Gemelas ninfómanas I, Orgullosas de papá

Nota preliminar

Este relato corresponde, a partes iguales, a la autoría de Natjaz Vasidra y Doncella Edith. Cualquier comentario que quieran dejarnos debe ser dirigido a las dos, pues en esta ocasión hemos sido esa maravillosa “Bestia Gestálica” que actúa multiplicada.

¡Que les caliente y divierta leerlo tanto como a nosotras nos puso cachondas escribirlo!

01 Naty

La familia se compone de cuatro integrantes: nuestra abuela, nuestro padre Elykner, mi hermana Edith y yo, Naty. Edith y yo somos gemelas idénticas, de diecinueve años. Somos rubias, de ojos azul cobalto, largas cabelleras platino y cuerpos voluptuosos. Salvo nuestro padre y nuestra abuela, a quien cariñosamente llamamos Mamá Victoria, no hay ente viviente que sepa diferenciarnos a simple vista.

Papá es alto, bronceado, con una ascendencia entre sefardí y africana que le proporciona unas facciones atractivas, estructura física de músculos compactos bien definidos y una profunda voz de tenor. Aún siendo escritor, desmiente el estereotipo del Nerd o Friki eternamente sumergido entre libros y alejado del ejercicio. Junto con nosotras, practica Krav Magá, equitación, tiro y deportes extremos. En casa nos tomamos en serio aquello de “mente sana en cuerpo sano”.

Nuestra madre nos abandonó cuando mi hermana y yo teníamos cinco años. Aparte del trabajo en los talleres artesanales de Mamá Victoria y en su tienda de antigüedades, papá luchó arduamente en el mundo literario. Sería ocioso contar sobre los miles de amaneceres en que lo sorprendimos pegado al ordenador, redactando obras como negro literario para beneficio de otros autores, corrigiendo tesis universitarias o haciendo trabajo propio, después de largas noches en vela a base de tabaco y café. Gracias a su paciente lucha, al fin hubo una editorial que reconoció sus esfuerzos y le publicó una trilogía de Ciencia Ficción.

Mi relación con Edith era y es muy especial. A diferencia de otras gemelas, mi hermana y yo siempre nos quisimos mucho. Papá fomentó el cariño entre nosotras, de él aprendimos que estábamos juntas para “compartir, no para competir”. Crecimos respetando nuestras individualidades, pero conscientes de nuestras equivalencias. Nuestro padre y nuestra abuela nos enseñaron que nos amaban exactamente igual, respetando y atendiendo nuestras necesidades particulares, pero en el mismo grado de cariño. Nunca una de nosotras quiso tomar lo que correspondiera a la otra, siempre compartimos y velamos porque a las dos nos tocara de todo parejo. Somos como una Bestia Gestálica; misma alma encarnada en dos cuerpos idénticos a la vez, con dos identidades y mentes, creadas para amar a su reflejo por sobre todas las cosas.

Al cumplir dieciocho años, acudimos a una clínica de depilación láser para someternos al tratamiento permanente y eliminar el vello pubico, de axilas y delinear nuestras cejas. Para entonces, nuestro cariño rebasaba el nivel de lo que siente una hermana por otra. Durante las sesiones no nos mostramos los resultados, cuando estas concluyeron nos encerramos para comparar nuestros cuerpos. Así, de un modo casi inconsciente, nos encontramos examinando mutuamente nuestra anatomía. El vernos desnudas y explorar nuestras intimidades nos llevó, de la mano del inmenso amor que compartíamos, a iniciar una relación lésbica filial.

Edith y yo nos enamoramos de nuestros reflejos, idolatramos nuestra semejanza y adoramos lo que nos hace distintas una de otra. Juntas experimentamos, descubrimos y aprendimos, siempre desde la perspectiva de igualdad, respeto y unión. Poco después de comenzar, hablamos con Mamá Victoria quien, lejos de escandalizarse, nos comprendió, apoyó e incluso compartió con nosotras sus conocimientos de amor lésbico. Quedó pendiente el tema de explicar a nuestro padre la naturaleza de nuestra relación. En ningún momento temimos que no nos comprendiera o se desgarrara las vestiduras, sencillamente quisimos que todo madurara antes de comunicárselo. Por esos días surgió lo de la redacción y publicación de su trilogía, por lo que decidimos dejarlo trabajar en paz.

Contrariamente a lo que muchas personas piensan, el ser lesbianas no nos convierte en seres andróginos o masculinos. Edith y yo somos incluso más femeninas que otras mujeres, ya que conocemos muy profundamente los misterios de nuestro sexo. Mamá Victoria supo orientarnos en cuestiones amatorias, nos compartió sus consejos, sus conocimientos e incluso nos obsequió nuestros primeros consoladores.

Mi gemela y yo nos planteamos el tema de incluir en nuestra vida sexual a un hombre (he dicho uno, no dos) y conocer el sexo hetero. Cortejamos a un chico maravilloso, muy guapo, lleno de valores, virtuoso, alegre, divertido y emocionante. El problema fue que, a pesar de que siempre le insinuamos que ambas éramos distintas y equivalentes, que ambas éramos libres y dueñas de nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros corazones, él se decidió sólo por una, menospreciando a la otra.

No diré quién fue la preferida, ni las razones que hundieron a la desfavorecida, simplemente añado sus palabras textuales: “estoy pensando más en ti que en tu hermana, tómalo como un cumplido”.

Era de esperar en un hombre educado en un ambiente heterosexual y monógamo, pero nos dolió mucho que hiciera comparaciones entre nosotras y una de las dos resultara vencedora sobre la otra. Lo dicho, estamos educadas para “compartir, no para competir”. Descartamos a nuestro amigo, no niego que hayamos sido un pelín injustas en el modo que lo rechazamos, pero nos hirió la comparación.

El corazón de una mujer es un universo lleno de misterios. Los corazones de dos mujeres duplican los enigmas y el amor compartido de dos gemelas implica el reto más grande de la creación.

Así llegamos a los hechos que arropan esta historia.

La trilogía de novelas escritas por nuestro padre, titulada “Vapor Estelar”, es una saga correspondiente al subgénero del Steampunk, con elementos retrofuturistas. La trama se desarrolla en un distante futuro cuya tecnología espacial se basa en máquinas impulsadas por vapor e hidrógeno, y cuyos elementos sociológicos y antropológicos recuerdan al lector los usos y costumbres de los siglos XVII al XIX.

