Perdida (IV)- Sodomía, libertad y un látigo casero

La vida… ¡Ah, viejo, la vida! Son los detalles, los pequeños detalles. Ya sabes: cuanto más pequeños, mejor. Es preferible forzarlos un poco para que se adapten a ti como un guante a que queden holgados desde el principio.

Nada impide disfrutar esos paréntesis de placeres sencillos entre nuestras obligaciones, de un cómodo sillón y la abrasadora sensación del vodka frío bajando por la garganta, con la suave melodía de Rigoletto en el hilo musical mientras esperamos a que se termine de codificar el registro semanal de nuestro humilde experimento de Optimización del Proceso de Doma de Hembras, prueba 1—A.

Ese viejo bufón jorobado, italiano de los de antes, lo tenía muy claro. La donna è mobile, viejo: cíclica, inconstante por naturaleza, previsible en su imprevisibilidad… Por muy domada que esté nunca debes olvidar que en el fondo sigue siendo una fiera salvaje. Puedes amaestrar una loba, ponerle una correa y sacarla a pasear; puedes hacer que se acurruque a tus pies en el sofá, pero si le permites olvidar quién es su dueño corres el riesgo de llevarte un buen mordisco.

Constancia, viejo. Esa es la clave: la constancia. La domesticación nunca termina: es una forma de vida. Como pez desmemoriado, necesita que le recuerde día a día, hora a hora, que te pertenece.

Ha sido un error… Un pequeño error por mi parte. La chica prometía; su actitud me hizo dudar. Durante algún tiempo llegué a pensar que te habías excedido con la planificación, que ese viaje de ida y vuelta que supone la segunda fase de nuestro experimento no era realmente necesario. Pero lo era.

La rutina es el problema, la cotidianeidad. El día a día hace que las hembras olviden que son una propiedad, y a nosotros nos hace bajar la guardia. Y cuando la perrita vuelve a creerse loba te acaba clavando los dientes. En mi caso llevábamos una semana charlando demasiado. Demasiadas comunicación insustancial y civilizada, mucho blablabla. Le permití olvidar que su boca está destinada a menesteres más importantes. Un preocupante exceso de camaradería por mi parte. Cometí el error de construirle algunos juguetes artesanales, de regalarle chucherías «de la isla», y acabó atreviéndose a pedirme más. Y yo me dejé llevar, amigo mío. Ya sabes que sólo soy un joven romántico que aspira a imitar el temple acerado de tu mente analítica.

A un animal bien domado se le puede abrir la jaula sin temor a que se escape, pero a la hembra aún le queda un largo camino por recorrer. Se mostraba tan entregada y complaciente que me relajé y a la primera oportunidad intentó escapar de mi lado. Llegó a creer de verdad que volvería a su vida anterior. Cómo si aún tuviera una vida a la que volver.

La corregí, claro. Con severidad. Y lo mejor es que no fue por iniciativa mía.

Los próximos días van a ser duros para  la pobre. Muy, muy duros. Voy a aumentar la intensidad hasta que esté bien domada. La próxima vez que le ponga la galleta sobre el hocico, mi perrita se aguantará las ganas de morderla.

DIA 50

La octava semana del experimento comienza con la hembra en clara progresión por el camino marcado, aunque teniendo en cuenta el impulso que viene recibiendo por retaguardia no es de extrañar que avance tan rápido.

Durante la exploración médica diaria pude constatar que apenas quedan marcas de su iniciación con el látigo. Su capacidad de recuperación cumple nuestras expectativas. Es notable la facilidad con que se ha acostumbrado a la disciplina física regular, la rapidez con la que he podido sustituir la mano por algunas herramientas artesanales. Ya la tengo acostumbrada a esa correa hecha con la piel seca de una morena. El látigo de lianas, en cambio, acabó destrozado: lo hice poco apretado para no dañar en exceso la piel, y acabó deshilándose tras el primer uso. No tengo ganas de perder otra tarde trenzando uno nuevo, así que, de momento, sólo lo ha probado una vez. Más que suficiente para que aprendiera a tenerle un respeto casi religioso.

Llevaba unos días de disciplina bastante leve: apenas la azotaina diaria de mantenimiento para calentarme la cama y algún que otro redoble de bongos para corregir con terapia musical la terquería y malos humos ocasionales de sus ciclos femeninos. Pero esta mañana tuve que aplicarle un castigo más prolongado, pero sólo porque me gusta sentir su cojín de carne calentito y suave mientras la estoy sodomizando.

Le di por el culo dos veces seguidas, sin sacarla, porque los días que está contestona son ideales para abrirle la retaguardia. Cada vez gimotea menos; o al menos lo hace en un tono menos estridente. Y apenas tuve que forzarla para que me la lamiera hasta dejarla lustrosa: no parecía que le gustase mucho, pero un buen culo—a—boca de vez en cuando es necesario y ayuda a que la hembra se esmere en su higiene personal.

Sé lo que estarás pensando, viejo: un régimen disciplinario tan suave es consentirla demasiado. Y tienes razón. De hecho, esta misma noche quise volver a encularla; ya la tenía a cuatro patas cuando me suplicó que no lo hiciera, así que la puse mirando al cielo estrellado y se la metí entre las piernas. Estuvo colaborativa, agradecida incluso. Van cinco veces que indulto su retaguardia. Entre eso y que no le doy todo lo que debiera, se está malacostumbrando a tenerla cerrada.

