El recuerdo de aquella primera vez

Aquel día estaba en el banco, haciendo la cola para pagar mi colegiatura, pues se me había olvidado pagarla la semana anterior y me habían negado la entrada a la secundaria. Aunque muy joven aún, ya medía los 1.63 m de estatura que tengo, pero pesaba tan sólo 47 kg; ¡era yo muy delgada!. Iba con mi uniforme de colegiala: blusa blanca, faldita tableada, tobilleras y mi sweater reglamentario.

Estaba haciendo la fila cuando de repente vi que un señor, que estaba muy adelante, ya casi para pagar, me hacía señas que lo alcanzara: ¡era el jefe de mi papá, que me conocía muy bien, luego de algunos años de conocerme, desde que yo era apenas una niña.

Era un hombre alto, como de 1.78 m, no delgado, no gordo, de complexión fuerte, robusta, moreno, cabello aun negro, aunque con algunas canas en sus sienes, cabello ensortijado, de 54 años de edad.

Lo alcancé; me dijo que me incorporara a la fila y me pasó su mano y su brazo por encima de mis hombros. Yo no pensé en nada malo, hasta que, poco antes de llegar a pagar, me pegó su cuerpo a mi cuerpo y…, entonces sí comencé a sentir yo de cosas.

Ese hombre siempre me decía frases bonitas, me regalaba cosas y…, yo siempre he sido coqueta. En la escuela y en el vecindario los muchachos me buscaban pues tenía la fama de “fácil”. Ya había salido con muchos y casi siempre me terminaba besando y dándome algún “fajecín” con la mayoría de ellos; algunos me habían tocado mis pechos, otros las piernas y algunos quizás hasta me habían acariciado mi sexo, cosa que me gustaba mucho, aunque nunca había tenido yo relaciones sexuales, con nadie.

Luego de pagar, sin quitarme su brazo de mis hombros, me condujo a un café, a unos metros de ahí. Yo seguía sintiéndome inquieta, nerviosa, presagiando lo que pudiera seguir.

El hombre comenzó a decirme que me encontraba muy bella, muy “mujercita”, que había pasado ya mucho tiempo desde que yo había dejado de ser niña. Me decía todo esto sin dejar de abrazarme; me acariciaba y jugaba con mis cabellos; estábamos muy cerquita y aspiré su perfume; le dije que olía bonito, que me gustaba la fragancia de su loción. El volteó a mirarme y me sonrió; me dijo que me iba a regalar un perfume atractivo, para que yo también oliera bonito.

Me besó el cabello y me susurró al oído que era yo muy bonita y que le gustaba mucho. Me besó en la mejilla y entonces me dijo: «me gustas como mujer». Yo voltié a mirarle y nuestras bocas se acercaron y luego se unieron en un beso. ¡Fue rico!; yo abría la boquita como pajarito, en espera del beso, ¡que me gustó!. ¡Me gustó que me besara ese hombre!.

Comenzó por mordisquearme mi oreja y luego me introdujo su lengua en mi oído, haciéndome cosquillas, pero también excitándome fuerte. Me susurraba lo mucho que le gustaba y me besaba en la boca; me metía su lengua y me succionaba la mía.

Comenzó a besarme en el cuello. Yo levantaba la cara y él me daba pequeños mordiscos en el cuello y mis hombros, y entonces, me dieron unas cosquillas, que me daban cuando se me aproximaba mi orgasmo y…, ¡comencé a ronronear!: ¡me sentí estremecerme!.

= ¡vámonos a otro lado…!.

me dijo, al tiempo que se levantaba y me tendía la mano.

No supe que decir, estaba sin fuerzas por ese orgasmo que acababa yo de tener. Le tendí la mano y él me ayudó a levantarme. Me llevó a su auto, me abrió la puerta, se subió y volvió a besarme en el cuello. Yo mantenía los ojos cerrados y entonces  comenzó a desabotonarme mi blusa, sin que yo protestara. Primero fue un botón…, y no dije nada. Como no hubo rechazo siguió con otro y otro hasta que pudo entreabrirme la blusa.

Sin dejar de besarme, comenzó a tocarme mis senos, por encima de mi brasier, pero casi al instante me lo levantó y antes que yo reaccionara se apoderó con su boca de uno de mis senitos. ¡Sentí que me estremecía por completo!, ¡sentí delicioso que me mamara mis senos!; ¡me sentí muy mujer!.

En un gesto que nunca me imaginé, le apreté su cabeza con mis manos, para “pegarlo” a mis pechos, para que me chupara muy fuerte, como queriendo que se quedara en ese lugar.

