Una propuesta para Alexandra

“Cuando acabó de nuevo, cuando volvió a correrse y llenarme de su leche, ya estaba totalmente entregada a él y loca de placer…”

Al llegar al Aeropuerto T. F. Green, mi humor era de perros, realmente; por enésima vez me maldije a mí misma, maldije mi suerte y sobre todo lo maldije a él, a mi padre.

Cuando salí al exterior y experimenté el intenso frío, mi mal humor no hizo, sino empeorar; casi un día entero antes yo emprendí mi viaje desde las islas Seychelles, al este de África, donde por supuesto reinaba un clima más cálido, y después de tres vuelos distintos ahora llegaba a éste aeropuerto en el Condado de Kent, en el estado de Rhode Island, al noreste de los Estados Unidos. Y ahora me tocaba abordar un vehículo para desplazarme a una casa de campo en los alrededores de Coventry, en el mismo Condado de Kent; por lo que sabía la región más fría de Rhode Island, en pleno mes de enero, en un invierno muy crudo.

La razón de éste viaje, no era otra que mi padre George McKiernan, un empresario multimillonario, dueño de un poderoso imperio que levantó a partir de un patrimonio nada despreciable pero mucho más modesto que había heredado de su padre, mi abuelo. Mi padre toda su vida fue un sinvergüenza mujeriego, muy promiscuo, que se casó y divorcio dos veces, y tuvo una multitud de amantes; él tuvo en total nueve hijos e hijas, específicamente tuvo 5 hijos y 4 hijas, de diferentes mujeres. Yo era una de esas cuatro hijas, mi nombre es Alexandra McKiernan, aunque todos me llaman “Alex”.

La relación de mi padre con todos sus hijos e hijas ha sido pésima; siempre se limitó a cumplir con las obligaciones económicas que le imponía la ley, con acuerdos judiciales con sus respectivas madres de por medio, y eso siempre después de comprobar que realmente eran suyos, pues hizo que a todos nos hicieran las pruebas de ADN para asegurarse. Nunca nos brindó amor ni atención, apenas nos veía, y muchas veces nos trataba con desdén y dureza.

Yo casi no había tenido contacto con él desde que dejé los estudios de Arte en la Universidad para intentar hacer carrera como modelo y actriz; cuando ésta historia ocurrió yo tenía 25 años de edad y hacía dos años desde la última vez que había hablado con él, por teléfono y apenas unos minutos, y no había sido una charla precisamente amigable. Por eso me sorprendió y desagradó su invitación a ir a reunirme con él, justo cuando yo estaba haciendo una sesión de fotos en un paradisiaco paisaje tropical. Como se esperaba mi rechazo a su invitación, mi padre me hizo una oferta: sí yo aceptaba cruzar el mundo para ir a verlo, solo por eso mi padre estaba dispuesto a pagarme 60.000 dólares, una cantidad que a mí me podía resolver unos cuantos problemas, pero que para mi padre era una miseria, aunque de todas maneras me dejó loca conociendo lo tacaño que era. Así que no me quedó más remedio que aceptar.

A todas éstas creo que es oportuno que me describa: soy una mujer bastante alta, aunque sin exagerar. Soy de piel blanca y cabello rubio, liso y sedoso, que suelo llevar más o menos largo; tengo las tetas grandes, sobre todo después de operarme apenas cumplí los 18, grandes y firmes, duritas. Tengo un culo hermoso y más o menos grande, que luce muy bien en tanga o hilo dental; mis piernas son largas y esbeltas, muy bellas, y mis pies y manos finos y elegantes. En general mi cuerpo es voluptuoso, con un leve toque delgado, y muchos lo han calificado de escultural. Poseo un rostro bello, como de niña, angelical; con una boquita pequeña y sensual, una nariz pequeña y refinada, y unos ojos verdes, lindos y enigmáticos. No por nada mi madre era una mujer bellísima cuando era joven, una rubia espectacular, una modelo de la antigua Europa del Este, que fue una de las amantes de mi padre.

