Las desventuras de la profesora

Era una mañana de primavera. No tenía nada particular. Era la última hora. Los chavales estaban haciendo un examen de ciencias, algo que se había hecho habitual por culpa de los exámenes semanales que había impuesto la profesora. Débora llevaba dando clase en aquel instituto diez años sin descanso. Ni siquiera el año que pudo pedir un descanso por su embarazo lo solicitó. La docencia era su vida, su única ilusión. Se levantaba por la mañana para impartir clase y se acostaba pensando en que enseñaría al día siguiente. Pero por desgracia para sus alumnos eso era lo único que tenía de buena profesora. No era querida por ningun alumno, menos aún si cabía por los profesores. Se había ganado mala fama por su conducta arrogante y autoritaria, siempre mirando por encima del hombro a sus compañeros ¿Y por qué no? Pensaba ella. Ella tenía dos doctorados en física y en matemáticas, hablaba tres idiomas y era la jefa del departamento de ciencias del instituto.Para ella los demás no eran más que mera gente que buscaba ganarse la vida aún si el trabajo salía mal. Entre sus alumnos la fama no era tan buscada. Si bien era verdad que ella trataba a los alumnos lo mejor que su actitud le permitía, ella era una mujer muy estricta con las normas, llegando a extremo de rallante. Y todo esto sin contar la pila de suspensos que acumulaba su asignatura, frustrando la vida de cientos de estudiantes. Pero retomemos el día.

 

Aquella mañana no parecía salirse de lo normal. Era un jueves y seguramente tendría tiempo por la tarde para corregir los exámenes. Los jueves no quedaba casi nadie en el instituto por la falta de actividades extraescolares, pero eso era normal en un barrio como aquel. Era un barrio marginal, en el que los jóvenes en el mejor de los casos conseguían un puesto de matón o algo parecido, aunque lo normal es que acabaran como los indigentes que había en la puerta de la institución. En los primeros años de carrera, Débora se había esforzado para que sus estudiantes salieran de esta situación, solo para descubrir que los pocos alumnos brillantes que tenía acababan en algún laboratorio de un sótano preparando alguna sustancia adictiva. Pero ella no se rindió ante tales circunstancias. Si conseguía que al menos un solo estudiante consiguiera prosperar se sentiría realizada.

 

Su marido le había insistido muchas veces que dejara el lugar y optara por otro de mejor prestigio. Y era normal que lo deseara, no por la seguridad de su mujer, sino por el poder presumir de la docencia de su esposa. Los ejecutivos eran todos iguales. Todo aparentar en aquel sórdido mundo. En verdad ella no le amaba. Había sido casi un matrimonio concertado en el que ella aceptó más por el hecho de poder librarse de la carga económica que por una auténtica pasión. Se sacaban unos diez años de diferencia y el aspecto del hombre, poco cuidado por su ritmo de vida, y sus ideas machistas no ayudaba a mejorar la relación. Aún así, fruto de ese “amor” nació su hijo, que desde temprana edad se había criado más por niñeras que por sus padres. Pero eso estaba en el ADN de Débora. Sus padre le había dado una educación estresante, por no decir desquiciante. Siempre la primera en todas las asignaturas, siendo castigada por no sacar matriculas en las asignaturas o por no cumplir el régimen al que le sometían. La falta de presencia de Débora en la educación de su hijo no era porque pensara que era más importante trabajar, sino porque suponía que era mejor para su hijo que una persona como ella no tomara parte en su educación. No era estúpida, sabía de su forma de ser y lo que supondría para su hijo, y se negaba rotundamente a que ese fuera el camino a tomar. Podían permitirse una educación más profesional, el dinero no era un problema. Incluso si ella no trabajara no era un problema, ese era lo que le había permitido seguir trabajando en ese instituto, el hecho de que nunca podrían contratar a alguien por un salario tan mínimo como el suyo, llegando a cobrar menos que los profesores de práctica. Pero ese era parte de su plan. Gracias a eso, pues con esa libertad que le daba, podía manipular como quisiera al instituto, teniendo más poder que el mismísimo director.

