PERDIDA (VI) – Final

En fin, viejo. Lo logramos. El último resumen semanal de un experimento exitoso. El primero de una larga, muy larga, serie de triunfos que reportarán, a partes iguales, satisfacción y dinero.

Podemos mejorar: afinar criterios, ajustar plazos, optimizar el uso de nuestros equipos… todo eso ya está en marcha para el espécimen cero cero dos. Hemos cometido errores, sí. Pero ha sido divertido cometerlos. Y cuando se trata de domar una potrilla salvaje, tener que montarla más o con más fuerza no supone ningún sacrificio. Bien lo sabes.

Aunque no estaba en nuestros planes, lamento no poder quedármela. Ya sé que a todos nos acabará tocando alguna, pero mi polla y yo le habíamos cogido cariño. Echaré de menos dormir con esas ubres enormes como almohada. Y la melodía de sus gritos cuando le partía el culo. Aunque me ofende un poco que el aullido más fuerte lo diera con otro miembro en su orificio. En fin.

Ya tenemos el siguiente espécimen preparado y hay que reconocer que te has portado, viejo. Tienes un don para la logística. Justo lo que te pedí: una hembrita mediterránea, una primadonna italiana casi adolescente pero bien desarrollada. No llega a los volúmenes de esta, pero tiene unas redondeces muy bien definidas. Y una cara digna de un cuadro de la virgen, que lo es (confirmado), aunque la condición le ha de durar poco.

Tengo algunas fotos delante. ¿No te encanta la alta definición? ¡Qué orificios tan prometedores! Una rajita apretada coronada por un punto diminuto. Va a pasar malos ratos hasta que se acostumbre a abrirlos. ¿Y los morritos de la niña? Carnosos, apiñonados, con la palabra succión escrita en rojo intenso sobre ellos. Espero poder controlarme las primeras veces y no desencajarle la mandíbula. Sería una pena estropearla y tener que tirar de recambio.

 

DIA 78

El primer día de esta última semana ha empezado como debe empezar un buen día: con un desayuno nutritivo. Mediterráneo para mí; ración de leche con carne en barra para ella. Estaba arrodillada bajo la mesa cuando el ding dong del timbre hizo que se sobresaltara y le proporcionó a mi verga un agradable cosquilleo. Su cabecita sorprendida paró en seco el vaivén y quedó inmóvil sin saber qué hacer. Tuve que tirarle del pelo para desencasquetársela.

—Vamos, preciosa. ¿No oyes el timbre? Deja de zampar y abre —le dije.

Tardó un poco en obedecer. Parecía un tanto desnuda y reacia a los encuentros sociales que pudiesen alterar nuestra intimidad. Pero cinco dedos bien marcados en su culo de jamelga la animaron.

La primera visita a nuestro humilde picadero resultó ser la hermosa policía con la que tanto congenió. Traía los papeles de la hembra y el chip de identificación. Aún estoy decidiendo dónde injertárselo. Acepto sugerencias. Carne sobra.

Mientras yo rellenaba los papeles, la muchacha se acercó a la hembra y le cogió disimuladamente el culo. Muy pícara la autoridad competente, clavando los dedos en uno de los mejores cortes del espécimen y metiendo uno en el tajo cálido entre las nalgas para repasar el contorno redondeado del pozo de las pasiones. Para cuando me di cuenta, una hembra de cara congestionada intentaba disimular que su nueva amiga le había clavado el anzuelo con el clásico movimiento de gancho para ensartar un coño desde atrás.

Tuve que castigarla, claro. Y me refiero a tu chica de uniforme: tiene que aprender a no hurgar en los asuntos ajenos. Mientras le bajaba los pantalones y le daba unos azotes todavía tuvo el descaro de relamerse los dedos ante la cara asombrada de la hembra.

Ella también recibió su correctivo. No estamos en la Rusia comunista: el concepto de propiedad indica que no puede dejarse manosear por cualquiera.

—Tu coño es mío —le recordé.

La puse de cara a la pared y le metí… no sé… dos o tres dedos para que entendiera el significado de mis palabras. Se quejó por la brusquedad y por los arañazos. Supongo que prefiere las manos suaves de otra mujer. Pero con protestas o sin ellas seguí enseñándole cuál era su lugar como lo haría el capitán Garfio con Campanilla en una versión más divertida de las aventuras de Peter Pan.

—Vas a quedarte aquí, sin apartar la vista de la pared, hasta que hayas meditado sobre tu impudicia —me gusta esa palabra, viejo: impudicia; no hay muchas ocasiones de usarla—. Luego vas a convencerme de que estás arrepentida… o seré yo quien te convenza —le dije.

¿Y sabes qué? Después de una hora reflexionando se limitó a arrodillarse ante mí y tragársela entera, despacio y con veteranía, succionando sin prisa y aguantándola en la garganta durante un segundo tras otro mientras en su boca llena la lengua encontraba el espacio suficiente para darme un delicioso masaje. Lo cierto es que me convenció.

En cuanto a la agente, la despedí con un par de azotes indicándole que me quejaría a sus superiores. Regresó al anochecer, con el que supongo es su uniforme de gala: sin sujetador, camisa azul dos tallas más pequeña, falda corta para apartarla sin problemas y medias de encaje. Venía con intención de pedir disculpas y ofrecerse como penitencia por su falta de consideración ante la propiedad de un ciudadano.

Ha recibido una ración generosa de correa, y verga por todos sus orificios —se ve que los has usado a conciencia— y está calentándome las sábanas. Ya sabes lo fácil que te atrapa el sueño con una damisela maternal cantándote una nana con la boca llena de amor.

A la hembra la he dejado encadenada en el cuartito auxiliar, para que disfrute de su catre en compañía de los gemidos de su sustituta momentánea. Que aprenda que dormir en una cama mullida y con compañía es algo que hay que ganarse.

Espero que descanse, porque nuestra querida agente me ha recordado que aún tiene pendiente el certificado médico oficial. Mañana le espera un día agotador.