Pero no creas que la dejé tranquila. Librarse de la enculada debió darle confianza y estuvo revoltosa el resto de la velada. Para asustarla un poco cogí una de las guindillas de nuestra pequeña despensa, una de las muchas especies que nuestro equipo botánico plantó mientras planificábamos el experimento y que tan buen resultado están dando en la cocina diaria y en otros menesteres. Amenacé con metérsela entre las nalgas para darle un poco de chispa lo que quedaba de noche. Al final no lo hice. Sí, sí, lo sé: me estoy volviendo un blanco. Pero no estaba seguro del efecto que podía tener y no quiero que me escueza la próxima vez que le dé por detrás.

Lo que sí le metí fue el termómetro. Otra de sus rutinas diarias. ¿Recuerdas cuando “encontré” el maletín médico y la obligué a seguir revisiones regulares? ¡Cómo se revolvía las primeras veces! Hoy ni se ha quejado: como no le he abierto ni condimentado la retaguardia no le dolió. Nunca lo hizo, claro, teniendo en cuenta lo que ya le había entrado; pero las primeras veces la hembra aún creía tener cierta dignidad que conservar.

Si seguimos midiendo su temperatura con regularidad, con los registros previos de su ginecólogo y un poco de ayuda del ordenador, pronto tendremos un patrón preciso de sus ciclos de receptividad sexual. Además, estos reconocimientos médicos diarios refuerzan mi imagen de cuidador en su subconsciente. Después de las exploraciones queda muy suave. Nunca hay que menospreciar los beneficios añadidos.

Deberíamos estudiar la posibilidad de provocarle una pequeña enfermedad, o algún tipo de irritación, para darle un motivo para mostrarse agradecida por los cuidados, o como excusa para ir a buscar medicinas al «sitio secreto». Unos días de vacaciones para mí, ya sabes.

DIA 51

(sin registros)

DIA 52

Viejo, viejo… ¡Suerte tienes de que sea yo quien lleva a cabo nuestro pequeño experimento! No es trabajo es para ti, amigo mío; demasiado movido para un hombre de tu edad con ese corpachón de oso polar.

Estoy cansado, viejo. Agotado es la palabra. Deporte exigente, la natación; prefiero el yate. No hace falta que sea de motor: un verdadero hombre, con un velero, aprende a domar el ímpetu fogoso de la marejada con la caña del timón en la mano. Creo que cuando acabe mi trabajo en esta isla tropical me tomaré unas pequeñas vacaciones, una escapadita a medio trapo bordeando la Costa Azul con Ivanna tomando el sol desnuda a proa.

Pero me adelanto, como siempre. Empecemos por orden, recuperando el registro que no pude completar ayer.

Empezó de manera rutinaria: unos cachetes mañaneros para desperezarla seguidos de un buen trabajo con sus tetas durante el desayuno. Ha adquirido una notable habilidad con la verga entre sus melones: aprieta bien y se mueve a ritmo de salsa. Consciente del gran talento delantero que posee, prefiere tenerla en su canalillo apretado antes que en el resto de orificios.

Mi corrida coincidió con el aullido de la sirena del barco. Tardé un instante en darme cuenta de que no había sido el ímpetu de mi descarga lo que hizo que los pájaros de toda la isla salieran en desbandada. La hembra se percató antes. Seguía con mi verga chapoteando entre sus tetas, pero su atención no estaba centrada en el gran asunto que tenía entre manos, sino en el océano, oteando el horizonte.

Antes de que me diera tiempo a reaccionar ya había cogido una rama ardiendo de la hoguera y corría hacia la playa agitándola para que la vieran desde aquel enorme pesquero gris sucio aparecido para quebrar la estampa de postal de nuestras paradisíacas vistas. Yo me quedé allí, con las últimas gotas de mi semilla desperdiciándose sobre la arena caliente. Tendré que castigar a la hembra por haberse levantando de la mesa antes de terminar el desayuno. En fin.

Te ahorraré los detalles, viejo. En el barco vieron a esa maciza medio desnuda dando brincos sobre la playa agitando una antorcha con las tetas al aire y no tardaron en enviar una lancha para recogernos. Antes del mediodía ya estábamos a bordo, de vuelta a la “civilización”, con el generoso cuerpo de esa hembra estupenda oculto por primera vez en casi dos meses, los ojos de nuestro género privados de su contemplación por la basta lona amarilla del mono de pescador que el idiota del capitán había tenido la amabilidad de ofrecerle para disgusto de sus hombres.

El capitán de nuestros rescatadores, rudo y caballeroso hombre de mar, también ofreció a la dama su camarote. Él vendría a dormir conmigo y los demás en el común que, no sé por qué, intuía iba a estar bastante concurrido.

—No se preocupe, capitán —le dije—. Jennifer y yo nos apretaremos un poco y así tendrán más sitio.

Ya sabes, viejo: amabilidad ante todo.

Pero ¡ay, amigo!: la hembra. Traidora, voluble en su género, olvidó enseguida quién era su dueño. Insistió en tener el camarote para ella sola. El verse de pronto rodeada de hombres en alta mar le daba una nueva y ridícula seguridad. No estaba tan domada como yo creía. Culpa mía, por partirle el culo con cariño. No se puede ser tan bueno.

—Cuidado, Jennifer —le diría esa misma noche—: el karma es un socio traicionero. El Destino quiere que estemos juntos.

