Las desventuras de la profesora 3

Débora se despertó perezosamente. Notaba como cientos de cristales se le clavaban en la cabeza y los ojos. Antes de caer dormida se había vaciado la botella entera de ron y ahora tenía la peor resaca que había tenido nunca. No le gustaba los licores, los consideraba un opio de las clases bajas, pero necesitaba matar aquella sensación de su cuerpo. La angustia y la humillación de ser usada como un objeto. No. Ni siquiera eso era lo peor. Lo peor era que se había rendido. Rendido a una basura como él. El odio y la vergüenza la desperezaron mejor que una taza de café. Poco a poco se fue levantando. Le dolía el cuerpo en general: los brazos le pesaban, la garganta estaba irritada y su coño gritaba de dolor; pero la molestia del cuello era lo peor. Lo tenía en carne viva. Aquella mierda la había hecho doblegarse. Aquel collar y la droga. Si. Seguro que también había utilizado una droga en ella. No se podía imaginar otro motivo por el que se hubiera puesto tan cachonda. Tal vez algún afrodisiaco o alguna otra sustancia por el estilo. Dios ¿Cómo habría consegui un lerdo una droga así? Mientras reflexionaba, fue al frigorífico y abrió otra botella. Dió un largo trago y se sentó en el colchón.

 

Tenía que aceptarlo. Había perdido otra batalla y estaba apunto de perder la guerra. Lo tenía todo en contra. El la tenía encerrada en un cuartucho mientras disponía de un vídeo en el que mamaba una polla ¿Por qué demonios no se la arrancó de un mordisco? ¿Era por si lo mataba? Si. Si, era por eso. Ella no era tonta. No quería cometer asesinato. Sabía lo que hacía. Je, je. No es como si a ella le gustara comerse aquel rabo sudoroso y amargó, con esas enormes bolsas peludas. No. No. Si ella había disfrutado era por… por… el afrodisíaco. Claro… ¿Un afrodisiaco te puede estimular para hacer sexo oral? Podía ser. Las drogas nuevas no las controlaba. Díos ¿Y si se hacía adicta a la droga? El miedo y el terror invadieron su mente ¿Que debía hacer?

 

-Débora. Calmate. Todo ira bien.- Se dijo a sí misma pero su voz sonaba a cualquier cosa menos a convencida.

 

Si. Si. Todo iría bien. Pero tenía que pensar un plan. Y rápido. No sabía cuanto tiempo llevaba allí ni cuando volvería. Pero no podía pensar ahora. Un rugido sonó de su estomago. En las últimas horas solo había tenido en su estomago semen y alcohol, y su cuerpo le pedía algo sólido. Pero aquel lugar estaba vacío. Desesperada, miró en las cajas de comida que había en el suelo. Bingo. En una caja había unos trozos de borde de pizza. Estaban mordisqueados por alguna rata y lo que no había comido era porque tenían moho, pero ella no estaba para ser remilgada. Los devoró y le parecieron la mejor comida que había tenido en años. Los acompaño de unos tragos más de ron. La botella ya estaba por la mitad.

 

Débora empezó a elaborar su plan. Bien… ¿Por dónde empezaba? El principal problema era el vídeo. Tenía que deshacerse de él como sea ¿Pero cómo? El mierdas ese ya habría hecho una copia de seguridad. Dios ¿Cómo pudo dejarse atrapar por un solo niñato? Y al pensar esa frase sus ojos se abrieron de par en par. El estaba solo. No tenía a nadie que le ayudara. Y no era muy inteligente, o por lo menos no lo denotaba en clase. No sería capaz de elaborar ninguna estrategia de chantaje que no fuera que él mandará el vídeo. Una sonrisa se dibujó por primera vez en el rostro de Débora. Ese era el punto débil del lerdo. Y se iba a aprovechar de ello. Se tumbó en la cama y se dejó llevar por el sueño mientras repasaba las últimas partes del plan que había realizado en apenas unos segundos. Ella tembló solo por la excitación de imaginarse lo que le haría en cuanto pudiera ponerle las manos encima.

