En el apartamento de la playa I

Abel no había tendo vacaciones de verano hasta el mes de julio, pero su madre ya llevaba una semana, al igual que su tía y su prima; el cielo está despejado, está soleado y es bastante molesto para Abel que le daba de lleno a través de la ventanilla del autobús en el que viajaba. Se dirigía a una urbanización que la familia había eredado de su abuela.

Patricia había hecho una fiesta loca con sus amigas de la playa, se había levantado a las diez y media de la mañana, resacosa y sin ganas de hacer nada; quería tomarse un vaso de leche, pero no tenía ganas de preparárselo; tenía la habitación totalmente desordenada, pero le pareció demasiado trabajo ordenarlo. Mientras esperaba la llegada de su querido primo decidió ducharse.

Abel estaba deseando pasar unos días tranquilos con su familia, especialmente con su prima Patricia, con quien disfruta de su compañía, finalmente llama al timbre del apartamento, lo que hizo que Patricia hiciera un leve suspiro; supo que si esperaba unos minutos su querido primo le echaría una mano. Se vistió rapidamente para recibir a Abel; salió con una falda larga color granate, una camiseta muy fina color blanco y unas sandalias de mujer.

– Hola Pastelito, ¿cómo estás? – preguntó su prima con una misteriosa sonrisa.

– ¿Por qué me llamas Pastelito?

– Tu madre dice que te suelen llamar así. ¿No te gusta?

– Pues no, me siento ridículo cuando me llaman así.te queda muy bien. ¿Sabes?

– Patricia, no empieces tú también, por favor.

Mientras se saludaban Abel se ruborizó y su prima se percató de ello, pues no era ni mucho menos la primera vez que pasó. Él la adoraba, y ella lo sabía muy bien, porque en mas de una ocasión se lo había demostrado; sabía muy bien que con sus armas de mujer le ruborizaba y se lo metía en el bolsillo facilmente; le parecía preciosa, alegre y muy femenina; y no solo eso; Abel medía un metro setenta y cuatro y ella uno setenta y ocho; medía cuuatro centímetros mas que él; únicamente por la diferencia de estatura ya se sentía inferior a ella; además solía llevar zapatos con plataforma de cuatro centímetro o tacones de siete centímetros que incrementaban su encanto. Tanto su personalidad como su atractivo físico y el tipo de ropa que solía llevar ella hacían que él se dejara llevar facimente por su prima, y él ni siquiera era consciente de que sólo estaba siendo manipulado.

– ¿Por qué me miras de ese modo? – preguntó Patricia.

– No sé; ¿por qué me mirás tú de ese modo? – preguntó Abel.

– ¿De qué modo?

– Como si estuvieras encantada de que viniera.

– Bueno, porque me alegro de verte.

Siguieron mirándose con la misma sonrisa sin hablar durante unos segundos. Finalmente fue Patricia la que continuó la conversación.

– ¿Te vas a duchar ahora? Tu madre había comprado un jabón para ti.

– Gracias Patricia, tenía tanta prisa por venir que no he tenido ocasión de comprarlo.

Patricia le entregó entregó el jabón en cuestión a su primo con una amplia sonrisa.

Abel cogió el jabón y finalmente entró en la ducha. Tardó unos minutos en salir de nuevo con el bañador.

De camino vio el cuarto de su prima; estaba totalmente desordenado, tenía casi todo el suelo lleno de ropa. El desorden que llevaba le pareció exagerado e unédito.

– Hola Abel; ¿puedes prepararme el desayuno? – preguntó Elena, su tía.

– ¿No puedes tú? – preguntó Abel desconcertado, en respuesta a la pregunta de su tía.

– Abel, te lo pido por favor.

– Está bien, tía.

Abel no tenía ganas de discutir, así que le preparó un café con leche con galletas. Luego Patricia le pidió que le ordenara la habitación.

– ¿Por qué no lo haces tú?

– Por favor, hazlo por mí, es que estoy cansada.

Abel se sentía cada vez más desconcertado con la actitud de su familia, pero acabó cediendo porque siempre se había llevado muy bien con ella y tampoco quería discutir con ella. Tardó mas de media hora en ordenar la habitación y hacer la cama.

– ¿Abel, puedes quedarte de rodillas delante de la habitación de tu madre y esperar a que salga para preguntarle si puedes hacerle el desayuno?

– ¿Pero por qué me preguntas eso?

– ¿Puedes, o no?

– Sí, pero…

– Vale pues espera ahí mientras veo la tele.

– Está bien.

Abel, permaneció de rodillas, tal y como le había dicho su tía, no entendía que quisiera que permaneciera así, pero no discutió.

Cuando acavaba de situarse delante de la puerta su prima le pidió el teléfono móvil y él se lo entregó sin ningún reparo.

Estaba esperando durante un buen rato, y la espera empezó a parecerle larga, no podía saber cuanto llevaba de rodillas porque a parte del reloj del móvil, no tenía otro sitio donde mirar.

Las rodillas ya le dolían bastante pero él no protestó, sencillamente siguió esperando.

