Gemelas ninfómanas II, Incitando a papá

La mañana del 26 de Septiembre despertamos temprano. Era el cumpleaños de Elykner, nuestro padre. Edith, mi gemela, y yo nos alistamos para darle la sorpresa de su vida.

Nos bañamos y lo preparamos todo sin tocarnos. Deseábamos reservar nuestra energía sexual para la locura que habíamos planeado. Nos vestimos con los disfraces de la editorial, prescindiendo de las botas. Esta vez invertimos los papeles; Edith sería Rivka Galder, fugitiva y yo sería Devna Urbeysh, capitana de la Armada Estelar. Ambas representaríamos las fantasías eróticas de nuestro padre.

Estábamos cachondas. La perspectiva nos tenía con los nervios de punta y las vaginas ardiendo. Dos veces tuvimos que volver a asearnos las entrepiernas y cambiarnos los tangas, hasta que decidimos prescindir de ellos. Teníamos la libido a tope.

Ansiosas de marcha escuchamos que papá se levantaba en su habitación y se metía a bañar. Cuando el agua de la ducha cesó, contamos unos cinco minutos. Queríamos sorprenderlo fuera del agua, pero aún desnudo o a medio vestir.

Corrimos a su habitación. Él tenía por costumbre permanecer sin cerrojo, como en recuerdo de cuando éramos pequeñas y corríamos a su cama para dormir acompañadas. Entramos y lo encontramos recién bañado. Tenía una toalla enrollada en la cintura y se estaba peinando frente al espejo de la cómoda.

—¡Feliz cumpleaños, papá! —exclamamos las dos y corrimos a abrazarlo.

Nos recibió con gusto y juntas pegamos nuestros cuerpos contra su piel. Mis hormonas se revolucionaron por su aroma masculino, combinado con el desodorante y la frescura del reciente baño. Besamos a papá una y otra vez, primero en las mejillas y luego acercándonos peligrosamente a su boca.

—¿Nos quieres, papá? —preguntó Edith con un puchero.

—¡Las amo con toda mi alma, mis hermosas Gemas! —respondió sin dudarlo.

—Papá, hay algo muy serio que debemos hablar —señalé ensombreciendo el tono de mi voz.

—Nat, me estás asustando —se preocupó—. ¿Sucede algo malo?

—Malo no, más bien difícil de asimilar —confesó mi hermana.

—Lo que sea, siempre podemos hablarlo —concilió Elykner.

Papá se sentó en la cama y nosotras nos acomodamos a sus costados, dejándolo en medio. Edith y yo nos tomamos de las manos sobre los muslos de él.

—No es fácil para nosotras decirte esto, por eso tenemos que hacerlo juntas. Necesitaremos de toda tu comprensión —dije mirándolo a los ojos.

—No importa de lo que se trate —dijo él sin dudar—, yo estaré aquí para apoyarlas siempre que me necesiten.

Pasó sus brazos sobre nuestros hombros en gesto protector. Evidentemente estaba tenso y preocupado, pero no asustado. Así es papá, un guerrero indestructible capaz de convertirse en el cómplice de sus Gemas.

—¡Papá, somos lesbianas! —confesamos Edith y yo al mismo tiempo.

Él exhaló y se relajó. Nuestra confesión no le amilanaba. Me sentí más ligera. Al menos ahora ya no tendríamos que escondernos.

—¿Eso era todo? —preguntó calmado—. Por un momento imaginé que estaban en un problema serio, algo de drogas o, no sé. Que quede clara una cosa, nunca me asustará ni indignará ninguna situación de índole sexual que suceda con ustedes. Tampoco me habría escandalizado si alguna estuviera embarazada. ¿Las dos son lesbianas, o sólo se trata de una y la otra quiere apoyar a su hermana?

—Las dos somos lesbianas, papá —reiteró Edith—. Gracias por comprendernos y apoyarnos. Te falta saber que estamos enamoradas y somos bien correspondidas.

—¿Y el amor heterosexual? —preguntó sin empacho—. Quizá valdría la pena que también probaran con un hombre; recuerden que su abuela es bisexual, fue feliz con mi padre y lo ha sido con otras mujeres.

—Papá, no comprendiste lo que dice Edith —atajé—. Mi hermana y yo somos lesbianas, estamos enamoradas y somos bien correspondidas… ¡Ella y yo somos pareja!

Elykner abrió mucho los ojos. Antes de que pudiera decir algo, mi hermana y yo nos besamos en la boca delante de él. Nuestras cabezas quedaron pegadas de costado contra su torso. Su vello me hizo cosquillas desde el oído hasta el cuello. Escuché el acelerado latido de su corazón.

—Gemas, nada cambiará —comentó nervioso—. Si lo que necesitaban era mi aprobación o mi apoyo, lo tienen sin dudarlo. Esta situación es poco ortodoxa, pero no me importa. ¡Son mis hijas, las amo con el alma y no dejaría de estar de su parte!

Edith y yo deshicimos nuestro beso y juntamos las mejillas para mirarlo de frente.

