Perdida

Viejo, amigo mío, tienes que verla. Debemos ser unos malditos genios: la idea funciona. Funciona mucho, mucho mejor de lo esperado. Mi yegüita salvaje ha resultado bastante fácil de domar. La prueba saldrá bien; eso te lo garantizo. La apuesta ha sido grande, lo sé, pero al final obtendremos buenos beneficios.

Y vaya hembra, viejo. Aún siento en la poya el calor de su carne, tan apretada estaba la primera vez que se la metí. Lo puso difícil, claro. Es joven, está en forma, y esos muslos macizos no sirven sólo para lucir medias de seda. Logró correr un buen trecho hasta que pude lanzarla contra el suelo y empalarla. Por el culo, tal como habíamos acordado. Tienes que oírla: sus berridos mientras la sodomizaba hicieron levantar el vuelo a todos los pájaros de la maldita isla. Era la primera vez que recibía por detrás, eso está claro. Por delante es otra historia. La muy zorra se ha abierto de piernas para cualquier viejo rico dispuesto a mantenerla, aunque eso ya lo sabíamos. Un coñito acogedor, en cualquier caso. Lo probé un par de días después de partirle el culo. Esa vez luchó bastante menos y acabó llorando en silencio mientras yo me corría de gusto dentro de ella.

Todo ha sido bastante más rápido de lo esperado. Pensaba tener que violarla media docena de veces antes de que estuviera domada, pero a la tercera ella misma vino a mí. Andando con dificultad, claro, pero vino.

Voy a empezar la segunda fase. Subiré la intensidad un poco más de lo planeado a ver cómo responde. Te mantendré informado.

Te envío mis registros de seguimiento y el material multimedia para que lo añadas al archivo. Disculpa si no soy demasiado riguroso con lo del lenguaje técnico, pero a eso, amigo mío, se le llama estilo.

DIA 0

Bien, veamos. El espécimen 001 es una hembra de veinticinco años, 1’70, 64 kilos y medidas 99-63-91 copa doble F. Caucásica, piel clara, pelo castaño natural y ojos marrón verdoso. Irlandesa, católica, familia acomodada, estudios medios. Responde al nombre de Jennifer o Jen.

Partió de Hong Kong hace tres días en el yate del industrial mexicano César Hernández, en crucero privado de placer destino a Sidney (por cierto, dale las gracias a César de mi parte, aunque estoy seguro de que el viejo cabronazo se ha pasado dos estupendos días sin salir del camarote). La segunda noche el barco se vio atrapado en una tormenta y la hembra perdió el conocimiento debido a un golpe en la cabeza que atribuyó a los bruscos movimientos de la nave. Despertó al amanecer en una balsa neumática de pequeñas dimensiones rodeada de restos de utillería del yate. Pasó un día y una noche a la deriva y, esta mañana, despertó frente a la costa sur de la isla.

Tienes que verla, viejo, remando con las manos como una loca y llegando a la playa entre jadeos, como una perra en celo. Salió del agua arrastrándose a cuatro patas y se dejó caer en la arena con ese vestidito tan ligero empapado, pegado al cuerpo y marcando esas ubres estupendas, tan redonditas y simétricas. Subían y bajaba y subían y bajaban, con los pezones de punta, mientras la hembrita intentaba recuperar el aliento.

Me he limitado a observarla a distancia, sin delatarme. Apenas se ha alejado de la playa, pero pronto tendrá que salir a buscar agua. Tengo casi mil hectáreas de isla a mi servicio. Buscaré un buen sitio para abordarla y veremos si se comporta como espero que lo haga.

DIA 1

Hoy, no se por qué, he recordado los documentales de naturaleza que veía con mi padre cuando era pequeño.

La hembra se ha atrevido a internarse tierra adentro y ha encontrado el arroyo. Tendrías que verla correr y caer de rodillas en la ribera antes de meter la cabeza bajo el agua. Me ha regalado un plano excelente de ese estupendo culo en pompa. Tentado he estado de ir y empalarla allí mismo, meterle su buena ración de carne mientras bebía. Ha sido duro, pero me he atenido al plan. Ya sabes: ¿para qué forzarla porque sí cuando puedo hacerlo con motivo?

Ahora que tiene su abrevadero será más fácil de controlar. Puede que intente esconderse, pero siempre necesitará agua. De hecho, se ha pasado el día yendo y viniendo de la playa al arroyo. No tiene nada que le sirva de cantimplora, pero desde el arroyo no se ve el mar. Aún espera que vengan a rescatarla. Pobrecita.

DIA 2

Hoy he dejado que me encuentre.

Lleva ya… tres días, creo, sin comer, y el hambre ha hecho al fin que se aleje de la playa en busca de alimento. Como caballero que soy, le he ofrecido algo que llevarse a la boca, pero al parecer no era lo que esperaba. Se ha marchado indignada, pero te aseguro que acabará tragando.

Empezó el día dubitativa, mirando continuamente al mar y al interior sin acabar de decidirse. Al final, comenzó a andar siguiendo la línea de la costa. Supongo que buscaba algún tipo de mejillón, u ostras; tiene aspecto de estar acostumbrada a comer ostras.

En cuanto adiviné su ruta atravesé el centro de la isla y me dispuse a esperarla. Llegó un rato después, sofocada por la caminata.

Tendrías que verla, viejo. Yo allí, sentado bajo una palmera que me ocultaba a su vista y ella pasando de largo. Le digo «Hola» y para en seco, se vuelve como un rayo y le dedico mi mejor sonrisa. La cara que puso, como si hubiese visto un fantasma. Se quedó allí plantada, moviendo los labios como queriendo decir algo pero sin saber muy bien  qué. Me decidí a ayudarla.

—¿Cómo te llamas, preciosa? —le pregunté.

Tardó unos segundos en contestar.

—Jen… Jenny… Jennifer.

La pobre estaba en shock, claro, así que intenté que siguiera hablando.

—No te había visto antes por aquí. ¿Acabas de llegar?

—Síi

—Bienvenida —le dije.

Nada. Seguía allí parada, sin hablar, así que insistí.

— ¿Negocios, placer, accidente aéreo?

—Nno… un barco… una tormenta, creo…

—Eso está bien —le dije—. Puestos a naufragar mejor estar ya en el agua. Caer dos mil pies metido en un montón de hierro no es agradable, te lo aseguro.

— ¿Cuánto llevas aquí? —preguntó al fin.

Me puse a hacer como que calculaba, mientras ella estaba allí mordiéndose las unas. Supongo que esperaba que dijera que unos días, unas semanas… pero mi aparente dificultad para recordar la estaba poniendo cada vez más nerviosa.

—Algo más de dos años —contesté al fin—. No estoy seguro. Puede que se acerque más a tres.

Casi se desmaya allí mismo. Entonces le expliqué el cuento ese de las corrientes marinas y la zona de tifones y que los barcos no pasaban por allí por ser demasiado peligroso y todo ese rollo. Se lo creyó, por supuesto. Lo más difícil que sabe hacer es ponerse un tanga por el lado correcto, así que ni se le ocurrió dudar de mi charla sobre geofísica. Las zorras con más tetas que cerebro tienen facilidad para tragárselo todo.