Jethro Gedther, el protagonista, es un oficial de la Armada Estelar que, tras descubrir los malos manejos de los Reinos Globulares, deserta y se une a las bandas de pillaje que buscan recursos para detonar una guerra de independencia con el fin de liberar las colonias del Brazo Sagitario. Devna Urbeysh, capitana de la Armada Estelar, pasa de ser amante de Jethro a convertirse en su más acérrima perseguidora. Durante el desarrollo de la acción, el protagonista conoce a Rivka Galder y establece una relación sentimental con ella. Juntos conseguirán la libertad de las colonias oprimidas.

El proyecto fue bien recibido en la editorial. Los jefes de papá no censuraron las escenas más cruentas. El contenido bélico, erótico y de sexo explícito superó todos los filtros y llegó completo a los lectores. Con pocos meses de publicada, la saga tenía ya una comunidad de seguidores en Internet, así como clubes de admiradores en varias ciudades. Edith y yo, siempre orgullosas de papá, fuimos y somos sus más grandes admiradoras.

Teníamos en puertas dos celebraciones, el cumpleaños de nuestro padre y la firma de sus obras en la Convención De Fantasía, Terror Y Ciencia Ficción. El evento literario se llevaría a cabo el 24 de Septiembre, en Guadalajara. El onomástico, dos días después.

La editorial organizó todo para que papá y nosotras llegáramos, Mamá Victoria no pudo acompañarnos. Nos hospedamos en el hotel y dispusimos de tiempo para presentarnos en el salón de eventos. Permaneceríamos en el hotel toda una semana.

La estrategia publicitaria consistía en disfrazar a papá como Jethro Gedther, dos edecanes contratadas encarnarían a Devna Urbeysh y Rivka Galder. Nos instalamos en la suite que constaba de dos habitaciones, una para papá y otra para nosotras. Las “edecarnes” llegaron acompañadas de la editora y todos descubrimos el gran problema técnico que teníamos encima.

El atuendo de papá fue confeccionado a medida, por lo que no debía representar mayor problema. Lo que nadie pudo prever fue que las copas de los corpiños de los disfraces femeninos eran mayores al tamaño de los bustos de las modelos contratadas. Con la firma encima, el evento ya comenzado y todos los stands llenos, estábamos a punto de perder una buena jugada de mercadotecnia.

Edith, práctica como siempre, sugirió que ella y yo usáramos los atuendos. A nuestro padre y a su editora les regresó el alma al cuerpo e incluso cayeron en la cuenta de que sería aún más atractivo para los admiradores el hecho de que fuéramos gemelas.

Así fue como, sin esperarlo ni buscarlo, Edith se convirtió temporalmente en Devna Urbeysh y yo personifiqué a Rivka Galder.

02 Edith

Naty y yo estábamos muy cachondas. Nos excitaba la perspectiva de exhibirnos públicamente como dos de las fantasías sexuales de papá. Entramos a nuestra habitación con los paquetes de ropa entre los brazos.

Nos encantó el espejo de cuerpo entero que iba de un muro a otro. Nos colocamos juntas para mirarnos.

—Tenemos unos minutos —susurró Naty en mi oído.

—Me apetece jugar —comenté pasando un brazo sobre sus hombros.

Con la mano libre fui desabotonando su blusa mientras ella jugaba con el botón de mis jeans. Entre suspiros y comentarios en voz baja nos desnudamos mutuamente. Sin prendas ni pudores nos abrazamos. Nuestros senos, ya con los pezones erectos, se unieron para compartir su calor mientras nuestros sexos se humedecían excitados.

Nos besamos con ganas. Abrí mi boca para recibir su lengua, la cual lamí mientras mi hermana clavaba sus uñas en mis nalgas. Por el rabillo del ojo miré nuestros reflejos y moví a Naty para situarla pegada al espejo.

Nos contemplamos. Cuatro mujeres idénticas que unidas formaban un bosque de piernas torneadas y una colosal cordillera de senos orgullosos. Naty tocó mi coño y me introdujo un dedo por la entrada vaginal.

—¡Deja que te devore, te necesito! —rogué.

Sin esperar sur respuesta me arrodillé ante ella, dando la espalda al espejo. Llevé mi boca a su vagina en un movimiento miles de veces practicado. Mi gemela se estremeció cuando lamí su clítoris. Afuera de la habitación, papá charlaba animadamente con su editora.

Las piernas de Naty parecieron flaquear cuando introduje dos dedos en su coño e inicié un rápido movimiento de entrada y salida que involucraba profundos roces en su “Punto G”. En ningún momento dejé de estimular su nódulo de placer con mis labios y lengua; sólo acertó a estirar los brazos y apoyar las manos contra el espejo para dejarse hacer. Sus caderas se movían involuntariamente, haciendo que sus senos se balancearan.

—Afuera está papá —me recordó—. ¿No te das cuenta que puede descubrirnos?

—Sí, y me excita mucho —respondí haciendo una breve pausa.

Seguí con el juego. Esta clase de “asaltos sexuales sorpresivos” era parte de nuestra relación. Cuando llegábamos a algún lugar nuevo, lo primero que hacíamos era darnos placer para “marcar el territorio”. En este caso, el fetiche que tenemos por los espejos ayudaba a subir nuestra fiebre sexual.

Mis dedos entraban en su vagina, se separaban en su interior para retirarse rozando las zonas más sensitivas, coordinando esta maniobra con una fuerte succión de mis labios en su clítoris. Mi hermana agitaba la cabeza y movía la pelvis contra mi rostro. De esta manera conseguí hacerla llegar al primer orgasmo de la tarde.

Jadeando, Naty se arrodilló frente a mí. Nos miramos con deseo y volvimos a besarnos, compartiendo el sabor de sus jugos vaginales.

—Mi turno… mi turno —jadeó con sus labios pegados a los míos.

—¿No tenías miedo de que Papá nos descubriera? —pregunté divertida.

—¡Tengo más miedo de quedarme con las ganas de probarte hoy!

Con esta respuesta se acomodó a mi espalda y me colocó de rodillas frente al espejo. Sostuvo mis tetas desde atrás, como ofreciéndoselos a mi reflejo. Por un instante sentí como si las chicas al otro lado del espejo fuéramos nosotras dos, pero en papeles invertidos. Naty besó mi cuello y lamió el lóbulo de mi oreja derecha.