 

DIA 79

Seb llegó con su ayudante a la hora convenida y esta vez la hembra no necesitó de percusión en su retaguardia para acudir rauda a abrir la puerta como dios la trajo al mundo.

El bueno de Sebastian estuvo un rato en el umbral, deleitándose con el espectáculo para adultos que se ofrecía ante sus ojos, repasando de arriba a abajo y de izquierda a derecha los contornos circulares de la primera de las muchas adquisiciones que tendrá que examinar. El ojo clínico, ya sabes. Le dejé completar su primer análisis antes de estrecharle la mano.

—Excelente elección —me dijo—. Neumática a la par que simétrica. ¿Qué tal se monta?

Le respondí dando una palmada en la grupa de la hembra.

—Bastante bien. Hubo que entrenarla a conciencia para conseguirlo.

Extendió una mano para comprobar la mercancía. La hembra hizo amago de apartarse, pero un apretón en la nalga recién palmeada logró convencerla de que era mejor ahorrarse las protestas.

Mientras él se recreaba en el examen táctil, su pequeña ayudante, siempre eficiente y discreta, cerraba la puerta y esperaba firme sobre esos altísimos tacones que usa. No apartaba la vista de la hembra, con un ceño fruncido que dejaba claro que su valoración era menos amigable que la de su jefe.

—Pareces disgustada, querida —observé.

Ella iba a contestar, pero Seb se adelantó:

—Nuestra pequeña Lisa siente cierta antipatía hacia las mujeres con más pecho que ella. Lo que no deja de ser un problema, porque implica a casi todas las que han superado la pubertad.

El comentario no le hizo demasiada gracia a la muchacha. Tienes que verla, viejo. No movió un músculo, pero algo en su expresión, cierta rigidez repentina en ese rostro inalterable, daba a entender que el enfado femenino iba en aumento. Supe entonces que nuestra hembrita iba a pasarlo mal, así que con ánimo de apaciguar la tempestad y entretenerme mientras Seb seguía a lo suyo, me acerqué a darle una bienvenida más cálida.

Lisa estaba realmente cabreada, porque tenía los glúteos rígidos como una piedra. Más de lo habitual, quiero decir. Pese a sus obvias carencias, hay que reconocer que la ayudante de Sebastian es de esas féminas cuyo aspecto mejora cuando las pones mirando en tu misma dirección. Unas ancas de campeona que el buen doctor tuvo el detalle de cederme mientras se ocupaba de sus obligaciones profesionales.

Por cierto, ¿has visto su nuevo uniforme de enfermera? Merece mi más sincera aprobación. Y es que el trabajo no está reñido con el placer. Nuestro placer, al menos. Porque a la pequeña Lisa aún le cuesta domar su nuevo envoltorio de tanto que realza y ciñe la mejor parte de su anatomía. Tuvo el detalle de ofrecerme un pase privado mientras su jefe se ponía la bata blanca y empezaba a preparar el material. Privado o semiprivado, porque nuestra hembra seguía allí parada, desnuda como el día que salió de entre las piernas de su madre, con su atención dando saltos entre la competidora que se exhibía y el conjunto de herramientas de metal y cristal que iba surgiendo del maletín de su afamado ginecólogo.

—… pinzas, forceps, separador de nalgas, cánula, pera vaginal —recitaba nuestro hermano—… Traigo un frasco completo de supositorios, para rehabilitar las paredes anales, que conociéndote deben estar destrozadas.

Amonestación merecida, desde luego. Aunque su pequeña ayudante no pudo evitar una fugaz expresión de quien fue a hablar. Todos nos conocemos.

—También traigo algunas dosis de complemento alimenticio inyectable, para que esta jovencita se recupere pronto de los desequilibrios de vuestra aventura tropical. Uno diario durante un mes no le hará daño, aunque no parece que le haga falta –comentó agarrando un buen puñado de carne de hembra.

—Me ocupé de llenarle la boca con frecuencia —confirmé.

—No lo dudo… También traigo anticonceptivos. Ya sabes, hermano: las mujeres también tienen coño.

Y es cierto, viejo: el coño cuenta. La paloma entrometida en la Santa Trinidad de los orificios femeninos; la visita necesaria en la perpetuación de la especie. Pero nunca me ha gustado el transporte público.

Entre reconstituyentes, anticonceptivos y demás, el buen doctor me ha dejado un montón de inyectables que pienso administrarle de dos en dos cual banderillero experto que busca colocar un buen par en todo lo alto, bien clavado en los glúteos firmes de nuestra hembra. Porque si hay algo que necesita son más puyazos en el culo.

—Tállala —ordenó Seb al aire al tiempo que empezaba a desinfectar sus instrumentos.

Su ayudante, experta en estas labores de tanto practicar con sus compañeras de fortuna, convirtió las cálidas redondeces de la hembra en frías cifras negro sobre blanco en una de las fichas estándar que usamos para seguir los progresos físicos de nuestras posesiones y asegurarnos de que se mantengan como deben. Tomó medidas verticales y horizontales, y alguna oblicua: altura, brazos y piernas, ubicación y contorno de la cintura y de la cadera, caída y separación de los pezones, cabeza y hombros, ojos, nariz y boca… Metió la regla entre las piernas de la hembra para medir la extensión interior y exterior de su raja, y el acogedor perineo que separa sus orificios, para que cuando digamos «Uy, lo siento, me equivoqué de agujero» podamos hacerlo con una sonrisa en los labios.

Tuvo que apurar la cinta para medir el generoso contorno pectoral. La pequeña apretaba con ganas, en uno de sus intentos ya habituales de restar centímetros a los méritos de sus competidoras. Un buen azote de Sebastian en sus nalgas embutidas le recordó la importancia de la fidelidad anatómica en el control de calidad.

Con el material dispuesto, Seb dio una palmada en la mesa del comedor:

—Siéntate. Voy a examinarte.