Mis pezoncitos pronto se pusieron erectos; me chupaba un pezón y con su otra mano me besaba al gemelo. Iba de un pecho al otro, besándolos, chupándolos, succionándolos y me besaba en el cuello y cuando buscaba mi boca, la encontraba entreabierta y con los ojos cerrados. ¡Estaba en el cielo!, disfrutando de aquellas caricias tan deliciosas!, de un hombre mayor que mi padre, ¡veinte años mayor que mi padre!, ¡y que no me gustaba!.

No se cuánto tiempo estuvimos así, pero de pronto este hombre vio venir a un vigilante y tan sólo me dijo:

= ¡tapate, ya nos vamos…!,

y nos apartamos rápidamente.

Me cerré la blusa y él arrancó el auto y nos fuimos.

Lo voltié a ver con ojos de admiración y de súplica (de algo, quizás de más): ¡estaba yo muy caliente!.

Luego de poner el auto en movimiento, ese hombre estiró su mano y me la puso en mi muslo, por encima de mi faldita. Estaba lejos de él y me dijo:

= ¡acércate un poco!.

Intimidada, asustada, hipnotizada por ese faje, lo obedecí. Iba a su lado y el hombre, que era jefe de mi papá, que era mayor de edad que mi padre, y que no me gustaba, me iba agarrando las piernas.

En unos minutos llegamos a un motel. Era muy temprano, no daban aún las nueve de la mañana.

Nos metimos y en un instante me encontraba dentro de un cuarto abrazándome con ese señor que, repito, no me gustaba. No se qué era pero, ¡era algo salvaje!.

Me apretaba contra de él, me acariciaba todo el cuerpo de manera sensual y muy placentera. Sus labios se restregaban contra de mi boca y su lengua me llenaba de saliva el cuello, orejas y nuca: ¡yo temblaba de la excitación!; sentía mis pezones ¡durísimos!, y erectos de la excitación.

Abrazados caímos en la cama. Por un momento me quise arrepentir pero…, con sus besos y sus caricias, ese hombre no me dejó pensar nada más.

Mientras me besaba en el cuello, su mano buscó los botones de mi blusa y me la volvió a desabrochar. Me abrió la blusa y me besó entre los pechos. Poco a poco me fue bajando los tirantes de mi brasier y pronto sus manos se llenaron con la tibieza y suavidad de mis senos, aún muy pequeños pero desde ya, muy erógenos.

Me los acarició suavemente, frotando mis pezoncitos, chiquitos y delgaditos. Pronto se me pusieron muy duros y entonces su boca se llenó con mis pechos. ¡Fue deliciosa la sensación!; me los besaba, chupaba, lamía y mordisqueaba con sus labios, un poco. Yo le apretaba su cabeza contra mis pechos, con mis manitas. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta: ¡sentía como si me faltara el aire y me costara trabajo respirar!.

Se quitó la camisa y sentí su pecho contra mis senos, pequeños, húmedos por sus besos.

Nuestras bocas y lenguas se mordían y succionaban. Sus manos acariciaban y frotaban mis muslos, bajo mi falda.

Volvió a mis pechitos y me siguió besando el estómago, mi cintura. Yo me tensaba y luego me retorcía, por completo, como lombriz y…, lentamente, comenzó a desabotonarme la falda. Besó mis caderas y mis piernas, mientras me despojaba de mi faldita de colegiala.

Me pasó las manos por debajo y me acarició mis nalgas y coño, por encima de mi pantaleta, ¡de niña!, ¡de algodón estampado!.

Pasó su lengua por mis ingles y me dio unos besitos ahí. Yo me retorcí ronroneando, muy débilmente, de puro placer.

Por un momento me puse muy tensa, pero, casi de inmediato me relajé: levanté un poco mis caderas y dejé que me quitara mi pantaleta.

Con mucha suavidad me fue abriendo de piernas, mientras que me preguntaba:

+ ¿te gusta…?,

Y yo le contestaba que sí, con un movimiento de mi cabeza.

Ese hombre me acercó su boca y se apoderó de mi papayita. La lamió, la besó, y succionó sus labios ; ¡me supo a gloria esa mamadita!. ¡Era la primera vez que me la mamaban…!.

Me pasaba su lengua a todo lo largo de mi rajadita y luego me succionaba mis pétalos vaginales con sus labios. Yo le ronroneaba despacito y le apretaba su cabeza con mis manos, tratando de aplastarlo contra de mí. El hombre ese me seguía chupando mi pucha, hasta que sentí que me empezaba a venir, ¡en su boca!.

Comencé a gemir y a pujar, a sollozar, ¡y me relajé  por completo al obtener de nuevo otro orgasmo!: ¡dejé de luchar por apretarlo contra de mí!.

Rápidamente se quitó el pantalón y el calzón: ¡tenía su pito durísimo!.

De inmediato se colocó sobre de mí y de inmediato, como si lo hubiera estudiado, le abrí mis piernitas: ¡es instintivo el abrirse de piernas!; ¡ya lo sabemos desde pequeñas que así es como debemos de fornicar!.

