En el apartamento do la playa IV

Alguien acababa de llamar; el joven estaba intrigado, aterrado, no sabía quien podría ser, o qué querrían de él. Abrió de inmediato y entró una hermosa joven, con mucha seguridad; desde el peincipio le estuvo dando empujones; Abel se vió obligado a retroceder; no solo estaba humillado por recibirla travestido, sino que también estaba lleno de impotencia, porque no fue capaz de defenderse ni de huir.

– Muy bien, ¿donde tienes la vajilla?

– En la cocina, pero en el aparador del salón tengo de mjor calidad – respondió como un tartamudo.

– Venga, date prisa en sacarlo todo de su sitio – ordenó imperativa, con una macabra sonrisa – quiero que lo dejes todo en la salita, la loza y la cubertería también, ¿me has oído?

– Sí señorita Cordellat– respondió lloroso.

– ¡Y date prisa, asqueroso marica, tengo poco tiempo!

Estaba tan bien vestida y tan bella que no podía razonar, sencillamente se limitaba a hacer lo que la joven extraña le ordenaba. Llevaba un vestido marrón que le cubría poco mas que a las roillas, los ojos eran marrones, se había puesto brilo de labios y el pelo era rizado.

La extraña esperó paciente a que Abel hiciera lo que se le había ordenado y finalmente le besó en los labios; le besó con tanta segurida y soberbia que consiguió que el sumiso se sintiera completamente insignificante y miserable, le besó metiendo la lengua hasta la campanilla, mientras le abrazaba con todas sus fuerzas, le abrazó y besó con tanta fuerza que empezó a creer que era suyo.

– Microbio, recuerda que dentro de poco tú me pertenecerás – advirtió con su sonrisa.

Al momentó le asestó un rodillazo sin contemplaciones, para verle retorciéndose de dolor y lamentándose. La joven le pisoteó las manos con sus zapatos. Finalmente se fue del apartamento, no sin antes darle una última advertencia.

– Perro, mira como has dejado el apartamento, haz lo que tengas que hacer o tus propietarias se enfadarán contigo – sugirió la extraña mientras se iba.

Abel se estuvo lamentando unos minutos por el tremendo dolor y humillación que sentía por culpa de esa extraña joven.

Al cabo de un rato se levantó de nuevo y empezó a recogerlo todo; pero antes de que guardara siquiera la mitad de las cosas llegó su madre, quien al ver el tremendo desorden le riñó duramente.

– ¿Pero qué demonios es esto?

– Lo siento mucho señora, pero alguien ha entrado y me ha exigido que saque todo estó – respondió con la mirada baja.

– ¿Pero que estupidez es esa? ¿Viene alguien y sólo porque te diga que saques la vagilla y todo tú lo haces?

– Sí, doña Inés.

– Pues no pienso consentir que esto se repita, si vuelve a pasar me desaré de tí; pero no esperes que te eche de casa, lo que haré será entregarte a una amiga para que le sirvas a ella.

– Doña Inés, no tenía elección, de verdad.

– No intentes excusarte, haz el favor, y te aseguro que si te entrego a alguien me aseguraré de que sea aún mas cruel que nosottras. ¿Te queda claro?

– Sí señora Inés.

– Venga recoge todo esto y termina de limpiar el apartamento antes de hacer la comida. Si se te hace tarde definitivamente te entregaré. Si no estás conforme dímelo, te aseguro que no me cuesta nada buscarte una familia sólo de mujeres como está.

Abel no soportaba las palabras de su madre, estaba deseando protestar, pero sabía que no podía perder el tiempo, debía hacer lo que le había ordenado su madre.

Además en aquella ocasión por la tarde fue su madre la que le compró la ropa; iba acompañada de su sobrina Patricia.

Le habían comprado una falda larga de verano color salmón. Unas sandalias de mujer y una camiseta con encajes, para dormir le habían comprado un pijama rosa intenso; el diseño era infantil como el de una niña de seis u ocho años, pero de la talla de Abel, era rosa claro con corazoncitos de color rosa fuerte; varias medias de diversos colores, distintos tipos de calzado, tres bikinis, uno púrpura, otro salmón y otro turquesa; tambien le habían comprado un corset rosa completamente cursi; a partir de esntonces le hicieron trabajar todas las mañanas con una minifalda o un pantalón ajustado, el corset, unas medias rosas y con las uñas y la cara maquillada; después de comer se cambiaría para ponerse de vez en cuando la falda salmón, pero el corset siempre se lo quitaba para llevar algo mas discreto, algo para hacer la compra y otros encargos.

Los días pasaron y pasaron, de momento nole hacían limpiaren otros apartamentos; eso le alivió un poco; llegó un día en que su madre le llevó a un lugar para que le perforaran las orejas; empezaría a llevar pendientes; serían unos diamantes en forma de rombos. También le abían dado una pulsera y un collar. Había comenzado la feminación de Abel. Luego le llevaron a una peluquería del pueblo, donde se tiñó el pelo de rosa. Abel estaba horrorizado con el nuevo trato que le daba incluso su madre, pero sabía que no valía la pena rebelarse contra su autoridad, estaba totalmente resignado.