 

El sonido de la campana avisó del fin de la clase. Los alumnos soltaron los lápices diligentemente sin hacer ni un solo gesto. Aunque no les importaba la clase ni el examen sabían de primera mano los castigos que solía emplear la profesora ante cualquier insubordinación. En su juventud había aprendido defensa personal y boxeo, y con los años no había dejado de practicarlo, si bien en una menor medida, pero seguía pudiendo apalizar a los jovenes más altos y fuertes de la clase y reducirlos a niños gimoteando. El último de cada fila se levantó y recogió las hojas de atrás hacia delante, dejando una perfecta pila sobre la mesa del profesor. Se levantaron todos los alumnos y se fueron silenciosamente fuera del aula, desatando ya fuera su verdadera naturaleza. Débora sonrió al comprobar que todo funcionaba como siempre, sin altercado, sin vacilación. Y le encantaba. Sentirse tan poderosa le llenaba más que ninguna otra sensación en el mundo y es que era quien controlaba la escuela ¿Quién se opondría a ella? Ni siquiera los matones de la escuela se atrevían tras mandar a uno al hospital por tratar de intimidarla. Ni siquiera los padres la desafiaban ¿Cómo enfrentarse a alguien que sabe donde, cuando y como actuar sin que la ley la perjudique? El instituto estaba en sus manos.

 

Se sentó en la silla, evitando arrugar su chaqueta a juego con su falda de tubo. Aquel look de ejecutiva le hacía sentir fuerte. Llevaba zapatos de tacón y medias de encaje oscuras, que se unían a un liguero por debajo de su tanga de color negro. Una blusa blanca cubría el sujetador negro que mantenía sus enorme busto sujeto. Porque si en algo positivo coincidían todos era en que estaba buenisima. Por extraño que pareciera para la gente, los años la habían tratado de maravilla. Su piel clara era todavía tersa y no amenazaba con dejar de serlo; y su ascendencia nórdica le había conferido unos hermosos ojos azules y un cabello rubio que sujetabas en un moño rizado. Los rasgos eran perfectos, teniendo una buena proporción en ojos-nariz-cejas que con aquel maquillaje de sombra de ojos hipnotizarían a cualquier persona. Los labios, muy claros y poco carnosos era el único “defecto” que se le podía sacar a aquel rostro de pómulos altos y cara fina. Las orejas son pequeñas, con pendientes de perlas de un considerable tamaño. Incluso llevaba un collar de perlas en su cuello, sin siquiera temer que alguien pudiera hacerle algo para quitarlo. Había sido atracada, incluso a punta de pistola y solo habían conseguido irse al hospital con un hueso roto. Su entrenamiento le había conseguido un cuerpo escultural, sin ser innecesariamente tan desarrollado como las culturistas, no. Vientre plano y hombros un poco fuertes como las piernas, pero sus glúteos eran firmes sin ser musculosos y sus pechos estaban venciendo al paso del tiempo, manteniéndose firmes aún con los años sin necesidad de usar sostenes.

 

Estaba al agotada, pero eso no era lo que turbaba. Ahora se enfrentaba a un problema que con el tiempo había sido cada vez más difícil. En estas fechas la testosterona de los jóvenes estaba en ebullición, impregnado cada centímetro del aula en un cóctel de hormonas que no evitaban la estimulación de la mujer. Durante años había conseguido soportarlo, normalmente con algún amante ocasional, ¿si su marido tenía por qué ella no?; pero a causa de una normativa del Ministerio no ha tenido tiempo para buscarse a alguien. Y ahora era un problema. No era de piedra y aunque muy jóvenes para su edad aquellas miradas que la depredaban al pasar no hacían más que aumentar su excitación. Ella conocía a los estudiantes mejor de lo que ellos se creían. Por su pasado había tenido que sustituir a algún profesor en la hora de formación física por diversos motivos. En más de una ocasión había escuchado a los jóvenes en el vestuario hablando de ella. Ella ya sabía que la deseaban, pero más de una vez dijeron que se la follarían hasta hacerla adicta. Violarla, sodomizarla, humillarla, degradarla. Se repetían una y otra vez. Tal era el odio que se había mezclado con sus necesidades primarias hasta crear una vorágine de deseo sexual agresivo e impuro. Ella no era una santa, pero en sus relaciones siempre tenía la voz cantante. Nunca se le ocurriría dejar a un hombre tomar la iniciativa ¿A quién en su sano juicio se le ocurriría? Pero eso le revolvía ahora en su mente ¿Qué le haría ahora un estudiante, por ejemplo? Se imagino a uno de esos musculosos muchachos, entrando hecho una furia. La empezaría a abofetear y luego comenzaría a forzarla de diferentes maneras. Mientras lo imaginaba, sus manos iban acariciando sin que se diera cuenta sus senos. Cuando despertó de sus pensamientos notó que estaba muy mojada. Demasiado. Necesitaba masturbarse. Lo necesitaba más que ninguna otra cosa. Se levantó y salió de clase, cerrando la puerta con llave. Sabía que a esta hora el colegio entero se había vaciado salvo por el bedel y quizás algún otro profesor. Camino a prisa y corriendo hasta el baño de señoras, sin darse cuenta de que había cerrado mal la puerta al entrar. Entró en el último retrete. Cerro la puerta se subió la falda y bajó el tanga. Se sentó y separo las piernas tanto como pudo, apretando sus rodillas contra las paredes. Comenzó primero con un masaje pero no tardo en introducirse dos dedos mientras masajeaba el clitoris con la otra. Pronto empezó a gemir, saboreando cada movimiento. El placer la emborrachaba, estasiandola totalmente. Fue en el momento en el que casi se corre cuando sucedió. La puerta del retrete se abrió, cortando de golpe los gemidos de la mujer que se detuvo de inmediato. Ante ella había un estudiante. La primera descripción que se le ocurrió de él era lerdo.

