima eso…

– Deja de decir sandeces. ¡Te estás acostando con otra tía y para más inri, menor de edad, joder!.

La muy idiota se puso a llorar. La tuve que consolar a base de besitos en el cuello y la teta buena. Cuando la tuve en su punto, me tocó acariciarle la almeja con sutileza, eso sí, sin dejar de comerle los morros apasionadamente. Al fin se calmó. Entonces, piel con piel, nos pasamos casi una hora hablando de todo un poco, como dos amigas muy amigas, o muy bolleras…

He de reconocer que convencerla para que nos dejase la casa para follar no me costó demasiado. Lograr que se plantease unirse de tanto en tanto a nosotros, mucho más. Me daba cuenta de que cuando le contaba cosas sobre Pablo, ya sea cómo nos lo montábamos o el placer que me daba, se excitaba y le afloraba algo parecido a los celos. ¿O tal vez era desasosiego?. Ver cómo se le escurrían las oportunidades de gozar del sexo con un hombre sin cortapisas, debía ser duro. Al final, dudó y esa fue su perdición. Ataqué a fondo y conseguí un “me lo pensaré”. De momento, fue suficiente.

Con Pablo pasamos ratos gloriosos entre las sábanas de la cama de invitados de su casa. Su cara mostraba cierto estupor cuando nos saludaba, pero al despedirnos exponía sin ambigüedades una excitación contenida y sus pechos, marcando pezón, mucho más.

Pasadas las primeras veces, Pablo me propuso que dejásemos la puerta entreabierta. Me reí un montón pensando en las probables consecuencias y secundé la idea. No hizo falta esperar mucho: el segundo día Helena ya nos espiaba disimuladamente. El siguiente nos recibió en ropa de deporte y más tarde mi chico pudo ver cómo la mano de la vecina se perdía bajo las mallas y se masturbaba, atenta a las evoluciones del vergajo que me partía el coño sin piedad.

La cosa se repitió tres o cuatro veces, hasta que decidí que había llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Me acuerdo perfectamente de que fue un jueves lluvioso. La tarde anterior Helena y yo honramos a Lesbos con una tórrida sesión de sexo desenfrenado y la dejé predispuesta a ir algo más allá. Antes de entrar en casa de nuestra vecina, le pedí a Pablo que en esa ocasión empezase a follarme a lo misionero y cuando le avisase, me dejase montarlo al revés, de cara a la puerta y con el culo apuntando hacia su rostro. El muy cerdo supo lo que pretendía antes de acabar de hablar y allí mismo, en medio de la calle, me morreó y me acarició las tetas por encima de la ropa mientras me daba las gracias por el regalo que iba a hacerle. Consiguió que una mujer nos mirase con cara de franca desaprobación y que mi rajita se encharcase copiosamente. Por suerte, ese día llevaba unas generosas bragas de algodón…

A medio polvo, cabalgando la polla de Pablo con ganas, levanté la vista y miré más allá de la puerta. Mis ojos coincidieron con los de Helena. Tenía la cara desencajada por el placer, la falda levantada y había perdido las bragas, si es que se había puesto. Estaba destrozándose el coño a dedazos y al cruzarse nuestras miradas, me sonrió. Sin pudor, sabiendo que la miraba y que ella nos estaba viendo follar. Nuestra vecina estaba a punto de caramelo.

– Anda, ven con nosotros Helena. Acompáñanos.

No dijo nada. Entró en la habitación y me besó. La ayudé a quitarse la ropa que le quedaba y me desenganché de mi chico. El cipote le dio un saltito y me dejó el chocho vacío con ese “chop” característico de un coño anegado.

– Guapa, ayúdame a hacerle una mamadita de esas que se recuerdan mucho, mucho tiempo.

– Es que yo… nunca se la he acariciado con la lengua a nadie…

– ¿No se la comes a Álvaro?.

– ¡Nooo!. Un día lo probé y me hizo parar enseguida de malas maneras. Dijo que eso era cosa de prostitutas. Cuando le conté que lo quería probar porque Julita, una amiga nuestra de la Obra, me había dicho que ella se lo hacía siempre a su marido y a él le gustaba mucho, me contestó que Julita no era digna de nosotros y me prohibió volver a verla. Desde entonces…

– No te enrolles tanto y cómesela a mi niño. ¡Mira que hermosa se le ha puesto!.

– ¡Huuuyyy!, es muy grandota…

– ¡Chúpasela de una puta vez, coño!.

