Perdida (V) – Una hembra en sociedad

Ahh, hogar, dulce hogar. El doble placer de volver a dormir en una cama mullida con una hembra bien formada, viejo. Porque la civilización no está reñida con tener a una muchacha desnuda gimiendo bajo el peso de tu polla.

Por fin hemos comenzado la tercera fase. Una fase que prevemos corta, pues llegado este punto la hembra se supone perfectamente amaestrada. Llevamos semanas convirtiéndola en una presa, un trozo de carne predispuesto por el orden natural a saciar el apetito de su depredador. La rebajamos a un estado de indefensión y soledad, un estado primitivo, salvaje, donde la doma es más profunda y se rige por criterios sencillos, con la hembra gregaria sometiéndose por instinto a la voluntad de un macho alfa. Si se han cumplido las expectativas marcadas, la reintegración en sociedad no debería alterar, salvo los necesarios reajustes de los primeros días, el nivel de docilidad conseguido.

Y ha hecho falta más de un reajuste, viejo. Con ella no se puede bajar la guardia. Pese a su espíritu de entrega, su inconstancia es comparable al tamaño de sus ubres. Ahora es ya más revoltosa que rebelde, pero hay que estar apaciguando constantemente sus fuegos con el irónico método de aplicarle mucha leña.

Esta semana de regreso ha sido todo un contraste para la hembra, uno de esos vaivenes emocionales a los que ya me tiene tan acostumbrado. Tendrías que ver cómo empezó… la alegría y esperanza, todo sonrisas y abrazos (abrazos de los buenos, de esos que puedes sentir cómo se le endurecen los pezones). Esta segunda salida fue mucho menos conflictiva que la primera, y ella no dejó de mostrarse dócil en ningún momento. Después llegaría el miedo, la inseguridad de la travesía, los recuerdos de lo que pasó la última vez; y la anterior, de hecho: no creo que hagamos de ella una loba de mar. Y el gran final, la tristeza y la desolación de descubrir que pese a las apariencias, su futuro seguía fijado. Fue un momento memorable, viejo: la mirada de la hembra al entender por fin que su destino estaba escrito. Con nuestra tinta.

Por cierto, las instalaciones para la segunda fase son estupendas, socio. Se ve que no has reparado en gastos. Nunca lo haces cuando se trata de coños, ¿verdad?

En principio no me opongo al nombre que has elegido. Lo de Observatorio Unitario de Integración queda muy profesional, muy apropiado. Con la entonación adecuada es casi un gemido francés. Le viene bien, sobre todo ahora que está vacío y sólo hace falta nombrarlo en los registros. Pero sabes de sobra que, en cuanto aumentemos el rebaño y el lugar esté a pleno rendimiento, será un inmenso picadero para nuestros hermanos. Para entonces quizás haya que buscarle un nombre más comercial o podría empezar a sonar un poquito raro.

Porque nuestro objetivo, al fin y al cabo, no es el dinero ni el éxito televisivo, sino el puro y simple deseo de poseer buenas hembras, las mejores. Algunas tendremos que venderlas, claro: hay muchos favores que pagar. Y sigo con mi idea de subastar dos o tres para que la inversión se amortice más rápido: como protagonistas absolutas de un reallity televisivo sin duda alcanzarán un buen precio entre nuestra audiencia selecta.

Por cierto: sigo dispuesto a sacrificarme por el equipo trabajando en el próximo espécimen, pero para la siguiente pienso tomarme un descanso. Ya va siendo hora de que nuestros hermanos empiecen a involucrarse. En nuestra versión mejorada del comunismo, tovarich, todos tenemos que echar una mano o un buen puñado de polvos por el bien de la comunidad. Hasta tú podrías animarte. Creo que para la tercera puedo convencer a Seb para que pase unas semanitas de arduo trabajo en una isla privada del Pacífico Sur. Le buscaremos buena compañía.

 

DIA 71

(sin registros)

 

DIA 72

¡Un elefante, viejo! Ahora mismo estoy viendo un elefante con un gorrito de seda haciendo cabriolas a dos patas en la orilla de un estanque de diseño. De entre el centenar de estancias para invitados que tiene su humilde hogar, el buen sultán ha tenido el detalle de poner a nuestra disposición una con vistas a sus jardines privados.

Bonito lugar, por cierto; un palacio digno de su nombre, lujoso hasta rayar lo hortera. Echo de menos algo de domótica, un buen software de reconocimiento de voz, quizás. A lo mejor si hablas con tu amigo podríamos hacer negocio a ese respecto, porque lo de aplaudir para encender y apagar las luces me parece poco práctico. Muy de principios de los noventa, ya sabes. No creo que encender una bombilla merezca tantos aplausos. Como esta noche la hembra esté peleona el dormitorio va a parecer una maldita discoteca.

Por suerte, entre tantas sedas y cojines y plumas de pavo real, el despacho de la suite dispone de enchufes y conexiones suficientes para conectar mi equipo y poder completar los registros, que ya llevo un día de retraso.

Empezaré por ayer, día setenta y uno, que dio comienzo la transición entre la segunda y la tercera fase de nuestro experimento. Un día normal —salvo por la odisea náutica que puso a prueba mi determinación enfrentándome al líquido elemento al más puro estilo de Simbad el Marino— que comenzó con un buen desayuno para la hembra, más abundante de lo habitual y que incluía, por supuesto, una ración generosa de la leche en crema que ya está acostumbrada a tomar cada mañana. La noche anterior me había reservado para poder darle una toma abundante directa de la fuente. Más fresca imposible. O caliente, según se mire. Durante esa jornada la muchacha iba a necesitar de toda su energía.

Fue la propia hembra quien encontró el velero en uno de sus paseos mañaneros. Encallada en la playa, una nave a la deriva con la despensa llena preparada para un largo viaje. Bien equipada y toda nueva, con el “Ivanna” pintado a mano sobre el casco en letras rojas y brillantes del alfabeto cirílico. ¡Qué curioso! Se llama igual que tu hija.

Vino a buscarme corriendo. Corriendo de verdad, no esas carreritas de niña pija del principio. Unas semanas de vida en la naturaleza y mi tratamiento constante le han torneado los muslos y endurecido las nalgas. Llegó jadeando por el esfuerzo y la excitación. Nunca la he visto jadear de esa forma. Qué pena.

Un par de horas después, con marea alta y viento a favor, dejamos la isla. Ella probablemente para siempre; yo, hasta la próxima.

Fue una buena jornada de travesía. Poco oleaje y un barco de eslora generosa devorando océano sin bajar de los diez nudos. Al atardecer cacé media vela para una parada de relax. Coloqué a la hembra a proa, de rodillas sobre la roda, con sus tetas al viento colgado por fuera de la borda poniendo celoso al océano: el bello mascarón de carne de mi barco. Mucho mejor que la Afrodita desnuda que los antiguos griegos colocaban en sus navíos de guerra. Y para completar la metáfora helénica, decidí que era un buen momento para abrirle la retaguardia.

La monté con ganas, viejo. La ocasión de disfrutar de su cuerpo fuera de la isla aumentó mis ansias y la empalé sin demasiados preámbulos. Me dejó entrar despacio, con el esfuerzo que requieren las cosas buenas, apretando la verga que la ensartaba, con sus grititos agudos lanzados contra el viento marino, la mitad de su cuerpo volando sobre las mareas y su grupa a mi disposición en la cubierta. Sin duda así nació el mito de las sirenas.

Fue un tramo memorable de nuestro viaje, entrando y saliendo de su cálido interior sin prisa, montándola al vaivén del oleaje. Sus manos aferraban la regala poniendo a prueba la resistencia de la madera cada vez que mi verga separaba sus nalgas para desaparecer entre ellas. Yo la enhebraba, el viento y el sol nos acariciaban la piel, ella gimoteaba al ritmo de las entradas con los quejidos entrecortados de las criaturas marinas y el velero avanzaba rompiendo el agua, salpicando con su espuma el rostro concentrado de mi montura. Navegar, viejo: el ansia ancestral de los hombres.

Esa noche me dormí con mi carne entre sus labios. Una excelente forma de desconectar del mundo, ya sabes. Acabo de ver el video y puedo afirmar, orgulloso, que la hembra siguió chupando cuando yo ya roncaba, tragó, y volvió a ocuparse de mi verga hasta dejarla bien limpia y relajada.

