La profesora de matemáticas 4

Al día siguiente Alberto resolvió el problema con facilidad. Nati trató de disimular cierto nerviosismo cuando le llamó a la pizarra, recordando la tarde anterior. Empezaba a sentirse indefensa y débil solo con su presencia.

–         Menos mal que alguien aprovecha estas clases, puedes sentarte Alberto. ¿Veis? El ejercicio no era tan difícil como pensáis, sois unos vagos.

A la salida del instituto sus amigos comentaron jocosamente la clase con Alberto.

–         Como te quiere la puta, ¿eh? Que no es tan difícil dice la zorra.

–         Uno que sabe. – Respondió Alberto.

–         A ti porque se te da bien, los demás estamos jodidos.

–         Yo bien que le jodía el coño.

–         Y el culo, seguro que le gusta a la cacho puta.

–         Así está de profesora, ¿qué te crees? Es una calientapollas mirad como viste, marcando bien todo.

Alberto recordó gozoso y disimulando que él si le había hecho las fantasías que expresaban sus amigos. En lo que no tenían razón era en que le gustara que le dieran por el culo. Ese fin de semana iba a dejarla descansar y ahondar en su hermana Clara. Esa tarde además se estaba duchando y entró Clara a orinar a sabiendas que su hermano estaba en la ducha.

–         Ey Clara que estoy en la ducha.

–         Ya lo sé pero me meo, además con la mampara no te veo nada no te preocupes.

–         Si no es eso…

–         A mí no me importa, tampoco me ves nada.

Clara se sentó a mear y trató de discernir algo a través del plástico y ver al menos el contorno de la polla. Por su parte Alberto sentía igualmente morbosidad por la situación pero tampoco pudo ver la desnudez de cintura para debajo de Clara. Ésta después de limpiarse se acarició un poco el interior de la vagina y sonrió.

–         Bueno ya me voy, quejica, como si me fuera a asustar de verte en pelotas, cosa más natural.

Ese sábado sus padres habían sido invitados al cumpleaños de una amistad y cenarían fuera. Su madre le había encargado que ayudara a Clara con la cena y que se marchara luego si le apetecía salir. Clara no había opuesto apenas resistencia como acostumbraba otras veces diciendo que ya era mayor. A las 8 de la tarde sus padres ya se habían ido de clase, no sin antes, dar la madre las últimas indicaciones. Clara le miró a su hermano con una sonrisa irresistible, mezcla de dulzura, picardía y encanto natural, nada más quedarse solos.

–         Por fin solos hermanito.

–         Sí, hermanita.

Clara llevaba un pantalón corto, que hacía lucir unos muslos delgados y firmes pero torneados, de suave piel. Y una camiseta gris que hacía marcar unas incipientes tetas. De hecho Clara sentía duras sus tetas, más que ningún otro día, todavía pequeñas pero firmes y redondas. El conjunto era el de una lolita dulce y encantadora.

–         Bueno Clara, ahora que estamos solos podemos hablar tranquilamente.

–         Sí. – Respondió sonriente y encaminándose al sofá.

Clara se sentó en una esquina, ladeada mirando a su hermano, con las piernas relajadas y haciendo que se le subiera el pantalón. Alberto trató de que aquella visión no le impidiera decir lo que tenía previsto.

–         Creo hermanita que ya te estás interesando seriamente por los chicos, ¿verdad?

–         Sí. – Respondió sonriendo.

–         Con tu simpatía y lo guapa que eres podrás ligarte a quien quieras, pero que no sea un mierda.

–         Jajaja.

–         Tienes lo que se dice un encanto natural, muy sexy.

–         Yo también tenía pensado decirte… decirte algo.

–         Siempre hemos tenido confianza para contarnos las cosas.

–         Tienes razón en lo que has dicho.

–         Ah, está bien. Últimamente te veo curiosa con lo que te decía de los chicos.

–         Sí. – Con su sonrisa más dulce.