No hizo falta más. Se soltó y fue una fiesta. Nos lo pasamos de vicio. Montarse un trío no es algo para cada día, al menos es lo que pienso, pero ver cómo la polla de Pablo entraba y salía del coño de Helena cual émbolo bien engrasado y ella se desgañitaba gritando de placer, me ponía cantidad. Si encima ella me comía el potorro, ni os cuento…

Desde ese día, nuestra vecina se convirtió en otra mujer. Los tres hicimos de todo, o casi, pero fue ella la que con el tiempo se transformó en una auténtica libertina: buscó otros amantes por su cuenta, tanto tíos como tías y parejas, con una de ellas descubrió los clubs swingers y… Contaros sus andaduras a espaldas de su esposo, es cosa de otra historia, así que centrémonos en lo nuestro.

Llevábamos casi un año acostándonos juntos, aunque en los últimos meses habíamos ido espaciando los encuentros y lo hacíamos cada vez menos en casa de Helena. Una tarde en que estaba follándome a Pablo en mi habitación, noté que tenía molestias en las paredes del coño y por la zona externa de la vulva. Le pedí que parase y mirase que pasaba allí abajo:

– Cariño, mírame si tengo algo en el coñito. Me duele cuando me la metes…

– Será por lo gorda que me la has puesto…

– ¡Deja de decir sandeces, estúpido!. Me pica un montón…

Me abrí de patas y él acercó el rostro a mi rajita. Primero puso carita juguetona, pero al poco su mirada reflejó una expresión de seriedad.

– ¡Joder tía!, lo tienes todo rojo y escocido. Además los labios parecen más gruesos, como si estuviesen hinchados…

– ¡Me cago en la madre que te parió!. A ver si hemos cogido algo malo…

Así fue y al final descubrieron que lo pillé por follar con Helena sin protección. Siempre lo habíamos hecho así: ella no podía quedarse preñada porque en el quinto parto tuvieron que aplicarle bisturí por allí dentro y ya no podía tener más hijos y como al principio no follaba con nadie más…

Cuando empezó a enrollarse con unos y otras, preguntamos a Helena si con sus rollos ocasionales se cuidaba. Ella nos contestó riendo que era una buena chica y envueltos en el fragor de alguna batalla sexual, nos relajamos y descuidamos las más elementales precauciones.

Pedí hora urgente a Fernando, el ginecólogo, y a la tarde siguiente me revisó los bajos. Le costó poco llegar a un diagnóstico: hongos. Mi chochete se había convertido en una prolífica plantación de champiñones:

– Clara, no te voy a engañar, tienes una candidiasis vaginal severa. Por eso te pica tanto la vulva y te duele al orinar o cuando te penetra tu novio. Es normal que te hayan aparecido esas pupas o se te hayan hinchado los genitales externos y las paredes vaginales te hayan quedado hechas un cromo.

– ¿Y cómo he podido coger eso, Fernando?.

– Es algo muy común. A la mayoría de las mujeres les pasa alguna vez en la vida, aunque normalmente no de forma tan virulenta como a ti. Suele venir por una descompensación del pH de las mucosas vaginales, ya sea por fluctuaciones en los niveles de glucosa en sangre en las diabéticas, o si se están tomando antibióticos o anticonceptivos orales como los que te receté y también ayuda el mantener los genitales permanentemente húmedos y sin la transpiración adecuada, ya sea por llevar siempre ropa interior sintética o prendas apretadas…

– Ya, pero yo no soy diabética y hace un montón que no tomo antibióticos y casi siempre llevo braguitas de algodón… ¿No me lo pueden haber contagiado?.

– Se puede transmitir por vía sexual, pero lo habitual es que la mujer lo transmita al hombre, no al revés. ¿Tu novio tiene rojeces en el glande?. Porqué… sólo tienes una pareja sexual, ¿verdad?.

– No, Pablo tiene el nabo impoluto. Se lo he examinado muy a fondo, ¡je, je!. Y con respecto a lo otro… sólo follo con él, pero de tanto en tanto se nos une una mujer y bueno, nos lo montamos los tres…

– ¡Vale, vale!. Tal vez te lo haya transmitido ella, entre lesbianas pasa a menudo. Tiene que ir enseguida a su médico para comprobar si está infectada y tu novio también. Hasta que estéis completamente curados, nada de relaciones sexuales, ¿entendido?.

– Pero, Fernando…

– Y además hoy mismo dejarás de tomar los anovulatorios y descansarás un par de meses. Te voy a recetar unos óvulos vaginales y una crema funguicida. Te la tendrás que aplicar a diario en la vulva y los labios. Ponte ropa cómoda para que la zona genital esté lo más aireada posible y es mejor que duermas sin braguitas. Ya verás como en unas semanas estarás como nueva.