Me encantan esos momentos, viejo, ese instante mágico en que las pijitas zampapoyas se dan cuenta de que su vida super-mega-chic se ha terminado. No más apartamento en el centro. No más Dolce& Guarrana. No más cenas en el Soho pagadas abriéndose de piernas un par de veces para un pobre idiota que las luce como complemento en sus fiestas de la alta sociedad. La tenía delante, mirando al mar como si aun no se creyera que estaba en una maldita isla, mientras yo contemplaba sonriendo desde la sombrita de mi palmera como sus ojos se volvían más brillantes por momentos. Te juro que si se hubiese echado a llorar le habría abierto la garganta a poyazos allí mismo; ya sabes cuanto me gusta ver lágrimas mientras les follo la boca.

Pero no. Aguantó sin venirse abajo. Es lo que más promete en ella: lleva dentro algo salvaje, un fuerte instinto de supervivencia. La niña pija quería llorar, pero su fierecilla interior estaba hambrienta.

Me pidió comida, claro.

—Llevo días sin comer —me dijo.

Y me miró con un mohín en los labios y la cabeza ladeada, en plan pobrecita niña desvalida. Le quedaba de lo más natural. A las zorras acostumbradas a vivir de los hombres siempre les queda natural. Ya lo sabes.

Debió creerme un idiota más como los que sabe manipular. O quizás está tan acostumbrada que le sale sin pensar. Admito que me cabreó. Me entraron ganas de cruzarle la cara para que aprendiera lo que es un macho de verdad. Pero en vez de eso me quede allí plantado, mirándola. Un buen repaso de arriba a abajo; valorando el ganado, ya sabes. Parándome bien en los muslos duritos y en el coño, y un buen rato mirando fijo esas tetazas que rebosaban del bikini. Ahí ya empezó a ponerse nerviosa.

— ¿No me estarás mintiendo? —pregunté—. Pareces bien jugosa como para tener hambre.

Yo seguía mirándola en plan depredador y ella estaba como tensa, como a punto de salir corriendo. Pero su fierecilla interior seguía hambrienta.

—No miento. Te lo juro. No he comido nada desde que estaba en el barco —me dijo.

—Podría darte algo, pero…

Dejé las palabras en el aire. La tensión por escapar se esfumó de golpe ante la posibilidad de conseguir comida.

— ¿Qué? — me preguntó impaciente.

—Aquí la comida no cae del cielo. ¿Qué puedes darme a cambio?

Se quedó cortada.

—Yo… no tengo dinero. Perdí las tarjetas y el bolso en el barco —me dijo.

Dinero. Pensaba que le pedía dinero estando en una maldita isla en ninguna parte. Me costó no reírme mientras le preguntaba que qué más tenía.

—Nada. No tengo nada más. Por favor.

—Bueno —le dije—, tienes unos labios muy bonitos.

— ¿Cómo? —me preguntó extrañada.

Me llevé la mano al paquete y agarré para que se me marcara bien el cañón: que la zorrita supiese lo que iba a llevarse a la boca.

—Hace años que no me hacen una mamada como Dios manda. Si me la chupas bien me aseguraré de llenarte el estómago.

Tendrías que ver la cara que puso, pasmada como si le hubiese pedido que resolviera una integral de segundo grado. Empezó a soltarme el discurso de que si no era un caballero, de la dama en apuros, blablabla, blablabla… mientras iba hablando cada vez más rápido, nerviosa por tener que tragar más de lo que esperaba. La dejé parlotear un rato y corté en seco cuando empezó a aburrirme.

—Mira, preciosa. No estás en la ciudad. Aquí tienes que ganarte la comida. Así que ponte de rodillas o déjame tranquilo.

Se quedó dudando. No sabía si marcharse o empezar a chuparla. Al final dio media vuelta en plan enfadada y se alejó. No había dado ni tres pasos cuando se volvió y me soltó en plan decente:

—Eres un animal.

—En absoluto —le contesté—. Si lo fuera ahora mismo estarías tragando arena caliente mientras te follo por la fuerza. Por suerte para ti soy un tipo de lo más civilizado. Tienes algo que quiero y yo algo que tú quieres. Sólo soy un honrado comerciante.

Dudó un momento, pero al final volvió a alejarse.

—Puedo vivir sin follarte más que tú sin comida, preciosa —le grité mientras se marchaba.

Me alegró ver que se iba. Habría sido decepcionante que se hubiese venido abajo tan pronto. Prefiero las hembras orgullosas. Es más divertido domarlas.

DIA 3

Esta mañana ha estado espiándome.

Yo había salido a pescar. Estaba sobre una roca que sobresalía del agua, lanzando un palo al que había atado unas ramitas en plan tridente. Todo muy artesanal, ya sabes. Creo que lo vi en alguna adaptación de Robinson Crusoe. Tiraba el palo y de vez en cuando lo sacaba con un pez muerto ensartado. Ella estaba escondida entre la maleza, agazapada tras una palmera, con el pareo de colores y ese bikini blanco satinado que se veía desde un kilómetro. No es Mata Hari, precisamente. Estuve un rato disimulando mientras se llenaba la bolsa, dejé el palo en un resquicio de la roca e hice como que me largaba. Tardó un rato en salir, pero al final se decidió.

Tienes que verla, viejo. Esas manos tan finas con su manicura de Park Avenue lanzando el palo aquí y allá, sin fuerza. Tardó un par de horas en darse cuenta de que es más fácil pescar a un rico tonto con dos buenas tetas que un pez con un trozo de madera.

Yo disfrutaba el espectáculo, con esas ubres enormes balanceándose cada vez que intentaba lanzar y el pareo mojado metiéndosele entre las nalgas. Tiene un culo imponente, viejo, casi tanto como las tetas: de esos que hay que agarrar con las dos manos, redondito lo mires por donde lo mires… y terso como el de una quinceañera. Esta tarde, mientras le estaba dando, parecía que mis pelotas rebotaban en una almohada de látex de esas modernas. Pero me estoy adelantando.

El caso es que estuvo tirando el palito y no pesco nada, por supuesto. Pescar algo con ese chisme que me inventé habría sido una auténtica casualidad. Al final se vino abajo, se sentó sobre la roca y empezó a gimotear. Y no es la última vez que ha llorado hoy. Es probable que esté haciéndolo ahora en el agujero donde sea que le haya dado por esconderse.

Cuando se dejó de lágrimas, le dio por volver a la playa esa en la que ha estado durmiendo. ¿Por qué? Ni idea. Es el lugar de la isla donde más molesta el viento, no tiene sombra y la marea te puede pillar de sorpresa. Es el primer lugar en tierra firme que pisó después de naufragar, de acuerdo. Pero al menos podía haber levantado un campamento.

Mientras volvía encontró un coco tirado en la arena. Un coco. ¿Te lo puedes creer? Parece imposible. Falta un mes para que empiecen a caer por sí solos, y la palmera más cercana estaba como a cuarenta metros. Casi parecía como si alguien lo hubiese puesto allí a propósito.

Fue como darle una calculadora a un chimpancé. La hembra empezó a sobar con las manos esa enorme bola peluda intentando descubrir donde estaba el abrefácil. Le dio un repaso de lo más prometedor, te lo aseguro. Después lo lanzó con fuerza al suelo. En la playa. Increíble: los malditos cocos son más duros que la cara de Mussolini y va y lo estampa contra un montón de arena. Lo intentó más de una vez, no creas, antes de probar a tirarlo sobre roca. Aun así no lo consiguió: la pobre no tiene fuerza suficiente para abrirlo a golpes y no sabe que es más fácil si lo picas contra un borde afilado. El caso es que acabó volviendo a su playita bien cansada, con un coco sin abrir y más hambre que al principio.