–         Pero no quiero engañarte, bueno, eres más lista que yo, sacas mejores notas y eres más formal.

–         Ya sé que no me engañas, yo empecé el juego.

–         Ah. – Algo sorprendido pero viendo que era cierto. – Eso te quería decir.

–         Que es un secreto entre tu y yo. – A la vez que decía esto se deslizó como una felina por el sofá hasta sentarse a su lado, rozando con su hombro.

–         Claro que es un secreto, y un juego divertido.

–         Decía, que no puede ser un mierda el primero. Tranquilo, no quiero que me desvirgues, aún jeje. Pero sí que me enseñes algunas cosas.

–         Ya me has visto en calzoncillos.

–         Y tu a mi en tetas, me llevas ventaja.

–         Unas tetas muy bonitas y más cuando acabes de desarrollarte.

–         Es un juego, yo te enseño y tú también. ¿Quién mejor que tu para enseñarme?

–         ¿Y qué quiere que te enseñe?

Alberto estaba encantado por cómo se desarrollaban los acontecimientos con Clara. Ésta sonrió ligeramente maliciosa y fijó su mirada en la entrepierna.

–         Je, quieres ver una polla, no has visto ninguna, por eso me buscas en el baño o cuando me cambio. – Clara sintió sonriente.

–         Pero antes quiero ver a que sabe un beso.

–         ¿No has tonteado con ningún chico?

–         Eso sí, pero no me dejo.

–         Chica lista.

–         Pero ya hay que empezar a hacer cosas y quiero contigo.

Alberto se giró y buscó los labios de su hermana, a la que besó con enorme dulzura. Qué sabor tan fresco e inocente emanaba su boca, era como saborear un néctar, juguetear con su lengua. Su hermana se colocó encima de sus rodillas de frente y siguió besándole despacio.

–         Eres muy buen maestro.

A Alberto le gustó aun más que los besos con Nati.

–         Uy que duro nota ahí abajo, ¿qué es esto?

Sonrió pícara posando su mano en el paquete de Alberto que tenía su polla totalmente erecta.

–         Bien lo sabes hermanita, lo que pasa cuando estás con una chica guapa.

–         Jaja, pero no lo he visto nunca.

–         Tú misma.

Clara le miró curiosa y agradecida, expectante de ver su primera polla y feliz de provocar ese efecto en su hermano. Alberto se bajó el pantalón y Clara se quedó absorta mirando el bulto y palpando. Alberto sentía un escalofrío cada vez que su hermana posaba su mano. Mientras quería disfrutar cada instante. Finalmente le bajó un poco la solapa y vio el inicio del tronco de la polla. Al segundo intento Alberto levantó el culo y facilitó que lo quitara. Su polla saltó enhiesta y la mostró con orgullo y lleno de morbosidad a su cándida hermanita. Ésta mostró un gesto mezcla de admiración, agradecimiento, satisfacción y sorpresa.

–         No sabía que pudiera tener este tamaño.

–         Pues ya ves.

–         Es distinto de verla de verdad. ¿Puedo tocarla?

–         Claro, mira que dura.

Con gesto de curiosidad y sin perder la sonrisa, Clara palpó levemente la polla de su hermano, que sintió un escalofrío al sentir la suavidad de la mano de su hermana sobre su polla.

–         Uy, sí.

–         Jeje.

Clara siguió acariciando la polla cada vez con más confianza y también los huevos.

–         Tienes la puntita mojada.

–         Es líquido preseminal, sale antes de correrse cuando sientes placer sexual.

–         Uy, ¿te lo doy?

–         Pues claro. Será nuestro secreto. Mira.

Alberto se recogió con el dedo y se lo dio a probar a su hermana, que le chupó el dedo como si fuera un helado.

–         Me gusta.

–         ¿No crees que debes de ofrecerme ya algo a cambio? Yo enseño tú enseñas.

–         Uy sí.

