Las desventuras de la profesora 5

Una sensación extraña despertó a Debora… aunque despertar no fuera la palabra correcta. El sueño aún pesaba sobre ella, incapacitándola para pensar en verdad. Lentamente, el dolor la comenzó a desperezar. Su cabeza parecía que estaba siendo aplastada por un bloque de mármol. La boca estaba completamente pastosa, seca y muerta. La luz la cegaba incluso con los ojos cerrados. Sus pechos le dolían como si estuvieran expuestos a una garra que los arañará y desgarrara. Pero lo peor era su vagina. No le dolía… peor aún, ni siquiera la sentía ya. Estaba tan irritada que había perdido hasta el tacto en su entrepierna. Sus manos se pusieron sobre su frente ¿Tenía las manos heladas o la cabeza hirviendo?

 

-Parece que mi zorrita se a despertado.-

 

Aunque sus oídos pitaban escucho la frase perfectamente. Era la voz de un joven. Una voz que había escuchado antes, pero no recordaba donde. Sus ojos comenzaron a abrirse, lentamente al principio, hasta que pudo vislumbrar la situación, entonces los abrió de par en par. Su rostro mostraba… ¿miedo? ¿temor? No. Era pavor. Pavor absoluto. Pavor por el presente, el pasado y el futuro. Los sucesos de la noche anterior no había sido una pesadilla. No, habían sido una pesadilla, pero una real. Ella había servido como una vulgar prostituta para un yonki. Había sentido un placer infinito… y no había sido su imaginación. Las imágenes de ahora lo confirmaban. Ante ella estaba el mismo yonki. Estaba entre sus piernas, con su polla bombeando dentro de ella. Sus manos torturaban sus pechos mientras una sonrisa como la de una hiena se dibujaba en su rostro. Estaba siendo violada. Usada como un juguete. Y si la situación continuaba así era en lo que se convertiría. Sus brazos tardaron en responder, pero al hacerlo solo consiguieron dar manotazos sin sentido que no oponían verdadera resistencia. La antigua Débora le habría partido el brazo con un solo movimiento, pero ya no era aquella mujer. Ahora se comportaba como una colegiala que no sabía defenderse, una conejita ante un lobo. Roberto se rió al ver sus fútiles movimiento y decidió seguirle el juego. Con una mano aprisionó sus brazos encima de su cabeza y con la otra le dio una bofetada.

 

-Así que te has levantado guerrera ¿eh? Tendre que bajarte los humos.-

 

A la vez que bombeaba la abofeteaba. Cuando se cansó le metió los dedos dentro de la boca y empezó a follarsela con ellos. Las bofetadas le habían dormido la cara y su mandíbula no le respondía. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sentía como sus dedos tocaban el inició de su garganta. La saliva empezó a segregarse, ahogandola. De vez en cuando sacaba su mano para limpiarse la saliva en su rostro, no porque la quisiera limpiar, sino por la humillación que era verla cubierta por sus propios fluidos. Débora se revolvía, pero le era imposible escapar de su amarre. Tenía que aceptarlo. Su destino era ser violada por aquel hombre una y otra vez. Lentamente fue dejando de moverse, viendo ya el inminente final. En esto, Roberto no pudo aguantar más. Un par de embistes más y su lefa inundó el útero de Debora, disfrutando de cada segundo. Ella por su parte no notó nada… solo agonía. Pero en algunos momentos la fortuna vuelve.

