En el apartamento de la playa II

Cuando volvió entregó los helados y no volvió a salir, pues se lo habían prohibido.

– Vale, ahora ponte a cuatro patas delante de mí, quiero poner mis pies sobre tu espalda, como si fueras un taburete – ordenó su tía.

Lo cierto es que no lo interpretó como una orden, porque el tono de su voz parecía mas bien como un favor; así que él se negó una vez mas.

– Obedece – ordenó su madre de nuevo.

Su madre siempre se había mostrado la más autoritaria de las dos, así que por una parte se resignió a la realidad, pero por otra parte no se creía que le hicieran rebajarse de esa manera, que le degradaran como un mueble doméstico.

– ¡Que te pongas a cuatro patas te digo! – insitió su prepotente madre de nuevo.

Una vez mas la intervención de su madre era mas que suficiente para doblegar a su sumiso hijo, sin que él pudiera hacer nada.

Permaneció a los pies de su tia un buen rato sin poder protestar. Él seguía y seguía a sus pies y nadie le hacía caso; ni cuando Patricia le pisó una mano con un zapato le defendió su madre.

Pasados unos minutos que a Abel le parecieron interminables, su tia y su prima se fueron con las amigas; Elena dio un paseo con las amigas y luego de compras. Patricia bajó de nuevo a la playa.

Abel se sentó por primera vez en el sofá frente a la televisión, lo que no sabía es que su madre se sentaría encima de él para que su hijo le hiciera un masaje mientras le hacía ver el la telenovela. Inés veía tranquilamente las telenovelas de la tarde. Abel no tenía ningún interés en ese tipo de programas; él opinaba que eran unos culebrones demasiado cutres para entender que se emitieran y su madre sabía muy bien la opinión que su sumiso hijo tenía, por lo que le dijo que prestara atención a la tele. Él besaba constantemente el cuello de su madre, y lo acariciaba simultáneamente. Permaneció tanto rato que únicamente por pensar en ello le dolía la cabeza y las piernas ya las tenía tremendamente doloridas; pero no podía quejarse.

Estuvo ahí una hora, hasta que acabó la telenovela. Inés le dijo que le pintara los labios, ya se había pintado una vez mientras su hijo le observaba detenidamente, por lo que pensó que ahora le tocaba a él pintar a su coqueta madre.

La madre de Abel fue a dar una vuelta en bici. Mientras tanto él estaba en el apartamento, puso la lavadora en marcha; permaneció en el recibidor, esperando a su familia, aunque de vez en cuando entraba en la cocina para ver como iba el electrodoméstico, no tenía nada mas que hacer hasta que se terminara de lavar la ropa, luego tendría que tenderla.

Patricia estaba relajada al sol, con sus amigas de la playa; se llamaban Bego, Isa, Marta y Mireia. Se estaban riéndo de su sumiso primo, a quien tenían enredado en una situaciónhumillante.

– Cómo le va a tu primo, Patricia? – preguntó Mireia.

– Muy bien, cada día queremos degradarle mas; que sea mas y mas serviciál y cariñoso; algún día os lo presentaré, podría bajar por las tardes para ponernos crema y enseñaros lo idiotizado que se queda cuando está conmigo; es que por las mañanas está limpiando el apartamento.

– Claro que sí, cuando sea.

– ¿Es muy sumiso? – preguntó Mireia.

– Claro, ha empezado hoy, pero cada día lo será mas; antes ha protestado un poco, pero con el tiempo será disciplinado.

– Pero al final será aburrido – añadió Bego – me gustaría que siempre protestara un poco para tener una excusa para reñirle o castigarle.

– Pues le riñes y le castigas igual, mo pasa nada.

– ¿Si no es indiscreción qué le habeis hecho para someterle?

– Siempre se ha desvivido por mí, aunque no se ha dado cuenta lleva toda la vida a mis pies; sólo hemos tenido que darle un pequeño empujón para someterle.

– ¿Que se desvive por ti? ¿No estará enamorado de ti, verdad? – preguntó Bego.

– No, no está enamorado; eso sería amor filial, pero él sólo está maravillado conmigo, casi se le hace la boca agua cuando me ve.

Mientras Abel esperaba tenía prohibido ver la televisión, comer o sentarse por iniciativa propia y sin consentimiento de su familia y propietarias. Mientras esperaba se lamentaba por acabar en esa situación. Lo cierto es que estaba lejos, muy lejos de imaginar que esa situación empeoraría cada día que pasaría con su familia. Su prima pasó de mostrarle mas cariño que nadie o fingir que se lo mostraba a ser la que más le explotaba. Casi se había puesto el sol cuando su madre llegó.