Por la noche Abel se encontraba como de costumbre en el apartamento a cuatro patas en el suelo sirviendo de taburete. Su madre había salido a cenar con las amigas y Patricia se encontraba en su cuarto preparándose para salir de fiesta.

– ¿Te molestan los mosquitos, Pastelito?

– No mucho doña Elena, puedo soportarlos.

– ¿Estás seguro? Puedo dejarte repelente.

– Bueno si me lo deja se lo agradecería mucho.

– Está bien te lo dejo, pero a cambio quiero que hagas algo.

– ¿El qué, doña Elena?

– Quiero que vayas a la habitación de Patricia y le pidas el esmalte de uñas granate porque te las quieres pintar; di que quieres pintarte las uñas.

– Doña Elena, por favor, no me pida eso.

– Yo no pido nada, lo que digo es que si quieres llevar repelente tendrás que pedirle eso a mi hija y tendrás que pintare delante de mí.

– No puedo pedirle eso – respondió llorando.

– Como quieras, pero olvídate de dormir sin mosquitos.

Abel se lamentó, estaba dudando por semejante dilema. ¿Los mosquitos, o el esmalte de uñas? Su tía se lo había puesto muy dificil; Abel se lamentaba por la duda; finalmente tomó una decisión.

– Pero antes sécate las lágrimas, no quiero que te vea así.

– Está bien doña Elena, ahora voy a pedírselo.

– Date prisa – ordenó empujándole con el pie.

El sobrino sumiso de Elena se levantó y fue al cuarto de su prima.

– ¿Señorita Cordellat? – dijo llamando a la puerta.

– Adelante. ¿Qué pasa?

– ¿Puede dejarme el pintauñas granate, por favor?

– ¿Por qué? ¿Mi madre te ha dicho que le pintes las uñas?

– No señorita Cordellat.

– ¿Entonces?

Abel no respondía, permaneció en silencio sin saber como explicárselo, estaba tremendamente ruborizado delante de su prima, lo cual le daba aún mas vergüenza.

– ¿Qué pasa? Me lo puedes decir – añadió con una sonrisa.

– Me gustaría pintarme las uñas.

– ¿Qué dices? ¿De verdad te quieres pintar las uñas? Veo que vas madurando.

– Sí señorita Cordellat.

Patricia cogió el esmalte que le había pedido Abel y extendió el brazo con la pintura de uñas en la mano. Abel trató de cogerlo.

– Dime una cosa. – añadió Patricia cerrando la mano – ¿Por qué me llamas por mi apellido? Nunca lo habías hecho.

– Empiezo a tenerle respeto, señorita Cordellat.

– Ah. ¿Y antes no me respetabas? Pues te voy a convertir en la persona mas respetuosa del mundo.

– Me haría mucha ilusión señorita Cordellat.

Patricia no solo heredó el primer apellido de su madre, sino los dos. Tan pronto como Elena se quedó embarazada de ella decidió apartar a su marido de la familia y lo cierto es que no le costó nada inducirle para que se fuera sin oponerse ni reclamar las propiedas que le correspondían; con el divorcio se benefició casi de todos sus bienes y no volvió a saber nada de él; Inés aprendió de su hermana menor y decidió hacer lo mismo con su marido, cuando la mayor de las dos se quedó embarazada de Felicia; el único hombre al que quería y necesitaba era su sumiso hijo, a quien ha querido someter desde el principio. Ella también se las arregló para cambiar el primer apellido de Abel por los dos suyos.

Abel fue a la salita y colocó la pintura en la mesa.

– Espera, píntate primero las de los pies – ordenó Elena.

Abel se quitó el calzado y comenzó a pintarse delante de su tía. Ella observaba atentamente el espectáculo, viendo a su sobrino obedecer rigurosamente sus órdenes; atormentándose y lamentándose por su situación, pero obedecía cualquier órden que se le daba, y eso era lo único que importaba. Pratricia entró en el salón. No podía creerse que su primo estuviera tan sometido. Abel sentía mucha vergüenza pintándose delante de su tia y su prima. Pero más vergüenza sentía cuando su prima se acercó por detrás, acarició su cara y sintió el calor de sus manos.

– Bien, Pastelito, creo que ya es hora de prestarte a nuestras amigas. Fuite tú el que dijo que podrías limpiar en sus apartámentos – informó con una macabra sonrisa, que daba a entender lo que le esperaba. Pero el sumiso, no tenía más que una ligera idea de lo mal que le tratarían,

Patricia llevaba toda la mañana gritándole a su primo para que se diera prisa en salir.

– ¡Venga, perro, no tengo todo el día! ¡Y recuerda que luego tienes que limpiar este apartamento, así que muévete!

El pobre Abel, se preparaba tan rápido como pudo, pero evidentemente para su prima, no era demasiado rápido.