Respondió bajito, sin alzar la mirada, intentando al menos parecer avergonzada ante su propia traición. Me dijo que me entendía. Que entendía que después de tanto tiempo solo me hubiese mostrado tan impetuoso al tener de nuevo compañía. Me perdonó, viejo. No iba a denunciarme. Pobrecita. Demasiado patética como para ser cómica.

Volví a abordarla a la entrada de su camarote cuando iba a acostarse. Me ofrecí a ser cariñoso, a tirármela por las buenas. Para que luego digan que no comprendo los sentimientos femeninos.

—Ha sido un día de muchas emociones, Jennifer. No hace falta que pongas el culo si no quieres.

Pero volvió a negarse, viejo. Darle una segunda oportunidad de comportarse como debe es una pérdida de tiempo. ¡A lo que tengo que rebajarme para no castigarla! Pero se acabó: de ahora en adelante, cada desobediencia llevará aparejada su sanción correspondiente. Sin segundo intento. Sin excusas.

—Cuidado, preciosa –la avisé—. Eres mía, ya lo sabes. Estás jugando con el orden natural de las cosas.

La agarré por la nuca, con suavidad, y la atraje hacia mí plantando mis labios sobre los suyos para robarle un beso cariñoso que decantase la balanza de esa lucha interna entre la esmerada educación de caza—hombres independiente y el sabio instinto que intentaba recordarle que ella pertenecía a su macho. Se resistió con timidez, hasta que eché mano a sus nalgas e intenté colarme entre ellas. No estuve fino, porque tras tenerla todas estas semanas prácticamente desnuda me falta algo de costumbre a la hora de lidiar con tanta ropa. El grueso mono de pescador resultó no ser la vestimenta más adecuada a la hora de acceder a sus orificios.

Así que mientras estaba liado bregando con tanta tela, a nuestra gatita, zorrita, yegüita, perrita o cualquiera que fuera el animal elegido para mi última metáfora, le dio tiempo a inclinar la balanza de su mente para el lado incorrecto y sacar de nuevo las garrar. Me soltó una bofetada, viejo. Sí, lo sé. ¡Indignante! Las mejillas sonrosadas son para las niñitas pizpiretas que recorren su camino de baldosas amarillas en busca de un ente superior y masculino que les dé lo que necesitan.

Durante un instante casi me enfadé. Por puro instinto mi mano derecha se levantó alzándose sobre mi hombro izquierdo, los dedos extendidos y relajados, dispuestos a recuperar el orden natural de las cosas practicando el revés cruzado sobre los pómulos de pronto temblorosos de la hembra. Ella se encogió, sus ojos enormes fijos en mi mano. Al menos tuvo la decencia de no armar un escándalo y se quedó petrificada, esperando la reprimenda inevitable, mientras yo inspiraba profundamente una vez, y luego otra, y bajaba la mano recuperando el control, dispuesto de nuevo a seguir con el plan trazado. Mi justa expresión de reproche transformada en la mirada decepcionada del profesor ante una alumna que no se esforzaba por aprender.

—Como quieras, preciosa —le dije—. Hemos terminado. Espero que no tengas que lamentarlo.

Y sabes qué, viejo. Al final lo lamentó.

Así acabó el primer día de la hembra fuera de su hábitat, yéndose a dormir sin nada entre las piernas. Indignante, lo sé; contranatura.

Esta mañana se levantó tarde. Le cuesta poco volverse holgazana. Tendré que estar encima de ella constantemente.

Al salir de su nuevo camarote vio la tormenta amenazando en la lejanía. El capitán nos avisó de que tendríamos que dar un rodeo para esquivarla: tardaríamos un poco más en llegar a puerto.

El resto de la jornada fue una excursión de alcohólicos anónimos a una cata de vinos. Una recaída en toda regla. Nuestro espécimen femenino, creyéndose libre de la posesión de su macho, tardó poco en volver a su comportamiento anterior de calientapollas. Está claro que necesita un tratamiento de choque para paliar esas tendencias perniciosas.

Se ha pasado el día coqueteando con la tripulación, viejo. En particular con un muchachito —portugués, ¿verdad?—, un balbuceante brumetillo de agua dulce poco acostumbrado a tratar hembras de ese calibre, pero que al menos hablaba un poco de inglés. El resto de pescadores era menos políglota y más acostumbrado a visitar burdeles en puertos de los siete mares: sabían disimular el palo mayor. Pero la hembra es mucha hembra, incluso para un marinero curtido, y disfrutaba recuperando su antiguo poder de ofrecer sin intención de dar, mirándome con discreción mientras lo hacía, con su sonrisita de niña ingenua y virginal. ¿Sabes? Creo que intentaba ponerme celoso.

Yo vigilaba desde la distancia, que al fin y al cabo es una de mis obligaciones. No le quité la vista de encima mientras ella posaba la mano sobre el hombro del muchachito y se apoyaba recargando la delantera sobre su costado, muy atenta a las explicaciones entrecortadas sobre los usos y aparejos de la pesca mayor. En una de sus miradas furtivas le devolví la sonrisa con una dosis extra de cinismo; un pequeño aviso por mi parte que la dejó pensativa durante un instante antes de recuperar con naturalidad su papel de pendón náutico.