—Antes preguntabas por el amor hetero —recordó ella—. No lo hemos probado. Lo que pasa es que no hemos encontrado a un chico que sea capaz de amarnos a las dos a la vez, con el mismo grao de cariño, sin hacer distinciones entre nosotras y respetando al mismo tiempo nuestras individualidades.

—¿Tiene que ser un hombre para ambas? —preguntó él con temblor en la voz.

Un vistazo me reveló que el bulto en su entrepierna había crecido bajo la toalla. Me pareció lógico. Nos tenía pegadas a él, juntas en franca actitud lésbica, vestidas como sus fantasías eróticas literarias y destilando feromonas a todo vapor.

—No podrían ser dos —reconocí—. Aunque los cuatro termináramos en la misma cama o incluso nos intercambiáramos, tarde o temprano ellos querrían separarnos.

—Por eso te necesitamos, papá —declaró mi hermana—. Dos hombres tratarían de separarnos y uno haría comparaciones entre nosotras.

Nos pegamos a su cuerpo. Nuestros muslos aprisionaron los suyos. Involuntariamente aspiró nuestra fragancia femenina, con toda la carga de feromonas. Lo abrazamos al mismo tiempo y él aumentó la presión de sus brazos sobre nuestros hombros.

—¡Queremos que nos enseñes los secretos del amor heterosexual! —exclamé.

—Pero eso… eso no es habitual —murmuró él—. No digo que esté mal lo de que ustedes sean lesbianas. Ni siquiera me escandalizo por que se amen y sean pareja, aún siendo hermanas. Pero el que yo participe me parece como pasarnos tres pueblos.

Nos alzamos y lo miramos retadoras. Estábamos jugándonos el todo por el todo.

—¿Quién mejor que tú? —pregunté y me abalancé a darle un rápido beso sobre la boca.

—¡Nosotras queremos y tú puedes hacerlo! —exclamó Edith y repitió mi ejemplo besando a papá también.

—¿Recuerdas loo que pasó con Vasilia Aliena? —pregunté en el tono de trivia que papá usaba con nosotras cuando quería corroborar que leíamos los libros de Ciencia Ficción.

—¿Qué hubiera pasado con el planeta Tierra si Han Fastolfe no se hubiera negado a hacer el amor con su hija?

Papá se echó para atrás. No tenía modo de escapar de nosotras sin hacernos daño. Lo empujamos y quedó acostado sobre la cama.

—El doctor Fastolfe llevó a su hija a los Juegos De Eros, en la Ciudad de Eos. Además, tenía a Guiskard Reventlov, su robot.

—O sea, un consolador con cerebro positrónico y regido por las Tres Leyes —machaqué mientras me acomodaba al lado de papá.

—Ayer nos besaste y entendimos que deseábamos esto —rememoró Edith besando a papá sobre la frente.

—Pero yo… —

No lo dejé terminar. Me lancé a besar su boca con tanta o más pasión que la tarde anterior. Su barba de candado producía un estremecimiento especial sobre la sensible piel de mi rostro. Nuestras lenguas se encontraron mientras mi vagina destilaba flujos de excitación.

—Somos tus Gemas —susurró Edith al oído de nuestro padre—. Somos tus quimeras, tus sueños materializados, tus fantasías, los personajes que imaginaste e hiciste aparecer en este mundo, somos la suma de tus sueños, la esencia de tus ilusiones… ¡Somos la pasión binaria, la dualidad del placer! ¡Somos la Bestia Gestálica que te ama y a la que amas con el alma! ¡No podría ser de otro modo!

Cedí la boca de nuestro padre a mi hermana, para que ella repitiera la experiencia de besarlo mientras yo reptaba por su torso. Él acarició la espalda de Edith con cierta timidez, yo dirigí sus manos a los pechos de ella y ambos se estremecieron. Finalmente papá buscó los broches del corpiño de Edith para liberar su busto y así supe que ya lo teníamos en nuestro poder. ¿Quién hubiera dicho que al principio no quería?

Me quité también el corpiño y tanteé bajo la falda de mi hermana. Su coño estaba tan empapado como el mío. De rodillas sobre el colchón me apoderé de la toalla de papá y la abrí, dejándolo totalmente desnudo entre nosotras.

Me admiré por el tamaño de su hombría. Edith y yo teníamos algunos consoladores con los que solíamos darnos placer, pero ninguno era de esos descomunales que se ven en las películas porno. La verga de nuestro padre superaba en tamaño y grosor al mejor de todos.

Recuperé mi posición al lado del rostro de papá y toqué en el hombro a Edith para que siguiéramos adelante. Mi hermana y yo nos acomodamos ofreciendo las tetas a la voracidad de nuestro padre. Se metía uno de nuestros pezones en la boca mientras masajeaba dos de los senos libres con sus manos y acariciaba el tercero con el mentón. Era una maniobra complicada, pero Elykner parecía multiplicarse para darnos placer. Nosotras montamos cada una un muslo de él y sentimos sobre nuestros sexos el calor de su piel velluda. Nos restregamos con movimientos pélvicos muy estimulantes mientras nuestras ubres se bamboleaban sobre su cara. Acomodamos su verga en medio de las dos y lo estimulamos con los costados de nuestras caderas.