De modo resuelto se quitó la camiseta y para sorpresa de Alberto no llevaba nada más debajo. Dos incipientes tetas bien formadas y con pezones respingones se le mostraban.

–         Qué tetas más bonitas tienes hermanita.

–         ¿Te gustan? ¿De verdad? Me hace feliz.

–         Mira, a los chicos nos encanta jugar con vuestras tetas.

Alberto empezó a acariciar y sentir la tersura de aquellas tetas, a besarlas y lamerlas, succionando levemente los pezones. Disfrutando de ver gemir de placer a su hermana.

–         Um, que gustito me das. Estoy mojada, mira.

Clara se metió la mano bajo las bragas y sacó dos dedos pringosos. Uno lo chupó ella y el otro se lo ofreció a Alberto, sediento del néctar de su hermana.

–         Um, que rica sabes, hermanita.

–         Quiero hacerte una buena paja.

–         Agarra así la polla, recorre todo el tronco, muy bien así, céntrate en el prepucio si quieres que un chico se corra. Um, que bien lo haces no parece que sea la primera.

–         Casi no me cabe en la mano jaja.

–         Aaaah.

Alberto sintió que se venía y colocó su mano para recoger el semen, que se le escurría entre los dedos y hubo de colocar la otra mano debajo. Clara observaba con interés el semen, lo olió y cogió entre sus dedos.

–         Pruébalo hombre, no seas mojigata ahora.

Clara sonrió y lo probó con algo de precaución, pareció gustarle y cogió más.

–         Me gusta.

–         Y a los chicos nos gusta eso.

–         Quiero que me sigas enseñando, quiero que seas tu y no otro chico.

–         Y yo encantado, pero vale de clases por hoy.

–         ¿No podemos seguir después de cenar? ¿Vas a irte por ahí? Podemos salir juntos si quieres. ¿No te importa?

–         Ya veré. – Dijo sonriendo.

El juego iba mejor de lo que había previsto y Clara también estaba encantada de ver que sus provocaciones habían surtido efecto. Acabada la cena Alberto ya había decidido. También pensó en lo diferente que era el sexo con Nati y con su hermana.

–         Bueno, podemos dar una vuelta y estar pronto en casa. Iremos a tomar algo a una terraza, ¿qué te parece?

–         Estupendo.

–         Con una condición.

–         ¿Cuál? – Preguntó expectante.

–         Verte desnuda.

–         ¿Era eso? Si yo quiero que precisamente seas tú el primero que me vea desnuda. Ven a mi cuarto que me voy a cambiar.

Clara volvió a quitarse la camiseta, se le veía complacida desnudándose ante su hermano. Se bajó el pantalón corto dejando ver unas braguitas blancas con flores y girándose para mostrar todo su cuerpo.

–         Que bragas tan bonitas llevas hermanita.

–         Y más lo que hay debajo.

–         Sí, eres preciosa.

Se deslizó las bragas al suelo y se quedó con los brazos en jarras sonriendo angelicalmente.

–         Falta algo.

–         ¿Qué?

–         Los calcetines. El acuerdo era totalmente desnuda.

–         Sí, jaja.

Alberto se acercó a admirar el cuerpo desnudo de Clara. Un culo respingón y unas tetas firmes que palpó con suavidad.

–         Pon el culo en pompa, muy bien.

Una finísima capa de vello púbico de color marrón claro le cubría los labios vaginales en forma rectangular.

–         Ponte como antes.

Alberto se agachó junto a la vagina y aspiró su olor a la vez que acariciaba las nalgas y muslos.

–         Bueno, vístete y nos damos una vueltecilla.

Llevaba una enorme erección y dudó en si ir a masturbarse. Pensó que el paseo le relajaría a pesar de ir con la causante. Se sentaron en una terraza y Alberto le aconsejó que no se dejara engatusar por nadie por lo mucho que valía, a pesar de la sensatez que ya tenía su hermana. Y que cuidara de malas compañías y chicos con aire de malote. Clara tenía curiosidad por saber más de la vida sexual de su hermano pero pensó que tiempo habría de preguntar y que ese no era el sitio.

