Simona, mi criada me regala la leche de sus tetas-3

Tal y cómo había predicho Simona, no tenía hambre y por eso me dediqué a deambular por la ciudad durante horas. Sin dar crédito alguno a las palabras de mi amigo, me ratifiqué en la idea inicial que la actitud  disoluta e inmoral de esa mujercita escondía únicamente su instinto de madre.

«Lo demás son tonterías. La pobre busca un padre para su hija», sentencié mientras sin darme cuenta,  me dirigía de vuelta a mi hogar.

Fue cuando me vi frente al chalet cuando me percaté que inconscientemente había conducido hasta allí.

«¡Qué raro!», murmuré, pero sin dar mayor importancia a ese despiste aparqué el coche y entré.

Justo cuando iba a meter la llave para abrir, la rumana abrió la puerta y con una sonrisa en sus labios, me saludó diciendo:

―Le esperaba más tarde― para acto seguido, susurrar en mi oído: ―me imagino que por la hora ya tiene hambre. Se lo digo porque mi niña no ha mamado lo suficiente y me duelen mis pechos de tanta leche.

Con el fresco olor que producía su juventud recorriendo mis papilas, la miré y descubrí que hasta ese momento no me había fijado que iba en camisón. La trasparencia de la tela me permitió recrear mi mirada en sus pechos mientras esa mujer sonreía satisfecha al saber que la deseaba. Habiendo captado mi atención, dejó caer los tirantes para demostrarme así que decía la verdad.

―Mire que hinchadas las tengo.

No pude más que obedecer y admirar esos dos monumentos.

«Está buenísima», maldije interiormente al advertir un par de gotas decorando sus enormes pezones.

Mi estómago rugió con renovados bríos al hacerme recordar que no había ingerido nada desde las doce. Asumiendo que mi apetito había vuelto al admirar sus tetas, temí fugazmente que Manuel tuviese razón.

Simona se rio al ver que me quedaba prendado en su escote e incrementando mi zozobra, cogió sus ubres entre las manos y con una sensualidad estudiada, comentó:

―Se lo juro, no aguanto más. ¿No podría ayudarme?

Al pedirme que me pusiera a mamar, involuntariamente di un paso acercándome, pero entonces recordé que esa había sido la estratagema de Dana con mi amigo y por ello, me contuve diciendo:

―No me necesitas. Si tanto te duelen, deberías  usar un sacaleches.

Al escuchar mi respuesta, la cría no dio su brazo a torcer y soltando una gran carcajada que retumbó en toda la casa, contestó:

―No me hace falta estando cerca de mi dueño.

Tras lo cual se pellizcó esas rosadas areolas y de improviso, de ellas brotaron dos chorros de ese manjar.

― ¡No es posible! ― dije impresionado al observar que no paraba de manar leche de sus senos. Para entonces mi pene lucía nuevamente una brutal erección y era yo el que necesitaba descargar.

El bulto de mi pantalón era muestra clara de lo que ocurría en mi interior y siendo ella consciente que me moría por obedecerla, me dijo:

―La culpa de todo la tiene usted. Desde que le conozco, cuando está a mi lado mi cuerpo reacciona a su cercanía y mis pechitos se ponen a producir como locos. Le prometo que me duelen. ¡Ayúdeme!

Su voz sonaba tan excitada que estuve a punto de sucumbir pero entonces sacando fuerzas de quien sabe dónde, me senté en el sillón y contesté:

―Si tanto lo necesitas, llena para mí un par de vasos y te juro que me los bebo.

El disgusto que mostró rápidamente se transmutó en una férrea determinación y cogiendo las dos copas más grandes del mueble bar, las depositó sobre la mesa para acto seguido empezar a rellenarlas con su leche sin dejar de mirarme.

―Mi dueño es malo. Su vaquita prefiere que sea él quien la ordeñe― protestó mientras desde mi asiento veía cómo iba subiendo el nivel de líquido ante mi atento escrutinio.

«No va a poder. Son demasiado grandes», pensé muerto de risa asumiendo que se había equivocado al escoger, entre todas, dos de brandy debido a su tamaño.

Fueron unos minutos eternos los que la criatura tardó en dejar hasta el borde esos dos cálices. Lentamente su leche fue colmando las copas mientras yo observaba acojonado. En un momento en que parecía que había dejado de brotar más leche de sus pechos, esa zorrita se levantó la falda y se puso a pajear, provocando inmediatamente que de sus tetas manaran nuevamente sendos chorros.

―Entre mis paisanas, el deseo azuza nuestras glándulas mamarias― comentó riendo al ver la expresión de mi rostro.

Habiéndolas llenado por completo y con un brillo especial en sus ojos se acercó a mí y dijo:

―Yo he cumplido. Ahora le toca a usted cumplir con su palabra― tras lo cual depositó las dos copas en mis manos.

«Debe ser más de un litro», dictaminé al sentir su peso. «no me extraña que su niña no pueda con todo».

Asumiendo que había perdido esa extraña apuesta, llevé la primera a mis labios y le di un primer sorbo. Reconozco que me encantó su dulzura y mientras mi nueva criada no perdía ojo, rápidamente di buena cuenta de esa primera copa y decidí pasar a la siguiente.

Todavía no había cogido la segunda cuando de pronto sentí que el calor me dominaba y creyendo que era la temperatura de la casa, me desabroché un par de botones. Atenta a mi lado, esa mujercita me soltó:

―Como usted lo dejó a mi elección, he decidido ir desnuda por la casa― y antes que pudiera decir nada, dejó caer su vestido en mitad del salón.

Viéndola desnuda por primera vez comprobé que, si los pechos de Simona eran impresionantes, su trasero era quizás mejor.