Papá gemía y balbuceaba combinando frases en hebreo, Yiddish, inglés, español, catalán e italiano. Cuando pasó al gaélico y el latín decidimos cambiar de juego.

Se sentó inclinado hacia atrás, apoyando sus manos sobre el colchón. Nosotras nos acomodamos entre sus piernas para estimularlo bucalmente.

02 Edith

Tomé entre mis manos la verga de nuestro padre y le mostré mi lengua en actitud lasciva. Lentamente lamí desde la mitad de su tronco hasta el glande, ensalivándolo bien. Naty besaba mi cuello y mi espalda, pronto se acomodó tras de mí para masajear mis tetas con mucha dedicación. Entonces metí el glande de papá entre mis labios haciendo succiones intermitentes mientras adelantaba la cabeza para introducirme el tronco poco a poco. Elykner aulló de placer.

Naty dejó mi busto para mirar lo que yo hacía con la boca. Me hizo una seña para que compartiera con ella el manjar paterno y repitió mi maniobra de delación extrema.

—¡Gemas! —gritó papá— ¡Lo maman como ninguna! ¡No saben, no imaginan cuánto las amo a las dos!

Nos fuimos turnando la verga de papá. Cambiamos la dinámica y, por turnos, introducíamos más de la mitad del mástil en nuestras bocas para obsequiarle largas secuencias de entrada y salida. El consolador más grande que poseíamos medía dieciocho centímetros y nunca conseguimos meterlo entero en nuestras bocas. La verga de papá, con un largo y un diámetro muy superiores, era un reto imposible de conseguir.

—Chicas, lo estoy disfrutando mucho —concedió Elyk—. No se esfuercen en llegar a fondo, ninguna mujer ha podido jamás; no quiero que se lastimen la garganta por mi culpa.

—Te ganaste un regalo por ser tan considerado —anuncié incorporándome.

Naty siguió entre los muslos de papá. En sus ojos pude ver la misma lujuria que debía reflejarse en los míos. Me subí la minifalda para dejarla a manera de cinturón. Papá pudo apreciar por primera vez mi vagina depilada.

Me acomodé de rodillas, con la cabeza de nuestro padre entre mis muslos, orientada hacia a bajo para mirar a mi hermana. Naty también se incorporó acomodándose a horcajadas sobre el abdomen de papá. Por un momento creí que se penetraría con la verga paterna, pero en vez de eso colocó el mástil que nos dio la vida en horizontal, abarcando todo el exterior de su vagina para hacer una “sirena y marinero”. Fue mi señal para descender y estampar mi vagina sobre la boca de papá.

Naty inició un poderoso movimiento de caderas adelante y atrás mientras la verga de nuestro padre se empapaba de sus flujos y recorría todo el exterior del coño de mi hermana. El glande chocaba contra su clítoris en un chapoteo morboso mientras la lengua de Elykner lamía mis labios vaginales.

Papá me atrapó por las nalgas para marcar un suave galope de mis verijas sobre su boca. Capturó mi clítoris con sus labios y mamó con fuerza haciéndome gritar. Succionaba y lamía mi nódulo de placer, hundía su nariz en mi entrada vaginal cuando mis caderas adelantaban y soltaba un cálido chorro de aire para enloquecerme. Cuando mi pelvis retrocedía aprovechaba para respirar mi fragancia de hembra en celo. Mis flujos vaginales escurrían sin control y empapaban su cara. Sus manos volvían a adelantarme y repetía la operación en mis genitales.

Chispazos eléctricos recorrían mi cuerpo, desde mi sobreexcitado sexo hasta mi embotado cerebro. Con la vista nublada por el delirio contemplaba a Nat retorciéndose de placer, con la verga de nuestro padre entre los muslos, estimulándose salvajemente.

—¡Todavía no me la mete y ya me está matando de gusto! —gritó mi gemela en un arrebato.

—¡A mí me va a succionar la regla a chupetones! —respondí enfebrecida.

Nos miramos a los ojos y contemplamos nuestros semblantes. Éramos una entidad doble, una misma alma multiplicada en dos cuerpos, creada para amarse a sí misma en el reflejo de sus más elevados instintos pasionales. Las dos asentimos en señal de lo que se avecinaba.

—¡Nos corremos! —bramamos al unísono—. ¡Nos corremos!

Caímos desmadejadas, con nuestro padre en medio de las dos. Él, ya totalmente desinhibido, acarició nuestros cuerpos como intentando convencerse de que sus gemelas acababan de convertirse en dos guerreras pasionales dispuestas a todo por el placer.

Naty reptó a mi altura y pronto nos besamos en la boca. Estábamos muy cachondas y decidimos dar a papá el primero de innumerables espectáculos lésbicos. Terminamos de denudarnos con mucha prisa.

Mi hermana se acomodó con la pierna derecha estirada y la izquierda levantada. Yo me coloqué sobre su muslo derecho para orientar mi vagina sobre la suya. Puse su pierna izquierda entre mis tetas y arqueé la espalda hacia atrás, sosteniéndome con las manos sobre el colchón para adelantar mi pelvis y provocar la fricción de nuestras intimidades. La iniciativa dependía de mí. Adelantaba y retiraba la pelvis mientras nuestras vaginas producían un chapoteo de humedades. Nuestros nódulos de placer se encontraban una y otra vez en una danza delirante. Fuimos encadenando pequeños orgasmos que pronto desembocaron en una corrida apoteósica.