Por la tarde tendí la trampa. La dirección del viento era propicia, así que encendí una bonita hoguera y empecé a asar pescado. Mi campamento está a menos de un kilómetro de su playa, tierra adentro. El olor le llegó enseguida, y las volutas de humo le indicaron la dirección.

Tienes que verla, viejo. La peor ladrona del mundo, espiando entre los arbusto, asegurándose de que yo no estaba allí. Se le hacía la boca agua y respiraba tan profundo que las tetazas parecían a punto de reventar el bikini. Tenía el ansia pintada en la cara, con los ojos clavados en el pescado dorándose, goteando jugoso sobre el fuego. Cachonda; esa es la palabra. La yegüita se estaba poniendo cachonda viendo el pescado calentándose ensartado en una estaca. Pero no se decidía. En aquel momento pensé que quizá debería dejarla madurar un día más, aparecer y zamparme el pescado delante de sus ojos. Puede que ese toque extra de frustración la volviese más decidida en la próxima oportunidad. Pero no quería debilitarla demasiado. Llevaba tiempo sin comer y ya sabes que prefiero que opongan resistencia. Así que esperé.

El hambre acabó ganando la batalla y salió. Estuvo sorprendentemente rápida: entró en el campamento, cogió el pescado y volvió por donde había venido, perdiéndose entre la vegetación. La dejé alimentarse tranquila mientras me iba preparando para la caza. Al fin y al cabo, daba igual donde se escondiera: ya sabía de antemano el lugar en el que iba a atraparla.

Se zampó el pescado en un momento. Luego parece que le entró sed. Culpa mía, supongo. Debí echar demasiada sal. Ya sabes que soy muy despistado con eso de la cocina.

Fue a beber a su arroyito y, en cuanto levantó la vista del agua, allí estaba yo, acercándome. Al principio ocurrió despacio, con la calma que precede a la tormenta. Ella levantándose a cámara lenta, con la vista fija en mí mientras me aproximaba entre la vegetación. Ella sabía que yo había vuelto a mi campamento, sabía que era una ladrona. Pero no sabía cual iba a ser mi reacción. En cuanto empecé a correr le quedó claro y todo se precipitó. Fue algo instintivo: las presas siempre huyen cuando ven a un cazador corriendo.

Está en buena forma, viejo. Aeróbic, supongo. O puede que pilates; las zorritas pijas de ahora prefieren esa chorrada sueca. No me empleé a fondo y la dejé correr un buen trecho. Es bueno soltarles un poco la correa: la esperanza de escapar las hace más sabrosas.

Logré derribarla cuando se acababa la vegetación, justo en el borde de la playa. Cayó de bruces y se dio un buen golpe en la cabeza. Suerte que lleva un buen par de amortiguadores de serie, ¿verdad? Aun así estuvo unos segundos aturdida, sin reaccionar, pero enseguida —bendita juventud— intentó de nuevo escapar arrastrándose sobre la arena. La agarré de los tobillos, le separé las piernas y la atraje hacia mí de un tirón. Tenía las uñas clavadas en el suelo y al tirar de ella dejó surcos en la arena. Fue de lo más curioso, viejo. Como de dibujos animados.

Me tiré encima y pude probar por primera vez el tacto de ese culito tan mullido y elástico. Era de lo más acogedor, así que me puse cómodo. Ella luchaba por liberarse, claro, revolviéndose como un pez fuera del agua, bocabajo, con mi peso aplastándola sobre la arena caliente.

La dejé desahogarse un rato, controlándola con mi cuerpo sin apenas esfuerzo. Además, su culazo restregándose contra mi poya me estaba poniendo a tono y ella debió notarlo. Empezó a luchar con más desesperación y sólo consiguió cansarse.

Se fue apagando, poco a poco. Cada vez que su espíritu de lucha decaía le clavaba mi bulto entre las nalgas, para que lo notara bien. Eso la reanimaba y seguía forcejeando un poco más, pero al final acabó rindiéndose y empezó a lloriquear.



Le agarré la nuca y apreté su cabecita contra el suelo para que no se moviera mientras le bajaba la parte inferior del bikini. Aproveché para quitarme el bañador y le di unos azotes en sus nalgas regordetas con mi poya. La tenía de piedra, viejo, cayendo a peso sobre esos glúteos tan elásticos que se veían vibrar como la piel de un tambor. La hembra lloraba y lloraba y yo mientras encima, tocando la pandereta.

—Noooo, por favor —suplicaba entre gimoteos—. Deja que me vaya, por favor, deja que me vaya.

Yo seguía callado. La dejaba llorar, desahogarse, mientras iba a lo mío jugueteando con su retaguardia. Empecé a dibujar con la punta de mi verga ese tajo tan profundo que tiene entre las nalgas, y sus lágrimas arreciaron. Tienes que probarlo, viejo. Suave y calentito como una colegiala japonesa. Y carnoso, muy carnoso. Bastaba apretar un poquito para que la punta de mi polla se colara entre esos estupendos globos de carne. Ella temblaba, se ponía hecha un flan cada vez que me sentía escarbando en la raja de su culo. Y eso sólo me ponía más cachondo.

Ya no podía aguantar más, así que me empapé el miembro con saliva y luego le unté bien el agujero del culo, hasta dejárselo bien jugoso. Tendrías que verla. Cuando sintió que le lubricaba la retaguardia volvió a ponerse frenética. Por suerte la tenía bien cogida, aplastándole la cabeza con una mano mientras la agarraba con la otra entre las nalgas. Esta vez se rindió rápido y volvió a gimotear.

—Por ahí no —rogaba entre sollozos, con un hilito de voz—. Por favor, por ahí no. Hazme lo que quieras, te la chuparé, pero por ahí no.

Yo seguía sin decir palabra, aunque mientras le lubricaba la entrada de servicio le soltaba un siseo suave en el oído. Ya sabes, ese «sssssshhhhh, tranquila bonita» que empleaba mi abuelo en su campo, allá en Palermo, mientras acariciaba las crines de esa yegua que tenía que se le encabritaba tanto. Gran hombre, mi abuelo. Consiguió mucho, pero nunca llegó a poseer una montura como esta.

Le planté la punta en el agujerito, despacio, así con calma, apretando suave pero firme. Ni por un momento se me pasó por la cabeza meterle un dedo antes para ensancharla. Siempre saben mejor apretadas. Y nunca están mas apretadas que cuando les partes el culo por primera vez.

Empecé a empujar contra esa entrada tan estrechita y arrugada, pero no cedía: mi nueva montura tenía más resistencia de la que esperaba. Bajo mi cuerpo, su carne era todo tensión, con los ojos cerrados en una mueca y los puños apretados, clavándose las uñas en las palmas con la misma fuerza con la que contraía el esfínter. Tenía el culo tan cerrado como la mismísima puerta del paraíso.

Pero tengo experiencia abriendo camino, viejo; ya sabes a cuantas niñitas he convertido en mujeres. Soy el Indiana Jones de los culos: si hay que abrirse paso a machetazos por la selva, lo  abro. Así que me afiancé bien sobre su culo y dejé que mi peso me ayudara a empalarla.

