Luzmila, la cincuentona que me pagó con su cuerpo

Cuando doña Luzmila se casó tenía veinte años y, al contrario de lo que sucede hoy, llegó virgen al matrimonio. Lo malo fue que el marido sólo le duró una década, porque se le largó con una filipina y la dejó sin dinero y sin  trabajo y con una hija de ocho años a la que criar. Escapó de la quema gracias a un marinovio que le cayó del cielo y que ganaba un buen sueldo currelando en un banco. Éste le dio buena vida durante casi dieciocho años, justo hasta el día en que al tipo se le cruzaron los cables y cometió un desfalco. Gregorio —que así se llamaba— continúa hoy en paradero desconocido y en busca y captura por la Policía. Suerte que esta vez la pilló con su hija mayorcita, becaria Erasmus en Polonia. A sus cincuenta años, doña Luzmila dice que ya no quiere ningún hombre más en su vida…

De todo eso, y más, me enteré mientras le colocaba a la señora la primera de las dos lámparas de techo que debía instalarle. Yo, subido sobre el último escalón de una escalera de aluminio, conectando cables y demás, y ella a pie de obra, dándole a la húmeda sin parar. Fue mi tía Inés la que le habló de mí a su amiga Luzmi y, conociendo lo guasona que es, probablemente le diría: «Jorge es una manitas espectacular. Te hace a la perfección cualquier trabajo doméstico y, si lo precisas, seguro que también le da una alegría a tu cuerpo porque tiene diecinueve años y está siempre salido».

Había ido a colocarle las pantallas sobre las 15:00 horas  y, dado que la primera me dio alguna lata, no empecé a colocarle la segunda hasta pasadas las 16:00 horas. Esta vez tenía que trabajar en el salón de su bonito ático. Subido otra vez en la escalera veía su amplia terraza con vistas a un mar lejano y la hamaca en la que doña Luzmila —que llevaba rato sin estar a pie de obra— tomaba el sol en bikini al parecer por prescripción facultativa.

 

—El sol de estas horas, el de cuatro a seis de la tarde, es más suave y más sano que el del mediodía—  me dijo al poco de terminar el trabajo, y añadió: —y es justamente el que me manda mi médico.

 

—Hasta a mí me gustaría que me permitiera tumbarme un ratillo a descansar y a tomar ese sol tan maravilloso— comenté al tuntún, sin esperanzas de que tragara, pero tragó:

—Pues a qué esperas, Jorge. Ponte cómodo y échate en esa otra hamaca que hay ahí y verás lo bien que se está en mi terraza.

Mi respuesta fue un visto y no visto. En apenas unos segundos yo ya estaba tumbado sobre la hamaca y sin más prenda que mi calzoncillo slip bóxer ajustado, clásico, con una abertura no abotonada a modo de bragueta. La señora Luzmila se ausentó un momento, para inspeccionar cómo habían quedado las lámparas, y al pasar por mi lado debió ver de refilón el trozo de mi gorda polla que coincidía con la citada abertura del calzoncillo. De la misma manera, yo pude observar de cerca a la mujer madura que desde la escalera veía tomar el sol en bikini. Era una veterana corriente, ni guapa ni fea, más bien alta, con grandes tetas un poco caídas y con un culo tipo pera sin duda soberbio y apetecible. En general un cuerpo bastante bien conservado para su edad, lógicamente con algunos michelines, pero en cambio sin carnes pellejas colgantes… Cuando doña Luzmila volvió a la terraza venía contenta y hasta un tanto eufórica. Se tumbó de nuevo en la hamaca y tuvo elogios para mí ni para mi tía:

 

—Jo, chico, las pantallas lucen mejor ahora que antes de estar colocadas en el techo. Te han quedado perfectas, preciosas. Le estoy muy agradecida a Inés por haberme recomendado a un manitas de tu nivel. Tu tía tiene buen ojo para estas cosas. Creo sinceramente que trabajas mejor que muchos profesionales.

 

Ese día yo andaba cabreado con el mundo, por motivos largos de reseñar, y de repente pensé en que aquella vieja iba a pagar los plantos rotos. O mucho me equivocaba o no era casualidad que se pusiera a tomar el sol en mi presencia y menos todavía que me permitiera hacer lo propio ¡en calzoncillos! Aquel huevo quería sal y yo se la iba dar en cantidades industriales:

—No me adule tanto, doña Luzmila, que no le voy a hacer ninguna rebaja.

 

— ¿Tan caro me vas a salir?

 

—Eso depende de usted…

 

— ¿De mí?

 

—Seré caro si me paga en euros, pero le saldré gratis si me paga en carnes.