Esta noche no insistí. El ocaso llegó oscuro, cerrado como las piernas de la hembra. Sentimos llegar la tormenta, primero en la lejanía, luego descargando un aguacero encima mismo de nuestras cabezas. El barco empezó a rolar. El muchacho acompañó a la hembra hasta la puerta del camarote del capitán y la empujó dentro con suavidad, advirtiéndole de que no saliera, por su seguridad.

Ya era noche cerrada cuando el mismo muchacho me vino a buscar y fuimos juntos a por la hembra. En cuanto abrió, el chico, entre gestos nerviosos muy logrados, se olvidó de su inglés rudimentario y empezó a balbucear en su idioma.

—¿Qué dice? —preguntó la hembra, mirándome.

Volví a sonreír con ironía:

—Dice que la tripulación ha caído al agua y que el barco está empezando a zozobrar.

Salimos a una cubierta barrida por la tormenta, sin rastro de la tripulación. Costaba mantenerse en pie, ya sabes, con el viento, y el suelo empapado e inclinado a babor. La hembra se agarró a mí con fuerza y avanzamos bien juntitos hasta la balsa de salvamento.

El muchacho nos bajó hasta el agua. Le esperamos. Nunca llegó. Oímos el grito y después, nada. Todo muy melodramático, viejo: ya sabes que hay algo que asusta más que un alarido de puro horror, y es el silencio que viene después.

Quedamos a la deriva en la pequeña barca hinchable, contemplando cómo el casco inclinado del pesquero iba encogiéndose en la distancia al ritmo de los fotogramas irregulares que marcaban los relámpagos. Empezamos a remar en la oscuridad, y remamos y remamos durante horas hasta que vimos, a lo lejos, la silueta más oscura de la tierra sobre el cielo nocturno.

Estábamos cerca cuando el bote de emergencias empezó a hacer aguas. Tuvimos que recorrer a nado el último capítulo de nuestra breve odisea náutica. Algo realmente agotador, viejo. Y yo me pregunto: ¿era necesario?

En fin, que pisamos tierra y nos tendimos agotados sobre la arena húmeda de una playa tropical, bajo un cielo ahora claro y lleno de estrellas. Empecé a reírme a carcajadas hasta que me dolió el estómago.

—¿Ves lo que has conseguido, preciosa? El Destino, o como lo llames, ha decidido que sólo puedes ser mía o de nadie. Pero ya me he cansado de intentar que lo entiendas. ¡Hasta nunca!

Me largué en cuanto recuperé el aliento, dejándola allí tirada. Me interné en la vegetación y ella se quedó sola con sus pensamientos.

Supongo que a estas alturas ya se habrá dado cuenta de dónde se encuentra y estará reflexionando sobre la ineludible senda del karma, la voluntad superior o el orden cósmico que determina nuestro futuro, o lo que sea. Tonterías versión New Age, viejo; una moda estupenda. A las que creen en el horóscopo siempre es más fácil partirles el virgo.

DIA 53

Me he tomado las cosas con calma, dedicando el día al difícil arte de ignorar a la hembra.

Después de un buen desayuno y un largo baño en el jacuzzi para quitarme el olor a barco pesquero, volví al campamento con la mañana bien avanzada.

La hembra estaba allí, de vuelta a casa, acuclillada y lloriqueando con la cara oculta entre las rodillas. Alzó los ojos húmedos en cuanto me oyó llegar.

—¡Hola! —me dijo. Parecía ansiosa por soltarlo.

Pasé de largo, muy digno, viejo, ya sabes. Tras todas las ocasiones en las que ella había fingido ignorarme después de que le abriera por la fuerza alguno de sus agujeros, parece que se han invertido los papeles. La diferencia es que ella me ignoraba después de haberla follado y yo la ignoro antes de volver a hacerlo. ¿Ironías del destino o simetrías bien planeadas? Tú decides.

Tras los primeros instantes de desconcierto se acercó buscando la reconciliación. Se arrodilló ante mí e intentó bajarme los pantalones, supongo que para retomar nuestra relación en el mismo punto en el que la dejamos. Iba a apartarla de un empujón, pero recordando sus desaires del día anterior preferí optar por el clásico y bien contrastado estilo del guantazo de proxeneta: un movimiento fluido y ascendente, con el dorso de la mano describiendo un generoso arco de izquierda a derecha que impacta en la mejilla y sigue, sin detenerse, hasta acabar apuntando al cielo como la estampa de un joven Travolta en Fiebre del Sábado Noche.

La dejé arrodillada sobre la arena, con los ojos como platos, las tetas a medio sacar y una mano temblorosa acariciando su mejilla sonrosada, mientras me iba de allí con la cabeza muy alta.

No soy un trozo de carne del que la hembra pueda abusar cuando quiera.

DIA 54

La hembra ha seguido con sus tareas domésticas habituales y le he dado de comer algunas sobras a cambio de su trabajo. Ya sabes: voy a mantenerla, pero desde el mutismo y el desprecio. Los próximos días va a oír poco mi melodiosa voz. Y creo que va a molestarle. De hecho ya empieza a mostrarse un poco alterada, impaciente con la situación provocada por su propia actitud. Al parecer, su nuevo estado de soledad la hace sentirse algo sola.

He permanecido en las instalaciones la mayor parte del día: una pequeña concesión a la comodidad con interludios ocasionales para acercarme al campamento y darle de comer. Nada de chucherías, sólo lo necesario para sobrevivir. O quizás un poco más de lo necesario; prefiero que no adelgace. El hambre de los primeros días y  la dieta rica en proteínas y grasas de pescado azul la han dejado en un punto sabroso, generosa de ubres y caderas y fibrosa en la cintura. Me aseguraré de que se mantenga así en el futuro.

