En el apartamento de la playa III

Al día siguiente Abel se levantó pronto, se preparó el desayuno y se duchó decidido a escapar de los dominios de su madre, su tía y su prima; estaba buscando su equipaje, pero recordó que su Inés lo había colocado en el altillo de su armario, y Abel tenía miedo de despertarla; así que se metió en la ducha convencido de que tendría que ponerse nuevamente la ropa de travesti. Cuando se duchó, mientras se enjabonaba, el cuerpo le escocía otra vez; al parecer habían mezclado el gel que usó para depilarse con el que usaba en la ducha matutina. Terminó de ducharse, se vistió y finalmente salió del aseo. Desgraciadamente para él, su prima ya estaba de pie para evitar que se fuera; pero pensó que podría escapar cuando su familia bajara a la playa, y de paso con su ropa.

– ¿Me puedes preparar el desayuno, por favor? – preguntó su caprichosa prima con una sonrisa.

Su primo ya no soportaba la actitud de su prima, pero no podía hacer nada mas que suplicar.

– Patricia por favor. ¿Qué os ha pasado?

– Nada, sólo quiero que prepares mi desayuno, porque a mí no me apetece; es que me da pereza, ¿sabes? – respondió con una sonrisa – luego me gustaría que ordenaras la habitación de nuevo, ya sabes, igual que ayer.

– Pues madura un poco, que yo no puedo mas.

– Abel.

El joven sumiso se dio la vuelta para mirar a su tía, quien le había llamado y se acercaba por detrás. En el momento que se giró Elena le partió la cara sin reparo.

– Tu madre nos ha dicho que si no obedeces o protestas te podemos reñir o dar una bofetada.

Abel no sabía que hacer, ni que decir, estaba desconcertado, estaba solo y no tenía a nadie en quien buscar apoyo.

– Ibas a ordenar mi cuarto – insistió Patricia.

Abel no quería seguir con ese rol.

– Vamos Abel, eres mi primo querido, mi primo sumiso, eres nuestro criado, nos sigues como el perro faldero que eres, sobre todo a mí, porque me adoras, me idolatras, me veneras y cada vez que me ves te quedas hechizado, te quedas idiotizado, porque eres mi primo querido, mi primo sumiso, eres nuestro criado, nos sigues como… – insistió acariciándole con sutileza, repitiéndose como un mantra.

Abel miraba fijamente sus hermosos labios, su sonrisa hechizante, sus penetrantes ojos negros, su suave y angelical rostro y escuchó la suave voz de su persuasiva prima; no aguantó mas; sucumbió nuevamente al encanto intrínseco y femenino de la radiante Patricia.

– Está bien, como tú digas, pero no me llames criado por favor.

– ¿Por qué no? Una buena familia debe tener un criado, y aquí eres tú.

– Pero esto es demasiado.

– Está bien; hablaremos con tu madre, a ver que dice, si me da la razón te arrepentirás de suplicarme que no te llame así.

Abel, totalmente desmoralizado le preparó el desayuno y le ordenó el cuarto; estaba hecho un desastre, y no lo comprendía, porque el día anterior se esmeró ordenándolo y ahora estaba como si no hubiera hubiera tocado nada. Luego fue a la salita para… esperar nuevas órdenes, donde también estaba su madre, para añadir nuevas normas a la convivencia. Miraba a su hijo, orguyosa del cambio que estaba teniendo, tenía la mirada baja; no tenía claro si era porque estaba perdiendo la moral, o porque estaba asumiendo el rol de sumiso, pero lo cierto es que mantenía la mirada al suelo, y eso es lo que importaba. Además tenía la ropa que le había regalado su tía.

– Bien Abel, habrás comprendido que tu vida está cambiando bastante desde que estás aquí.

– Es cierto mamá, pero no ent…

– Silencio, estoy hablando yo – recriminó Inés molesta por la interrupción de su hijo – con lo que te exigimos ahora parece mentira que aún no comprendas que no puedes interrumpirme. Bién, como decía las cosas están cambiando para ti. Desde este momento no nos llamarás como a un familiar, a mi hermana y a mí nos llamarás doña Inés. y doña Elena. Cada vez que te demos una órden o te haga una pregunta responderás diciendo «sí doña Inés», o «no doña Inés». ¿Te queda claro?