 

— ¡¿Queeeeé?! ¡¿Por quién me tomas, Jorge?!

 

—Sospecho que anda necesitada de dinero… y de polla.

 

— ¡Qué mal hablado eres!

 

—Al pan, pan, y al vino, vino…

 

—Además Jorge, ¿acaso no ves que soy demasiado vieja para ti?

 

—Me gustan las cincuentonas como usted, ¿sabe? Así que elija de una puñetera vez: pago en euros o pago en carnes…

 

—No lo sé, Jorge, de verdad. Quizás deba inclinarme por pagarte en carnes, porque no voy sobrada de dinero y encima eres un chico joven y guapo que está como un tren y a nadie le amarga un dulce, pero pasa que yo soy una mujer honrada y que además ando muy desentrenada…

 

No era una respuesta contundente, pero yo sobreentendí que quería pagarme con su cuerpo. Así que me levanté y me fui hacia su hamaca. Allí, a dos palmos de su cara, me saqué el calzoncillo y me quedé en pelotas con el nabo bamboleante y morcillón. Ella debió barruntarse algo porque justo en ese momento se sentó en un sillón de mimbre pensando en que estaría más cómoda que tumbada sobre la hamaca…

 

—Si está desentrenada, lo mejor será que empiece por hacerme una mamada que es algo facilito. Así se irá soltando ,le dije a la vez que le acercaba la polla a su boca.

Un poco timorata y dubitativa, la señora me agarró la verga con una mano y con la otra primero me sopesó los huevos y luego les dio suaves y ricos apretoncitos. Acto seguido empezó a chupármela estupendamente, con glotonería, ora lamiéndola desde la base hasta el escroto, ora sorbiendo el glande como si mi polla fuera un polo que debiera saborear. Normal que tales trabajitos me provocaran una erección brutal, tremenda, de venas tan hinchadas que parecían a punto de estallar. Pero no. La polla creció sin problemas hasta alcanzar su máximo esplendor, un largo de veintitrés centímetros y un grosor de cinco centímetros y pico de diámetro. Menos mal que la señora Luzmila, mujer de carrera larga, experimentada, no sólo no parecía asustarse por su notable tamaño, sino que dejó un momento de mamarla para dedicarle piropos…

 

— ¡Qué bonita es tu polla, Jorge! ¡Y qué grande! ¡Y qué gorda! ¡Me encanta! ¡Qué maravilla!

 

 — ¡Déjese de palabrerío y chupe sin parar, zorra, que el tiempo es oro! ¡Concéntrese y hágame la mejor mamada de mi vida, puta vieja!

 

— ¡¿Cómo te pones así, mamarracho?! Creo que me merezco un respeto…

 

— ¡Que no hable le digo! ¡Chupe! ¡No pare de chupar, cojones!

 

Me da que doña Luzmila hasta tembló un poco por mi tono agresivo, pero la verdad es que surtió un efecto inmediato y puede que en el fondo hasta le molara que fuera un cabroncete dominante y mandón. A partir de ahí se volcó en mi polla afanosamente, con fervor, y no sólo me la chupaba sino que la engullía hasta la garganta. Ni sé cómo le cabía en la boca una cosa tan gorda, y lo curioso es que cuando inevitablemente se le escapaba un hilito de saliva por la comisura de los labios, ella ni se inmutaba y seguía chupa que te chupa, sin parar ni un momento, obedeciendo mis órdenes al pie de la letra. Buena chica ¡de cincuenta tacos! Con tan ricos manejos sobre mi polla es natural que mi corrida no se hiciera esperar. Al sentir que me venía le agarré la cabeza con las dos manos, para que ni por asomo se le ocurriera sacársela, y prácticamente le follé la boca haciendo que se tragara mis tres primeros disparos de espesa leche. Sólo se la saqué cuando vi que tosía para no ahogarse. Los restantes chingarazos se los solté en la cara, pero se expandieron a los ojos, al pelo y hasta a las orejas. Fue una corrida de lo más copiosa. Desentrenada y todo, doña Luzmila había sido una gran mamona.

 

—Bueno, Jorge, deuda saldada ¿no?

 

— Verá, Luzmi, ¿puedo llamarla Luzmi ahora que ya nos conocemos?

 

—Sí, claro…

 

 — ¡Pues ni de coña está la deuda saldada, Luzmi! Con su mamada me paga la colocación de la primera pantalla, pero no la segunda.

 

— ¿Y entonces?