–         Debes estar centrada en los estudios y seguir como hasta ahora.

–         No te preocupes.

–         Son casi las doce, para casa, mamá no te deja volver más tarde.

–         Pero volverán más tarde hoy.

–         Vamos.

Al entrar a casa Clara le dio un gran abrazo y un beso en los labios.

–         A dormir, hermanita.

–         Sí.

–         Y recuerda que soy tu hermano, no tu novio, ya te llegará, ¿eh?

–         Sí, pero sigue enseñándome.

–         Vale.

Alberto estaba ya en la cama, con el torso desnudo por el calor que empezaba a hacer y sintió que abrían la puerta del dormitorio y aparecía Clara. Llevaba un camisón muy fino de color claro y bastante corto.

–         ¿Qué haces?

–         ¿Puedo tumbarme junto a ti? Un ratito nada más.

–         No quiero que nos pillen.

–         Solo un ratito, por fa.

–         Un ratito y a tu cama.

Clara sonrió y se arrebulló junto a él abrazándole el pecho. Alberto sentía la finura de su piel.

–         ¿Todavía no se te ha bajado? – Señalando la erección.

–         No, y contigo al lado menos.

–         ¿Te hago otra paja? No me importa.

–         No. Ya vale por hoy.

–         Vale.

Alberto notó a los pocos minutos que se adormilaba su hermana.

–         Eh, Clara, que te duermes, vuelve a tu cuarto.

–         Um, un poquito más.

Al final se quedó dormida y Alberto tuvo que cargar con ella para llevarla a su cuarto. Cosa que le recordó a la mañana siguiente entre risas.

–         No cierres la puerta de tu cuarto, yo tendré la mía abierta. – Le susurró melosa.

El domingo seguía con el calentón y pensó en ir a casa de Nati a pesar de que dijo que le dejaría tranquila. Pensó que si mantenía su palabra sería mejor para el dominio que ejercía sobre ella. Se metió en el baño y echó, esta vez sí, el pestillo, y se masturbó pensando tanto en Nati como Clara.

Nati apareció el lunes como tenía asignado sin bragas. La falda de cuero le protegía dentro de lo que cabe. Alberto volvió a esperar al final de las clases y esta vez también le bajó la falda en el pasillo.

El martes decidió acudir a su hora de tutoría y descargar de una vez. El encuentro con Clara y sus coqueteos en casa le estaban excitando más de lo que había pensado. La esperó en el pasillo y la abordó.

–         Al baño de mujeres, vamos.

Nati se preocupó de que nadie les viera ni siguiera.

–         Entra a ver si hay alguien.

–         Podemos pasar. – Dijo Nati después de haber comprobado.

Alberto echó el pestillo y pasó a besarla apasionadamente sin más preámbulos. Rápidamente se bajó los pantalones y mostró un pene congestionado. Hizo sentar a Nati en la taza del váter y le folló la boca más que dejarse hacer una mamada.

–         Glof, glof, um, ah, glof.

Le abrió la blusa cruzada de color rojo y amasó sus tetas. La dejó encima de la tapa del váter y le desabrochó el sujetador liberando los dos melones de Nati que volvió a disfrutar. Hasta les dio un par de palmadas. Sin perder tiempo le desabrochó la falda negra y le bajó las bragas del mismo color. Con poca delicadez le metió dos dedos al fondo de la vagina, los frotó en su cara y dijo.

–         Ya estás otra vez mojada, puta. Toma.

–         Auf, ah, aaah.

De un empujón seco le metió toda la polla, dejándola contra la pared. Le dio la vuelta y le dio un par de cachetadas en las nalgas, gesto que desagradaba a Nati. Le abrió las nalgas y le metió la polla en el culo mientras sentía que desgarraba su ano.