 

Ante la liberación de adrenalina que había supuesto el sexo… Roberto fue invadido por el cansancio. Lentamente fue soltandola, hasta que cayó sobre el colchón y comenzó a roncar. Durante unos minutos Débora no se atrevió a moverse por miedo a que se despertara y la volviera a violar. Pero en esos segundos de descanso fue cuando su cerebro volvió a activarse. Tenía la oportunidad de escapar. Se levantó y torpemente se alejó de aquella criatura que la había profanado no solo físicamente. Estaba enfadada, no solo con él, sino también con ella. Dejar que una basura como aquella le hubiera tratado de esa manera era lo peor que podía haberle sucedido. Su cuerpo deseaba venganza, matarlo, descuartizarlo. Pero no lo hizo. Su cerebro razono que no era lo ideal. Estaban a las puertas del instituto y ya había un cadáver. La policía le acusaría a el del asesinato, pero si lo mataba perdería a su chivo expiatorio. Debora sonrió ante aquella idea. Era un plan razonado. Algo de una persona inteligente. Ella era inteligente. Necesitaba decirse eso a si misma. Ella no era una mujer que solo había nacido para satisfacer a los hombre. Ella era alguien.

 

Se estiró un momento y antes de moverse se dio cuenta de su vestimenta. Su ropa superior estaba desgarrada y la falda estaba cubierta de esperma. Las medias estaban rotas y no tenía zapatos. Necesitaba cambiarse de ropa. Y sabía donde había… aunque no fuera la ideal. Fue hasta el vestuario del centro y se cambió. Ahora tenía que vestirse con aquellas ropas que le había dado Tomás,aquellas ropas que le parecían tan vulgar, pero seguía siendo mejor que lo que llevaba ahora. Se miró al espejo y los recuerdos de la noche anterior volvieron a ella. Había aceptado ser una puta ayer y hoy se vestía como una. Sus ojos se encendieron y rompió el espejo de un puñetazo. Los nudillos se le cortaron y comenzaron a sangrar. Pero no sentía dolor. Solo ira. Salió y antes de continuar el camino vió la botella de ron. Al acercarse se dio cuenta de que estaba llena otra vez. La cogió y al beber comprendió el porqué. El yonki había meado dentro de ella. Ahora era una mezcla de orina y ron. Amargo y dulce al mismo tiempo. Un sabor horrible. Débora estuvo apunto de tirarlo, pero al darse cuenta de que aún tenía alcohol, se encogió de hombros y continuó bebiendo mientras emprendía camino a casa.

 

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Íñigo se había pasado toda la noche trabajando. Era normal. Hacía mucho tiempo que no dormía de forma regular. Su trabajo en el laboratorio le quitaba muchas horas, pero con la aparición de Tomás ahora ya sí que había sido imposible dormir. Pero lo que más le perturbaba eran las preguntas que no tenían respuestas. Era una mente curiosa. Una mente insaciable de conocimiento. Aquello era lo que había hecho que la profesora Szuta se fijara en él. Por lo menos hasta aquel día en que la quebró. El día que su profesora dejó de confiar de verdad en la educación. Lo recordaba como si fuera ayer. Fue el mismo dia que abrió su laboratorio…

 

Iñigo aún no se había ganado su mote. Ni siquiera un mínimo de respeto. Pero sí había demostrado que era capaz de elaborar droga. Su laboratorio era algo básico, solo unos pocos matraces y unos vasos de precipitados. La mayoría los había robado del instituto. Iñigo por su parte estaba muy cambiado. Era un chico algo más corpulento, con el pelo en buen estado y no tenía la espalda encorvada. Incluso se podría decir que era atractivo. No tenía ese estúpido bigote ni nada por el estilo. Aún así, aún tenía sus estúpidos tics nerviosos.

 

Fue cuando colocaba las cosas que había conseguido aquella noche cuando alguien llamó a su puerta. No era algo fuera de lo normal hasta que abrió la puerta. Ante él estaba su profesora de ciencias. Ni siquiera le dejó hablar, le bombardeó a preguntas desde el primer segundo.

 

-¿Qué eso de que vas a dejar el instituto? Pensaba que ya habíamos hablado de esto. Eres una persona brillante. Tu futuro no debería ser pudrirte en este sitio de mala muerte.-

 

Antes de que él pudiera responder ella entró en el habitáculo, descubriendo entonces el laboratorio. Durante un segundo nadie dijo nada, hasta que Iñigo cometió el estúpido error de cerrar la puerta. El miedo le invadió, y lo único que pensó era en que nadie podía saber donde tenía su laboratorio. Cuando se dispuso a atacar a Debora esta lo inmovilizó en el suelo sin dificultad. Estaba enfadada, furiosa, pero sobretodo decepcionada.