03 Naty

Mi gemela y yo terminamos el primer contacto sexual que sosteníamos ante papá. Edith se tendió sobre mi cuerpo y compartió con mi piel el calor de la suya. Nos besamos apasionadamente mientras nuestros sexos destilaban zumos de excitación. Aún habiendo tenido ya algunos orgasmos, no estábamos plenamente saciadas.

Elykner se tendió a mi lado y acarició nuestras cabezas. Nuestra demostración de amor debía ser para él una imagen de lo más excitante. Ambas restregamos nuestros sexos mientras seguíamos besándonos. Al parecer era difícil distinguir dónde terminaba el cuerpo y la piel de una para comenzar la otra, por lo tanto, papá nos acarició a ambas con decisión. Ya estaba totalmente liberado y sus temores habían desaparecido.

Fue muy excitante para nosotras sentir en nuestras pieles las manos firmes, viriles y seguras de nuestro padre. Cuando nuestras bocas se separaron, papá coló su cabeza entre las nuestras para buscar darnos un triple beso. ¿Quién es el idiota que dijo que “Es muy complicado besar en dos bocas”?

—Las amo… —jadeó papá—. ¡Las amo a las dos! ¡Estoy enamorado de ustedes, si es una locura, merezco el manicomio, si es un delito, merezco la horca!

—¡Te amamos, Elykner! —exclamé—. ¡Nunca lo dudes! ¡Nada de lo que pueda pasar en el futuro cambiará eso!

—¡Si es con amor y por amor, mereces toda la felicidad que podamos brindarte! —gritó Edith acelerando la rítmica fricción de nuestros genitales.

Volvimos a venirnos en un orgasmo sublime. Nuestros sexos estaban empapados, anhelantes y parecían destilar vapor a la par que jugos vaginales. Mi gemela se incorporó y papá, con actitud decidida, sujetó mis tetas con sus manos.

Succionó con fuerza uno de mis pezones, luego pasó al otro. Se aseguró de que estuviera bien excitada para sujetar mi seno izquierdo y sobarlo como nunca imaginé que se pudiera hacer.

—Siempre es conveniente un buen masaje mamario —señaló papá con tono académico—. Amplía el juego erótico, sirve como exploración, previene la aparición de tumores, mantiene las glándulas firmes y prolonga la salud sexual de la mujer.

Su mano derecha recorría la parte superior de mi seno mientras la izquierda lo sostenía por debajo y friccionaba hacia arriba. Cuando los cantos de sus palmas se encontraban en el pezón, presionaba sobre este en movimientos bien calculados que me hacían estremecer. Las paredes internas de mi coño se contraían en cada uno de estos apretones y de mi garganta escapaban gemidos de placer. Mi hermana aprendió rápido la técnica y se apoderó de mi otro seno para imitar los movimientos de las manos de papá.

La sensación era extraordinaria. No me daba el placer encadenado que desemboca en el orgasmo, pero cuatro manos midiendo la elasticidad, el peso, la dureza y fortaleza de mis tetas me estaban llevando a la gloria.

Con mis manos encontré los sexos de mi padre y mi hermana. Los miré a los ojos, primero a ella y luego a él, y les agradecí por tanto amor. Sopesé los cojones de papá y entendí que él aún no se había corrido; las cosas se pondrían aún más candentes cuando buscáramos darle placer a el.

Mis amantes filiales terminaron de masajearme las tetas y Edith se acomodó boca arriba en la cama para que ahora papá y yo le diéramos el mismo tratamiento. Succionamos sus pezones para endurecerlos al máximo y masajeamos con energía. La verga de papá se mostraba orgullosa, le hice una mueca juguetona entre queriendo lamerla o morderla y se encabritó con vida propia.

Terminado el masaje de Edith no quise seguir esperando. Me acosté en la cama y levanté las piernas en “V” para mostrarle a nuestro padre todo mi coño empapado.

—¡Ya probaste a mi hermana, ahora te toca lamerme a mí! —exigí en el mismo tono que nosotras usábamos de niñas cuando nos encaprichábamos con algo.

Papá acomodó su cabeza entre mis muslos y lamió mi vagina desde el clítoris hasta el perineo. Grité apasionada. El calor de su aliento, la aspereza de su barba de candado, el grosor de sus labios y la certeza de que era el hombre que nos había engendrado eran hechos que sumaban mucho morbo a la situación.

Besó, mordisqueó y succionó mis labios vaginales como si no hubiera un mañana. Creí morir cuando su boca se posó de lleno en mi orificio vaginal, con los labios bien levantados, y succionó poderosamente. El premio máximo llegó cuando su lengua ejecutó una serie de expertas rotaciones, penetrándome y retirándose de mi interior con mucha rapidez. Edith se sumó al banquete recostando su cabeza sobre mi vientre para atrapar mi clítoris entre sus labios y chuparlo con glotonería.