La finca a la que se dirigían estaba a unos dos minutos de ellos; dos minutos que daban para mucho, daban para mucha vergüenza, mucha humillación, mucha tortura, mucho sufrimiento… El pobre sumiso lo estaba pasando mal, muy mal, pero ella, completamente ajena al desagrado y la vergüenza que le hacía pasar, no dejaba de reírse en su cara, de reprocharle que fuera tan miserablemente degradado. Le llevaba por la calle a empujones, sin que nadie que pudiera verles mostrara un mínimo de compasión, de piedad, de interés por sacarle de ese enorme tormento…

entraron en la finca y en el ascensor; tan pronto como salieron de él, ella le cogió del pelo y como si fuera un maletín, le llevó a la puerta correspondiente, donde pegaría su insignificante cabeza de chorlito (o así la describía ella) la puerta en cuestión, llamó al timbre y en el momento que la puerta empezó a abrirse ella la empujó con la cabeza de su atormentado primo. La persona que les había abierto era Lorena, la amiga de su tía que entró en el apartamento.

– Te dejo esto – informó Patricia, soltándole como si fuera un objeto sin valor alguno -. No hace falta que seas muy amable con él, no significa nada para nosotras.

El joven, tan pronto como pudo se levantó, y se puso firme frente a ellas.

– Sí, me di cuenta cuando le vi en vuetro apartamento; no paraban de golpearle.

– Pues eso, cuando termines con él dile que vuelva con nosotras.

La joven, carente de sentimientos de afecto hacia el «pastelito» le dio una última advertencia.

– ¡En cuanto a ti, quiero que te quedes hasta que ellas vuelvan – advirtió partiéndole la cara sin contenerse – si no has hecho bien tu trabajo podrán castigarte como les plazca! ¿Te enteras, asqueroso desgraciado?

– Sí, señorita Cordellat, como usted ordene.

Patricia se acercó un poco a Lorena y le dijo algo en voz baja, pero no muy bajo, por lo que él lo pudo oir y su miedo aumentaba rápidamente.

– Bueno, si quieres, le puedes castigar como quieras; él no ofrecerá ninguna resistencia, aunque el castigo sea torturarle físicamente – rió Patricia.

– Está bién, lo tendré en cuenta; dale las gracias a tu madre de mi parte.

– He, por fin vienes a verme – dijo alguien que estaba detrás de él -. ¿Has venido a verme? ¿Me echabas de menos? Sabía que no podrías estar mucho tiempo sin mí.

Al oir esa voz el sumiso sintió un tremendo nudo en el estómago. Esa voz le resultaba familiar, ya la había oído en una ocasión y tenía la esperanza de no tener que oírla de nuevo. Abel se dio la vuelta y… efectivamente…

– ¿Ya os conocíais, Mireia? – preguntó su prima extrañada -. Eso no es posible, nunca había salido de mi apartamento, excepto para hacer algunos recados, pero los sitios a los que le hemos mandado están un poco lejos de aquí, no sueles creo que hayais coincidido.

El sumiso estaba cada vez mas rojo, más nervioso, mas sudoro.

– Anda, dile de qué nos conocemos, Pastelito – sugirió acercándose, risueña y juguetona, para luego abrazarle y besarle.

Conforme ella se acercaba estaba más bloqueado.

– ¿Lo vas a decir, o no, Pastelito?

Pero él, que estaba nuevamente siendo acosado por los besos de su anfitriona.

– Bueno, en vista de que no lo vas a decir lo digo yo. Verás, poco después de que nos dijeras qué habeis hecho con él, quise comprobarlo yo misma; le dije que dejara los platos fuera du su sitio; creo que no tuvo tiempo de recogerlo todo y terminar su trabajo.

– ¡Anda, osea que dijo la verdad! Pobrecito, y nosotras riñendole por el desorden que hizo – añadió con un tono de pena, mientras le daba un beso en la frente – y resulta que no tuvo la culpa.

Pero tenía muy claro que no sentía ninguna pena, que se divertía mucho a su costa, que su esclavitud se prolongaría; pero él poco podía hacer; o mejor dicho, nada podía hacer.

– Bueno, ahora sí que me voy; como os he dicho si no quedais satisfechas podeis castigarle como os plazca. Y si quedais satisfechas podeis castigarle de todas formas. Me da igual.

– ¿Su madre no se molestará? – preguntó Mireia, curiosa.

– ¿Qué madre? Cuando le propuse el plan de someterle estaba encantada. Además, tenías que haber visto como se puso cuando le interrumpiste en el aparatamento. Venga, hasta luego.

Finalmente Patricia salió del apartamento totalmente consiciente y despreocupada del futuro que le esperaba a su sumiso primo.

Él ya no sabía qué hacer, ni qué decir; tendría que limpiar, pero no sabía por donde tendría que empezar.

– ¡Vamos perro, te han traído para trabajar, así que muévete!

– Sí señorita. ¿Por donde quiere que empiece?

– ¡Para empezar quiero que te arrastres por el suelo! ¡No sé que normas te habrá puesto tu Ama! ¡Pero aquí debes tener la cabeza de chorlito a ras del suelo! -exclamó cogiéndole de la cabellera para tirarle de inmediato al suelo-. ¡Debes mantener la mirada al suelo! ¡Sólo podrás levántar la vista o ponerte de pie cuando sea estrictamente necesario! ¡Te queda claro microbio!