 

-No le contaré a nadie esto… pero si me vuelves a atacar quemaré el laboratorio contigo en él ¿Lo has entendido?- Su voz sonaba calmada, imperante y segura, pero Iñigo notaba la decepción en sus palabras.

 

No espero ni la contestación. Salió por la puerta con un portazo. Iñigo sólo razonaba una cosa, quería venganza por esa humillación. Quería devolverle el sentirse humillado en su propia casa, indefenso y a su merced.

 

Pero eso fue hace mucho tiempo. Los meses pasaron e Iñigo se fue olvidando.

 

Aquel joven de cabellos dorados y ojos brillantes había sido consumido por la droga. No solo consumía tomarla, no. La producción era peor. Te mantenía en constante tensión. Era peligrosa, demasiado, no solo por la clientela o la competencia. Lo peor era la producción en sí. Los vapores y la constante exposición a los procedimientos le habían dejado frito, dándole el aspecto de un ser que ya no parecía un hombre.

 

Iñigo había muerto, en su lugar ahora solo existía “el Plantas”. La persona más respetada del barrio. Ni siquiera los policías se atrevían en interferir en sus asuntos. Cuando él hablaba se cumplía, no como si fuera un capo, más bien como un sabía al que todo el mundo acepta su consejo. Y aquello solo había conseguido aumentar su ego.

 

Siguió trabajando en la última remesa, inmerso en sus pensamientos sobre que le había sucedido a Tomás. El joven muchacho estaba tirado aún en la cama, dormido por los sedantes que le había metido. De vez en cuando se paraba para vigilar que estuviera bien. La dosis era demasiado alta y era un sedante para ganado, lo único que tenía, por lo que podía darle una para cardiaca en cualquier momento. Y no era altruismo, diciéndolo vulgarmente, lo que le movía a “el Plantas”. No. Lo que le movía era interés. Llevaba demasiado tiempo experimentando componentes en Tomás como para perderlo ahora. Aquel conejillo de indias le había permitido obtener mucha pasta… y Tomás le tendría que estar agradecido. Gracias a él, sus capacidades de regeneración eran más altas. Moriría joven, sí; pero no sería por aquella heridas.

 

-S…szu…- Un susurro salió de los labios de Tomás, como si tuviera un mal sueño. Él lo miró un poco confuso, preguntándose cómo era capaz en ese estado casi vegetativo de hablar.

 

-Tomás. Tomás.- Se acercó y lo llamó muy suavemente, como intentando despertarlo.- Dime que te aqueja,  Tomás.-

 

-D… ra… Szu…-

 

-¿Qué?- Acercó su oído a la boca susurrante del muchacho.

 

-Debora Szuta.- Los ojos de “el Plantas” se abrieron de par en par. El solo susurro de aquel nombre fue suficiente para encajar algunas piezas.

 

Se levantó y miró a Tomás, como si fuera la primera vez que lo veía. Debora Szuta. Si. Si. No se lo había dicho a Tomás, pero vio salir de su piso a una mujer alta de cabello rubio. En un principio la confundió con una prostituta, pero Tomás no podía permitirse una. No. Tenía que ser otra cosa. Pero que su profesora fuera esa mujer… chirriaba un poco. Algo no casaba. Y solo había una forma de averiguar el qué.

 

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Débora llegó a su casa cuando el sol estaba en lo alto. Había conseguido eludir las vistas de sus vecinos, pero no gracias a sus esfuerzos. Si alguno de sus vecinos se hubiera fijado en ella sus intentos por ocultarse hubieran sido inútiles. Al entrar se sintió por primera vez en mucho tiempo segura. Este era su hogar. Su castillo. Aquí nada malo podía pasar. Lentamente, avanzó por el pasillo hasta el salón haciendo eses. Estaba agotada, y lo único que deseaba era tirarse a dormir. Poco importaba ya todo lo demás. Se tiró en el sofá como un árbol al ser talado y más que dormirse, se desmayó.