 

Tomás había era uno de esos marginados dentro de los marginados de la sociedad. En otro centro habría evolucionado pero en este en el que estudiaba lo único que había conseguido era retraerle aún más. El muchacho era muy inteligente, que no listo, por lo que aunque pudiera haber optado a dedicarse a algo productivo, malgasto su inteligencia en ciencia ficción, cómics, videojuegos y todo tipo de diversiones que no requirieran contacto físico de ningún tipo. Fisicamente tambien era un desperdicio. Era muy flaco, casi esquelético. Era muy bajo y tenía acné por toda la cara y una nariz gongorina. Vestía con ropa que le quedaba grande, seguramente heredada de su hermano y tenía el pelo graso y aceitoso en punta. Ese día los matones de la escuela no se había ensañado demasiado con el. Al salir de la clase de Debora le habían metido en su taquilla. Tardo un buen rato en conseguir forzar la cerradura y cuando lo consiguió la profesora pasó como un rayo por delante, por lo que con el susto casi se vuelve a encerrar dentro. La curiosidad le invadió y al seguirla vió que entró en el baño de señoras dejando la puerta abierta. Al entrar empezó a oirla gemir como había oído antes en los video porno. Su excitación fue en aumento hasta llegar a la puerta de donde venían los gemidos.

 

Débora y Tomás se quedaron mirando el uno al otro sin saber que decir. El tiempo se ralentizó, parecía que ni siquiera las agujas se movían. El primero en moverse fue Tomás. Estaba excitado pero no sabia mas que lo que había visto en las películas pornográficas, por lo que hizo lo primero que su instinto le dictó. Estiró la mano y agarrando del moño de la mujer tiró hacia él. Debora aún en shock cedió, acompañando el movimiento al notar el dolor en las raíces de su pelo. Tomás se pasó al tirar y la cabeza de Débora impacto contra la pared que estaba detrás de él. Casi inconsciente no pudo oponer resistencia cuando Tomás le dió la vuelta y la tiró contra el retrete, cayendo de rodillas y apoyando la clavícula contra la taza golpeando con el mento en la pared interior. Tomás se bajó la cremallera y saco su polla totalmente erecta. Agarro de los pelos a la profesora y le clavó la polla directamente en su coño. Ella dió un aspaviento más por sorpresa que por dolor. Estaba muy mojada y la polla del muchacho se deslizaba perfectamente dentro. Pronto empezaron a gemir y en apenas un par de minutos se corrieron a la vez. Tomás estaba orgulloso de si. Había perdido la virginidad con aquella diosa, pero aún podía más. Volvió a iniciar el ritmo al mismo tiempo que Débora se desperezaba. Se estaba despertando y pronto volvería en si. Pero el chaval se había percatado y como defensa hundió la cabeza de la taza, dentro del agua amarillenta del retrete. Débora intento oponerse, pero en su estado no tenía la fuerza para enfrentarse. Unos segundos después ella aflojo el esfuerzo, sintiendo que sus fuerzas le fallaban. En ese instante le sacó la cabeza, tirando hacía atrás con fuerza. Ella jadeaba, tratando de captar todo el aire que pudiera, pero Tomás tenía otros planes.