—Te marcaría un chupetón si no temiera que nos descubrieran —señaló jadeante.

—Te lo devolvería, para que estuviéramos parejas —respondí.

Descendió con su boca por mi espalda, en una candente cadena de besos. Me empujó para dejarme en cuatro puntos, con mi rostro pegado al espejo. Mi mirada topó con la de una joven que bien podría ser Naty o yo, en cuya expresión se notaban las ganas de marcha. Finalmente, mi hermana se acostó sobre la alfombra con la cabeza entre mis muslos. Me hizo separar las piernas y descender la pelvis para poner mi vagina sobre su boca.

Temblé de placer cuando lamió mi coño. Enseguida mordisqueó con sus labios bucales mis labios vaginales. Yo estaba casi sentada sobre el rostro de mi hermana, me sostenía con los brazos extendidos y miraba las muecas de gozo de mi reflejo. Naty me penetró con dos dedos, hurgando para estimularme por dentro mientras succionaba mi clítoris. Extendía y contraía las falanges en mi intimidad, pulsando mi “Punto G” mientras ríos de jugo vaginal empapaban su cara.

Sabía cómo llevarme al éxtasis, pues siendo idéntica a mí, mis puntos erógenos eran los mismos que la hacían gozar a ella. Un orgasmo electrizante me recorrió entera, mi amada gemela succionó y lamió todo mi jugo vaginal que cayó en su boca.

Nos incorporamos jadeando. Volvimos a besarnos frotando nuestros senos para compartir el calor de las pieles femeninas.

—¡Estoy enamorada de ti! —exclamé con su cuerpo entre mis brazos.

—¡Te amo con el alma, no podría ser menos! —respondió—. ¿Podemos apurarnos? Papá nos espera afuera y hay unos disfraces que tenemos que estrenar.

Fuimos de la mano al baño y Nat abrió la llave de la ducha. Entre besos y risas nos bañamos juntas. Enjabonamos nuestros cuerpos mutuamente, sintiendo la caricia del agua que nos empapaba. Éramos como dos ninfas, como dos valkirias, como dos fuerzas elementales femeninas enamoradas entre sí para amar al universo.

Con las pieles resbalosas nos frotamos entre nosotras. Nuestros pezones enhiestos exigían atenciones, por lo que sostuve las tetas de Naty y los lamí por completo. En ocasiones succionaba ruidosamente uno de los pezones y luego pasaba al otro. Mi gemela me abrazaba, bajando las manos para abrir y cerrar mis nalgas.

Casi la mordí cuando uno de sus dedos picoteó mi culo y lo penetró con la primera falange. Dejé sus senos para copiar la postura y también hurgué en el orificio posterior de mi hermana. El agua, el jabón y nuestras ganas me facilitaron la tarea de meterle el índice.

Frente a frente nos devoramos las bocas. Nuestros sexos se besaban a la misma altura. Sin dejar de penetrar nuestros respectivos anos, iniciamos una danza de frotación que estimulaba nuestros clítoris y nos hacía jadear.

—¿Chicas, están bien? —preguntó papá desde afuera —. Me pareció que alguien lloraba.

Sin dejar de frotarnos, Naty y yo nos miramos con lascivia. Nuestro padre estaba a escasos dos metros de nosotras, en el escenario de nuestro anterior follada lésbica. Se encontraba rodeado por las ropas que habíamos dejado tiradas en el suelo. Había escuchado nuestros jadeos y gemidos.

—Ahora vamos, papá —respondió Naty—. Nos estamos bañando.

—¿Juntas?

Nos excitaba mucho estar hablando con nuestro padre mientras nuestros sexos se frotaban y nos encaminaban al ya cercano clímax.

—Sí —respondí—. Es para ahorrar tiempo. Estábamos jugando e hicimos algo divertido, creo que eso fue lo que escuchaste.

Aceleramos nuestro roce. No sabíamos si el sonido del agua disfrazaba el chapoteo que producía vagina contra vagina y ese riesgo de ser descubiertas sumaba puntos de morbo a nuestra escala pasional.

—Vale, pero no demoren mucho —zanjó Elyk.

—¡Si quieres puedes entrar y tallarnos la espalda para que nos apuremos! —bromeó Nat.

La sola posibilidad hizo que mi gemela y yo alcanzáramos el orgasmo que nuestros sexos habían estado desarrollando. Al no poder gritar, nos besamos en la boca para devorar la manifestación de nuestro gozo.

—¿Les molesta si me visto en esta habitación? —preguntó papá sin haber captado la insinuación sexual —. Ustedes tienen un espejo de cuerpo entero.

Esta pregunta consiguió alargar nuestra corrida. Imaginar que papá se desnudaba a pocos pasos de donde nosotras estábamos haciendo el amor nos reencendió.

—¡Eres bienvenido! —grité en pleno éxtasis— ¡Todo es tuyo, despáchate como quieras!

Naty y yo caímos de rodillas, aún abrazadas.

—¡Que sabroso! —exclamó mi hermana—. ¿Crees que sospeche algo?

—No, pero es muy caliente hacer esto —le susurré al oído—. ¿En qué pensabas cuando lo invitaste a pasar? ¿Y si te tomaba la palabra?

—Él no es así. Se nota que es muy viril, pero nunca nos ha visto con morbo —me sonrió pícaramente—. ¡A lo mejor es lo que necesitamos!

—¿A papá? —pregunté—. ¿Crees que aceptaría?

—¿Quién mejor para amarnos a las dos al mismo nivel, para respetar nuestras individualidades y adorar nuestras similitudes?

—Esto hay que pensarlo —sugerí—. Me parece un poco fuerte, pero así completaríamos el círculo de “compartir, no competir”.

03 Naty

Edith y yo tuvimos que darnos una tregua sexual. Si seguíamos tocándonos, besándonos y susurrándonos frases ardientes no estaríamos listas para la Convención.

Terminamos de bañarnos en minutos. Nos envolvimos en las minúsculas toallas de hotel, que apenas si nos cubrían desde el pubis a la mitad de las tetas, y pasamos a la habitación.

En mi fuero interno deseaba que papá estuviera medio desnudo, pero ya se había puesto los ropajes que preparó la editorial.

El disfraz de papá consistía en casaca azul, pantalones negros, botas de alto cañón, capa gris, a juego con la camisa y tricordio negro. Lo completaba con una barba de candado que le daba un aire entre osado y lascivo. En resumen, se veía guapísimo ataviado como navegante espacial retrofuturista.

