Mi compañera de trabajo 2/3

Le mantuve los brazos sujetos mientras chupaba ansiosa mi dedo gordo. Yo lo metía y lo sacaba en su boca mientras ella se revolvía y gemía de gusto. El ascensor paró, la solté y ella se recolocó el pelo y la chaqueta, me miró con unos ojos brillantes de pasión y deseo, sonrió como solo ella sabe hacerlo, me tiró un beso y murmuró “¡Como me pones!”.

Se abrieron las puertas y Eva protestó:

  • ¡NO estamos en el garaje!

–           No, le contesté, estamos en Atención al Cliente, tengo que ver un par de cosas con Ignacio antes de irnos.

–           Pero yo no puedo ir así, me vas a hacer pasar por delante de al menos 30 personas que van a ver cómo me llevas. Te espero en la calle fumando un cigarro.

Le miré fijamente a los ojos, endurecí el tono y le espeté: “Tu vienes conmigo, te pones bien derecha, levantas la cabeza bien alta y me sigues”

–           Pero todo el mundo va ver como se mueven mis tetas de un lado a otro, verán la transparencia del pantalón…. ¡Qué vergüenza! ¿Y qué va a pensar Ignacio?

–           Ignacio se va a morir de envidia viendo el pedazo hembra que viene a verme y se preguntará por qué no vienes a verle a él. Cuando estés a su lado, ábrete un poco la camisa y déjale entrever un poco de lo que se guarda debajo. Quiero ver como se pone verde.

–           ¡Ya, ni hablar!

–           ¡Hazlo y no discutas más!

Miró hacia mí con mirada mohína, sin atreverse a seguir protestando, casi suplicando que no le hiciera cruzar toda la oficina, pero viendo que yo no cedería, se acomodó el pantalón, la camisa y la chaqueta, se irguió y esperó a que yo empezara a andar, lista para hacer el “paseíllo”.

Os comenté que Eva, aunque pequeña y delgada tenía buenas curvas. Lo que no os he dicho es que, sin tener unas tetas grandes, sus pechos resultan extraordinariamente atractivos, resaltan dando volumen y marcando perfil, pero no desbordan. Son juguetones, manejables, levemente colgantes, pero al mismo tiempo, suficientemente grandes para que se muevan con amplitud al andar, marcando su trazo a través de la camisa y se pueden agarrar desde cualquier posición.

A cuatro patas tienen una caída importante, como campanas colgantes, y los pezones resaltan en el extremo inferior. Erguida, presentan una leve caída, con el pezón algo levantado, apuntando al frente y hacia arriba.

Tienen un porte elegante, señorial, aristocrático, que me excita de forma incontrolable cuando ella me mira y me las ofrece. Las aureolas son más oscuras pero no negras. Sonrosadas y medianas, ni pequeñas ni grandes, del tamaño perfecto para arropar y dar prestancia a unos pezones proporcionados, como pequeños botones que sobresalen de la aureola. Unos pezones que cuando Eva se excita, se estiran y crecen de una manera inesperada, saliendo como dos pitones, elevándose más de un centímetro sobre la aureola y duros como piedras, se diría que podrían servir para cortar cristal.

Los pezones de Eva habían crecido, fruto de la excitación en la que se encontraba. Si sus pechos ya se marcaban a través de la camisa al quitar el sujetador, ahora se veía lo que parecían dos tiendas de las de los indios del oeste americano. El pezón hacía de mástil y levantaba la tela de la camisa hacia el frente. La aureola, también inflamada marcaba la base redonda del Tipi indio. Los dos tipis saltaban bajo la camisa de un lado al otro al avanzar por el pasillo. Eva se había puesto toda roja y no sabía bien a donde mirar. Yo, que hasta el momento había estado muy tranquilo, de repente noté como mi propio mástil despertaba de golpe y empujaba el pantalón del traje de manera más que visible. Metí una mano en el bolsillo para así difuminar el efecto y cogiendo a Eva del brazo me acerqué a una de las mesas. Son mesas en estrella que proporcionan espacio de trabajo a 4 personas y esta mesa estaba completa.