La hembra tragó saliva y me miró pidiendo permiso. O quizás auxilio, no sé. Asentí y ella colocó su dubitativo culito sobre la madera maciza, con las manos apretadas entre las piernas, protegiendo a la vez a las gemelas y el tajo de la felicidad. Seb las apartó con aire paternal y procedió, con toda su profesionalidad, a la palpación mamaria. Amasó y estrujó, hundió los dedos en la carne para evaluar la homogeneidad y consistencia de sus sólidos volúmenes, azotándolos con suaves palmadas para comprobar cómo se balanceaban, chocando entre sí como un péndulo destinado a marcar un período que no debería terminar nunca. Valoró el tiempo de reacción de los pezones y la longitud que alcanzaban. Comprobó el efecto del frío y del calor, y de las leves descargas eléctricas, con ese aparatito tan curioso que suele llevar en el bolsillo de su chaqueta blanca cuando ejerce su profesión entre nuestras siempre bien consideradas esposas.

—Los pezones responden con facilidad, y las areolas están bien formadas… Será una buena lactante, si te planteas empezar a ordeñarla. La piel está en muy buen estado, pero con este peso no es bueno que estén sueltas todo el día. Recomendaría un corset bien apretado para que la estructura no pierda firmeza.

No le falta razón. Han sido semanas de desmelene tropical con las gemelas disfrutando todo el día el dulce bamboleo de la libertad. Va siendo hora de recluirlas en un ceñido y estricto internado de seda y hueso de ballena para dejarlas salir sólo cuando la ocasión lo requiera. Y ya sabes que el uso constante de un corset apretado enseña a las hembras a mantener una respiración más pausada y profunda, lo que siempre es una ventaja.

Dejando con desgana el examen mamario, Seb procedió a valorar los labios y la forzó a abrirlos con un palito de madera para comprobar la capacidad… bucal, claro. Nuestro amigo medía el fondo de la garganta, observando con satisfacción que iba por el buen camino en la necesaria adquisición del control de arcadas.

Valoró el cuello, esbelto para una hembra de su contundencia, fácil de agarrar a una o dos manos. El abdomen y los muslos conservan una firmeza adecuada, pero me ha recomendado un plan de ejercicio estricto que pienso imponerle desde mañana mismo.

Tras invitarla a tumbarse sobre la mesa del comedor, empezó la exploración “seria”. La hembra se tumbó despacio, con la mirada perdida en las luces del techo, sin apenas respirar. No tuvimos que indicarle que abriera las piernas. Se expuso ante nosotros, un manjar exquisito sobre roble macizo, carne de primera que disfrutamos en crudo; ya tendremos tiempo de cocinarla a fuego lento. Literalmente.

El buen doctor asintió complacido, se enfundó los guantes de latex y, con su linternita del bolsillo, empezó a inspeccionar los recovecos que coronaban el tajo profundo y brillante de la hembra. Fue recorriendo el surco con los dedos, de arriba a abajo y de lado a lado, separando cada pliegue para no dejar piel sin inspeccionar. Pinzó los labios y los estiró para comprobar la elasticidad con la que recuperaban su forma original. Procedió a valorar la sensibilidad del botoncito.

—¿Vas a dejarle el clítoris y los labios? —me preguntó mientras su dedo se deslizaba una y otra vez sobre la zona.

¿Qué opinas, viejo? Por mi parte sí, aunque tendremos que discutirlo entre todos. Pese a lo inconstante de su lealtad, se comporta suficientemente bien como para ser generosos en ese aspecto. Aunque tiene la mala costumbre de hacerme cambiar de idea cuando decido mostrarme bondadoso.

De momento, sigue conservando el clásico botón de encendido en lugar de opciones menos táctiles. Seb logró hacerlo asomar dando golpecitos en la puerta hasta que saliera a ver quién llamaba. Y como la curiosidad mató a la gata, en cuanto asomó, las hábiles manos de nuestro colega lograron atraparlo con esas pinzas, tijeras o como las llamen en su profesión, piezas de ingeniería ginecológica que, una vez logran morder con sus dientes de acero quirúrgico la carne sensible, no sueltan la presa hasta que el operario las libera de su labor.

Ella, claro, soltó un delicioso aullido e intentó cerrar las piernas por instinto cuando el metal atrapó la piedra angular del arco gótico de su entrada. Pero Seb, experimentado en estas lides, estuvo rápido agarrando sus muslos y forzándola a mantenerlos abiertos. Se tomó unos instantes hasta asegurarse de que su paciente había asimilado la presión entre sus piernas antes de proceder a aumentarla. La hembra respondió al aumento de la mordida con un respingo, pero mantuvo los genitales expuestos a las manipulaciones de su nuevo ginecólogo.

Sus jadeos aumentaban conforme los dedos de Seb se cerraban poco a poco sobre las pinzas. El pecho subía y bajaba al ritmo de la respiración entrecortada; dos montañas de sólida carne agitándose ante el terremoto que se iba propagando por el vientre y unos muslos temblorosos que, pese a todo, se mantenían abiertos. Una solitaria lágrima brotaba de los párpados, cerrados con fuerza, de una hembra obediente que sabía que debía aguantar los rigores de la prueba. Seb parecía satisfecho:

—Un clítoris robusto. Resistente. No hace falta que te contengas si decides castigar esta zona.

La hembra agradeció el cumplido y el cese de la presión con un gorgoteo que se transformó en gemido de alivio cuando le permitimos cerrar las piernas durante el tiempo que llevó lubricar los instrumentos para el examen interno. Bella estampa, esa muestra de anatomía femenina tumbada de lado, las rodillas dobladas contra el pecho, temblando al ritmo del llanto contenido, una mano ocultando el rostro y la otra perdida entre los muslos, aliviando con sus caricias y a la vez entorpeciendo la contemplación que tal postura ofrece a los espectadores siempre interesados del bello arco del triunfo que enmarca la entrada del principal, que no única, de los senderos que recorren el placentero mundo interior del cuerpo femenino.

Necesitó un par de sonoros azotes en las nalgas ladeadas para animarla a volver a abrirse de piernas. O quizá no los necesitara, pero nuestro amigo no dio orden alguna y se limitó a palmear la hermosa grupa para indicarle que el examen continuaba. Sus muslos temblaron de nuevo al sentir en su hendidura el frío tacto de la herramienta de exploración, ese abrecoños de impronunciable nombre en latín. Diez centímetros de metal que incomprensiblemente hicieron estremecerse a una hembra a la que tengo acostumbrada a durezas más sólidas y mayores profundidades.

