Tarde de Perra (y 3)

Resulta imprescindible ver los dos anteriores para poder tener una visión de la tarde completa.

Arqueó el cuerpo para poder recibir mejor el vibrador y con un par de giros y movimientos hábiles Tron se inclinó un poco hacia delante y abriéndole con una mano los labios mayores que parecían querer impedir la penetración, hizo un gesto y consiguió meterle el cabezal vibrador.

–          Ahhhhhhhhh, el grito no era fuerte, pero si profundo, gutural, le salía del estómago y reflejaba el dolor mezclado con el placer que le había proporcionado ese movimiento.

Ahora era ella la que trataba de que llegase más profundo y doblaba las rodillas para bajar más su centro de gravedad y meterse aquel diabólico objeto lo más adentro posible. Tron se percató de la necesidad de aquella sumisa y le susurró: “puedes correrte cuando quieras, zorrita, pero solo será el principio”. Al tiempo que empujaba hacia arriba el mango que quedaba fuera del coño de Sonia. Esa voz y esos empujones hicieron que la cabeza vibradora se convirtiese en el centro del universo por un instante. El placer empezó a llegarle suave, sin pausa, pero poco a poco se desbordaba y al notar los labios de Tron chuparle el pezón derecho estalló sin remedio.

–          Me corro, me corrooooo, por dios amo, que buenoooo, me corroooo….

Un mar de flujos resbalaba entre sus muslos, goteando al suelo, mientras Tron seguía amorrado a su teta succionando el pezón de tal manera que corría el riesgo de salírsele del sitio.

Un sonoro “plof” dejó huérfana su cavidad vaginal mientras se desbordaba su corrida. Totalmente relajada, Sonia apenas si podía sujetarse con las manos en la cruz, porque las piernas se le habían quedado flojas, flojas.

Mientras, el resto de esclavos y esclavas ya estaban en manos de sus señores y a cada cual se le estaba aplicando la disciplina acordada.

Tron la liberó de la cruz, la agarró del pelo al que hizo como una cola de caballo y la llevó a la estancia contigua, donde la dejó sentada en un sillón, desmadejada y aun suspirando por la tremenda corrida que había disfrutado. La cadenita que unía sus pezones ya ni le estorbaba, y su cuerpo parecía pedir más placer en aquella noche en la que estaba descubriendo el placer de sentirse dominada y objeto sexual de aquel hombre que parecía haberse adueñado de su voluntad.

El amo, se agachó hacia ella y la cogió de la barbilla, la levantar el rostro, vio como el de su benefactor respiraba deseo y lujuria a pocos centímetros.

–          Bien, ya has tenido algo de placer. Ahora es cuestión de que devuelvas parte del mismo a quienes has excitado tanto que ya no puedo contenerlos.

Y diciendo esto se apartó un poco, dejando ver tras de sí, a varios de los amos que habían asistido a su castigo y sumisión en la sala principal. Todos estaban desnudos de cintura para abajo, y mostraban algunos atributos más que considerables. Tron la agarró de la cadenita y de pronto sintió el calor de los pezones castigados que la elevaban del asiento de forma inmediata. En el otro extremo de la sala había una silla a la que se dirigió ella apresurada dando saltitos con sus tacones de aguja mientras su amo no se paraba y tiraba de sus pechos hasta tensarlos de nuevo. Al llegar a la silla le ordenó sentarse, y por fin la soltó de los pezones. Luego le puso un cojín en la parte trasera de la espalda con lo que quedaba un poco inclinada hacia delante, así sus pechos quedaban un poco colgantes sobre sus rodillas y la cabeza proyectada hacia delante. Empezó a intuir el castigo que le preparaba.

Ató sus piernas a la parte baja del sillón, una a cada pata, con lo que su coño volvía a quedar abierto, pero menos expuesto ya que ahora su cuerpo le servía de escudo. Las manos se las sujetó en las rodillas con unas cintas que las unían a sus muslos. Y así se quedó.