– No te preocupes, me pondré faldas y siempre que pueda, dejaré el chichi al pairo. Ya lo hago a veces. A Pablo le encanta, sabes. Por lo de dormir ventilada no te has de preocupar, siempre duermo desnuda, es lo más cómodo. Como mucho me pongo una camiseta si hace frío. ¿Tú no haces lo mismo?.

– Es el médico quien pregunta, Clara. Hazme caso y sigue el tratamiento.

– ¡Jo!, es que varias semanas sin follar es mucho. Al menos podremos montárnoslo en plan oral, no.

– Hasta que estemos seguros de que tu novio no tiene nada, no y luego sólo tú a él. A la inversa, nada de nada hasta después de una o dos semanas de la completa erradicación de los cándida. Nada de penetraciones vaginales o jueguecitos de lengua en la vulva, ¿entendido?. Y lo mismo rige para vuestra amiguita.

Al oírle, sonreí. Así que nada de tocarme el coño. Bueno, pues qué le íbamos a hacer. Tendría que pensar en otras cositas para satisfacer a mi chico y a mi libido…

Cuando puse al corriente de la situación a Helena, se negó en redondo a visitar a su ginecólogo opusiano y tuve que pedirle a Fernando que la atendiese. Como os he dicho antes, las evidencias la señalaron como la culpable de la infección, pero lo peor fue que la muy guarra, acabó enrollándose con él, aunque las correrías sexuales de la reconvertida Helena son harina de otro relato.

A ella le salió una infección muy leve pero aun así, me contagió. Debió ser con las tijeras que nos marcamos la última vez que estuvimos en su casa, seguro, porque fueron algo para enmarcar. Pablo resultó estar limpio de esas setas tan capullas, así que pude continuar mamándosela tanto como quiso y quiso mucho…

Chuparle la polla me gustaba. Que él me acariciase las tetas y jugase con ellas a base de labios y lengua, también. Si se esmeraba, a veces incluso llegaba a correrme, pero… me faltaba algo: sentirme llena de polla. De su polla. A veces, mientras nos morreábamos con vicio, se le escapaba una mano y tenía que pararle:

– ¡No, no, quieto león!. Por lo menos hasta de aquí tres semanas, el coño, ni tocármelo. Ni un dedito, cariño.

– ¡Jo!, es que con eso tan rico que tienes entre los muslos…

– No sabes cómo te comprendo, Pablo. Yo también estoy que me subo por las paredes. ¡Necesito polla, joder!.

– Pues algo tendremos que hacer, digo yo…

– Oye, tío: ¿las tías tenemos dos agujeros ahí abajo, no?.

– Por el culo nunca lo hemos probado, preciosa, aunque eso también debe molar…

– Alguna cosita si que me has metido…

– Ya, bueno… poca cosa, un dedito…

– Cariño, te he de confesar que hace un tiempo me dio por explorar y me endilgué varias veces el vibrador azul por ahí detrás, ese finito y rugoso…

– ¿Y?…

– ¡Que me gustó, coño!. Mañana cojo el tarro de vaselina de mamá y lo probamos.

– ¿Tu madre?…

– ¡Sí, joder!. Y me ha dicho que goza un montón…

– ¿Esas cosas te cuenta?. A saber que le habrás contado tú de nosotros… No sabía que tenía una suegra sodomita. A ver si voy a acabar poniéndome burro cuando la vea…

– ¡Vete a cagar, gilipollas!.

El día siguiente al acabar la clase de ciencias, salí corriendo hacia casa. Fue cruzar la puerta y asaltar el aseo. Vacié los intestinos, me lavé el ojete a conciencia, tomé prestado el tarro de vaselina del cajón de la mesita de mamá y me senté a esperar a Pablo. En cuanto llegó nos pegamos un morreo del carajo de la vela y nos encerramos en mi habitación. Aún no había encajado la cerradura y ya estábamos arrancándonos la ropa. Él lo tuvo fácil: al salir de la ducha, sólo me había puesto una camiseta. Yo tuve más trabajo, pero ya sabéis lo que dicen: sarna con gusto, no pica.