Hubiera querido tomar a mis dos amantes por el pelo, pero mis puños estaban crispados. Mi cuerpo no respondía a mis órdenes, pues se había convertido en un receptor de placer erógeno. Gritaba, bufaba, gemía y levantaba la pelvis en busca de más y más sensaciones de placer. El orgasmo me recorrió entera, haciéndome convulsionar y revolverme sobre la cama. La corrida fue tan maravillosa que me dejó aturdida por unos momentos.

04 Edith

Nat quedó acostada a mi lado, con una lujuriosa expresión de dicha sexual. Levanté las piernas y miré a papá, mostrándole mi coño empapado.

—¡Hazme una “sirena” —solicité melosa.

Elykner se acomodó entre mis piernas y colocó su enorme verga sobre mi coño. Me estremecí de gusto al sentir el primer contacto entre nuestros genitales. Cerré las piernas y él las acarició desde las nalgas hasta los tobillos que acomodó juntos sobre su hombro derecho. Su verga era tan larga que sobresalía de mi Monte De Venus.

—¡Papá, si yo tuviera uno como este, lo estaría masturbando todo el día! —exclamé divertida.

—Edith, ya lo tienes a tu disposición —respondió—. ¡Lo mío es suyo y, si ya nos vamos a llevar así, no tienes que pedirlo, aquí está para tu placer!

Con estas palabras comenzó a embestirme con intensidad. Mi vagina estaba tan empapada que recibía sin problemas la longitud de su miembro a todo lo largo. Entrecrucé mis tobillos en su hombro para ofrecer más resistencia y así incrementar la fricción de nuestros sexos. Cada vez que papá retiraba su cuerpo, su glande rozaba mi entrada vaginal. Cuando embestía chocaba con el borde del orificio, recorría la totalidad de labios mayores y menores, impactaba contra el clítoris y sobresalía entre mis muslos. Sus cojones chocaban sonoramente contra mis carnes. La ventaja de esta postura es que los amantes pueden gozarla indefinidamente sin que haya verdadera penetración; las chicas que desean conservar su virginidad pueden dar mucho placer sexual a sus amantes sin necesidad de romperse el himen.

Los movimientos de papá eran muy estimulantes. Yo gemía con cada embestida de su ariete. Naty miró lo que estábamos haciendo y se acercó para acomodar su cabeza de lado sobre mi pubis. Enredé mis dedos en sus cabellos, papá gimió de placer, pues mi hermana abrió la boca para recibir su glande cada vez que él penetraba. Esa debía ser la gloria para él, follar con una de sus hijas mientras la otra mamaba su verga. Naty se masturbaba frenéticamente.

—¡Papá, me corro, es delicioso! —grité desesperada

Solté el pelo de mi gemela para poder crispar los puños y golpear el colchón.

—¡Siéntelo, Edith, córrete!

Llegué al orgasmo entre gritos y gemidos. Mi hermana abandonó su masturbación para sostener los cojones de papá y acompañarlos en su viaje de placer. Pronto tomó el miembro por su base y, aprovechando un retroceso de Elykner, lo empujó para colocarlo en mi orificio vaginal. Debido a la inercia, papá me penetró con fuerza, mi hermana lo detuvo con la mano para que sólo entrara un tercio de su longitud.

—¡Con confianza! —grité— ¡Hace tiempo que nos abrimos con consoladores, puedes penetrarme sin miedo a lastimarme!

Él se lo tomó con calma. Frenó en seco para mirarme unos segundos. Nat aprovechó para lamer la parte del tronco que aún sobresalía de mi vagina y luego recorrer mi clítoris enhiesto.

El instante era sublime. Mi propio padre penetraba con delicada firmeza, haciendo avanzar su pene dentro de mi vagina. Resoplaba como en éxtasis mientras la verga que una vez nos engendró era bienvenida en uno de los recintos más prohibidos y más anhelados. Las paredes de mi conducto se fueron expandiendo para dar paso a su visitante. Sentí cómo su glande llegaba a mi “Punto G” y seguía avanzando. La curvatura de su verga también llegó al “Punto G”, en la postura ideal donde su blande alcanzaba mi matriz.

—¡Estoy llena, papá! —grité apasionadamente—. ¡Estoy llena de ti!

—¡Edith, tú estás llena y yo estoy cubierto y rodeado por tu carne! —exclamó Elyk—. ¡Gracias, amor, gracias! ¡Te amo, las amo a las dos, nunca imaginé que llegaría este día, pero ahora que las cosas se dieron así, les juro que daré mi mejor esfuerzo por hacerlas felices!

—¡Goza con mi hermana, porque enseguida quiero que me hagas lo mismo! —comentó Naty.

Papá separó mis piernas un poco para poner mis tobillos sobre sus hombros y me sujetó por los muslos mientras nuestras miradas se encontraban. Asentimos al mismo tiempo y comenzó la cópula.