– Sí, lo entiendo.

– ¿Cómo dices?

– Sí, doña Inés.

– Cuando mi hermana te hable responderás con el mismo respeto que espero y exijo que me muestres a mí,

– Sí, doña Inés.

– A mi hija y sobrina les llamarás «señorita Cordellat». Espero que lo tengas en cuenta cuando te pregunten o te ordenen algo.

– Sí, doña Inés.

– Y no solo eso, a cualquier mujer del mundo le hablarás con el mismo respeto que debes mostrarnos a nosotras.

– Sí, doña Inés.

– Y por supuesto a todas nos hablarás de usted.

– Sí, doña Inés.

– A partir de ahora tu nombre es Pastelito; cuando alguien pregunte cómo te llamas te presentarás con ese nombrre.

– Sí, doña Inés.

– Como sabrás no eres mas que el criado de la familia.

– Sí, doña Inés.

– Hablando de que esres el criado, Patricia me ha dicho que te negabas a reconocerlo. ¿Es cierto?

– Sí, es cierto.

– ¿Pues a qué esperas para disculparte?

– Lo siento mucho, no…

– ¡A mí no, estúpido! ¡A tu p… – interrumpió la señora Cordellat, agarrándole del pelo, para larnzarlo hacia su prima, pero por un momento ella misma olvidó que fue repudiado; cuando estaba a punto de mencionarla, se cayó en seco para mencionarla de una dorma correcta – a mi sobrina!

Abél dirigió la mirada a la joven, quien sonreía plácidamente.

– Lo siento mucho, señorita Cordellat, no tenía derecho a contradecirla, por favor, le ruego que me disculpe, le prometo que he comprendido mi error.

– Bueno, te he dicho que lo lamentarías, y estoy segura de ahora lo lamentas profundamente, pero quería decir… que te pasarás… el resto… de tu vida… lamentándolo – anunció con varias pausas, mientras hablaba, para disfrutar de cada palabra y atemorizar a su sumiso primo.

– Sí, señorita Cordellat, lo que usted diga.

– Ahora no tengo tiempo, voy a salir con mis amigas; pero recuerda que esto no ha terminado.

Patricia le dió un beso en el pómulo y se fue del apartamento, luego Inés, y finalmente Elena, quien le dio una dura bofetada.

– No tolero que le faltes el respeto a mi hija; cualquier cosa que te diga tú la aceptarás sin cuestionarla.

– Sí, doña Elena.

Cuando se quedó solo continuó con las actividades de la limpieza; pensó que sería un buen momento para escapar, pero la duda y el miedo no le dejaban razónar, así que permaneció en el apartamento para seguir a las órdenes de su familia.

Después de una hora; cuando ya había terminado, pensó que realmente que esta vez tardarían en volver, por lo que sería un buen momento para escapar. Cogió la maleta del altillo, se cambió rápidamente y fue directo a la salida. Pero cuando estaba a unos metros oyó que alguien estaba abriendo; debía cambiarse y colocar el equipaje en el altillo de inmediato, pero estaba bloqueado, paralizado… había desobedecido deliveradamente una órden de su madre, de su tía y de su prima, quienes acababan de tomar posesión de su persona y autoproclamarse sus propietarias para someterle por la fuerza. Si se daban cuenta de lo que pretendía lo pagaría caro, muy caro; no quería ni pensar en las consecuencia, no se atrevía; él se sintió impotente ante la imposibilidad de detener lo inevitable.

– «¿Será mi madre? ¿Será Elena? ¿Soltarán su fuerte caracter, mostrarán toda la crueldad y verdadero desprecio que sienten hacia mí? ¿Me darán una soberana paliza sin ningún tipo de contemplaciones? « -pensó aterrado, comenzando a llorar- «¿Será Patricia? ¿Me corregirá con su característica sonrisa y tranquilidad de apariencia bondadosa, que en el fondo ocultan una extrema malicia, maldad y prepotencia? ¿Me pondrán un castigo humillante, doloroso, vejatorio o menoscabante?».

