Escuela de verano.

Antonia, mi mujer, llevaba meses o quizás años dándome la lata para que fuéramos a pasar unos días o un fin de semana largo a casa de su amiga Luisa. Antonia y Luisa eran de la misma edad, cuarenta y muchos, y amigas desde la infancia.

Yo soy Carlos, unos diez años mayor que Antonia y mientras que ella es una morena guapa, con buen cuerpo y muy bien conservada, siempre le dicen que parece tener diez años menos, yo soy un tío del bulto, para qué nos vamos a engañar.

Su amiga Luisa se había quedado viuda muy joven y había decidido quitarse del mundanal ruido con sus dos hijas, entonces pequeñas, yéndose a vivir a una casa de campo que su marido poseía en la sierra de Córdoba. Cuando Antonia me contó aquello al poco de conocernos, la verdad es que no me pareció muy normal, sobre todo por sus hijas, que iban a crecer asilvestradas.

La cuestión es que a finales de junio ya no pude soportar más la presión de Antonia y accedí a que nos fuéramos a pasar unos días con su amiga, aprovechando que en esas fechas ambos teníamos poco trabajo.

El día de la marcha salimos relativamente temprano y tras cuatro horas de viaje, la mayoría por carreteras de sierra, y casi 30 kilómetros por caminos terrizos llegamos a la casa de Luisa. Hay que admitir que estaba situada en un lugar extraordinario. Un alto en medio de una zona forestal, desde el que se divisaba un entorno natural bellísimo y ni una sola construcción en varios kilómetros a la redonda.

Luisa nos estaba esperando a la puerta de la casa. Un caserío muy bien conservado y con todos los elementos propios de ese tipo de construcción en Andalucía, un patio principal y otro del servicio y del ganado, cubiertas de teja y un torreón para otear los alrededores.

Luisa era una morena guapa, la clásica mujer cordobesa, ojos negros y grandes, pelo negro azabache, piel morena, alta y con buena figura. Sin embargo, pese a su belleza y a que iba a recibir la visita de su amiga de toda la vida, su aspecto era triste y descuidado. Un vestido negro por debajo de la rodilla, que se veía ya muy usado, despeinada y sin maquillar. Parecía tener diez años más de los que realmente tenía. Así que entre Antonia que parecía tener diez años menos y ella que aparentaba diez años más, no parecían amigas de la infancia, sino madre e hija o tía y sobrina.

Antonia y Luisa se saludaron con dos besos y un abrazo, a mí simplemente me dio la mano no sin cierta frialdad, como si en su interior pensara que yo me podía haber ahorrado ir, pudiendo haberme quedado en casa tan a gusto. Cogí el ligero equipaje que llevábamos y entramos en la casa.

–              Iniciamos unas obras en parte de la casa, pero todavía no las hemos terminado y estamos  un poco escasas de dormitorios. –Dijo Luisa y continuó:- Antonia, nosotras dormiremos juntas en mi dormitorio, a las niñas las he agrupado muy achuchadas en el dormitorio de Clarita y Carlos se quedará en el dormitorio de Pilar.

Pensé que también nos podría haber dejado a nosotros su dormitorio para que estuviésemos juntos y ella irse al dormitorio de Pilar, pero concluí que lo mejor era callarme y aguantar los pocos días que íbamos a estar.

Luisa nos condujo al dormitorio que me había asignado en la planta alta. Yo me temía que estuviera pintado de rosa y con decoración de princesas, pero no, estaba decorado muy sobrio, pero muy agradable y luminoso. Desde la ventana había unas vistas maravillosas sobre el monte. Tenía una salida a una terraza, que parecía estar compartida con otra habitación, debajo de la terraza había una alberca, que parecía hacer también de piscina. El baño seguía la línea de sobriedad, pero igualmente luminoso con una ventana que parecía dar a la terraza de la habitación y también parecía compartido, ya que tenía otra puerta, además de la que daba a mí dormitorio.

Una vez que dejé mi maleta hice ademán de llevar la maleta de Antonia a su habitación, pero se me adelantó Luisa que quitándome la maleta de la mano, me dijo que colocase mis cosas, que ella se encargaría de llevar la maleta. Salieron las dos y yo me dediqué a colgar la ropa y a colocar mis cosas en el baño, en los sitios que no estaban ocupados por productos femeninos.

Después de poner en orden mis cosas salí a la terraza, estaba orientada a sur y amueblada con una mesa y tres sillones, debía ser agradable sentarse allí a descansar, tomar un poco el sol y contemplar el extraordinario paisaje. No se veía una sola construcción por ninguna orientación a la que se mirara.

Me llamó Antonia desde la habitación:

–              Carlos, entra que vamos a comer.

El comedor, el salón y un par de salas más pequeñas estaban en la planta baja. El comedor era igual de sobrio que el resto de habitaciones, pero con una decoración muy elegante y acogedora. Luisa ya estaba sentada en la cabecera de la mesa cuando entramos Antonia y yo. En la mesa había cinco cubiertos colocados. Antonia se sentó al lado de Luisa y yo a su lado. Al momento entraron las “niñas” con la comida. Entrecomillo las “niñas” porque realmente se trataba de dos mujeres de unos veinte años ambas. Iban vestidas igual de desaliñadas que su madre, pero en vez de ser en color negro, era en un color gris realmente feo. La amplitud de la ropa impedía saber cómo serían sus cuerpos, pero sus caras eran realmente bonitas, cada una en su estilo. Su madre las presentó:

–              Carlos, te presento a mis hijas, Antonia ya las ha visto antes. –Con la mano señaló:- Pilar y Clara.

Las chicas no hicieron el más mínimo gesto de saludo. Pilar era alta, rubia, pelo corto, ojos azul oscuro y un conjunto de nariz y boca muy sensual. Clara era también alta, mulata, ojos negros, pelo corto también negro y una boca con unos labios que decían bésame. O era adoptada o Luisa había tenido un desliz de los gordos. Me pareció de muy mal gusto que de nombre le hubieran puesto Clara. Me repatean los padres que se dedican a hacer bromas con los nombres de sus hijos, cuando estos no pueden opinar ni defenderse.

Dejaron la comida junto a Luisa y ocuparon sus asientos. Luisa fue sirviendo y fuimos pasando platos. De vino para comer ni hablamos. Otra cosa que me repatea, el que no quiera beber vino con la comida que no lo beba, pero que deje beberlo a los que nos gusta comer con vino.

Durante la comida sólo hablaron Luisa y Antonia, recordando sus tiempos de compañeras de colegio. Yo me dediqué a observar a Pilar y a Clara. Se las veía cortadas, miraban sus respectivos platos como si tuvieran un altísimo interés y no levantaron la vista en ningún momento. Pensé que era una lástima que dos chicas de esa edad y tan guapas fuesen tan paradas o su madre las tuviera tan controladas.

Al acabar de comer me fui a mi habitación a sestear un rato. En ello estaba cuando entró Antonia.

–              Hola guapetón, ¿qué haces ahí desnudito? Vas a coger frío.

–              Dame tú calorcito.

Antonia, tras cerrar la puerta, fue a echarle la condena, pero no tenía.

–              Bueno da igual, nadie va a venir a vernos y si vienen mejor para ti. ¿Te apetece que me eche contigo en la cama?

–              Si tu quieres te hago sitio –le contesté-.

–              No hace falta –dijo ella comenzando a desnudarse-.

Pese a que Antonia y yo llevamos ya bastantes años juntos, verla desnuda me sigue poniendo como el primer día, así que antes de que terminara de desnudarse yo ya estaba empalmado. Se colocó a horcajadas encima de mi polla y fue moviéndose atrás y adelante lentamente, dejando que su chocho se deslizara por mi polla. Después se agachó para acercarme las tetas a la boca, que chupé y mordí mientras las apretaba con mis manos.

–              Carlos, tengo que pedirte un favor –me dijo con voz muy sensual-.

–              ¿No puede esperar a que follemos un poquito?

–              No, que luego te duermes.

–              Vale dime, pero se breve que estoy muy caliente –dije cediendo ante su voluntad-.

–              Trataré de serlo, pero es complicado –yo suspiré asumiendo lo inevitable-. Como te he contado algunas veces, Luisa, después de enviudar, decidió alejarse de todo y de todos y se vino aquí al campo con sus dos hijas.

–              Hija será Pilar, si no vaya lío que debió tener –la interrumpí-.

–              Tonto, a Clara la adoptaron poco antes de morir su marido. Después del parto de Pilar, Luisa quedó estéril y no querían que fuera hija única. Pero déjame que siga. Durante los más de quince años que llevan viviendo aquí ella ha educado a las niñas, yendo a la escuela sólo a examinarse por libre.

–              Eso ha sido una barbaridad por parte de tu amiga.

–              Estoy de acuerdo, pero el caso es que hace un par de años que terminaron el bachiller y después de pensarlo mucho ha decidido que deben ir a la universidad. El problema es que como siempre han vivido aisladas, está muy preocupada por cómo se desenvolverán fuera.

–              ¡Coño eso tenía que haberlo pensado antes!

–              Ya, pero lo cierto es que la situación es la que es. Como tú das clase en la universidad, me ha pedido que hables con ellas y le cuentes lo que se van a encontrar.

–              Antonia yo doy clase en la universidad, pero no tengo ni idea de qué hacen los alumnos fuera de mis clases. Tú fuiste a la universidad fuera de tu casa y, aun cuando las cosas hayan cambiado, las puedes ayudar mucho mejor que yo.

–              No será para tanto, seguro que sabes más de lo que dices.

–              Te he dicho yo alguna vez que me haya tomado un café o una cerveza con algún alumno, ¿no verdad? No te lo he dicho porque no me los he tomado.

Durante la conversación Antonia había seguido con el movimiento de la pelvis y a mí me estaba poniendo malo. Volví a sobarle las tetas a ver si se animaba y dejábamos el tema, al menos para otro momento.

–              ¿Por qué no dejamos la conversación y seguimos con lo nuestro? –Le dije-.

–              No puedo Carlos. Luisa me ha pedido como un favor muy especial de amiga que te lo diga y que te convenza.

–              ¿Por qué me metéis en vuestros líos?

Observaba la cara de Antonia y sabía que no había terminado lo que tenía que decirme y que le estaba dando largas.