Esta mañana, de nuevo, me metí bien dentro. Poco más había que hacer en ese barco, salvo abrir el mar con la proa. Tienes que verla, la espalda apoyada contra la rueda del timón, las piernas en el aire, abiertas, ofreciéndose a mi verga. Yo guiándonos entre las olas. Ella ensartada, con sus muslos aferrándome, atrayéndome hacia ella, gimiendo bajito en mi oído, subiendo y bajando sobre los radios de madera y bronce. Se pegaba piel con piel, agarrada de mi cuello, aplastando sus ubres enormes contra mi cuerpo, restregándose al vaivén de la cubierta. Yo en pie, mis manos agarrando firmemente las cabillas, sosteniendo sus piernas entre mis brazos. Ni siquiera me movía. Era ella quien se alzaba sobre mi verga y caía, rellenándose entre gemidos ahogados.

Regué su interior, pero ella siguió a su ritmo acelerado, aprovechando los restos de mi dureza, hasta que las palpitantes contracciones de su coño indicaron el fin de la cabalgata. Un manantial de fluidos vitales abandonó su cuerpo encharcando la cubierta cuando mi verga reblandecida se escurrió por esa raja resbaladiza y recién dilatada. Ella se deslizó sobre mí como por una de esas barras de streptease que con toda seguridad alguna vez habrá instalado para ella uno cualquiera de sus antiguos y adinerados amantes ocasionales. Quedó a mis pies, y en el mismo movimiento de descenso sus labios aún ansiosos de macho apresaron mi extensión y comenzaron con su deber de apurar los restos. Tragó con ganas esa última gota de esencia masculina que siempre nos queda dentro para que nuestras hembras tengan que esforzarse un poco, sólo un poquito, para obtener su merecido y cálido postre.

Solté un momento el timón y acaricié su melena castaña. Ella dejó de chupar y alzó el rostro, mirando con esos ojos de hembra pura que parecen creados para mirar a un hombre desde allí abajo. Ojos de glotona, ya sabes. ¿Cuantas veces los habremos visto sobre labios fruncidos atravesados por un buen trozo de carne? Tenemos una buena vida, viejo. La que nos merecemos.

En fin, la hembra me miró… y sonrió. Se sacó mi verga de la boca despidiéndola con un besito y quedó expectante, sonriente en espera de instrucciones. Yo seguí acariciando su cabeza, relajado y en paz. Seguimos navegando.

—¿Puedo darme un baño? –preguntó al rato.

Así que arrié velas y le di el capricho, porque también hay que premiarlas cuando se portan como niñas buenas, cuando se lo comen todo sin rechistar.

Sentada en la borda mirando al océano se volvió hacia mí riendo antes de lanzarse al agua. Una bella estampa, viejo. Digna portada para el blue—ray recopilatorio, volumen tres: el fondo azul y la hembra sobre la barandilla, el rostro pícaro vuelto hacia el espectador, los pies desnudos bailando en el aire, la nalgas generosas sobresaliendo de los listones de madera, el coño sonrosado goteando aún sobre la cubierta y la marca del timón dibujada en el lienzo de la espalda sinuosa.

Esa marca del timón sobre su piel se difuminó poco después, viejo. Pero ya que saco el tema, creo que deberíamos ir abordando la búsqueda de una más permanente. Sigo pensando en sellos de propiedad individuales, a gusto del socio que acabe tomando posesión formal de cada una de las hembras. Sé que tú apuestas por uno común, una imagen de marca, denominación de origen para todos los especímenes cultivados en la isla. Quizá sea lo mejor para las que vendamos fuera de nuestro círculo, pero los nuestros merecen ver una imagen personalizada sobre el cuerpo de sus hembras, una que indique de dónde viene pero también a quién pertenecen. Con la breve intensidad del hierro o un proceso menos agresivo pero más prolongado, como los tatuajes. Lo que prefieras. En la espalda, o en otro sitio que les recuerde a su dueño cada vez que se paren frente al espejo para arreglarse. En fin, piénsalo. Porque sea cual sea el sistema elegido pronto tendremos que empezar a aplicarlo.

El caso es que, pese a los ocasionales chapuzones, el viento acompañó y antes del anochecer ya divisábamos tierra. Para la cena estábamos sentados ante una mesa de caoba en el comedor privado de tu amigo.

Imagina la escena: cuadros de Rembrandt y Schiele colgando de las paredes, comida servida sobre platos de oro, un jefe de estado con un traje que brillaba con lo que parecía un millar de pequeños diamantes auténticos y una joven irlandesa en bikini y pareo intentando recordar la forma correcta de usar los cubiertos.

Tu amigo no parecía molesto con la falta de etiqueta, sino todo lo contrario. Era como el niño que visita Disneylandia y descubre que sus personajes de dibujos existen en carne y hueso. Mi primer encuentro con un fan de nuestro pequeño reallity. No dudo de que esta noche disfrutará en directo con las cámaras ocultas de la habitación.

Tentado estuve de agradecer su hospitalidad cediéndole a la hembra por un rato, pero creo que es mejor completar el procedimiento antes de empezar a prestarla. Aun así, las circunstancias me dieron la oportunidad de corresponder a la generosidad de nuestro anfitrión.

Porque verás: tras una dieta forzosa a base de pescado, fruta y leche, la hembra se lanzó sobre los platos que le pusieron por delante como una pantera del Serengueti sobre un antílope cojo. Y por supuesto, le salpicó la sangre. No sé si era crema de boletus, salsa de caviar o el postre de frambuesa, pero durante la sobremesa me percaté del grueso goterón que adornaba su bikini. Se lo señalé al sultán, que miró con atención la zona que le indicaba.

—Es una pena, Excelencia, que una dama tan hermosa tenga que llevar ropajes tan poco adecuados.

Dicho y hecho. Con dos palmadas ordenó a sus mayordomos que trajeran una colección de vestidos y de paso nos dejó a oscuras.

Apenas un minuto después una decena de criadas aparecieron llevando en brazos una variopinta colección de sedas vaporosas. Agarrando las manos de la hembra la invitaron a levantarse y la condujeron al centro de la gruesa alfombra que se extendía ante nosotros. Empezaron a desnudarla. Ella se revolvía, volviendo a colocar angustiada las tiras del bikini que las criadas bajaban, agarrando con las manos las telas antes de que abandonaran su cuerpo. Sus ojos asustados me buscaron pidiendo auxilio, pero sólo encontró por mi parte una expresión severa que le decía claramente que no insultase a nuestro anfitrión.

Me sostuvo la mirada, durante unos instantes, pero enseguida bajó la vista y se dejó hacer. Muy pronto quedó desnuda ante nosotros, uno de sus brazos intentando cubrir sus pechos ahora libres, el otro tapando con pudor el triángulo de los placeres. Carraspeé. Ella alzó la cabeza con timidez y me vio mover levemente la mano. Entendió enseguida.

Bajó los brazos y las partes más deseables de su vista frontal quedaron al descubierto. Los pechos subían y bajaban con poderío al ritmo de la respiración profunda.

—Hermosa, ¿verdad?

El sultán asintió, en silencio. Yo alcé un dedo y empecé a girarlo. La hembra se dio la vuelta. Sus glúteos estaban tensos, pero vibraban, temblorosos. El hombre volvió a respirar con una larga exhalación. Asintió levemente y las criadas empezaron a vestirla. Esta noche seguro que monta a la mitad de su harén antes de caer rendido.

La hembra está ahora en la habitación de al lado, tumbada en la cama con su nuevo vestido de princesa árabe de cuento de hadas. De momento no volveré a ponerla a cuatro patas: los próximos días quiero verle la cara mientras la penetro. Que los labios de mi Sherezade particular me giman al oído la misma historia que los otros me cuentan entre sus piernas. Hasta le dejaré la ropa puesta, para variar.

Por cierto, no sé qué fue de la que llevaba la hembra. Su bikini y su pareo están desaparecidos. Un pequeño regalo, supongo. Quizá podamos hacerle algún otro al Sultán para ganarlo definitivamente para la causa. Ya parece medio convencido, pero nunca viene mal un empujoncito. Nada de dinero, claro. Es un hecho reconocido que ya tiene más que suficiente. Piensa en ello, viejo. Mañana me comentas.