Noventa kilos de macho mediterráneo llamando a la puerta de la gruta del placer la fueron ablandando poco a poco. Su carne iba cediendo, despacio, mientras la punta de mi verga empezaba a separar, milímetro a milímetro, los pliegues sonrosados de ese anito virginal. Entonces llegó el momento, ese instante mágico antes de ensartarlas por primera vez, la sensación del culito virgen temblando bajo mi cuerpo y el olor a hembra asustada. Todas lo saben, viejo. Saben que les va a doler, pero no saben cuanto ni lo pronto que llegará. Y me gusta darles un instante para que lo piensen.

Así que en cuanto noté que su culo empezaba a ceder, me retiré. Fueron unos centímetros, para tomar impulso; pero ella sintió que ya no le apuntalaba la puerta trasera e hizo lo que hacen todas: relajarse. Había estado a punto de caer y quería recuperar energías antes del segundo ataque, sin saber que el primero no había acabado. Clavé los pies en la arena y, con un golpe de pelvis, lancé el misil con todas mis fuerzas.

Sus ojos se abrieron como platos… y gritó, viejo. Gritó como nunca había gritado mientras mi poya se abría paso de golpe horadando esas entrañas calientes y apretadas que jamás habían recibido macho. Gritó, con su elegante cabecita atrapada bajo mi manaza, con la mejilla aplastada contra la arena húmeda de sus lágrimas, con la boca abierta mostrando cada uno de esos dientes blanquísimos, y los músculos marcados en su elegante cuello de cisne. Un alarido estupendo, desgarrado, agudo… y largo, viejo, largísimo. Lo bastante para recrearme en la melodía, con el ruido de las olas rompiendo al fondo y el susurro de la brisa agitando las palmeras.

Hay pocos sonidos más agradables que el relinchar de una yegua cuando la montas por primera vez. Cuando ya están estrenadas pierden ese punto de frescura, esa intensidad de lo inesperado. Como el vino que aguarda quince o veinte años, cogiendo cuerpo, madurando en la fresca oscuridad de una bodega. Sólo hay un instante, un momento justo tras descorcharlo, para disfrutar de todo su sabor, de su verdadera esencia. Después nunca volverá a ser lo mismo.

Piensa en todo lo que se ha perdido, viejo. Desde que el hombre es hombre, imagínate cuantas hembras de bandera, cuantas niñas, cuantas jovencitas, cuantas frutas maduras han cantado su mejor canción bajo el cuerpo sudoroso de algún imbécil que no ha sabido apreciar su melodía. El canto de los ángeles perdido en el viento por los siglos de los siglos, amen. Nosotros mismos hemos hecho cantar a unas cuantas, y muchas no han quedado registradas para la posteridad. Que te parece esto como idea de negocio: podíamos coger algunas de las grabaciones que tenemos y lanzarlas como tono para el teléfono; o quizás en CD. Un homenaje a las mejores voces femeninas. Algo así como «Grandes Éxitos de las zorras enculadas, Volumen Dos». Piénsalo. Creo que tendría éxito.

Pero me estoy desviando. El registro de seguimiento, día tres y todo eso. Prosigamos.

Tengo a la hembra debajo, con medio rabo recién incrustado por detrás y soltando un berrido largísimo que había hecho salir en estampida a todo bicho viviente, terrestre o marino, en un kilómetro a la redonda. Yo estaba quieto, esperando, bien plantado dentro de sus entrañas. Ella tenía la mirada perdida, con esos ojos enormes, tan abiertos y brillantes, mirando sin ver sobre el horizonte de arena que la tenía atrapada. Estaba como ausente, en shock. Se había olvidado de respirar y el aullido de loba herida se iba apagando al tiempo que sus pulmones se quedaban sin aire. Al final se convirtió en un ronroneo grave, gutural; la última nota de una gaita vacía. Entonces reanudé la marcha.

Despacito y con calma, seguí mi camino hasta el fondo de su culo. La carne sonrosada palpitaba, apretando mi tronco que se iba perdiendo en su interior milímetro a milímetro.

Estaba rota, viejo. Quiero decir: rota de verdad; literalmente. Noté su sangre caliente lubricando mi avance, la suave humedad de la victoria. Mi verga había puesto a prueba la elasticidad de ese anito insolente y había ganado.

Me encanta cuando pasan esas cosas. Es como si todo fuera como debe ser, como Dios manda. Tienen que sangrar, ¿no?; al menos la primera vez. Es como un pacto solemne de una hembra con su dueño.

El último par de centímetros lo recibió de golpe. Con un empujón estampé la pelvis contra esos glúteos macizos y conocí al fin el fondo apretadito de sus entrañas. Parece que eso hizo que reaccionara, como si necesitara que le metieran la llave en el contacto para volver a arrancar. Ese último golpe de verga la hizo estremecer y el aire volvió a entrar en sus pulmones en una larga bocanada.

Ya la tenía rendida, viejo. Había roto su resistencia y sabía que no iba a luchar más. Así que le solté la cabeza y me tendí cómodamente sobre su cuerpo, con mi pecho descansando en su espalda y mis dientes mordisqueándole el cuello mientras acariciaba esa suave melena castaña.

Me retiré de su interior despacio, mientras ella reanudaba su gimoteo interrumpido a golpe de polla y las lágrimas volvían a sus ojos. La saqué del todo, con la punta besando su entrada húmeda y ahora entreabierta, y enseguida volví a penetrarla.

El segundo ataque fue más sencillo. Entré chapoteando por el sendero entreabierto, separando la carne tensa que se oponía a mi paso. La hembra seguía apretada, tan dura y estrecha como la senda del éxito; pero su culo tragaba verga a un ritmo tranquilo, constante, y yo volvía a encontrar el fondo del alma femenina mientras ella protestaba contra la nueva invasión con un nuevo aullido de dolor.

Las estocadas se fueron sucediendo, una tras otra, interminables. Entraba hasta el fondo, sin prisa, aplastándome contra la solidez de su culo. A continuación me retiraba del todo; la dejaba vacía antes de volver a llenarla; dejaba que su anito roto intentara cerrarse y volvía a abrirlo de nuevo. Así una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más duro, más a fondo, mientras ella lanzaba gritos fuertes y cortos cada vez que se sentía empalada, cada vez que la barra de hierro al rojo vivo alcanzaba otro trozo inexplorado de su intimidad.

Llegó un momento, en todo ese tiempo que estuve sobre ella, que ya no pudo gritar más. Se mordió su propio brazo, viejo. Esos dientes como perlas siguieron clavados en su carne hasta el final, mientras su cuerpo silencioso seguía estremeciéndose al ritmo de mis embestidas.

Mi estaca estaba durísima; empezó a latir con vida propia, como un bebe ensangrentado recién salido del cuerpo de su madre. Cuando la saqué, libre de la presión del cuerpo de la hembra, se puso a palpitar.

La primera descarga regó el marco recién ensanchado de su puerta trasera. Entonces, apoyando mis manos sobre sus hombros, me alcé sobre ella y, arqueando la espalda, volví a introducirme en su culo para una última visita. Mi verga avanzó regando su interior, hasta quedar firmemente incrustada e impregnar, con las últimas gotas de mi esencia, el rincón más intimo de su ser.