–              Hay otra cosa además –me dijo Antonia-.

–              Ya me lo imaginaba.

–              Resulta que como las niñas…

–              Deja de llamarlas las niñas, son dos mujeres hechas y derechas.

–              Vale, resulta que como han vivido aquí aisladas de todo, sin televisión, sin radio, sin teléfono, sin internet, vamos sin ningún contacto, no saben nada del mundo ni de las cosas de la vida y quiere que también se las expliques y las aconsejes.

Me quedé tan atónito con lo que le estaba oyendo a Antonia, que se me bajó la erección.

–              Vamos a ver Antonia, que me estás queriendo liar de mala manera. Todo esto que me estás contando no te ha dado tiempo a hablarlo con Luisa ahora, así que caben dos posibilidades, o me has traído a una encerrona o tú te estás metiendo dónde no te llaman. ¿Cuál de las dos cosas es?

–              ¡Vaya, no se puede con alguien tan listo! Luisa me ha escrito varias cartas contándome el problema y no sé porqué, pero se ha empeñado en que seas tú el Pigmalión de las chicas.

–              ¡Pero Antonia, si esa mujer no me conoce de nada!

–              Bueno, igual yo te he ponderado un poquito más de la cuenta en mis cartas.

–              A mí esto me parece una locura, pero cuéntame exactamente qué es lo que quiere que yo haga y ya hablaremos tú y yo de tus encerronas cuando lleguemos a casa.

–              Que les cuentes cómo es la universidad y que opciones tienen para residir. Que les asesores sobre las distintas carreras posibles, según sus gustos profesionales. Y que les hables de la vida en general.

–              ¿Qué es eso de la vida en general? –Le pregunté bastante escamado ya-.

–              Pues las relaciones humanas, los amigos, el sexo, los compañeros,… De la vida en general.

No daba crédito a lo que estaba escuchando, ¡que yo hablara de sexo con esas dos muchachas a las que acababa de conocer y más que les doblaba la edad!

–              ¡A ti la presión del pelo en el cerebro te ha hecho perder la cabeza! ¿Cómo voy yo a hablar de sexo con esas chicas? ¡Antonia que les triplico la edad!

–              No te voy a negar que así dicho parece raro, pero se trata de unas nociones básicas. –No es que no estuviese ya para follar con Antonia, es que quería matarla allí mismo-.

–              ¿Nociones básicas sobre la abejita, sobre la cigüeña, sobre qué? Antonia, si las chicas no saben todavía eso, debiendo tener pelo en el coño como para hacer una almohada, vas tú y se lo cuentas o mejor que se lo cuente su madre, que tiempo ha tenido, ¡que yo soy un hombre de casi sesenta años y lo menos que puede parecer es que soy un pervertido y un viejo verde que se quiere tirar a dos almas cándidas!

–              Puedo estar de acuerdo contigo que puede parecer raro, pero así me lo ha pedido Luisa, insistiendo mucho en que seas tú.

–              Antonia, tú no te das cuenta de que esa mujer ha debido perder la cabeza después de quince años aquí sola.

–              No te voy a negar…

–              Antonia, ni me lo niegues ni me lo dejes de negar, ¡NO Y NO ES NO!

–              No te pongas así Carlos. Echamos el polvito y después te lo piensas.

–              Échale, si quieres, polvitos a la lavadora, pero conmigo no cuentes o no has notado que hace rato que se me ha bajado, ¡coño que me la has bajado con los disparates tuyos y de Luisa!

–              Bueno, tú verás, pero piénsalo cariño. Es para ayudar a una pobre madre abrumada.

–              ¡Iros al carajo tú y la madre abrumada! Voy a venir yo a arreglar en cuatro días, el desaguisado que esa mujer ha liado durante quince años.

Antonia se vistió y salió de la habitación haciéndose la ofendida. Yo, por experiencia, sabía que la guerra no había hecho más que empezar y que las posibilidades de que la victoria fuera mía eran despreciables, en términos matemáticos.

Pasé el resto de la tarde en la habitación dándole vueltas a la petición de Antonia y cabreándome más, mientras más vueltas le daba. Hubiera cogido el coche y me habría ido al pueblo más cercano a tomarme una copa, pero el pueblo más cercano estaba a cuarenta kilómetros, en su mayoría de caminos terrizos, así que me aguanté allí hasta la hora de la cena.

Antonia debía seguir enfadada conmigo porque fue una de las chicas la que me avisó de la cena desde el otro lado de la puerta. Me arreglé y bajé al comedor. Se repitió la escena del mediodía, con la variante de que tanto Antonia como Luisa ni me miraron. Al terminar de cenar las chicas recogieron la mesa, yo hice ademán de ayudar, pero Luisa me ordenó (y digo ordenó) que me quedara sentado. Hubiera dado un imperio por una copa, pero pensé que eso allí iba a ser imposible. Cuando las chicas se despidieron para ir a la cama, Luisa tomó la palabra mirándome fijamente.

–              Carlos, me ha dicho Antonia que no quieres hacerme el favor que le he pedido que te transmita. –Joder, estaba vendido con Antonia-.

–              Luisa, no se trata de querer o no querer hacerte el favor, se trata de que no creo ser la persona adecuada. De la vida de los universitarios sé muy poco, por no decir nada, y de las cosas de la vida, creo que es mejor que les hables tú, que tienes más confianza con ellas, que no yo, que no las conozco de nada, soy varón y casi cuarenta años mayor que ellas.

–              Carlos, –intervino Antonia- el problema es que entre Luisa y las niñas no hay confianza ninguna y ella se siente incapaz de hablar con ellas de determinadas cosas.

–              Pues habla tú con ellas –le contesté a Antonia-.

–              No Carlos, -dijo Luisa- yo quiero que sea un hombre quien hable con ellas, quiero que tengan la visión del otro lado. –Luisa sacó la artillería pesada empezando a llorar-. Después de todos estos años las tres aquí aisladas, siento que me he equivocado. Debí haber pensado que el momento de la marcha de las niñas llegaría y que no estarían preparadas. –Del llanto pasó a intensos sollozos-.

Supe que estaba perdido. Nunca he podido ver a una mujer llorar, me derrumba todas mis defensas y soy capaz de decir o hacer lo que sea para que acabe con el llanto. Un amigo, con las cosas bastante más claras que yo, dice que eso es la tiranía del débil, posiblemente tenga razón, lo que yo dudaba en este caso es que Luisa fuera una mujer débil.

–              De acuerdo –dije finalmente, me levanté y me fui a la habitación-.

Me sentía como el protagonista de la película  “El verdugo” (si no la habéis visto, hacedlo, es una obra maestra de Luis García Berlanga). Al protagonista, por una serie de situaciones, lo nombran verdugo en sustitución de su suegro pese a sus reiteradas negativas, pero dejándose llevar como lo que es, una persona sin voluntad firme, y en el convencimiento de que nunca tendrá que actuar. De negación en negación termina ajusticiando a un reo, muy en contra de su voluntad, obligado por las circunstancias. La película puede parecer triste o cruel, pero tiene el ingrediente Berlanga que la convierte en muy divertida en algunos ratos, muy dramática en otros ratos y sobre todo en una obra maestra. Pues eso, yo de negativa en negativa a hacer de Pigmalión de las chichas, había terminado asumiendo el marrón.

Fui al baño, me desnudé y me acosté. Al rato llamaron a la puerta, era Antonia.

–              ¿Qué quieres? Ya he cedido, déjame dormir, estoy muy cabreado contigo y no me apetece ni verte.

Abrió la puerta y entró, lo que yo le decía, a Antonia normalmente le resbalaba.

–              ¿Por qué te enfadas?

–              ¿Que por qué me enfado?

Iba a seguir con mis protestas, pero Antonia se abrió la bata, no llevaba nada debajo. Como siempre me quedé embobado con su cuerpo. Sus adorables tetas con grandes pezones, su barriguita con la curvatura que da la edad, su chochito depilado y sus preciosas piernas. Se me evaporó el enfado y empezó a crecerme el nabo. Terminó de quitarse la bata, se acercó a la cama, tiró de la sábana hacia atrás y se puso de rodillas sobre mí dándome la espalda. Me dejó un primer plano de su fantástico culo. Se agachó y mientras se metía mi polla en la boca dijo:

–              ¿A qué esperas para chuparme?

Primero besé su raja depilada abriéndola con mis manos, después le di bocaditos en sus labios menores y finalmente le lamí el clítoris, mientras mis manos recorrían su culo. Ella unas veces se metía mi polla hasta el fondo en la boca, otras me comía y me lamía los huevos y otras besaba mi capullo, sin dejar de gemir sonoramente.

–              No pares Carlos que voy a correrme, desde esta tarde estoy como una plancha.

Desde luego que no paré ni ella tampoco. Se corrió en un par de minutos más y yo también en su boca, dando gritos los dos de “me corro, me corro”. Se quedó quieta unos minutos en la posición que estaba. Luego se levantó, se puso la bata y se fue después de darme un piquito.

Cuando Antonia salió de la habitación escuché ruidos en el baño, debía estar alguna de las chicas. Pensé que con lo ruidosos que habíamos estado Antonia y yo, no quedaba más remedio que nos hubieran oído. Con lo relajado que me había dejado Antonia no tardé en dormirme y olvidarme de si nos habrían escuchado o no.

A la mañana siguiente me levanté temprano, me puse ropa deportiva y baje a tomar un café antes de salir a pasear un rato. Luisa estaba en la cocina con una horrible bata hasta los pies.

–              Buenos días Luisa. Iba a prepararme un café.

–              Hay café recién hecho, sírvete si quieres.

Mientras me tomaba el café Luisa estaba limpiando la cocina y no cruzamos ni una palabra. Cuando me iba le pregunté:

–              Y Antonia, ¿dónde anda?

–              Se ha quedado durmiendo en la cama.

Que mujer más arisca, pensé saliendo de la cocina. Como no soy nada deportista, más que caminar me senté en un tocón cuando no había andado ni dos kilómetros y me puse a fumar y a mirar el paisaje. Empecé a pensar que les iba a contar a las chicas, pues estaba seguro que ni a Luisa ni a Antonia se le habría olvidado el tema. Decidí que les haría algunas preguntas sobre que les gustaba hacer, para tratar de enfocar la carrera que más les interesaba,  cómo les gustaría vivir y cosas así.