El doctor giró la ruedecita hasta abrir bien las palas y alumbró el interior para desvelar los secretos ocultos de la sonrosada gruta de los placeres. Por fin he podido completar nuestros registros con imágenes de las pocas zonas indocumentadas del cuerpo de nuestra hembra. Fotografía HDR y video de alta definición, por supuesto.

Seb se mostró satisfecho con el coño. Nuestro primer espécimen goza de notable profundidad y se mantiene estrecho y, sobre todo, apretado, pese al uso que ha tenido.

—No observo restos del himen —indicó; la linterna recorría el contorno de la abertura. No me extraña, viejo, teniendo en cuenta su pasado y mi aportación particular al pulido de esas paredes. Los retazos de inocencia son para jovencitas que aún sienten el escozor de cerrar las piernas después de haberlas tenido abiertas.

Las de la hembra se relajaron en cuando las palas abandonaron su tajo. El instrumento había salido con más lubricación de la que entró, así que Seb se lo tendió a su ayudante.

—Limpieza, querida.

Lisa se llevó el metal a los labios y lo dejó reluciente antes de colocarlo en orden junto al resto de utensilios.

—Todo —puntualizó Seb.

Su ayudante no necesitó más indicaciones. Colocando sus labios sobre los de la hembra procedió metódicamente a retirar los restos de lubricación —natural o sintética— que hubieran quedado atrapados en los bordes o el interior del conducto recién explorado. La hembra hizo amago de apartarse de la boca de Lisa, pero Seb agarró uno de sus muslos y apretó con fuerza para indicarle que debía permanecer quieta durante el proceso de retirada de residuos.

Como buena calientapollas acostumbrada a relacionarse con hombre, nuestra hembrita parecía incómoda en manos de otra mujer. Su mirada sofocada saltaba de Seb a mí y a la mitad visible del serio rostro femenino que surgía de su entrepierna. Sus mejillas ya sonrosadas se tornaron rojas cuando su enfermera procedió a meter la lengua en el conducto para una limpieza en profundidad. Seb parecía divertido.

—No parece que le esté gustando. O quizá la pobre es tímida y la incomoda mojarse ante desconocidos. Pero tranquila, jovencita. Somos una gran familia. Lisa y tú acabaréis intimando.

Y no le falta razón, ¿eh, viejo? A fuerza de roce, nuestras mujeres no pueden evitar acabar siendo íntimas, que no es lo mismo que decir amigas. Aún recuerdo aquella ocasión en que tu querida esposa se apostó la piel a que era capaz de reconocer a cualquiera de sus compañeras con los ojos vendados, sólo por el sabor de su coño. Cinco de cinco. Y eso que entre las seleccionadas le colamos un par de novatas. Hasta reconoció a mi mujer. Y dado que soy tu yerno, el hecho no deja de tener sus lúbricas implicaciones.

Pero dejemos ya el coño de mi mujer y los coños en general. Volvamos al asunto en que más he trabajado los últimos meses: el culo de la hembra. O como dijo el doctor esta mañana tras ponerla en pompa:

—En fin… veamos el destrozo.

Tras una valoración ocular y táctil del orificio de entrada, enemó a la hembra con una cánula de plástico de buen grosor: una limpieza en profundidad antes de la exploración interna. Mientras se iban llenando lentamente, el buen doctor la animaba a un meneo cadencioso de su retaguardia para que el líquido se distribuyera bien. Tras unos compases guiados por la sabia mano de nuestro colega, ella misma siguió el ritmo. Así pudimos deleitarnos en la hipnótica contemplación del suave bamboleo de esos cuartos traseros que lucían más felinos que nunca, adornados por la cola de plástico que surgía con picardía de entre ellos.

Lisa la acompañó al baño para que se vaciara. Lo que allí paso quedará para siempre en la intimidad de esas dos gatas en celo. Y en los registros de video. Baste decir que la hembra acabó con la lengua de su nueva amiga metida de nuevo en uno de sus orificios. Protestó, claro, porque en ausencia de su macho recupera un poco del carácter de niña consentida que tanto nos costó domesticar. Pero Lisa hizo poco caso de sus quejas.

—Si no estás impecable, será mi culo el que lo pague, zorra —le dijo antes de que su cara desapareciera entre las nalgas de la hembra. La agarró de las caderas y no la dejó escapar, pegándose con el ímpetu de una sanguijuela escuálida, con el abrazo férreo de una amazona ansiosa de morrearse en el noble estilo francés con la pequeña boquita auxiliar de su nueva compañera de batallas.

Tras corretear por el baño arrastrando a su amiguita pegada a su baja espalda, la hembra acabó aceptando la situación. Con las manos apoyadas sobre la pared se dispuso a esperar a que la enfermera terminara el tratamiento. Cuando Lisa se dio cuenta de que su paciente, tras las protestas iniciales, había aceptado la situación, emergió de entre sus nalgas para coger aire e intentar aliviar la visible incomodidad de su nueva compañera:

—Tranquila, zorrita —le dijo—. Ya me devolverás el favor. Antes o después todas acabamos conociendo los culos y los coños de las furcias con las que convivimos.

La hembra empezó a quejarse, pero Lisa cortó de raíz con un sonoro azote.

—Es mejor que vayas preparando el culo para lo que viene.

Así la hembra volvió a nuestro lado con los colores subidos por delante y por detrás.

De nuevo a cuatro patas sobre la mesa, Seb, siempre meticuloso, se tomó su tiempo variando la curvatura de la espalda, colocando y separando los muslos y los codos, alzando la cabeza de la hembra hasta lograr que la retaguardia que nos ofrecía fuera el más digno exponente de un culo en pompa. Todo sea por favorecer una exploración profunda. Así le entrará mejor. Y cuando la tuvo como quería, enterró el dedo en el orificio y lo removió palpando sus paredes, valorando sus recovecos y la facilidad de deslizamiento.