– Mira que limpito me he dejado el culete, cariño. Hasta me he quitado los pelillos rebeldes. Cómemelo un poco antes de embadurnármelo, guapo…

– Te voy a dar lengua hasta que me pidas clemencia, guarrilla…

– Ya será menos…

El muy cabrón me plantó un beso negro del copón bendito. No sé dónde había aprendido a hacer esas cosas, pero fue algo para recordar. O tal vez sí: en el montón de pelis porno que debía haber visto a mis espaldas. Cuando dio el ojete por ablandado, me lo embadurnó por dentro y por fuera con la vaselina que usaban mis padres. Se untó el cipote y…

– Arrodíllate sobre la cama y levanta el culo, Clara. Te la voy a endilgar hasta la raíz. Verás que pasada tía…

– ¡De eso nada, guapo!. Muchas pelis guarras has visto tú. Estírate polla arriba. Voy a ser yo la que te monte. Quiero controlar lo que me llena el culo, cabrón. No quiero que te emociones y me desgarres el esfínter.

– ¡Pero qué dices!. Soy un tío cuidadoso e informado…

– ¡Ja!. Será como yo diga o no será.

– ¡Vaaaleee, vaaaleee!…

– Empieza por darme dedo…

Me abrió el ojete con un esmerado trabajo manual. No podía quejarme, porque me trató como a una reina. Eso sí: ¡una reina muy sodomita!. No sé cómo no habíamos probado eso antes. A cada acometida, me gustaba más. Me daba un gustirrinín buenísimo: empezaba en el ano, se expandía hacia el chocho y luego lo invadía todo, ¡mmmmmm!. Tardé poco en querer más:

– Cariño, lo que me haces me gusta mucho, pero… ¿por qué no sacas los dedos y dejas que me meta tu pollón por el culo de una puta vez?. Lo estoy deseando…

– Pes mira que yo…

Le acompañé el cipote con la mano hasta enfilarlo con el ojo del culo. Respiré hondo y bajé el cuerpo despacito, dejando que su capullo me acariciase el ojete. Empecé a hacer un movimiento de rotación con las nalgas a la vez que presionaba la polla contra los esfínteres. Costó un poco, pero cuando quise darme cuenta, su glande me había invadido el ano. Al sentirlo dentro, primero noté algo así como si me viniesen ganas de cagar, pero poco a poco, tal como iba dejando que el tronco de la verga de mi hombre me invadiese el recto, desapareció esa sensación y me volvió el placer de cuando antes me daba lengua, eso sí: corregido y aumentado.

– Tía, la tienes casi toda dentro…

– Lo sé, lo sé. Noto como me remueve el culo con el mete-saca. ¡Es una pasada!. Me das un gusto de la ostia, cabrón. Es como follar por el coño, pero diferente. ¿A ti también te gusta?.

– ¡Joder Clara!. Estoy a punto de correrme como un cerdo. Tienes el culo tan estrechito que me la comprime un montón y si encima vas apretando y distendiendo el ano… ¡Una pasada de bueno, tía!. ¡Me encanta tu culo!.

– Pues a mí tampoco es que me falte mucho…

– Métete un par de dedos por delante. Yo continúo partiéndote el culo, te trabajo duro la pepita y vas a orgasmar como una vaca preñada, tía… ¡Vamos, dámelo todo y nos corremos juntos!…

– ¡Pero que dices, idiota!. ¡El coño, ni tocarlo!. Ni tú, ni yo, ni nadie. Hasta que esté limpia de la mierda que me ha contagiado Helena, sólo puedes darme por culo, así que aplicate y relléname de leche los intestinos…

– Vas a cagar lefa dos días seguidos, guarra…

Estoy segura de que esa tarde los vecinos oyeron nuestros gritos. El placer nos llegó por los cuatro costados. Tan fuerte, tan diferente, que nos desmadramos sin remedio y cantamos nuestros orgasmos a grito pelado. Fue brutal. Pablo se vació como nunca, pero aún así, su polla seguía llenándome el culo. Dura, tersa, rellena de sangre caliente hasta la bandera. Lo había montado dándole las nalgas y me giré poco a poco, sin desenvainar del recto esa polla tan querida. Cuando estuvimos cara a cara, me dejé caer y lo besé.

– Cariño, eso de trajinarme el culo me ha encantado. Ahora ya no sé si me gusta más por delante o por detrás…

– Mejor por delante y por detrás…

– Claro, pero de momento, ya sabes: sólo culo.

– Vale, pero supongo que aunque te hayas vuelto una sodomita recalcitrante, seguirás haciéndome esas mamaditas tuyas tan ricas, ¿no?.