Al volver hacia la casa vi que estaban las dos en la terraza que compartían nuestros dormitorios y pude ver también que desde la terraza entraban en mi dormitorio. Observé también que justo debajo de la terraza había un porche con salida desde alguno de los salones de la casa.

Fui a entrar en la casa por la puerta más próxima a la cocina. Había ropa tendida en el exterior y puedo afirmar que era la colección de bragas y sujetadores más feos y menos eróticos que había visto nunca. Cualquier mujer vestida con aquellas prendas debía sentirse simplemente horrorosa. Sin embargo, descubrí también que había un conjunto de tanga y corsé que era todo lo contrario, cualquier mujer debería estar bellísima con esas prendas.

Al entrar fui directamente a la cocina para tomar otro café antes de asearme. Estaba Antonia sola desayunando. Le di un beso y me serví el café.

–              ¿Qué tal has dormido? –Me preguntó.

–              Muy bien y muy relajadito después de fantástico trabajo de anoche. Por cierto, creo que las chicas debieron oírnos desde el baño, cuando te fuiste escuché ruidos.

–              ¡Qué vergüenza, por favor! Se me olvidó completamente que las chicas duermen al lado.

–              No pasa nada, todas las parejas tienen sus momentos calentitos. –Le contesté-.

–              ¿Cuándo vas a hablar con ellas?

–              No sé, un poco antes de comer creo que sería un buen momento, así cortamos el tema para comer. Voy a asearme un poco y trabajo algo en alguna salita. –Le dije a Antonia dándole un beso y saliendo de la cocina.

Llamé a la puerta del dormitorio antes de entrar, no fuera que estuvieran todavía dentro. No contestó nadie y entré. Al ir a coger ropa limpia para vestirme después de la ducha, noté que las prendas no estaban como las había dejado.

Llamé a la puerta del baño, no fuera a estar alguna dentro, ya que sus puertas tampoco tenían condena.

La placa de ducha del baño era bastante grande, en la parte más próxima al rociador tenía un cristal para evitar la salida del agua y en la otra parte nada, ya que no hacía falta por el tamaño de la placa.

Me desnudé, me quité las gafas y entré en la ducha. El agua estaba tibia, pero agradable. Cuando iba a cerrar el grifo me pareció escuchar ruidos fuera en la terraza y ver como una sombra que desaparecía de la ventana. Parecía que las chicas tenían ganas de ver a un hombre desnudo, a mí que me vean desnudo me trae sin cuidado, Antonia y yo vamos algunas veces a zonas nudistas y no me produce problemas. Pobrecitas, pensé, para una vez que ven a un hombre desnudo me tienen que ver a mí, con el cuerpo escombro que tengo.

Terminé de asearme, me vestí en la habitación y bajé con el ordenador a buscar algún sitio donde echar un rato de trabajo. Entré en una sala que además parecía hacer las funciones de biblioteca. Traté de conectarme a internet con un modem portátil que llevaba pero fue imposible, no había la más mínima señal en la zona. Trabajé un rato hasta que sobre la una llegó Antonia.

–              ¿Estás listo? Les había dicho a las niñas que ibas a hablar con ellas sobre la una. –Me preguntó Antonia-.

–              Si no hay más remedio, diles que pasen. ¿Por qué no te quedas tú también?

–              No, creo que es mejor que estéis solos –me contestó Antonia y salió de la sala-.

Al momento entraron Pilar y Clara. Llevaban los mismos vestidos horrorosos del día anterior, era imposible intuir cómo serían sus cuerpos, pero en todo caso, no se podía negar que las dos eran guapas.

–              Nos han dicho Antonia y mamá que podías atendernos un rato para hablar de algunas cosas. –Dijo Clara-.

–              Si, por favor, pasad y sentaros –les indiqué un sofá que había en la sala y yo me senté en un sillón enfrente de ellas-. Me ha dicho Antonia que este año vais a la universidad. Va a suponer un gran cambio en vuestras vidas. De vivir aquí aisladas del mundo sólo con vuestra madre, a vivir solas en la ciudad rodeadas a gente de vuestra edad.

–              Sí, eso nos tiene un poco asustadas –contestó Clara, mientras Pilar reafirmaba lo que decía su hermana con un movimiento de cabeza-.

–              ¿Sabéis ya lo que queréis estudiar?

–              Creemos que sí. Pilar quiere estudiar ingeniería industrial y yo medicina.

–              Os habéis decidido por dos carreras difíciles y largas, pero si os gustan, seguro que podéis con ellas. –Dije para animarlas-.

–              ¿Y dónde habéis pensado vivir?

–              A nosotras nos gustaría vivir solas en un piso o con alguna compañera, pero mamá ha decidido que vivamos en una residencia de chicas. Dice que así estaremos más seguras y podremos dedicarnos más a estudiar. –Como siempre contestó Clara, debían haber acordado que ella sería la portavoz-.

–              ¿Tú podrías hablar con mamá, a ver si nos deja vivir en un piso? –Preguntó en este caso Pilar-.

–              Podría hablar con ella, pero vuestra madre tiene pinta de no cambiar fácilmente de opinión. Lo intentaré.

–              Gracias –dijeron las dos a la vez-.

–              Bueno, parece que tenéis las cosas bastante claras. –Dije yo tratando de ir terminando la conversación, sin entrar “en las cosas de la vida” como decía Antonia-. ¿Queréis hablar de algo más? –Dije, sabiendo que no debía hacerlo-.

–              Sí Carlos, verás, la verdad es que no tenemos ninguna experiencia en convivir con otras personas y tampoco ninguna experiencia con los chicos. Nos gustaría que nos hablaras un poco de eso. –De nuevo habló Clara y yo me arrepentí de haberles dado pie-.

–              Sobre eso no hay reglas que os puedan servir de ayuda. Cada relación personal es diferente y más cada relación de convivencia. Os vais a encontrar en un mundo muy diferente al vuestro actual y debéis ser tolerantes con las personas y tener una buena dosis de empatía con ellas, para que os devuelvan esa comprensión.

–              ¿Y los chicos? –Esta vez fue Pilar, que parecía estar muy interesada por la cuestión-.

–              Pues los chicos lo mismo que las chicas. Con ambos entablaréis en la mayor parte de los casos relaciones de amistad, que podrán pasar a más si los dos queréis.

–              Sí, ¿pero qué debemos hacer con los chichos si la amistad pasa a más? –Volvió a preguntar Pilar-.

–              Pues depende de hasta dónde queráis llegar y cuanto de íntima se haya vuelto la amistad. Igual esta pregunta os parece muy personal, pero ¿sois vírgenes todavía? –No debía haber hecho una pregunta tan íntima, pero ya no podía volver atrás-.

–              Depende de a lo que te refieras. Ninguna hemos tenido ni siquiera una aproximación a un hombre, pero si te refieres a lo anatómico no somos vírgenes. –Contestó Clara-.

Estaba empezando a encontrarme incómodo manteniendo una conversación tan íntima con dos chicas de veinte años, a las que no conocía de nada.

–              Te explico –dijo Pilar y continuó-. Nosotras ni siquiera hemos visto un hombre desnudo, no sabemos qué es lo que esconden debajo de los pantalones, pero hace algún tiempo descubrimos unas cosas que guardaba mama en su armario, una era como un pepino de plástico, otra eran unas bolas de distinto tamaño enlazadas por una cuerdecita, otra era una bola con un pequeño tirador, otro un pepino de plástico con unas correas y así algunas cosas más…

–              Chicas si no hace falta que entréis en detalles –interrumpí a Pilar porque estaba empezando a ponerme malo, así que Luisa guardaba consoladores, bolas chinas, plugs anales, y otros juguetes en su armario. Qué sorpresa con lo fría que parecía-.

–              Deja que te contemos, sino no nos podrás ayudar. Aunque nunca habíamos visto esas cosas no tardamos en aprender cómo se usaban y de usarlas terminamos por rompernos el himen, por eso anatómicamente no somos vírgenes, pero si en todo lo demás.

Me resultaba muy curioso el descaro que mostraban las chicas. No sabía si era inocencia o desparpajo. Miré el reloj, estaba deseando que llegase la hora de comer y terminar con una conversación que a mí me estaba poniendo muy incómodo, pero que a ellas les parecía lo más normal del mundo, contarle a un extraño hasta donde se habían metido el consolador para romperse el himen.

–              Por eso necesitamos que nos cuentes cosas y nos enseñes para estar preparadas para nuestra nueva vida. –Dijo Clara reafirmando a su hermana-.

–              Chicas yo puedo contaros algunas cosas, pero comprended que siendo hombre y ya con unos años encima, me resulte un poco violento hablar de cosas tan íntimas con vosotras…

Afortunadamente para mí, apareció Luisa en la sala para decirnos que la comida estaba en la mesa. Ellas se levantaron de inmediato y mientras salían Clara me dijo:

–              Tenemos que seguir hablando, necesitamos saber de las “cosas de la vida”.

Yo me quedé un rato más sentado, maldiciendo a Antonia por haberme metido en semejante lío.

La comida fue como todas las demás, todos callados menos Antonia y Luisa que de vez en cuando intercambiaban algunas palabras. Cuando terminamos hice ademán de llevar cosas a la cocina, pero fui inmediatamente reprimido de nuevo por Luisa. Decidí ir a mi habitación a dormirme una siesta.

La conversación con las chicas me había alterado. Me costó dormirme y cuando lo conseguí empecé a soñar cosas sin mucho sentido, pero en todas estaban las chicas vestidas, era incapaz de ponerles cuerpo, pero dándole a los juguetes sexuales a base de bien.

Me despertaron unas voces que venían de la alberca que había debajo de la terraza, pero no podía entender lo que decían al hablar en voz baja. Desnudo como estaba me asomé desde dentro de la habitación, para ver de qué se trataba, eran Pilar y Clara que estaban sentadas de espaldas a mí en el borde de la alberca, con los pies en el agua. Lo de aquellas chicas no tenía nombre, llevaban unos bañadores como los que se ponía mi madre en los años setenta.

Volví a la cama hasta que escuché la voz de Antonia:

–              Buenas tardes chicas, esta es la ocasión perfecta para daros los regalos que os he traído. Venid.