Luego le ordenó:

–          Deberás de servir de recipiente para satisfacer a todos y cada uno de los que yo autorice y venga a desahogarse contigo, no te está permitido correrte en esta situación, aunque te toquen o te masturben.

–          Si mi amo – fue toda su respuesta, lo que satisfizo a Tron, que veía potencial en esa nueva sumisa.

Luego alejándose al otro lado de la habitación habló con los tres amos que estaban allí mirando el ritual de la atadura. Y se fuñe de nuevo hacia la habitación interior desde donde ahora eran más que audibles los gemidos y ruidos de azotes y látigos que salían, inundando la atmósfera de un morbo increíble.

Los tres amos se aproximaron a ella, el que parecía más experto le puso sin mucho miramiento su pene en la boca y de un fuerte golpe se lo introdujo hasta la campanilla, esto a punto estuvo de hacerla vomitar, ya que no esperaba tan poco tacto, pero se dijo que era para eso para lo que la habían llevado, y trató de apaciguar con sus ojos la furia de aquel amo que parecía quererle taladrar el cerebro.

No era mala en ese aspecto, y pronto consiguió con la lengua y su paladar, frenar las embestidas y hacerle sentir más suavidad y calidez en aquella polla que pronto empezó a brotar semen que hizo lo imposible por no tragar, pero pese a que le rebosaba por las comisuras de los labios era demasiado para que la final y ante el riesgo de ahogarse por no respirar tuvo que engullir en parte.

Ya no hubo descanso en los siguientes minutos, cada uno se acercó y la poseyó por la boca. Su maestría parecía satisfacer y agradar a los amos, que pronto terminaban en su boca o en su cara y chorreando hasta el suelo donde un pequeño charco con las corridas se iba formando a sus pies. Uno de ellos la agarró del pelo y volvió a empujarla con el pene, lo que de nuevo provocó su angustia porque aquel nabo le estaba tocando la campanilla. La saliva se le escapaba pero las manos de aquel amo la sujetaban sin piedad hasta que sintió como el semen le llegaba directamente al esófago.

Medio asfixiada cuando se salió de ella, dejó la cabeza colgando pensando que ya había terminado con aquello, pero Tron se acercaba de nuevo hacia ella.

Le retiró el cojín y ahora la empujó hacia atrás, liberando sus manos de sus muslos y recostando su espalda en el asiento que parecía ceder un poco hasta dejarla casi tumbada pero con las piernas en atadas a las patas de aquella silla de tortura. Ahora sí que estaba expuesta las manos fueron elevadas por encima de su cabeza y de nuevo vueltas a  sujetar a la silla por detrás, haciendo que sus pechos fuesen otra vez erguidos y vulnerables, un verdadero reclamo para aquella jauría de castigadores.

Tron ordenó – Es vuestra para vaciaros, podéis tocarla y masturbaros sobre ella, pero nadie podrá introducirle nada en esta posición, ni en su boca ni en su vagina. Eso queda de mi uso exclusivo.

Los tres que habían estado con ella se fueron hacia la otra sala, pero de allí llegaron más amos que se acercaron y la rodearon, entre ellos estaba su señor, que la seguía mirando complacido y admirado.

Hicieron un círculo sobre ella y empezaron a tocarle los pechos que estaban hipersensibles con las cadenas. Como si hubiese sido una lectura de su pensamiento, apareció Tron de nuevo entre el circulo. En sus manos de nuevo aquel monstruoso vibrador de cabezal cilíndrico. Pero antes con delicadeza y con suavidad le descargó los pechos del dolor lacerante de los bocados que aquellas pinzas le infligían. Liberada de ese dolor sordo, ella lo miró agradeciendo su gesto, y sus ojos le dieron un “gracias amo”, que éste supo comprender.