Tomás estaba cansado. Domar a aquella potra salvaje le había costado menos de lo que imaginaba, pero aún así había sido un esfuerzo excesivo para él. Se sentó en el sofá y comenzó a contar billetes. Al menos había pagado algunos prestamos atrasados, pero temía haberse gastado demasiado. Le quedaban cincuenta y ocho euros. A penas era dinero para sus planes pero también poseía el collar de perlas y la tarjeta de crédito. Sonrió imaginando los placeres que se daría en cuanto tuviera acceso a la cuenta bancaria de esa zorra. Todos sabían que era asquerosamente rica, pero él tenía planeado de que eso cambiará muy pronto.

 

Un timbrazo le despertó de su imaginación. Su sonrisa desapareció al comprender quién podía ser. Se levantó y al abrir la puerta se encontró a su casero. Era un hombre mayor, de unos cuarenta años, muy alto y de hombros fuertes. Llevaba el pelo engominado como si fuera un mafioso italiano, pero ahí quedaba el “glamour”. Tenía una enorme panza que le estiraba la camiseta de tirantes que algún día fue blanca más de lo que está le permitía. Los pantalones vaqueros estaban igual de sucios y llevaba unas chanclas de piscina con calcetines rotos por los dedos. El señor Núñez parecía de buen humor, aunque una sonrisa en su rostro de rasgos italiano no tenía porqué significar nada.

 

-Parece que te han dado otra paliza.- Su sonrisa era burlona, casi como si disfrutara de ver al muchacho con aquel rostro.- La tercera vez este mes, ¿no?-

 

-Si, señor Núñez.-Su voz era sumisa pero por dentro estaba como un perro rabioso. Sabía demasiado bien porque había venido aquel hombre.-Aquí tiene el pago de este mes.-Le dio todo el dinero y se apresuró a cerrar la puerta.

 

-Che. Che. Che. Niño.- El hombre había detenido la puerta antes de cerrarla y la había abierto de par en par con fuerza. Su rostro ya no dibujaba una sonrisa, sino que estaba tensa y parecía enfadado.- ¿Te crees que soy una puta para pagarme con esta calderilla? Con esto no pagas ni la semana ¿Y donde estan los aparatos que te preste?-

 

-Todavía no he acabado de utilizarlos, por favor…-

 

-A mi no me cuentes tu puta vida. Mañana tengo tarea en la perrera y necesito el collar y el taser así que ya me los estas dando.- Tomás se los entregó con resignación. El casero era un gilipollas, pero al menos el alquiler era “barato”.- Muy bien. Y espero que mañana me traigas el dinero que te falta. Sino a la puta calle.- Dio un portazo y se fue.

 

Tomás respiró por un segundo tratando de relajarse. Había domado a una perra como la profesora Szuta, pero eso no había cambiado para nada su situación. Seguía siendo un pringao que no era nadie. Y así sería para siempre. Su único consuelo era que podía seguir torturando a aquella puta para su deleite, pero ahora ya no tenía ni el collar ¿Cómo haría para seguir forzandola? No lo sabía. Solo le quedaba el chantaje, pero eso no era suficiente. No. Ella no cedería ante algo tan simple. Antes de que abriera la boca para amenazarla ya le habría estampado la cara contra el suelo. Necesitaba un plan. Algo que ella no pudiera controlar. Miles de ideas se le vinieron a la mente, todas ellas igual de estupidas. Un pitido de su reloj le despertó ¿Ya era tan tarde? Se fue casi corriendo, como si desesperadamente necesitará algo. Abrió el frigorífico y sacó una jeringuilla ya preparada. Al inyectarla se relajó como si se acabara de salvar la vida. Al mirar dentro del frigorífico vió que solo le quedaba dos dosis. Tendría que ir a ver a El Plantas a por más. Se tiró en la cama y dejo que el líquido corriera por sus venas.