Ella suplicaba que le hablara cada vez que iba a controlarla. Se arrodillaba a mi lado, con su mirada suplicante de niña de parvulario a punto de echarse a llorar. De lo más tentador, no creas. Pero un hombre debe conservar su honra, hacerse de rogar el tiempo que sea necesario. ¿Qué somos? ¿Objetos? No. Ella volverá a arrodillarse con mi verga en la boca, sí. Pero será cuando yo lo estime oportuno.

Imploraba perdón toooodo el rato. Bla, bla, bla. Así por la mañana, tarde y noche. Los pocos momentos en que hemos coincido convertidos en una súplica constante, con amagos de lloros y llantos descarados, amén de alguna escena propia de telenovela venezolana. La hembra, como ya sabíamos, es un animal fuertemente social. Tras un par de días disfrutando de su independencia y ante la perspectiva de toda una vida en soledad, empieza a descubrir que a veces es mejor mal acompañada.

Nuestro último encuentro fue más tranquilo, más… racional. Yo comía sentado junto a la fogata cuando se arrodilló a mi lado, muy formalita, ya sabes, al estilo oriental: rodillas juntas, espalda recta, las manos sobre el regazo y el rostro alzado, serio, fijado en mí durante unos instantes antes de empezar a hablar:

—¿Qué tengo que hacer para que me perdones?

Yo acabé de comer. Se mantuvo en silencio.

—Nada. No puedes hacer nada, preciosa. Tu problema es la actitud. Tienes que elegir: aprender a sobrevivir sola o aprender a aceptar tu destino.

Siguió insistiendo, claro. Es tenaz. Buscaba alternativas de reconciliación, de nuevo con su cháchara constante, en un tono más tranquilo del habitual pero igualmente molesto. Llegué a dudar de si esa irritante retahíla de protestas y peticiones le salía de modo natural o si me estaba provocando adrede para lograr que le cerrase la boca por el expeditivo método de meterle la verga hasta la garganta. Y ganas no me faltaron, viejo, porque ya me dolían los oídos y ella seguía y seguía, incansable, con esa capacidad para aguantar que la hace tan apreciable para mí, pero al mismo tiempo tan molesta cuando intenta usarla en su propio beneficio. Porque la hembra puede ser difícil de tratar cuando está en plan salvaje, pero te juro que es realmente insoportable cuando trata de ser racional.

Viendo lo inútil de sus esfuerzos, hizo algo que me gustó, y que indica que va por el buen camino pese a su reciente recaída. Ella misma se bajó las bragas hasta las rodillas y se tendió sobre mi regazo con el culo en pompa.

—Vamos. Desahógate —me dijo—… por favor.

Admito que me gustó su espíritu de entrega. Y de buena gana le hubiera coloreado las nalgas. Pero ya sabes que no me gusta que me den órdenes, y mucho menos criaturas inferiores. Así que me levanté con ella aún sobre mis rodillas y su bonito culo se llevó un golpe, sí, pero contra el suelo. Se quedó mirando desde allí abajo.

—No soy yo quien necesita azotarte, Jennifer –le recriminé—, sino tú quien necesita los azotes. Y no los mereces. Ni siquiera los pides como Dios manda. No vale la pena esforzarse contigo. Limítate a comer y a existir.

Volvió a arrodillarse, suplicante. Se agarró de la cintura de mi bañador e intentó bajarlo para hacerme una mamada. Estaba ansiosa. Quería verga. Tenía hambre de macho, hambre de un propósito frente a la perspectiva de una vida sin sentido ni compañía. Volví a cruzarle la cara de una bofetada. Sin tonterías: seca y directa. Le di con ganas, viejo. Se le saltaron las lágrimas. Puede que me pasara un poco, lo sé, pero supongo que le debía una por el bofetón que me dio en el barco y a veces el subconsciente juega esas malas pasadas. Pero ya sabes lo que dicen: mejor pasarse que quedarse corto.

—¡No! significa ¡No!, preciosa —le solté mientras me marchaba del campamento envuelto en mi halo de dignidad—. No tienes derecho a mi polla. Yo no te debo nada.

Es jodido, viejo, eso de la dignidad. Cuando se trata de hembras, la dignidad suele provocar dolor de huevos. Es el precio a pagar por castigarla con el látigo de mi indiferencia.

Dejaré el otro para más adelante.

DIA 55

He seguido ignorando a la hembra, esperando, según el plan establecido, que ella misma se venga abajo de modo natural, sin forzar la situación.

Limité el contacto al mínimo imprescindible. Durante la mañana me dejé ver entre la maleza en un par de ocasiones. Ella vino a mi encuentro, claro. Pero para cuando llegó ya me había escabullido. Seguí jugando al escondite y a la hora de almorzar logré que saliera del campamento para buscarme. Aproveché el momento para dejarle algo de comida, que supiera que había estado allí. Que intuyera la presencia de su hombre. Si no fuera por la humedad tropical de este sitio hasta me plantearía disfrazarme con una sábana con agujeros.