 

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Débora estaba en clase. Ya era medio día y no tenía clase en el resto de la mañana, por lo que escribía informes sobre la evaluación. En su cabeza, solo daba gracias porque todo había acabado. Aquel horrible fin de semana había sido un capítulo de su vida que podía dejar atrás. Ahora volvía a ser la poderosa profesora de instituto. Aquella a la que nadie se atrevía a tocar.

 

El reloj seguía sonando lentamente, marcando cada segundo que parecía ir más y más lento. La profesora seguía trabajando en la mesa, ocupada, envuelta en su traje de oficina a la vez que marcaba el ritmo con la punta de tacón. Pero este movimiento rítmico no era más que una señal de la tensión a la que se encontraba. Algo no le gustaba. Le faltaba algo para sentirse plena en su asiento. El tiempo siguió pasando, paulatinamente más lento hasta que el reloj se detuvo. Al hacerlo, la puerta de la clase se abrió de par en par. En el umbral se encontraba Tomás.

 

-P… pero, si estás muerto.- La audaz y segura profesora entró en pánico al ver a aquel espectro renacer. Su seguridad se rompió como el cristal de una ventana al ver aquella figura.

 

-No. Tu eres la que va a morir.- Al decir esto sacó una pistola del bolsillo y le apuntó. Débora se echó hacia atrás a la vez que Tomás se acercaba.

 

-N… no, para.-Debora empezó a gimotear al notar el metal del cañón en su frente. Las lágrimas corrían por sus mejillas, suplicando una misericordia que parecía no venir.- P…por favor. Por favor.-

 

-Abre la boca.-

 

-¿Qué?-

 

-¡Que abras la boca, puta!-

 

-S… si. Si. Pero, por fav…-

 

-Callate. No quiero oírte.- Debora asintió y dejó su boca abierta. Tomás bajó el arma hasta sus labios e introdujo el cañón dentro.-Ahora lamela.- Débora se quedó extrañada un segundo, lo que hizo que Tomás le agarrara del pelo y le forzará.-Que lamas. Lame como si fuera una polla.- comenzó a mover su lengua alrededor del metal, lentamente, atemorizada por la reacción.- Bien. Bien. Ahora chupa. Chupa como si fuera mi polla. Si. Te gusta, verdad.- Debora asintió con la cabeza a la vez que hacía un sonido gutural.

 

Y por extraño que fuera, no le mentía. En el fondo estaba disfrutando. Le gustaba esa posición. Estar entre la espada y la pared, indefensa ante aquella persona que la miraba con ojos de ira y furia. Sus piernas temblaban y su coño estaba húmedo, casi chorreando. Estaba excitada, casi emocionada. Disfrutaba de la sensación.

 

-De rodillas.- Una simple orden que no tardó ni un segundo en dejarse caer sobre ellas. El metal se deslizó desde su boca a la parte superior de su cabeza, dejando un reguero de saliva que se pegaba a su piel.-Ya sabes que hacer, ¿verdad?-  Levantó ligeramente el arma para poder agarrarla mejor del pelo, pero Debora no se daba cuenta. No notaba dolor, solo miedo y excitación.

 

Sin decir nada, desabrocho los pantalones y dejó que el miembro de Tomás saliera. En cuanto lo tuvo enfrente pudo oler un aroma que la embriagó, que la hipnotizó. Sin esperarse un segundo, se introdujo la cabeza en la boca y comenzó a chupar, tratando de drenar hasta el último de sus fluidos. Un gemido salió de la boca de Tomás, lo que provocó un aumento en el deseo de Debora. Deseaba chupar aquella barra de carne, alimentarse de ella, vivir por ella. Comenzó a introducirse más y más, comenzando un movimiento rítmico que acompañaba con lengüetas. Sus ojos miraban el tallo como si de un regaliz se trataba, saboreando cada centímetro como la mejor golosina que había tenido nunca.