Me levanté otra vez a mirar, pero debían haberse metido las tres debajo del porche, ya que no alcanzaba a verlas. Volví a escuchar la voz de Antonia

–              Ya está bien de llevar esos bañadores de abuela. Os he comprado unos biquinis bien modernos y hasta un poco atrevidos.

–              ¡Qué preciosidad Antonia! –Dijo una de las chicas-.

–              Vamos a ponérnoslos –dijo la otra-.

Hubo un rato de silencio, que rompió Antonia de nuevo:

–              Os quedan de maravilla, estáis preciosas. Daos la vuelta que os vea bien.

Ya me hubiera gustado a mí estar allí abajo para poder desvelar el secreto de sus cuerpos, pero seguía sin poder ver nada. Continuó Antonia:

–              Os quedan fantásticos, pero por lo menos os tenéis que hacer las ingles, se os sale la pelambrera por los lados del tanga.

–              Es verdad –dijo una de las chicas, creo que Pilar-. Es que nunca nos hemos depilado el pubis, con las bragas y los bañadores que usamos no nos ha hecho falta.

Mi cabeza se desbocó imaginando unos chochos con unas matas de pelo para hacerles tirabuzones como a las patillas de un judío ortodoxo.

–              Pues tenéis que hacerlo, se siente una muy cómoda y muy sexi –dijo Antonia y continuó-. Mirad como lo llevo yo. –Yo sabía que Antonia no tenía ni un pelo, porque el día antes de venir, la había afeitado enterita y llevaba el chocho como una muñeca-.

–              ¡Qué bonito Antonia! –Dijeron las dos chicas a la vez-. ¿Cómo te lo haces para no cortarte?

–              Os voy a contar un secreto –contestó Antonia. No será capaz de contarles que se lo hago yo, pensé aterrado.- No me lo hago yo, me lo hace Carlos todos los veranos y yo también lo dejo a él como un angelote.

¿Pero por qué tenía Antonia que contarles nuestras intimidades? Las dos chicas rieron con la risa tonta de quién parece darle vergüenza una cosa que le cuentan, pero que en el fondo le encanta que se lo cuenten.

–              ¿Tú crees que Carlos querrá hacérnoslo a nosotras?

–              No sé, pero es una cosa muy íntima estar despatarrada delante de un hombre mientras te va tocando y abriendo y cerrando la rajita para irte afeitando.

–              Pues a mí no me importaría que Carlos me depilara –creo que dijo Clara-.

–              Pues a mí, si fuera Carlos, tampoco –dijo la hermana-.

¡Joder con la clientela que me habían salido por culpa de Antonia! A esas alturas ya tenía la polla como una piedra.

–              Chicas, no seáis tan descaradas, que a Carlos como peluquero íntimo lo tengo yo en monopolio. –Dijo Antonia riéndose-. ¿No os vais a bañar?

–              Que va, tú no sabes lo fría que está el agua. Nosotras sólo tomamos el sol y ya es tarde, mamá sólo nos deja estar aquí hasta las seis, luego tenemos que estudiar hasta la hora de la cena.

–              Muchas gracias por el biquini –dijeron las dos a la vez y debieron entrar en la casa por la puerta del porche-.

Decidí vestirme y bajar con un objetivo claro, meterle la bronca a Antonia por bocazas, y otro menos claro, trabajar un rato. Bajé y salí al porche, pero Antonia ya no estaba, así que me puse a trabajar un rato hasta la cena.

En toda la tarde no pude hablar a solas con Antonia, ya que se la pasó entera hablando con Luisa en la cocina.

La cena fue más de lo mismo. Estaba empezando a aburrirme de la estancia, sobre todo de las comidas sin vino y de no poder tomarme un whisky por las tardes. Me despedí y antes de subir se me ocurrió mirar en una especie de mueble bar que había en la sala en la que había estado trabajando, a ver si por casualidad habían dejado algo olvidado que fuera bebible. ¡Eureka! Había una botella de whisky que si no se había estropeado me iba a dar la vida. Me serví un pistolero y vi el mundo con otro ánimo distinto.

Me metí en la cama, como siempre desnudo, y para buscar el sueño me puse a hacer un solitario en el móvil, que allí no servía para otra cosa. A los diez minutos tocaron a la puerta  del baño, la cosa me extrañó profundamente, me tapé y contesté que adelante. Entraron Pilar y Clara, pero esta vez vestidas con unos camisones bastante, pero bastante cortos y también bastante transparentes y con unas braguitas mínimas ¡vaya cambio para mejor!

Pilar tenía unas tetas grandes con unas areolas pequeñas y unos pezones erectos que casi rasgaban el camisón, un culito en forma de pera y unas piernas esbeltas muy bonitas. Clara tenía unas tetas medianas, más grandes que pequeñas, con unas areolas negras impresionantemente grandes que casi no dejaban percibir los pezones, un culo de mulata, es decir, con unas nalgas abultadas que parecían duras como para partir nueces y unas piernas con unos rotundos muslos. ¡Qué barbaridad lo que se estaba escondido debajo de esos vestidos tan feos que usaban!

–              ¿Qué pasa chicas? –Les dije después de la inspección ocular-.

–              Queríamos seguir la conversación de esta mañana –contestó Clara y se sentaron las dos en la cama, cada una a un lado-.

–              No creo que sea el mejor lugar ni la mejor indumentaria para seguirla. Si viene Antonia o vuestra madre se pasa por vuestra habitación, vamos a tener un problema y gordo.

–              No te preocupes –contestó Clara-, se han ido a su habitación y estaban muertas de sueño.

–              Está bien. ¿Qué más queréis saber, que yo os pueda decir?

–              Lo que más nos preocupa es que no sabemos cómo son los chicos y creemos que eso nos va a dificultar mucho nuestra relación con ellos. –Continuó Clara. Desde luego el tema lo tenían entre ceja y ceja. Decidí darles una larga cambiada, por si colaba-.

–              Pues como las chicas, buenos, malos y regulares, guapos y feos, altos y bajos, de todo. Pero yo no me preocuparía demasiado por ellos, creo que son ellos los que deberían preocuparse con vosotras.

–              ¿Por qué deberían preocuparse con nosotras? –Preguntó Pilar-.

–              Pues porque sois dos chicas muy guapas y muy bien hechas por lo que puedo ver, así que los tendréis todo el día a vuestro alrededor.

Se habían ido girando con una pierna sobre la cama, lo que me permitía ver sus entrepiernas apenas cubiertas por las mínimas braguitas. Desde luego tenía razón Antonia, necesitaban una depilación urgente, los pelos se les salían por los lados de las braguitas de manera escandalosa. Los de Pilar castaños y los de Clara negros como el betún. A pesar de que a mí las chicas de su edad no me gustan especialmente, me gusta mucho más una mujer hecha, aun cuando tenga barriguita o las tetas no miren ya al cielo, me estaba empalmando irremediablemente.

–              Carlos lo que necesitamos saber es cómo son los chicos desnudos, que tienen debajo de los pantalones. –Dijo Pilar que, al parecer, estaba bastante interesada en la anatomía masculina-.

–              Pues el pene y los testículos.

–              Eso ya lo sabemos, pero no sabemos cómo son. –Insistió Pilar-.

–              Lo que queremos es que nos enseñes los tuyos –dijo Clara sin cortarse un pelo-.

¡Vaya con las chicas, el desparpajo que se gastaban!

–              ¡Anda, a ti que más te da! –Dijeron las dos al unísono-.

Me di cuenta entonces que debajo de la sábana se notaba perfectamente el bulto de la erección. Traté de levantar las rodillas para disimularlo, pero no pude con ellas dos sentadas encima de la sábana. Ellas pasaron lentamente de las palabras a la acción y comenzaron a bajar la sábana. Aquello era increíble, yo a mis sesenta años estaba siendo objeto de acoso en mi propia cama por dos veinteañeras casi desnudas, que estaban como dos trenes, ¡y me estaba resistiendo!

–              ¿Pero chicas que estáis haciendo? –Les dije, pero sin mucha convicción-.

No contestaron y siguieron bajando la sábana hasta descubrir lo que querían ver. Ambas se quedaron mudas, embobadas, sin quitar la vista de mi polla, que estaba a reventar, y de mis huevos que colgaban entre mis muslos. He de decir en honor a la verdad, que estoy completamente en la media, pero como estaba sin un pelo en toda la zona parecía más grande. De la erección tenía la polla descapullada y el líquido preseminal que había estado babeando me había dejado el capullo brillante, ¡vamos que no estaba nada mal para mi edad y mis posibilidades! Me sentía como un bicho observado al microscopio. Las chicas acercaban sus cabezas a mi nabo para no perder un detalle. Al cabo del rato, Clara preguntó:

–              ¿Pero esto no está siempre así, no?

O me estaba tomando el pelo o desde luego Luisa se había saltado las clases de educación sexual.

–              ¿Me lo estás diciendo en serio? –Le pregunté-.

–              Totalmente en serio, ya te dijimos que no sabemos nada.

Aunque la situación me parecía una autentica locura, estar desnudo y empalmado delante de dos veinteañeras que me preguntaban sobre los estados de la polla, decidí contestarle:

–              No, normalmente está en estado de reposo, con una longitud y un grosor mucho más pequeño y, en unos hombres sí y en otros no, con la cabeza dentro del prepucio. Ahora está en erección, que es lo que sucede cuando el hombre se excita sexualmente.

–              ¿Y por qué estás excitado, ha sido por nosotras? –Preguntó Pilar-.

–              Ya os he dicho antes que sois muy guapas y estáis muy bien hechas y además estáis en mi cama y se os ve todo, ¿te parece extraño que me excite?

–              No sabíamos que pudieras excitarte por nosotras –dijo Clara con cara de inocencia y continuó:- ¿Podemos tocar?

–              No, ya está bien por hoy, así que iros a vuestra habitación a dormir, si es que podéis.

Protestaron un poco, pero yo me tapé mis cosas y di la lección por concluida. Cuando salieron no pude dejar de mirar sus culitos que eran una auténtica belleza. Me quedé muy alterado y más que caliente. Si le contaba a alguien que había estado en la cama desnudo con dos bellezas de veinte años, más desnudas que vestidas, que habían analizado mis atributos y que me habían propuesto tocármelos y yo las había echado, nadie me creería conociéndome.