–           Eva mira, te presento a María José, Eva,  Andrés y Laura. Ellos se encargan de la gestión de reclamaciones de clientes. Si en  algún momento tienes algún problema, ellos se ocuparán de ayudarte. Chic@s os presento a Eva, ella es la nueva responsable de planificación del área logística.

Eva saludó a los cuatro y les dio la mano, al inclinarse para saludar a los más alejados de nuestra posición (Laura y Andrés) la camisa dejó entrever una porción generosa de sus pechos y sus pezones se marcaron aún más contra la camisa. Andrés, a pesar de ser gay, desvió claramente la vista a las tetas de Eva y luego cruzó ostensibles miradas de complicidad con sus compañeras, que muy amablemente le dieron la bienvenida mientras, simultáneamente, afilaban sus lenguas para despedazar a aquella intrusa que se atrevía a exhibir sus encantos de aquella manera.

Mientras el escote de Eva distraía a los presentes, yo pude recolocar mi herramienta de manera que no llamara tanto la atención y así pudimos seguir cruzando la sala hasta la mesa de Ignacio, que estaba justo al final de la misma. Según avanzábamos, oía a María José y a Andrés cuchichear por lo bajo. Aunque ellos no lo saben, Laura me pondrá al día de los comentarios a la primera oportunidad.

Llegamos al final de la fila de mesas y, antes de entrar en el despacho de Ignacio, Eva me para y me dice en un susurro.

–           Luis, estoy tan húmeda que se me pega el pantalón y con los jugos que estoy soltando ¡Se está volviendo transparente! Por favor, dame un respiro y déjame que me calme.

–           Querida, ¡Qué poco me conoces aún!

Entramos en el despacho de Ignacio y les presenté:

–           Ignacio, te presento a Eva, la nueva responsable de planificación del área logística.

–           Eva, este es Ignacio, responsable de Atención al Cliente.

Ambos se dieron la mano, Ignacio no era capaz de separar los ojos de las tetas de Eva y tartamudeó al ofrecerse a ayudar en todo lo que estuviera en su mano. Estuvimos charlando unos minutos sobre los temas que llevaba yo. En mitad de la conversación le hice una seña Eva recordándole la instrucción que le había dado. Ella refunfuñó pero se quitó la americana blanca que llevaba y se recolocó la camisa. Sus pechos, apretados contra la tela como estaban, parecían dispuestos adrede como en exposición, para observación y disfrute de los visitantes. La postura de Eva, con los brazos cruzados sobre la mesa y levemente inclinada hacia delante hacía que el canalillo visible llegara casi hasta la aureola. Yo me estaba poniendo muy bruto e Ignacio no sabía qué hacer ni a donde mirar. Finalmente nos propuso:

–           ¿Qué os parece si llamo a Pepa, vamos a jugar un mus donde Chema y picamos algo? Son ya las siete y media y podemos dar el día por concluido.

Miré a Eva y le pregunté:

–           ¿Qué tal se te da el mus?

Y antes de que respondiera le contesté a Ignacio que adelante, que nos veíamos en el local de Chema en media hora.

Cogí a Eva del brazo y comenzamos a desandar el trayecto de venida. En esta ocasión optó por no ponerse la chaqueta y la llevó en la mano de forma que le tapara el pubis. El pantalón muy fino y de una tela muy liviana, al estar tan ajustado, se había ido mojando con los fluidos de Eva y efectivamente, se había vuelto transparente y permitía ver perfectamente delineados los labios mayores, sonrosados y palpitantes como estaban, y el mechoncillo de vello púbico que aún quedaba alrededor y por encima de mi raja favorita.

De vuelta en el ascensor Eva gimoteó que se sentía humillada, que todos habían visto sus tetas bailonas, que esperaba que no se hubieran dado cuenta del pantalón, que …. bla, bla, bla. Al cerrarse las puertas del ascensor, le metí la mano entre las piernas y apreté con fuerza, apoyé el dedo gordo sobre su clítoris y empujé. Ella dio un salto y gimió abriendo las piernas todo lo que pudo para facilitar mi acceso.