– Si señorita, perfectamente -respondió el sumiso, totalmente resignado y humillado; de hecho ya no recordaba cómo era la vidasin esas sensaciones.

– Bien, sígueme como el perro faldelo y sumiso que eres; te voy a decir donde tienes los productos de limpieza y cómo funcionan los electrodomésticos.

– Si señorita.

Mireia observaba al sumiso, viendo que efectivamente, la seguía por el apartamento; comprendía que tenía absoluto dominio él, le presionaba tanto como pudo, pero no estaba del todo satisfecha.

Después de explicar lo que tenía que saber, empezó a prepararse para salir; la joven, claro. Depués de arreglarse empezó a ver la televisión, cómo hacía todas las mañanas.

El sumiso, por su parte se dispuso a coomenzar su trabajo, pero al reconocer unos pies que tenía delante de él se detuvo; unos pies que no eran de Mireia.

– Señora, ¿desea decirme algo?

– ¿Para qué? Mi hija lo ha explicado bastante bien -era Lorena, la amiga de su tía.

– Muy bien; en ese caso me podré a trabajar.

– Bueno, en realidad sí que hay algo que quiero preguntarte -comentó risueña.

– Bien, usted dirá.

– ¿Si te aplasto la cabeza a pisotones te esforzarías de todas formas poar cumplir con tus obligaciones? Tengo entendido que aun quedando satisfecha te puedo castigar de todas formas.

– Si señora, es verdad.

– ¿Y si te digo que luego pienso torturarte también, te esforzarías?

– Sí señora, es mi obligación obedecer en todo lo que me digan y aguantar cualquier cosa que deseen.

– A ver si es verdad -añadió colocando su pie sobre la cabeza de «Pastelito»-. Y hazte a la idea de que luego pienso hacerte sufrir.

– Sí señora, como usted desee.

Lorena dejó al «elemento», para dejar que comenzara a trabajar. Empezó por ordenas las habitaciones, cambiar las sábanas de las camas, luego cogió el cubo de fregar, lo llenó, comenzó a fregar el suelo…

Mireia quiso comprobar si trabajaba bien; para su desgracia no parecía muy eficiente. Se quitó un zapato y empezó agritarle y golpearle por detrás.

– ¡¡Vamos, miserable!! ¡¡No has venido de vacaciones!! ¡¡Tu vida no va a cambiar!! ¡¡Así que hazte un vavor y ponte las pilas!! ¡¡Por tu bien, aplícate de una vez y acostúmbrate a este tipo de vida porque no dejarás de sufrir!!

– Sí señorita… -respondió el sumiso, llorando desconsoladamente.

– ¡¡No digas «sí señorita», has venido para trabajar, no para hablar!! -Interrumpió ella, disfrutando por primera vez, demostrando la crueldad que llevaba dentro -. ¡¡Y deja de llorar!! ¡¡Guárdate las lágrimas para alguien que le importe!! -exigió ella sin dejar de golpear- ¡¡¿Me oyes?!! ¡¡Deja de llorar, deja de llorar, deja de llorar!! ¡¡dejaré de golpearte cuando dejes de llorar como una niña!!

Pero él seguía y seguía llorando. No podía parar mientras recibía semejante paliza; y ella lo sabía; en lugar de eso seguía trabajando mientras lloraba.

– ¡¡Pero no pases por ahí, estúpido!! ¡¡Acababas de fregar y no solo has dejado huellas, sino que me has hecho dejarlas a mí también!!

Abel no podía razonar; sometido a esa presión ya no sabía hacia donde ir; evidentemente pasó por un lugar que acababa de fregar.

Mireia estaba perdiendo el aliento; sus gritos y sus agresiones ya no eran tan fuertes; y su madre se percató de ello.

– Lorena, cielo, ¿quieres que yo le riña en tu lugar? ¿Pareces cansada?

– Gracias, mamá. A este desgraciado que tiene que aguantar su prima hace falta reformarlo enserio.

Madre e hija vieron que el sumiso dejó de trabajar; en lugar de eso se estuvo lamentando por la paliza que acababa de recibir… y la que recibiría de inmediato.

– Vamos, perro. ¿Te tienen que motivar a base de palizas y agresiones para que sigas trabajando? ¿Es así como trabajas para tus… propietarias?

– No señora, es la primera vez que me agreden mientras me hacen trabajar.

– ¿Y quedan complacidas? No me lo creo -respondió la señora con tono despectivo.

Y así trabajaba en el apartamento de las amigas de sus… propietarias. No sabía qué hora era cuando había terminado, no se atrevía a pensarlo, pero aquello sólo era el principio.

– Muy bien, voy a ver como has dejado el apartamento; espera con mi hija hasta que termine.

– Bésame los pies, quiero sentir tus besitos mientras tienes la suerte de estar en mi presencia.