– ¿Qué haces ahí quieto?¿Por qué no estás haciendo nada? -preguntó su madre, molesta.

– Ya he terminado mis tareas.

– ¿Estás seguro de que ya lo has hecho todo? – insistió acercándose a él con una mirada que intimidaba a cualquiera.

– Sí mamá, no queda nada por hacer.

Inés le partió la cara sin mostrar remordimientos.

– ¿No me estarás mintiendo, verdad?

– Por su puesto que no, te prometo que he acabado con todas mis obligaciones.

– Bien, en eses caso siéntate en el suelo junto a mis pies para darme caricias mientras sigo viendo la televión.

Abel no reaccionaba, ya no sabía que decir, estaba desolado, tenía ganas de llorar, pero su madre seguía sin mostrar piedad de su propio hijo. Ella se sentó en el sofá de la salita y se molestó al observar que su hijo no obedecía.

– ¡Maldita sea! -exclamó ella –¡Te he dicho que te arrodilles!

Su hijo de inmediato obedeció sin hacer esperar mas a su madre. Se postró frente a ella y comenzó a darle caricias. Inés disfrutaba viendo a su hijo mostrando la actitud de un perro sumiso.

– ¿Mama, puedo saber qué he hecho?

– No has hecho nada, cielo, en realidad estoy muy satisfecha contigo, todas lo estamos, lo estás haciendo muy bien – respondió ella sonriendo mientras le acariciaba en la cabeza.

– No, digo qué he hecho para que me sometais de esta forma, para que me trateis como a un criado.

– Hijo, no es lo que hicieras o dejaras de hacer; te lo he dico antes; alguien tiene que sacrificarse por la familia y he decidido que seas tú.

– Pero yo también tengo derecho a divertirme y relajarme; para eso he venido; pero en todo el día me habeis tratado como a un esclavo.

– Bueno, también tienes la obligación de ayudar; además soy tu madre y tiienes que respetar mis normas; ¿lo entiendes? Si no es así te puedo exigir mas para hacerte ver que aquí tienes que hacer lo que yo diga.

– ¿Y qué hay de Patricia y Elena? Ellas también me hacen obedecerlas; hasta he tenido que hacerles el desayuno y ordenar de Virginia.

– ¿Y cual es el problema, ellas también tienen derecho a disfrutar de tu servicios?

– Pero mamá, esto es unimano, me estais tratando como a un esclavo.

– Mira, no quiero seguir con esta conversación, si dices una palabra mas te pongo precinto en la boca y te prohibo que te lo quites. Encima de que no te sello los labios no te pongas pesado.

Después de varios minutos llegó Elena con una desagradable sorpresa.

– Mira lo que te he comprado, Abel.

Cuando él lo vio se quedó de piedra; no tenía palabras. Le mostró un pantalón rosa tan corto que sólo le tapaban los glúteos y parte que está a la altura de estos, le estaban tan ajustado que le haría pasarlo muy mal, también llevaba una camiseta blanca con un dibujo de Hello Kity, unas medias blancas opacas que le cubrirían de la cintura hacia abajo, unas bragas y unas sandalias de mujer. El pobre chico empezó a llorar sin ninguna esperanza.

– Mamá, por favor, esto es demasiado, no puedes dejar que me ponga esto – dijo Abel entre lágrimas.

– Lo ha comprado con todo su cariño – respondió totalmente seria mientra se levantaba para dirigirse hacia él – y te vas a poner todo eso; ¿te queda claro?

– ¿Y cual será el siguiente paso, maquillarme?

– ¿Quien sabe?

– Me voy de aquí, no aguanto mas.

– ¿A donde te crees que vas? No puedes ir en autobus; a esta hora ya no pasan, tendrías que esperar a mañana y no dejaré que vayas a casa, si lo haces te denunciaré por añaramiento de morada.

– ¡No puedes hacerme esto!

– No me levantes la voz, insolente – contestó mientras le partió la cara – coge la ropa y cámbiate.

– De paso… –intervino su tía- date un buen baño, pero echa este gel mientras se llena la bañera y remueve el agua, cuando te metas enjabónate por todo el cuerpo.

– ¿Para qué?

– Tú hazlo y espera cinco minutos antes de salir; pero no sumerjas el cuello, la cabeza ni la cara. Luego cuando salgas, enjabónate la cara por donde te sale la barba y el vigote; pero es imprescindible que tengas mucho cuidado de no mojarte las cejas, las pestañas ni la cabeza; ¿te queda claro?