Sin embargo no hubo mucho tiempo para la delicadeza. Con dos golpes certeros el vibrador de nuevo se alojó en su coño, y con un gesto mecánico lo hizo funcionar. Esta vez el placer fue casi inmediato. Sería la posición, sentada y por debajo de todos aquellos amos sedientos de deseo, las piernas abiertas los pechos abundantes ligeramente caídos a los lados, y sus manos por encima de su cabeza dejando su cuerpo tan vulnerable…

Así es que los espasmos no tardaron en llegar, pero recordó que no podía correrse, y trató de serenar su cabeza, de ordenarle a su cuerpo que ese placer que le estaba llegando era prohibido, no era posible, trató de distraer su cabeza, pero era imposible, porque además veía la reacción de aquellos otros amos, a los que su cara y sus manos les delataban, estaban disfrutando de ella, y ella se sentía deseada y triunfante en aquella fiesta.

Así es que empezaron a caerle corridas desde todas partes a su cuerpo, llenado y embadurnando  su piel con una capa de grueso goterones que resbalaban en un desorden que visto desde fuera resultaba hasta armónico. Cuando estaban acabando de servirse de su cuerpo y en un instante en que se descontroló, cuando ya no quedaba nadie a su lado porque de nuevo se habían ido hacia la sala principal, en ese preciso instante tuvo un momento de debilidad y se dejó llevar, alcanzando un orgasmo que era brutal, trató de callarse pese a que lo que le pedía el cuerpo era gritarlo con toda su alma, los calambres le llegaban desde aquellas vibraciones en el clítoris hasta el último pelo de sus cuerpo. Tuvo movimientos espasmódicos que no podía controlar mientras sus flujos se deslizaban hacia el asiento. Y en ese momento volvió Tron.

Su cara era una mezcla de satisfacción y complicidad, la vio casi retorciéndose y supo que estaba llegando al orgasmo, pero también de forma sardónica esbozó una semisonrisa, invitando a aquella sumisa a pensar que había incumplido su promesa de no correrse y por lo tanto debería de ser castigada de nuevo.

Ella supo que él había captado ese momento sublime en el que el placer la poseyó. Y al verle la cara supo que tocaría pagar por aquello. Pero ya le daba igual, había superado, o eso creía, los umbrales iniciales del dolor, y estaba disfrutando como nunca, así es que estaba dispuesta a aceptar el sacrificio que tocase.

Tron se acercó y paró el vibrador. Ella no se atrevía a mirarle a los ojos. Se lo sacó menos violentamente que la anterior, en parte porque parecía que se había acostumbrado su coño a recibirlo y también porque entre el semen circundante y sus flujos aquello escurría bastante mejor.

La desató de las manos y piernas y la hizo ponerse en pie. Un poco insegura aún por el placer recibido que le afectaba a las piernas, quiso dar un par de pasos, para estabilizarse. Él se le acercó por detrás y le dio un azote que la hizo dar los dos pasos forzosamente. El dolor fue agudo, y notó de inmediato el calor en la nalga. Pero se calló. Ni rechistó siquiera. Aunque esta vez le había dolido mucho.

–          Si mi amo, trató de tranquilizar y apaciguar la cólera de Tron que intuía.

–          Perra, te dije que no había que correrse y lo has hecho con el semen de otros. Y eso no me ha gustado.

–          Perdón mi amo, ha sido involuntario, le juro que solo deseaba correrme con usted, pero no he podido…

Otro azote la silenció, y se dio cuenta de que el umbral del dolor aún podía subir un poco más. Una lágrima se le formó en los ojos. Él la miró y con los ojos irritados le dijo:

–          Está bien, si lo que te gusta es correrte con otros te lo concederé.

–          No mi amo, de verdad, mi único deseo es darle placer a usted y a ello me dedicaré si me lo permite, solo deseo disfrutar de su sexo y sus caricias, por favor.

Con dos movimientos Tron le puso una capucha que tenía una abertura para la boca pero que no le permitía ver nada en absoluto. Eso la dejó muy inquieta y no se atrevía a moverse del sitio por temor a caerse.