 

-Muy bien zorra. 30 segundos. Vamos a ver si puedes mejorarlo.-

 

Antes de que pudiera replicar volvió a meterle dentro la cabeza. En todo momento no dejaba de bombear y ella a cada vez estaba más mojada por el constante roce. Sus fuerzas se estaban extinguiendo y aunque su cabeza todavia resistía necesitaba actuar antes de que decayera más. Intentó un último esfuerzo por levantar la cabeza. El brazo cedía y lentamente comenzó a subir, pero antes de sacar su rostro del agua sus fuerzas fallaron cayendo otra vez al fondo del retrete. Unos segundos después le saco la cabeza.

 

-45 segundos. Nada mal ¿Te esta gustando zorra? Seguro que sí.-

 

Tomás le dio un azote en el trasero y el tiró con más fuerza del pelo. Unos momentos después se volvió a correr dentro de ella. La sacó sin dejar de sujetar su moño.

 

-Aún no hemos terminado zorra. De pie.-

 

Le dio un azote en el culo a la vez que tiró hacia arriba. Ella, resinada,  se levantó sin dejar de dar bocanadas de aire.

 

-Ahora te vas a meter la cabeza voluntariamente dentro del váter a la vez que me masturbas. Si sales antes de 45 segundos te la vuelvo a meter yo hasta que me aburra ¿Entendido?-

 

Ella solo asintió y empezó a bajar la cabeza mientras con la mano buscaba la polla del joven. Al cogerla notó lo que había pensado en un primer momento. Era grande, muy grande incluso para un adulto y ancha. Incluso ahora se paraba en pensar en esas cosas. Tomás aprovechó la posición para meterle dos dedos en el coño y mientras jugueteaba con ellos empezó a masajear su ano con un tercero. Estaba humillada y degradada, y ni siquiera era uno de los matones que la seguían en la cadena trófica del instituto, sino un lerdo que era apaleado todos los días. Metió la cabeza en el agua y empezó a contar mentalmente, pero con la jaqueca y le movimiento de la mano era incapaz de concentrarse bien en los números. Hizo un esfuerzo hercúleo por mantener la cabeza abajo, pero en un despiste subió la cabeza. Sus ojos mostraban un pavor sin igual ¿Cuánto había durado? Tomás negó con la cabeza mientras miraba su reloj.

 

-42 segundos. Otra vez a bajo.-

 

Y sin previo aviso bajo su cabeza hasta tocar el desagüe del retrete sin que ella pudiera ni protestar. En verdad ella había estado 55 segundos, pero desde un primer momento estaba condenada a volver a tragar agua. No había parado de masturbarla ni un segundo y antes de que se diera cuenta de su estado comenzó a correrse. El poco aire que le quedaba en los pulmones salió en forma de burbuja. Su fuerza había desaparecido y la cabeza se le iba. Iba a morir. No podía luchar. Era patético. Ella, una mujer en una posición como la suya, iba a morir con la cabeza en un retrete mientras era violada. La vergüenza le invadió, incapaz de hacer nada para evitarlo. Se le iba la cabeza. Estaba empezando a dar espasmos y pronto se detendría. Era el fin. Justo en el momento en que su cabeza la abandono, Tomás la sacó del agua. Dió una bocanada de aire y comenzó a toser de inmediato. El le sacó los dedos y se los metió en la boca.

 

-Limpialos.- Y con esa orden ella empezó a lamer y chupar como una autómata.

 

Estaba derrotada y exhausta. Solo quería que la dejara. Que no la violara más. Tomás le soltó el pelo y sus piernas no le aguantaron. Cayó, como un pedazo de carne sin vida. Y así era como se sentía. El chico se limpió con su chaqueta y se fue. No dijo una sola palabra más ¿Por qué malgastar palabras con una puta? Ya tendría tiempo otro día. Devora se quedó en el suelo durante unos minutos sin moverse, medio moribunda. Se dejó arrastrar por el sueño.

 

Despertó sobresaltada. Era ya de noche y apenas entraba otra luz que no fuera la de las farolas por el ventanuco de la pared Le dolía todo el cuerpo y tenía una fuerte jaqueca. Tardó unos segundos en darse cuenta de que había sucedido. Cuando lo recordó comenzó a llorar en silencio. No se movió durante un buen rato hasta que se sintió con fuerzas para moverse. Al levantarse pudo ver en el espejo su aspecto. Tenía la cara ensuciada, con el maquillaje totalmente emborronado y su pelo mojado y despeinado. La ropa tenía salpicaduras en todos lados y tenía restos secos de semen en la entrepierna saliendo de su coño perfectamente depilado. Su tanga estaba en los tobillos, enredado completamente. Se lo subió, bajo su falda y salió del baño. No tenía cuidado ninguno, no tenía la cabeza para eso. Fue hasta su despacho, cogió el bolso y se marcho. Justo antes de salir por la puerta que daba al garaje una voz le llamo.