Él adelantaba el abdomen para llegar al fondo de mis entrañas y detonar todas mis zonas erógenas internas al mismo tiempo. Sus cojones golpeaban con violencia contra mis nalgas, generando sonidos de húmedos impactos. Con cada arremetida yo gritaba y sentía que descargas eléctricas recorrían todo mi ser, desde mi coño hasta mi cerebro, desde mi alma hasta el infinito.

Cuando Papá retrocedía, hacía una parada exactamente sobre mi “Punto G”, para friccionarlo con maestría al reingresar en mi vagina. Era como si mi coño y el suyo hubieran sido diseñados para coincidir a medida, como la llave y su cerradura, como la guitarra y su estuche. Al ser idénticas, seguramente Nat gozaría también de esta ventaja.

Las sensaciones eran indescriptibles. Mis senos se movían al ritmo de la follada para ofrecer a papá una vista muy estimulante. Naty nos miraba con atención. Papá practicaba una de las secuencias respiratorias que utilizábamos habitualmente para correr o practicar Krav Magá. Copié su ejemplo y el universo se abrió para mí.

Dominando mi respiración me sentí mucho más dueña de mis sensaciones. Acompañé las penetraciones de papá con contracciones de mis músculos vaginales y así brindé para ambos un toque adicional de placer. Me estremecí y grité de placer cuando una corriente de orgasmos múltiples se encadenó en todo mi ser. Dejé de ser yo misma para convertirme en una Súper Nova pasional que estallaba con incontables megatones de dicha erótica. Una catarata de líquidos se derramó desde mis entrañas en el más elevado paroxismo que jamás imaginé. En ese momento mi padre me penetró a fondo y eyaculó directamente en mi matriz, irrigándome por dentro para deleite de ambos. Todo esto sin dejar de jurar un amor incondicional y eterno, en todos los sentidos a sus dos Gemas.

05 Naty

Papá y Edith se desacoplaron entre estertores de pasión. Manaban abundantes líquidos de la vagina de mi hermana, misma mezcla que cubría la poderosa verga de nuestro padre. En todas partes habíamos escuchado que los penes se “deprimen” después del primer orgasmo, pero al parecer Elykner no estaba bien informado, pues su verga se mostraba orgullosa.

—¡Regreso enseguida, ustedes sigan con “lo suyo”! —exclamó mi gemela—. ¡Nat, el sexo hetero es fabuloso, tienes que probarlo!

Se levantó escurriendo semen y flujos vaginales desde su coño hasta las pantorrillas. Su expresión de dicha no me dejó dudas respecto al placer que había sentido. Salió de la habitación de papá en dirección a la nuestra.

Me puse de rodillas y mi padre hizo lo mismo para quedar frente a mí. Nos besamos apasionadamente mientras su erección humedecida se colaba entre mis muslos. Nos abrazamos e instintivamente inicié un movimiento de caderas para restregar su hombría contra mi anhelante intimidad.

—¡Papá, tienes mucha potencia! —gemí.

—Son dos hijas. Dos gemelas que siempre han querido lo mismo —respondió jadeando—. Iguales ropas y zapatos, los mismos juguetes, idénticas oportunidades. ¡En el sexo no podía ser diferente! ¡Yo no podría desfavorecer a una por complacer a la otra!

Volvimos a besarnos y escuché desde lejos el sonido de la cadena del WC. Edith debía estar aseándose.

—Quiero algo que vi en una película —solicité.

—¡Lo que tú desees, amor!

Me separé de mi padre y me acomodé en cuatro puntos sobre el colchón.

—¡Sexo vaginal, pero en esta postura!

Elykner se posicionó detrás de mí y separó mis nalgas con sus manos. Contempló mis orificios y me sentí exaltante. Alguna vez imaginé que el día en que un hombre me viera así, tan expuesta, me avergonzaría. En esta ocasión fue todo lo contrario, con papá no sentía ninguna clase de reparos.

—¡Adelante! —invité—. ¡Estoy excitada, húmeda, abierta y espero por ti!

—¡Nat, ustedes dos son lo máximo!

Me enterneció escucharlo. Cualquier otro hombre habría dicho algo como “eres lo máximo”, en singular, excluyendo a mi hermana que se encontraba temporalmente ausente. Papá siempre nos consideraba a las dos, por eso decidimos “hacerlo nuestro”.

Acomodó el glande sobre mi entrada vaginal y con su mano fue ejecutando círculos para tantear mi vestíbulo. Tuve ganas de lanzar mis caderas hacia atrás, pero me contuve. Me penetró despacio con su verga aún cubierta de semen y flujos de Edith. Ronroneé y gemí cuando su glande rozó mi “Punto G” en busca del ansiado útero.

La curvatura y el grosor de su miembro expandían mi cavidad de una manera nunca antes experimentada. Los consoladores que hasta entonces habían entrado en mí eran rectos, entonces me di cuenta de que mi vagina prefería los penes arqueados y sospeché que Edith opinaría igual. Ya compararíamos notas.

Por fin llegó hasta el fondo. Su glande alcanzó mi matriz, su abdomen chocó con mis nalgas y sus cojones colgaron entre mis muslos.

—¡Así, papá! —grité extasiada—. ¡Me fascina tenerte dentro de mí!

—¡Gracias, Tesoro, por darme la bienvenida en tu cuerpo!