Tron la tomó de una mano y la llevó de nuevo a la habitación principal, donde el resto de las parejas seguían con sus juegos de forma intensa. Con un par de gestos avisó a un esclavo enorme que debía de haber entrado posteriormente y que se afanaba en darle placer a  su ama en una silla a la que ella se había subido.

Este se acercó y se puso a sus órdenes, que Tron transmitió de forma que ella no se enterase de nada. Mientras el miedo hacía sudar a Sonia tras la capucha. Del techo en el centro de la sala colgaba una barra con dos anclajes. Le colocaron dos muñequeras de cuero con dos argollas y la ataron allí. Quedaba tremendamente sensual, casi de puntillas pese a llevar aquellos taconazos. Y estirada de tal forma que el pecho y las piernas se le veían bellísimas.

Tron se puso delante de ella y con una pequeña fusta terminada en pala en la mano, se dirigió a ella.

–          Perra, has incumplido tu promesa y me has humillado como amo. Esto requiere que pagues un tributo que será cobrado en este momento.

–          Lo que diga mi amo, será bien recibido por esta perra. – Incluso en esa situación de cierto temor y vergüenza, ese lenguaje sumiso la hacía entrar en un trance de placer en el que esperaba poder apaciguar pronto a su amo y permitirse otro rato de placer.

En ese momento el gigante la tomó por detrás agarrándose a sus pechos y de un empellón que casi le quita los zapatos ella sintió como su inmenso pene trataba de abrirse paso por su retaguardia haciendo que casi balanceándose se abriese de piernas. Empotrándose aquella fuerza de la naturaleza entre sus labios mayores. Pero sin meterla aún.

El timbrazo fue simultáneo, porque su hábil amo, le había dado un rápido latigazo en el clítoris y ese escozor se mezcló con la alerta que su coño había lanzado de que tenía un pene a disposición. Y se preparaba para todo porque aquel bruto animal ya le había cogido las caderas como para empotrarla en el siguiente movimiento.

–          Lo que mi amo disponga-

Otro latigazo pero esta vez en un pezón, hizo retorcerse a Sonia, que notó como las manos le apretaban la cintura y con un movimiento rápido de subir y bajarla la hizo abrir un poco las piernas y sintió como la verga descomunal le rompía con fuerza el coño.

A partir de ese momento, el ritmo fue perfecto. Un latigazo en el pecho, y un arreón desde atrás perfectamente coordinados, ambos le proporcionaban dolor, cada uno en un esquema distinto. Mientras los latigazos en los pechos le estaban doliendo mucho, las embestidas brutales de aquella bestia, la taladraban pero al menos deslizaba mejor conforme iba avanzando cada segundo, y su vagina se adaptaba y dilataba como nunca. Era una combinación diabólica porque el dolor del pecho le impedía concentrarse en el placer que empezaba a darle la penetración sin medida de aquel esclavo fornido.

Su cuerpo estaba roto y se dejaba hacer, pero el dolor del pecho estaba haciéndola gemir y sollozar. Tron se dio cuenta y decidió parar. Ordenó al esclavo alejarse y Sonia se quedó colgando de los brazos, con el corazón encogido mientras hipaba sus sollozos, para que no se escucharan fuera de su capucha.

–          ¿Lloras, perra?

–          Solo de satisfacción si te place a ti amo mío. Consiguió articular.

Mientras, el pecho le ardía. Su amo comprobaba de cerca como los pechos estaban amoratados y con algunos trazos lineales de tener la sangre a punto de aflorar.  Con cuidado cogió unas bolsas de gel frío y se las aplicó en cada teta. El grito esta vez sí se le escapó, pero pidió perdón de inmediato. Tron la tranquilizó, “no te preocupes, sopórtalo un poco que así no te dejará marcas para mañana”.

Estaba literalmente de puntillas en el centro de la habitación, los zapatos se le habían salido de sus pies con las bestiales embestidas y ahora una esclava se los colocaba de nuevo amorosamente.