 

-¿Quién está allí?- La voz se notaba ronca, como la de un hombre anciano.

 

Devora se dió la vuelta y se tranquilizó al ver al bedel del edificio. Era un hombre muy mayor, ya había pasado la jubilación hacía años pero seguía trabajando más por tener un sitio donde vivir que por otro motivo. Era un poco más bajo que ella, le llegaría a la altura de los ojos y tenía una buena panza. Se peinaba con cortinilla para disimular su calvicie y tenía aspecto de cerdo. Se le acercó y al verla en ese estado se puso en estado de alarma.

 

-Señorita ¿qué le ha pasado?-

 

-N… no ha pasado nada, Bartolomé.-

 

-No diga tonterías, y cuentemelo.-Dévora no estaba en condiciones para oponerse a nada y le contó cada detalle a aquel hombre.

 

-Solo quiero irme a casa y dormir.- Al intentar abrir la puerta esta no lo hizo.

 

-Tengo las llaves en el cuarto, acompañeme.- Ella lo siguió sumisamente. Cuando le dió la espalda una sonrisa perversa se dibujó en su rostro.

 

Llegaron al cuarto del bedel. Claramente la higiene no era lo suyo. Había botellas y cajas de comida rápida tiradas por el suelo y una cama deshecha con sábanas amarillentas. Un olor a podrido inundaba la habitación. Devora se puso la mano en la nariz de inmediato tratando de no respirar aquel nauseabundo olor. El hombre se dirigió a la mesa y miró en un cajón.

 

-Vaya, no se donde las he metido.- Se dio la vuelta y se acercó a ella más de lo que ella deseaba.-Pero se me ocurre otra cosa.-

 

Un bofetón cruzó la cara de Dévora. En condiciones normales le habría roto el brazo antes de que le hubiera tocado, pero ahora, rota y humillada, solo pudo ponerse la mano contra la mejilla. El aprovecho esos segundos para agarrarla y tirarla contra la cama, cayendo encima a cuatro patas. Antes de pudiera reaccionar ya lo tenía encima.

 

-Puta zorra, siempre pavoneándote como si fueras mejor. Pero ahora voy a enseñarte respeto.-

 

Puso su mano sobre su nuca y la aplasto contra el colchón. Estaba inmovilizada, muy burdamente porque se podía liberar, pero el estado en si fue suficiente para que su mente no la dejara moverse. Le subió la falda y le bajó el tanga. Al meter la mano dentro dio un gemido, más de dolor que otra cosa. Hacía mucho que su excitación se había evaporado y el coño lo tenía dolorido por el roce de la polla de Tomás. El quería degustar su cuerpo entero, así que la giró, dejandola boca arriba mientras se colocaba entre sus piernas. Ella luchaba con la poca resistencia que le quedaba, moviendo los brazos sin mucho efecto. El le agarro los brazos con una mano y con la otra le reventó la blusa y el sostén, liberando sus pechos que se mostraban en todo su esplendor.

 

-Esto no son tetas, son ubres de vaca.-

 

El se reía mientras masajeaba y mordía sus pechos. Empezó a mamar de sus pezones como si fuera un bebe mientras se desabrochaba el pantalón. Débora por su parte empezó a gemir. Se había rendido, ya no podía luchar más. Si quería violarla que lo hiciera pero que no le hiciera más daño. Su polla entró en su coño, que comenzaba a estar mojado por las constantes estimulaciones. El se rió, jactándose de que ella deseaba ser follada de esa manera ¿Y si era verdad? No. Ella no era así. Estaba sin fuerzas para oponerse pero se negaba a aceptar que disfrutaba con ello. El hombre comenzó a aumentar el ritmo y ella inconscientemente le acompaño con las caderas. El le puso la mano en el cuello, no muy fuerte pero si lo justo para que no respirara cómoda. La siguió follando, hasta que su velocidad fue tan alta que empezó a ponerse colorado. Ella gemía de placer disfrutando cada segundo de aquella sensación. En poco rato se comenzó a correr. Gemía como una puta y en el fondo era como se sentía. Follada por aquel viejo senil y aún asi disfrutando, saboreando cada centímetro de su polla. En un momento sin previo aviso noto como su polla comenzaba a hincharse y luego empezo a descargar dentro. Su útero estaba cargado, casi hasta desbordar. Sacó su polla y los últimos chorros los soltó en sus tetas. Después se acurrucó junto a ella y ambos se quedaron dormidos.