 

—Dado que usted está hecha una guarrilla pringosa y yo muy sudoroso, lo mejor será que nos demos una ducha para quedarnos como nuevos. Después le echaré un polvo en toda regla, como mandan los cánones, y zanjará así toda su deuda.

 

—Pero no me harás daño, ¿verdad? Te noto acelerado, violento…

 

—Le prometo que la haré gozar. Mis parejas siempre disfrutan cuando las follo.

Terminadas estas palabras nos metimos en el baño y nos duchamos juntos. Luzmila se mostraba más desenvuelta y juguetona. Me puso a cien mientras me enjabonaba y estuve a punto de follármela allí mismo, pero me frené porque el plato de ducha era demasiado pequeño y podíamos sufrir un resbalón peligroso. Eso sí, nada más salir de la ducha y secarnos ya me puse en canción. Primero le di varios besos con lengua hasta la campanilla,  acompañados de amasadas de nalgas y restriegues de mi polla contra su pelvis. Acto seguido me centré en trabajarle las tetas, especialmente en chupetearle y pellizcarle los pezones hasta vérselos completamente empitonados; luego me agaché para que mi boca quedara a la altura de su peluda entrepierna y fácilmente ya  pude ensañarme con los gordos y rojizos labios de su coño, inflándoselos a lengüetazos,  así como con el clítoris, al que apliqué con vehemencia todo un repertorio de succiones, lamidas, sorbidas, lengüetacitos, pespunteos y hasta palmeos. Se lo dejé tan erecto que parecía un penecillo palote. Ese trabajo previo en conjunto provocó en Luzmila una excitación brutal, supongo que nada habitual en ella, como si de repente estuviera posesa, despendolada, presa de sus propios ardores

—Fóllame ya, cabronazo; métemela mucho, toda, hasta el fondo; necesito tu pollón dentro de mi coño… ¡Me muero de ganas, joder! ¡Mátame a pollazos! ¡Demuéstrame lo machote que eres! ¡Dame duro!

 

Sabedor de que no podía esperar ni un segundo más, extendí una toalla en el suelo e hice que la señora se pusiera encima de ella, de pie, reclinada y apoyada en el lavabo mirando al espejo. Ni que decir tiene que yo me coloqué atrás suyo, completamente empalmado, y que desde allí se la mandé a guardar en el coño de un solo empujón. La verga le entró como una exhalación porque para entonces Luzmila tenía el chocho muy encharcado de fluidos vaginales. Se la metí toda, entera, hasta que mis huevos ya me impedían seguir adentrándome en aquella cueva de placer. Sus chillidos y jadeos eran reflejos de su goce:

— ¡Ah! ¡Ah! ¡A…Ah…Ah! ¡Oh! ¡O…O…Oh! ¡Oh! ¡Ah!

 

— ¡Estás en la gloria, ¿eh, zorra vejestoria?! ¡Hacía años que no te follaban como yo follo, ¿verdad, guarrilla?!

—Sí, sí, claro…  ¡Mete, mete…! Así, así, eso, así… ¡Mete más! ¡Dámela toda!

 

— ¿Sabe qué, puta vieja? ¡Tiene un coñito delicioso! ¡Me está dando mucho gusto!

 

— ¡Pues fóllalo bien! ¡Disfrútalo! ¡No pares de ensartarle tu polla!  

 

A partir de aquí me la follé casi al galope, en plan máquina, sin parar, metiéndole y sacándole la polla a ritmo vertiginoso, adentro y afuera, a izquierda y derecha, y aún tuve reflejos para palmearle el clítoris y pellizcarle los pezones. Luzmila estaba como ida, flipando, jadeante de placer, sofocada. Se pegaba a mí como una lapa a la roca para que mantuviera toda mi polla metida en si coño, taponándoselo, llenándoselo, y a veces hasta emitía ruidos que recordaban a los gruñidos de algunos animales…

— ¡Grrrr! ¡Groar! ¡Grrrr! ¡Glouglou! ¡Grrr!

Con ese soniquete de fondo, la corrida nos llegó más o menos a la misma vez y entre violentos vaivenes; ella transida, desnortada, aturullada, con los ojos en blanco. Era la segunda vez que se venía durante aquel polvo, ahora frenéticamente, enloquecida. Yo apuré las últimas embestidas para darle pollazos fieros, bestiales, y le regué de lefa caliente aquel coñito desentrenado, pero acogedor, que tan bien me había succionado la verga durante la dulce jodida.  Fue otra corrida espectacular y tan abundante que por momentos pensé que no iba a parar nunca de soltar semen. Cuando le saqué la polla del coño, Luzmila me dijo que se sentía mareada, quizás por la falta de costumbre al llevar tanto tiempo de abstinencia, y me pidió que la acompañara a su dormitorio para tumbarse larga sobre la cama y poder recuperar el resuello y las fuerzas. Allí la dejé, acostadita, y yo me fui a la cocina para picotear algo y reponer energías. Un yogur, un plátano y unas lonchas de jamón serrano y enseguida volví  a ser persona. A solas en la cocina recapitulé mentalmente todo lo sucedido y llegué al convencimiento de que ya estaba bien por hoy, que había dado buena cuenta de la vieja y que, sin más historias, debía largarme para no pasarme de rosca.