Lo que siguió fue sexo puro y duro entre padre e hija. Papá me sujetó por la cintura e imprimió un ritmo cadencioso. Su erección en plena forma llegaba a mi útero para hacerme gritar mientras mi trasero chasqueaba contra su cuerpo. Cuando se retiraba tenía cuidado de aprovechar el movimiento para pulsar mi “Punto G” con su glande, friccionarlo dos veces y volver a penetrarme con fuerza.

Mis caderas acudían a su encuentro, nuestras respiraciones se ajustaron en secuencias de resistencia y los estallidos de energía en mi interior se acumulaban. Mis tetas y sus cojones se movían en el mismo compás pasional. Éramos dos seres diseñados y creados para ser compatibles en materia sexual. Tal como Edith, yo vibraba con cada movimiento, con cada respiración, con cada roce y jadeo.

Hilos de líquido vaginal escapaban de mi entrepierna muslos abajo, el placer me hacía agitar la cabeza con el pelo enmarañado y los ojos muy abiertos. Mi primer orgasmo de follada heterosexual se manifestó en una prolongada cadena de múltiples estallidos. Mi vagina se contraía entera, como queriendo exprimir el mástil filial, como queriendo retenerlo en su interior hasta el fin de los tiempos.

Descendí de mi oleada orgásmica para ascender de nuevo al paraíso, esta vez con una intensidad que me hizo cerrar los ojos y ver las estrellas. Mi coño segregó líquidos a chorro y esta fue la señal para que mi padre tirara de mis nalgas con fuerza, me penetrara hasta el fondo y descargara incontables disparos de simiente directamente en mi matriz.

—¡Se ven tan cogiendo haciéndolo que debería tomarles una foto! —exclamó Edith a nuestro lado.

Venía fresca y aseada, su coño olía al jabón de uso íntimo. Antes de que papá se retirara de mi interior, mi hermana colocó un objeto sobre mi espalda baja.

—Papá, espero que aún tengas baterías —señaló Edith—. Traje el gel de Sico para que me lubriques bien, quiero probar la penetración anal y estoy segura de que a Nat también se le va a antojar.

Nota de las autoras

Este relato es imaginario, pero no por ello menos ardiente. Elykner cumple treinta y nueve años este 26 de Septiembre. Ha sido nuestro maestro, guía, amante, originador y, en cierto sentido, incluso nuestro padre. Lo amamos con toda el alma y estamos seguras de que él nos ama a las dos juntas, sin preferir a una para desfavorecer a la otra. Respeta nuestros gustos, atiende nuestras necesidades individuales y conjuntas, escucha nuestros problemas, confía en nosotras y nos da todo cuanto tiene, sabe y puede.

Elykner ha sido el más grande factor de unión en nuestra relación lésbica filial. Lo amamos y nos ama. Si a esto le añadimos que es el mejor amante que hubiéramos podido encontrar, tenemos la receta para vivir muy felices los tres.

Nota de Naty (Natjaz Vasidra)

Conocí a Elykner en el momento más terrible de mi vida. Nuestra relación era de Cyber amigos, no más profunda que el contacto que pudiera tener con cualquiera de ustedes. El día en que estuve a punto de ser asesinada por mi ex esposo, conseguí enviar treinta mensajes pidiendo ayuda. Naturalmente, Edith intentó salvarme, pero nuestros mayores la encerraron, impidiéndole venir a mi casa.

Elykner, casi sin conocerme, sin siquiera haber visto una foto mía, condujo ciento veinte kilómetros, violó varias leyes, arriesgó su vida y su libertad por rescatar a una perfecta desconocida quien, por cierto, se divertía atacándolo en el foro de Trovaliterarte.

Entró a sangre y fuego, como un Uriel Vengador, como un Janus, Custodio De La Puerta. Luchó como un Macabeo, como un guerrero Benjaminita, como un Teseo o un Jasón.

Curó mis heridas físicas, me ayudó con mis heridas psíquicas. Me tuvo en sus manos y pudo haber terminado de destruirme, pudo convertirme en su esclava, en su sumisa, en su mascota o su juguete sexual. En vez de ello, me dio la fuerza y me mostró mi propio Poder Interior. Me enseñó a defenderme físicamente con el Krav Magá, al punto de que hoy, siendo una mujer menudita, podría derribar y lesionar gravemente a un luchador que me duplicara en peso y años de entrenamiento.

Todos los compañeros de vida comparten lo suyo con sus parejas, bueno, Elykner me cedió todos sus bienes y puso todas sus cosas en mis manos. Pudo haberme convertido en su esclava y en vez e eso me coronó, al lado de Edith, como su Emperatriz. Pudo haberme violado, asesinado, destazado y arrojado a cualquier vertedero. En vez de eso me empoderó, me dio las claves para ser fuerte, sana, feliz y buscar esa dicha que a veces siento inalcanzable o inmerecida.

Muchos hombres (con minúscula) le condicionan el orgasmo a la mujer, Elykner procura darlo una y otra vez. En los momentos de pasión, donde algunos aprovechan para llamar “zorra”, “puta” o demás ofensas a su pareja, él da juramentos de amor, agradece por la maravilla de compartir el sexo con nosotras y expresa la felicidad que lo llena por el placer de que estemos vivos.