 

Débora se despertó de un sobresalto. Era aún de noche y estaba agarrada por aquel viejo todavía. Las vivencias de aquel día se le agolpaban en la cabeza sin dejarla estar tranquila. El hombre se había despertado también a causa de los movimientos de la mujer. Le dedicó una sonrisa con aquella boca podrida y le sujetó del pelo.

 

-Tranquila, voy a darte de desayunar.- Y fue empujando su cabeza lentamente hasta su entrepierna. Ella se dejo llevar, cansada de que le golpearan.- Huevos con salchicha, no hay nada mejor para empezar la mañana.-

 

Ella se dejo llevar y notó el aroma a sudor, falta de higiene y almizcle que provenía de su miembro arrugo la nariz de Débora. Sus ojos contemplaron el miembro. Era grande, con dos sacos peludos que colgaban debajo. Al llegar, su boca busco el miembro y comenzó y comenzó a lamerlo. Estaba tan rota que solo quería acabar de una vez. Lentamente le dio unas pasadas y luego se metió la cabeza en la boca. Tenia un sabor horrible pero necesitaba acabar así que comenzó a chupar mientras bajaba. Nunca habia chupado una polla antes, le parecía denigrante para una mujer, pero no le quedaba otra. La mano del viejo le acompañó el movimiento, dándole velocidad de vez en cuando.

 

-Lo haces muy bien. Has nacido para mamar pollas, niña.-

 

El bedel le saco la polla y le apretó la cara contra su huevos. Ella, sabiendo que quería se los metió en la boca y comenzó a chupar. El gemía de placer al notar como aquella belleza de mamaba su entrepierna. Era un placer infinito. Le volvió a meter la polla en la boca pero esta vez no la dejo chupar, sino que empezó a moverse. Ella notaba como le follaba la boca, notando un dolor en su garganta. Entonces se levantó y apoyó la nuca de su nuevo trofeo contra el colchón. En esa posición aumentó el ritmo. Las arcadas eran imposibles de resistir. En cualquier momento ella simplemente no podría aguantar más. Cuando estaba ya en las ultimas, él le clavó su polla en la garganta, entera, y empezó a correrse, liberando toda su carga en el estomago de ella. La dejó clavada en su boca y luego la sacó un poco. Devora comenzó a chupar su miembro, creyendo que le había ordenado limpiarla. El sonreía ante la visión de aquella diosa sumisa. Era la puta perfecta y era solo suya. Ella mientras tanto seguía en su mundo. Lo chupaba, lo lamía, lo besaba, incluso lo hubiera adorado si le hubiera ordenado. Cuando el bedel se aburrió la tiró al suelo como si fuera un pañuelo y se recosto.

 

-Limpia la habitación.- Le ordenó.

 

Pero había cometido un error. En el último acto de desprecio la antigua Débora resurgió. Se puso de pie y con fuego en los ojos enfrentó al bedel. Este por su parte creía que ella aún era sumisa y se levanto dispuesto a darle una bofetada para que se pusiera a limpiar. Antes de que el golpe la tocara ella le agarro la mano y con un leve movimiento de muñeca le giro la mano en un movimiento antinatural hasta que oyó un chasquido. El hombre cayó de rodillas gritando, sujetándose la mano mientras la mujer permanecía impasible. La ropa hecha girones y con restos de semen, maquillaje y agua, pero aún así era la figura más aterradora que había visto en su vida.

 

-Iras al hospital y diras que tuvistes un accidente. No le contaras a nadie lo que ha pasado aquí. Yo no he estado aquí. Si por un casual lo olvidas y se lo cuentas a alguien te haré lo que le he hecho a tu mano, pero a tu cuello ¿Entendido?-

 

Su voz era el infierno, capaz de hacer sumiso a un león hambriento. El viejo asintió y se fue corriendo, alejandose de la mujer lo maximo posible. Ella hubiera sonreido de no ser por aquella noche. En su mente solo resonaba una cosa: “uno menos, ahora a por el otro”

el piquero

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