 

DIA 73

Lo digo y lo repito: lo peor de este trabajo es el negro sobre blanco, los sellos oficiales. La maldita burocracia.

Conste que no hablo de tu amigo Muda: cuando eres el amado líder de un estado absolutista la cuestión del papeleo se simplifica bastante. El problema está al otro lado de la ecuación, al nuestro. Incluso sobornados, nuestros funcionarios no paran de dar problemas respecto a las licencias de importación de la hembra. ¿A dónde?

—A Europa, preciosa. A casa.

Y no mentí. Me limité a no especificar a qué parte de Europa, ni a casa de quién.

Estaba entusiasmada, inquieta sobre su asiento. Miraba por las ventanillas del jet privado como una niña pequeña. Llevaba encima más ropa de la que había vestido en mucho tiempo, y eso que tampoco era mucha.

Sobrevolábamos algún país de chinos, Tailandia o Birmania, no sé, la primera vez que la llamé a mi lado. Llevado por mi espíritu científico descubrí dos cosas: que la succión es mejor a diez mil pies, y que los asientos de un jet privado tienen espacio de sobra para que una mujer se arrodille delante. ¿Lo sabías? Supongo que sí. La experiencia.

La chica «de la embajada» esperaba delante de la limusina. Buen recibimiento, amigo. Gran detalle. Como de costumbre, te alabo el gusto a la hora de elegir colaboradoras: un trasero precioso. Y firme. Todo profesionalidad, todo sonrisa, disimulando bien delante de la hembra cada vez que se lo agarraba. Un día de estos tienes que enviármela.

Fue un viaje largo por carreteras de montaña con dos hermosas mujeres. Todo curvas, ya sabes, el precio a pagar por vivir apartados del resto de los mortales. No usé a ninguna. De momento es mejor que la hembra no sepa que la chica de la embajada trabaja para nosotros, ni siquiera que hay un nosotros: que vaya comprendiendo por sí misma.

Me gusta cómo han quedado las nuevas instalaciones, viejo, nuestra pequeña urbanización de picaderos, todos iguales, para que las futuras hembras no se peleen por quién tiene una jaula mejor. Por cierto, veo que ya dejaste configurado el sistema de cámaras en las zonas comunes y en la residencia 1A. Entiendo que seguimos con la idea de que sean para uso privado y que la última etapa del proceso la publiquemos en formato cinematográfico en vez de reallity. Tengo pensado traer a mi mujer algún día para que juegue con la hembra, y no me gustaría verla desnuda en la pantalla de algún moro rico. Ya sabes: el directo para la isla, creamos expectación y tenemos la audiencia asegurada para los estrenos de la segunda y tercera parte.

En cualquier caso, me gusta la casa. Y la hembra quedó sorprendida al ver la residencia que nos había asignado la «embajada». Y eso que sólo vio la zona hogareña de la planta principal, y no las estancias de uso particular del sótano y el ático. Le gustó su mobiliario nuevo y lujoso, la cocina, el salón, mi despacho, la habitación grande, inmensa, y hasta la otra, más bien pequeña.

—¿Cómo las distribuimos? —preguntó. Pobrecita.

—La grande es mía, preciosa. La otra está para que tengas donde meterte cuando me apetezca dormir solo.

Quiso decir algo, pero se contuvo. Parece que el adiestramiento funciona. Aun así quedaba una nueva intentona de emancipación por parte de la hembra, provocada por nosotros al traerla de vuelta a la civilización. Un intento comprensible y dentro del plan. A estas alturas sabe a quién pertenece, pero se resiste a dejar para siempre su antigua vida. Cuando acabó de explorar su nuevo hábitat, con la idea de la distribución de habitaciones todavía en la mente, llegó la pregunta que esperábamos.

—¿Cuándo iremos a casa?

Sonreí. Llegaba el momento de darle la charla a la niña.

—Estás en casa, preciosa. Desde ahora vivirás aquí mientras yo lo considere oportuno.

Ella también sonrió, nerviosa, mirando a su alrededor con ojos nuevos. No quería llevarme la contraria. Esa cabecita loca debía estar preguntándose si era posible naufragar en una casa sobre una montaña en Europa central. Es difícil negar la realidad después de ser adiestrada para no decir que no, pero ella lo intentaba. Me dijo que nunca me olvidaría, que siempre tendría un lugar en su corazón y todas esas tonterías.

—Podrías venir a verme siempre que quisieras —susurraba, tentadora—, para follarme… por donde te apetezca. Nunca te diré que no.

Le acaricié la mejilla, todo ternura y comprensión, disfrutando ese último momento en que le permitimos tener esperanza antes de quitársela de golpe. Porque para que la carne se cocine jugosa no hay que aplastarla todo el rato, sino darle un mazazo de vez en cuando.

—Negarte sería malgastar saliva, preciosa. Y vas a necesitarla toda. ¿Quién sabe? Quizás al final hasta me quede contigo.

Seguí acariciándola mientras mis palabras iban calando. Entonces me dirigí al aparador de los juguetes que preside el salón y busqué el collar. Saqué uno con su nombre grabado. Uno de los elegantes, con la hebilla ornamentada y el cuero suave que se ajusta con delicadeza al cuello. Dejaremos los de castigo para más adelante.

La hembra palideció al verlo. Retrocedió hasta dar contra la pared cuando me acerqué a ella con el collar abierto entre las manos.

—Vamos, preciosa. Sabes cómo va esto. No es la primera vez que tu dueño te pone un collar.

Pero no estuvo colaborativa. La primera vez siempre es difícil. Se defendió. Literalmente con uñas y dientes. Intentó morderme, ¿sabes? Preocupante, pero siempre es mejor que muerda de pie y no de rodillas. Acabé cruzándole la cara para que se calmara un poco y el efecto fue instantáneo. La dejó suave y bella como una virgen dolorosa. Sus lágrimas brillaban refrescando la mejilla marcada mientras la hembra ya tranquila se levantaba la melena para facilitarme el aparejarla.

No lo apreté demasiado. Al contrario: un poco flojo, sin trabarlo con el candado, para darle la opción de quitárselo. Así es más divertido.

—Tranquila. No explota ni nada. Esto no es una película. Sólo quiero saber por dónde te mueves.

El resto del día ha estado un poco apática, silenciosa. Después de la cena pude recuperar el sencillo placer de ver una película en una buena pantalla mientras acaricio distraído el cuerpo desnudo de una hembra adecuadamente desarrollada.

La zurré un poco antes de mandarla a la cama. Primero a mano, hasta hartarme. La hembra necesitaba que la templaran tras las emociones de los últimos días y su actual cambio de vida.

—Lo echabas de menos, ¿eh? —le decía mientras mi mano subía y bajaba sobre sus nalgas al rojo. Ella respondía con gimoteos, agarrándose a mis tobillos para no gritar.

Luego rebusqué en el aparador de los juguetes. Decidí estrenar el cinturón de cuero negro, grueso, de buena calidad. Quiero que la hembra recuerde durante dos o tres días cómo debe comportarse sin tener que repetírselo.

—Éste es igual que el que uso con mi esposa —le dije—. Buena manufactura. Más civilizado que los pellejos de pez a que estás acostumbradas, pero no por ello menos eficaz. Estás a punto de comprobarlo.

Y lo comprobó. Fue una generosa ración de correazos, viejo. Con la hembra en pompa sobre la cama, sus nalgas saltando cada vez que el cuero besaba su piel, en un baile delicioso que dejaba al descubierto sus orificios al compás irregular de la percusión sobre el tambor que los resguardaba.

Me encanta la acústica de las nuevas casas, el zumbido y el ¡plash! del cuero sobre la carne mezclado con los quejidos de la hembra, ese instante de silencio un poco más prolongado antes del último azote, potente, directo al pliegue sensible entre los glúteos macizos y los muslos torneados. El silbido del último viaje del cinturón cortando el aire, las dos nalgas saltando a un tiempo, separándose, quedando en lo alto por un instante antes de volver a caer a su posición habitual con el elástico contoneo de un flan bien cocinado, bailando sobre sí mismas mientras la fuerza y el sonido del impacto se iba disipando en su interior acompañadas por el aullido de le hembra. Te paso el video. A cámara lenta es delicioso.

