Hot Kitty

Sonó el teléfono, era tu voz, más de un año sin escucharla, mi corazón se aceleró.

– ¡Qué milagro!, ¿Cómo estás? -bien, respondiste con esa voz ronca y aguardientosa que siempre me agradó.

– ¿Cómo estás vestida? -preguntaste.

-Ya tengo puesta la pijama y estoy en la cama – contesté.

– Levántate y busca una tanga y brassiere negros, quiero que te los pongas -pediste pícaramente

– ¿Y eso? -pregunté

– Oh, tú póntelos – dijiste. Se me hizo gracioso, me dio curiosidad qué traías entre manos ésta vez, así que, nerviosamente, busqué en mis cajones lo que pedías, las manos me temblaban y de manera torpe, revolví mis prendas una y otra vez, hasta que finalmente hallé la ropa que solicitaste y me la puse.

– Listo, ¿y ahora?

– Ponte un pantalón, blusa y zapatos y asómate a la ventana, dime que ves.

Extrañada, hice una vez más lo que solicitaste. Me vestí, fui hacia la ventana y abrí la cortina, no vi nada distinto al paisaje común.

– No veo nada – dije frustrada

– Sal a la calle-

– ¿Para qué?

– Oh, tu sal – insististe.

Bajé las escaleras nerviosa y pensando mil cosas, -ojalá no esté jugándome una broma porque no sé qué le hago- me decía a mí misma. Abrí la puerta y sorpresivamente, estabas ahí. Me puse muy contenta, te abracé y besé efusivamente, pellízcame, porque creo que estoy soñando…

Esa noche me escapé contigo, me llevaste súper lejos, casi nos perdimos en el camino, pero finalmente llegamos a un lugar, la habitación de luces rojas de un motel, ahí te volví a besar apasionadamente, todo se puso muy intenso, me puse de rodillas frente a ti, y sin dejar de mirarte a los ojos, desabroché tu cinturón, bajé tu bragueta y descubrí tu miembro ya erecto, rosado, venoso y mojado, solo para mí.

Lo lamí y chupé suavecito, creo que te gustó porque te prendiste de volada, me empezaste a coger por la boca. Tomaste mi cabeza con tus manos y ahí, yo hincada y tú de pie, recibía serena los golpes, me la empujabas fuerte, tan fuerte, que tu verga me llegaba hasta la garganta, al punto de ahogarme y babear.

Al principio lo sentí rudo, pero después me gustó, más y más. Extrañaba tanto tener tu sexo en mi boca, que no podía dejar de reír, de verdad estaba feliz por probarte de nuevo. Comenzaste a gemir y eso me prendió más, te lamí la verga, jugosa y súper erecta que tienes, disfrutando ese sabor dulce que siempre me ha gustado.

Me quité la ropa y pudiste verme lucir las prendas que me solicitaste, mi piel morena al descubierto, puse tu verga entre mis senos y comencé a masajearla, arriba y abajo, a apretarla entre mis tetas firmes y lamerla con la punta de la lengua.

– ¿Qué quieres? -preguntaste

-Cógeme -exclamé sin dudarlo

Me fui hacia la cama, me incliné y te mostré las nalgas.

– ¿Quieres que te coja así? ¿Cómo gatita en celo? -preguntaste

Y yo, ansiosa de tu verga, respondí: – sí, cógeme así

Ya desnudo, te acercaste, hiciste a un lado mi tanga y comenzaste a lamerme el sexo.

-¡aaaah! – gemí de placer, mojaste toda mi conchita y la preparaste para recibirte, hasta que finalmente me metiste la verga.

Mete y saca al ritmo que me gusta, escuché una vez más tus gemidos de placer, oírte así siempre me pone al mil, caliente, muy caliente. Giré la cabeza, y te miré a la cara, puedo decir que amo tus gestos de placer, me complace complacerte, sintiendo cómo empujabas tu sexo contra el mío y mientras tanto, mi vagina escurriendo mieles, muuuy mojada, humedad que facilitaba me la clavaras delicioso.

Así continuamos, yo en cuatro, apoyada en la cama, desnuda, recibiendo tus embestidas, sintiendo tus manos en mi cadera y tu miembro entrar y salir, parando el culo, como gatita en celo, para permitir que me la metieras bien, oyéndote gozar y mojándome cada vez más.

De pronto ya estaba sobre ti, tumbado tú en la cama, te observé  desnudo, divino cuerpo, con esas piernas de muslos firmes y bien formados que me encantan, quería ansiosa cabalgarte, montada sobre ti, abrí mis nalgas para meterme tu verga en mi coño palpitante, que ya escurría jugos de placer sobre toda tu piel.

– ¿Te gusta clavártela tu solita verdad? – me dijiste, mientras yo ya te montaba gustosa, brincando sobre tu picha, meciéndome sobre ti, meneando las caderas en círculos y viendo cómo, tú, extasiado, observabas mis tetas brincar al compás de mis movimientos.