Su último alarido se convirtió en un llanto apagado mientras mi carne goteante iba perdiendo dureza dentro de su cuerpo. Yo traté de consolarla, viejo. En ese momento de tranquilidad me sentía muy unido a ella; ya sabes, con mi polla metida en su culo y todo eso. Así que me dejé caer sobre su espalda temblorosa y besé su hombro, su cuello, su nuca, mientras su larga melena castaña me acariciaba la cara y yo le devolvía el favor con suaves caricias sobre su piel tersa.

Mis manos empezaron masajeando con ternura sus hombros. Fueron bajando poco a poco, deslizándose por la espalda delicada, cayendo por la curvatura de su cuerpo hasta ir a parar sobre esas ubres estupendas que, aplastadas contra la arena, rebosaban generosamente por los costados.

Estuvimos así un buen rato, viejo; los dos juntitos. Yo sobre ella, como debe ser, recuperando las fuerzas que mi joven y briosa montura había exigido antes de concederme el premio. Con los minutos nuestras respiraciones se acompasaron y su llanto se fue apagando hasta quedar en silencio. Sentí en mi propia piel como sus temblores iban remitiendo hasta que quedar inmóvil, exhausta.

Fue un instante de paz, amigo mío. Mágico. Aun siento su calor, el ritmo tranquilo de su respiración, la fragancia de su pelo y la firme generosidad de sus pechos en mis manos. La isla a nuestro alrededor volvía poco a poco a la vida. De nuevo sentimos el olor salado de las olas, el canto de los pájaros que volvían a sus nidos y el brillo del sol sobre la arena.

¿Cuánto estuve dormitando sobre ella? No lo sé. Pero cuando por fin me levanté, con el cuerpo agarrotado, las sombras eran más largas.

Me despedí con un beso en la espalda que tan gentilmente me había acogido. Ella se estremeció una vez más, libre de mi peso, mientras mi verga ablandada salía a tirones de su interior y la abandonaba por fin con un leve sonido de descorche.

La dejé allí, viejo, tranquila, descansando. Como tantas otras veces habría hecho ella misma, y las que son como ella: otro hermoso cuerpo dorándose sobre la arena privada de una playa tropical, para disfrute de la cartera generosa que lo tuviese alquilado en ese momento. Sólo que esta vez la playa era suya. Se la concedo. Se la ha ganado a base de regarla con sangre y lágrimas.

Antes de internarme en la vegetación me volví una última vez, un último vistazo para recordarla tal y como era en aquel momento. Allí estaba ese cuerpo voluptuoso, esas curvas firmes moldeadas a mano por un dios sin duda masculino. Allí estaba esa hembra joven y arrogante, tirada bocabajo, con las piernas separadas y el ano abierto. Desde la negra profundidad de su gruta, la mezcla rosada de los fluidos vitales manaba viscosa, goteando sobre la arena caliente.

Esa niña aun no lo sabe, viejo, pero hoy se ha convertido en mujer. Una mujer de verdad, de las que nos gustan a nosotros. Aun le queda un duro camino, muchos pasos por delante. Aunque en este momento es posible que andar le cueste bastante.

Se que me estoy alargando demasiado, pero queda algo que contar antes de cerrar el registro diario. No te enfades, amigo. Me he tomado la libertad de alterar un poco nuestros planes. Llámalo instinto, improvisación o estupidez; lo que más te guste. Estoy seguro de que al final merecerá la pena.

Le he dado más comida: otro pez, grande y fresco, aun chorreando agua salada. La idea me vino de golpe mientras volvía a mi campamento. Busqué entre mis reservas una pieza adecuada y volví a la playa.

Seguía tirada donde la dejé. Intentó levantarse en cuanto sintió mi presencia, pero le fallaron las fuerzas y volvió a caer. Empezó a temblar de nuevo cuando me puse en cuclillas a su lado.

—Tranquila, preciosa —le dije—. Vengo en son de paz.

—Más no, por favor. Vete. Déjame —dijo entre gimoteos.

Estaba temblando. Alargué el brazo hacia ella para intentar tranquilizarla, pero se retiró, arrastrándose sobre la arena.

—Vamos, vamos —dije—. No ha sido para tanto. Aun podemos ser amigos.

Me lanzó una mirada llena de odio, viejo. Una de esas que lanzan las hembras con tanta facilidad cuando les sangra el coño. Ya sabes, con las pupilas fijas y los ojos llorosos entrecerrados; cuando quieren arrancarte la cabeza pero saben que les va a tocar joderse.

— ¿Amigos?… Me has violado, hijo de puta.

Me reí. Una carcajada corta, irónica, que hizo que su mandíbula se tensara y sus ojos se achicaran aún más.

—No —le dije—. Me he cobrado lo que me quitaste. Las putas como tú sólo pueden pagar de una forma.

Entonces me levanté y le lancé el pescado. El cuerpo alargado y brillante le golpeó el pecho y se deslizó hacia su regazo. Ella lo miraba sin comprender.

—Tu propina, putita. Te la has ganado.

Me marché. Volví a mi campamento, mientras la zorrita se quedaba allí, con la cabeza gacha, mirando la comida que tanto le había costado conseguir.

Y aunque ella no supo apreciarlo, fui generoso, viejo. Era un pez de calidad; salmón noruego, nada menos.

DIA 4

Tras la toma de contacto de ayer, hoy la hembra se ha mostrado escurridiza.

La inspección a primera hora de sus hábitats resultó infructuosa. No había rastro en la playa que suele frecuentar. Tampoco en el claro que conforma la parte final del arroyo. Tras veinte minutos intentando localizarla en zonas adyacentes, concluí que se había aventurado al interior, probablemente buscando protección en la espesura o las zonas elevadas. Opté por suspender la búsqueda a pie.

Los sistemas auxiliares la encontraron enseguida, marcándola con una brillante luz rojiza: un cuerpo caliente en un mar de píxeles verdes. Parece que con las últimas luces del día anterior había logrado encontrar refugio en la ladera de la montaña principal. Estaba acurrucada, semioculta en un resquicio entre dos grandes rocas calizas. Parecía dormida.

Empezó a levantarse sobre las 10 a.m., hora local. Salvo los efectos habituales de una mala noche durmiendo sobre el suelo, no parece mostrar deterioro físico, a excepción de una cojera acentuada que le dificulta el movimiento.

Ha pasado el día explorando los alrededores. Cabe destacar que en todo momento llevaba agarrado entre los brazos el pescado que le di.

Analizando la zona, resulta evidente que la hembra llegó siguiendo el curso de la única fuente de agua potable que conoce. El riachuelo nace de un estanque alimentado por una pequeña catarata de tres metros de altura que fluye de la roca, a una veintena de pasos de su actual refugio.

La hembra aprovechó las primeras horas de la tarde (bastante calurosas, por cierto) para darse un baño. Más allá de la siempre estimulante imagen de un cuerpo joven y macizo frotándose bajo de una cascada, cabe destacar el flujo de sangre diluida que caía por la cara interior de sus muslos. La experiencia indica que se debe a una mezcla de sangre coagulada del día anterior y una herida aún abierta. Dada su edad y complexión, la fisura anal debería cerrarse mañana, como muy tarde, y cicatrizar en un plazo de tres a seis días.