– Sí señorita -respondió él, obedeciendo de inmediato.

Cada beso que le daba era era totalmente degradante. Besar los pies de aquella joven y hermosa, pero cruel y diavólica a la vez no tenía nombre. Los pies eran suaves y olían bien, pero al tratarse de Mieria, en cada beso sentía el sabor de la amargura, la crueldad y la prepotencia absoluta.

– ¿Te gusta bersar mis pies, Pastelito?

– Sí señorita, huelen bien,

Cada beso, ella lo recibía con agrado, con satisfacción… ella disfrutaba viéndole en ese sitio, a sus pies, más degradado y humillado de lo que una persona civilicada en el siglo XXI hubiera imaginado.

– No estarás resentido, ¿verdad? Por el cálido trato que te hemos dado mi madre y yo; creo que deberías estar acostumbrado.

– No señorita, comprendo que tienen todo el derecho del mundo a humillarme como deseen.

Pero él estaba totalmente destrozado por dentro, desmoralizado, sin comprender como había llegado a esa situación.

– Para ser la primera vez no está mal… del todo -añadió Lorena, que acababa de terminar la inspección.

La señora se acercó al sumiso y le pisoteó la mano, le dio otro pisotón, y otro, y otro… le cogió del pelo con una mano y con la otra empezó a golpearle con el zapato en el culo; le golpeaba incansable, lejos de dar la impresión que pararía en un momento; en efecto, le golpeaba consatemente sin mostrar piedad. Mieria por su parte, sonreía delante de ellos; por la mirada del sumiso, se dio cuenta de que se moría de ganas por suplicar que pararan,

– Muy bien, Pastelito, vuelve al apartamento de tus Amas. De momento no quiero volever a verte.

Entonces él se levantó de inmediato y salió corriendo de ahí; pero sabía muy bien que la situación no sería para nada mejor en el lugar al que se dirígía.

Tan pronto como llegó se cruzó con Patricia, quien le apartó de un empujón para salir del apartamento. Él se quedó para hacer las mismas labores de la limpieza.

El tiempo pasaba y Abel era día a día mas obediente y las féminas no tenían intención de ceder ni mostrar ninguna compasión por el sumiso de la familia; desgraciadamente Abel ya se había olvidado de escapar de su familia y estaba definitivamente resignado a permanecer al servicio de su prima, su madre y su tía.

Después de llevar diez días con la nueva rutina que le había impuesto su madre, se tomó un desayuno, entró en la ducha, se aseó y mientras se vestía se dió cuenta de que su cuerpo estaba totalmente depilado; de hecho, a exceepción de las cejas, las pestañas y la cabeza no volvió a tener pelo casi desde que llegó al apartamento y salió para iniciar una nueva jornada. En esta ocasión llevaba una falda corta rosa, unas medias transparentes y sumamente brillantes y un corset que tenía un pelaje púrpura en el borde y un plumero en la cola; era todavía mas cursi que el anterior. El pelo le había crecido relativamente rápido desde que llegó, lo suficiente como para llevar una trenza en un lateral.

– «Genial, ahora me hacen usar un chapú especial para que me crezca el pelo».

– ¿Pastelito, me puedes ordenar, la habitación? – preguntó su prima, que le esperaba desde el pasillo.

– Claro Patricia, estoy para servirla.

– Señorita Cordellat. Recuerda que tienes prohibido pronunciar mi nombre.

– Sí señorita Cordellat, no me acordaba.

El tiempo pasaba y pasaba y pasaba… y Abel era cada vez mas sumiso; cada vez le torturaban mas y mas; siempre protestaba, pero el fuerte caracter de su madre y la belleza abrumadora de su prima doblegaban facilemte su voluntad.

El tiempo pasaba y Abel era día a día mas obediente y las féminas no tenían intención de ceder ni mostrar ninguna compasión por el sumiso de la familia; desgraciadamente Abel ya se había olvidado de escapar de su familia y estaba definitivamente resignado a ser esclavo de su prima, su madre y su tía.

Ya habían pasado diez días desde que su madre le impuso una nueva rutina, desayunaba, entraba en la ducha, se aseaba y salía para iniciar una nueva jornada. En esta ocasión llevaba una falda corta rosa, unas medias transparentes y sumamente brillantes y un corset que tenía un pelaje púrpura en el borde y un plumero en la cola; era todavía mas cursi que el anterior. El pelo ya lo llevaba bastante largo; no entendía por qué, pero había crecido suficiente para llevar una trenza en un lateral.

– ¿Pastelito, me puedes ordenar, la habitación? – preguntó su prima, que le esperaba en el pasillo.

– Claro Patricia, estoy para servirla.

– Señorita Coredellat. Recuerda que tienes prohibido pronunciar mi nombre.

– Sí señorita Cordellat, no me acordaba.

El tiempo pasaba y pasaba y pasaba… Abel era cada vez mas sumiso; cada vez le torturaban mas y mas; siempre protestaba, pero el fuerte caracter de su madre y la belleza abrumadora de su prima doblegaban facilmente su voluntad; y su pelo, empezó a preocuparle seriamente que creciera tan rápido; evidentemente eso no era normal.