Dormí muy intranquilo, creo que sin que se me bajara la erección en toda la noche. Pensé varias veces en hacerme una paja, pero me encontraba a gusto empalmado. A los sesenta años no es tan usual pasar la noche como un chaval de dieciocho. Me despertó Antonia trayéndome un café, gesto que hacía tiempo que no tenía y que le agradecí realmente.

–              ¿Qué tal has pasado la noche? –Me preguntó-.

–              Anoche se colaron las chicas en la habitación para que les diera una clase de anatomía, bajaron la sábana hasta dejar a la vista mis atributos, me observaron como si estuviera bajo un microscopio y las tuve que echar cuando me preguntaron si podían tocar.

–              Bueno, entonces bien, ¿no?

–              Si tú lo dices, lo malo es que me quedé con un calentón que todavía no se me ha quitado. -Le dije bajando la sábana y enseñándole el pollón que todavía tenía-.

–              Pobrecito, pero yo no puedo hacerte nada ahora. –Que hija de puta, pensé, encima que es por culpa suya-. No seas arisco con las chicas ni con Luisa, que todas necesitan mucho cariño. Me voy, he quedado en llevar a las niñas al pueblo a que las preparen un poquito para su nueva vida.

Antonia se dio la vuelta y salió de la habitación dejándome como una moto. Que no fuera arisco con ellas, ¿pero qué quería Antonia que hiciera? Me di la vuelta en la cama para intentar dormir un poco más, pero no había manera, así que a los quince minutos decidí afrontar la solución y hacerme un pajote en condiciones. Eché la sábana al suelo y tumbado boca arriba empecé el sube y baja. Cuando llevaba un rato y ya estaba cerca de triunfar escuché un ruido en la puerta, miré y Luisa estaba mirándome con la boca y los ojos abiertos como platos, sin hacer el más mínimo movimiento. Maldije haber tirado la sábana al suelo, no tenía con que taparme, así que intenté meterme la polla entre los muslos. De repente Luisa empezó a caerse redonda al suelo, como si le hubiera dado una lipotimia. Salté de la cama y logré cogerla antes de que desplomase totalmente. La arrastré a la cama y la tumbé.

¡Joder, vaya situación! No sabía si agradecer que le hubiera dado el patatús para poner fin a la escena del manubrio, de una manera menos violenta, al menos para mí. Centré mi atención en Luisa. Respiraba de una forma muy agitada, como si le faltara el aire. Llevaba una bata hasta los pies de satén negro y parecía que el cinturón le impedía respirar mejor. Le solté el cinturón y le abrí la bata. ¿Para qué hice aquello? Debajo de la bata llevaba un corsé rojo y negro, de los que suben y juntan las tetas, de los ligueros del corsé llevaba prendidas unas medias negras y finalmente un tanga rojo mínimo. La verdad es que la mujer estaba cañón, mucho más de lo que me pudiera haber imaginado en mis sueños más calientes. Empecé a darle suaves golpes en la cara a la misma vez que la llamaba en voz baja, intentando que volviera en sí. Al darle en la cara me di cuenta que iba maquillada, a diferencia de los días anteriores. El maquillaje le sentaba muy bien, parecía otra mujer mucho más joven y guapa.

Poco a poco fue abriendo los ojos y moviendo la cabeza mirando a todos lados, como si no supiera donde estaba. Finalmente se incorporó un poco y me miró. Reparé entonces que seguía desnudo y, pese al susto, todavía empalmado, para colmo le había abierto la bata. El lío estaba servido y tenía pinta de que iba a ser gordo en cuanto recordara cómo me había sorprendido. Decidí excusarme antes que ella pudiera hablar.

–              Luisa siento mucho lo sucedido, pero es que la puerta no tiene condena y no esperaba que viniese nadie. Estoy consternado por lo que ha pasado y comprendo el desvanecimiento por el disgusto. Perdóname un momento que voy a taparme un poco.

–              Te equivocas Carlos, no has hecho nada de lo que tengas que disculparte. Estabas en tu dormitorio y soy yo quien ha mirado al pasar y ver que la puerta estaba abierta.

¡Coño,  Antonia se había dejado la puerta abierta al salir después de traerme el café y yo no me había dado cuenta antes de ponerme a darle al manubrio!

–              Por  favor Carlos no te vistas. Llevo quince años si ver una polla en ese estado y por eso me ha dado el desvanecimiento cuando te he visto. Quiero contarte algunas cosas, para que no me juzgues con demasiada dureza. Sé por Antonia que no apruebas lo que he hecho estos años con mi vida y con la vida de mis hijas. Yo ahora me arrepiento de haberlo hecho y quiero darte los motivos que tuve, para que me ayudes a arreglar mis errores.

–              A mí no tienes que darme ninguna explicación Luisa y si puedo ayudarte cuenta con ello.

–              Déjame hablar, por favor. Yo he sido desde muy joven una mujer muy ardiente, desde los quince años el sexo ha sido muy importante en mi vida. Hasta que empecé a acostarme con hombres a los diecisiete años, tenía que masturbarme dos o tres veces al día para estar tranquila. Cuando empecé a tener novios ninguno me satisfacía en la cama lo suficiente y los iba cambiando como si me cambiaba de bragas, hasta que conocí al que después fue mi marido…

–              Luisa esto que me estas contando es muy íntimo y es posible que luego te arrepientas.

Me preguntaba por qué esa familia había decidido hacerme su confesor y contarme unas intimidades que a mí me hacían pasar vergüenza. Luisa siguió como si yo no hubiera dicho nada:

–              Él tenía diez años más que yo, que entonces era una cría, y fue el primer hombre que me satisfizo por completo. Follábamos como mínimo dos o tres veces al día y ni él ni yo nos cansamos nunca el uno del otro.

¿Qué necesidad tenía yo de saber cuántas veces follaba esta mujer con su pareja? Luisa, pese a estar muy guapa, tenía la cara como sin vida y el gesto triste, lo que no evitaba que estuviera dispuesta a contármelo todo con pelos y señales:

–              Con los años nos fuimos abriendo a nuevas experiencias, tríos, intercambios, orgías, en fin a todo lo que pudiéramos y nos apeteciera. No sé si lo sabrás, pero antes de que conocieras a Antonia hicimos varios tríos con ella y alguna que otra orgía, por eso entre nosotras no existen secretos sobre nuestra sexualidad y sé que a vosotros también os gusta mucho jugar con otras personas.

Vaya de las cosas que me estaba enterando. Cuando conocí a Antonia ya me imaginé que habría tenido un pasado, pero estas cosas no me las había contado. En lo que tenía razón era que Antonia y yo teníamos una relación muy abierta y nos gustaba liarnos con otras personas u otras parejas. Luisa continuó:

–              Cuando Juan murió en el accidente, creí morirme yo también. Le eché mucho de menos a él, a su polla y a los juegos que me proponía. Al poco tiempo y con las niñas pequeñas, empezaron a rondarme algunos amigos y conocidos de los dos y yo sabía que no podría defenderme mucho de ellos con mi carácter. Así que cogí a las niñas y me vine a vivir aquí alejada de los moscones y los buitres. Desde entonces he estado reprimiendo mi carácter. Cuando las niñas tuvieron edad descubrí que eran tan ardientes como yo y estúpidamente me preocupó mucho porque les fueran a hacer daño.

–              Luisa ser una mujer ardiente no tiene nada de malo, en todo caso lo contrario. Cuando encuentras a la persona adecuada la haces muy feliz, a la misma vez que tú también eres feliz. Y si las chicas son ardientes pues mejor para ellas, para sus parejas o para todos los novios o amigos que se echen.

–              Lo sé Carlos, pero los años de auto represión han terminado por trastornarme y no ver las cosas con claridad. Yo me satisfacía como podía con todo tipo de juguetes y un día descubrí que las niñas también lo hacían, en cuanto yo salía de la casa a cualquier gestión. Al volver encontraba el cajón en el que guardo mi ropa interior antigua y los juguetes, revuelto. Ellas creen que yo no lo sé, pero empecé a salir más para que ellas pudieran desfogar sus ansias.

Escuchar aquellas cosas de esa mujer, que se había dejado la bata abierta y a la que miraba de vez en cuando, me había mantenido el calentón que arrastraba desde la noche anterior.

–              Durante estos años he tenido que luchar contra mí misma de la forma más cruel. Mira los cilicios que llevo puestos en los muslos para intentar controlarme, pero ya no me sirven para nada, es más me excita llevarlos. -Miré a sus piernas y efectivamente, a la altura del comienzo de las medias en ambas piernas llevaba una especie de correas con pinchos, que debían hacerle mucho daño en una zona tan sensible como la parte interior de los muslos-. Carlos cada día estoy peor y lo malo es que no sé cómo romper la dinámica dañina en la que entré hace quince años ni cómo hacer para que las niñas pasen a una vida normal de mujeres de su edad.

–              Yo lo veo claro, dejando este lugar y volviendo a tu ciudad. Aprovecha ahora que las chicas van a la universidad, vende este sitio y vete con ellas. Allí volverás a conocer gente, Las chicas ya son mayores y entenderán que salgas y entres con hombres, como ellas harán, además.

–              Es muy posible que tengas razón y tenga que dar ese paso. ¿Carlos puede serte sincera otra vez?

–              Claro Luisa.

–              Hace un rato no pasé por tu puerta por casualidad, venía a follar contigo, aprovechando que Antonia se había llevado a las chicas toda la mañana fuera. Antonia me ha hablado mucho de ti y me ha convencido de que eres el hombre perfecto para volver a sentir el sexo, pero la impresión de encontrarte con la polla en la mano me produjo tal sofoco, que terminó por hacerme perder la conciencia.

Al parecer ahora Antonia se dedicaba a chulearme y a vender el producto que tenía entre las piernas, que por cierto seguía como un palo. Ahora entendía dos cosas, porque Luisa se había maquillado y vestido así y también porque Antonia me había dicho por la mañana que no fuera arisco con las chicas ni con Luisa. Me distancié un poco de ella y la miré de arriba abajo. Estaba buenísima y yo tenía un calentón del carajo, pero aquello no podía ser un polvo de cualquier manera, significaba la vuelta al sexo, después de quince años, de una mujer para la que el sexo era una parte muy importante de su vida.