– Está bién Elena, pero me gustaría saber por qué.

– Cuando salgas lo sabrás –explicó su madre– ahora ve al baño y haz lo que te ha dicho.

Abel estaba totalmente resignado, cogió la ropa que le había comprado su tía, y se fue al aseo, allí se preparó el baño, después de abrir el grifo echó el gel que le había dado. Cuando pensó que la bañera ya estaba bastante llena se metió y comenzó a enjabonarse exaustivamente por todo el cuerpo pero sin sumergir la cara.

El cuerpo le escocía, le escocía mucho, posiblemente por producto con el que le hacían bañarse, pero al menos fue capaz de matener la cabeza y el cuello fuera del agua. Luego salió del baño y mientras se secó observó que el pelo del cuerpo se estaba cayendo sin ninguna dificultad. Ahora lo entendía, querían que se depilara el cuerpo entero.

– ¿Serán guarras? -pensó asqueado- querían que me depilara por completo; pero ya podrían habérmelo dicho.

Se miró detalladamente por miedo a dejarse un cabello, su madre le había dejado más que claro que estaba hablando en serio, y no se atrevía a cuestionar su autoridad. Tenía todo el cuerpo depilado, luego revisó su cuerpo para asegurarse de que no se hubiera dejado ni un pelo.

En efecto, de momento iba bien, ahora tenía que enjabonarse la cara. Mientras lo hacía le escocía mucho, tanto como cuando se estaba bañando.

Una vez mas comprobó que su cuerpo estaba perfecta y absolutamente depilado y llamó a su prepotente madre para que lo inspeccionara ella misma; afortunadamente para él estaba totalmente afeitado y depilado; pero por alguna extraña razón que él no comprendía, su madre le dio varias bofetadas.

– ¡La próxima vez que alguien te haga un regalo con todo su cariño no voy a consentir que lo rechaces; y cuando tengas que hacer trabajos caseros tampoco voy a consentir que protestes tanto – recriminó ella sin compasión – ¿Te enteras?

– Sí, sí mamá, lo entiendo y no volverá a pasar, lo prometo.

Abel tenía la cara totalmente sonrojada.

– Venga, ahora cámbiate.

Inés salió del aseo sin remordimientos de conciencia. Mientras su hijo se travestía ella sacó el pijama del equipaje y colocó su ropa en el altillo del armario, pues él ya no la necesitaría mas, o eso pensaba su madre.

Antes que nada, Abel se puso las bragas, luego las medias, luego la camiseta de Hello Kity y el pamntalón rosa; finalmente se puso las sandalias. Estaba tan asustado que se bestía con bastante lentitud. Cuando terminó de bestirse salió del aseo con un tremendo dolor en los genitales, pues el pantalón le apretaba demasiado. Pero lo que mas dolor le causaba era el miedo de que su madre no cediera nunca y le obligara a pasarse el resto de su vida travistiéndose y sirviendo a su familia como un criado; llegó a la salita y su madre empezó a observarle bastante satisfecha del cambio de su hijo.

– ¿Puedo cambiarme otra vez?

– De eso nada, vas a llevarlo el resto del día.

– ¿Pero por qué?

– ¿Qué te he dicho antes?

Abel comprendió que Elena contaba otra vez con el reespaldo de su madre; estaba humillado, estaba atrapado, no tenía escapatoria; estaba tan desconcertado que creyó que la situación no podría empeorar; pero cuando Natalia volvió al apartamento intentó escnderse por la casa com un perro maltratado, pero antes de que terminara de dar el primer paso su madre le ordenó que se detuviera.

– ¡Qué guapa! – exclamó exaltada.

– No te rias de mí, por favor – suplicó con la mirada baja.

– Lo digo en serio; la que te lo haya comprado tiene buen ojo para la moda.

Inés se acercó a él y le susurró al oído.

– Cielo, deberías ser mas agradecida con tu prima, o te castigaré de verdad; vamos, dale las gracias.

Abel asintió con la cabeza, se estaba mordiendo la lengua para no reventar y chillar.

– ¿No te gusta ese conjunto de ropa?

– No es eso, lo que pasa es que creo que a ti te favorecería mucho mas que a mí, Patricia.

– Gracias, pero comprenderás que yo tengo mi ropa – respondió ella caminando al rededor de su primo.

Inés interrumpió el diálogo dándole a entender a su condenado hijo que debía preparar la mesa para cenar.