― ¡Dios! ¡Qué belleza! ― exclamé casi gritando al ver sus formidables y duras nalgas sin ningún impedimento.

Mi verga reaccionó a esa visión adoptando un tamaño que nunca había presenciado y mientras me pedía que la liberara de su encierro y la enterrara en esa maravilla, la rumanita me soltó:

―Todavía no ha empezado con la segunda.

Como  un autómata me bebí el resto y tirando el vidrio contra la chimenea, me acerqué a donde Simona estaba. Mi voluntad había desaparecido y a pesar de las advertencias de Manuel, me despojé de mi ropa.

La mujer al ver que mi erección y que esta apuntaba a su trasero, decidió estimular aún más si cabe mi excitación, advirtiéndome:

―Si me toma, seré eternamente suya.

Hoy sé que esa frase tenía un significado oculto y que lo que esa criatura me quiso decir es que yo también sería de ella. Abducido por la calentura que amenazaba con incendiar mi cuerpo, llegué hasta ella y sin mayor prolegómeno, hundí mi pene en su interior. Su vulva era tan estrecha que me costó entrar. Si eso ya era de por sí curioso al ser una madre reciente, lo realmente impactante fue encontrarme cuando ya tenía mi glande incrustado al menos cinco centímetros dentro de su coño con un obstáculo insalvable.

Simona al ver mis dificultades, tomó impulso y con un brusco movimiento de sus caderas, consiguió que todo mi miembro se adueñara de su interior.

―Duele, pero es mejor de lo que decían las ancianas― rugió descompuesta como si esa fuese su primera vez.

Por mi parte, estaba aterrado.  Si bien sabía que esa mujer había tenido un hijo, me parecía que acababa de desvirgarla.

«No puede ser, estoy imaginándolo todo», murmuré a pesar que había sentido como su himen se desgarraba.

Los berridos de la rumana no sirvieron para apaciguar mis temores porque cada vez que experimentaba la cuchillada de mi verga en su interior, esa mujer incitaba mi galope diciendo:

―Demuestre que es el único dueño que voy a tener, montándome como merezco.

Sus palabras y el reguero de sangre que descubrí cayendo por sus muslos, incrementaron mi pasión. Actuando como si estuviera domándola, agarré su melena y tirando de ella hacía mí, profundicé mis estocadas. Simona al sentir mi extensión chocando contra la pared de su vagina, se volvió loca y aullando poseída de un nuevo frenesí, me reclamó que acelerara.

―Te gusta, ¿verdad puta? ― pregunté al tiempo que descargaba un azote sobre una de sus nalgas.

La dureza de esa caricia interrumpió sus movimientos y cuando ya creía que iba a intentar zafarse de mi asalto, la rumana se corrió diciendo:

― ¡Qué gusto! ― y cayendo sobre la mesa, su cuerpo colapsó mientras a su espalda yo buscaba mi propio placer.

La humedad de su coño era total y sobrepasando sus límites se desbordó fuera. De modo que, con cada penetración por mi parte, su flujo salpicaba a su alrededor empapando mis piernas. Si ya de por sí eso era brutal, imaginaros mi impresión al ver que sus pechos se habían convertido en dos fuentes, dejando un charco blanco sobre el tablero.

«¡Es increíble!», comenté en mi interior al comprobar el efecto que tenían mis incursiones.

Espoleado por sus gritos, seguí machacando su vulva sin pausa durante más de diez minutos. Estaba tan imbuido en mi papel que no me percaté que era imposible que no me hubiese corrido con tanto estímulo mientras, entre mis piernas, Simona unía un clímax con el siguiente.

― ¡Necesito su semen! ― bramó agotada.

Sin dejar de follarla, comenté a esa mujer que eso intentaba pero que no podía a pesar que mi verga parecía una estaca de hierro al rojo vivo y mi cuerpo el mazo con el que la  martilleaba.  Fue en ese preciso instante, cuando pegando un berrido, me chilló:

―Muérdame el cuello.

Su grito, mitad angustia, mitad deseo, me obligó a agachar mi cara y abriendo mi boca, soltar un duro mordisco junto a su yugular.

―Deje la señal de sus dientes en mi piel― aulló con su voz teñida de lujuria.

Obedeciendo, cerré mi mandíbula sobre los músculos de su cuello. Al hacerlo, como por arte de magia, las barreras cayeron y exploté derramando mi semilla en su interior mientras la muchacha se veía sacudida por el placer con mayor intensidad.

― ¡Me ha marcado! ¡Ya soy suya! ― chilló con alegría al tiempo que usaba sus caderas para ordeñar esta vez ella mis huevos.

El orgasmo que sentía iba en crescendo y no paraba. Cada vez que eyaculaba era mayor el gozo y por eso al sentir mis testículos ya vacíos, caí sobre ella totalmente agotado. Desconozco si me desmayé, lo único que puedo deciros que cuando me desperté o al menos tuve conciencia de lo que ocurría, estaba tumbado sobre el sofá con Simona a mi lado sonriendo.

―Le prometo que, a mi lado, será feliz― me soltó mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. –Desde que Dana me habló de Usted siendo una niña, supe que mi destino sería protegerle.

― ¿Quién eres? ― todavía bajo los síntomas del placer, pregunté.

Muerta de risa, me besó hundiendo por primera vez su lengua en mi boca y contestó:

―Sé que ha hablado con Manuel. Mi hermana le ordenó que se lo dijera antes.

― ¿Qué eres? ― insistí preso de terror.

Sus ojos brillaron al decirme:

―Ya lo sabe. Soy una Îngerul păzitor, ¡su ángel custodio!

GOLFOENMADRID

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