Se turbó al vernos cubiertas sólo por las toallas. Se volvió de espaldas a nosotras mientras Edith y yo quedábamos totalmente desnudas en medio de la habitación. Para mala o buena suerte de papá, él quedó frente al espejo, por lo que pudo ver perfectamente nuestros reflejos. Murmuró (o se atascó con) una disculpa, caminó de lado con los ojos cerrados y salió del cuarto seguido de nuestras risas.

A mi hermana le tocaba personificar a Devna Urbeysh. Su disfraz consistía en un ceñido corpiño, con motivos de engranes y estrellas decagonales, que hacía lucir el volumen de las tetas en toda su magnitud y ceñía la cintura, minifalda de corte asimétrico con franjas militares y botas de tacón alto. Sobre su cabeza, una boina militar con insignias de plata y bronce.

Para mí, en mi papel de Rivka Galder, tricordio rojo, un corpiño de cuero marrón tan ajustado y favorecedor como el de mi hermana, minifalda y botas de cañón medio. Ambas nos maquillamos delineando mucho los ojos, dejamos libres nuestros largos cabellos y nos ajustamos las pistoleras donde descansaban los trabucos láser de utilería.

Papá nos esperaba en la estancia de la suite. Se maravilló al vernos aparecer, no quedaba rastro de su turbación de minutos antes.

—¡Mis Gemas! —exclamó con voz cálida—. ¡Son un sueño materializado!

Ambas lo abrazamos, una a cada lado. Juntamos nuestras frentes en ángulo de quince grados y él nos besó al mismo tiempo, tal como hacía desde que éramos niñas para que ninguna de las dos se sintiera excluida.

—¡Te amamos, papá! —exclamamos al unísono.

A causa de la convención, los pasillos del hotel estaban atestados de criaturas fantásticas. Había Clone Troopers ataviados con armaduras de fibra de vidrio, Narutos escandalosos que jugaban a “las traes”, un Chavo Del Ocho, una Mafalda y otros personajes que no pude identificar. Nos tocó compartir el ascensor con una parvada de driadas de orejas afiladas, papá bromeó diciendo que parecían las hijas del Señor Spock.

El salón de eventos quedaba a un lado del hotel. Se trataba de una estructura de media hectárea de terreno, atestada de locales y stands donde se vendía o publicitaba todo tipo de artículos. Había autores de Novelas Gráficas de poca difusión, herreros de arte antiguo que vendían réplicas de armas de “Ice And Fire Song”, “Dragon Lance” o de “The Time Wheel”. Curadores que pregonaban sus pergaminos escritos con sentencias, hechizos o poemas medievales, neveros que vendían helados dentro de cráneos de Trolls, gitanas que leían la mano o las cartas gracias a un moderno programa de PC y, desde luego, autores de Ciencia Ficción que vendían y autografiaban sus obras.

En el stand de “Vapor Estelar” había al menos doscientos admiradores apretujados. Todos esperaban escuchar las palabras de papá, estrechar su mano, conocerlo brevemente y recibir un autógrafo en las primeras ediciones de la trilogía. Los admiradores, adolescentes y adultos, vestían, hablaban y ejecutaban gestos imitando a los personajes literarios de Elykner. Al vernos, abrieron un pasillo para dejarnos pasar.

Papá dio un discurso sobre la importancia del hábito de la lectura entre los jóvenes, lo agradecido que se sentía por que todos ellos estuvieran ahí y lo importantes que sus lectores eran para él. Conozco a mi padre, así como él sabe distinguir a sus hijas gemelas, ambas sabemos distinguir cuando dice la verdad o miente; en este discurso fue totalmente sincero.

Así fueron desfilando los seguidores. El personal de la editorial los acomodó a todos en una larga fila, pasaban, compraban los ejemplares de las obras que les faltaban, papá hablaba unos momentos con cada uno de ellos y se tomaban fotografías.

Casi ninguno dejaba pasar la oportunidad de tomarse una foto con Edith, conmigo, con papá o con los tres. De este modo amagué a un par de Legionarios Globulares con un trabuco de juguete, desmantelé un Golem y fui amarrada de pies y manos por una pandilla de corsarios desubicados. Con Edith y Elykner pasó algo parecido.

La tarde voló entre juegos de fantasía, risas y la magia de materializar el sueño de los lectores. Por la noche se unieron a nuestro stand los seguidores de otras obras o películas. En esa nueva hornada se revolvieron los tópicos, pero todos fueron bienvenidos. Me tomé fotos con un Hulk al que se le caían los pantalones, con un Chucky al que se le había perdido su cuchillo de neopreno e incluso con un Bob Esponja de botarga percudida. El acabose fue la foto que me hice con un Thor de piel cobriza y rasgos indígenas que no paró de intentar besarme y pedirme mi número del celular. Este chico me inspiró un calentón especial, pero no llegamos más allá.

Cuando miré a Edith, mi gemela se retrataba, tomada por la cintura entre un Darth Vader achaparrado y un Spider Man de barriga pulquera.

Papá estaba un poco lejos de nosotras. Charlaba con Megan T. Williams, una hermosa británica de raza negra, autora de la Novela Gráfica “Light Snake”. Mi mirada se cruzó con la de Edith y en este gesto nos dijimos todo.

Elykner tenía una vida muy ocupada. Repartía su tiempo en escribir, atendernos a nosotras, ayudar a Mamá Victoria con su taller de artesanías y el negocio de antigüedades. Sabíamos que debía tener alguna amiga cariñosa, pero realmente no le conocíamos a nadie.

Nos sentimos incómodas. No nos dolía que nuestro padre pudiera pasar un buen rato, más bien nos hería que otras mujeres pudieran recibir de él unas atenciones especiales que a nosotras nos hubieran venido bien, sobre todo porque a nuestros diecinueve no nos habíamos estrenado en el amor heterosexual.

Tomé una decisión mientras un Roland Deschain estrechaba mi cintura y hacía el amago de darme un beso para que su amigo C-3PO nos tomara la foto. Teníamos que seducir a Elykner antes de que fuera demasiado tarde. Transmití por señas esta idea a mi gemela y ella estuvo de acuerdo.

Edith habló al oído con Darth Vader y luego con el Spider Man pulquero. Los muchachos batieron palmas y solicitaron la atención de todos los presentes.