– ¡No sé, no sé!. Si te portas bien, me enculas a menudo y siempre tan bien cómo hoy…

Se ve que mis hongos eran duros de pelar de cojones y tuve que pasarme casi tres semanas dándome cremitas en la vulva. Día sí y día también quedaba con Pablo. Las dos primeras, todo se desarrolló según lo esperado: Estudiábamos, nos comíamos los morros, me daba lustre a las tetas, le pajeaba, se la comía,… y a veces acababa metiéndomela por atrás. Algunas porque él me lo pedía, pero la mayoría era yo quien no dejaba que saliese de mi casa sin sodomizarme. Debo tener un clítoris en el coño y otro en el culo, porque cada vez me gustaba más que me lo partiese con su pollón. Y es que mi chico tiene un buen ejemplar entre las piernas y cada día sabe utilizarlo mejor.

A mediados de la segunda semana de abstinencia vaginal, mis padres me dieron una gran noticia: ¡Mi querido primo Sergio llegaba el próximo lunes e iba a pasar un mes en casa!. Me alegré un montón. Sergio tenía tres años más que yo y era como un hermano para mí. Habíamos pasado muchas vacaciones juntos en la casa del pueblo de los abuelos y en los apartamentos de la playa de nuestras familias. Él conocía mis primeros rolletes inocentes y yo sus aventuras veraniegas con alguna extranjera despendolada o cómo le quitó el precinto la hermana mayor de uno de los de nuestra cuadrilla del pueblo. Una gran noticia, aunque con ciertos efectos colaterales indeseables que mamá me expuso con toda su crudeza:

– Clara, mientras Sergio esté con nosotros, te ruego que no te lo montes con Pablo en casa. Sólo serán unas semanas y prefiero que la familia no sepa que te dejamos mantener relaciones sexuales con tu novio y menos en tu propia cama. Ya sabes cómo es tía Enriqueta y de los abuelos, mejor no hablar. Tienes dieciséis años y no lo entenderían, cariño.

– ¡Jo, mamá!. Ahora que estamos tan bien juntos, va y nos pides eso.

– Hija, a la mayoría de las chicas de tu edad sus padres no les dejan traer al novio a casa y menos sabiendo que van a follar. ¿A cuántas de tus compañeras de clase les dejan hacer lo mismo que a ti?. Así que no te quejes: os buscáis otro sitio o dejas el chocho unas semanitas en barbecho. Tampoco hay para tanto.

– Vale, que sepa, sólo a Sandra y a Vani. Ya sé que muchos padres no son tan enrollados como vosotros, pero es que desde que nos hemos estrenado, nos cuesta un montón pasar mucho tiempo sin sexo. Seremos discretos, de verdad…

– No, cariño. Hasta que se vaya Sergio, en casa no. Lo siento.

No queríamos ir a casa de Helena y no nos dejaban enrollarnos en mi casa. Además cómo sólo podía metérmela por detrás, la cosa era más laboriosa y no podíamos apañarnos con un aquí te pillo y aquí te mato en algún rincón. ¡Algo tendríamos que hacer!. Decidí llamar a Pablo.

– Hola cariño. Ha llegado mi primo. ¿Porqué no te vienes a cenar y te lo presento?. Es un tío muy majo. Ya verás, te caerá bien.

– Vale, cenamos, me lo presentas y luego me quedo un rato a hacerte compañía. Tu culito ya debe estar esperando algo de mí…

– También quería hablarte de eso. Mi madre no quiere que follemos en casa mientras esté el primo.

– ¡Ostias!. ¿Y dónde nos lo montaremos?. En casa de tu vecina, ni hablar.

– Había pensado que como tu hermana este mes está en Irlanda de intercambio para mejorar el inglés…

– No podemos, Clara. Mira que si nos pilla mi madre…

– Nunca viene antes de las siete, guapo y me dijiste que la canguro tiene fiesta hasta que vuelva María de Dublín. Excepto los jueves, tenemos más de dos horas para romper tu cama. Es un poco estrecha, pero nos apañaremos.

– Estamos jugando con fuego, Clara.

– Lo sé, cariño. Será que tengo el anito caliente como un volcán…

– Calla, bruja. Nos vemos a las nueve en tu casa. Dile a tu madre que nos haga el risotto ese con gambas y trufa blanca. ¡Está buenísimo!.

– ¡Serás cerdo!. Así que vienes a mi casa por las comiditas de mamá, no por mi…

Esa noche mi novio se hartó de risotto, pero yo me quedé con hambre y no de arroz precisamente. Pudimos escaquearnos cinco minutos para hablar y magrearnos un poco. No sé a Pablo, pero a mí, en vez de relajarme la libido, me dejó más caliente y cuando se fue, tuve que encerrarme en mi habitación con el vibrador azul y el lubricante que habíamos comprado para usar mi culo con provecho.