—Lleva una racha de uso intensivo —valoró—. Noto cierto… agotamiento. Hay que tener cuidado. Es mejor empezar usándolas poco a poco, con un buen entrenamiento continuo para mantener el estado de sus orificios. Y dejar el uso frecuente para cuando estén más habituadas. La costumbre es importante, la mentalización. Los excesos en etapas iniciales, cuando aún intentan resistirse a la invasión, suele derivar en el debilitamiento del conducto, con repercusiones negativas en el placer que proporciona al penetrarlo.

Recibido: entrenarles el culo antes de partírselo.

No fue la última bronca de la noche. Nuestro amigo sustituyó sus dedos por el hermano pequeño del abrecoños y nos brindó una toma bien iluminada del más recóndito de los senderos transitables de la hembra.

—No está tan mal como esperaba. Algo irritado, pero se recuperará. Recomendaría dieta líquida durante algunos días y más lubricación hasta que se acostumbre.

Buena recomendación; aunque no seguir los consejos de los médicos hace la vida más divertida. Al menos para nosotros. Prefiero que ande algo escocida antes que ponérselo tan fácil. Seguirá hartándose de carne en barra.

Pese a las reprimendas, Seb tuvo el detalle de extender un documento que certifica que nuestro espécimen posee calidad suficiente para unirse a nuestra pequeña comunidad. Lo rellenó en la misma mesa, enumerando sus conclusiones y alabando las virtudes físicas de la hembra mientras esta seguía a su lado, a cuatro patas, con Lisa detrás procediendo con la limpieza.

Antes de irse, me enseñó el modo correcto de inyectar las vitaminas y su técnica especial para administrar esos enorme supositorios que tan a punto las dejan. Mi buen amigo es así de bromista: después de la bronca por usarla demasiado me la deja a punto para seguir haciéndolo.

—Receta especial —decía insertando la capsula entre las nalgas de su paciente—. Elaboración propia. Esta noche estará suave, suave.

¿Y sabes qué? Lo estaba. Las dosis que me ha dejado se van a agotar enseguida. Tengo que pedirle una caja llena.

 

DIA 80

 

La hembra despertó para descubrir que estaba sola.

Fue al baño. Sentada en la taza, rompió a llorar. Eso es bueno: el llanto femenino purifica. Necesita una válvula de escape para desahogarse después de que hayamos rehecho su vida. Y supongo que aún anda algo escocida desde ayer.

Se vistió sexy para mí. Encontró el corset que le dejé preparado. Tras un rato admirando su calidad, se lo puso sin dudar, aunque no se molestó mucho en apretar el cordaje. Por suerte, antes de que cayera la noche, unas manos femeninas más expertas en esa tarea lo dejarían bien ceñido. Una reminiscencia de cine clásico, pero en bluray en vez de blanco y negro y con una rubia de piel de nieve en lugar de aquella vieja negra y gorda. Y con unos graciosos hipitos que el sistema de sonido grabó a la perfección, cada vez que un nuevo tirón hacía que el corset reclamara un poco más de espacio al aire de su pecho.

Aparte del descubrimiento de su nueva vestimenta de diario, ha pasado una mañana aburrida. Sin el entretenimiento de planear fugas absurdas le queda mucho tiempo libre. Dio un breve paseo por su urbanización de casas idénticas. Hizo ejercicio. Intentó una receta culinaria y pasó del resto de libros de la biblioteca. A media mañana ya estaba de nuevo en el salón, viendo uno de esos videos de educación sexual para señoritas decentes de la colección privada de tus amigos orientales, cuando el melodioso ruido de una risa femenina en la calle llamó su atención.

Se puso a investigar a través de la ventana y me vio paseando con Ivanna, cogidos de la mano, muy cariñosos. He aprovechado para enseñarle las instalaciones. La hembra fue subiendo y bajando de una planta a otra, intentando no perdernos de vista, con la su atención centrada en la nueva rival que había invadido su hábitat. Inclinada sobre la ventana, descorriendo las cortinas apenas lo suficiente pare ver sin ser vista, parecía la reina de las cotillas, con las manos agarradas crispándose sobre el marco cada vez que Ivanna se pegaba a mí. Cuando desaparecimos de su vista se puso a correr de ventana en ventana en busca de nuestro rastro, hasta que escuchó las llaves en la puerta. Volvió a toda prisa al recibidor.

Al entrar, nos estaba esperado junto a la puerta.

El primer encuentro de esas dos estupendas obras de arte femenino fue un silencioso cruce de miradas: la de Ivanna curiosa, repasando la turgente anatomía de su congénere en una valoración rápida del nuevo activo que iba a incorporarse a nuestra gran familia; la de la hembra mezclaba recelo y miedo; iba saltando de Ivanna a mí. Yo las dejé tranquilas, dejando que esas dos gatas en celo se olieran, metafóricamente, las colas.

—Veo que has encontrado tu regalo —dije dibujando su contorno encorsetado—. Te queda bien.

Pero Ivanna no parecía de acuerdo:

—Lo lleva un poco suelto, cariño. A vosotros, en cuanto unas ubres apretadas desparraman por arriba, todo os parece perfecto. Pero la clave está en el talle. Tiene que quedar ceñido para moldear la cintura y sostenerlo todo en su sitio.

Conforme lo decía se fue colocando tras la hembra. Soltó el nudo del corset y empezó a apretarlo lazada a lazada, cada tirón acompañado del gritito entrecortado de una gaita al vaciarse. Tuve que asir a la hembra por los hombros para que se estuviese quieta. Su mirada suplicante me pedía permiso para defenderse, pero negué con la cabeza.

—Jennifer, te presento a Ivanna, mi querida esposa —le dije.

Ivanna colocó una rodilla sobre la espalda de la hembra y dio un tirón para apretar con fuerza la última lazada. Los ojos de la hembra se abrieron como platos y su respiración se convirtió en un silvido.

—Encantada de conocerte, hermana. Mi esposo me ha hablado mucho de ti estas semanas.