En una ocasión Inés le dijo a Abel que debía llevar un body granate y unas medias del mismo color.

– ¿Sabes? Estoy pensando que hasta ahora no nos has dicho que te gusta la ropa que te estamos regalando, ni una sola vez. Nos gusta como te queda, creo que te favorece bastante y nos encanta verte tan feliz cuando llevas ropa femenina y ni si quiera nos has dado las gracias – explicó dándole un tierno beso en la frente – ¿vas a decirme que no te gusta? Me sentiría muy triste si mantienes esa actitud.

– Está bien, mi señora. – respondió él entre lágrimas.

– ¿Vas a decirme de una vez que te gusta?

– Es precioso. Le agradezco que me lo haya regalado.

Inés se aseó y se preparó para ir a la playa y le dio una nueva noticia a su hijo.

– Venga, coge la barra de labios y píntame – ordenó tendíendole uno color marrón.

Depués de pintar a su madre, ella le ordenó que también se pintara los suyos mientras; el obedeció mientras seguía escuchando las instrucciones de su madre.

– Recuerda que hoy viene Felicia; quiero que le digas que te hemos repudiado de la familia, que tienes que obedecerla en todo, que eres nuestro esclavo, que no puedes protestar por nada del mundo y que si quiere aplastarte está en todo su derecho. Por cierto, ¿ya que tienes el pelo bastante largo por qué no te haces un moño? Que vea que estamos haciendo de ti, una persona afeminada.

– Si mi señora, conozco muy bien mi situación, no hace falta que me la recuerde.

– No contestes así – advirtió partiéndole la cara – puedo explicarte las cosas tantas veces como quiera sin que puedas decir nada. Ya deberías saberlo.

– Lo siento mucho, doña Inés; pero me lo recuerda todas las mañanas.

– Te lo recordaré hasta que comprendas que te lo puedo explicar todo el día si quiero y hasta que me canse – advirtió dándole otra bofetada a su hijo.

– Sí mi señora, lo entiendo.

– No digas que lo entiendes, metes la pata cada vez que hablas – dijo su madre mientras observaba el rostro de su hijo para comprobar que no se había corrido el carmín a causa de las bofetadas.

Inés suspiró al ver que el carmín seguía en su sitio.

– No te pintes el resto de la cara, si mi hija te tortura puede que el te haga llorar, lo cual no me extrañaría nada, eres demasiado blando.

– Sí, mi señora.

– Otra cosa, antes de que llegue quiero que te hayas perfumado; te tiene que ver totalmente afeminado.

– Sí mi señora, lo haré tan pronto como salgan ustedes.

Las féminas se fueron del apartamento, pero antes de que saliera Natalia le dio un empujón contra la pared, y le clavó los dedos bajo las costillas para apretar sin ninguna compasión. Cuando Abel se quedó solo acudió al aseo, para echarse perfume y continuó limpiando el suelo; después empezó a poner la lavadora.

Llegó alguien al apartamento. Era Felicia, su detestada hermana menor. Llevaba una falda larga de verano color turquesa, unos zapatos de tacón con una plataforma que incrementaba su altura y un jersei blanco de lana fina sin mangas, con encajes en los ombros.

Estaba tan avergonzado como horrorizado, pues tenía la seguridad de que tan pronto como comprendiera la situación en la que se encontraba no dejaría de aplastarle tanto física como moralmente, pero también estaba seguro de que antes o después debía explicárselo y si era antes, sería mejor para él, o tal vez no, pero en cualquier caso no importaba. Felicia sonrió de oreja a oreja, al ver travestido y humillado a su hermano, maquillado, perfumado y con el pelo teñido de rosa, con un moño bastante elaborado. En el momento que se vieron él se arrodilló de inmediato.

– Buenos días señorita Cordellat. ¿Quiere que le lleve el equipaje?

Felicia no dijo nada, no tenía palabras ni sabía como reaccionar después de la sorpresa de ver a su hermano totalmente renovado y dispuesto desde el principio a ser aparentemente su esclavo.

La incertidumbre se prolongaba, Felicia no reaccionaba pero Abel debía esperar paciente a que tomara una decisión. Mientras esperaba se retraía pues él, que tenía un poco de enanismo medía un metro sesenta y cinco, por lo que su hermana con un metro setenta y seis y un calzado con seis centímetros de altura era considerablemente mas alta.

Ella seguía callada, por lo que su hermano insistió.

– ¿Señorita Cordellat, por favor, puedo llevarle el equipaje a su habitación?

– Em sí, adelante – respondió finalmente.

– Muchas gracias, señorita Cordellat.

– ¿Que haces así? ¿Eres marica?

– Su familia me ha repudiado – respondió mientras llevaba la maleta de su hermana al dormitorio de su prima pues dormirían las dos juntas – al parecer su madre llevaba toda la vida deseando hacer esto, pero no sé por qué no lo había hecho hasta ahora; ahora me visto como me ordenen las mujeres de la familia.