Tras el repaso con la correa le di unos minutos para que acabase de gimotear antes de colocarle la verga ante la boca. Alzó los ojos llorosos hacia mí y me miró desafiante, pero no con odio, como cuando comencé a domarla, sino con la mirada infantil y desafiante de una niña mimada que se resiste a obedecer por el único placer de la rebeldía. Le di a elegir:

—Boca o culo, preciosa.

Cerró los morritos con un mohín de enfado. Yo le acaricié la cara con la punta de la verga, la balanceé ante ella en un acto de generosidad, para despertar su apetito y evitarle un mal trago posterior, pero es hembra obstinada y el proceso no ha logrado arrebatarle estos pequeños actos de rebeldía. Cosa de la que, personalmente, me alegro.

Me negó el acceso a sus labios carnosos, así que cogí el cinturón y lo abroché en torno a su cintura: aquella iba a ser una cabalgada salvaje y necesitaba buenos aperos a los que asirme. Ajusté el cinto sobre sus caderas dejándome espacio para poder agarrarlo a dos manos, escupí sobre su orificio y lo apuntalé con mi estaca. Empujé con fuerza, sujetando el cuero con la misma determinación con que los dedos crispados de la hembra estrujaban las sábanas.

—Esto te va a doler —le dije.

Me gusta cumplir mis promesas.

 

DIA 74

Se incluye en el registro el acta de la reunión entre el director y socio capitalista del proyecto, y el primer ejecutor de campo.

Punto 1: el director muestra su satisfacción con la rapidez con que se alcanzan los objetivos. Ante la cuestión de recalibrar los plazos del plan general se acuerda esperar hasta al menos el quinto espécimen para tener más datos para decidir.

Punto 2: de cara a la explotación televisiva, se acuerda limitar las retrasmisiones en vivo en formato reallity a las instalaciones de la isla. Las grabaciones correspondientes al resto de fases se editarán y publicarán bajo demanda en formato cinematográfico. Se acuerda recurrir a profesionales de cine comercial no pornográfico, preferentemente industria californiana. Equipo creativo por asignar.

Punto 3: se acuerda no dejar marcas permanentes en los especímenes hasta el final del proceso. Para las hembras que permanezcan como propiedad de los asociados se establece como obligatoria una marca con diseño común pero adaptada a cada socio. Se acuerda el diseño de un logo genérico para las hembras que se exporten fuera de la comunidad. Las propuestas de diseño serán votadas por los socios en futura reunión.

Punto 4: dado que no se puede prever el medio necesario para llevar a cada espécimen a la isla, se descarta la compra del yate de César Hernández y cualquier inversión fija en dichos medios.

Punto 5: se acepta ampliar la explotación a otros medios. Sugeridos: formatos sonoros, aplicaciones web y android, fotografía, poster y literario.

Punto 6 y último: se acuerda la inclusión del socio S. Sanz en el proyecto. Se espera su participación activa como ejecutor a partir de la tercera implementación. Se acepta su incorporación inmediata como experto en medicina femenina.

En fin, viejo. Ahí tienes el resumen del acta que querías, bien incorporada a los registros. Osea, artificios lingüísticos para hablar de ti y de mí en tercera persona. Ahora volvamos con lo que importa: la hembra.

Como el viejo McQueen en esa peli carca, hoy la hembra ha lanzado su pelota de baseball a las alambradas para empezar a tramar su primera intentona de fuga. Una fuga parcial, sin duda, reducida por el convencimiento de la hembra de que no hace falta agua para naufragar.

Despertó tarde tras una primera noche difícil en su nuevo hogar, donde tuvo que dormir inquieta por todas las emociones del días, y bocabajo.

Se encontró sola al despertar, para su sorpresa. Exploró su nuevo hábitat, valorando cada habitación y cada mueble, mirando por cada ventana, abriendo cajones y armarios… La alteró descubrir el armario de la disciplina y se llevó un buen susto con el aparador de los juguetes. Intentó abrir las puestas del ático y el sótano, y ese último cajón del aparador. Por cierto, viejo: un detalle dejar todas esas llaves escondidas para que la hembra las encontrara. Ninguna abría nada, pero seguro que ella agradece el rato entretenido que pasó intentándolo.

Pasaba mediodía cuando salió a la calle, avanzando con cautela dentro de sus limitadas posibilidades. Por primera vez miró con detenimiento el exterior de su nueva casita, las pequeñas ventanas circulares del ático, la torre del mirador al estilo de las antiguas casas señoriales, el jardín recién cortado… Estuvo un rato contemplando el poste de madera con la argolla, igual que el de la casa de al lado, y la siguiente, y la siguiente, en una hilera perfecta. Creo que tuvo clara su utilidad.

Avanzó por la calle de casas gemelas. Exploró la plaza del centro e intentó entrar en el edificio del club que se erguía en medio. Descubrió el monolito conmemorativo de la inauguración. ¿Qué idioma empleaste? ¿Ruso? ¿Latín? ¿Esperanto? Algún día tendrás que decirme qué pone, porque como intente leerlo por mí mismo se me va a quedar la misma cara que a ella. También descubrió, tras una vuelta completa al muro exterior, que nuestro patio de recreo no tiene salida. Visible, al menos. Ya le mostraremos una forma de escapar: no es necesario tentarla tan pronto.

Examinó el resto de calles iguales que surgían como los radios de una rueda gigante, del centro al muro exterior y de vuelta al centro por la acera contraria, vigilando cada casa, buscando ventanas abiertas, ruido o luz que indicasen que estaba habitada. Poco a poco fue perdiendo la cautela y acabó llamando a gritos en busca de otro ser humano, o de otra mujer con la que ponerse a cotorrear.

Encontró una casa con la puerta abierta y luces encendidas. Un rayo de esperanza iluminó su rostro mientras tocaba el timbre con insistencia hasta que se dio cuenta de que era la suya. Siguió explorando.

Volvió a casita cuando su estómago se lo indicó. Descubrió la despensa bien surtida. Comió ensalada. Después de tantas semanas de llevarse a la boca pescado y carne le apetecía volver al mundo herbívoro.

Por la tarde se atrevió a entrar en la casa de al lado. El video automático de presentación le dio un buen susto. Por cierto: me encanta la locución que acompaña las imágenes, eso del «lugar para el esparcimiento que todo hombre necesita» o lo de «recuperar la sabia tradición de las concubinas»… Buen guión, elegante al describir una jaula vacía a la espera de ser llenada con nuestras mascotas.

La hembra tomó buena nota, te lo aseguro. Ahora sabe dónde está, y que la separan del resto del mundo unas cuantas montañas de denso bosque europeo, aunque supongo que el video exagera un poco lo apartados que estamos de la plebe. Pudo ver algunas tomas aéreas de las instalaciones y se pasó un buen rato ojeando los folletos informativos que encontró en la casa de su futura vecina. Supongo que en su cabecita loca ya está trazando algún travieso plan de fugitiva.

Cuando volví la encontré en la ducha de su nueva casa. Me uní a ella y me recibió aplastando sus ubres contra mí al abrazarme con un beso apasionado. Estaba tan cariñosa que la tomé allí mismo, contra la pared de azulejos, con el agua cayendo sobre nosotros igual que en la cascada en la que tantas veces y por tantos sitios la había empalado.

Preparó la cena, servicial. No es una gran cocinera, pero ya me ocuparé de que le enseñen. Además, toda comida entra mejor con unos labios femeninos bajo la mesa. Ella succionaba bien, con el ansia de los grandes días de reconciliación, y yo disfrutaba de la vida con un buen filete. Lo tragó todo, apuró los restos y siguió con cariños y arrumacos el resto de la noche. En la cama, de pasada, me preguntó por la llave del ático.

—Ese muro de al lado estropea las vistas —dijo.

Se la di, claro. Para algo construimos esos pretenciosos miradores en todas las casas: para que puedan ver el mundo que hay fuera. El pajarito no canta si le cubres la jaula.