Le quité la bata, después le solté las medias y le quité los cilicios. Tenía los muslos enrojecidos y comencé a pasarle la lengua por encima de las heridas. Ella comenzó a gemir y creo que se corrió por primera vez. Sin quitarle las medias le bajé el tanga y metí mi cabeza entre sus piernas, se había cortado el vello y su chocho estaba empapado, abierto y muy rojo. Su clítoris sobresalía casi como la uña de un dedo chico. Después de una buena lamida que la hizo correrse de nuevo, dejándome la boca llena de sus jugos, me eché hacia atrás le cogí los pies, me los metí en la boca y se los lamí. Sus gemidos llenaban la habitación, se sobaba las tetas por encima del corsé y me decidí a quitárselo. La puse de espaldas y le solté los gafetes, después le quité las medias, dejándola ya completamente desnuda. Le dije que se pusiera de pie, quería adorar su espléndida plenitud de mujer madura. Me dijo que le daba un poco de vergüenza, pero me hizo caso. Me senté en la cama para poder verla bien. Era una mujer bellísima con unas tetas grandes algo caídas, como es lógico, una barriguita prominente lo justo para ser atractiva, un bello y rotundo culo y unas piernas estilizadas.

–              Tu marido fue un hombre muy afortunado. –Le dije mirándola a la cara-. Gozar de Antonia y de ti a la misma vez debe ser un paraíso reservado para muy pocos.

–              Si tu quieres, seguro que puedes gozar de ese paraíso –me contestó-

–              Déjame que goce ahora de la mujer que tengo enfrente.

La atraje hacia mí, puse la cabeza entre sus tetas y fui moviéndola hasta poder meterme sus pezones en la boca y chuparle enteras sus grandes tetas. Me volvió a dar la impresión de que se había corrido de nuevo. Aquella mujer estaba muy necesitada de caricias y de cariño. No sé si por la corrida o por propia voluntad se dejó caer de rodillas entre mis piernas y se metió mi polla en la boca. La mamaba con hambre de quince años y con la habilidad de quien lo había hecho muchas veces. Se la sacó de la boca y en su lugar se metió mis huevos, mientras subía y bajaba la mano con mi polla cogida. Después de un rato en el que yo ya estaba a punto de reventar se enderezó y metió mi polla entre sus tetas, moviéndolas con las manos.

–              Si sigues así no voy a poder aguantar –le dije mirándola a los ojos-.

–              Córrete, que yo te reanimo después.

–              Luisa soy un hombre de sesenta años, no un chaval de veinte.

–              Y yo soy una mujer ardiente de cuarenta y muchos, con muchos tiros dados.

No pude aguantar ni un segundo más y me corrí sobre su cara y sus tetas gritando como una fiera. Hacía tiempo que no tenía tanta necesidad de correrme. Me deje caer de espaldas en la cama. Ella me limpió la polla con su lengua y después se tumbó a mi lado. Algunos creerán que lo voy a contar es mentira con mi edad, pero la polla no se me bajó un milímetro. Luisa me la sobaba dulcemente mientras me besaba en la boca.

–              Creo que no voy a tener que reanimarte – me dijo-, al menos esta primera vez.

Se incorporó y de frente a mí se metió la polla hasta el fondo, dando un profundo gemido. Me cogió las manos y las llevó a sus tetas, las agarré con fuerza, apretándole los pezones con los dedos. Se volvió a correr y ya iban cuatro veces, pero no por eso paró de moverse adelante y atrás, produciéndome un placer inmenso en el nabo. La descabalgué y la puse a cuatro patas sobre la cama, volviendo a metérsela hasta el fondo. Le trabé el pelo e hice que echara la cabeza hacia atrás para poder besarla, luego la solté, le di un fuerte azote en su culo, que me agradeció con otro profundo gemido, y por último le cogí las tetas por detrás sin parar de bombear. Nos volvimos a correr los dos juntos.

Me quedé tumbado encima de ella, tratando de recuperar el aliento, luego me volteé y me quedé contemplando su cara. Su semblante había cambiado de hacía un rato a ahora. Su gesto ahora mostraba alegría y serenidad.

–              Luisa, –le dije- eres una mujer bellísima y maravillosa capaz de hacer feliz a cualquier hombre o mujer que se deje. Deja esta cárcel por tu bien y por el de tus hijas.

–              Creo que tienes razón. Carlos, quiero pedirte otro favor.

–              El que quieras, después del rato que me has hecho pasar, no tengo fuerzas para negarte nada. –Le contesté dándole un beso-.

–              Quiero que le hagas lo mismo que me has hecho a mí ahora a mis dos hijas.

Me quedé de piedra con la petición y por primera vez desde la noche anterior se me bajó la erección. ¡Me estaba pidiendo como un favor que me follase a sus dos hijas! Lo bueno era además que si me lo pedía era porque ya tenía la anuencia de Antonia. ¡Cojones, parecía que Antonia hubiera sacado a pasear a un semental, para que se tirase todo lo que moviera!

–              Luisa yo creo que deben ser tus hijas las que elijan con quien quieren acostarse y que sea un chico de su edad y no un viejales como yo.

–              Pues para ser un viejales follas como los ángeles. Carlos, tres cosas te voy a decir, las chicas le han dicho a Antonia que querían estrenarse contigo y Antonia está conforme, porque quiere lo mejor para ellas y lo más importante, las relaciones entre chavales que no saben nada de sexo son un desastre, nada se puede aprender de quien nada sabe y eso de que lo bonito es aprender juntos es una memez de los curas y las monjas para joderles la vida a los chicos. Yo quiero que sepan lo maravilloso que puede ser el sexo y luego que lo disfruten con quien les apetezca.

–              Luisa pareces una mujer distinta a la de hace un rato.

–              Y lo soy –me contestó con una sonrisa-.

Oímos ruidos en la planta baja, Antonia y las chicas debían haber vuelto. Sin prisas Luisa recogió sus cosas, se puso la bata, me dio un beso y salió de la habitación. Yo me quedé tumbado en la cama sin poder moverme. No sabía qué hora podía ser, miré el teléfono y era la una y media. Con las tonterías habíamos estado más de dos horas de folleteo. Hice un esfuerzo y me di una buena ducha. Cuando salí del baño desnudo Antonia estaba sentada en la cama, que por cierto olía a sexo como unas bragas usadas.

–              ¿Qué, cómo has echado la mañana? –Me preguntó con mucha retranca-.

–              De sobra sabes tú como he echado la mañana –le contesté-. Tengo la sensación de que me sacas de casa como si fuera un semental a hacer una gira.

Me cogió el nabo con la mano y me dijo:

–              Tengo entendido que tu pollita provoca mareos a las mujeres maduras.

–              Antonia, suéltame la polla que la tengo dolorida por tu culpa.

–              No seas quejica, dime otra mujer que le busque estos planes a su pareja.

–              No sé, pero al pronto se me ocurren Marujita Díaz o Sara Montiel.

–              Anda vístete que vamos a comer y te he comprado vino –dijo Antonia melosa-.

–              ¿No sería mejor que bajara desnudo para que puedan apreciar la mercancía? –Le contesté con mucha guasa-.

–              Todas conocemos ya la mercancía.

–              Una cosa Antonia, lo de las chicas me parece un disparate, pero si va a tener que ser, hoy desde luego no.

–              Vale, pero come más, que con los esfuerzos te estás quedando en los huesos.

–              ¡Ah otra cosita! Ya me explicarás con tiempo los líos de juventud tuyos con Luisa y su marido.

–              Mejor te los explicamos las dos juntas, que te va a gustar más.

Antonia se fue y yo me quedé vistiéndome. Cuando llegué al comedor el ambiente había cambiado radicalmente respecto a los días anteriores. Luisa iba maquillada y llevaba un vestido corto muy bonito color mostaza, de manera evidente sin sujetador, por cómo se le marcaban los pezones. Las chicas iban con short y camiseta de tirantas, se habían pelado y peinado de otra forma y estaban realmente guapas. Las miradas de las cuatro sobre mí me encogieron el corazón y me abultaron la polla. ¡Para que luego digan que el sexo no es terapéutico!

La comida fue muy animada, entre otras cosas porque todos tomamos vino, que a las chicas se les subió un poco a la cabeza y les soltó la lengua.

–              Carlos nos ha dicho Antonia que la escuela de verano va a terminar con un ejercicio práctico. –Dijo Clara entre risas-.

–              Niñas dejad a Carlos hoy que no está para fiestas –les dijo Antonia-.

–              ¿Qué te ha pasado? Anoche estabas estupendo. –Preguntó Clara de nuevo-.

–              Un tanque, me ha pasado un tanque por encima –contesté mirando a Luisa-.

–              Venga chicas vamos a tomar el sol que hace una tarde estupenda. –Dijo finalmente Antonia para quitármelas de encima-.

–              Yo también voy –dijo Luisa-.

Se fueron las cuatro y yo me quedé disfrutando del vino en la mesa durante un rato. Cuando terminé lo que quedaba en la botella, me fui a mi habitación un rato para reponerme de la mañanita que había pasado. Antes de tumbarme en la cama miré por la puerta de la terraza. ¡Estaban las cuatro totalmente desnudas tomando el sol! ¡Dios, por qué sometes a los humanos a estas torturas! Si me quedaba mirando sabía positivamente que iba a volver a empalmarme y lo que me dolía la polla era totalmente cierto, pero no pude evitarlo. Aquellas cuatro mujeres eran el sueño de cualquier hombre. Al lado de Antonia, Luisa estaba pálida, se notaba que hacía tiempo que no tomaba el sol. A Pilar se le notaba el corte del bañador de una manera llamativa, lo que había tapado el bañador estaba blanco como la leche, mientras que el resto lo tenía moreno. En Clara, lógicamente, el corte del bañador era casi imperceptible. Seguí mirando como quién tiene la ocasión de mirar por un agujero el paraíso. ¡Las chicas se habían depilado, pero no sólo las ingles, sino todo el vello púbico! Sus rajitas aparecían como una pequeña muesca, al menos desde la distancia a la que me encontraba.

Deje de mirar y me acosté empalmado de nuevo, pensé que igual estaba empezando a padecer priapismo, pero lo deseché, porque el priapismo produce dolor y yo estaba en la gloria con mi polla así. Entre la mala noche que había pasado con el calentón, la mañanita movida que había tenido y el vino de la comida me quedé profundamente dormido.