Un cubo de agua fría cayó sobre la cara de Débora. El espasmo inicial fue seguido de innumerables tosidos por parte de ella. Al abrir la boca se había tragado gran parte del agua que fue a parar a sus pulmones. La resaca era infernal, peor aún que antes. Empezó a mover la mano como buscando algo y al tocar el cuello de la botella de ron se lo llevó a los labios y bebió. Se acabó la botella de un trago.

 

-Puta borracha.-Tomás había presenciado la escena impasible, pero le parecía sorprendente que aquella mujer que había sido el terror en el centro hubiera caído tan bajo.- Levántate. Tienes trabajo que hacer- Él la abofeteó y le agarró del pelo, tirando con fuerza.

 

Ella a penas se podía mantener en pie, mucho menos andar. Al dar dos pasos se cayó al suelo y Tomás no hizo nada para detenerla. Una vez en el suelo, se acercó a ella y muy lentamente le preguntó si podía andar. Ella solo negó con la cabeza.

 

-Pues, o andas o te pongo el collar. Y con el collar seguro que andas.-Se había tirado un farol, pero ella no se encontraba en su mejor momento de lucidez y solo le suplicó. El la volvió a agarrar del pelo le levantó la cara. -Pues anda.-Sus ojos no mostraban clemencia. Los de ella un pavor innombrable.

 

Se levantó con mucho esfuerzo y lentamente comenzó a andar. Parecía un cervatillo recién nacido. Cuando vio que podía seguirle le hizo un gesto para que lo siguiera. Débora poco a poco se empezaba a encontrar mejor, pero seguía sintiendo un miedo irrefrenable hacía Tomás. El valor que había conseguido acumular estando sola lo había arrastrado el agua lejos de ella. Le siguió caminando hasta salir del centro dirección al parking. Estaba desnuda, fuera de la seguridad de las paredes del centro. Por la luz parecía ya por la tarde, sin embargo, tampoco había nadie allí ¿Sería buena suerte otra vez? Que importaba ya. Que diferencia había de ser violada por un pringao que los yonkis del parking. Para ella significaba lo mismo. La grava se le clavaba en los pies y la aire frío torturaba su piel, pero daba igual. Solo sentía vergüenza y resignación. Al llegar a su coche, Tomás abrió la puerta y se sentó, haciendo un gesto a ella para que se sentara de copiloto. En cuanto cerró la puerta Tomás ya tenía su polla fuera del pantalón.

 

-Bien zorra, durante todo el viaje no quiero que subas la cabeza.-Y de un tirón le bajó su cabeza. Ella dio un pequeño grito de sorpresa que fue amordazado por aquel rabo que se alojo en su garganta. Un sonido gutural salió de la boca de Débora, una súplica por que la soltara. El le quitó la mano y ella levantó un poco la cabeza y volvió a bajar, una y otra vez, con un movimiento rítmico. El sabor amargo inundo su boca y el olor a sudor y almizcle se le pegó en el paladar, pero lejos de desagradarla le estaba poniendo cachonda. Su lengua acariciaba su glande mientras cerraba los ojos y llevaba sus manos a su coño. Estaba empezando a mojarse y no era capaz de controlarse ¿Por qué?¿Por qué estaba tan mojada?¿Por qué le estaba gustando mamar aquella polla? Podría ser que la hubiera drogado ya, pero ¿cuándo? No notaba ningun pinchazo en el brazo ni había inhalado ni tomado nada. Su cabeza poco a poco se perdió en un mar de lujuria hasta que se corrió. Tomás aunque permanecía estoico se sorprendió al ver como aquella mujer se corría antes que él al hacerle una mamada. Está ya tan hundida en su mierda que era imposible que saliera de ella. Ya no quedaba rastro de aquella mujer que atormentaba al instituto. Solo quedaba aquel despojo que no se diferenciaba de un animal lujurioso. Ella por su parte, aunque se corrió no bajó el ritmo. Siguió mamando, cada vez más fuerte, casi como si quisiera arrancarle la polla. Poco a poco Tomás comenzó a gemir, y cuando no pudo más le puso la cabeza en la nuca y empujo con todas sus fuerzas, disparando todo el semen en su esófago. La mantuvo así unos segundos más y la soltó, saliendo disparada como un resorte. Dio una bocanada de aire y comenzó a toser. Tomás se guardó la polla y quitó la llave del contacto.