Esta noche me relajé y cabalgó ella, a horcajadas sobre mí, con sus tetas botando ante mi cara mientras intentaba atraparlas a base de mordiscos. Le puso ganas. Entusiasmo. Yo la animaba con azotitos y ella seguía y seguía, arriba y abajo. Después de sentirse inundada siguió contoneando la pelvis sobre mi hombría, hasta que me vi obligado a detener su ímpetu apresando su cintura para que mi verga pudiera relajarse con tranquilidad en el cálido interior de su coño.

 

DIA 75

Me ha dado por poner a la hembra de los nervios. Y es que no hay nada más irritante que un compañero tranquilo cuando tienes prisa, o una visita que llega cuando quieres marcharte.

Me levanté tarde, claro, tras la cabalgata de ayer y completar el registro diario. Un desayuno relajado y una mamada bajo la mesa en la que tuve que agarrarla del pelo y guiar su cabecita para refrenar sus ansias por hacerme terminar pronto.

Algo tramaba y no me quería allí, así que después del desayuno nos pusimos a ver una película, como se debe ver el buen cine: sofá cómodo, copa en una mano y la otra acariciando el suave muslamen de una fémina que se abraza a tu costado para protegerte del frescor de las montañas con el calor que desprende su cuerpo desnudo. O casi, porque le permití estrenar uno de los nuevos conjuntos de lencería que había en los armarios. De su talla, por supuesto. O quizás algo más pequeña, dado que su generosa carne rebosaba como la de la dama bien proporcionada de la pantalla, una jovencita algo rebelde a la que un John Wayne en plan masculino acaba enseñando cuál es su lugar. Porque una buena película transmite valores y diversión.

Amagué con marcharme varias veces. Salía y volvía a entrar. Me escondía un rato en la caseta del jardín, haciendo algo de ruido para que supiera que su dueño aún andaba cerca. Ella era como uno de esos perritos pequeños, en los que incluso cuando parecen relajados puedes percibir, si te fijas, un leve temblor que recorre por entero su cuerpecito. Lucía su mejor sonrisa cada vez que me veía aparecer de nuevo por la puerta, pero sus manos se crispaban por el nerviosismo. Y la mañana seguía avanzando.

Cuando por fin me marché tardó un buen rato en asegurarse de que estaba sola. De hecho, cuando llegué a la sala de control todavía seguía revoloteando por el salón, mirando por las ventanas en busca de sombras en movimiento y atenta al menor ruido. Cuando se convenció de que me había ido, abrió la puerta del ático.

Me gusta la decoración que has elegido, viejo; el estilo rural y los acabados en madera para disimular el aislamiento acústico. La hembra reaccionó bien al ver las argollas y el sistema de poleas colgando de la viga central, y el látigo de caballería a estrenar enganchado en su soporte. Se asustó, claro, ante aquel surtido de cuerdas y cadenas, pero el shock sólo duró un instante.

Después de confundirla con el armario y sorprenderse con su contenido, encontró la puerta disimulada del pequeño mirador, con su escalera de caracol que llevaba al punto más alto de todas las casas. Pudo al fin ver más allá del muro de nuestro zoo particular. Vio nuestra pequeña carretera semi—oculta entre los árboles y el pueblo al pie de la montaña. Un acierto no incluirlos en el video promocional. Es bueno que las nuevas moradoras descubran su entorno por sí mismas.

Hizo un mapa, ¿sabes? Con la guarda vitelada que arrancó de un libro de la biblioteca y un perfilador de cejas. Un buen trabajo. Incluyó la urbanización y el pueblo, los trozos que logró ver de la carretera, con los árboles más altos y la cima de la montaña como referencia para orientarse. Al final he logrado hacer de ella una superviviente.

Salió a la calle y volvió a recorrer la urbanización, sin preocuparse siquiera por lo escaso de su vestimenta. Esta vez su mirada estaba atenta a los pequeños detalles, a los números de las casas, a la orientación de las calles con respecto a las entradas del club social, intentando ubicarlo todo con respecto a la carretera, buscando posibles salidas. Volvió al ático, a verlo todo desde arriba, y completó su mapa con la información que había acumulado.



Estaba terminando cuando me sintió llegar. Una escena divertida, viejo. De pronto se encontró literalmente en bragas, con el lápiz en una mano, el papel en otra, pocos rincones donde esconder nada y ninguna seguridad de que yo le volviese a dejar el ático abierto para recuperarlo. Así que enrolló el papel alrededor del lápiz. Si quieres saber dónde lo guardó, te recomiendo que veas el video.

Sólo diré que bajó corriendo la escalerilla del mirador a mi encuentro y se lanzó entre mis brazos de lo más melosa. Se dejó caer de rodillas y esa boquita bien entrenada me puso en forma en cuestión de segundos, con los labios apretados y húmedos por la saliva ansiosa recorriendo mi extensión al completo, y su lengua juguetona saboreando la punta hasta dejar mi espada dispuesta para el combate.

Prácticamente me violó, viejo, montándome a horcajadas, aullando como una amazona en celo, con las ubres y el vientre bailando una danza animal, cambiando el ritmo, rápido y lento, alzándose y cayendo hasta empalar sus entrañas por completo. Su pelvis se contoneaba masajeando mi verga que disfrutaba del placer de la penetración en las cuatro dimensiones.

Ella sintió como la inundaba y siguió cabalgándome echada sobre mí, con su lengua en mi boca. Su hueco adiestrado apretaba mi verga impidiéndole perder su consistencia, masajeándola para recuperar su vigor, pues mi hembra empieza a conocerme: sabe que suelo guardar una bala en la recámara y quería asegurarse de qué diana iba a recibirla. Así que siguió con la cabalgada hasta vaciarme y, dejándome agotado, volvió a la planta baja. Supongo que quería esconder el mapa en algún lugar más cómodo.

 

DIA 76

La hembra despertó gritando, y no será la última vez.

No fue una pesadilla, precisamente, sino el destino ineludible. La Madre Naturaleza, sabia, nos susurra un camino que no teníamos planeado. A mí me lo susurró en cuanto abrí los ojos y la vi a mi lado, descansando bocabajo, dormida y desnuda como una angelita morbosa. Miré a mi colega de cabeza sonrosada y vi que se había despertado antes que yo, un soldado firme preparado para asaltar la trinchera. Sentí el susurro del destino recordándome que a la hembra le esperaba hoy una buena caminata y no era cuestión de ponérselo tan fácil. Mi mejor amigo se mantuvo firme en su postura mostrando su aprobación, así que le di un baño de saliva y unté un poco entre las nalgas dormidas, despacio, con cuidado de no quebrar el sueño de mi montura antes de tiempo.

Me tumbé sobre ella. Ronroneó sin despertarse, acostumbrada como estaba a sentir el peso de su macho. Apuntalé mi dureza entre sus nalgas calientes, llenas, que se abrían a mi paso hasta descubrir la entrada secreta del castillo que todas las hembras abren a quien quiera tomarlas al asalto. Me afiancé sobre su espalda y empujé.

Su gruta estaba tensa, apretada, con las fuerzas de la decencia que la mantenían cerrada intactas a la espera de desgastarse luchando contra la verga que había de doblegarlas. Pero pese a que la entrada aún no estaba ensanchada, su carne inconsciente no opuso la resistencia habitual a la intrusión forzada y mi enérgica estocada entró de golpe abriendo sus entrañas a mi paso hasta que mis huevos rebotaron en la húmeda pared de su coño.

Su cara ladeada sobre la almohada se contrajo en una mueca de disgusto cuando sintió la profanación de su santuario. Sus ojos se abrieron con el blanco brillante de las sorpresas por retaguardia cuando mi extensión terminó de rellenar sus entrañas. Gritó.

El aullido de la hembra enculada es la mejor alarma para el despertador, viejo; el único sonido estridente que no molesta a un hombre somnoliento que acaba de abandonar el cálido abrazo de los sueños. Mucho más agradable que el clásico zumbido o los tonos insulsos de los móviles. Es curioso que todos esos sonidos acaben amortiguados por una almohada, ya sea en los oídos del receptor o atrapada entre los dientes de la hembra emisora.

El caso es que abrió los ojos, gritó, y volvió a cerrarlos con fuerza mientras una lágrima temprana se escapaba por la comisura. Su conducto recién despertado apretó con una fuerza deliciosa, me abrazó, me masajeó, en la tarea instintiva y ya imposible de oponerse a la penetración que la profanaba. El doble placer de pillarlas por sorpresa.