—¡Amigos! —gritó Darh Vader—. Nos falta tomar algunas fotos de los personajes de “Vapor Estelar”.

Las conversaciones cesaron. Alienígenas, robots, humanoides, dioses y súper héroes nos miraron fijamente.

—¡Yo quiero una donde Jethro Gedther se bese con Devna Urbeysh! —gritó el “Peter Porker” de Edith.

—¡Estaría bien una donde también esté con Rivka Galder! —reconoció Thor, quizá resignado a perderme.

Papá meneó la cabeza. Evidentemente era un hombre muy hormonal, pero jamás nos había visto con morbo. Éramos sus hijitas, sus niñas, sus Gemas, como él nos llamaba. Hasta esa tarde en que nos vio desnudas “accidentalmente”, nunca se había planteado la posibilidad de que ya fuéramos unas mujeres. Megan le habló al oído y friccionó su antebrazo izquierdo en un gesto de confianza.

—¡Beso! ¡Beso! ¡Beso! —gritaron los amigos de Edith.

—¡Sexo! ¡Sexo! ¡Sexo! —intercalaron C3 P—O, Roland Deschain y el Thor de bronce.

Nuestro padre tuvo que rendirse a la evidencia. Sus admiradores querían ver “algo más” que los acercara a “Vapor Estelar”. Lo miré y asentí, procurando no parecer ansiosa. Jethro Gedther se ubicó frente a mí mientras los entes fantásticos despejaban un espacio a nuestro alrededor.

—¿Estás segura? —preguntó mi padre mientras me tomaba por la cintura.

—Sí —susurré—. Ellos lo piden y será bueno para la publicidad. Tiene que ser real, de lo contrario, no se lo van a creer.

—¿Y tu hermana? —preguntó mientras yo estrechaba mi cuerpo con el suyo. Su entrepierna quedó sobre mi vientre y me agité entre sus brazos.

—¡La capitana Devna Urbeysh también debe besarte!

Palabras y acciones se fusionaron. Sentí que la verga de mi padre se endurecía contra mi vientre. Puse mis manos en su nuca y nuestras bocas se encontraron en un beso apasionado mientras las criaturas de ensueño y pesadilla gritaban, unas exigiendo besos, otras esperanzadas con el sexo.

El subidón hormonal me dejó mareada. Papá besaba como un maestro. Y mi primer beso heterosexual se estaba convirtiendo en toda una revelación. Me olvidé del ADN que compartíamos, de mi nombre, del planeta que nos cobijaba, de todos los testigos y me habría olvidado de respirar si no hubiera necesitado seguir viviendo para continuar con aquello.

Nuestras lenguas se encontraron dentro de mi boca, que rato antes había dado placer a la vagina de mi hermana; pensarlo hizo que me puso aún más cachonda. Mi coño chorreaba y mis flujos empapaban el tanga. La presión de mis endurecidos pezones contra el corpiño era casi dolorosa. Mis caderas se movían involuntariamente, friccionando su verga contra mi vientre.

Nos bañó una lluvia de destellos procedentes de las cámaras de nuestros espectadores.

Elykner intentó concluir el contacto bucal, pero no lo permití. Tomé a mi padre por los antebrazos y acomodé sus manos sobre mis nalgas, sin dejar de comerle la boca ronroneé aprobadora. Para asegurar la situación, elevé mi pierna izquierda y lo atrapé por la cintura. Eso es lo bueno del Krav Magá, o aprendes a descoyuntar articulaciones, o consigues el modo de enganchar a tu propio padre.

—¡Atáscate ahora que hay lodo! —gritó alguien, no sé si fue Blanca Nieves, La Chilindrina, Storm o Ayla, Hija De La Tierra.

Volvimos a la realidad y, con mucho pesar, me separé de papá.

—Naty, tenemos que hablar sobre esto —jadeó mi padre.

—¡Ha sido estupendo! —lo atajé, sabiendo el rumbo que hubiera tomado si le permitía continuar—. ¡Nunca imaginé que el primer beso fuera contigo!

—¡Falto yo! —exclamó Edith ya a nuestro lado— ¡Falto yo!

Mi gemela se colgó del cuello de nuestro padre y, sin darle tiempo a protestar, le besó la boca con ansias arrebatadoras.

Las criaturas de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción jaleaban a mi padre y mi hermana. La escena era bastante estimulante. Edith comía literalmente la boca de nuestro padre, casi sin dejarlo respirar. Imitando mi ejemplo, había alzado una pierna y frotaba contra su vientre la erección que nos engendró. Entendí el porqué del entusiasmo que mostraban nuestros espectadores.

La mirada de estupefacción de Megan se clavó en mí unos instantes. Le enseñé la lengua en un gesto que intentó ser grosero y terminó pareciendo lascivo.

El mini Darth Vader y el Spider Man regordete se habían quitado las máscaras y miraban a Edith endiosados. Sus entrepiernas lucían abultadas por la excitación. Pobres, el primero acababa de comprobar que El Lado Oscuro De La Fuerza tiene horizontes inalcanzables. El segundo aprendía que “Un gran poder implica tener que mirar cómo su nueva fantasía sexual devoraba los labios de su propio padre”.

Los espectadores fotografiaban a la pareja, entre gritos de júbilo y silbidos. Cuando Edith y nuestro padre se separaron pude ver que él tenía los labios manchados del carmín de sus hijas gemelas.

Papá volvió a su lugar. Los presentes le pedían que les autografiara incluso recuerdos correspondientes a libros y películas ajenos. Playeras, máscaras, armas de juguete y afiches. Edith volvió conmigo, sonriendo con su gesto de “la gata que se comió al ratón”.

—¿Tu tanga está tan empapado como el mío? —preguntó con desparpajo.

—¡Sí! —grité—. ¡Fue de lo más extremo!

—Me alegra, porque es hora de pagar —señaló—. Debemos un favor a cierto insecto y cierto Jedy maligno.

Mi hermana me tomó de la mano y juntas caminamos atrás del stand. Darth Vader y Spider Man nos siguieron frotándose las manos.

—¡Yo no voy a hacer nada con estos! —objeté.

—¡Tu hermana nos prometió una orgía con ustedes dos si proponíamos lo del beso con el escritor! —se quejó Darth Vader.

Para ese momento ya estábamos ocultos de las miradas indiscretas.