Al caer el sol fue a su cascada particular a darse un baño. Me acerqué a observarla in situ, porque cuando se trata de vigilar especímenes femeninos siempre es mejor la observación directa, ya sabes, la magia del espectáculo en vivo. Creo que ella se sentía observada, con ese instinto especial que posee su género que demuestra que fue creado para nosotros, con el propósito fundamental del goce estético; vamos, que el cuerpo de la mujer está para que lo disfrutemos. Ese instinto debió activarse, y empezó a montar el espectáculo, a coger posturitas de ducha porno, a frotarse a dos manos los pechos enjabonados y turgentes con los pezones jugueteando entre los dedos, a arquear la espalda mientras se inclinaba despacio, muy despacio, hasta quedar con el culo en pompa apuntando en mi dirección, ofreciéndome a la vez esos orificios que llevan ya tantos días cerrados. Porque en el fondo la hembra desea abrir los ojos a la nueva realidad.

Tras la ducha me encontró en el campamento preparando la cena. Venía limpia, perfumada y cariñosa, e intentó congraciarse de nuevo por la vía directa de arrimar delantera.

—Por favor —murmuraba.

La aparté con delicadeza y me fui. Se quedó mirando como desaparecía y se puso a comer en silencio y sola. Empezó a llorar, tranquila, sin aspavientos. Lloraba y comía y siguió con los ojos brillantes durante un buen rato cuando hubo acabado. Paseó por la selva a oscuras, acariciando el collar con forma de corazón que reposaba entre sus tetas. Llegó a la playa donde descansaban los restos tan bien montados de su primer naufragio. Se sentó en la arena a mirarlos en silencio. Allí sigue.

Creo que ya está preparada para pertenecerme. La próxima vez que mandes un barco a buscarnos, no habrá problemas.

DIA 56

Está escrito en el prólogo de una novela romántica que a las mujeres hay que ir a visitarlas con el látigo en la mano. Sabia verdad ésta que, para variar, viene de la mano de una escritora sincera.

Nuestra hembra, en cambio, ha superado dos décadas de existencia sin conocer la verdadera disciplina, pero su ignorancia no conocerá una tercera. Tras semanas madurando, hoy al fin mis esfuerzos han dado sus frutos.

¡Ah, el látigo! El primer instrumento creado por el hombre capaz de romper la barrera del sonido. El mando a distancia de las féminas desobedientes, cuyos cuerpos de agradables curvaturas parecen hechos para que la fina cola se enrosque en ellos entre chasquidos de admiración.

¿Cuánto hace ya que la hembra conoció por primera vez la experiencia? Un par de semanas, creo. Quizás algo más. Te mandé el video junto con el seguimiento diario. Espero que lo hayas revisado, viejo, porque si yo me tomo la molestia de cubrir tantos registros es para que tú, al menos, te tomes la de repasarlos.

Estaba asustada aquella vez, claro. Y eso que no era un látigo de verdad, de cuero reforzado, sino un artilugio vulgar hecho con plantas trepadoras de la zona. Recuerdo que cuando era un muchacho los hacíamos con la uncia que alfombraba el suelo en las fiestas religiosas de principio del verano. Hacía calor y las chicas sonreían cuando las atrapabas por la cintura con tu látigo de hierba. La hembra, en cambio, temblaba, pero permanecía sentada y expectante, los ojos fijos en mis manos que trenzaban tres finos manojos de tallos verdes y flexibles al tiempo que le iba explicando el proceso.

—Como la trenza de colegiala de un colegio católico —le decía.

Lo dejé reposar un rato colgado de las ramas, bien a la vista, antes de estrenarlo. Sólo lo usé una vez, porque entre que llevo años sin construirlos y que no quería hacerlo demasiado compacto, acabó desecho tras aquella primera sesión. Pero pese a lo efímero de su uso, el efecto fue tan grato como satisfactorio.

Me veía construyendo otro para darle a la hembra la oportunidad de redimirse, yendo a su encuentro con él en la mano, pero no ha podido ser. De hecho, siendo justos, ha ocurrido todo lo contrario.

Esta mañana estaba tímida, apagada… casi me atrevería a decir que pensativa, en la medida que tal cosa pueda considerarse posible. Aceptó la comida con un «gracias» bajito, sin insistir, sin intentar bajarme los pantalones.

Después desapareció. No la volví a ver hasta bien entrada la tarde. Una pérdida visual, desde luego, pero una ganancia auditiva.

Cuando volví a oírla venía bañada y perfumada. Se acercó despacio, felina, meneando las caderas. Arrodillándose ante mí, me ofreció el látigo con lágrimas en los ojos. No hubo palabras, viejo. Sólo la hembra de rodillas, suplicante, haciendo su ofrenda como la antigua sacerdotisa de una religión tristemente en desuso, rogando para que su dios acepte el sacrificio.

Agarré el látigo. Lo sopesé pasándolo de mano a mano. Buen material: ha debido pasarse medio día recolectando tallos de enredadera finos y largos para conseguir un resultado tan regular. Se ha esforzado en que cada lazada quede bien prieta, con el cuerpo denso y redondeado, más fino pero más pesado que el que hice yo, con un mango alargado y mullido, fácil de agarrar. Ha logrado sorprenderme tomando la iniciativa.

—¿Qué quieres que haga con esto, preciosa? —le pregunté.

Tragó saliva. Sus manos abandonaron la pose de ofrenda y empezó a juguetear con los dedos sin saber qué hacer con ellas. Le costaba arrancar. Al fin dijo:

—Lo que tú quieras.