Terminó de atar el lazo y, deslizándose alrededor de la cintura entallada de la hembra, se colocó frente a ella. Buscó sus labios. La hembra retrocedió, pero Ivanna la tenía bien sujeta por la cintura y siguió acercándose a su boca, despacio, sin forzar la situación, hasta que la hembra asimiló que no podía librarse del afecto de su nueva amiga. Los labios de Ivanna se posaron con suavidad en los suyos. La hembra se vio de pronto con otra lengua femenina ocupando su boca sin invitación, enroscada en torno a la suya en un baile húmedo que poco a poco fue venciendo su resistencia. La calidez de los labios de Ivanna logró romper la natural rigidez que suele atenazar a las jovencita inexpertas ante una sesión inesperada de lesbianismo forzoso.

Yo me limité a disfrutar del espectáculo, porque es de mala educación interrumpir a dos damas que intercambian los saludos de rigor que exigen las buenas costumbres.

Ivanna se separó un poco, sólo un poco, mordisqueando en su retirada el labio brillante de su nuevo juguete. Me miró un instante antes de volver a centrarse en los ojos sorprendidos que no se apartaban de ella queriendo prever la reacción de esa nueva intrusa. Sonrió a la hembra y le dio las gracias por el placer que había proporcionado a su marido.

—Es bueno tener una nueva hermana que me ayude a satisfacer sus necesidades —dijo—. Se lo mucho que le gustan las novedades. Por desgracia, a mí sólo pudo estrenarme tres veces. La última el día de nuestra boda, como marca la tradición.

Propuso celebrar esta nueva amistad con una copa. Y como la hembra aún estaba un poco apática, Ivanna no necesitó que la animaran para convertirse en la perfecta anfitriona de un hogar que no era suyo. Tomándola del brazo la condujo a la bodega, a por una botella de buen vodka. Porque el buen gusto se lleva en la sangre, ¿no, viejo?

Entre copa y copa discurrió una charla interesante sobre inquietudes femeninas. Ivanna estuvo tan locuaz como siempre que tiene la boca libre. La hembra acabó animándose por el efecto combinado del alcohol y la sensación familiar de la vuelta al gallinero. Las chicas hablaban y yo escuchaba, porque siempre se aprende del estudio de esa singular especie que conforman las hembras humanas bien desarrolladas cuando se mueven en manada. Hablaron de experiencias vitales y de los caminos tan distintos que las habían conducido hasta este punto concreto y coincidente de sus vidas. Una hablaba con la sinceridad de una mujer desnuda que sabe que no le queda ningún lugar donde esconder secretos; la otra se mostraba más tímida. Me miraba de reojo y la narración de sus experiencias era menos detallada.

¡Ah, viejo: la esperanza! La inútil esperanza de ser dueña de su propia intimidad, jueza de sus propias sensaciones. Nunca importaron sus sentimientos, admitir o negar las veces que se ha sentido mujer plena mientras la empalaba, el dolor y la impotencia de las muchas ocasiones que ha sido un juguete en mis manos. Es una hembra sometida a los deseos de su macho. Todo lo que tuviese que decir ya lo sabíamos. Es la hormiga bajo nuestra lupa, la mariposa clavada en un tablón de corcho con su descripción debajo. Sus reacciones y sentimientos son parámetros controlados y medibles.

Disfruté más con las confesiones de Ivanna. Me gusta oírla narrar sus primeras veces, los recuerdos imborrables de nuestra noche de bodas, el perdurable efecto que causé en la mente inocente de esa preciosa jovencita que el destino y el cabrón de su padre pusieron en mi camino.

—Te comprendo —dijo Ivanna. La hembra acababa de contar la versión abreviada de la primera vez que le abrí el culo—. Te comprendo muy bien. La primera vez nunca se olvida, ¿verdad? Aunque lo intentes. Yo era bastante más joven, pero estaba mentalizada. Aunque no lo suficiente… ¡Hombres! Son como niños. Si un juguete les gusta no se cansan de él, aunque tengan otros a mano que apenas han usado. Pero el primer día con un juguete nuevo… son incapaces de contenerse. Con las chicas es diferente. Somos más… tranquilas… a la hora de jugar.

Acarició la mejilla de la hembra, sonrosada por el vodka y la vergüenza. Sus labios brillaban húmedos de alcohol.

—¿Tienes experiencia con mujeres? ¿No? ¿Sí? Poca, ¿verdad? Mi esposo quiere que compruebe que tal se te da. Es prácticamente un requisito para vivir aquí. ¡Vamos! ¿Qué te parece esa alfombra? Parece nueva. Cómoda. Persa, diría yo.

Lo que vino después puedes verlo en el video. Habla mucho de niños con juguetes nuevos, pero bien que disfruta ella los suyos.

Yo daba indicaciones como un director bohemio de cine independiente, con nuestro guión escribiéndose en directo sobre las pieles entremezcladas de una diva de la actuación y una prometedora debutante. Y un 3D tan realista que estirabas la mano y parecía que podías tocar a las actrices, que gemían bajo tu tacto con sonido envolvente. Para que digas que el cine en blanco y negro es mejor, viejo. A veces, la calidad de imagen y sonido compensan ese aburrimiento pretencioso que es moneda común en las películas ñoñas protagonizadas por mujeres.

Sobre la alfombra intercambiaron besos y caricias. Ivanna se fue quitando la ropa al tiempo que montaba a horcajadas sobre su nueva amiga y saciaba su apetito mordisqueando los melones maduros de la hembra.

—¿Quién come a quién? —me preguntó.

Dejé que la novata decidiera, pero se mostraba dubitativa ante la trascendental cuestión de comer o ser comida. Ivanna, tomando una iniciativa que no le había dado y por la que tendré que castigarla, se colocó entre las rodillas de su nueva amiga y de un largo lametazo dio por iniciada la degustación gastronómica.

La hembra sintió la sacudida del chispazo que surgía de entre sus piernas. Ivanna atrapaba con los labios los jugosos pliegues y los mordisqueaba con la tranquila confianza de una leona que desgarra tiras de carne aún palpitantes del tajo abierto en una gacela viva que sabe que ya no puede escapar de su depredadora. El coño brillante se mezclaba con el blanco de los dientes de mi esposa, que escalaba la raja mordisco a mordisco, extrayendo su jugo a bocados.

