Luisa, la amiga de mi madre (5)

Paco pasó varios días pensando en la propuesta de Luisa. Parecía que tanto roce había terminado por convertirse en un auténtico quebradero de cabeza para el joven.

La madura prácticamente podía decirse que lo había iniciado en el sexo y le había enseñado mucho. Tenía un extraño vínculo sentimental con aquella mujer que le sacaba más de 20 años.

Le daba miedo presentarle a un amigo que lo dejara a él por los suelos, había que descartar a los ligones y guaperas.

Tampoco quería cumplir realidad la fantasía de Luisa y dejarla decepcionada. Sabía que algunos de sus amigos aún eran vírgenes, habría que descartarlos.

En esta encrucijada estaba, fijándose, en la puerta de su instituto en todos los chavales que salían para volver a sus casas cuando oyó detrás suyo la voz de quien resolvería su problema.

– Paco, ¿vas a venir a la cena?

Sergio era un chico guapo de buen porte. Paco no estaba en su círculo de amigos, pero se conocían del instituto y se llevaban muy bien.

– Ey, Sergio – devolvió el saludo -. Claro que sí, habrá que celebrar que terminamos el instituto y despedirnos, que ahora cada uno tira a un lado y a saber cuándo nos volvemos a ver, ¿no?

– Hombre, claro – Paco observaba al chico de arriba abajo, fijándose hasta en el mínimo detalle. Tenía unos brazos fibrados sin ser excesivamente musculosos, sus hombros se marcaban cuando levantaba los brazos. Su cuello era ancho y sus piernas marcaban unos gemelos anchos, producto de jugar al fútbol.

– Oye, tú y yo siempre nos hemos llevado bien pero nunca nos hemos relacionado demasiado – maquiavélicamente, Paco planeaba la jugada -, creo que escuché hace un tiempo a María decir que querías ir a estudiar al norte… – María y Sergio habían dejado una larga relación hacía un mes.

– Sí, quiero ir a estudiar a Oviedo.

– Qué lejos, yo quiero ir al sur. Oye, y ¿por qué no vienes mañana por la tarde a mi casa y echamos unas partidas a la play? Como despedida entre nosotros.

– Me parece genial, ¿te llamo luego?

– Ok.

Los chicos se despidieron y Paco volvió a casa contento. Sergio era un buen fichaje para Luisa. Un chaval joven como él y con buen físico. Después de año de relación con su novia, lo que no le faltaría sería experiencia sexual, pero tampoco era uno de los sex symbol de clase, así que, era poco probable que Luisa quedara prendada de él.

Llegó a casa, feliz y besó en la mejilla a su madre, que se encontraba preparando la comida en la cocina. Le dio un cachete en el culo.

– Hola, mamá, ¿y Luisa?

– Ha ido a una entrevista – respondió Marisa -, me dijo que no la esperáramos para comer, que iba a ir después a ver a unas amigas, que dice que últimamente la tienes ocupada y no ve a nadie – madre e hijo intercambiaron sonrisas cómplices.

Comieron con una charla banal y, sobre las 7 de la tarde, Marisa anunció a su hijo que se iba a clase de Pilates.

Marisa llegó al gimnasio hablando con dos compañeras que había encontrado por el camino.

– Vamos, chicas, que empezamos ya – dijo Juan Fran, el entrenador.

Las mujeres pasaron al probador y se cambiaron rápidamente. Marisa salió a clase con unas mallas largas y una camiseta verde ceñida que marcaba sus pequeños pechos.

Juan Fran se colocó delante del grupo de mujeres y empezó con la clase. La mayoría de las alumnas, ya mayores, babeaban con el monitor. Sus brazos esculpidos enseguida se mostraban brillantes por el sudor y sus pectorales grandes y duros eran algo muy alejado de lo que veían en sus maridos al volver a casa. Juan Fran, que no debía tener más de 30 años iba completamente depilado y cuando se giraba todas admiraban su trasero, esculpido a base de horas de gimnasio.

La clase duró una hora y, al acabar, todas fueron saliendo hablando entre ellas.