—Y cumpliremos —aseguró Edith—. Pero no será hoy. Nos vemos el próximo 31 de Febrero en este mismo hotel. Entonces, y sólo entonces, nosotras cogeremos con ustedes hasta que tengamos que pedir que los recoja la Cruz Roja. Lo de ahora será sólo un adelanto.

Los chicos aplaudieron felices e incluso se pusieron a calcular en qué día de la semana caía el 31 de Febrero. Quise reírme de su inocencia, pero me aguanté.

—No quiero nada con estos —le susurré al oído a mi gemela.

—Relájate, al menos se ganaron el derecho a mirar.

Dicho esto, Edith me recargó en la pared y me besó. Los chicos nos miraban enardecidos. Mi gemela se arrodilló delante de mí y me subió la falda para mostrar mi pubis. Jaló hábilmente del elástico de mi tanga empapada. Sorteando los cañones de mis botas consiguió quitármela del todo, dejándome desnuda de cintura para abajo. Mi vagina, expuesta y anhelante, segregó más flujo.

Dejándome temporalmente, Edith estampó un beso de carmín en la parte más húmeda de la prenda y entregó mi tanga a Darth Vader. El chico descubrió que En El Lado Oscuro De La Fuerza también hay espacio para la lujuria.

Mi hermana volvió conmigo, entonces imité en ella su maniobra. Levanté su falda y me agaché ante ella. Al hacerlo, mi trasero desnudo quedó a la vista de los muchachos. Spider Man se sacó el miembro para cascárselo sin importar (o precisamente por) que lo estuviéramos observando.

Quité la prenda íntima a mi gemela y, aspirando su aroma femenino, también marqué un beso sobre su humedad. Enseguida la entregué al Peter “Autoplacentero” Parker, quien no dudó en aspirar su fragancia y enrollarla sobre su verga. Darth Vader trató de tocarme, pero me alejé de él mostrándole el contoneo de mis nalgas.

Edith y yo nos besamos con verdadera lujuria mientras nuestros sexos se encontraban. El aliciente de sentirnos observadas nos ponía súpercachondas y comenzamos una serie de fricciones, vagina contra vagina, que obligaron a Lord Vader a bajarse los pantalones y acompañar a “nuestro amigo y buen vecino, el sorprendente Hombre Araña” en su labor masturbatoria.

Teníamos muchas ganas de follar, pero no nos cegaríamos por los primeros chicos pajilleros que nos encontrábamos. Nunca lo habíamos hecho con un hombre, por lo que nuestra primera vez hetero tenía que ser memorable.

Fui la primera en correrme, tuve que ahogar un grito de placer en la boca de Edith. Enseguida me acompañó mi hermana en el orgasmo. Cuando abrimos los ojos, vimos que Spider Man y Darth Vader ya habían eyaculado.

Me arrodillé de nuevo frente a Edith y lamí los jugos vaginales que corrían entre su coño y sus muslos. Al decir a los chicos que podían hacerse lo mismo entre ellos, se disculparon nerviosamente diciendo que “no le hacían a eso”. Luego, mi hermana limpió mis muslos y vagina con su lengua, reacomodamos nuestras ropas y nos despedimos de los chicos hasta “el 31 de Febrero”.

Regresamos al evento sin bragas, con los sexos empapados y la lujuria a flor de piel.

04 Edith

Cuando el evento terminó volvimos a nuestra suite. La convención se acabó para los asistentes, pero nosotros teníamos una semana de vacaciones en el hotel.

Papá nos dio nuestros besos de buenas noches y se fue a su habitación. Nosotras volvimos a aprovechar el espejo y estuvimos cogiendo un buen rato. Estábamos en pleno sesenta y nueve cuando escuchamos que papá se duchaba. Nos enardeció imaginarlo desnudo, pero reímos al oírlo estornudar. Los besos en la convención no lo habían dejado indiferente, pues al parecer se estaba bañando con agua helada.

El día siguiente, 25 de Septiembre, papá tenía un desayuno con su editora. Nosotras decidimos apuntarnos a un recorrido ecoturístico a caballo. Ya en el bosque, uno de nuestros compañeros de recorrido sufrió un accidente y el guía nos hizo regresar a todos. Volvimos al hotel tres horas antes de lo programado, así que pasamos a nuestra suite.

Encontramos cerrada la puerta de la habitación de papá. Desde adentro escuchamos una serie de gemidos placenteros, seguidos de apasionadas exclamaciones de gusto en inglés. Supusimos que Elykner estaba viendo una película porno, pero luego caímos en la cuenta de que aquello sonaba demasiado real.

—¡Está cogiendo con Megan T. Williams! —dedujo Naty y yo estuve de acuerdo.

—¿Qué hacemos? —pregunté repentinamente excitada.

—O salimos de aquí y fingimos que no sabemos nada, o tramos de ver lo que están haciendo.

—Bueno, es evidente que están follando, pero me da curiosidad saber cómo lo hacen.

—¡Entonces, andando! —exclamó mi gemela.

Pasamos a nuestra habitación y abrimos la puerta que daba al balcón. Fuimos en silencio a la puerta del balcón de papá. Afortunadamente, la cortina estaba mal cerrada. Lo que vimos nos dejó sin aliento.

Megan, de piel oscura y formas esculturales, estaba acostada y montada sobre nuestro padre. Le daba la espalda y movía frenéticamente las caderas mientras la verga de Elykner desquiciaba lo más profundo de su vagina.

Desde nuestro lugar podíamos ver aquellos cuerpos perfectos sincronizarse en una exquisita unión. Sus pieles brillaban con el sudor que los cubría, las manos de él sostenían las caderas de ella para marcarle un ritmo demencial. Las tetas de Megan botaban en respuesta al movimiento de los cuerpos. Ambos exclamaban frases de aliento, de aceptación, de deseo, pero no de amor.

—Nos hemos estado perdiendo de mucho —susurró Naty en mi oído mientras me acariciaba el trasero.

—Yo creo que papá es de los que dan importancia a los juegos eróticos de preliminares —señalé besando el cuello de mi hermana.

Naty gimió quedamente y me abrazó. Nos dimos un beso profundo y anhelante mientras los amantes seguían destrozándose de placer.

—Me refiero a que nos hemos perdido la parte heterosexual del juego —informó ella cuando nuestras bocas se separaron.

—No es nuestra culpa que no haya un hombre que puedan amarnos a las dos por igual —respondí.