Llegó al botón y empezó a saborearlo, a envolverlo en sus labios como un caramelo relleno que hay que chupar un poco antes de morderlo. Y mordió, viejo. La hembra se arqueó en al aire tendiendo un puente de carne sobre la alfombra persa. Ivanna la agarraba por los muslos y seguía mordiendo la parte más sensible del cuerpo de la hembra.

Soltó su presa, metió la lengua en la raja húmeda y empezó a explorar, espeleóloga experta, la profunda gruta. La hembra, más relajada, se dejó caer sobre la alfombra. Su cuerpo liberado de la tensión temblaba por el calor de su coño empapado. Se mordía el labio para no gritar —o para no gemir; no lo tengo claro—, y arañaba el pelaje de la alfombra luchando por mantenerse quieta y no interferir en la labor experta que acontecía entre sus piernas.

Explotó. Explotó con la boca de Ivanna pegada a sus labios, con su lengua estirándose para llegar a lo más profundo de su ser y su naricita respingona en un beso esquimal continuo con el clítoris. Explotó, vencida ya su resistencia, gimiendo sin control aunque su boca luchara por mantenerse cerrada.

—Disimula, chica —susurró Ivanna surgiendo de entre sus piernas con los labios húmedos de esencia femenina—. No debemos mostrarnos tan descaradas. Somos damas, no rameras.

—Deja que disfrute —intervine—. Tú eres una dama, cariño. Tienes tus obligaciones. Jen está para lo que está.

La hembra acabó relajada y satisfecha. Llegó entonces su turno de saciar su apetito en carne tierna de primera calidad. Pero incluso en temas secundarios como el placer femenino, la experiencia es un grado. La hembra comió por gratitud, más por compromiso que por hambre. Como chica bien educada, de colegio de monjas, sabe que cuando la anfitriona ofrece un plato es de mala educación no probar un poco para poder alabar después el sabor de las viandas.

Lamió, sí. Lamió la raja arriba y abajo. Puso ganas y hasta saliva. Pero no saboreaba. Lamía con delicadeza para no salirse del marco carnoso, para no visitar por accidente las oquedades vecinas.

Metió la lengua. Un mero asomo, exploradora tímida, temerosa de lo que pudiera descubrir adentrándose en territorios ignotos.

Mordió sin ánimo, con el miedo al daño refrenando la pasión que necesita toda buena devoradora de hembras. Si la presa no suelta algún grito accidental de dolor entre los gemidos es que la depredadora no se merece tal nombre.

Ivanna agarraba la melena castaña, restregaba la cabeza de su comensal contra sus muslos abiertos, se dejaba llevar disfrutando del contacto. No parecía impresionada. Le pregunté qué tal. Un siseo y un leve encogimiento de hombros fueron su respuesta.

—Ya sabes lo que hacer.

Lo sabía. Había probado el remedio en su propia carne cuando era suya la lengua novata que chapoteaba en coños experimentados: calentarle el culo a la principiante hasta que aprenda a meter los morros. Receta simple pero eficaz. Ivanna la aplicó descargando una manotada a palma abierta, y luego otra, y otra, hasta encontrar el ritmo adecuado para animar el ánimo comedor de su aprendiza. Los impactos resonaban acompañados por gritos de ánimo, de «Vamos», «Muerde sin miedo», «Chupa más, zorra» y «Cómemelo todo». Hasta que, haciendo una pausa en la percusión, agarró la melena castaña desparramada por sus muslos, separó los morritos chorreantes de su entrepierna y, mirando a la hembra a los ojos, le dijo:

—Eres una mujer. Sabes cómo tienes que hacerlo.

Y volvió a apretar la cara brillante contra su coño.

La mantuvo allí, agarrando a dos manos, hasta que sus muslos se tensaron apretando la cabecita entre ellos. Su espalda se curvó en un espasmo y cayó rendida con un suspiro de satisfacción. Sus caderas se relajaron, pero siguió aprisionando entre ellas a su compañera.

—Límpiame, hermana. No me dejes pringosa para mi hombre.

La hembra lo hizo, y bien. Estuvo un buen rato entre las piernas de mi esposa después de que ésta hubiese acabado. Ivanna dejó de agarrarla, pero la hembra siguió hasta que estuvo satisfecha con el resultado.

Se besaron. Un morreo largo. Dos mujeres hermosas con los labios brillando por los jugos de la otra, lenguas húmedas chapoteando en un mar de saliva y flujos vaginales. Fui a servirme una copa y al volver aún seguían.

Les mandé juguetear, pecho contra pecho, boca con boca, caricias suaves de pieles entrelazados sobre la alfombra, una rodilla juguetona atrapada entre dos muslos ansiosos, glúteos mordidos y lametazos, cuerpos lustrosos por la efusión imparable de humedad que surgía del interior de sus cuerpos calientes, rajas con rajas, besos de labios a cuatro pares, perras en celo que se olfatean, yeguas y amazonas cambiando papeles…

Les di intimidad y bajé al pueblo a atender mis asuntos. Las chicas a solas juegan distinto, viejo. Con sus descansos y con sus pausas. Comieron y bebieron. Sé que intimaron.

Cuando volví, en noche cerrada, la hembra dormía sobre la alfombra, su cabecita inocente descansando sobre las tetas de Ivanna, una pierna entrelazada con la de su nueva amiga. Las dejé allí y me vine a completar el registro diario.

En cuanto lo acabe pienso echarle un vistazo al video.

 

DIA 81

Las chicas se levantaron pronto, cocinaron y desayunaron juntas, en bella estampa hogareña. Ivanna le daba de comer de su mano y le tiraba pellizcos en los pezones y el culo cada vez que pasaba a su lado. Hubo besos, caricias y huellas de azúcar glasé que enseguida eran borradas por un lametazo juguetón.