– Marisa – Juan Fran la llamó para que no saliera mientras él colocaba las cosas que se habían usado en el entrenamiento.

– ¿Sí?

– Enhorabuena, en tan sólo un mes he visto mucha mejoría en ti. Estás mucho mejor coordinada que cuando empezaste.

– Muchas gracias – respondió con una sonrisa la madre de Paco.

– He pensado que a lo mejor podrías unirte a nuestro grupo de fines de semana, que es más avanzado.

– Bueno, tendría que mirarlo a ver qué tal me cuadra. Ya te diré algo – Marisa se giró para salir. Sintió una mano recorriendo su espalda y se paró.

– Tienes una espalda muy bien alineada, no es normal en mujeres de tu edad, aunque, por lo que se ve, te conservas igual de bien en todos los aspectos.

La idea de Juan Fran de hacer tiempo con Marisa estaba surtiendo efecto. Ambos oían cómo la mayoría de las mujeres iban saliendo de los vestuarios.

– Tengo que ducharme – dijo Marisa continuando hacia los baños.

Juan Fran se quedó en recepción, esperando. Contó y cuando calculó que no quedaba más que Marisa en el baño, cerró la puerta con llave. Se desnudó y se dirigió a los vestuarios, donde ya no se oía ninguna ducha.

La polla de Juan Fran, colgaba bamboleándose. Morcillona medía unos 17 centímetros e iba de lado a lado. Sus abdominales se marcaban perfectamente. Entró sigiloso y vio al fondo a Marisa, desnuda, de espaldas, mientras se secaba. Su culo redondito quedaba a la vista.

Juan Fran colocó su pene entre las nalgas de Marisa y la enderezó, cubriendo con sus manos los pechos de la madura.

– ¿Qué haces? – dijo sin moverse, nerviosa, Marisa.

– Yo sé lo que necesita una guarrilla como tú. Me he fijado en cómo me miras y sé lo que quieres… – pellizcó uno de sus pezones, que ya se veían duros.

Marisa que siempre había sido una mujer independiente y nada sumisa, no estaba de acuerdo con esa situación, además, estaba bien servida con su hijo y su amiga.

– Oye, Juan Fran, estás a tiempo de parar, haré como que no ha pasado nada.

La mano del entrenador subió y agarró el cuello de Marisa tirando de él un poco hacia arriba.

– Voy a follarte aquí, y tú te vas a tragar mi polla entera.

A estas alturas, el pene de Juan Fran ya estaba completamente duro y Marisa lo sentía entre sus piernas. Su coño también estaba mojada y el entrenador sentía la humedad sobre su falo.

– ¿No dices nada? Empecemos pues.

Su mano volvió a los pechos y empezó a besarle el cuello a la mujer. Marisa en principio estaba quieta, aunque no podía disimular un calentón más que evidente.

El entrenador comenzó movimientos pélvicos, pasando su polla por el coño de Marisa.

– Estás húmeda. Eres una guarra y esto te está poniendo a mil – la sonrisa desencajada de Juan Fran lo descubría como un auténtico pervertido -. Ven aquí.

Le dio la vuelta y la besó. Ella recorrió los dorsales marcados del entrenador con sus manos. Subió hasta los pectorales y fue bajando poco a poco por sus abdominales hasta dar con su polla. La agarró y fue bajando con su lengua, haciendo el mismo trayecto que hicieron sus manos. Se entretuvo algo en los pezones del muchacho y siguió bajando, sintiendo los pliegues musculares a la altura de su estómago.

Cuando llegó a la verga, la admiró. La de su hijo era grande, pero la de su entrenador era descomunal.

Poco a poco fue introduciéndola dentro de sí. Su lengua rodeaba el glande, aunque le costaba, pues la polla abarcaba casi toda su boca. La sacó y escupió sobre ella. Masturbó a su entrenador.

– Así me gusta, putita, cómetela otra vez.

Marisa, lujuriosa, repitió el proceso. Chupaba el glande, bajaba por un lateral y luego subía para repetir por el otro lateral. Sus manos iban desde el musculoso culo hasta los poderosos cuádriceps mientras continuaba la felación.