Con mi belleza me había ido relativamente bien como modelo, aunque no había logrado convertirme en una top-model internacional como era mi ambición; y como actriz me había ido peor pues solo había conseguido pequeños papeles secundarios en películas y series de televisión, siempre haciendo de rubia tonta y siempre me pedían que saliera sexy y provocativa, incluso semidesnuda. Pero como me encantaba el lujo, la buena vida, vivía endeudada y mis finanzas a menudo eran deficitarias; por eso acepté la oferta de mi padre, pues el dinero me hacía falta. Pero eso no evitaba que me sintiera enfadada y tensa.

Al llegar a la casa de campo, resultó que era una grande y suntuosa mansión de tres plantas, ubicada en un sitio relativamente aislado y solitario, rodeada de bosques; en ese momento todo el lugar estaba cubierto de una espesa nieve, con los árboles blancos y una capa de nieve en la que podías hundirte casi hasta las rodillas, aunque el camino hasta la puerta de la casa estaba recientemente despejado por una máquina quita nieve. El frío era de 20 grados centígrados bajo cero.

Me condujeron a mi habitación y me dijeron que mi padre esperaría a que yo durmiera y me repusiera de tan largo viaje, y que no corría prisa, que cuando estuviera lista le hiciera avisar con los empleados de la casa, y se reuniría conmigo; así que muchas horas después, luego de haber dormido, haber comido y haberme bañado con divina agua caliente, estuve lista para la reunión. Nos vimos en un amplio salón de la casa, con una enorme chimenea encendida y unos mullidos y cómodos sillones al lado del fuego; el saludo con mi padre fue frío, como no podía ser de otra manera, y solamente le di un apretón de manos. Después de un intercambio de frases y preguntas obligadas por protocolo, mi padre fue al grano.

-Como imagino que estarás impaciente por saber porque te hice venir, voy a contarte el motivo sin más preámbulos – me dijo mi padre, altivo y frío como siempre – Resulta que tengo una enfermedad, una rara enfermedad, y está muy avanzada; y en pocas palabras me voy a morir, me queda poco tiempo de vida.

Estuve a punto de soltar la risa, pues pensaba que me estaba gastando una broma macabra, de un humor negro de mal gusto; pero cuando vi el gesto serio y tenso de su rostro, e incluso pude intuir cierta angustia o pena en sus ojos, me puse más tensa.

– ¡¿Estás hablando en serio?! – le pregunté.

– ¡Por supuesto! Sí algún día te ves en una situación semejante no tendrás muchas ganas de bromear al respecto – me espetó de forma seca.

Me quedé de piedra; no sabía muy bien cómo reaccionar, pues para ser sincera la noticia no me produjo ningún dolor, ninguna pena o compasión, aunque tampoco alegría.

– ¡Lo siento! – dije tratando de sonar sincera y compasiva, aunque dudaba mucho que fuera convincente. 

– ¡Vamos Alex! Se supone que eres actriz, deberías ser más creíble cuando finges. Como se ve que no te apena lo más mínimo, seguro que sí el enfermo fuera tu gato te afectaría muchísimo más – me replicó mi padre en tono sarcástico y de leve reproche.

– ¡¿Y qué quieres papá?! ¡Tú sabes perfectamente que no has sido el mejor padre del mundo, no has hecho mucho por ganarte mi cariño o el de cualquiera de tus hijos! Sí reacciono así es por cómo has sido conmigo; sinceramente no me alegra lo que te pasa, y ojalá ocurriera un milagro y te salves. Pero es normal que no esté gritando y llorando como loca, que no me eche en tus brazos llorando histérica y rota de dolor… las cosas son como son padre, como tú has querido, ni más ni menos – dije tratando de no sonar enfadada, de no dar rienda suelta a mi rencor.

– ¡Claro Alex, claro! Bueno jovencita, tú sabes que según las leyes en todos o casi todos los Estados de los Estados Unidos, una persona puede hacer con su herencia lo que le dé la gana. No existe la obligación de dejarle algo a los hijos, así que cualquier persona puede desheredar a sus hijos y dejarle todos sus bienes incluso a un gato o a un perro. Así que sí yo quiero puedo redactar mi testamento para no dejarle nada a ninguno de mis hijos, o decidir dejarle todo a uno solo y desheredar a los demás…

– ¡¿Lo que quieres decirme es que me vas a desheredar, que no me vas a dejar nada?! ¡¿Para eso me hiciste venir?! – exclamé indignada.

– ¡No, Alex! Al contrario… lo que pretendo es dejarte a ti toda mi fortuna, como mi única heredera.