La saqué de golpe, vaciándola antes de darle tiempo a acostumbrarse, y volví a ensartarla hasta el fondo. Volvió a aullar.

Quería hacerle daño, viejo. No por el placer de la doma o la sensación de un culo estrecho forzado a abrirse a tu paso, sino porque sabía lo que iba a hacer hoy y quería que a cada paso que diera su culo desflorado le gritase el nombre de su dueño.

Dentro y fuera, sin piedad, bombeando cada vez más rápido, con la lubricación justa para hacerlo posible, yo resollando por el esfuerzo de vencer de golpe la resistencia de sus entrañas, ella ahogando sus quejas en el lino blanco empapado de saliva y lágrimas de su nueva cama. La perforé con el ritmo salvaje del tambor de un galeote en carga de ataque hasta descargarme en pocos minutos en su interior sin poder evitarlo, aliviando su escozor con la crema que lubrica las penas de todas las hembras bien domadas.

Me dejé caer encima de ella para recuperar las fuerzas, con mi dureza desvaneciéndose en su interior. Gimoteaba sobre las sabanas y besé su espalda para consolarla antes de despedirme susurrando en su oído:

—Hoy volveré tarde, preciosa. No me esperes levantada. Ya te despertaré cuando llegue.

Y me marché con un azote cariñoso en la nalga dejándola a solas en la intimidad de su nueva casa llena de cámaras de video.

El ruido de la puerta al cerrarse hizo que desenterrara la cara de la almohada, pero aun estuvo un instante tirada bocabajo, con las piernas abiertas, exponiendo su oquedad dilatada al frescor de la mañana, antes incorporarse despacio. Se levantó con cuidado, con una mano tapando las nalgas húmedas por la leche que chorreaba desde su agujero dolorido. Sacando la cabeza por la ventana con disimulo, me espió mientras tomaba el camino de salida por la puerta de servicio del edificio central.

Fue al baño renqueando y se duchó, dirigiendo el chorro de agua fresca entre sus nalgas para calmar el ardor. Conoce de sobra el efecto regenerador de un buen baño después de complacer a su macho.

Se vistió con lo que pudo. Su armario está bien surtido, pero hay poca variedad: tiene tangas y bragas de encaje, sujetadores con y sin relleno, corsés apretados y una notable cantidad de vestidos de noche escotados o con transparencia, con faldas que van desde cortas a muy cortas.

Escogió bragas negras y sujetador a juego, un vestido que dejaba al descubierto una porción generosa de su anatomía frontal y los zapatos de tacón más bajo que pudo encontrar. Dudaba si ponérselos, pero se decidió ante la perspectiva de una caminata descalza por el bosque. A efectos de registro debo comentar que el director del proyecto y yo mismo monitorizamos estas dudas de vestuario desde el centro operativo, aunque dado que estabas allí supongo que ya lo sabes. Y quiero dejar constancia para la posteridad de la conclusión a la que llegaste respecto a la decisión de la hembra en lo relativo al calzado. Creo que era algo como: “Camarada, algunas son tan hábiles con los tacones que la duda ofende. La buena mujer, potrilla salvaje, se acostumbra pronto a unas herraduras adecuadas. Nacieron para lucir muslos y menear los glúteos desde lo alto de dos columnas de charol.” Aunque irónicamente, los primeros tacones altos los usaron hombres, carniceros para más señas, para no mancharse de sangre. Las féminas empezaron a usarlos cuando se percataron del realce que producía sobre su retaguardia. Que no se quejen.

Por cierto, se quitó el collar identificador y lo tiró al suelo antes de hacer un petate con comida y agua usando otro de sus vestidos de alta costura.

Escapó con cuidado, pasos furtivos sobre tacones de aguja, directa al centro de la urbanización, a la misma puerta por la que me había visto salir. Encontró convenientemente abierta la entrada al túnel de servicio que lleva hasta el otro lado del muro, con una bonita flecha iluminada y un letrero en su idioma, para que quedara claro. Tentado estuve de dejarle abierta la puerta del aparcamiento subterráneo que lleva directo a la carretera, pero pensé que un pequeño paseo por el bosque le sentaría bien.

Anduvo entre árboles y arbustos, de vuelta a ese hábitat natural que saca lo mejor de ella, mirando el mapa y la posición del sol. Ha aprendido bastante bien a tomar referencias en medio de la vegetación. Tiene ese algo salvaje, de superviviente, en su interior. Aunque, por suerte para nosotros, lo mejor, lo más vistoso, está por fuera.

Sus tacones se hundían en musgo y tierra húmeda, y los arbustos terminaron haciendo unos cuantos desgarros en uno de esos vestidos tan caros que le compramos. Pero seguía incansable, guiada por el mapa que ella misma había trazado a ojo, recorriendo la ladera salvaje de la montaña en busca de asfalto, insensible a los rasguños que las ramitas y espinas del camino iban dejando sobre sus piernas desnudas. Aunque te aseguro que más tarde pienso ir a nuestro bosquecillo privado a por una ramita más consistente y las marcas que le deje sí que las va a sentir durante una buena temporada. Así aprenderá a no estropear la ropa.

Cuando llegó a la carretera empezaron las dudas. Se quedó mirando ambas direcciones, inmóvil en la cuneta, sin decidirse, hasta que, por una de esas casualidades, vio aparecer un coche de policía.

Empezó a hacer gestos para que se detuviera. En aquella carretera serpenteante en medio del monte, con sus zapatos de tacón y un minivestido lleno de rasguños que apenas retenía la exuberancia de unas tetazas que amenazaban con escapar cada vez que agitaba los brazos, lo difícil era que no llamara la atención de su caballeroso rescatador a lomos de un corcel de parachoques cromado. Como una reinvención de los cuentos de Perrault o Handerssen, donde la prudencia aconsejase al valeroso caballero preguntarle primero a la princesita de turno cuánto cobra por el completo.

El caso es que el coche paró a su lado y tardó en abrirse. Tardó bastante. La princesita empezó a dudar. Y cuando por fin se abrió resulto que el valeroso rescatador de la hembra era hembra también. Hembra guapa, por cierto: morena de ojos verdes y cara seria a juego con el uniforme ceñido. Con gran lealtad, o al menos toda la que se puede esperar de una hembra. “Nacida en el seno de nuestra pequeña comunidad”, creo que dijiste. “Hija y nieta de empleadas. Sangró mucho la primera vez, pero apenas se quejó. Buena chica”. Supongo que tendré que comprobarlo; has prometido mandármela. Puedo dedicarle un par de horas de mi valioso tiempo, a ver si, como de costumbre, estás atinado en tus valoraciones. Un rato de esparcimiento cuando haya acabado con nuestro actual proyecto.

Aunque a veces da pereza, ¿verdad? Son demasiadas, viejo. Demasiadas: casi cuatro mil millones de hembras en el mundo y en nuestras modestas vidas sólo podemos conocer unas pocas. Hay que ser selectivos. Tendríamos que dar gracias a Dios, si es que existe, y a la virgen y los santos, si lo fueron, por las feas. Con su sola existencia tienen el detalle de aliviarnos el deseo de conquista. Aunque, como sueles decir, tampoco hay que despreciarlas: “No son tan creídas ni tan quejicas. Y suelen compensar el no poder mirarlas a la cara con otros atributos y aptitudes bastante agradables”.

Nuestra hembra –nada fea, por suerte— empezó a soltarle a la poli sexy el bla bla bla acelerado sobre su vida y miserias, y ésta acabó subiéndola al asiento trasero de vuelta a comisaría.

Adjunto las grabaciones del vehículo. Una conversación interesante, pese a ser un diálogo de chicas. Cuando las hembras se sinceran es bueno escucharlas para descubrir aquellas aristas que quedan por pulir en su carácter, aquellas ocasiones en las que quizá deberías haber sido un poco más duro con ellas. Porque la hembra bien domada debe parecerlo no sólo bajo la mirada de su macho, sino también cuando se cree libre de ella.