Me despertó Antonia trayéndome un café a la cama.

–              ¡Vaya como te dejó Luisa! Tu polla la desmayaría, pero ella ha sido más de efectos retardados.

–              ¿Qué hora es? –Pregunté-.

–              Las ocho y media.

–              ¿De la mañana o de la tarde?

–              ¡De la mañana hijo, sino de que te iba a traer un café! ¡Vaya caraja que tienes encima!

Me tomé el café mientras acariciaba a Antonia. No llevaba más que la bata.

–              Tengo que contarte novedades. Ayer noche nos quedamos hablando las cuatro y Pilar nos confesó que no estaba muy segura que le apeteciera acostarse contigo. Al parecer no tiene muy clara su sexualidad y le parece muy violenta la penetración.

–              Bueno, menos trabajo. Yo contigo y su madre juntitas me conformo. –Le dije sobándole las tetas-.

–              ¿Y conmigo sola no?

–              Claro que me apetece, como siempre, pero quiero calentarme sabiendo detalles de lo guarra que ya eras de joven. ¿Te apetece un polvito?

–              Sí que me apetece –me dijo echándome mano al paquete-. Pero no con un tío sucio recién despierto. Vamos a la ducha que te voy a dejar limpito.

Diciendo esto se quitó la bata, me cogió de la mano, me levantó de la cama y tiró de mí hacia el baño. Nos metimos en la ducha y al primer contacto con el agua fría me entraron unas ganas de orinar inaplazables.

–              Espera un momento que tengo que mear –le dije queriendo salir de la ducha-.

–              A mí también me apetece –me dijo mientras empezaba a mearse encima mía, lo que hizo inevitable que yo también me meara encima suya. Cuando terminamos continuó:- Ahora que ya estamos más a gusto voy a dejarte bien limpio.

Nos enjabonamos mutuamente, lo que me provocó una erección inmediata, nos enjuagamos y nos secamos mutuamente, sin dejar de besarnos. Tan encelados estábamos, al menos yo, que no me di cuenta que las chicas habían entrado en el baño, hasta que noté el roce de alguien en mi espalda, abrí los ojos y vi a Pilar detrás de Antonia abrazándola, como Clara me estaría abrazando y pegando sus tetas, duras como piedras a mi espalda.

–              Mamá no está, hemos pensado que es el momento perfecto para las clases prácticas. –Dijo Clara en mi oído, mientras me echaba mano al nabo-.

–              Estáis muy aplicadas, ¿no? –Le contesté-.

–              Es que nos gusta mucho la materia –dijo Clara mientras empezaba a masturbarme torpemente, como si estuviera tocando la zambomba-.

–              Creo que lo vamos a tener que dejar para después. Id vosotros a tu dormitorio, yo me voy con Pilar al otro. –Me dijo Antonia-.

Me volví. Estaba completamente desnuda, tenía un cuerpo que era un pecado. La cogí de la cintura, poniendo mi mano en su culo, y como había dicho Antonia nos fuimos al que hacía de mí dormitorio, dejando la puerta del baño abierta.

–              Túmbate en la cama y relájate –le dije-.

–              No puedo, estoy muy nerviosa –me contestó tumbándose boca arriba en la cama, como le había indicado-.

Bueno, ¿qué hago yo con esta? Pensé. La verdad es que yo también estaba un poco nervioso, hacía años que no estaba en la cama con alguien a quien le sacara tanta edad y lustros que no lo estaba con una chica sin otra experiencia, que las pajas. La miré, era realmente apetecible. Guapa, con un precioso color de piel tostado, unas tetas hermosas y duras que se mantenían igual tumbadas que de pie, unas enormes areolas negras, una barriga plana como una tabla, un depilado chochito todavía cerrado y unas largas piernas torneadas con unos potentes muslos.

Ella me esperaba expectante. Me coloqué de rodillas sobre la cama a su lado, la besé en la boca con la intención de meterle la lengua, pero ella siguió con los labios cerrados.

–              Abre la boca Clara, que podamos besarnos en profundidad –le dije-.

Ella obedeció y fue abriendo la boca hasta permitirme meter mi lengua en ella. Me correspondió e iniciamos el juego con nuestras lenguas. Comencé a acariciar su suave barriga sin dejar de besarla. Ella volvió a cogerme la polla y a tocar la zambomba.

–              Despacio Clara, con suavidad –le indiqué-.

–              Que dura está Carlos, ¿no te duele? –Preguntó inocentemente-.

–              En absoluto, me gusta. Me gusta estar empalmado besando y acariciando a una mujer tan bella.

Empezó a gemir muy quedamente. Pensé que si íbamos a terminar con una penetración, debía excitarla para que se lubricara y no sintiese molestias.

–              Ponte boca abajo –le susurré-.

Se dio la vuelta y me ofreció su potente culo a mi vista. Me puse a sus pies y le fui amasando muslos y culo. Comenzó a gemir más fuerte. Temía que se corriera y terminásemos ahí.

–              Cuando te masturbas, ¿cuántas veces eres capaz de correrte? –Le pregunté-.

–              No las he contado, pero en ocasiones creo que hasta cinco o seis veces.

No había problemas, la chica tenía grandes capacidades para sentir placer. Le fui lamiendo y dando suaves mordiscos en la cara interior de los muslos. Cuando rocé con mi lengua su ojete se corrió por primera vez, gritando ¡aggg, me corro, me corro!. Yo seguí como si no hubiera pasado nada, le abrí más las piernas y llegué con la lengua a su chochito, que ya estaba bien abierto. Estuve así un rato hasta que le pedí que se diera de nuevo la vuelta. Ella aprovechó para volver a cogerme la polla y los huevos. Yo le cogí las tetas con las manos y empecé a chuparte los pezones que para entonces estaban erectos y como piedras. Después me giré hacia su entrepierna, le abrí más el chocho, le cogí el clítoris con dos dedos y lo lamí. Se corrió por segunda vez con idénticos gritos.

La dejé descansar un poco mientras me colocaba de rodillas con una pierna cada lado de su cuerpo y a la altura de sus tetas. Jadeaba tratando de recuperar el aliento. Desde la otra habitación se oyó un desgarrador grito que debía ser de Pilar. Antonia estaba también consiguiendo avances con Pilar. Yo tenía la polla cada vez más dura y más llena de líquido preseminal. Me la cogí y le fui dando golpes en los pezones a Clara cada vez con más fuerza. Me encanta hacer eso. Clara se cogió las tetas y se las juntó para facilitarme la tarea. Me eché un poco para atrás y le metí la polla en medio de sus tetas, apretándolas para follárselas. Ella levantó la cabeza y abrió la boca tratando de chupármela, pero no había manera. Me incorporé y me desplacé hacia delante para que pudiera chupármela, mientras llevaba una mano a su chocho para masturbarla. Quería meterse la polla entera y se atragantaba.

–              Despacio Clara, poco a poco, lámela y te la vas metiendo poco a poco.

–              Quiero comérmela entera, hasta los huevos -me contestó como pudo-.

Mis dedos en su raja corrían sin problemas, estaba completamente mojada.

–              ¿Quieres que te la meta ya? –Le pregunté, porque yo lo estaba deseando-.

–              Espera que me la coma un poco más.

Yo subía y bajaba sobre su boca follándosela cada vez con más fuerza, hasta que se volvió a correr, dejándome la mano que tenía en su raja empapada. Me tumbé a su lado acariciando todo su cuerpo. Cuando estuvo repuesta, se levantó, se puso sobre mí de frente y se la fue metiendo poco a poco hasta llegar al final.

–              Mueve la cadera adelante y atrás para rozar tu clítoris con mi vientre y darme a mí mayor placer –le aconsejé-.

Como se nota la sangre, movía las caderas y el culo como una fiera. Estaba apoyada con las manos en mi pecho y yo le estaba apretando las tetas cada vez con más fuerza. Jadeaba, gemía y gritaba “¡qué bueno, qué bueno!” Desde la otra habitación volvió a oírse un grito agónico. Antonia seguía triunfando. Con los movimientos de Clara yo estaba a punto de correrme, pero ella se me adelantó, dejándose caer a un lado entre gritos. Me puse sobre ella de rodillas y le dije que me masturbara. Con una mano me cogió la polla y con la otra los huevos y empezó a jalarla mirándome a los ojos. Me corrí sobre sus tetas y su cara gritando, largando al menos ocho o diez chorreones que la embadurnaron y me dejé caer a su lado. ¡Qué pedazo de polvo habíamos echado!

Al rato se volvió hacia mí diciéndome:

–              Carlos ha sido fantástico, no creía que pudiese sentir tanto placer.

–              Lo mismo digo Clara, tienes una gran capacidad para disfrutar y hacer disfrutar, no la desperdicies.

Antonia me llamó desde la puerta del baño. Me acerqué y entramos.

–              ¿Qué tal te ha ido? –Me preguntó-.

–              Muy bien, ha quedado encantada de la práctica, ¿y a ti?

–              Lo mismo, cinco veces se ha corrido ella y dos yo. Huele la habitación a chocho que no es ni sano. Verás, Pilar me ha dicho que no está convencida de ser lesbiana del todo y quería probar contigo ahora, porque cree que puede ser bisexual.

–              Antonia, no te das cuenta que nos están vacilando, para aprovecharse todo lo puedan.

–              Es posible, pero hay que ser tolerantes con ellas, tienen mucho que aprender.

En ese momento entró en el baño Clara y llamó a su hermana para que viniera.

–              ¿Nos damos una ducha y cambiamos de pareja? –Pregunto Clara con una sonrisa picante en la cara-.

–              Chicas todo no se puede aprender de una vez.

–              Por eso lo digo, para coger un poco más de práctica –sentenció Clara entrando en la ducha tirando de Antonia y de mí, mientras Pilar nos empujaba también-.

Empecé a mirar a Pilar con más interés, al parecer íbamos a follar los dos en cuestión de minutos.

No quiero aburrir contando cómo fue con Pilar. Le hice más o menos lo que le había hecho a su hermana y todavía tenía más capacidad que ella para disfrutar. Cinco con Antonia y cinco conmigo, hacían un total de diez en una mañana. Juventud divino tesoro.