Finalmente la puerta se abrió. El tiempo que estuvo oyendo el sondio de la llave le pareció una eternidad; pero en el fondo no fueron más que unos escasos segundos.

Era Elena, su tía. Por un momento dejó ver una grán sonrisa; pero en el momento que vió a Abel con su ropa y su maleta, y comprendió lo que pretendía su rostró cambió radicalmente.

– ¡Pero qué haces así? ¿Pretendías escapar, cerdo insoletne? -preguntó con una gran exclamación, tremendamente enojada.

Elena no dudó en darle un empujón a su sobrino; quien retrocedió unos dos metros, a causa del gesto de su tía. Ella avanzó hacia Abel, le cogió de la cabellera y le tiró hacia el suelo. El sumiso acababa de caer, pero instintivamente trató de levantarse.

– ¡No te levantes, miserable! -exclamó ella, mientras le daba duros pisotones- ¡Cuando venga tu madre le contarás lo que pretendías y entre las dos decidiremos qué castigo te mereces!

Su sobrino, ante la advertencia de Elena permaneció inmovil en el suelo, paralizado, incapaz de reaccionar.

– ¿Qué pasa? – preguntó una señora, de aproximadamente la edad de su tía, unos 40 años. Debió ser una amiga suya, aunque el sumiso no la conocía.

La humillación fue mayor, pues se estaba dejando agredir y humillar delante de una amuga de la familia.

– ¡El desgraciado éste, está sometido a nuestra voluntad desde que llegó, tiene que vestirse como una mujer y dejar que le agrediéramos siempre que nos apeteciera y ahora quería escapar!

– Se merecerá un duro castigo, ¿no? Si su objetivo era escapar porque no le gustaba la idea estar sometido a vuestra autoridad, tal vez deberíais entregarle a otras personas.

Su tía se tranquilizó y dejó de patear a «Pastelito». Aunque la sugerencia de la invitada le daba tanto miedo como cualquier decisión de su madre, en el fondo la agradeció, porque dejó de recibir las agresiones.

– No, entregarlo no; él nos pertence y no nos desprenderemos así como así de él; pero podríamos prestarle. ¿Quieres disponer de él? Tendría que obedecerte en todo; si se niega le castigas como te apetezca, y si obedece le castigas de todas formas.

Lorena, que así se llamaba la amiga de su tía no dudó en cómo empezar con él.

Se acercó al sumiso, quien no se había movido desde que su tía de advirtió que siguiera en el suelo; se agachó para cogerle del pelo, le levantó como si fuera un maletín le llevó al sofá de la salita, donde tendría que permanecer sentado. Lorena se sentó encima y comenzó a besarle y manosearle, le besaba con determinación y le manoseaba por el cuello, los hombros, la cara… por todo el cuerpo, como si estuviera inspeccionando u producto de su propiedad; Abel se sintió inimaginablemente violentado, impotente e intimidado, mientras aquella señora, una mujer que casi le doblaba la edad, si es que no se la doblaba, le besaba y manoseaba con determinación, seguridad y sin ningún tipo de reserva. No es que fuera precisamente fea; de hecho estaba bien conservada; pero… le sacaba mas de 15 años; ahora resulta que cualquier mujer, sin importar la edad podía besarla sin problemas. Los labios, que eran carnosos los tenía los tenía pintados de rojo, el olor del carmín era intenso, los ojos los tenía pintados con sombras de color púrpura y una gruesa rraya en el límite de los párpados; el perfume era abrumador, asfixiante… Él sentía gran angustia y náuseas, sometido a los caprichos de esta señora coqueta, que metía toda su lengua en la boca del sumiso sin la posibilidad de defenderse.

Elena que difrutaba del espectáculo que daban los dos tuvo una gran idea.

– Al igual que tu madre y yo, muchas amigas nuestras y madres de mi hija están solteras, divorciadas o diudas -insinuó pensando en el castigo que se merecía- cuando hable con Inés tal vez decidamos entregarte a ellas, para que limpies sus casas y les atiendas en todo lo que quieran… además de ser el amante de todas ellas, tanto de las madres como de las hijas.