Le acaricié la mejilla con el látigo, cariñoso.

—No. Dímelo, preciosa. Esta vez debes juzgarte tú misma.

Dudaba sin decidirse, con esa tetazas que tanto he añorado estos días expuestas e inmóviles por la respiración contenida. Por un instante llegué a temer que una oferta demasiado baja me obligase a mantenerme en mi postura de rechazo.

—Cien.

Fue apenas un murmullo, una súplica. La hembra se repetía para sí misma su propia respuesta. Bajó la mirada y volvió a subirla, los ojos brillantes llenos de expectación, deseando saber si había aceptado su ofrenda.

Asentí, pensativo. Me hice de rogar durante unos instantes antes de indicarle que se levantara. Ella temblaba de emoción después de haber conseguido lo que quería.

La primera vez que probó el látigo la até al tronco de una palmera, pequeño error que me privó de tener acceso libre a su parte frontal. En esta ocasión me he tomado la molestia de escalar el samán que da sombra al campamento y atar una soga a las gruesas ramas horizontales. Lo dejé bien dispuesto, con el amenazante cabo colgando bien a la vista, para las futuras ocasiones en que sea necesario. Ella me veía hacer, los brazos protectores cruzados sobre el pecho, la atención fija en la preparación de su cadalso particular.

La até de las muñecas, alto, hasta obligarla a quedar de puntillas. Ella se arqueó como pudo ofreciendo las nalgas, pero el látigo voló con un chasquido delicioso y restalló contra su espalda pintando un trazo recto y sonrosado que cruzaba su carne temblorosa desde el hombro a la cadera. Gritó. La primera nota de una melodía agradable. Mi brazo volvió a coger impulso.

Fueron cien, viejo. Ni uno más, ni uno menos. Lo que la hembra necesitaba para aprender de una vez la lección. Me lo tomé con calma y duró un buen rato. Pinté toda una gama de rojo y púrpura sobre la tela firme de su piel. Mi nuevo pincel de dos metros dibujó cien trazos perfectos mientras los dedos de la hembra se agarraban con fuerza a la cuerda que se tensaba cada vez más a medida que sus piernas temblorosas perdían la firmeza.

El látigo repasaba su silueta, se enrollaba en su cuerpo como una culebrilla traviesa, abrazando su cintura, sus caderas, su pecho, ciñéndose a su costado hasta besar con la cola la excelente zona frontal de la hembra. Me divertí perfilando la sensible curvatura del contorno de sus tetas que sobresalía por entre la estrechez de su espalda, probando puntería en sus pezones ocultos, intentando colar la cabeza cimbreante de la serpiente en el triángulo del placer femenino. No lo veía, pero los chillidos de la hembra indicaban mis dianas.

Paseaba a su alrededor, contemplando cómo surgía la obra de arte que mi esfuerzo y talento iban creando en esa piel suave y bronceada. Acariciaba su cuerpo marcado y comprobaba el estado de humedad de su entrepierna: ya sabes que no me gusta que estén demasiado mojadas cuando las castigos.

La azoté alguna vez de frente, para que pudiera contemplar con sus propios ojos lo depurado de mi técnica, para que sintiera sobre la carne generosa de sus ubres el efecto del látigo sin ser atenuado por la curva de su costado. El sonido era magnífico; los aullidos, deliciosos, de loba herida, uno tras otro, pagando con pereza la deuda contraída.



Llegué a cien. Me acerqué a su espalda y respiré sobre ella. Sollozaba en silencio colgando de la soga y empezó a temblar cuando mis dedos recorrieron los caminos trazados sobre su lomo. Agarré sus tetas a dos manos, apretando esa carne densa y macerada. La atraje hacia mi cuerpo para que la hembra pudiera sentir entre sus nalgas la dureza que su sacrificio había logrado provocar. La misma que muy pronto iba a empalarla.

La liberé de la soga y cayó de rodillas, agotada, agarrotados sus muslos, el cuerpo dolorido buscando una postura soportable. Se inclinó hacia adelante hasta que su frente tocó la arena. Arqueó la espalda. Las manos libres buscaron sus nalgas recién marcadas y las separaron para mí.

Se la clavé en el coño, viejo. Profundo y cálido. Acogedor. Algo hinchado. Húmedo sin pasarse, como debe ser. Entré acompañado por un gemido ahogado de la hembra. Empecé duro, con estocadas secas que retumbaban. Puse a prueba su elasticidad. Entraba y salía de ella en un largo recorrido, dejándola sentir mi extensión en su interior en medio de los empellones. Las tonificadas paredes de su gruta de carne se entregaban a mi placer masajeando mi verga, cerrándose sobre ella cada vez que la hembra recuperaba la añorada sensación de sentirse llena de su macho.

Empecé rápido y duro, pero fui suavizando el ritmo poco a poco, mientras separaba sus nalgas y empezaba a lubricarla a base saliva. Exploré la entrada de servicio sintiendo en las yemas de mis dedos como mi verga recorría el pasillo anexo. Ella lanzó una leve protesta al sentirse ocupada por sus dos orificios, pero no levantó la cara de la arena. Decidí que ya era hora de redescubrir los cálidos placeres de ir contra la naturaleza.