El otro hecho notable de la jornada fue su intento por conseguir fuego. Un rato divertido, viejo. Perfecto para las tomas falsa.

Hizo de todo: chocar piedras, frotar un palo, poner ramas al sol. Ni siquiera se preocupó de que la hojarasca estuviera seca. No es que vaya a ganar el Nóbel, precisamente, aunque debo reconocer que compensa sus limitaciones con mucha perseverancia. Estuvo toda la tarde intentándolo. Probaba, se desesperaba, lo dejaba un rato y volvía a probar, con el pez al lado, tan largo y plateado, burlándose de ella y aun crudo. Casi caigo en la tentación de ir allí y dejarle el mechero.

DIA 5

Esta mañana he irrumpido en el nuevo hábitat de la hembra. Me he presentado haciendo todo el ruido posible, para que me sintiera venir desde lejos. Se ve que aún le cuesta caminar y optó por esconderse en lugar de huir.

Estuve rondando un rato mientras me espiaba desde su escondite. Llegué a pasar cerca, realmente cerca, aparentando no verla agazapada entre los arbustos. Hubo un momento en que me quedé parado, atento, como si hubiese oído algo. Fue por darle un puntito más de tensión, ya sabes. El miedo las pone sabrosas y a esta quiero adobarla bien.

Por la tarde llegó uno de esos momentos importantes. Volvió a intentar encender fuego con las técnicas peliculeras que ya probara el día anterior. Después de varias horas y acabar con las manos en carne viva de tanto frotar el palito, se rindió. Quitó como pudo la piel al salmón y acabó hincando los dientes en el pescado crudo, arrancando pedazos a bocados y tragando sin apenas masticar, con el asco pintado en esa cara de niña bien. Es irónico, viejo. Estoy seguro de que es de esas zorritas a las que les encanta que las inviten a sushi en restaurantes de quinientos el cubierto. De todos modos, es un paso importante en su educación el que acepte que tendrá que comer carne cruda.

DIA 6

Esta mañana, de nuevo, he vuelto a efectuar una incursión en su territorio y, de nuevo, he fingido no verla. Pero ha sucedido algo interesante.

Al marcharme, la hembra me ha seguido. Parece que el haberse escondido de mí dos veces seguidas le ha dado confianza y ahora se siente como una ninja. Una ninja que va cojeando con un biquini blanco en medio de una isla soleada, todo hay que decirlo. En fin.

Volví a mi campamento con ella siguiéndome a distancia y fui directo a la bolsa de provisiones. Empecé a sacar peces, uno tras otro, y a colgarlos de las ramas. Debían ser unos quince. Cuanto tuve la bolsa vacía, la cogí y me marché como si fuese a buscar más provisiones.

En esta ocasión la hembra no dudó y en cuanto se hubo asegurado de mi marcha se lanzó hacia los peces y arrancó uno. Fue lista. Cogió uno de tamaño mediano de la rama que más tenía, pensando que no lo echaría en falta. Se largó deprisa, de vuelta a su refugio, y estuvo agazapada entre la vegetación, abrazando el pez contra sus tetas enormes, esperando a ver si yo llegaba para reclamarle el precio.

No fui en aquel momento, claro: ya tendría tiempo para cobrármelo. La tuve monitorizada toda la mañana y buena parte de la tarde, con su carita de niña bien permanentemente en pantalla mientras yo disfrutaba de mi helado de vainilla y repasaba el papeleo de los derechos de exhibición: una auténtica pesadilla, viejo. Por lo que nos ha costado la maldita isla, ese político amigo tuyo podría habernos ahorrado un poco de burocracia. Fiscal o tropical, en todos los paraísos suele haber alguna serpiente. En fin, que le vamos a hacer…

A media tarde empezó a devorar el pescado. Habría decidió que yo no iba a aparecer y se sintió segura. Me quedé un rato en el butacón, viéndola hundir la cara en carne cruda de pez con mucha menos repugnancia que el día anterior. La dejé acabar, viejo. Incluso le di una hora para beber y disfrutar de un estómago lleno antes de salir a buscarla.

Llegué de nuevo haciendo ruido y de nuevo se escondió. En el mismo sitio. De nuevo, cuando estaba más cerca, me paré como si hubiese oído algo. Pero esta vez la miré y empecé a avanzar hacia ella. Salió corriendo y yo detrás, tranquilo.

Llegó jadeando a la playa del suroeste, la que está marcada con un cinco en el mapa satélite que te envié. Se volvió a ver si la seguía. La dejé que pensara por un rato que había escapado antes de salir de la espesura. Echó a correr, siguiendo la línea de la costa, porque yo le cortaba el escape hacia la seguridad del interior de la isla. Corrimos en paralelo mientras me iba acercando, poco a poco. Intentó cambiar de trayectoria, regatear, pero no es lo bastante rápida ni ágil para esquivarme. En cada amago me acercaba un poco más, hasta que pude oler el dulce aroma de la hembra acorralada.

El mar fue su último refugio; una huída desesperada sin posibilidad de éxito mientras yo ya iba directo a por ella. Su par de flotadores y esas caderas anchas que tiene, tan femeninas, no fueron la mejor ayuda contra el empuje del océano. El agua apenas le cubría el ombligo cuando la agarré por la cintura y me la eché al hombro, de vuelta a la playa.

Pataleaba como una loca, viejo. Intentaba darme un rodillazo, así que en cuanto llegué a lo orilla la lancé al suelo. Verse cayendo de cara contra la arena mojada la pilló por sorpresa, y no le di tiempo a recuperarse. Me tiré sobre su espalda para volver a aplastarla por segunda vez desde que llegó a la isla. Las olas seguían descargando su último aliento a nuestro alrededor; unos pocos centímetros de líquido que iban y venían siguiendo el latido de la marea, amenazando con introducir su coktail de agua y salitre en su cabeza aplastada contra la arena.

Ella forcejeaba, gimiendo un «!Suéltame, suéltame! mientras escupía su último sorbo involuntario de eau d’mare.

—¡Basta! —grité—. Ahora vas a escucharme, preciosa.

—Suéltame… Por favor… Deja que me vaya —me suplicaba mientras empezaba a gimotear.

—La comida no es gratis, preciosa —le dije con voz tranquila—. Ahora vas a pagar en carne, como una buena putita. Pero si te portas bien, estoy dispuesto a follarte ese coñito tan rico en vez de partirte el culo. Pescado por pescado. Tú decides.

Empezó a llorar, pero abandonó la lucha y se quedo quieta. Yo me levanté un poco para liberarla de mi peso y no hizo falta indicarle nada más. Comenzó a darse la vuelta con dificultad bajo mi cuerpo hasta que quedamos cara a cara.

—Hola, preciosa —le solté cuando la tuve de frente.

Bajé sobre ella e intenté besarla, pero apartó la cara. Le di una bofetada; sin mucha fuerza, ya sabes: cariñosa. Ya tendría ocasión de arrearla en condiciones más adelante. Ahora sólo quería que obedeciera, así que la agarré por la barbilla y volví a saborear sus labios. Forcejeó, negándose a abrirlos, mientras yo seguía intentando forzarlos a base de lengua.