Lorena besaba y besaba a lo que Elena había llamado «insolente» o «deasgraciado» por estar sometido a sus deseos y tratar de escapar. Habían pasado 20 minutos, pero ella no se detenía.

Sin que nadie se diera cuenta llegó Inés.

– ¿Por qué no va travestido? – preguntó desconcertada.

– Este sujeto – respondió su hermana – ha intentado escapar; al parecer no quiere estar sometido a la autoridad de su familia, así que he pensado que podría estar a disposición de otras personas. ¿Crees que podríamos prestárselo a la gente de esta urbanicación, gente que pertenezca al club social, por ejemplo?

– ¿Quería dejarnos por las buenas, sin previo aviso? Esto no va a quedar así -afirmó Inés.

– Bueno, yo ya me voy -anunció separándose repentinamente del «sujeto»- creo que teneis que hablar con él. Si se lo prestais a gente me gustaría ser la primera.

– Claro, no lo dudes -respondió la madre totalmente furiosa con su hijo renegado hijo.

Cuando la amiga salió del apartamento Inés seguía riñendo a su hijo.

El enorme enfado le tenía bloqueado; la estaba mirando, pero quedó inmovil.

– A ver, dime. ¿Qué vamos a hacer contigo? ¿Qué castigo crees que sería adecuado para la falta que ibas a hacer? Por esta vez serás tú el que lo decida.

Pero Abel no respondía; no entendía la intención de su madre; no entendía que le permitiera decidir un castigo duro o suave.

– Lo digo de verdad; si el método que usamos nosotras no funcionan, tal vez tú puedas proponer algo mejor.

Abel ya no razonaba, estaba aterrado; por mucho que le repugnara esa situación lo único que pensaba era compensar el intento de desaparecer, y propuso lo único que se le ocurría, pero ya hacía tiempo que su conducta y comentarios estaban condicionados a voluntad de su familia.

– Además de este apartamento, limpiar el de vuestras amigas, como ha comentado Elena, pero maquillado, travestido con ropa evidentemente femenina y usando movimientos, gestos y un tono de voz afeminado, mostrarme en lugares de esta hurbanización que estén frecuentados por chicas de cualquier edad, tanto amigas vuestras y de Patricia como desconocidas, trabajando gratis en la heladería o en la cafetería. Tengo entendido que los comercios de esta zona son propiedad de mujeres y que el personal también son principalmente camareras.

Abel estaba detrozado; no podía creer que esas propuestas hubieran salido de él mismo.

– Buena idea -respondió su madre- si te esfuerzas darás un buen espectáculo; tendrían que despedir a los hombres de esos comercios, pero contigo seguro que atraes a más clientes y compensas la indemnización que tendrían que pagar; y si no- advirtió cogiéndole de la barbilla- me ocuparé personalmente de que te arrepientas de no ser tan eficiente como esperen de ti y sabrás lo que es sufrir en público.

– Claro mamá, me esforzaré al máximo.

– Bien, pero de momento ya sabes como te castigamos aquí.

Mientras Abel era castigado, humillado y torturado por su madre, Elena comprobó si él se había dejado algo pendiente. Luego volvió satisfecha para hacer una observación.

– Bueno, al menos has terminado tus labores de la jornada. Si me permites un consejo, la próxima vez que te plantees escapar no herperes a que termines tus obligaciones; podrías haber escapado – informó con burla, ante a la falta de iniciativa de su sobrino.

– Eso es porque en el fondo le gusta como le tratamos.

Abel, al comprender la oportunidad que había perdido estaba lleno de vergüenza; no fue capaz de mirar a su madre.

– ¡Mírame ahora mismo! -ordenó de un grito.