Eso era un lunes y el miércoles a las cinco y cinco ya estábamos los dos despelotados en su cama comiéndonos los morros a besos. Después vino el asalto a mi tetamen y los arrumacos polleros. Pablo hacía tiempo que había enterrado sus escrúpulos y vigilando que no se le escapase la lengua hacia mi rajita, me comió el ojete como a una reina. Se la chupé con ganas y cuando tuvo el estilete a tope, me puse en cuatro. Con el culete en pompa, le pedí que lo untase con generosidad y me lo petase sin contemplaciones. Y lo hizo, ¡vaya si lo hizo!. Y lo disfruté un montón. Entre que el muy cabrón se había convertido en todo un maestro porculizador y yo le había cogido el gusto.

Desde ese día íbamos a su casa. Algunas tardes estudiábamos, otras follábamos, aunque la mayoría encontrábamos tiempo para ambas cosas. Tomándome una licencia sobre la máxima benedictina que nos enseñaba la profe de latín, podríamos decir que aplicábamos el “copula et labora” con buen aprovechamiento.

Por fin dejé de tener picores coñiles y rojeces. ¡Aleluya!. Aun así, Fernando, el ginecólogo, insistió en que continuase sin tomar pastillas antibaby al menos dos meses más. Quise revelarme, pero tal vez me pasé un poco:

– ¡Joder Fernando, odio los condones y quiero follarme a mi novio de una puta vez!.

– Clara, esta semana tampoco puede ser, ni con preservativo. Todo parece estar en orden, pero hemos de esperar. En tus circunstancias, la fricción del látex con tus depauperadas mucosas vaginales puede llegar a actuar como un alergénico. Más vale prevenir que recaer. Nada de sexo genital hasta la última revisión.

– Así que tiene que seguir dándome por culo como hasta ahora…

– ¡Venga ya Clara!. No juegues conmigo. Todos sabemos que el sexo anal no es algo a lo que se dediquen las adolescentes como tú. Las pocas que se atreven son mujeres hechas y derechas muy experimentadas.

– ¡Que te den!.

Salí de la consulta cabreada, aunque se me pasó pronto: saber que era toda una mujer y encima “muy experimentada”, me levantó la autoestima, pero no me salvó el tener que modificar nuestros planes para la tarde.

Lo teníamos todo preparado para celebrar el fin de la abstinencia vaginal y todo se había ido a la mierda. Llamé a Pablo y quedamos a las cinco y media en su casa. Esa tarde pensaba exprimirle el nabo como nunca y si no podía ser por la vía natural, sería por la más estrecha, ¡qué coño!.

Pasamos de libros, nos desnudamos uno al otro como fieras enjauladas y nos comimos a muerdos como hacíamos siempre. Me acarició todo el cuerpo, o casi, me sobó las tetas, me las lamió y continuó con la lengua hacia abajo. Ahí tuve que pararle:

– Cariño, el idiota del matasanos dice que aún no puedo usar el coño. No puedes comérmelo aún Pablo. Lo demás es todo tuyo…

– ¡Joder!, encularte me encanta, pero tu coñito…

– Lo sé, yo también lo necesito y mucho, pero tendremos que esperar un poco más. Déjame mamártela y tómame por detrás, anda…

Me estiré de espaldas sobre su cama, le pedí que me pusiese la almohada bajo las nalgas y tomé mis piernas a la altura de las rodillas, llevándolas casi hasta la altura de los pechos. Por la cara de Pablo, debía ser una postura muy erótica: El pobre babeaba sin poder apartar la mirada de mis agujeros. No me extraña, mi culo y coño bien abiertos y en primer plano, no son moco de pavo. Rebuscó el bote de lubricante que tenía escondido, escanció un buen chorro en su polla, la masajeó repartiendo el aceite milagroso, dejó caer otro poco sobre mi ojete, jugó con el glande sobre el ano y sin más preliminares, me penetró. A esas alturas de la película, mis esfínteres sabían muy bien cómo recibir al intruso.

– Joder, tía, puesta así pareces una actriz porno en pleno fregado. No sé si tienes más bonita la cara o el coño, cariño. Estás espectacular…

– Déjate de lisonjas y métemela hasta el fondo Pablo. ¡Necesito mucha polla, capullo!.