Nuestra eficiente policía logró tranquilizarla y que le contara la historia desde el principio, con el yate de César, el naufragio, nuestro encuentro y lo demás. Lo hizo bien, prestando oídos a unos labios ansiosos de cotilleos tras un par de meses sin poder hablar de sí mismos. Preguntaba y escuchaba, todo comprensión y solidaridad femenina. La hembra se desahogaba en medio de una narración muy gráfica, con algún que otro intercambio de miradas por el espejo retrovisor cuando rememoraba los momentos clave. Me gusta cómo se cruzaron sus ojos cuando la hembra narró la historia de la primera vez que le abrí el culo, la cara dolorida que pone tu joven pupila. Esa solidaridad no era fingida.

—Te entiendo —le dijo—. La primera vez siempre es difícil. Y la segunda más, porque sabes lo que te espera, esa sensación de partirte en dos.

Parece que la chica sabe de lo que habla. ¿Culpa tuya, viejo? Tu legendario cañón ruso lleva décadas causando estragos en las fortalezas mejor defendidas.

Nuestra agente fue el poli bueno en un interrogatorio del que la hembra ni siquiera llegó a percatarse. Logró confesiones interesantes, confidencias de chicas, como que en la isla sólo se sentía segura con su macho cerca, y que en ciertos momentos disfrutó abriéndose de piernas; el orgullo cuando por fin logró albergar toda mi verga entre sus labios sin vómitos ni arcadas. Y no es que su orgullo ni su satisfacción fueran nuestros objetivos, pero es bueno conocer esos efectos secundarios.

Sí era un objetivo el tema del karma. Y parece plenamente cumplido. Hemos logrado que la hembra acepte que su situación actual es la justa consecuencia de su vida anterior. Cree que en el fondo todo es culpa suya y nuestra querida policía no pudo menos que darle la razón.

Nota para futuras implementaciones: llegaron al pueblo demasiado rápido. Incluso a una velocidad ridícula y por el serpenteante camino de montaña, apenas son unos minutos. Deberíamos buscar o construir una ruta que diera un pequeño rodeo para que en el primer reencuentro del espécimen de turno con otra criatura de su mismo género tuviese más tiempo para explayarse. Sería una buena oportunidad para mejorar las infraestructuras, ya sabes, añadir un desvío alternativo para poder salir de nuestras mansiones hasta las carreteras generales sin necesidad de pasar por el pueblo de los empleados. De paso las hembras podrían tener unas bonitas vistas por las carreteras de montaña del país. Piénsalo.

En el pueblo, y al entrar en la comisaría, todos los ojos se fijaron en ella, cosa lógica dado el vestidito provocativo lleno de arañazos y los zapatos de tacón embarrados. Un policía se quedó mirándole el escote hasta que la hembra empezó a ponerse nerviosa. Ese grandote y medio bobo, el hijo de tu cocinera durante los primeros tiempos, hasta que decidiste que cocinar para nosotros era una de las obligaciones propias de una buena esposa. Tu perro «más fiel y más fuerte». Hoy casi se me escapa un stay temiendo que pudiera lanzarse a devorar a la hembra.

Nuestra agente la dejó en una sala de interrogatorios mientras buscaba una cámara para grabar su declaración. Ya estábamos grabando, claro, pero hacía falta una toma frontal de la que fuera consciente para poder echarle en cara haber vuelto a traicionar la confianza de su hombre.

Estuvo sentada un buen rato, reflexionando. La silla debía ser bastante dura, porque ya empezaba a menear las nalgas buscando alivio cuando volvió la agente con la cámara y el inspector para el interrogatorio. La chica debió percatarse de la incomodidad de nuestra hembra. Transcribo un fragmento de la conversación:

—Lo siento, señorita. Estará algo incómoda, ahí sentada. ¿Cuándo fue la última vez que le hizo daño… ya sabe… por detrás?

[La hembra baja la mirada antes de responder]

—Esta mañana.

—Aún escuece, ¿verdad?

[Asiente]

—Fue un poco brusco.

—¿Un poco brusco? ¡La violó! ¡Por el culo! Bien mirado… parece como si supiera que ibas a estar aquí sentada y no quisiera que estuvieses cómoda.

El comisario interrumpió la cháchara y dio comienzo el interrogatorio. Bastante largo, por cierto. Transcribo alguna de las confesiones más interesantes:

«(…) No. No le amaba. Es sólo que estaba aburrida y César tenía ese yate enorme… ¿Qué había de malo en coquetear un poco? No fue culpa mía. Él no quería salir. Le preocupaban los avisos de tormenta. ¿Cómo iba yo a saberlo?»

«(…) Sí, eso es verdad. No me atacó hasta que robé el pescado. ¡Pero tenía hambre! ¿Qué otra cosa podía hacer? Me tiró sobre la arena. Quemaba. Entonces me lo metió. ¡Dios! No sabía que tamaño tenía aquello, pero dolía. Nada me había dolido tanto. Era como una estaca ardiendo. Iba a partirme en dos»

«(…) No. La siguiente vez que lo vi tampoco me atacó. (…) Pues… cogí otro pez. (…) Me ofreció follarme por delante y accedí. No quería volver a pasar por aquello. Aún me dolía cada vez que daba un paso. Aun me duele»

«(…) A veces lo pienso. Quizás. Si no me hubiese partido el culo quizás podría haber escapado la segunda vez. ¿Pero a dónde? Era su isla»

«(…) Sí. Seguro que era una isla. Había agua por todas partes»

«(…) Quería que me lo tragara. Siempre. He tenido amantes a los que le gustaba correrse en mi cara, pero él prefería acabar en mi boca. Y cuando no lo hacía me obligaba a recogerlo y a tragarlo también. Creo que no quería desperdiciar alimento»

«(…) Se ofreció. Parecía enfadado. Mucho. Pero se ofreció a darme de comer sin que tuviera que abrirme de piernas a cambio. Pero tenía miedo. No quería quedarme sola. Quería que me perdonase, que me castigase para pagar mi traición y poder volver con él. Le supliqué que me azotara.»

«(…) Volvimos a naufragar. Me negué a compartir el camarote con él y el karma me hizo volver a la isla. (…)¿El destino? Sí. Quizás debo pertenecerle. No sé».

«(…) En la boca. Sí… desde luego… en la boca. Era horrible, al principio: quería llegar al fondo desde el primer momento, las arcadas, me costaba respirar, sentía calambres en la mandíbula,… y tragar esa cosa pegajosa que me bajaba por el cuello mientras intentaba respirar con su verga aún atravesada en el paladar… Pero acabé haciéndolo bastante bien. Me divertía sentirla crecer entre mis labios. Al final era más fácil que abrirse de piernas… y mucho menos doloroso que por detrás. Así que sí, en la boca. Tampoco me importaba que se me echara encima. Pesa mucho. Me aplastaba las tetas. Y daba duro, no crea. Es un hombre fuerte. Más de lo que estoy acostumbrada. Acababa con los muslos sonrosados de tanto roce entre las piernas. Pero era mejor que poner el culo»

«(…) Con la mano. Sin duda. Duraba más y el contacto era, no sé, ¿más íntimo? Pero aun así prefería que me castigara con la mano.»

«(…) ¿Por qué le interesa tanto? No. No sé cuántas veces me ha dado por el culo. No llevo la cuenta. Cuando tenía el culo caliente le gustaba aprovecharlo. O cuando estaba enfadada. O cuando tenía la regla. O cuando le daba la gana. ¿Le vale la respuesta?»

Creo, viejo, que acabó mosqueada con las preguntas del inspector, pero el tipo hizo un buen trabajo. Se fue en cuanto acabó el interrogatorio y las chicas quedaron otra vez a solas. La hembra ya llevaba un buen rato en comisaría y empezaba a impacientarse. He notado que cuando se pone nerviosa le da por acariciar ese collar con el corazoncito que le regalé en la isla.

—Es muy bonito —le dijo la agente.

La hembra contó como lo había recuperado para ella, el miedo al ver que tardaba días en volver y como al regresar le puse su querido collar al cuello.

—Me regaló otro hace un par de días. Era horrible. Parecía un collar de perro. Me lo quité antes de escapar.

—Quizá no fue buena idea, señorita. Podría enfadarse al encontrarlo. Y no puede andar suelta sin identificación. Está prohibido.