Ella le cogió del pelo y le tiró contra el suelo, haciéndole quedar boca abajo. Antes había recibido duras agresiones por parte de su tía, ahora las recibiría de su madre. Pero no le golpeaba, no le pataleaba; le cogió de la mano, colocó una rodilla suya sobre su espalda y la otra sobre el cuello. Entonces le retorció la muñeca hasta el punto de hacerle creer que se la rompería de verdad. No sería capaz, la necesitaba para trabajar. El dolor aumentaba poco a poco; pensaba que estaba al límite, pero ella seguía apretando. Luego obligó a darse la vuelta, colocó sus rodillas sobre él, de la misma manera que unos segundo antes y de nuevo le dobló la muñeca. La pierna le asfixiaba.

– A partir de ahora cada mujer que te vea, sea la socorrista de la playa o una bañista, sea una trabajadora de un comercio o una cliente, sea una niña o una mujer de mi edad, todas podrán torturarte y humillarte como quieran, además de que tendrán el mismo derecho que nosotras a beneficiarse de tu esclavitud.

A parte del castigo que él mismo sugirió y la advertencia de su madre, la rutina se repetía; ellas salían a la playa y él se quedaba para limpiar y cocinar, luego les servía la comida y hacía la compra que le encargaban.

Habían pasado varios días desde que conoció a la amiga de su tía, pero no salía del apartamento.

Por la noche pese a la lluvia Patricia le dice a su primo que le compre un helado de chocolate.

– Vamos Abel, si me quieres irás a comprar – insistió acariciándole – ¿Qué crees que te dirá tu madre si le preguntas a ella?

Abel se estuvo mordiendo la lengua; sabía que Patricia tenía razón; por algún motivo que no entendía su madre le hacía obedecer cualquier exigencia que le mandaran. Abel permaneció en silencio delante de su prima.

– Bueno, si no quieres ir a comprar ponte de rodillas delante de mí.

Al joven le pareció mas simple arrodillarse ante ella que comprar algo con ese deluvio, así que se arrodilló.

– Ahora besa mi mano – ordenó su prima tendiéndole la mano derecha ante él.

Él la besó con devoción, su prima rodeó su cabeza y la undió en su abdomen, la undió con fuerza, sabía que Abel se estaba asfixiando; él era mucho mas fuerte que Patricia, pudo haberse apartado de ella usando la fuerza bruta, pero no lo intentó, sencillamente se limitó a darle suaves palmadas para no hacerle demasiado daño; la joven sonreía sometiendo a su primo, sabía que él no intentaría resistirse.

– ¿Quieres que te suelte, primo?

Abel siguió dándole palmadas con la esperanza de que lo interpretara como una afirmación.

– Muy bien, en ese caso acaríciame.

El pobre Abel acarició las piernas de su prima.

– Por debajo de la falda, imbecil.

Abel introdijo las manos por debajo de la falda larga de color granate que llevaba Patricia y empezó acariciando su delicada y suave piel, Abel estaba desesperado, estaba desolado, pero su prima no tenía ninguna prisa en liverarle, después de unas sucesivas caricias ella le liveró; Abel cogió aire de nuevo, cuando fue liverado casi estaba convecido de que no le soltaría.

– Ahora agáchate y besa mis pies, insecto.

Por primera vez Abel tenía miedo de su prima, por lo que obedeció de inmediato. Besó un pie y cuando iba a besar el otro, levantó uno de sus pies y pisoteó la cabeza del pobre muchacho.

– Escucha desgraciado, cada vez que te de una orden quiero que la obedezcas de inmediato – advirtió apartando el pie de su rostro agachándose para besarle en la frente – ahora levanta y sal a comprarme el helado.

– Voy en seguida, señorita Cordellat.

Cogió su dinero y bajó corriendo. Aprendió la lección.

Como en muchas ocasiones, estaba lleno de vergüenza, pero en esta ocasión fue porque hasta ese momento no había salido del apartamento y tuvo que hacerlo travestido, con ropa femenina; llevaba su camiseta de Hello Kitty, sus medias blancas que cubrían la totalidad de sus piernas y unos shorts, un pantalón rosa que llegaba desde la cadera hasta unos cm de las piernas, tan ajustados que le producían un tremendo dolor en los genitales, pero no podía protestar por ello.