La sorpresa casi me mata… por un momento creí que estaba soñando, y necesité un momento para asimilar lo que había escuchado; pero una vez que lo hice, casi salto literalmente de alegría. Gracias al viejo miserable por fin iba a tener la vida de cuentos de hadas, de reina, que soñaba; por fin había valido la pena ser su hija. Ya me regodeaba pensando en cómo iba a derrochar el resto de mi vida en lujos y caprichos sin límite; de pronto el viejo me parecía más simpático y más digno de compasión.

-Papá, no tengo palabras… pero de verdad espero que eso no suceda sino hasta dentro de muchos años, daría cualquier cosa por tu vida papá… y por supuesto que me tendrás a tu lado en todo éste proceso… – dije de forma hipócrita, recurriendo a mis técnicas de actriz, intentando sonar sincera y esforzándome por llorar un poco, mientras me levantaba para acercarme a mi padre, pero él me detuvo con un gesto de su mano.

-Alex, sí algún consejo te puede dar tu viejo padre antes de irse de éste mundo, es que no sigas intentando ser actriz, porque nunca serás Meryl Streep… además no hace falta que finjas compasión y cariño por mí, no espero eso a cambio de nombrarte como mi única heredera – replicó con cinismo e ironía.

– ¡Como siempre tan “encantador”! – exclamé molesta, mientras volvía a sentarme.

-Pero sí hay algo que debes hacer, una condición que debes cumplir para poder heredar mi fortuna – dijo con tono y gesto maliciosos.

– ¿Y qué es? – pregunté entre aburrida y desconfiada.

– ¡Follar conmigo! – me contestó mientras me veía de arriba abajo con mirada morbosa.

Me levanté sorprendida, y luego reaccioné furiosa y asqueada; empecé a insultarlo, a llamarle enfermo, sádico, asqueroso, y miles de cosas más. Pero conservando la calma, él logró hacerme callar y me obligó a sentarme y escucharlo.

-En mi vida, he probado en el sexo casi todo, he experimentado con casi todas las cosas que se pueden practicar en el sexo heterosexual, pues el homosexual nunca me ha interesado porque no soy mariquita – me dijo mi padre – pero una de las cosas que me faltan por probar es el incesto, y tengo la suerte de poder practicarlo con una hija tan bella, tan buenota y caliente.

– ¡Eres un ser enfermo y depravado, asqueroso! ¡Me das ganas de vomitar! – exclamé indignada y con odio.

-4.700 – replicó él.

– ¡¿Qué dices?! – dije yo.

-4.700 millones de dólares… ese es más o menos el monto total de mi fortuna…una fortuna que te convertiría en una de las mujeres más ricas del país…que te permitiría gozar de la vida, y además comprarte una carrera de actriz. Podrías incluso producir tu propia película, contratar a un director de prestigio y darte el lujo de protagonizar – me explicó.

Me quedé paralizada, pensando en lo que me había dicho; sus palabras me golpearon en lo más hondo y me dejaron en shock.

-Y eso sin contar con que ya tienes 25 años y no has alcanzado la gloria ni como modelo ni como actriz, y en la carrera de modelaje solo te quedan pocos años antes de llegar a la edad en que las modelos empiezan a retirarse… deberías pensar en tu futuro – agregó mi padre.

Siguió mi padre dándome razones, mientras en mi mente se empezó a instalar un pensamiento horrible, una tentación monstruosa que se fue abriendo paso, a pesar de la repulsión que por otro lado me producía la oferta. El viejo zorro me conocía mejor que yo misma, y sabía que mi materialismo, mi codicia, estaba por encima de cualquier otra cosa. Yo observaba a mi padre, un hombre de 53 años de edad, que se conservaba relativamente bien para su edad, un tipo más o menos alto, con una complexión normal, ni gordo ni flaco, sí acaso con una pequeña barriga incipiente, y un poco fornido; era de piel blanca y tenía el cabello con abundantes canas y castaño claro en las partes que no eran canosas, ojos pequeños y azules, y un rostro que, aunque no era muy feo tampoco era precisamente atractivo, era más bien una tosca cara de palo. Veía a ese hombre con el que no me acostaría, aunque no fuera mi padre, y con el que sin embargo estaba pensando en follar por dinero; un padre que había planificado todo al detalle para tirarse a su hija, incluso planear el encuentro en el único Estado de los Estados Unidos donde el incesto voluntario entre adultos no es delito.