– Pues la vas a tener: ¡Toma, toma y toma!…

– ¡Qué bueno, joder!, dame duro, ¡más, más, más!… Vas a hacer que me corra en nada, cabrón…

Abducidos por el sexo, sólo percibíamos nuestros cuerpos y el placer que nos proporcionaban. Todo lo demás, no existía, aunque eso no tardó mucho en cambiar y sin previo aviso:

– ¡Aaahhhggg!. ¡Pero qué hacéis desgraciados!.

– ¡Mamá!.

– Ni mamá, ni leches. Te estás tirando a tu novia. En mi casa. En tu cama. Qué quieres, ¿dejarla preñada?. Tienes dieciséis años, Pablo y ella…

– Igual, Vicky. Es que nos queremos y…

– ¡Ya!, y si Pablo te hace un hijo, enviarás tu vida a la mierda y la suya… No os conformáis con tocaros y besaros, ¡ah no!: sexo vaginal completo y sin protección. ¡Lo que hay que ver!.

– Mamá, mamá, te lo prometo, ¡sólo por el culo!.

El remedio fue peor que la enfermedad. Vicky empezó a chillar como una loca: que si éramos unos degenerados, que si no respetábamos nada… Se abalanzó sobre su hijo y tiró de él hasta que consiguió sacarle la polla de mi culo. Acababa de correrse y claro, al descorchar el tapón, se vació la botella. Había eyaculado por los descosidos y empezaron a aparecer gruesos goterones blancos entre mis nalgas. Ver eso a la pobre la dejó KO. Se quedó tiesa cómo un palo al lado de la cama, con la vista fija en nuestros sexos y sin poder articular palabra.

Pablo estaba tan preocupado por el estado de su madre que ni pensó en cubrirse o limpiarse un poco. Yo también empezaba a inquietarme, pero al pasar la mirada por su busto, vi claramente cómo se le marcaban los pezones en la blusa color crema que llevaba. Dos pitones como dedales. La mujer estaría sofocada, pero también excitada…

Como mi chico seguía en estado de shock, tuve que ser yo la que buscase unos pañuelos de papel, le limpiase el cipote y recogiese lo que me rezumaba del ojete. Al acabar, tomé a Vicky de los brazos y la ayudé a sentarse sobre la cama.

– Quédate aquí tranquila y recupera el aliento. Nosotros nos vamos a duchar y al volver hablamos de todo lo que tú quieras.

Abrí la ventana para ventilar, a ver si se iba el olor a tigre o más bien a sexo y un poco a culo. Íbamos tan despistados que ni nos acordamos de coger la ropa, aunque visto lo que había, eso qué más daba. Al volver de la ducha, Vicky seguía en la misma posición. Pablo cogió su ropa y se puso los calzoncillos sin quitarse la toalla, de espaldas a su madre. Yo decidí que más valía tomar el toro por los cuernos, así que me puse a hablar con mi “suegra” mientras me acababa de secar, dejaba la toalla que había tomado prestada y me vestía con desparpajo. Total, las dos éramos mujeres.

Al acabar, sugerí que nos sentásemos a hablar en la salita, pero Vicky tenía otras ideas: Se puso a chillar de nuevo y me echó de su casa de malas maneras. Viendo el percal, opté por callar y largarme a casa. Eso sí, preocupada por Pablo. Las iba a pasar putas con su madre.

Cuando llegué a casa mis padres me esperaban en el salón con cara seria. La muy guarra les había llamado en cuanto cerré la puerta de su casa, sin ni tan sólo darme tiempo para contarles mi versión de lo que había pasado.

No os voy a aburrir con batallitas familiares. Sólo os diré que mis padres, aunque me echaron en cara el que hubiese montado ese pollo por no poder aguantame unos días sin echar un polvo, al principio, me apoyaron, aunque al confirmarles que Vicky realmente nos pilló en pleno desfase anal, vinieron las preguntas. No me echaron en cara que me dejase dar por culo, pero como sabían que tomaba contraceptivos, cuando les conté que últimamente lo hacíamos siempre así, a mamá se le puso la mosca detrás de la oreja y tuve que largarlo todo.

El descubrir que también me, o mejor, nos acostábamos con nuestra vecina y que fue ella quien me contagió los hongos, no se lo tomaron igual de bien. Que no le hubiese contado eso a mamá, no le gustó nada y menos aún que me tratase Fernando y ella no estuviese al loro. Pero lo que la sacó de sus casillas fue conocer la nueva vida sexual de Helena y muy especialmente, que se tirase a Fernando dos semanas después de conocerlo en la consulta. Al oírlo, papá se pegó un hartón de reír y yo no pude aguantarme y también me uní a la fiesta. En cambio a mamá no le hizo la misma gracia, de hecho, no le gustó nada de nada. Tan poco, que el pobre esa noche acabó durmiendo en la habitación de invitados y yo quedé a expensas de futuras decisiones de mis progenitores.