Cuando llegó a la heladería pidió el capricho que se le había encargado. La empleada le recibió con una bella sonrisa; era joven, muy joven; posiblemente de 18 años recién cumplido.

– ¡Tú eres el críado de Patricia! – exclamó emocionada – ¿Qué, te aprieta la ropa? ¿Te duelen los genitales? si de mí dependieras te los aplastaría constantemente – avisó con burla y desprecio.

Pero él no quiso protestar ni quejarse, porque sabía que su familia se enteraría de ello y le costaría caro.

Al volver le entregó el helado y permaneció delante de su familia, firme y dispuesto para cumplir cualquier otra orden.

Como castigo por renegar Patricia decidió inmobilizarle en el balcón atándole a la varandilla, según dice, para que se acostumbrara a permanecer bajo la lluvia, por lo que quedaría totalmente expuesto. Abel intentó resistirse pero una vez mas fue incapaz de desobedecer. Pasó la noche a la intemperie, expuesto a la lluvia, indefenso, inmovil, inconsolable…

Después de unas tres interminables horas dejó de llover, pero su familia ya se había acostado; Abel empezó a sentir que le picaban los mosquitos, pero no eran mosquitos corrientes; éstos le infrigían un daño atroz, mas daño del que podía imaginar. Lo minutos pasaban y a Abel le parecían horas, los mosquitos no dejaban de aparecer.

Por la mañana se levantó o mejor dicho, se despertó, sintiendo el sol de la mañána, dándole de lleno en la cara y el enorme dolor de las picaduras recibidas por la ingerte cantidad de mosquitos… No sabía que hora era, pero en esa época del año amanecía aproximadame a las 6:40; y Abél tendría que aguantar mas o menos 2 horas, hasta que alguien se levantara y le soltara. No tenía mas remedio que aguantar hasta que fuera liverado; o mas bien hasta que fuera desatado, porque ya no había manera de liberarle de la vida que le impusieron. Pensó en gritar para pedir ayuda, pero decidió no hacerlo para evitar enfadar a su familia.

Después de una interminable espera Apareció la joven, únicamente con un bikini de color salmón y el cepillo de dientes de Abel, le preguntó si había dormido bien.

– Por supuesto que no – respondió él, alterado.

– ¿A qué viene ese genio? Tomar el sol a primera hora de la mañana no te sienta bien, o qué? Ah, claro, parece mentira que ayer lloviera tanto y ahora haga un sol… de justicia; de todas formas te entiendo, si alguien me la jugara como yo te hice ayer también estaría cabreada; pero haz un esfuerzo, que sólo son las 10:00 de la mañana, y en este momento soy yo la que tiene el poder sobre ti. Venga habre la boca.

– «¿Las 10:00? ¿Significa eso que he estado aproximadamente 3 horas y media despierto?»

Natalia se tumbó sobre su primo, le besó en la frente, le entaponó la nariz y le dijo que abriera la boca.

– Vamos ¿A qué esperas? Sabes que la vas a abrir.

Finalmente se le acabó la paciencia, pese a que estaba convencida de que antes o después acabaría cediendo le dio un rodillazo en la zona genital.

– ¡Qué la abras, desgraciado!

Abel abrió la boca casi de inmediato y su prima aprovechó para introducir su cepillo de dientes; le estuvo cepillando la parte interior de la garganta un buen rato, le produjo un tremendo dolor y grandes arcadas; instintivamente se movía para resitirse, pero no pudo hacer nada.

Finalmente le desató, pero Abel no se planteó atacarla ni escapar.

La rutina se repetía, él se duchaba, ordenaba las habitaciones, limpiaba el apartamento, servía el desayuno y la comida, y mientras él se dedicaba a hacer las tareas domésticas, su familia salía para divertirse y relajarse.

Mientras él estaba fregando el apartamento alguien llamó a la puerta; él abrió de inmediato y entró una hermosa joven, con mucha seguridad; desde el peincipio le estuvo dando empujones; Abel se vió obligado a retroceder; no solo estaba humillado por recibirla travestido, sino que también estaba lleno de impotencia, porque no fue capaz de defenderse ni de huir.

sumiso

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