Me explicó que se trataba de follar con él durante tres semanas que pasaríamos juntos en aquella casa; y luego, solo tendría que esperar unos meses, porque los médicos no le daban más de un año de vida. En definitiva, me dio un día para pensarlo, y luego de horas de tormentosa lucha interna, me ganó la codicia, y acepté su indecente propuesta. Así que la noche siguiente cenamos juntos, en un ambiente de cena romántica con velas y todo, y luego fui a esperarlo en mi dormitorio; yo estaba incluso más nerviosa que cuando perdí la virginidad, hacía ya bastantes años, y eso que desde entonces había tenido sexo con bastantes hombres.

Él entró al dormitorio y cerró la puerta; llevaba puesta una bata de pijama, de las que llevan los hombres sobre el pijama. Yo estaba de espaldas a él, y se acercó a mí y puso sus manos sobre mis hombros desnudos; yo llevaba puesto un elegante y sexy vestido de noche de color rojo, largo y abierto por una pierna, y que tenía unos tirantes que se amarraban alrededor de mi cuello. Mi padre desanudó los tirantes e hizo caer mi vestido, dejándome solamente con la ropa íntima; que en ese momento se limitaba a la parte de abajo, a las bragas, pues no llevaba sujetadores. Así que, ya con mis tetas afuera, él puso sus toscas manos sobre ellas y comenzó a acariciarlas, estrujarlas y apretarlas con cierta brusquedad, pero sin buscar de hacerme daño; también pellizcaba mis pezones, mientras me besaba el cuello, y yo temblaba como un flan, con los ojos cerrados y resistiéndome al impulso de empujarlo y salir corriendo.

Me llevó a la cama y me hizo tenderme boca arriba; me quitó las sandalias de tacón alto que llevaba puestas, y entonces besó mis pies, los lamió y chupó los dedos. Luego fue besando, acariciando y lamiendo mies piernas; se saltó de momento mi entrepierna y fue a mi vientre, que también lamió y besó, para después volver a agarrar mis tetas con sus manos y comenzar a chupar mis pezones.

Acto seguido volvió a bajar y agarrar los tirantes de mis bragas; yo llevaba unas diminutas y sexys bragas de color negro, del tipo hilo dental, con apenas una fina tira por detrás que se hundía en lo profundo de la raja de mi culo, y una pequeña tela semitransparente que apenas cubría mi coño y poco más. Agarró mis bragas y me las bajó, deslizándolas por mis piernas hasta sacármelas por los pies y tirarlas lejos; todo esto mientras yo me retorcía en la cama, temblando como nunca antes en mi vida, con los ojos cerrados y agarrando fuerte las sabanas con mis manos.

Mi coño, mi rica concha, es una fina rajita que yo solía llevar bastante depilada, dejándome apenas unos pocos vellos púbicos en los bordes de mi rajita; mi papá empezó a lamer mi coño, a mamarlo, cada vez con más desesperación y hambre, hundiendo su lengua dentro de mi chocho. Luego hundió sus dedos dentro de concha, haciéndome pegar un respingo.

Luego de agredir mi coño con sus dedos, se detuvo y yo entreabrí los ojos, y vi que se había levantado y se quitaba la bata, quedándose totalmente desnudo, con su grande y gruesa verga parada; cerré los ojos de nuevo, mientras las lágrimas asomaban de ellos, y tuve que usar mi fuerza de voluntad para no pararme y salir corriendo, aferrándome a mi fuerza de voluntad y a mi codicia.

Con sus manos me hizo abrir más las piernas, se colocó encima de mí y puso su pene en la entrada de mi coño; y rápidamente me penetró, me metió la verga sin compasión, produciéndome bastante dolor pues no estaba lubricada. Comenzó a darme caña, a clavarme hasta el fondo, a arremeter contra mi chocho con fuerza y brutalidad. Yo lloraba, mientras sentía el dolor mientras su gruesa verga se abría paso dentro de mi cavidad vaginal; la misma verga que clavó a mi madre cuando me engendró a mí.