Pasados unos días, en casa ya había bajado el soufflé y las cosas empezaban a ser como antes. Bueno, como antes no: papá me miraba de otro modo, nada guarro, no os penséis, pero notaba que me veía más como mujer que cómo a una adolescente casquivana y las conversaciones con mi madre eran más abiertas, más adultas y porqué no decirlo, a veces de un liberal el lo tocante al sexo…

En cambio a Pablo su madre lo tenía martirizado. Quiso llevarlo a ver un psicólogo, no dejaba que nos viésemos fuera del instituto sin ella o alguien de su confianza cerca y por lo que supe meses después, incluso fue a hablar con el dire. Yo estaba que me subía por las paredes y Pablo matándose a pajas. Nos queríamos de verdad y eso estaba afectando a nuestros estudios, por no decir a nuestras vidas. No podíamos seguir así y le pedí a mis padres que invitasen a Vicky a cenar para hablar de “lo nuestro”. Aunque fuese a regañadientes, la madre de Pablo acabó aceptando.

Quedaron el viernes siguiente. Vicky ya llegó con cara de bulldog cabreado y cuando Pablo y yo nos saludamos con uno de nuestros muerdos habituales, nos fulminó con una mirada asesina. Durante la cena se habló poco y sólo de las típicas chorradas intrascendentes. En los postres los mayores compartían el mantel, pero si os digo que a cara de palo, me quedo corta. Mi padre sirvió los cafés y empezaron a hablar del tema. En dos minutos aquello se convirtió en una batalla campal, gritándose reproches mutuos a diestro y siniestro hasta que papá dio un sonoro golpe con la mano sobre la mesa:

– ¡Basta!. Clara, llévate a Pablo a tu habitación y cierra la puerta. También la del pasillo.

– Manuel, de eso nada. Aún aprovecharan…

– Pues que lo hagan, joder. Pegaos un buen polvo, a ver si al menos alguien se relaja un poco en esta casa…

– ¡Sois unos degenerados!. Si queréis criar a vuestra hija como a una puta, allá vosotros, pero Pablo y yo nos vamos y que sepáis que no voy a dejarle ver ni una vez más a Clara. Esto es…

– ¡Cállate de una puta vez y siéntate!. Y vosotros a lo vuestro.

– Pero que te has creído…

Mi padre tomó con determinación a Vicky por el brazo, le acercó los labios al oído y le dijo algo. No pudimos oírlo, pero le cambió la cara y se sentó dócilmente, como ida.

Pablo y yo nos encerramos en mi cuarto con hambre atrasada. Tenía hora con Fernando el jueves siguiente así que con el ano bien lubricado, una vez más tuvimos que usar la vía angosta. Fue maravilloso, pero yo ya estaba deseando que pudiese comerme el chocho y follármelo como antes. Nos dimos prisa en acabar y en cuanto los dos nos hubimos corrido a gusto, me puse una camiseta vieja encima y fui a mirar. Nuestros padres seguían hablando, algo más calmados, pero la tensión aún podía palparse en el ambiente. Así que…

– Cariño, siguen con lo suyo y parece que va para largo.

– Bueno… ¿Hace otro polvo para darles tiempo?.

– Pues claro, capullo…

Después de esa noche Vicky dejó que nos enrollásemos en su casa, siempre que María, la hermana pequeña de Pablo, no se enterase y mis padres hablaron con el primo Sergio y se levantó la veda del folleteo en la nuestra. El jueves Fernando dio el alta a mi coñito y todo volvió a ser maravilloso, aunque sin poder tomar anticonceptivos aún, Pablo tuvo que continuar sodomizándome dos meses más.

Cada día lo hacía mejor y al final le cogí tal gusto que casi me olvido de que el coño sirve para algo más que mear y traer los niños al mundo. Solo os diré que oyéndome berrear con tanta alegría cuando Pablo me enculaba, una tarde mi madre me pidió consejo: quiso saber cómo lo hacíamos para que me gustase tanto…

¡Ah, por cierto!. Mi padre es detective privado y dicen que de los buenos. A ciencia cierta no sé si eso tuvo algo que ver con el cambio de actitud de Vicky, pero como todos tenemos muertos en el armario y buena parte vienen de cómo usamos lo que tenemos entre los muslos…

Sexploratore

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