– Sube – Juan Fran tiró de la madura hacia arriba -. Ahora vamos a disfrutar los dos.

La puso mirando a la pared y le hizo sacar el culo hacia fuera. Pasó su dedo por el húmedo coño de la madre.

– Estás muy mojadita, te está gustando, ¿eh?

– Mmmmmm… – un suspiro fue toda la respuesta que obtuvo.

El dedo se apartó de la vagina y, enseguida, fue sustituido por un trozo de carne más duro y grueso. Entró poco a poco, pero sin paradas.

Cuando entró completamente, Juan Fran la agarró por los cachetes.

– Vaya, tienes un coño muy profundo, no a todas les entra.

– No eres el más grande que me haya follado – respondió entre gemidos y suspiros Marisa para picarlo.

La provocación tuvo efecto, pues Juan Fran empezó un mete saca rápido y furioso. Marisa sentía la potencia de las embestidas y le proporcionaban amplio placer. Sentía cómo la polla, completamente mojada, entraba y salía acompañada de los golpes de pelvis contra culo.

Las manos de Juan Fran estaban estáticas en las nalgas de la mujer, así que ella cogió una y la llevó a su boca, metiéndose un dedo. Las penetraciones continuaban mientras ella chupeteaba el dedo corazón de su entrenador.

La otra mano se situó sobre un pecho y pellizcó fuerte.

– ¡Ay! Bruto…

La presión no se alivió, al contrario, aumentó. Los gemidos se mezclaban con gritos e dolor. Juan Fran la penetró hasta el fondo y se inclinó. Mordió el cuello de la mujer, aligerando la presión sobre el pezón.

Los gemidos se alternaban con suspiros de dolor. Marisa sintió que se corría y un chorro cayó entre sus pies y los de su monitor.

– ¿Has terminado, puta? Pues yo no.

La giró y la sentó de rodillas ante él. Se agarró el pene y comenzó una masturbación frenética metiéndole el dedo pulgar de su mano libre en la boca a su alumna. Bajó el prepucio todo lo que pudo y apuntó a la cara de su amante. Descargó todo su semen en ella.

– Bueno, Marisa, en diez minutos cierro, así que date prisa.

Y se giró dejándola allí, de rodillas y con el rostro cubierto de esperma, observando ese cuerpo perfecto salir de los vestuarios.

Se lavó la cara y salió. No pudo ni mirar a la cara su entrenador. Se despidió gacha y salió lo antes posible.

De vuelta a casa, se sentía sucia, nunca había sido tratada de esa forma, pero cuanto más lo recordaba más cachonda se ponía.

Marisa llegó a casa diez minutos más tarde. Encontró a Luisa leyendo, en el salón.

– ¿Y Paco?

– Salió con unos amigos a dar una vuelta.

Marisa continuó al baño para dejar la ropa sudada en el cesto de ropa sucia. Se sacó las bragas que llevaba, empapada por los flujos que había soltado de vuelta a casa, recordando lo sucedido. Se limpió sus partes íntimas y salió al salón, con pantalones y sin bragas. Se sentó junto a Luisa.

La olió, llevaba perfume y, Marisa sintió por primera vez en su vida, excitación por una mujer. La observó mientras leía.

Sus grandes pechos caían hacia delante en una camiseta blanca. Su barriga se marcaba algo justo antes de sus piernas. Eran anchas, pero tersas. Los pantaloncitos apenas le llegaban a la mitad del muslo. Iba descalza.

Puso su mano sobre el muslo de su amiga y lo acarició suavemente.

– ¿Qué haces? – dijo su amiga riéndose.

Marisa se relamió mientras seguía acariciando a su amiga.

– ¿Echas de menos a Paquito? – dijo con sorna Luisa.

– No… – Luisa respondió como ida, mirando de arriba abajo a su amiga.

– Volverá en un rato.

– Te he dicho que ahora mismo no tengo interés en él – Marisa subió su mano y la colocó sobre uno de los pechos de Luisa. Como siempre que iba por casa, lo hacía sin sujetador. Su amiga le quitó la mano.