Cambiamos de posición varias veces, recuerdo especialmente cuando quedamos sentados, yo sobre ti, así siento bien adentro tu sexo dentro del mío, ¿sabías?, trataba de moverme rico para ti, mientras te besaba apasionadamente, batiendo mi cadera, tratando de que tu verga se clavara en lo más profundo de mi ser, pues me vuelve loca sentirte en lo más hondo de mis adentros.

Me indicaste que me acostara sobre mi espalda y abriera las piernas, yo, obediente, lo hice de inmediato, sentí tu cuerpo apretándose contra el mío, moviendo tu cadera, mete y saca lo tuyo erecto en mi sexo. Subí las caderas, para quedaran a la altura de las tuyas, mientras permanecías hincado frente a mí, clavándomela una y otra vez, tu y yo en trance, jadeando, sólo disfrutando… métemela, métemela, sólo eso resonaba en mi cabeza, qué rico se siente, qué rica la tienes, me indicaste que bajara la pelvis, pusiste una mano en mi abdomen y presionaste con suavidad, yo la bajé gustosa, para acomodarte mejor, para que pudieras metérmela más rico y a gusto.

-¿Te dije que me encantas? -pregunté, ansiaba que recordaras la respuesta siguiente, la que siempre nos decíamos, tardaste unos segundos en contestar.

-¿Por qué? alcanzaste a decir

-Porque me coges bien rico, porque la mueves delicioso, porque me vuelves loca -respondí.

-¿Te dije que me encantas?

-¡SÍ! es la respuesta

-¿Te lo digo otra vez?

-Si

– ¡¡ME ENCANTAS!!

Quería lamerte, mamarte la verga, me convertí en tu gatita caliente, ansiosa por que me la metieras, para que tu, mi amante, mi macho delicioso, me montara sin descanso. Quedaste una vez más postrado ante mi y comencé a mamarte esos jugos tuyos y míos que te cubrían la verga, dulce miel para mi boca, exquisito manjar para mi ser.

Lamí tus bolas, redondas y suaves, jugué con mi lengua entre ellas, las succioné y chupé, deleitándome al verte tu cuerpo contorsionarse de placer, poco a poco, bajé un poco más, justo debajo de tus testículos, ahí donde siempre tienes cosquillas y pocos se atreven a dejarse complacer.

No te inmutaste, al contrario, percibí cómo gozabas más y más, retorciendo tu cuerpo de gozo y abriendo esas blancas piernas para mi, para sentir mi lengua húmeda, para juguetear con tu ano, para lenguetearlo, succionarlo y acariciarlo, volviendote loco de placer, pusiste tus manos en mis hombros, los apretaste fuertemente, y supe que realmente te estaba gustando,  cómo disfruté escucharte, sentir tu cuerpo vibrar, por el placer que yo te estaba provocando.

Aún acostado, dijiste: -ven aquí, y puse mi sexo sobre tu cara, comenzaste a lamer mi rajadita empapada, y yo del lado contrario, te la mamaba otra vez. Qué lengua tan rica tienes, múevela así, rápido, frótala contra mi clítoris erecto gracias a ti, mójame el coño, métela en mis dos entradas, házme pedirte verga por favor.

-¡Dame tu culo! -ordenaste, y sin pensarlo, me puse en cuatro y paré las nalgas en dirección a ti. Me mojaste el ano, y comenzaste a juguetear con tu verga justo en su entrada, me puse nerviosa, mi respiración se aceleró más y más. Quiero sentirte amor, no me hagas esperar más, méteme el pito, macho mío, penétrame y dame como gustes para que este culito mío no te extrañe más.

Comenzaste a meterlo, pujé, poco a poco comenzaste a rellenarme, y de pronto, lo metiste todo de una sola vez. Grité, me dolió.

-¡Despacio por favor! te supliqué, pero no quisiste escuchar.

Fue entonces cuando empezaste a moverte, rápido y fuerte, empujándome la polla muy profundo. Bajé la cadera, sentí que me partías, dolía, cómo me dolía, pero de pronto, eso cambió, no me la saques mi amor, mira que ésto me gusta, mira que quiero que me domines, mira que quiero que sigas metiéndomela, me encanta tu verga y puedes metérmela por donde quieras.

-Páralo de nuevo, -dijiste y te obedecí levantándo el culo a tu altura para que me cogieras mejor. Seguí gritando, la habitación se llenó de nuestros gemidos, tu, bufando detrás mío, teniéndome empotrada, sometida completamente a tu falo viril, duro y venoso, como me gusta. Dame, dame, dame, decía una y otra vez.

– ¡párteme el culo! -grité, -¡no pares!.

Me nalgueabas con tus manos y no cesabas de darme, puse los ojos en blanco, apreté desesperada las sábanas, era demasiado placer, sentí entonces como gritaste algo que no pude alcanzar  a entender, después de eso, arreciaste las embestidas y finalmente gritaste eufórico, pues habías alcanzado el máximo placer. Viniéndote dentro de mi culo y al sacar tu miembro aún duro empezó a chorrear tu leche caliente por mis piernas temblorosas por la fabulosa cogida que me acabas de meter

Morfeohot

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