Levanté el top de mi hermana y me desnudé de cintura para arriba buscando que nuestros senos se frotaran entre sí. Enfrente había un edificio en obras, lleno de albañiles que hubieran podido dejar sus actividades para mirarnos, si es que alguno de ellos se hubiera dado cuenta de lo que hacíamos.

—Ahí tenemos un hombre que no hace distinciones entre nosotras y que, al mismo tiempo, respeta nuestras individualidades —señaló Naty restregando sus pezones erectos contra los míos.

Adentro, Megan gritaba su enésimo orgasmo mientras papá le anunciaba su inminente eyaculación. En un arranque de locura, la británica le ordenó que “la preñara de gemelos mulatos”.

No resistí. Me arrodillé delante de mi hermana, hurgué debajo de su falda y le bajé el tanga de un tirón. Naty separó las piernas para recibir las caricias de mi boca sobre su encharcada vagina.

Los amantes follaban y se corrían en la cama, mi hermana se retorcía de placer de pie ante mí. Mis labios pintaban paisajes sensoriales en un clítoris que era idéntico al mío mientras mi coño palpitaba pidiendo guerra.

Nat se corrió empapando mi boca de flujos femeninos.

—¡Le va a dar por el culo! —exclamó mi hermana en un murmullo.

No quise perderme el espectáculo. Me quité el tanga y volví ante la ventana. Naty se acomodó detrás de mí, para ayudarme con mi masturbación.

Megan se acomodó en cuatro puntos sobre el colchón, dándonos una vista de perfil de todo su cuerpo. Sus hermosos senos colgaban y se agitaban al ritmo de su respiración. Papá besó sus nalgas con verdadera dedicación, al parecer ya habían tenido una sesión previa de dilatación anal, pues pudo deslizar sin dificultades dos dedos por su entrada posterior.

La mujer se apoyó sobre un hombro para liberar sus manos y poder separarse los glúteos, ofreciendo sus orificios a Elykner.

—¡Dame todo eso, que no pensé que lo tuvieras así! —exigió la británica en inglés.

—¡Te vas a enterar! —exclamó papá— ¡Esta es la parte más africana de mi anatomía!

Con estas palabras acomodó su glande sobre el culo de su amante. Mientras papá penetraba cuidadosamente a Megan, Naty se agachó detrás de mí y acomodó su cabeza bajo mis nalgas. Quise gritar cuando su lengua acarició mi culo. Deslicé dos dedos dentro de mi vagina.

Despacio, pero sin detenerse, nuestro padre fue metiendo su verga en el culo de la mujer. Ella se retorcía de gusto y sacudía la cabeza mientras gritaba frases de aliento.

Naty metió dos dedos en mi orificio posterior mientras el placer crecía en mi coño. Me excitaba estar así, al aire libre en ese juego erótico con mi hermana mientras papá enculaba a una hembra de bandera delante de nosotras.

Cuando por fin introdujo la “parte más africana de su anatomía” esperó unos momentos. Ella se acomodó de nuevo en cuatro y juntos iniciaron un sincronizado movimiento de avance y retroceso. Me estremecí de placer y tuve que morderme los labios para no gritar. En el edificio de enfrente, ningún albañil nos había visto.

Los amantes parecían los componentes de un mecanismo pasional bien engrasado. El miembro viril penetraba el estrecho culo con facilidad, gracias a los jugos vaginales de Megan y al semen de mi padre. Ella lanzaba las caderas adelante y atrás, coincidiendo matemáticamente con las arremetidas de papá. Mis caderas adoptaron el mismo ritmo, yendo al encuentro de los dedos de mi hermana en mi entrada trasera. Mis dedos volaban adentro de mi vagina y estallé en un orgasmo sublime al mismo tiempo que Megan se desquiciaba bramando de placer.

Papá resistió bastante más. Su reciente eyaculación le confería un margen de “tiempo efectivo” bastante amplio. Siguió ametrallando con ímpetu, consiguiendo elevar a la mujer a nuevas escaladas pasionales. Como colofón, ambos se corrieron en un intenso concierto de gritos y suspiros. Papá no abandonó el ano de Megan hasta que hubo soltado todo el esperma de su eyaculación.

Naty y yo acomodamos nuestras ropas intercambiando los tangas, como hacíamos siempre que estábamos deseosas de marcha. Papá y Megan fumaron en silencio y nosotras volvimos a nuestra habitación, temerosas de que alguno de ellos quisiera abrir la ventana. Minutos después escuchamos la ducha. Mientras los amantes se bañaban juntos volvimos a oír que Elykner hacía gemir y gritar a la británica.

—Estoy decidida —informé a mi hermana.

—Decidida y segura. –respondió ella.

De este modo comenzamos a planear las acciones del día siguiente. Pero esa es una historia digna de ser contada en la segunda parte de esta trilogía.

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Nota de las autoras

Este relato es imaginario, pero no por ello menos ardiente. Elykner cumple treinta y nueve años este 26 de Septiembre. Ha sido nuestro maestro, guía, amante, originador y, en cierto sentido, incluso nuestro padre. Lo amamos con toda el alma y estamos seguras de que él nos ama a las dos juntas, sin preferir a una para desfavorecer a la otra. Respeta nuestros gustos, atiende nuestras necesidades individuales y conjuntas, escucha nuestros problemas, confía en nosotras y nos da todo cuanto tiene, sabe y puede.

Elykner ha sido el más grande factor de unión en nuestra relación lésbica filial. Lo amamos y nos ama. Si a esto le añadimos que es el mejor amante que hubiéramos podido encontrar, tenemos la receta para vivir muy felices los tres.

Nota de Naty (Natjaz Vasidra)

Conocí a Elykner en el momento más terrible de mi vida. Nuestra relación era de Cyber amigos, no más profunda que el contacto que pudiera tener con cualquiera de ustedes. El día en que estuve a punto de ser asesinada por mi ex esposo, conseguí enviar treinta mensajes pidiendo ayuda. Naturalmente, Edith intentó salvarme, pero nuestros mayores la encerraron, impidiéndole venir a mi casa.

Elykner, casi sin conocerme, sin siquiera haber visto una foto mía, condujo ciento veinte kilómetros, violó varias leyes, arriesgó su vida y su libertad por rescatar a una perfecta desconocida quien, por cierto, se divertía atacándolo en el foro de Trovaliterarte.

Entró a sangre y fuego, como un Uriel Vengador, como un Janus, Custodio De La Puerta. Luchó como un Macabeo, como un guerrero Benjaminita, como un Teseo o un Jasón.