Fue un salto limpio, de diez. Salí del coño y al siguiente viaje, directo al culo, sin avisar. La hembra soltó un alarido mientras mi verga la perforaba deslizándose despacio. Sigue estrecha, viejo, casi tan apretada como el primer día, pero ha aprendido a dejar que le entre sin oponer resistencia, a aguantar. Me abrí paso en su interior poco a poco, dilatando su conducto a golpe de verga, con mi montura soportando la penetración forzada con las uñas clavadas en la arena pero sin perder en ningún momento su postura de ofrecimiento.

Fue una gran cabalgada, amigo mío. El primer galope auténtico para una yegua recién domada. Le di con profundidad, una y otra vez, y otra, y otra, al ritmo de sus respiraciones, azotando sus nalgas marcadas con una mano y agarrando su melena castaña con la otra, redescubriendo el primitivo arte de la monta a pelo de la hembra pura.

Exploté inundándola con la lechada retenida durante días, y seguí percutiendo su retaguardia mientras del círculo dilatado y ocupado por mi verga empezaba a rezumar mi semilla por la fuerza del bombeo y una gota blancuzca surgía del pozo de los deseos e iba a perderse entre sus piernas temblequeante.

Y es que seguía duro, viejo; como una piedra. Así que continué con la sodomía, con mi pistón chapoteando en su conducto recién untado con mi propio lubricante, con mi hembrita aguantando el roce continuo de una segunda ronda que, minuto a minuto, iba calentando su interior ya dilatado y sensible hasta convertirlo en un horno que poco después volví a inundar con una descarga tan abundante como la primera.

La descorché con un buen azote y la dejé allí, con el culo en pompa y el ano abierto chorreando entre espasmos el espumoso y blanco brindis de nuestra reconciliación.

Se levantó en silencio y arrastró su cuerpo dolorido y goteante de vuelta a la cascada. He visto el video: no fue un baño sensual, no frotó su piel castigada más de lo estrictamente necesario para volver al campamento apetecible y con sus orificios restaurados por el reparador beso del agua fresca.

Cuando volvió, la besé para confirmarle el perdón que tanto había deseado. Estuvo tranquila el resto de la tarde, silenciosa pero relajada. El único problema que ocupaba su mente inquieta era averiguar cómo sentarse para evitar el escozor que invadía todo su cuerpo.

Antes de acostarnos la llamé a mi lado. Mi loba salvaje llegó reconvertida en perrita bien adiestrada, meneando la cola y con la lengua fuera, ansiosas por complacer. Una ligera presión en el hombro bastó para incitarla a arrodillarse. Lo hizo despacio, manteniendo la mirada fija en mí mientras soltaba al viento la tela ligera del top, liberando a mis añoradas gemelas.

Tragó como nunca, viejo, con el espíritu ansioso del polluelo que acaba de romper el cascarón. Toda la longitud de mi carne pasó entre sus labios ocupando en un movimiento continuo su boca, su paladar y su garganta, con la naturalidad de lo que fue creado para encajar. Sus labios se apretaron en torno a mi base y ella empezó a succionar, con su lengua buscando espacio para juguetear en el ocupado interior de su entrada.

La sacó apretando mi carne entre sus labios jugosos, acariciando con ellos cada milímetro brillante de mi piel que iba abandonando con desgana el hogar que tan bien lo había acogido. Besó la punta con picardía y sonrió mirándome en busca de mi aprobación. Y se la di, viejo, por el clásico método de agarrar su nuca y guiarla contra mi pelvis para continuar, a mi ritmo, con la sesión de oratoria que acabábamos de empezar.

Mi espada se templó enseguida, su filo brillante pidiendo a gritos unas entrañas cálidas en las que clavarse. Empujé a la hembra sobre la arena. Protestó al quitarle su golosina de la boca, pero sus protestas se aplacaron cuando me lancé sobre ella. Cierto es que volvió a quejarse al sentir el escozor de su piel marcada cubierta por su macho. Gemía y se quejaba, revolviéndose bajo mi cuerpo en la búsqueda inútil de una postura donde el roce continuo con arena y hombre no le recordasen los rigores del castigo reciente.

La ensarté. Le entró fácil, húmeda, ofreciendo su coño cálido a mi arremetida arqueando la espalda en un suspiro de hembra llena. Empecé a subir y bajar sobre su cuerpo. Ella gemía y se quejaba, gemía y se quejaba. Abandonada la esperanza de evitar el escozor me enlazó con sus muslos. Sus brazos en torno a mi cuello me atrajeron hacia ella y nos enlazamos en el movimiento bailando al compás acogedor de los latidos de su vagina.

La miré a los ojos y la encontré llorando, con lágrimas silenciosas para no incomodar a su macho con gimoteos de plañidera. Lloraba por el escozor de su cuerpo entumecido; lloraba porque suele hacerlo cuando la monto; lloraba con gratitud y también con alivio porque allí, sobre la arena y con su hombre encima, había recuperado su lugar en el mundo. Había alcanzado el destino que teníamos preparado para ella.

No creo que pase mucho hasta que puedas volver a mandar un barco a buscarnos, viejo. Un par de semanas de entrega, una férrea disciplina, y podemos pasar a la fase final de nuestro experimento. De vuelta a la civilización.

Lo cierto es que me está gustando esta hembra. Tenía mis dudas cuando te decantaste por ella, pero puede ser de esas  raras ocasiones en que se acierta a la primera. Estoy pensando en quedármela para mí. Salvo que la quieras, claro. La antigüedad cuenta.

 

 

-continuará-

Escritor de Invierno

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