Tron la descubrió la cara. Las lágrimas le habían juagado una mala pasada y el rímel estaba desdibujado. Otra esclava la limpió y le retocó los ojos un poco, para dejarla de nuevo presentable.

Finalmente Tron la descolgó.

Estaba en el centro de la estancia. Desnuda completamente. Los pechos habían absorbido el gel frío y parecían aún un poco rojos pero el frío había puesto los pezones bellísimos, enhiestos y de un color más intenso de tal forma que parecían dos cerezas. El cuerpo con el semen reseco le daba una imagen más atrevida y morbosa. Se intentó tapar un poco, pese a que ya apenas si quedaban cinco o seis personas en la sala, el resto se había desperdigado por otras estancias desde las que se oían gemidos y bufidos, gritos y siseos de placer.

Tron se acercó y la tomó de la mano. La llevó al trono desde el que él había presidido la imaginativa puesta en escena inicial. La sentó, “recuerda, con las piernas abiertas”. Así lo hizo.

Se retiró un poco, lo justo para contemplarla, a su gusto. Ella se sintió bien. Admirada y deseada, y por otra parte con un conato de vergüenza mientras se exhibía sin pudor frente a aquel hombre que era un desconocido hacía unas horas.

–          Podrás ser lo que quieras en este Club. Has sido la sumisa casi perfecta hoy. Me encantaría tenerte a mi disposición en otras sesiones. Hablaré con tu señor para ver lo que podemos hacer. Pero eres muy buena. Gracias por habernos complacido.

Ella se levantó parsimoniosamente. Se acercó a él. Se arrodilló delante y le tomó la mano y se la puso en la cabeza, le resultaba agradable sentirse así y ahora quería demostrarlo.

–          Te estoy agradecida por haberme hecho llegar a esos orgasmos tan tremendos que nunca había sentido. Esto ha sido una experiencia nueva y de verdad que aunque aún estoy dolorida me encuentro muy bien y me gustaría devolverte al menos una parte ínfima de ese placer que me has dado. ¿Me dejas Amo?

–          Puede que la siguiente vez. Hoy no será. Te quiero más entregada aún y dispuesta a satisfacerte y satisfacerme sin medida.

Y tomándola de la barbilla la subió, le dio un casto beso en la frente y le ordenó marchar arriba para vestirse.

Sonia salió escaleras arriba, allí estaba su “comprador original”. La esperaba con su ropa, y listo para llevarla a su casa. Apenas si cursaron palabras. El día estaba despuntando y la ciudad estaba solitaria. Ella se sentía poderosa y dueña de su destino como hacía tiempo que no se sentía. Posiblemente se había despertado algo en ella dormido hasta entonces.

Su amo le entregó dos sobres. Me los ha dado Tron. Los guardó sin darle el gusto a su “amo” de que supiese que ponía. Al llegar a la esquina de su casa, éste le dio un billete doblado que ella quiso rechazar.

–          no, ya estamos con lo acordado.

–          si pero ha sido especialmente bueno y me gusta recompensar el trabajo bien hecho

Ella no lo miró, le dio un beso en la comisura de los labios y se bajó del coche que salió rápidamente de la calle. Ahora si miró la mano, era un billete de 500 euros en tres dobleces. 1.500 euros en una noche. Más de lo que ganaba su marido al mes en esa mierda de trabajos precarios que conseguía. Y además se sentía satisfecha. Dolorida pero satisfecha.

Se duchó al llegar a casa, limpió pulcramente cada centímetro de su piel, se puso un gel calmante que tenía en la vagina  y se miró los pechos antes de acostarse. Efectivamente apenas si tenían marcas aunque los pezones seguían duros como piedras por lo sucedido. Al recordar a Tron, se sintió de nuevo caliente. Miró su bolsito de mano y extrajo las dos cartas que le habían entregado, había dos números en las esquinas 1 y 2. Se dispuso a abrir el primero….

spaghetti2009

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.