Curó mis heridas físicas, me ayudó con mis heridas psíquicas. Me tuvo en sus manos y pudo haber terminado de destruirme, pudo convertirme en su esclava, en su sumisa, en su mascota o su juguete sexual. En vez de ello, me dio la fuerza y me mostró mi propio Poder Interior. Me enseñó a defenderme físicamente con el Krav Magá, al punto de que hoy, siendo una mujer menudita, podría derribar y lesionar gravemente a un luchador que me duplicara en peso y años de entrenamiento.

Todos los compañeros de vida comparten lo suyo con sus parejas, bueno, Elykner me cedió todos sus bienes y puso todas sus cosas en mis manos. Pudo haberme convertido en su esclava y en vez e eso me coronó, al lado de Edith, como su Emperatriz. Pudo haberme violado, asesinado, destazado y arrojado a cualquier vertedero. En vez de eso me empoderó, me dio las claves para ser fuerte, sana, feliz y buscar esa dicha que a veces siento inalcanzable o inmerecida.

Muchos hombres (con minúscula) le condicionan el orgasmo a la mujer, Elykner procura darlo una y otra vez. En los momentos de pasión, donde algunos aprovechan para llamar “zorra”, “puta” o demás ofensas a su pareja, él da juramentos de amor, agradece por la maravilla de compartir el sexo con nosotras y expresa la felicidad que lo llena por el placer de que estemos vivos.

Cuando tengo recaídas o depresiones, él está conmigo. Me secunda en mis locuras, propone métodos de acción para liberarme de mis demonios internos o combatirlos. Está ahí, siempre presente, aún cuando (no me enorgullece), en mis malos momentos, he utilizado las mismas armas y herramientas que él me dio en contra suya.

Todo esto ha sido desde el principio. Ha soportado los ataques cobardes de la familia de Edith y mía, ya que estamos rodeadas de gente racista, cruel, indolente, clasista, ultracatólica y bien priísta.

Siempre ha tenido con nosotras el detalle perfecto, las atenciones exactas, los tratamientos adecuados para cada situación. Nos considera en todo terreno y en todo momento, desde consentirnos en los días que tenemos la regla (¡Al mismo tiempo ella y yo, JA, JA, JA), hasta ayudarnos en proyectos escolares o declaraciones fiscales.

Es tanto el amor que nos tenemos que a veces nos vemos obligados a darnos unas semanas de distancia. No se trata de falta de amor, sencillamente nos pasamos el día soñando, jugando, haciendo el amor y disfrutando tanto que perdemos la noción del tiempo y las responsabilidades que este mundo impone. A esto le llamamos el “Síndrome De John Y Yoko”. Ese es un detalle que tiene el amor verdadero, es tan liberador que se aprende a desechar todo lo que no tenga que ver con la felicidad que brinda.

Trabajar en la calidad de una relación no es tarea para las malas épocas. Es una labor diaria que implica consideración, comprensión, apoyo, compañerismo y un espíritu de entrega y valoración inquebrantable. Amar es nunca permitir que la rutina nos absorba, que la monotonía haga decaer la relación, que el tiempo de convivencia se desgaste y pierda su brillo. Amar es compartir, conocer, explorar y procurar mantener vivo el deseo por el bienestar propio y de nuestro compañero. Estas cosas las hemos aprendido de Elykner, no solo en palabras, sino en ejemplo y ejecución 24/7/12/365.

La mayoría de los hombres buscan conquistar a las mujeres, Elykner siempre procura amar y compenetrarse. Como mujer, me siento bendecida por su compañía. Lo amo desde el ángulo heterosexual de la mujer que encuentra en un hombre los valores y virtudes del amante perfecto. Lo adoro desde la perspectiva de la mujer bisexual que se sabe comprendida por un compañero que, lejos de escandalizarse, acepta y secunda las cosas que horrorizarían a casi todos los hombres. Lo idolatro desde el punto de vista de la mujer que tiene una relación lésbica con alguien de su propia sangre, relación a la que Elykner no se opone, que no le asusta ni le hace sentir amenazado. Si Elykner se desgarrara las vestiduras por algo, sería para quedar totalmente desnudo y compartir con nosotras los placeres del sexo sin complejos.

Nota de Edith

Fui la adolescente rebelde que se sentía (y era) rechazada por sus padres biológicos. Fui la criatura revoltosa, ansiosa de conocimientos, con hambre de crecer y convertirse en mujer. Fui la chiquilla que, desde la pubertad, encontró su identidad sexual y supo autodefinirse, primero como lesbiana y después como bisexual. Fui la chiquilla inquieta, necesitada de consejo, protección y un calor de familia que mis padres nunca supieron ni sabrán brindar.

Elykner fue la figura paterna que me orientó. Fue el guía que me llevó de la mano a una autonomía de pensamientos y sentimientos. Fue el HOMBRE que, sin saberlo, desnudó mi alma para liberarme de todo complejo y cargo de consciencia por mi naturaleza “diferente”.

Durante esos años de adolescencia me amó y me cuidó como un padre “normal” vela por su hija. Jamás me faltó al respeto, ni me miró con morbo o me “tocó accidentalmente”.

Me enseñó a defenderme físicamente con el Krav Magá, me enseñó a conducir, montar a caballo, disparar armas de fuego y con arco, correr en motocicleta, cocinar, jugar al póker y muchísimas cosas más. Aprendí de él a ser caritativa, generosa, independiente, creativa, dinámica y a luchar por las cosas que amo.

Impulsó e inspiró mi fantasía, me regaló cuantos libros quise leer, me brindó todo el calor que faltaba en mi casa. Era inevitable que, aún considerándome lesbiana y aún enamorada de Naty, me enamorara TAMBIÉN de Elykner.

Le entregué mi virginidad en un acto de amor, siempre en presencia de Naty y con ella de acuerdo, sin mentiras ni traiciones idiotas. Él temía que nuestra relación Padre—Hija y la magia no erótica que ambos habíamos creado juntos se difuminaran. Fueron temores infundados. Con su amor desperté a nuevos niveles de felicidad.

Gracias a Elykner hemos encontrado la mayor dicha erótica que pueda concebirse. Él nos enseñó el camino para convertirnos en las Diosas Sexuales que toda mujer debería aspirar a ser.

Amando y siendo amada por Naty y Elykner tengo lo mejor de dos mundos.

Edith Aretzaesh

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