Cuando terminaron las prácticas de la escuela de verano nos volvimos a duchar todos juntos, con meada grupal incluida e intentos de abordaje de las chicas que fueron inmediatamente repelidos. Nos vestimos un poco, abrimos las ventanas de par en par para que se ventilaran las habitaciones y bajamos a comer algo.

Después de comer Antonia y las chicas se fueron a la alberca a tomar el sol y sestear y yo me quedé sesteando con un whisky en la biblioteca.

A media tarde llegó Luisa venía muy guapa y alegre, saludándome con un beso en la boca.

–              ¿Cómo se han portado las niñas? –Me preguntó-.

–              Muy bien, son muy aplicadas –le contesté con mucha coña-.

–              Ya te dije que habían salido a su madre. ¿Dónde están todas?

–              Creo que tomando el sol en la alberca.

–              Anda sírvete una copa y sírvele otra a Antonia y vamos con ellas.

El ambiente en la casa había cambiado como de la noche al día. Yo tenía mis méritos en el cambio, pero sobre todo los tenía Antonia y su capacidad para manejar a cualquiera y resolver problemas peliagudos.

Cuando salimos el sol estaba cayendo. Estaban las tres desnudas en el rayito que todavía quedaba. Luisa se desnudó y se incorporó al grupo femenino y Antonia se vino conmigo a sentarse en el porche y beberse la copa que le había preparado.

–              Muchas gracias Carlos por tu buena disposición. Aunque eres un poco cascarrabias al principio, luego eres muy bueno.

–              Gracias a ti por los buenos ratos que me has hecho pasar. Si le cuento a alguien que mi mujer me ha buscado tres polvazos con tres bellezas, me internan en un psiquiátrico sin posibilidad de salida.

Seguimos charlando hasta que se hizo de noche, cenamos y las chicas se retiraron a su habitación, según ellas a descansar, mientras que los demás nos tomábamos una copa de sobremesa. Cuando eran más o menos las doce, dijimos de retirarnos a descansar, subimos y cuando fui a despedirme para ir a mi habitación, Luisa y Antonia me cogieron de los brazos y dijeron que de eso nada, que esa noche dormía con ellas. Yo, naturalmente, me dejé convencer de inmediato.

La habitación de Luisa era muy grande y como el resto de la casa muy acogedora. Tenía dos grandes ventanales abiertos al paisaje y una puerta de salida a una terraza. La cama era por lo menos de dos metros de ancho. En la misma habitación, a los pies de la cama, había una bañera de hidromasaje y en una pieza separada un baño. El marido de Luisa se lo había montado del carajo.

–              ¿Así que quieres saber cómo era de guarra en mi juventud? –Me preguntó retóricamente Antonia y continuó:- Pues menos que ahora que me he casado con uno más salido que yo.

Mientras Antonia hablaba, Luisa estaba llenando la bañera de hidromasaje.

–              Como sabes tuve varios novietes y rolletes y al final terminé ennoviándome formalmente con uno que, además de muy poco activo sexualmente, terminó yéndose con otra. Luisa y yo teníamos amistad desde el colegio. Cuando me quedé sin novio retomamos el contacto y nos veíamos con cierta asiduidad. –Luisa había terminado de llenar la bañera y había empezado a desnudarse-. Le conté a Luisa mis necesidades sexuales y que no me apetecía de momento liarme con nadie. Ella me contó que había descubierto al amante perfecto, que la tenía atendida como a una reina y que algunas veces habían hablado de hacer un trío. Me ofreció ser la tercera persona. En principio no acepté, hasta conocer a ese amante perfecto. Un fin de semana me invitaron a pasarlo con ellos en esta casa…

–              Y entonces se lió –la interrumpió Luisa ya desnuda-. Pero si quieres saber más, tendréis que desnudaros y meteros conmigo en la bañera.

Luisa se vino hacia mí y empezó a desnudarme mientras me besaba. Después se volvió hacia Antonia e hizo lo mismo. Desnudos los tres nos metimos en la bañera, yo en el centro y ellas cada una a un lado.

–              Pasamos aquí muchos fines de semana divertidos los tres solos o con otros conocidos o desconocidos para mí –continuó Antonia-. Yo estaba deseando que pasara la semana para disfrutar de mi sexualidad. Aquí aprendí muchas de las cosas que luego te he enseñado a ti y que practicamos juntos, por separado o con otros. Aquella etapa se terminó cuando Juan murió y tu y yo nos conocimos. Todos estos años he estado intentando que Luisa cambiara de actitud, pero no ha sido posible hasta ahora que…

–              Vosotros me habéis ayudado mucho a hacer posible ese cambio –interrumpió Luisa a Antonia-, por lo que os estoy muy agradecida y tendré que daros las gracias como os merecéis.

Pese al trajín que había tenido por la mañana con Clara y Pilar estaba otra vez empalmado como un verraco. Las dos a la vez me echaron mano a la polla, mientras se besaban entre ellas.

–              Ponte de pie –me dijo Luisa-, que te vamos a comer enterito.

Obedecí y las dos empezaron una mamada como hacía tiempo que no me daban, la experiencia es un grado y ellas tenían un máster. Estaba en la gloria cogiendo sus cabezas y empujándolas contra mi polla, sintiendo sus labios, sus lenguas y el interior de sus bocas. Que te la coman dos mujeres a la vez, es un placer que supera con mucho el doble de que te la coma una sola.

Ver a aquellas dos maduras desnudas, con sus cuerpos rotundos y con los efectos causados por la edad, me ponía mucho más caliente que ver a las jóvenes de la mañana. Pero si algo me gusta más que el cuerpo de una mujer madura es su mente, forjada por las experiencias vividas o deseadas.

En esas reflexiones estaba para no correrme antes de empezar, cuando me pareció ver unas sombras detrás de la puerta de la terraza. Las chicas no debían tener sueño y habían decidido ir a echar un ojo. Luisa y Antonia no podían verlas ya que estaban de espaldas a la terraza. Se fueron acercando y con la luz de la habitación ya pude verlas perfectamente, iban con el mismo camisón de la otra noche y no quitaban ojo de lo que estábamos haciendo.

–              Poneos de pie ahora vosotras que os voy a comer esas rajitas y esos agujeritos que tenéis –les dije-.

Ellas se levantaron y yo me senté en la bañera.

–              Poneos de espalda e inclinaros –les dije empujando suavemente sus espaldas-.

La contemplación de aquellos dos culos podía producir el síndrome de Stendhal en cualquier mortal, hombre o mujer. El culo de una mujer está diseñado para producir admiración, embeleso y deseo. Ni pude ni quise resistirme y metí mi cara primero en uno y luego en el otro mientras los acariciaba con ambas manos. Después empecé a lamer con mayor detenimiento.

–              Abriros el culo –les dije-.

Ellas llevaron sus manos a los cachetes y los abrieron dejándome ver sus ojetes y chochos. Primero lamí el ojete de Luisa, mientras les sobaba a las dos sus barriguitas. No hay en el mundo nada más suave que la barriga y las tetas  de una mujer. Ellas se besaban, Luisa gemía agradeciendo el beso negro que le estaba dando. Lo mismo hizo Antonia cuando me pasé a su ojete. Bajé las manos hasta sus clítoris para pajearlos, unas veces con suavidad y otras con fuerza. Volví al ojete de Luisa, que no pudo con más lamidas ni con más dedos en su raja y se corrió perdiendo la fuerza en sus piernas y cayendo sobre mis piernas. Antonia en ningún momento dejó de comerle primero la boca y luego sus generosas tetas.

–              Vamos a la cama –dijo Antonia-, que esto de la bañera está muy bien para los prolegómenos, pero para follar, dónde se ponga una cama que se quite lo demás.

Cogí una toalla y fui secando sus cuerpos sin rozar sus coños, quería que mantuvieran la fragante humedad que ya tenían, mientras ellas hacían lo mismo conmigo. Hay mujeres que dicen que con la edad no se humedecen lo suficiente y es posible cuando hay productos para sustituir sus flujos, pero yo creo que una buena lamida y un buen sobe consiguen que segreguen más que una jovencita calenturienta. Al salir de la bañera vi que las chicas seguían en su puesto de observación con las manos metidas bajo sus tangas.

Ya en la cama, mientras Luisa se recuperaba, seguí comiéndole el culo a Antonia con auténtica hambre. Cuando Luisa se recuperó se puso detrás de mí y metió su cara en mi culo, mientras que con una de sus manos cogió mi polla y tirando de ella empezó a ordeñarla.

–              Fóllame Carlos –me pidió Antonia-.

–              Siempre al servicio de la mujer española –le dije con guasa, incorporándome para cumplir sus deseos. Luisa hizo de ayudante y puso la cabeza de mi polla en el chocho de Antonia. Yo sólo tuve que empujar-.

Antonia gemía con fuerza motivada por la follada que le estaba dando y por el dedo que le estaba haciendo Luisa en su clítoris. Al rato Antonia se corrió y se derrumbó. Su lugar lo tomó Luisa que se tumbó boca arriba en el borde de la cama, me puse de pie frente a ella, que subió las piernas en mis hombros y le metí la polla en su chocho. Para entonces las chicas tenían sus tangas por los pies y parecía que entre ellas comentaban los cambios que íbamos haciendo dentro. Una vez medio recuperada Antonia, se dedicó a besar, chupar las tetas y sobar el clítoris de Luisa, que volvió a correrse entre gritos y aullidos. Le saqué la polla a Luisa, que cogió Antonia para mamarla y pajearla con gran éxito, pues me corrí en menos de un minuto sobre el vientre de Luisa, cayendo de bruces sobre ella.

Cuando me repuse un poco miré hacia la terraza, las chicas ya no estaban. Antonia propuso que volviéramos a la bañera a asearnos, la verdad es que necesitaba remojarme y quitarme el sudor para intentar dormir un poco. Dentro de la bañera los tres, Antonia dijo:

–              Por cierto Carlos, se me ha olvidado comentarte que Luisa y las niñas se vienen con nosotros a la vuelta y se quedan en casa hasta que encuentren piso.

¡Pero Antonia no se daba cuenta de que yo tenía ya sesenta años, como para sobrellevar semejante gineceo ardiente en casa y sobrevivir a la experiencia!

porecharelrato

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.