Salimos al garaje, le dejé pasar y le di un buen azote en el culo. Ella había empezado a protestar que si el mus, que si….le di otro azote y le dije:

–           Eva, ahora mismo te callas y haces exactamente lo que yo te diga. ¿Has entendido?

–           Si.

–           Si ¿qué?

–           Si, mi amo. Me callo y hago exactamente lo que mi amo ordene.

Nos montamos en el coche y, una vez salidos del garaje le ordeno:

–           Enséñame las tetas.

Ella me mira y se desabrocha la camisa dejando al aire sus dos hermosas tetas. Le doy unos pellizcos en los pezones y Eva gime.

–           Quítate el pantalón y abre bien las piernas.

Ella mira alrededor, ve que no hay coches cerca, vamos en un todo terreno por lo que estamos a cubierto de miradas indiscretas (al menos de muchas de ellas). Levanta el culo y se baja el pantalón hasta los pies, saca uno de ellos, se recuesta un poco en el asiento y abre las piernas todo lo que puede:

–           Luis, por favor, estoy caliente como una perra en celo, necesito que me hagas el amor y liberarme de esta tensión.

Metí la mano entre sus piernas y le acaricié la vulva, estaba hinchada del calentón que llevaba, le di una palmada y gimió,  “No me pegues, estoy siendo buena”. Jadeaba como una potra después de una carrera, las tetas subían y bajaban al son de su respiración y su vientre se arqueaba buscando que mi mano le relajara. Dime qué quieres que haga y lo haré, seré buena, obedeceré, átame, azótame, hazme lo que quieras, soy toda tuya.

Metí un dedo en su raja y gimió, le di un poco más y cuando calculé que estaba a punto de correrse saqué el dedo y le di una nueva palmada en la vulva. Aulló de satisfacción, excitada al máximo, casi fuera de sí.

–           Luis sigue, sigue por favor. Dame palmaditas, dame, dame, dame, dame…. sigue por favor!

–           Compórtate como una perra bien adiestrada y atiende a tu amo.

Se bajó del asiento y se arrimó a mí. Me bajo la cremallera del pantalón y liberó mi polla que estaba a reventar. Me miró con ojos lascivos y se la metió en la boca. Empezó a chupar como una posesa masajeando mis huevos con una mano y acariciando el miembro con la otra, acompañando el subir y bajar de su boca.

–           Despacio, le dije, tengo que aparcar.

Encontré un sitio muy discreto para aparcar cerca de donde íbamos, eché el asiento para atrás y ella se montó encima de mí y me cabalgó. Se fue introduciendo la polla despacio y una vez que entró entera, ya cogida la vertical, empezó a moverse arriba y abajo mientras yo le mordía las tetas y le daba azotes en las nalgas para que cabalgara más deprisa. En un momento y con el calentón que teníamos, ambos nos corrimos a la vez, quedándonos exhaustos en el asiento, tratando de recuperar el aliento. Al cabo de unos momentos, empecé a morderle los pezones y Eva se acurrucó en mí.

Adoro este momento, en el que Eva se acurruca en mí buscando protección, cariño, mimos. Se deja llevar y se olvida de todo, solo disfruta de estar pegada a mí, de las caricias y carantoñas que le hago. En cierta forma, es su momento de mayor entrega a mí, cuando está más indefensa y al mismo tiempo más a gusto. Le beso dulcemente la boca y ella responde llena de amor.

Pasados unos minutos, comenta “tendremos que irnos ¿no?” se desacopla y de nuevo de rodillas en el suelo, me lame la verga para limpiarla, la pasa y la repasa, nos volvemos a encender, empiezo a empalmarme y ella gime con el despertar de la Fuerza. Pero tenemos que irnos, vístete -le digo- y vamos a reponer fuerzas, cuando acabemos aquí seguiremos con esos juegos con los que tanto disfrutamos.

–           Amo ¿Me das mi ropa interior por favor?

–           No querida, seguirás sin ropa interior y procura que no se note mucho, no es un barrio para que una mujer pasee desnuda.

El Narrador

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