Tenía cerrados los ojos y abierta la boca. Sentí cómo me colocaba su verga entre mis labios pequeños, colocándola entre de ellos. La verdad, se veía enorme su verga, para mi rajadita, pequeña, y aún virginal.

Me lo frotó un poco a todo lo largo de mi papayita y luego, colocándola en el centro de mi panocha, me empujó un poco. ¡Me puse muy tensa!. Volvió a empujar y me quejé un poco. Entonces entreabrí un poco los ojos y lo miré: yo tenía las pupilas muy dilatadas y tenía un poco de temor, pero no pensaba arrepentirme, ¡tenía muchas ganas de que me hiciera mujer!: ¡tenía yo ganas de sentir qué era el sexo!.

Me detuve un poco y busqué su boca con la mía pero, por un momento me arrepentí pues me acordé que me había estado chupando mi papayita, pero ese hombre me besó con lujuria, y yo le correspondí, con pasión.

En ese momento, y poniéndose un poco de saliva en la verga y colocándome en posición, ese hombre empujó con decisión, y poco a poco su pene fue penetrando en mi panochita, aunque sí me quejé:

+ ¡Me duele…, me dueleee…!.

Pero, en cuanto lo sentí adentro de mí, apreté al hombre entre mis brazos. Él me tomó de las nalgas, jalándome contra de él, y mi himen se me rompió:

+ ¡Aaaayyy…, aaayyy…, aaayyy…!,

y entonces su pito me penetró de un buen golpe, hasta adentro, como en su casa.

Yo seguí gritando y hasta solté algunas lágrimas, lo que hizo que el hombre se quedara quieto un momento, saboreando la tibieza y suavidad de mi papayita, recién estrenada.

El hombre, paciente, conocedor, dejó que me repusiera, y luego de ello, con voz tierna me preguntó:

= ¿ya se te pasó lo fuerte del dolor?.

Le dije que sí, moviendo nada más mi cabeza, y ese hombre me preguntó:

= ¿Te gusta…?.

Le volví a contestar que sí, y me preguntó nuevamente:

= ¿quieres que te la siga metiendo?.

Le contesté nuevamente que sí y…, nuestras bocas volvieron a unirse en un beso y poco a poco comenzó a moverse en pequeños círculos, sin sacarme su pene de mi cavidad vaginal.

Cuando aflojé mi abrazo, el hombre comenzó a bombearme, despacito, sacando su verga un poquito y metiéndomela hasta adentro, y así poco a poco, me lo sacaba más y me lo metía muy al fondo. ¡Era de verdad delicioso!, ¡lo estaba gozando a más no poder…!.

Unos minutos después, comencé a moverme, quizás torpemente, ¡pero me daban ganas de hacerlo!; me mecía y trataba de mover la cintura. Había escuchado que las mujeres deben moverse cuando las poseen y…, ¡lo estaba intentando!.

Ese hombre, al ver mis movimientos, comenzó a poseerme con más confianza. Me lo sacaba hasta la punta y me lo metía toditito, despacio,  lento, profundo, haciéndome disfrutar cada embestida y cada instante de su cogida.

Poco a poco aumentó el ritmo de las metidas: ¡deseaba que ese momento no terminara nunca!.

Sus vergazos comenzaron a ser más vigorosos. Estaba con las piernas un poco flexionadas y me daba vergazos y más vergazos, hasta que ya no pudo aguantar más: mi panochita era demasiado estrecha y él me frotaba ¡riquísimo!.

A cada vergazo que me daba, me sacaba un pujido y de pronto, con un gruñido feroz, me soltó toda su lechita en mi vientre: ¡fueron unos lechazos que llegaron hasta lo más profundo de mi matriz infantil!.

Su pito brincaba y se contraía, arrojando toda su leche hasta lo más profundo de mi papayita.

Por unos segundos nos quedamos quietos, él encima de mí, disfrutando hasta el final la venida.

Luego incorporándome un poco, lo miré a los ojos: ¡tenía una linda sonrisa!, y me miraba como con cierto orgullo, quizás por haberme hecho mujer…

Nos quedamos recostados en esa cama y creo que hasta nos dormimos un rato.

Luego que nos vestimos, me dijo que:

+ Hay que ir con el ginecólogo, para que te manden un parche o te pongan

un algo, para que no vayas a embarazarte…,porque quiero seguir teniendo

relaciones contigo…,

Y me dio dinero para eso; me hizo muchos cariños, nos dimos un beso, nos subimos al auto y luego de salir del motel, me llevó hasta un sitio de taxis y me dijo:

= es mejor que te vayas en taxi, no vaya a ser la de malas…

Y yo, al despedirme, nada más le pedí:

+ ¡por favor…, no le vaya a decir nada a mis padres…, me vayan a regañar!.

marel

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