 

-Ya hemos llegado.-Salió del coche y al ver que Débora se quedaba dentro la sacó a tirones. Entraron en un viejo edificio y subieron a la tercera planta. Tomás abrió una puerta y entraron.

 

En un primer momento, Débora se sorprendió de aquel piso. Era del mismo tamaño que el cuarto en el que había pasado la noche, y con el mismo desorden. Había una cama y una especie de encimera muy pequeña. En una mesa había un ordenador y delante de una televisión antigua había un sillón. Había dos puertas, una abierta que daba a lo que parecía el baño y otra cerrada. Tomás le hizo dijo que se duchara mientras se acercaba a una pila de ropa. Entró al baño, no mucho más grande que su despacho, y se sorprendió al ver la ducha. Era un pequeño tubo de metal que no difería mucho de un grifo de jardín. Al abrir el paso, un chorro de agua fría golpeó a Débora, dandole un espasmo de sorpresa. En otras circunstancias se hubiera ido, pero ella se duchó la mejor que pudo, luchando contra su instinto de salir de allí. Pero lo que el agua se lleva también lo puede traer, y como despierta de un trance, el valor de Débora volvió. En su mente se dibujó el esquema de su plan, el cual se estaba cumpliendo involuntariamente. Una sonrisa siniestra se le dibujó en su rostro y se preparó para acabar su plan. Salió de la ducha y al salir se encontró a Tomás que sostenía unas ropas.

 

-Quiero que te pongas esto y bajes al piso de abajo.- Su voz seguía siendo firme y autoritaria; pero Débora no iba a ser tan fácil de someter. Se acercó a él con furia pero antes de que siquiera se acercara un sonido muy agudo la hizo caer de rodillas. Tomás estaba haciendo sonar un silbato.- Este es mi silbato para “perras” ja,ja. Imagino que con la resaca será como si te estuviera clavando cristales.- Débora le suplicó que parara, que lo haría pero que por favor parara.-Tienes suerte de que te necesite para un trabajo ahora, luego hablaremos de lo que has intentado, vale zora.- Y al acabar la frase le dió un bofetón. Ella solo podía afirmar.

 

La vestimenta que le dio era de una puta. Si. Solo se le ocurría esa descripción. Era un top rojo que dejaba ver su vientre con una minifalda vaquera que no difería de un cinturón. Le dio unas botas de tacón negras y la mando maquillarse con productos baratos. Al salir del baño parecía que iba a hacer la calle. El le indicó que fuera al piso de abajo, otra vez, y que dijera que iba de su parte. Débora bajo con ese aspecto y tocó la puerta. Le abrió un hombre de su altura pero mucho más ancho, con una prominente barriga. Olía mal, mal incluso para todos los olores que había vivido Débora en los últimos días. Débora fue a decirle que venía de parte de Tomás, pero antes de que pudiera hacerlo la mano del hombre le rodeó el cuello y la tiró dentro de la casa. Ella besó el suelo, cayendo sin ni siquiera poder protegerse. Al intentar levantarse el hombre la agarro de la cadera y le puso el culo en pompa.

 

-P…pero, ¿qué haces hijo de puta?- Al acabar la frase una mano cruzó el rostro de Débora.