Con la mano libre le había bajado el biquini y le hurgaba el coño con los dedos. Lo tenía mojadito, viejo, realmente empapado. De entrada suave, vamos. Como a ti te gustan. Aunque admito que las olas regándolo cada dos por tres quizá tuvieran algo que ver. El caso es que le saqué los dedos, le agarré el coño y retorcí. Entonces sí que abrió la boca, como si fuera un maldito conmutador: le cierras los labios de abajo y abre los de arriba. Hundí la lengua hasta su garganta mientras su grito resonaba en mi cabeza. Es una sensación extraña en el oído, eso de escuchar los gritos de la hembra que te estas follando como si salieran  de tu propia boca. El caso es que le di un buen morreo mientras me iba colocando entre sus piernas y apuntaba mi misil tierra-coño directo a su entrada principal.

Mirándola a los ojos me separé de ella, dejándola recuperar el aliento mientras hilillos de saliva unían nuestros labios y nuestros corazones como puentes de cristal. Ya se, ya se… tengo alma de poeta. El caso es que se la clavé hasta el fondo, así, de golpe, sin avisar. Pegó un aullido arqueando la espalda mientras mis pelotas rebotaban contra su culo. La dejé saborear un instante su carne de macho en barra antes de sacársela y volver a empalarla de nuevo. Así, como a las zorritas les gusta: seco, duro y hasta el fondo.

Un coñito acogedor, viejo. Calentito y más apretado de lo que esperaba. Y suave. Suave como la boquita jugosa de una quinceañera virgen. Se nota que lo ha pulido bien a base de verga y látex. Me apretaba con dulzura pero con firmeza, bien tonificado, como queriendo retenerme dentro, pegando su entrada a mi poya como si no quisiera dejarme marchar.

Toda ella parece hecha para abrirse de piernas, viejo, para que el macho se le eche encima y la folle a hasta hartarse. A la facilidad de la entrada la acompaña ese cuerpo tan femenino, con su cinturita estrecha y las caderas y la grupa generosamente sólidas. Estaba dándole con todas mis fuerzas, y las envestidas se amortiguaban contra esos muslos rollizos abiertos para recibirlas. De haber sido una de esas modelos esqueléticas le habría desencajado la mitad de los huesos, pero mi hembrita neumática había nacido para que le dieran duro.

Seguía llorando, claro. En silencio y apartando la mirada, como si estuviera en otro lugar. Soltaba un quejidito ininteligible cada vez que me estampaba entre sus piernas. Un sonido agradable, viejo. En un tono grave y no demasiado alto. En la escala perfecta. Ya sabes que no soporto los chillidos demasiado aguados cuando las estoy catando.

Cuando quise darme cuenta nos habíamos movido y estábamos como un metro más fuera del agua. La había ido arrastrando sobre la arena a base de golpe de pelvis y la hembra había aguantado maravillosamente.

Sentí que me venía y me enterré a fondo en sus entrañas mientras separaba bien sus piernas y dejaba caer todo mi cuerpo sobre el suyo. Sus tetas enormes se aplastaban contra mi pecho y yo agarraba su cabecita y volvía a buscar su boca, forzándola de nuevo con mi lengua al tiempo que me corría dentro de su coño. Fue una buena descarga, un bautismo abundante; al menos diez disparos directos a su matriz, mojado sobre mojado, con el mar regando la playa con su espuma como yo regaba el interior de mi nueva montura.

Me tendí a su lado, exhausto, sobando una de sus enormes tetas mientras recuperaba el aliento. Y es que darle a una veinteañera la caña que se merece es agotador, ya lo sabes. Ella miraba hacia arriba, al cielo azul sin nubes, mientras unos lagrimones continuaban cayendo, silenciosos, directos a fundirse con el mar. Tanteaba con las manos entre sus muslos, intentando volver a tapar su coño entreabierto con la escasa tela del bikini. En cuanto lo consiguió, apartó mi mano de un manotazo y se levantó con esfuerzo, comenzando a andar con dificultad hacia la vegetación. Yo continuaba tumbado sobre la orilla.

—Espera, preciosa. ¿No quieres que charlemos un rato? —le solté mientras se iba.

Siguió sin detenerse, así como muy digna, viejo. Aunque se notaba que le escocía.

— ¿Así que follar y punto? Ni siquiera un gracias, ¿eh? Para ti sólo soy un trozo de carne.

Pero ella seguía renqueando hacia la vegetación. Empezaba a entrar cuando le grité:

—Vamos, no te enfades. Puedo darte otra propina. Te dejo elegir el que más te guste.

Se paró. Dejó de internarse en la espesura, pero no se decidía a dar la vuelta. Comencé a andar hacia ella con tranquilidad.

—En serio, preciosa. Te lo has ganado. Sería una pena desperdiciarlo, ¿verdad?

Me acerqué y le puse una mano en el hombro. Tembló como si le hubiese dado una descarga eléctrica, pero no huyó. Comencé a andar hacia el campamento y vino detrás, a poca distancia. En cuanto llegamos señalé el árbol de los pescados y ella se lanzó a por el más grande antes de echar a correr.

Volví a verla hace un rato, en el monitor. Se estaba comiendo el pescado. Supongo que las emociones del día la habían dejado sin energía y necesitaba recuperar fuerzas. Ha sido hermoso, viejo, verla meterse en la boca un pedazo tras otro de carne cruda con las lágrimas resbalándole por la mejilla. Pese a su tamaño, una vez le quitas la piel y las espinas, la parte aprovechable del pez se queda en poca cosa, pero en fin… las apariencias engañan. Ya lo sabes.

DIA 7

Tenía planeado un día de descanso, pero ha resultado de lo más interesante. Quizás el más importante para nuestro pequeño experimento.

He pasado la mañana en las instalaciones, atendiendo los mensajes atrasados, controlando a mi hembrita por los monitores y jugueteando con el zoom para grabar algunos primeros planos de ese cuerpazo de viciosa que tiene.

Al principio pensé que hoy era jornada de aseo y limpieza para la señorita. Se ha dedicado a dar un paseo oliendo las flores. En sentido literal, viejo. Se ha puesto a buscar flores, a olerlas y ha arrancado arrancado unas cuantas. Después ha lavado y tendido la ropa: bikini en dos piezas y pareo. No le ha llevado mucho, aunque el bikini tenía incrustada media playa después del repaso que le di ayer.

Se ha dado un buen baño, viejo, magreándose bien las tetas y el culo y rebozándose en el barro como en un balneario francés. Mojado, embarrado y aclarado, para terminar restregándose por todo el cuerpo las flores y las hierbas olorosas que había recogido a primera hora.

Ha convertido la raspa del pescado en un peine y mientras se secaba desnuda al sol iba desenredando todos los nudos de su melena castaña. Fue entonces cuando se me encendió la bombilla, viejo; cuando empecé a captar sus intenciones. Salí corriendo para mi campamento, encendí el fuego, comencé a asar un par de pescados y esperé.

Llegó poco después, limpia, peinada, fragante y perfecta, moviéndose con elegancia pese al escozor que sin duda debía sentir en sus orificios. Venía con una expresión serena, de pobre muchacha desvalida. Apetecible. Esa es la palabra, viejo: apetecible. ¿Qué hombre no querría acercarse a esa criatura y rodearla con sus brazos para protegerla de la absoluta fealdad del mundo que la rodeaba? ¿Qué macho se resistiría al calor de ese cuerpo suave y firme aplastado contra el suyo? En el ansia de poseer está el espíritu de protección: si algo te pertenece, lo cuidas. Un impulso natural del hombre que ella conocía muy bien, porque desde que nacen, las putitas saben usar nuestros instintos contra nosotros, viejo. Ya lo sabes. Es un juego, y ella se limitaba a usar las cartas que tenía.