Siguieron hablando un rato más. Cosas de chicas, ya sabes. La hembra seguía balanceándose en el asiento hasta que la agente se ofreció a traerle un poco de pomada. Ella rechazó el ofrecimiento:

—Estoy acostumbrada.

Y lo cierto es que lo está. Esta mañana le di realmente duro, casi sin lubricación. Ya sabes: un poco de saliva, lo justo para entrar sin que moleste el rozamiento. Lo dejé en carne viva, rojito y humeante, bien pulido. Seguro que la hembra no tenía planeado pasarse la tarde sentada.

La llevaron a la enfermería para el reconocimiento. La buena doctora hizo un trabajo a conciencia y ya tenemos la primera valoración profesional del estado físico de la hembra, con medidas y volumetría completa de sus atributos, el estado de sus orificios, capacidad bucal y la sensibilidad de los pezones, que debo decir es excelente.

Tras examinar a fondo la garganta, la doctora preguntó si era bulímica. La hembra lo negó, claro, pero la doctora no parecía creerse del todo la respuesta. Según parece, mostraba una irritación en la garganta típica de ese trastorno.

—Es que me folla la boca –objetó la hembra—. Pero no vomito. He aprendido a controlarlo.

—¿Tu hombre estará orgulloso, no?

—Nunca me lo ha dicho —respondió ella. Parecía triste.

—Son unos desagradecidos.

—Sí

Aún tuvo que esperar un buen rato hasta que nuestra querida agente volvió para decirle que estaba todo arreglado. La cara se le iluminó hasta que vio quién venía para llevarla a casa.

—¿Es esta? —me preguntó la policía.

Yo asentí sin dejar de mirar a la hembra. Ella estaba en shock.

—Bien. Firme los papeles y se la puede llevar.

La hembra no entendía nada. Pobrecita.

—¡Es él! ¿No va a detenerlo?

—Lo siento, señorita. No tengo autoridad. Ni motivo, de hecho. Tiene todos los papeles en regla. Es su dueño… legalmente. Es usted afortunada.

Nos dejó a solas. Me quedé envuelto en un silencio acusador mientras una hembra avergonzada descubría que ya era mía en todos los sentidos posibles. Se fue encogiendo sobre sí misma poco a poco hasta que la agente volvió con el recibo.

—Serán tres mil —me dijo—. La multa habitual por dejarla suelta y sin chip ni identificación. ¿Efectivo o tarjeta?

Pagué en efectivo, claro, contando los billetes despacio para que la hembra tuviera claro lo que me había costado su última travesura. Supongo que me devolverás la pasta, ¿no?

La agente se despidió recomendándome que educara a mi posesión porque, por lo que había hablado con ella, parecía poco acostumbrada al lugar que le correspondía.

—Si lo desea, el cuerpo de policía proporciona, a un precio muy competitivo, un servicio disciplinario regular. Por un pequeño extra hasta puede recibirlo a domicilio. También tenemos una sala abierta al público con todo lo necesario, si quiere aplicar un correctivo aquí mismo.

Miré a la hembra dudando, pero parecía a punto de orinarse encima, así que decliné la oferta. Aunque sí programé una cita para el chip de identificación. Tenía pensado no ponérselo, pero está claro que hay que atar en corto a esta cachorrita.

Volví a ponerle el collar, bien apretado, para que entendiese que no puede ir por ahí de cualquier manera. Estamos en medio de la civilización. Hay normas. Esto no es una isla desierta.

Mientras salíamos, las agentes la miraban con desaprobación. Escuchamos el sonido de los azotes en la sala contigua y algún que otro grito desgarrador de una empleada díscola. La hembra miró asustada hacia la puerta cerrada sabiendo bien lo que pasaba detrás.

—Tranquila, preciosa. Ya te llegará tu turno —le dije.

Y llegó pronto. Porque durante la vuelta a casa una hembra visiblemente nerviosa no paró de hacerme preguntas sobre el coche, el pueblo, la casa y todo lo pasaba por su cabecita loca. Le ordené varias veces que callara, pero ella seguía y seguía. Hasta que paré en la cuneta y, bajándola con brusquedad, le desgarre lo que quedaba del vestido, le arranqué el tanga de un tirón que la hizo gritar y la incliné sobre el capó caliente del coche. Empecé a azotarla con fuerza hasta conseguir que sus nalgas igualaran la temperatura.

Un buen ejercicio, ya sabes. Empezaba a dolerme la cabeza con tanto blablabla, pero tras un rato macerando esos glúteos te quedas de lo más relajado. Eso sí, la mano me escocía un poco. Creo que nunca le he zurrado tan fuerte. Al menos sin herramientas. Su grupa musculosa subía y bajaba como un terremoto de carne maciza coloreándose por la timidez que le provocaban mis aplausos. Al acabar estuve un rato acariciándola para disfrutar de su calorcito. La tenía dura y pensé en empalarla allí mismo, pero quedaba noche y no quería sacar la artillería pesada antes de tiempo. Volví a sentarla sin demasiados miramientos en el coche. Protestó, claro. Pero es mejor que se vaya acostumbrando: va a estar una temporada sin sentarse a gusto.

Yo me puse al volante y me baje la cremallera.

—Cuando lleguemos, puedes pasar un mal rato o uno realmente horrible, así que esmérate.

Y créeme, viejo. Lo hizo. Tragó como si le fuera la piel en ello. Ni siquiera me dio tiempo a llegar a la urbanización. Se ve que tenía hambre.

Estaba tan afanada en su labor que no prestó atención al camino ni a las señales que indicaban donde estábamos. Ni a la urbanización a lo lejos con su entrada subterránea. Ni a las mansiones de nuestra villa en lo alto de la montaña. Tuve que interrumpirla un momento y agarrarle la cabeza para que parara y contemplara el paisaje.

—Mira, preciosa —le dije señalando el Templo—: allí es donde me casé. Buena mujer, la mía, muy complaciente. Un día de estos he de presentártela.

Y volví a encasquetársela hasta la garganta, por si sentía la tentación de hacer preguntas.

Ya en casa, la obligué a bañase delante de mí para que se quitara toda la suciedad acumulada después de su excursión por el bosque. Continuó la lección que empezamos en la cuneta hasta que hubo pagado el precio convenido por su traición y un recargo por la ropa estropeada. Para cuando terminó de pagarlo, gimoteaba sobre las sábanas mientras sus glúteos en todo lo alto palpitaban marcados en blanco sobre un fondo rojo brillante.

—¿Y ahora qué, preciosa? –le pregunté.

Se movió despacio, siempre sollozando. Sus nalgas quemaban, y cuando las abrió para mí sus manos apenas se atrevían a tocarlas. Yo la agarré del pelo y la obligué a alzar la cara. Sus lágrimas arreciaron. Las recogí con mis dedos y lubriqué con ellas su retaguardia. En cuanto la ensarté me di cuenta de que en realidad no había llorado lo suficiente. El berrido fue glorioso. Me dolió hasta a mí, viejo. Así que le dije:

—Bueno, bueno… como veo que has aprendido la lección, voy a untarte un poco más.

Y lo hice, porque la Naturaleza es sabia y mi impetuosa arremetida me proporcionó de sobra la esencia necesaria para lubricar mejor su culo.

 

DIA 77

Despertar con los labios de la hembra succionando mi verga ha sido la mejor forma de comenzar una jornada por lo demás tranquila.

Le he abierto todas las puertas, salvo la del sótano. Que pueda moverse con libertad por su nueva jaula.

Antes de irme le dejé unos shorts ceñidos y una camiseta deportiva y la llevé al garaje donde esperaba su nueva bicicleta. Se está poniendo un poco gorda de tanto tragar. Así hace ejercicio y de paso ve el paisaje. Le costó un poco montar después de las emociones de ayer, pero ha acabado cogiéndole el gusto.

Cuando volví la bici estaba en su sitio y la ropa lavada, al igual que la hembra.

Le apliqué la disciplina rutinaria y me lo agradeció con una mamada en la que, por iniciativa propia, volvió a usar sus jugosas tetas. Ya las tenía un poco olvidadas.

No quise forzarla demasiado el resto del día. La dejé a su aire para que pudiera recuperarse de una semana difícil para ella. Tiene que coger fuerzas para los próximos días.

Es hora de introducirla en sociedad.

 

 

-continuará-

Escritor de Invierno

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