La puerta se abrió y salió Inés, la madre de Abél; estaba sonriéndo bastante.

– Hola mamá, ¿quieres que te prepare el desayuno?

– ¿Qué haces?

– Helena me ha dicho que esperara a que salieras para preguntártelo.

– Vale, pero ¿por qué me lo preguntas de rodillas? Preguntó sin perder la sonrisa.

– Me ha dicho que esperara así.

– ¿Entonces, si te digo que te pongas una falda y que te maquilles lo harías?

– Tienes razón, mamá, no tenía derecho a decirme eso – respondió molesto al empezar a comprender que se estaban aprobechando de él -. Voy a hablar con ella.

– Vale, pero primero prepárame el desayuno y ordéname la habítación.

– ¿Pero qué dices?

– ¿No me habías preguntado si quería que me prepararas el desayuno? Pues ya sabes.

– Está bien mamá, ahora voy.

Abel se sintió ridículo al dejarse manipular tan facilmente por su tía. Se sentía tan mal que si se cruzaba con ella ni siquiera podría mirarla a la cara. Le preparó el desayuno a su madre y lo llevó al salón donde le esperaban Inés, Elena y Patricia; estaban viendo la tele allí mismo. En ese momento Abel sí se sentía capaz de plantarle cara a su tía.

– Elena, ¿por qué me has dicho que permaneciera de rodillas? – preguntó disgustado.

– No sé porque te enfadas ahora, yo no te he obligado, sólo te he preguntado si podías hacer eso y tú has aceptado voluntariamente.

Nuevamente Abel se sintió ridículo al comprender que Elena tenía razón, pues él en ningún momento había sido forzado. Entonces decidió salir a la terraza para evitar mirarlas; buscaba refugiarse en la soledad.

– ¿A donde vas? ¿Puedes esperar aquí hasta que termine el desayuno? – preguntó Inés a su hijo – mas que nada porque quiero que te lleves la taza al fregadero.

Él se sentía desolado, no tenía a nadie en quien buscar apoyo; pero ante la petición de su madre no tuvo la iniciativa de refugiarse.

– Luego ordena ordena mi cuarto, no es que esté muy desordenada pero me gustaría que hicieras la cama.

– Claro mamá.

El joven se colocó delante de su madre, a unos dos metros de ella, la observaba mientras desayunaba; se había colocado de forma que le diera la espalda a su tía, pues una vez mas no se sentía capaz de mirarla a la cara.

– ¿En qué piensas, hijo?

– En nada en concreto, estoy esperando a que termines para hacer lo que me has pedido.

– Gracias cielo; por cierto, no te quedes ahí en medio.

Su madre le indicó qie esperara en otro sitio, curiosamente desde ahí no podía evitar mirarla, lo que significaba que se sentía bastante incomodo.

– ¿Estás enfadado porque te he dicho que esperaras de rodillas? – preguntó Elena.

– No tía, pero no quiero hablar de eso.

– ¿Por qué? No pasa nada.

– Tía, por favor.

– Ya está, hijo; llévate la taza a la cocina – intervino su madre.

Él lo hizo sin protestar; después fue al cuarto de su madre para ordenarlo, tal y como se lo había pedido ella. Después de ello vio que su madre estaba casi lista para bajar a la playa; solo le quedaba pintarse los labios, y en esta ocasión quiso hacerlo delante de su hijo.

– ¿Por qué me haces ver esto? – preguntó el joven a su madre.

– Quiero que sepas como se hace; la próxima vez me tú me pintarás los labios.

– ¿Y eso por qué?

– Por qué quiero que lo hagas tú y obedece de una vez.

No entendía a su madre, no podía creer lo que decía, pero ahí estaba él, observando atentamente a su madre mientras se pintaba los labios. Depués de pintarse avisó que se bajaba a la playa.

– Me bajo contigo – añadió su hijo.

– ¿Qué dices? Tú te quedas aquí para limpiar el apartamento.

– Mamá, no puedes decirme esto.

– Te he dicho que te quedas aquí y tú te vas a quedar; ¿verdad que sí? – insistió Inés implacable.

Abel no se creía que su madre le estuviera diciendo eso, pero era la verdad, le había dejado claro que no podía salir del apartamento y él no se atrevió a seguir discutiendo; por lo que tuvo que ver como salía dejándole ahí. Mas tarde salió Patricia. Entonces su tía le explicó como funcionaban los electrodomésticos, que por la tarde haría lo que no hubiera hecho en la mañana y lo que querían que les hiciera para comer.

Finalmente ella también se fue y Abel empezó a trabajar, se ocupó de varrer el suelo, fregarlo y poner el lavaplatos. Vio que quedaba poco para comer y empezó a hacer la comida y preparó la mesa para los cuatro de la familia. Mientras hacía todo eso se lamentaba por permanecer encerrado en su apartamento mientras el resto de su familia estaba fuera en la playa; tenía calor, sudaba mucho, pero no podía distraerse porque pensó que si su madre le había sometido a esa situación, también se enfadaría si no cumplía con las tareas que le habían encargado; y lo cierto es que bien sabía él lo dura que podría ser su madre cuando se enfadaba; de todos modos tenía la esperanza de que esa situación no se prolongaría mucho mas.