Abel Puso un mantel de tela, luego puso los cubiertos, platos y vasos para tres, pues dio por sentado que él no solo tenía prohibido comer con su familia, sino que tendría que servir la cena, durante el servicio, debía estar atento a las necesidades y demandas de su familia, pues su cruel madre le había demostrado que pasarlo por alto era motivo de castigo, y desde luego no tenía ganas de provocar la ira de su familia, especialmente la de su madre.

Después de la cena Patricia salió con las amigas, seleccionó un conjunto de verano con el que haría que su primo se quedara maravillado mirándola, pues aunque ya se había dado cuenta de que se estaba aprovechando de él no podía dejar de pensar en el buen gusto que tenía para la moda.

Cuando Patricia avisó de que se iba, la única persona de la que se despidió dándole un beso fue a su primo y él la correspondía del mismo modo; él ya sabía que le estaba manipulando, no obstante seguía encantado de seguir teneiendo ese trato tan afectuoso con ella; aunque él no se daba cuenta de ello, en la familia nadie ignoraba que ese trato devilitaba facilmente la voluntad de Abel y todas sabían que era un desgraciado porque solo le besaba para manipularle, no por cariño. El calor de sus caricias, el de sus besos, el de su aliento añadido al carmín que usaba, la suavidad de su voz y de su piel y la profundidad de sus ojos negros y su mirada hacían que se dejara manipular como una marioneta. Tenía un caracter completamente distinto al de su madre. Además la raya de rimel, la barra de carmín y el rostro delicadamente maquillado incrementaban su facilidad para que Abel quedara hechizado o idiotizado.

Una vez que Inés salió del apartamento Elena le dijo que se pusiera a sus pies para besarlos; ahora se los besaría a su codiciosa tía; él estaba desconcertado le trataban como a un criado, pero a un criado ni siquiera le hacían humillarse de ese modo. Él se quedó bloqueado sin saber que hacer; no sabía si obedecer o suplicar que no le ihiciera eso.

– ¡Vamos! – exclamó su autoritaria madre

Abel se dirigió de inmediato a los pies de su tia. Estuvo besando y besando sus pies sin poder hablar, pero no podía mantenerse en silencio todo el rato; antes o después terminaría hablando.

– ¿Tía, cuanto rato quieres que siga así?

– Hasta que me canse de ti, y no hables imbecil.

Era la primera vez que su tía le habló del mismo modo que solía hacer su madre.

Mientras los besaba miraba las piernas; estaban cubiertas por unas medias marrones que a su vez éstas estaban cubiertas por una falda veige que llegaba justo por encima de las rodillas.

Abel no tenía palabras para hablar con su madre ni con su tía, no parecía que fueran familia, tenía la impresión de que le trataban peor que aun un judío en tiempos de la alemania nazi; su único pasatiempo era acariciar las piernas mientras besaba los pies de su tía. Elena sabía muy bien que su sobrino se sentía profundamente humillado, y disfrutaba con ello tanto como su hija; ademas el tacto de sus manos acariciándole tambien le gustaba a ella, así que no dijo nada durante la… sesión de besos y caricias.

Cuando estaban en anuncios su madre se levantó y se colocó delante de Abel, ordenándole que se colocara a cuatro patas delante de ella. Inés le aplastó una mano con la punta del zapato.

– ¿Vas a hacer todo lo que te digamos sin protestar?

– Sí, mamá; haré todo lo que me digais, lo prometo pero quita el pie, por favor.

– Más te vale – advirtió quitando el pie de la mano de su indefenso hijo – y que sepas que esto es el principio, te advierto que irá a mas.

Terminaron los anuncios y Abel continuó besando sin descanso los pies de su tía. Mientras tanto tenía claro que se iría al día siguiente, tan pronto como se levantara y estuviera listo para salir. No sabía a donde iría, lo decidiría sobre la marcha.

Finalmente se fueron a dormir y él se vio obligado a pasar la noche fuera de cualquier habitación; en el pasillo, en el salón o en cualquier otra parte del apartamento pero tirado en el suelo, ni siquiera le permitieron usar un sofá.

Patricia llegó al apartamento y al ver a su primo durmiendo en el suelo como un perro tuvo que hacer un esfuerzo para no reírse a carcajadas. Así que se tapó la boca mientras fue a su cuarto y se acostó sin dejar de pensar en su sumiso primo; fiel, cariñoso y obediente como un perro bien adiestrado e iditozado como él mismo.

sumiso

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