 

-Callate, puta. Ya me dijo Tomás que te gustaba lo duro, así que puedes dejar de fingir.- El hombre le subió la falda y empezó a reirse cuando comprobó que no tenía bragas. Sus callosos dedos empezaron a frotar y masajear el coño de su presa mientras un dedo comenzaba a hacer presión en su ano.- Me dijo Tomás que eras virgen por el culo, quiero comprobarlo.-

 

Débora intentó replicar, pero otro bofetón la calló. El juego de aquellos gruesos dedos estaban empezando a pasarle factura. Comenzaba a mojarse y sofocarse. Lentamente, comenzó a gemir, muy suave, pero de forma constante. Se mordió los labios para intentar reprimirse, lo que le dió un aspecto más sexy. El hombre no pudo más y se sacó la polla. Era más corta que la de Tomás, pero más gruesa. Los ojos se le abrieron de par en par cuando entró en su coño. El hombre comenzó a moverse, con una violencia que convertía a la profesora en una muñeca de trapo. Ella gemía. Gemía de dolor y placer, las dos por igual. Era una sensación difícil de describir. Le hacía daño, pero a su vez le gustaba que estuviera dentro. El hombre se puso de pie con ella todavía ensartada. La estaba sujetando de la cadera y no paraba de follarsela aúnque estuviera suspendida. Las embestidas eran brutales, como si la empalaran con una barra. Pronto llegó a un estado de estasis. Su cabeza voló, dejandole un rostro sin vida. Solo producía pequeños gemidos. El hombre no paró ni siquiera en ese momento. Dio dos pasos y la apoyo en el sofá que había en el medio de la habitación. Unas embestidas después paro, sacando su miembro de aquel coño barato.

 

Débora no hablaba. No podía. No sentía nada. Era como si el tiempo se hubiera detenido en su mente. Era un descenso al placer y al dolor que no era posible describirlo. El hombre esperó unos segundos y al ver que no reaccionaba le dio un azote. El sonido más que el golpe fue lo que despertó a Débora. Miró hacia atrás solo para desear no haberlo hecho un segundo después. La mirada del hombre, la misma que la de un demonio en la tierra, estaba fija en ella, mientras sonreía y se relamía los labios.

 

-Yo creo que esta bien lubricada, ¿no crees?- El hombre no espero la contestación de Débora. Apoyó la cabeza en el esfínter de su ano y lenta pero constante, avanzó hasta introducirlo entero. Todos los sensores de dolor de la profesora se despertaron, haciéndola emitir el grito más escalofriante que nadie hubiera oído jamas. Cuando enterró todo dentro se detuvo un momento, en el que ella agradeció a Dios que parara. Pero solo fue un momento, y lentamente lo retiró, produciendo el mismo dolor que hizo gritar a Débora. Repitió el movimiento tres veces antes de darle velocidad. Débora se quería morir. Lo deseaba. Aquello era agónico. Las lagrimas corrian por su rostro mientras gritaba. El dolor era como si la fueran a partir en dos. Ella suplicaba, imploraba, incluso le vendería su alma si se paraba. Pero el hombre no se detuvo. No iba a hacerlo. Aquella sensación del recto de aquella mujer succionandole la polla valía incluso el cementerio. Era el placer infinito. Era un ano virgen, que aún conservaba su fuerza natural. Y lo estaba deleitando. Poco a poco. Hasta que no pudo soportarlo más. El hombre apoyó su pecho contra la espalda de Débora y comenzó a bombear. Golpe a golpe. Y en ese instante, en el que el dolor ya no podía ser más insoportable sucedio. Primero fue solo una chispa, pero fue aumentando progresivamente. Donde antes solo había dolor ahora también había placer. Los gritos de dolor pasaron lentamente a gemidos de placer y sus súplicas para que se detuviera pasaron a implorar que la violara. Lo deseaba. Lo necesitaba. El hombre, ante aquella exhibición de lujuria, no pudo soportarlo más. La clavó entera en su culo y comenzó a descargar, regando todos sus intestinos de líquido blanco. Cuando acabó se desplomó encima de ella, sin siquiera sacarla. Ella por su parte estaba en el mismo estado. Estaba catatónica, pero una sonrisa estúpida se dibujó en su rostro. Era como si fuera feliz. Feliz por ser usada por aquel hombre.