–         No, otra vez no. El culo…

–         Calla puta.

–         Ay, aaah, no, aah.

Para Nati era una enculada inesperada, más aún que el asalto que estaba sufriendo. Pero Alberto estaba disfrutando infligirle una nueva humillación y en el mismo instituto. Rebajó el ritmo para aguantar más y le jaló del pelo, gesto que sabía que tampoco le gustaba.

–         Toma, te doy por el culo puta, en el instituto donde nos das por el culo en clase, jaja, toma guarra. A ver si te puedes sentar mañana.

Alberto prefirió correrse en la vagina de Nati y para alivio de esta le sacó la polla del culo, para sin darle descanso hundírsela en el coño.

–         Me voy a correr aquí, en tu chocho peludo, para que te vayas caliente a casita. Aaaaah.

Alberto se recostó sobre el cuerpo de Nati y la besó. Mantuvo su polla dentro hasta que sintió que bajaba la erección. Le cerró los labios vaginales y la sentó en el váter.

–         No hemos acabado.

Le acercó la polla a los labios y Nati entendió que debía limpiarle la polla. Con cierto asco después de haber estado martilleando su culo, era la primera vez que se la chupaba después de ello. Una vez limpia y reluciente se la refrotó despectivamente por la cara. Ya satisfecho y más relajado, se vistió y salió del baño. Dejando a Nati desnuda sentada en el baño y a punto de sollozar. Trató de recomponerse y se atusó el pelo, fue recogiendo el sujetador y la blusa y se subió las bragas y la falda. Se lavó la cara y respiró hondo antes de salir. Ya en casa se dio una larga ducha nada más llegar y se tumbó en el sofá solo con una camiseta encima. Pensó que la dureza en el tratamiento que le dispensaba Alberto iba en aumento a pesar de complacerle en todo, precisamente era eso, tener que poner  el culo a su disposición, le martirizaba.

El miércoles aun le pesaba la tarde anterior a pesar de sus esfuerzos. Además de tener clase con él debía ir sin sujetador. Había elegido un vestido de verano con tirantes, blanco y estampado, con una cazadora vaquera. Se sentía algo más protegida y a la vez dejaba ver buena parte de su escote como le pedía Alberto. Pero no fue de esa opinión, acabada la clase tocaba recreo, se rezagó y se acercó a la mesa.

–         Muy cuca con esa cazadora, ya te la puedes ir quitando y que no te la vuelva a ver puesta. A mitad de recreo en el seminario de matemáticas.

Nati le esperó en el seminario, que Alberto sabía que estarían solos. Cerró la puerta y le bajó los tirantes, provocando un grito de sorpresa en Nati, que instintivamente se cubrió las tetas con las manos, avergonzada.  Inmediatamente se las quitó y quedó solo en bragas delante de su alumno con el vestido por los tobillos.

–         A mi no me las puedes dar con trucos, no lo vuelvas a hacer.

–         Pero se me veía el escote.

–         Sí, pero no entero. Estás muy mona con ese vestido y debes lucirlo. La próxima semana lo llevarás lunes y miércoles y en el examen final de curso también. Ya te anticipo que ese día irás solo con eso, sin ropa interior debajo.

Nati agachó la cabeza avergonzada y haciéndose a la idea. Alberto le dio otro morreo y le sobó las tetas a placer. Para acabar le bajó las bragas, quedando Nati totalmente expuesta y humillada.

–         Esto como pequeño castigo, para que aprendas.

Le dio un azote en el culo y se marchó. Nati se quedó un momento paralizada y rápidamente reaccionó pues no tardarían en volver sus compañeros. Se subió las bragas y el vestido y azorada estuvo a punto de ponerse la cazadora. Poco después entró el compañero que le pedía salir. No había cejado en todo el curso a pesar de las tajantes negativas. Nati cogió su carpeta de clase y salió del seminario.

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