Cuando tengo recaídas o depresiones, él está conmigo. Me secunda en mis locuras, propone métodos de acción para liberarme de mis demonios internos o combatirlos. Está ahí, siempre presente, aún cuando (no me enorgullece), en mis malos momentos, he utilizado las mismas armas y herramientas que él me dio en contra suya.

Todo esto ha sido desde el principio. Ha soportado los ataques cobardes de la familia de Edith y mía, ya que estamos rodeadas de gente racista, cruel, indolente, clasista, ultracatólica y bien priísta.

Siempre ha tenido con nosotras el detalle perfecto, las atenciones exactas, los tratamientos adecuados para cada situación. Nos considera en todo terreno y en todo momento, desde consentirnos en los días que tenemos la regla (¡Al mismo tiempo ella y yo, JA, JA, JA), hasta ayudarnos en proyectos escolares o declaraciones fiscales.

Es tanto el amor que nos tenemos que a veces nos vemos obligados a darnos unas semanas de distancia. No se trata de falta de amor, sencillamente nos pasamos el día soñando, jugando, haciendo el amor y disfrutando tanto que perdemos la noción del tiempo y las responsabilidades que este mundo impone. A esto le llamamos el “Síndrome De John Y Yoko”. Ese es un detalle que tiene el amor verdadero, es tan liberador que se aprende a desechar todo lo que no tenga que ver con la felicidad que brinda.

Trabajar en la calidad de una relación no es tarea para las malas épocas. Es una labor diaria que implica consideración, comprensión, apoyo, compañerismo y un espíritu de entrega y valoración inquebrantable. Amar es nunca permitir que la rutina nos absorba, que la monotonía haga decaer la relación, que el tiempo de convivencia se desgaste y pierda su brillo. Amar es compartir, conocer, explorar y procurar mantener vivo el deseo por el bienestar propio y de nuestro compañero. Estas cosas las hemos aprendido de Elykner, no solo en palabras, sino en ejemplo y ejecución 24/7/12/365.

La mayoría de los hombres buscan conquistar a las mujeres, Elykner siempre procura amar y compenetrarse. Como mujer, me siento bendecida por su compañía. Lo amo desde el ángulo heterosexual de la mujer que encuentra en un hombre los valores y virtudes del amante perfecto. Lo adoro desde la perspectiva de la mujer bisexual que se sabe comprendida por un compañero que, lejos de escandalizarse, acepta y secunda las cosas que horrorizarían a casi todos los hombres. Lo idolatro desde el punto de vista de la mujer que tiene una relación lésbica con alguien de su propia sangre, relación a la que Elykner no se opone, que no le asusta ni le hace sentir amenazado. Si Elykner se desgarrara las vestiduras por algo, sería para quedar totalmente desnudo y compartir con nosotras los placeres del sexo sin complejos.

Nota de Edith

Fui la adolescente rebelde que se sentía (y era) rechazada por sus padres biológicos. Fui la criatura revoltosa, ansiosa de conocimientos, con hambre de crecer y convertirse en mujer. Fui la chiquilla que, desde la pubertad, encontró su identidad sexual y supo autodefinirse, primero como lesbiana y después como bisexual. Fui la chiquilla inquieta, necesitada de consejo, protección y un calor de familia que mis padres nunca supieron ni sabrán brindar.

Elykner fue la figura paterna que me orientó. Fue el guía que me llevó de la mano a una autonomía de pensamientos y sentimientos. Fue el HOMBRE que, sin saberlo, desnudó mi alma para liberarme de todo complejo y cargo de consciencia por mi naturaleza “diferente”.

Durante esos años de adolescencia me amó y me cuidó como un padre “normal” vela por su hija. Jamás me faltó al respeto, ni me miró con morbo o me “tocó accidentalmente”.

Me enseñó a defenderme físicamente con el Krav Magá, me enseñó a conducir, montar a caballo, disparar armas de fuego y con arco, correr en motocicleta, cocinar, jugar al póker y muchísimas cosas más. Aprendí de él a ser caritativa, generosa, independiente, creativa, dinámica y a luchar por las cosas que amo.

Impulsó e inspiró mi fantasía, me regaló cuantos libros quise leer, me brindó todo el calor que faltaba en mi casa. Era inevitable que, aún considerándome lesbiana y aún enamorada de Naty, me enamorara TAMBIÉN de Elykner.

Le entregué mi virginidad en un acto de amor, siempre en presencia de Naty y con ella de acuerdo, sin mentiras ni traiciones idiotas. Él temía que nuestra relación Padre—Hija y la magia no erótica que ambos habíamos creado juntos se difuminaran. Fueron temores infundados. Con su amor desperté a nuevos niveles de felicidad.

Gracias a Elykner hemos encontrado la mayor dicha erótica que pueda concebirse. Él nos enseñó el camino para convertirnos en las Diosas Sexuales que toda mujer debería aspirar a ser.

Amando y siendo amada por Naty y Elykner tengo lo mejor de dos mundos.

 

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