Mi padre me folló con una fuerza y durante un tiempo que parecía admirable para su edad y sobre todo para un hombre que se suponía estaba enfermo; terminé relajándome y para mi sorpresa acabé jadeando, y el dolor fue reemplazado por una incipiente excitación, y cuando mi padre acabó y eyaculó su leche dentro de mí, casi me sentía como en un polvo normal.

A la noche siguiente mi padre me volvió a follar, incluso con más fuerza y rudeza que la noche anterior; con un frenético mete y saca, con rítmica brutalidad agredió mi chocho, horadó mi vagina con ese duro palo, y ahora yo estaba totalmente excitada, completamente húmeda, y mis jadeos se convirtieron en aullidos de placer. Cuando acabó de nuevo, cuando volvió a correrse y llenarme de su leche, ya estaba totalmente entregada a él y loca de placer; y nos quedamos abrazados, exhaustos y satisfechos de placer.

Las noches siguientes follamos ya como verdaderos amantes, y el placer fue a más; ya yo me lo tiraba como me tiraría a cualquiera de mis amantes, y en ocasiones me ponía encima de él, de cuclillas, y lo cabalgaba con su verga dentro de mí. Una noche que me tenía a cuatro patas, me metió un dedo en el ano, en el culo; y yo reaccioné algo a la defensiva.

– ¡No, por ahí no! – exclamé.

– ¡Tranquila, relájate! – me dijo.

Y enseguida me empezó a dar un “beso negro”, a lamerme y chuparme el ano; me enloquecí, sentí una excitación como nunca antes, y cuando me tuvo a su merced, me penetró por el ano y me dio con energía, me folló hasta que se corrió y dejó su leche también en mi ano.

Las tres semanas de sexo con mi padre se me pasaron volando, y debo confesar que al final me hubiera gustado prolongarlo; me separé de él con el sentimiento que uno tiene cuando se separa de un buen amante, de un fogoso “amigo con derechos”, del que desde luego no estás enamorada (aunque con más tiempo podrías enamorarte) pero que extrañaras mucho por los calientes momentos pasados a su lado y por el cariño amistoso que le tienes. Retomé mi vida, y unos meses después la noticia de su muerte me sorprendió estando en Londres; volví a toda prisa para su funeral, y no me sorprendió ver ahí a todos mis medio-hermanos y medio-hermanas, pues todos esperaban ansiosos la lectura del testamento, con mucha codicia.

En el funeral lloré con vivo sentimiento, para sorpresa de muchos, y de verdad me dio tristeza su muerte, recordando los mejores recuerdos de él, nuestras noches de sexo. En la lectura de mi testamento en cambio yo estaba bastante contenta y animada, ansiosa por presenciar mi victoria y la cara de los demás; a mi lado estaba sentada mi medio-hermana Jennifer, que extrañamente también parecía muy animada y a la que sorprendí lanzándome de reojo miradas maliciosas. Ella también era muy bella y escultural, incluso parecida a mí, pero con el cabello oscuro, y algo más de un año menor que yo.

Cuando llegó el momento decisivo, se anunció que mi padre había dejado todo su patrimonio a un solo heredero, para desconcierto y preocupación de muchos de los presentes, y acto seguido se procedió a dar el nombre del único heredero… que resultó ser Andrea Carolyn McKiernan…

Mi hermana Jennifer y yo volteamos a ver a nuestra hermana Andrea, la menor de las hijas de mi padre, una chica de 21 años en ese momento, bellísima como su madre, una antigua Miss o Reina de belleza latina; ella nos dedicó una mirada perversa y burlona, y un gesto cínico y malicioso en su hermoso rostro. Jennifer y yo volteamos a vernos la una a la otra, y no hizo falta palabras para entenderlo; yo no era la única que había hecho un pacto con el Diablo, es decir, con el sádico de mi padre… Jennifer, Andrea y yo, a dos de nosotras nos engañó y solo a Andrea le cumplió… de repente entendí porque mi medio-hermana Natasha no había ido al funeral ni a la lectura del testamento, porque seguramente a ella también se lo propuso y fue la única que tuvo la dignidad y la moral para negarse… Jennifer y yo llorábamos de rabia y frustración, y mientras la cogía de la mano un calificativo surgió de sus labios y de los míos al mismo tiempo:

– ¡Hijo de puta!

Muchas gracias.

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