Cuando volví al dormitorio lo hice ya con idea de vestirme y marcharme dejándola dormida, pero nada más entrar observé que Luzmila dormía de costado, cubierta por una sábana, aunque con su culo totalmente al aire y presentado casi a modo de exposición; un culo-pera nada top, pero sí de buen ver, curiosito, y sin duda de lo más atrayente de su anatomía con independencia de que fuera más blando que duro. Al ver aquel pandero hembra casi en pompa,  mi polla empezó a darme tirones y a medio empalmarse. También me vino a la mente la película “El último tango en París”, que recientemente había visto por tercera vez. Desde que revisé esa peli clásica se me metió entre ceja y ceja poner en práctica lo de Marlon Brando, que le dio por el culo a María Schneider utilizando la mantequilla como lubricante. Ahora se me presentaba una ocasión de oro con Luzmila. Así que me acerqué a la cocina y regresé con una cajita de mantequilla. La señora no sólo dormía en la misma posición, sino que ahora roncaba ligeramente. Aproveché para untarle el ojete con generosidad, procurando no despertarla, y también me embadurné la polla; luego me acosté de lado, en paralelo a ella, le abrí las nalgas para localizar el orificio chiquito y rosado, apoyé la punta de mi pene sobre él, presioné fuerte hacia dentro haciendo algún movimiento de rotación y ¡aleluya! le metí todo el glande a la primera intentona. Los chillidos de la buena mujer se debieron escucharse en todo el edifico:

 

— ¡Ay! ¡Ay! ¡Por ahí no que duele mucho! ¡Sácala! ¡Uf! ¡Uf! ¡Sácala inmediatamente cabrón hijo de puta! ¡Traicionero! ¡Cobarde!

Nada amilanado por esa ristra de berridos e insultos, arremetí con otro fuerte golpe de cadera contra aquel culazo y conseguí que mi polla penetrara más o menos hasta la mitad. La señora Luzmila, pobrecita, volvió a mostrarse llorica y cabreada:

 ¡Ay! ¡Uf! ¡Socorro! ¡Ay! ¡Ay! ¡Auxilio! ¡Uf! ¡Me vas a matar, bestia de mierda! ¡Abusador! ¡Te denunciaré!

Con un par de arreones más, no tan fuertes como los anteriores, logré metérsela toda, enterita, esta vez poco a poco. Veintitrés centímetros de polla gorda y dura embutida en un recto que me la solazaba de calor y que ejercía sobre mi polla una presión de lo más placentera. Aquella estupenda enculada me estaba resultando mucho más fácil de lo que preveía. O la mantequilla hacía milagros o ya le habían entrado por el culo no pocas veces, cosa que obviamente pudo haberme ayudado a la penetración pero que en cambio se contradecía con la maravillosa estrechez de su recto. En el peor de los casos, lo que sí parecía probado era que aquel conducto nunca antes fue horadado por una polla de tanto calibre como la mía, tal como corroboraba la propia Luzmila:

 

— ¡Sácala, Jorge, por favor! ¡Tu pollón no cabe por ahí! ¡Me estás destrozando por dentro¡ ¡Es insoportable! ¡Me matas!

Pero no aflojé ni un punto, claro, sino que seguí dándole polla sin tino, entrando y saliendo una y otra vez, sin parar, a ritmo desatado, trepidante, galopando… Cuando intenté enmendar la plana masajeándole la vulva y el clítoris ya era demasiado tarde porque me vacié en el interior de su culo, que me venía como un guante, y medio se lo anegué de lefa. Cuando le saqué la polla, permitiendo así que la doña Luzmila pudiera respirar menos entrecortadamente, todavía me quedaba un restillo de leche con el que regarle las nalgas y la cintura. Algún hilito de sangre también escurrió del ojete. Luzmila me pidió enseguida que me fuera de su casa y que no volviera nunca más. Han pasado unas semanas y aún no me ha llamado para que le haga algún trabajillo. Creo que he debido portarme un poco mal, pero démosle tiempo al tiempo a ver qué pasa…

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