 

-Cuidado con los dientes, puta. O tendré que castigarte.- Justo al decir esa frase, Débora se sacó la polla de la boca y se quedó mirando a Tomás. Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro e introdujo el glande en su boca. Lentamente fue sacándolo, deslizando sus incisivos por la piel muy suavemente, sin dejar de mirar picaramente a Tomás. La respuesta no se hizo esperar por él. Soltó su pelo y le agarró las manos, sujetandoselas por encima de la cabeza. Le empotró la cabeza contra la pared y comenzó a violar su boca como si un coño se tratara. Débora se quedó mirándolo fijamente, como si viera a un dios poseyendola, y así se sentía. Idolatraba a su polla, como si de un cetro real se tratase. De su garganta se podía oír el sonido como la polla bloqueaba las vías respiratorias, asfixiandola. Pero no le importaba. Si debía morir sirviendole que así fuera. Estaba en el más absoluto cielo. Era feliz.

 

-Zorra,¿quieres que me corra dentro de tí o fuera?-

 

-Guengo.-

 

-¿Qué es lo que has dicho?-

 

-¡Guen…go!-

 

-¿Fuera? Si, me parece una buena idea, así todos sabrán lo puta que eres.- Y Debora en vez de molestarse chupó con más fuerza, ordeñando la polla con su boca.

 

Tomás sacó su polla y mientras con una mano la sujetaba con la otra su pajeó, liberando varios chorros de esperma que cubrieron el rostro de Débora como una máscara. Instintivamente, la profesora comenzó a mover la lengua, buscando los restos de esperma que podía meterse en la boca. Algo tan delicioso no se podía malgastar.

 

-Eres una puta, Débora,no una profesora. Recuerdalo.-

 

 

 

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-¡Débora! ¡Despierta de una vez!-

 

Débora se despertó como si no entendiera qué estaba pasando ¿Dónde estaba? Necesitó unos segundos para darse cuenta de que se encontraba en su sofá, tumbada en una posición incómoda. Trató de levantarse, pero las fuerzas le fallaban, por lo que tuvo que arrastrarse para conseguir ponerse en una postura cómoda. Le pitaban los oídos y aunque sabía que le decían algo no era capaz de enterarse de nada ¿Aquello… había sido… un sueño? No. No podía ser. Parecía tan real. Espera,…¿qué estaba diciendo? Claro que era un sueño. No, más bien una pesadilla. Era imposible que ella pudiera disfrutar de aquella situación. Pero a su vez… el simple pensamiento del sabor de una polla en su boca, el roce de sus paredes con su tallo, el golpeteo de una cadera contra sus nalgas; todo aquello le producían una sonrisa estúpida en su cara. Dios, ¿que le estaba pasando?

 

-Debora, ¿me estas escuchando, joder?- Por fin la voz consiguió imponerse a los pitidos, pudiendo oír la voz de un hombre.

 

Al alzar la cara, vio que frente a ella estaba su suegro. Si hubiera sido otro momento habría puesto cara de sorpresa, pero estaba completamente ida, por lo que salvo por un movimiento de cejas no cambió su rostro.

 

-Asquerosa borracha ¿No te acuerdas? Dios, ¿cómo pudo nuestro hijo casarse con alguien como tu? Mirate. Pareces una ramera. Y apestas a alcohol y a suciedad… no. Ni de coña te vamos a dejar a Paul en este estado. No.- Se alejó de ella y antes de salir dijo algo que no alcanzó a oír.

 

Debora se recostó sobre el sofá mirando al techo como si fuera un cielo estrellado ¿Que era lo que había dicho? No estaba segura, pero en ese momento no era capaz de centrarse en nada. Lentamente fue despertando hasta que tuvo fuerzas para levantarse. Al hacerlo caminó a paso torpe hasta la cocina, donde buscaba algo que comenzaba a sentir que le faltaba. Sacó una botella de vino de botellero y lo descorcho. El dulce sabor de la bebida se deslizó por su garganta mientras volvía hasta el sofá. Una vez allí se dejó caer, y al sentarse notó que tenía algo en un bolsillo. Era el móvil de Tomás.