 

Se dejó llevar por el agotamiento, pero no más de unos minutos. El hombre había tomado su descanso, pero no se había cansado todavía de ella. Le retiró la polla del culo y le dio un azote que la devolvió a la vida. El hombre se sentó y simplemente dejó que la mujer actuara. Ella al verle sentado se acercó gateando. Se sentía una puta, una zorra barata. Y por algún motivo le gustaba sentirse así. Se metió entre sus piernas y con los ojos clavados en su polla se arrodillo frente a él. Tenía el miembro semi erecto y con rastros de heces, pero en aquel estado en el que ella se encontraba era la visión más hermosa que Débora había visto. En unos segundos estaba devorándole el rabo. El sabor hubiera hecho vomitar a cualquiera, a cualquiera menos a ella. Lo aceptaba. Si. Si. Si podía estar mamando pollas toda su vida, prefería ser puta a profesora. Lo ansiaba. Lo deseaba. El sabor a derrota, la humillación. Era adicta a ello. Lo necesitaba… En ese momento se bloqueo ¿Pero qué estaba diciendo?¿Se había vuelto loca? No. No. No. Ella no era así. No. Estaba drogada. No podía ser a sí. Se negaba, pero tampoco podía para de mamar. Se sentía atrapada. Su cuerpo decía una cosa y su mente otra. Era una batalla perdida, pero prefería morir en el campo de batalla que aceptar una derrota. No. Alzó la vista y vio que el hombre ni siquiera la estaba prestando atención. Estaba jugueteando con un collar muy raro. En ese momento los ojos de Débora se abrieron de par en par. Ese era el collar que había usado el lerdo ayer. En todo momento podía haberle reventado a palos y ella había optado por serle sumisa.

 

La ira se acumuló en sus ojos, pero pronto desaparecieron al notar que el hombre se levantaba. La agarró y la lanzó contra el suelo, produciendo un ruido seco. Un dolor cruzó toda su espina dorsal, pero no era nada en equiparación con la ira que sentía. El hombre se puso encima de ella y penetró su coño sin miramiento. No parecía feliz ni triste, simplemente parecía que estuviera haciendo algo rutinario como comer o ir al baño. Eso le pesó más a Débora. Ni siquiera la veía como una gran presa, sino como una vulgar prostituta. Ella era hermosa, era una diosa. Cualquier hombre desearía estar con ella. La impotencia y el odio llenaron la cuenca de sus ojos de lagrimas, mientras daba leves gemidos por la follada. El hombre no aguantó mucho antes de correrse. Lentamente se levantó, dejando a la mujer medio moribunda en el suelo.

 

-Largo de mi piso.- Esas fueron sus únicas palabras antes de agarrarla y tirarla fuera de una patada.- Dile a Tomás que el alquiler ya esta pagado.- Dijo antes de cerrar la puerta.

 

Débora se sentó frente a la puerta, llorando en silencio. En estos días había sido violada, humillada, golpeada, maltratada, drogada, encerrada,… y  mil cosas más. Pero ahora había sido vendida. Como si fuera un objeto. Había sido utilizada como el que presta una aspiradora. Lentamente se fue hundiendo más y más en su mundo, el cual lentamente se estaba cayendo a pedazos. Ya no se sentía la profesora de instituto que dominaba cada aspecto de su vida. Ahora solo se sentía como una ramera. Un objeto sexual. Un ser débil. Lo último en la escala social. Aquello la estaba matando. No podía aceptarlo. No quería. Y si era necesario, movería cielo y tierra para cambiarlo. Se levantó y en sus ojos aparecieron las mismas llamas que siempre había tenido. Como insuflada por el valor subió al piso de arriba. Entró en el piso y… no había nadie. Débora se sorprendió, esperando confrontar al mocoso, pero este no se veía. No parecía estar. Unos ruidos de debajo de una mesa le llamaron la atención. Allí estaba. Estaba entre cables, piezas y tornillos al lado de la torre del ordenador. La sorpresa de la profesora era tal que no pudo contenerse en preguntar que estaba haciendo.