– Oye, ¿no te parece que esto ya es mucho? Nunca he hecho algo así.

– Ni yo – Marisa estaba absorta en el cuerpo de su amiga, como fuera de la realidad.

Luisa le apartó la mano y dejó el libro sobre la mesa.

– ¿Qué te pasa?

Marisa se levantó del sofá y se quitó la camiseta. Sus pechos, en punta, señalaban al infinito.

– Estoy cachonda como una perra – sentía el gran cambio que había producido su entrenador en ella.

Luisa se levantó.

– Marisa… – sin darle tiempo a terminar la frase, Marisa se abalanzó sobre ella y la besó. En un primer momento, Luisa intentó rechazarla, pero su amiga le cogió las manos y las colocó sobre sus pechos, lentamente, los intentos por salir de esa situación disminuyeron y las caricias comenzaron.

Las manos de Luisa pasaban los dedos, suavemente por los pezones erectos de su amiga. Marisa, extasiada, besaba a su amiga pasando sus manos por sus mejillas.

Las dos maduras, de pie en el salón, pasaron así unos minutos.

– Ven – Marisa cogió de la mano a su amiga y la llevó al sofá. Se sentaron y Luisa empujó despacio a su amiga para que se recostara. Tiró de sus pantalones y se los sacó, quedando ante ella el coño depilado de su amiga. Se quitó la camiseta.

Sus pechos se movieron al salir de su atadura. Se inclinó de nuevo sobre su amiga y se fundieron en un nuevo beso pasional, apretando sus pechos.

Luisa acercó la cabeza a la vagina de su amiga y sacó su lengua. Primero daba pasadas rápidas y después las hacía cada vez más lentas. Eventualmente acompañaba un dedo, aunque no lo metía entero.

– Uh, ah… Fóllame ya, puta…

Luisa sonrió. Fue metiendo su dedo lentamente hasta penetrarla completamente. Una vez así, chupó de nuevo su clítoris. Sin guardar su lengua, empezó el mete saca con su dedo. Añadió otro más y vio cómo el gesto de su amiga evolucionaba a uno que reflejara mayor placer.

Marisa apartó la cabeza de Luisa y le hizo sacar la mano.

– Quiero que esto nos dure más.

Se sonrieron y volvieron a besarse. Mientras se besaban, con Marisa incorporada y con Luisa entre sus piernas, ésta última sobaba el coño de su amiga.

Marisa ayudó a Luisa a quitarse los pantalones y las bragas y la hizo ponerse a cuatro patas. Se colocó a un lado y buscó su coño. Despacito fue metiendo su dedo corazón.

– Oooooooh – su amiga disfrutaba la penetración.

Luisa no tardó en añadir otro dedo, emulando a su amiga y, mientras hacía esto con una mano, usaba la otra para acariciar el cuerpo de Luisa. Pasaba la mano por sus pechos, acariciaba sus nalgas y acababa por meter los dedos en la boca de la madura.

Se colocó detrás y, desde esa posición, abrió los labios vaginales de su amiga y penetró su lengua. Sentía los fluidos calientes que emanaban del interior de su amiga. Con sus dedos, ahora sin ocupación, acariciaba su clítoris con una mano y el de su amiga con la otra.

Ambas se incorporaron quedando sentadas una al lado de la otra en el sofá.

Luisa se abrió de piernas ante su amiga y la invitó a poner el sexo junto al suyo. Marisa pasó una pierna por encima de la de su amiga y se dejó caer. Una vez que ambos sexos estuvieron en contacto, Marisa inició un movimiento pélvico permitiendo el roce de los dos húmedos órganos. Un placer intenso  recorrió los cuerpos de las dos maduras. Marisa aumentó la velocidad hasta sentir que se venía. Primero ella sintió cómo inundaba a su amiga con sus fluidos y, al poco, se sintió inundada por su amiga. Le sonrió y se agachó para besarla.

– Nunca había pensado que pasaría algo así – dijo Luisa abrazándola.

Marisa suspiró y ambas quedaron abrazadas, tumbadas en el sofá.

Gafoso

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