 

Una idea recorrió la espina dorsal de la mujer y abrió el móvil para poder ver las fotos. Se sorprendió de lo que veía, pero más aún cuando vio el video. La perfección con que quedaba todo era casi como un cuadro. Su mano se deslizó lentamente por su cuerpo, alcanzó su entrepierna con cierta avidez. No llevaba ropa interior y al contacto de sus dedos con sus labios, se activaron todos sus sentidos.

 

Soltó el móvil y sacó el portátil que tenía debajo de la mesa del salón. Necesito muy poco para encontrar lo que buscaba: porno. Pero justo buscaba algo más particular, y lo encontró. Era un video de una joven que era follada y degradada por cinco hombres. La follaban por sus tres agujeros, la pegaban, la escupian, la hacían suplicar… y cualquier variación que desearan, haciéndola sentirse un perro. Y aquello era lo que Débora quería. Quería sentirse así de humillada. Quería ser aquella puta. Se quitó la ropa y se despatarró sobre el sofá, masajeando su coño a la vez que pellizcaba sus tetas. Era delicioso. Delicioso el solo pensamiento de que alguien te pudiera tratar así, como si no fueras nada, un pedazo de carne que deseaba ser usado. Poco tardó en superar con sus gemidos el sonido del vídeo, acabando en un brutal orgasmo. Cuando acabó, se llevó sus pegajosos dedos a la boca y lamió con deseo. Aquel era el sabor del sexo. De la lujuria. De una puta. Era su sabor.

 

El teléfono de Tomás comenzó a vibrar. Aquello asustó a Débora, que estaba centrada en su propio placer en ese momento. La mujer miró el móvil, insegura de qué debía hacer. Poco a poco, como un cervatillo asustado, acercó la mano hasta agarrarlo. El número estaba oculto, lo que acabó con la valentía de Débora. Colgó el móvil y lo alejó de ella. Agarró el cojín y se abrazó a el como una niña asustada. Asustada de una mísera llamada.

 

-Débora. Tranquilizate. Es solo una llamada.- Una sonrisa se dibujó en su rostro al darse cuenta de que se lo decía a si misma. Se estaba volviendo loca.

 

El celular volvió a sonar. La profesora quedó petrificada ¿Sería el mismo número? Al acercarse comprobó que el número volvía a estar oculto. Pero esta vez tuvo más valor. Era solo una llamada telefónica.

 

-¿S…sí?- Al responder pudo oír con claridad una respiración pesada, casi como si se asfixiara. El silencio se hizo unos segundos hasta que una voz casi chillona salió del emisor.

 

-¿Débora Szuta?- Los ojos de Débora se abrieron de par en par. Aquel no era su número ¿Cómo sabía que era ella?

 

-No… no, se ha confundido.-

 

-No me mientas. Se quien eres Débora. Se lo que has hecho. Sí a media noche no vas al apartamento de Tomás, iré a la policía. Ah, y abstente de traer cuchillos, jajaja.- Colgó el teléfono sin dejarla contestar.

 

Débora soltó el móvil, que se deslizó por su mano hasta tocar el sofa. Una lágrima se derramó por su mejilla izquierda. La pesadilla no había acabado.

Roberto despertó perezosamente. Había sido la mejor noche que había dormido en.mucho tiempo y era normal que necesitará desperezarse. Se estiró un poco y comenzó a buscar a aquella mujer que había pasado a ser de su propiedad. Pero no estaba.

 

“¿Que cojones?” pensó para sí. “Así que se ha escapado… no… solo has puesto las cosas más interesantes.” Se levantó y miró hacia el instituto con una sonrisa burlona “¿No es así, profesora Szuta?”

el piquero

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