 

-Intentar arreglar esta basura, que se me estropeó el jueves y todavía no he sido capaz de arreglarlo.- Él la contestó sin prestar siquiera un mínimo de atención a que decía o a quien se lo decía.

 

Débora tardó un segundo en atar las piezas. Su ordenador estaba k.o antes de que pudiera pasar el vídeo a la memoria. Entonces la única copia estaba en su móvil. Ella lo vió en la mesa y lo cogió como si fuera un tesoro. Tomás se había quedado sin armas contra ella. El joven se levantó resignado por no poder arreglar el ordenador y al girarse solo encontró la maldad hecha carne. Débora había pasado desgracias innombrable en estos últimos días. Y todo había sido por culpa de él. Por culpa de un mierdas que intentó jugar en la liga de mayores. Pero su suerte se había agotado. Ante él se alzaba élla con un cuchillo que había cogido de la encimera. Su mirada era asesina, cruel, despiadada. Dispuesta a mostrarle el tormento que ella había padecido. Una sonrisa sádica se formó en su rostro. La locura le llenó la mente. Avanzó a paso firme hacía él. Estaba petrificado. No sabía qué hacer. El primer movimiento de Débora fue una puñalada en la pierna. Tomás cayó al suelo, invadido por el dolor. Se arrastró, intentando alejarse de ella. Alejarse de aquella parca que se cernía sobre él. Había encadenado a un tiburón y se había soltado. Acabó atrapado entre la pared y ella, mirando agónicamente su destino. Ella alzó el cuchillo pero un pitido la hizo detenerse. La alarma del reloj de Tomás sonó. Los ojos de este se clavaron en el frigorífico, creando curiosidad en Débora. Se alejó de él y al abrir la puerta sus ojos se inyectaron en sangre al ver la jeringuilla. Solo quedaba una de un pack de doce. Cogió la jeringa medio temblando de rabia. Allí estaba. La prueba definitiva de que no se estaba volviendo loca. La causa de todo su estado de lujuria. Dirigió una mirada de odio a Tomás, que en ningún momento se movió.

 

-Así que es con esto con lo que te has estado divirtiendo.- Se acercó y le clavó su contenido directamente en el brazo.- Veamos a ver si te diviertes ahora, basura.- Se levantó y mientras jugaba con el cuchillo empezó un monólogo.- Eso es lo que eres. Una mierda, que ha intentado alzarse más de lo debido. Y esto es lo que te sucede por querer ser más de lo que eres. La vida se compone de escalas y los de la base no pueden intentar tocar a los de la cúspide. Es una pena que lo vayas a descubrir en tus últimas horas, pero al menos te dare tiempo para pensar.- Y con una precisión de samurai le cortó una mano. Tomás gritó de dolor y al intentar taparse la herida Débora le cerceno la otra mano. Lamió la sangre del cuchillo y con una sonrisa en la cara se fue, dejando que se desangrara en el piso.

 

Durante un minuto Tomás gritó, con desesperación. La muerte le acechaba, ya próxima, pero el no quería morir. No quería. Era demasiado pronto. Ahora que empezaba a sonreírle la vida. Deseaba tantas cosas: tener una buena vida, una buena casa,…, pero al final de su vida solo deseaba una cosa. Deseaba poder hablar una última vez con élla. Deseaba expresarle sus sentimientos y decirle que la amaba. Y ahora por culpa de esta zorra iba a morir. Sus ojos se fueron cerrando a la vez que oía como la puerta del piso se abría.

el piquero

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