– ¿También tienes que pintarte las uñas, los labios y el pelo? – preguntó incrédula.

– Sí señorita. Debo mostrarme como me ordenen, normalmente también me dicen que me maquille la cara, pero en esta ocasión es posible que llore y se corra el maquillaje.

– ¿Llorar? ¿Por qué?

– Usted podría torturarme, y como comprenderá no puedo rebelarme; no debo rebelarme.

– ¿Y qué mas debes hacer?

Esa pregunta era una de las más dificiles en responder; sabía muy bien la respuesta, pero le faltaba valor para hablar con fluidez.

– Vamos dime – insistió ella acariciándole el pelo.

– Si usted desea humillarme, agredirme, torturarme o desea hacerme cualquier otra cosa tiene todo el derecho del mundo a tratarme como le plazca.

– Estás exagerando – respondió la incrédula Felicia sin parar de sonreír.

– Señorita le aseguro que es la verdad. ¿Cree que me humillaría tanto si no estuviera sometido a la autoridad de su madre?

– ¿Mi madre? Tambien es la tuya. ¿De verdad te infravalora tanto como para hacerte esto?

– Sí señorita Cordellat; además, usted tambien lleva toda la vida deseando someterme de este modo, ahora es su oportunidad y yo no puedo hacer nada para resistirme.

– Está bien dame un ejemplo de lo que puedo madarte.

– Puede ordenarme que me siente para que usted se siente encima mía y ordenarme que le haga un masaje.

– Vale pues adelante.

Abel se sentó obligado a cargar con el peso de su hermana; en el momento que ella se sentó sobre él, empezó a hacerle un masaje. La situación era humillante, el joven Abel, de caracter orgulloso que siempre se negaba a concederle nada a su hermana ahora se estaba ofreciendo él mismo para hacerle un masaje, a Felicia, su detestada Felicia, repugnante y odiosa como ella sola, pero estaba más que resignado a complacerla.

– ¿Si escupo en el suelo podría ordenarte que lo recojas con la lengua?

– Sí señorita Cordellat, no lo dude.

– ¿Y si te asfixio tendrías que aguantarte?

– Sí señorita Cordellat, su prima ya lo hizo una vez.

– ¿De verdad? ¿Te gustó la experiencia?

– No señorita Cordellat, fue terrible.

– ¿Podría obligarte a comer alimentos previamente masticados por mí misma, por ejemplo?

– Sí señorita Cordellat, no tendría mas remedio que hacerlo – respondió temiendo que pueda ser mas cruel de lo que había sido su familia hasta el momento.

– ¿Podría vengarme de ti por lo mal que me has tratado hasta ahora?

– Señorita Cordellat, yo nunca la he tratado mal, siempre he sido muy amable con usted.

Felicia se estaba pasando, no es que Abel siempre hubiera sido amable, pero tampoco había tratado especialmente mal a su hermana, de todos modos no tenía elección, ella empezaba a comprenderlo. Él tenía cada vez mas miedo, y Felicia se percató; era consciente de ello y disfrutaba haciéndole ver a su hermano el futuro que le esperaba.

– ¿Estás diciendo que soy una mentirosa?

– No señorita Cordellat, usted nunca miente.

– Pero acabas de decir que siempre has sido amable conmigo. ¿Quien es el mentiroso?

Abel no quería admitirlo, pués estaba seguro de que nunca le había tratado ni mucho menos tan mal como decía Felicia, pero sabía que si no le daba la razón a su carpichosa y maliciosa hermana, los problemas que tenía aumentaban.

– Tiene razón, soy yo el que miente.

– ¿Admites que me has tratado mal y que mereces un duro castigo?

– Si señorita Cordellat, la he tratado mal, muy mal y por ello debo ser castigado como usted considere apropiado.

– ¿Entonces puedo devolverte el daño que me hisciste cuando éramos niños? ¿Puedo exigirte que me pagues por no obedecerme hasta ahora, por no ofrecerte a obedecerme como te estás ofreciendo ahora? ¿Puedo ser tan cruel como me plazca y recuperar el tiempo perdido?

– Sí señorita Cordellat, tiene todo el derecho del mundo a reprocharme que no no haya querido ser su esclavo hasta ahora.

El diálogo que tenía con su cruel, malévola y diavólica hermana le producía un profundo dolor de cabeza, pero sabía que no tenía elección, que debía darle la razón en todo, que no podía protestar.

– ¿Qué estabas haciendo antes de que llegara yo?

– Me ocupaba de las tareas de la limpieza, concretamente estaba poniendo la lavadora.

– ¿Y qué pasa si llega mi madre y ve que no has acabado?

– Supongo que se enfadará, quiere que acabe el trabajo antes de que llegue, pero no he llegado a comprobarlo.

– ¿Te importa que lo comprobemos ahora?

– Si es lo que quiere no me puedo oponer – respondió lleno de temor pués aun recordaba cuando la extraña irrumpió el apartamentó y le obligó a interrumpir su trabajo, pero tenía la esperanza de que si su madre llegaba a ver a su hija comprendería que en esta ocasión no podría oponerse. En cualquier caso, para ella eso no era excusa para justificar que no acabara a tiempo.