El joven se encontraba trabajando en la cocina cuando empezaron a llegar.

– ¿Por qué no estabas junto a la puerta preparado para recibirme? Ya deberías haber acabado y estar listo para cuando llegáramos – preguntó Elena, quien fue la primera en entrar – ¿Y porque has puesto la mesa para cuatro personas si tú estarás de pie para servirnos?

– ¿Qué dices? ¿ni siquiera me dejais comer con vosotras?

– Alguien tiene que sacrificarse para servisrnos la comida y tu madre quiere que seas tú.

– Tía, por favor, no me puedes hacer esto ¿desde cuando soy el criado de la familia?

– Es lo que ha decidido ella, si tienes algo que decir te recomiendo que lo hables con ella.

– No puede ser verdad – pensó desesperado, ya incapaz de contener sus lágrimas.

Mientras discutían Abel sufría bastante, empezó a tener dolor de cabeza, no comprendía que su familia cambiara de actitud de forma tan radical, pero ahí estaba él; se negaba a permanecer de pie para servirles la comida; pero cuando su madre volvió al apartamento no tardó en comprender que no tenía nada que hacer.

– Mamá, la tía pretende que os sirva la comida como si fuera el criado de la familia – explicó Abel desolado.

– Y tú lo vas a hacer, ¿verdad que sí? – respondió su madre intransigente e implacable.

Abel sucumbió de inmediato pues no tenía nada que hacer contra la autoridad de su madre.

– Sí mamá, ahora retiro los cubiertos que iba a usar yo.

Cuando llegó Patricia se sentaron las tres y Abel empezó a servirles.

– Puedes guardar los cubiertos, los platos y el vaso que pensabas usar, tú comerás con los que estemos usando nosotras – respondió su madre.

– Sí mamá, como tú digas.

Su hijo ya estaba resignado, estaba totalmente sometido a la autoridad femenina de su familia y comprendió que no no valía la pena seguir discutiendo.

Estuvo obligado a permanecer en pie durante toda la comida, cuando la jarra de agua se vació tuvo que reemplazarla por otra llena, cuando terminaron el primer plato los retiró y sirvió el segundo como si fuera un camarero. Los restos los acumulaba en el plato que había usado Patricia.

Cuando llegó su turno de comer le dijeron que usara el mismo vaso que su madre; a él no le hizo mucha gracia, de hecho no le hizo ninguna, principalmente porque había dejado una marca de carmín; pero desde el principio comprendió no había manera de conseguir que cambiara de opinión.

Mientras Abel comía su madre y su túa miraban la televisión; por otra parte, su atractiva prima adolescente estaba sentada delante de él con una amplia sonrisa. Estaba disfrutando de la humillación que sentía su sumiso primo, por verse obligado a comer con los restos que le habían dejado. Patricia se había dado cuenta de que el joven, pese a que miraba el vaso de su madre no había cogido el vaso, no había bebido.

– ¿No tienes sed?

– No Patricia.

– ¿Seguro que no bebes por la marca de carmín que ha dejado tu madre?

– Sí, seguro.

Ella se levantó, dio la vuelta a la mesa y abrazó a Abel por detrás.

– Vamos. ¿Qué daño puede hacerte una marca de carmín?

– Por favor Patricia, no sigas – suplicó casi llorando

Pero ella, haciendo caso omiso mientras le insistía verbalmente le acariciaba con delicadeza y cogió el vaso para acercárselo a la boca. Él intentó resistirse a su encanto intrínseco, pero cuanto el borde estaba casi rozándole los labios el olor del carmín penetró en su interior por las fosas nasales, se vio obligado a abrir la boca y beber. No es que Patricia quisiera que bebiera del mismo vaso que su madre, es que quería que lo hiciera justo por donde el vaso tenía la marca de carmín.

– ¿Ves como ha sido mas facil de lo que decías? – comentó ella con burla – El problema es que tú tiendes a hacer un drama con esto.

Patricia disfrutaba como nunca sometiendo a su primo a su antojo sin que él pudiera defenderse. Cuando acabó de comer le hicieron fregar a mano los platos, los vasos y cubiertos de su familia.

Después de fregar volvió a la salita para estar frente a su familia; su madre le preguntó si podría comprar un helado para ellas.

– Sí claro, dame dinero.

– ¿No tienes tú?

– ¿También tengo que pagaros vuetros caprichos?

A Abel se le escapó el tono de su voz.

– ¡A ti ya no te va a hacer falta!

Después de unos segundos de silencio que a su hijo le parecieron interminables acabó cediendo y salió a comprar. Su madre le había prohibido que comprara algo para él mismo; pensó en escaparse, pero no tenía ningún sitio a donde ir, además no llevaba mucho dinero encima y obviamente se había dejado el equipaje en el apartamento.

sumiso

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