Pero aguanté. No digo que en el futuro no vaya a salirse con la suya en alguna ocasión, pero esta tarde he ganado yo. Ella sabía a lo que venía, sabía qué quería y sabía que tendría que pagarlo. Y llegaba preparada para pagar lo menos posible. Pero el precio ya estaba fijado, amigo mío. Y no iba a conformarme con menos.

Fui a su encuentro con tranquilidad, deslicé una mano sobre su nuca y la atraje hacia mí. La besé, y en esta ocasión no opuso resistencia. Su lengua jugueteaba con la mía mientras exploraba su boca. La encontré húmeda, caliente; perfecta y adecuada para recibirme. Así que deslicé una mano por su espalda y, agarrándola del pelo, tiré hacia abajo, primero con suavidad y luego con más firmeza. Una retahíla de quejidos lastimeros empezó a surgir de sus labios cuanto se separaron de los míos, y continuó mientras yo seguía tirando hasta que estuvo de rodillas.

—El primer plato, preciosa —le dije—. Aperitivo de crema para abrir el apetito. Una señorita con clase como tú seguro que ya lo ha probado antes.

Me bajé el pantalón y mi verga surgió delante de sus ojos, ya con cierta consistencia. Se quedó mirándola, como bizca, siguiendo con la mirada el badajo que se balanceaba ante su cara. Supongo que estaba maravillada por su tamaño. Es curioso, viejo: la zorrita ya la había tenido dentro dos veces, pero era la primera vez que la veía. Es lo bueno de violarlas, que no tienes que seguir el orden convencional del cortejo.

—Como si estuvieras en el médico. Abre la boca y di Ahhhhh.

Pero ella seguía mirando mi verga, sin escucharme. Empecé a darle toquecitos en la cara con la punta, a restregársela por la boca, por la nariz, por los ojos… Pero mantenía los labios cerrados. Entonces le tiré con fuerza del pelo, echando su cabeza hacia atrás, y le solté una buena bofetada.

—Vas a abrir la boca, zorra. Si crees que puedes venir aquí en plan calientapoyas y largarte sin que te folle es que no eres muy lista.

Levanté la mano, amenazando con volver a descargarla sobre su mejilla que ya empezaba a colorearse. Ella tragó saliva y empezó a separar los labios. Le metí la punta sin dudar, forzándola a abrir más mientras ponía cara de enfado ante lo brusco de la invasión. Tienes que verla, viejo. Está muy graciosa, con esa expresión gruñona y un palmo de carne de macho en barra atrapado entre los morros.

—Eso es. Buena chica —le dije mientras le acariciaba el pelo—. Ahora empieza a chupar y tendrás tu primera leche del día. Y como se te ocurra morderme te arranco los dientes.

Agarré su cabeza con las dos manos y empecé a empujar. Al principio se la metía despacio, con poca profundidad, para darle tiempo a acostumbrarse a tener de nuevo la boca bien llena después de tantos días. Era evidente que tenía experiencia: seguro que ha sido una chupa-poyas desde la adolescencia, desde que comprendió que una yegüita como ella sólo vale para que un macho la monte. Aun así, mi verga es mucha verga y no quería que se atragantara antes de tiempo. Fui despacito, dejándola coger ritmo, entrando cada vez un poco más a fondo mientras mi tronco se deslizaba por esa cueva húmeda y caliente, con su lengua jugueteando a mi alrededor, buscando acomodarse en un espacio demasiado lleno.

Es maravilloso darle carne a una jovencita hambrienta. Es… no sé… un acto de caridad. Las hembras con hambre la comen mejor, viejo. Siempre lo he dicho. Tienen una boquita más jugosa, más obediente, que empieza a salivar antes incluso de que se la metas. La de mi nueva montura era un mar de saliva caliente, que chorreaba en hilos gruesos por la comisura de sus labios rollizos cada vez que mi poya entraba y salía.

Fui ganando profundidad poco a poco, hasta que empecé a notar como mi verga latía con pulso propio. Entonces se la clavé entera. Agarrando con fuerza su cabecita, la estampé contra mi verga hasta dejarla bien enterrada en lo más profundo de su garganta. La mantuve agarrada unos instantes, mientras su premio salía a borbotones e iba a enroscarse en hilos grumosos en torno a su campanilla. Me recreé en las sensaciones de cada disparo, con su nariz clavada en mi vientre y mis huevos acariciándole la barbilla.

Mi descarga la había pillado por sorpresa, viejo. Habiendo cogido ya el ritmo de la follada bucal, la  pobre no esperaba que se la metiera de golpe y tuvo que abrir aun más la boca para intentar coger un poco de aire, pero sólo consiguió que me metiera un poco más en su interior. Empezó a removerse entre mis piernas, empujando con los brazos en un intento desesperado por separarse, pero me mantuve firme en su boca hasta depositar en su garganta hasta la última gota de mi semilla. Cuando la solté salió dispara hacia atrás y empezó a toser con fuerza, escupiendo sobre la tierra seca la saliva acumulada y los restos de mi corrida que no habían acabado en su estomago. La dejé recuperando el aliento mientras me limpiaba la verga con su melena castaña.

—Ha sido estupendo, preciosa —le dije—. Se nota que eres toda una profesional. ¿Qué? ¿Te has quedado con hambre?

Le di uno de los peces asados y un coco partido de propina. Pasó el resto de la tarde en la playa mirando al mar, sentada entre los restos de su naufragio, con el estómago lleno y la mente vagando, aburrida. Sé que mañana volverá a mí a por su ración diaria y creo que lograré que se quede a comer en el campamento. Volveré a follarla por el coño, pero esta vez con más suavidad. He pensado dejar su culo para más adelante, cuando la tenga más domada. Volveré a partírselo en dos o tres semanas. Mientras, la follaré a diario y haré que me la chupe hasta que se acostumbre al sabor de mi verga. Quizás amage un par de veces con sodomizarla, ya veremos.

En fin, viejo. Es todo por ahora. Te mando mi registro de seguimiento de esta primera semana por la conexión vía satélite. Los videos y el papeleo irán de vuelta en el submarino de abastecimiento del martes. He marcado en la tabla de tiempos los momentos más interesantes para que les eches un vistazo, aunque insisto en que debemos empezar a plantearnos alternativas para una transmisión en directo.

Por cierto, no sé si ya irá incluido en la carga, pero asegúrate de que los suministros incluyen artículos de higiene femenina y algo de ropa para ella. Ya buscaré una excusa para justificarlos: un contenedor caído de un carguero, o algo así. Y unos bombones; belgas, si puede ser.

Bueno, amigo. Hasta pronto. Volveré a conectar la semana que viene para enviarte los registros actualizados. A este ritmo creo que el proyecto acabará al menos un mes antes de lo esperado, así que tendrás las instalaciones disponibles para empezar con el segundo espécimen. Y no te preocupes. Si crees que estás mayor para tanto trajín, me ocupo yo también de la próxima.

– continuara-

Escritor de Invierno

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