– De acuerdo, vamos a comprobarlo. ¿Qué fruta hay?

– Manzanas, peras, cerezas…

– Vale imbecil, ya has hablado bastante; trae unas cuantas cerezas.

– Sí señorita Cordellat. Ahora mismo.

Abel fue a la cocina y volvió con una docena de cerezas en un taper.

– Muy bien, ahora túmbate en el sofá.

Abel se tumbó en el mueble, boca boca abajo y Felicia le ató las manos y las piernas; luego le ordenó que se diera la vuelta y se tumbó encima de su hermano. Empezó a masticar una cereza y la echó en la boca de Abel para obligarle a tragársela, luego masticó otra, y otra, y otra… y así hasta acabar la docena que había cogido de la cocina. Él sentía náuseas, teníendo el rostro de su joven hermana dos años menor que ella, el peso de su hermoso y delgado cuerpo sobre el suyo, sintiendo su aliento y por supuesto saboreando las cerezas previamente masticadas por su risueña hermana. Finalmente se tragó la última cereza.

Ambos permanecieron juntos sin moverse; Abel porque no podía y Felicia simplemente porque quería estar junto a su tierno y sumiso hermano abrazándole como si fuera un muñeco de su propiedad.

– Abre la boca, cielo.

Abel la abrió sin dudarlo, estaba seguro de que no tramaba nada bueno, pero sabía que no tenía elección. Estaba ruborizado por su imponente hermana, no era ni mucho menos tan hermosa como Natalia, pero tampoco se quedaba atrás. Felicia le escupió en el interior de la boca, simplemente para obligarle a tragarse la saliba. Entonces al ver a su hermano humillándose de ese modo comprendió que obedecería absolutamente en todo; hasta ese momento no estaba segura de que fuera un juego, nada mas que un juego o si realmente era un criado, un sujeto no mas valioso que un perro o un esclavo de la edad antigua; pero a partir de ese momento al verle humillándose de ese modo lo tenía claro, Abel estaba al servicio de su familia, quienes le humillaban, le torturaban y le trataban de un modo extremadamente vejatorio.

– Ya basta, por favor – suplicó Abel.

No debió hacerlo, sabía que no tenía derecho a suplicar, pero no aguantaba mas. Felicia le partió la cara.

– ¿No decías que tenías que aceptar cualquier castigo, tortura o lo que que a mí me apeteciera hacerte?

– Sí señorita Cordellat, si quiere seguir está en su derecho, pero le agradecería que me soltara.

– Entonces dime que es un farol, que no tengo derecho a tratarte como me plazca y que mi madre te sigue queriendo como a un hijo – sugirió risueña, deslizando su dedo índice sobre el rostro del abatido Abel.

– No puedo señorita Cordellat, lo que pasa es que no soporto mas esta situación; además tengo que terminar las obligaciones domesticas.

– ¿Qué mas da? Ya no te dará tiempo a acabar antes de que vuelvan de la playa.

– Tengo que acabar las labores de limpieza; le prometo que si me castiga su madre, le pediré que me deje estar junto a usted para abrazarla y dejar que me torture y me humille como quiera.

– Pero yo no quiero esperar a que te castiguen – respondió agarrándole del pelo con una mano y abofeteándole con la otra – quiero que estemos abrazados ahora.

– Como quiera, señorita Cordellat.

– Luego puede que quiera que seas tú el que me abrace – añadió lamiendo la cara de su indefenso hermano.

Abel no dejaba de pensar en la reacción que tendría su madre al verle.

– ¿Sabes qué? Voy a escupir al suelo y quiero que recojas la saliva con la lengua – añadió Felicia relamiéndose los labios, para luego besarle en la frente – así que tírate al suelo.

– Sí señorita – respondió obedeciendo al instante.

Al bajar del sofá y golpearse con el suelo se hizo mucho daño y su hermana lo sabía, pero no le dió ninguna importancia; ella escupió varias veces y le ordenó que recogiera los escupitajos con la lengua, tal y como le había dicho previamente. Abel lamió el suelo, lo lamió como un perro.

– Muy bien, ahora quiero que te subas al sofá, igual que te has bajado.

– Sí señorita Cordellat.

Abel lo intentó, pero no fue capaz, lo intentó varias veces. Felicia dio unos pasos delante de él mientras sonreía disfrutando del espectáculo. Pero al ver que no podía subir estando atado decidió estimularle un poco.

– ¡Vamos sube¡ !Desgraciado, por la cuenta que te trae quiero que subas de una vez! – exclamó golpeándole con un zapato – ¡Sube! ¡Sube! ¡Te he dicho que subas! ¡Obedece, perro!

– No puedo, le digo que no puedo señorita – respondió entre lágrimas.

– ¡Entonces no pararé hasta que venga alguien y me detenga! – informó sin parar de agredir a su indefenso y maltratado hermano – ¡Así que sube de una vez, sube, sube, sube…

sumiso

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