Al oír que me despertaba dejaron sus jugueteos y empezaron a preparar el desayuno para el hombre de la casa. Degustamos juntos la comida más importante del día: yo, zumo y café con tostadas francesas; la hembra, de rodillas, disfrutaba de mi verga aderezada con una ración generosa de nata montada a petición de su nueva amiga, que arrodillada tras ella devoraba los orificios succionando el jugo de esa fruta fresca.

Ivanna, siempre cariñosa con las novatas, se aplicaba hasta el punto de distraerla por momentos de sus labores orales. Fue necesario un suave cachete en la mejilla para que no perdiera la concentración.

—Atenta a lo que tienes que hacer, no a lo que te hacen, preciosa. Y dale las gracias a Ivanna cuando acabes. Si más tarde quiero partirte el culo, te lo habrá dejado suavecito.

Pasamos el resto del día fuera, mi esposa y yo. La llevé como acompañante a mi almuerzo de negocios. Puedes lucir un rolex de platino y un traje a medida, pero nada sugiere más el éxito de un buen negociante que una rubia alta con cuerpo de modelo de lencería colgando de tu brazo. Ya te comentaré qué tal resultó el trato.

Dejamos a la hembra en su casita de muñecas, fregando los platos, barriendo la cocina y limpiando las manchas de humedad que habían quedado en la alfombra.

El caso es que, como soy tan despistado, olvidé el móvil. Sí, sí, viejo, ya sé: la falta de atención de los jóvenes de hoy en día y todo eso. Por suerte era el móvil especial. ¿Qué para qué sirve un teléfono que sólo me llama a mí? Para dejarlo olvidado sobre la mesa de la cocina, claro.

Diré, en favor de la hembra, que lo descubrió apenas nos hubimos ido y, salvo algunas miradas dubitativas, aguantó la tentación la mayor parte del día. Pero ya conoces esa extraña simbiosis entre las mujeres y los teléfonos. Creo que la costumbre de llevar pendientes surgió como una muy anticipada previsión para que algún elemento sólido impidiese que las orejas de nuestras féminas acabasen encarnadas en los dichosos aparatos.

La hembra se dedicó a sus labores hogareñas, se dio un baño relajante y estuvo peinándose hasta dejar su melena impecable. Se puso el corset, más apretado que ayer pero menos de lo deseable. Paseó por el jardín. Subió al mirador y contempló el paisaje. Vio videos educativos y hasta leyó algún libro de la selección que hemos elegido para ella. Pero sus ojos siempre volvían a la mesa de la cocina.

Cayó a media tarde. Pensaría que hacer una llamada era uno de sus derechos. Adjunto el número al que llamó. Convendría investigar a quién corresponde, conocer un poco más la lista de prioridades de nuestra hembra. Es bueno animarla con nuevos incentivos.

El «I Want to break free» de Queen asociado a la entrada número uno de mi lista de contactos sonó a mitad de la sobremesa. Comprobé que quien me llamaba era yo mismo, lo que me sorprendió no tanto por las implicaciones metafísicas del asunto sino por haber tardado tanto en recibir la llamada. Busqué una zona privada donde atender esa conversación esquizofrénica y dejé que el teléfono siguiera sonando para darle más emoción al asunto. Ya había llegado al estribillo cuando decidí colgar para ver cómo actuaba la hembra. De haberse quedado ahí, de haber devuelto el teléfono a la mesa, me hubiera planteado perdonar su pequeña traición. Pero es una de las cosas que me encanta de ella: aunque le cuesta decidirse, una vez puesta en marcha, llega hasta el final; o dicho de otro modo: le cuesta abrirse, pero una vez abierta le entra todo.

El teléfono volvió a sonar. Estaba llamando al mismo número que antes, así que volví a colgar. El tercer intento llegó enseguida. Mismo número. El cuarto tardó un poco más. La hembra llamaba a un número distinto. También te lo paso. A ver que averiguas.

Esta vez acepté la llamada. Me llevé el teléfono al oído y permanecí en silencio.

—¿Mamá?

Seguí callado.

—¿Mami?

—No, preciosa —contesté—. Mami sigue en la mesa con mis invitados. Soy papi. Y papi está enfadado.

Quedó en silencio durante un instante, antes de empezar a excusarse sin ton ni son. Y deja que te diga una cosa, viejo: por teléfono su parloteo es todavía más molesto. Esa cháchara entrecortada y sin filtros se vuelve insoportable cuando no está acompañada por la imagen de una hembra sofocada por la vergüenza con sus preciosas tetas botando. La corté en seco, con la idea en mente de usar la videollamada en toda futura comunicación con ella.

—Me has decepcionado, preciosa. No se puede confiar en ti.

—Pe—pe-pero…

—Shhh. No debiste hacerlo. Sobre todo hoy, que estoy demasiado ocupado como para perder el tiempo corrigiéndote. Pero tranquila: ya que os habéis hecho tan amigas, le diré a Ivanna que se ocupe. Ten el látigo preparado cuando llegue.

Corté y volví a la mesa. Cuando regresamos a casa, dejé a mi esposa en la puerta y fui al club para ver el espectáculo en pantalla grande con Seb, contigo, y el resto de hermanos que lograron hacer un hueco en sus apretadas agendas para asistir al evento.

No creo necesario entrar en detalles, ya que todos estábamos allí para verlo. El espectáculo de una hembra bien desarrollara siendo flagelada siempre es agradable, ¿verdad? Se venderá bien. Mi esposa conoce de sobra el efecto del látigo sobre el cuerpo femenino. Se empleó a fondo. El cuero es su especialidad, ya sea propia o ajena la piel que lo reciba.

El desván de la casa tuvo su gran estreno, con la hembra en el centro de la escena, colgando del techo, recibiendo en su cuerpo desnudo una corrección muy necesaria: un repaso a fondo a la lección que ya debería haber aprendido. Todo sin que Ivanna dejara de regañarla como buena hermana mayor, recordándole la suerte de encontrar un dueño como yo y la absurda cabezonería de no aceptar un destino inevitable. El aire del desván vibraba con la dulce melodía de las críticas, el silbido del látigo y el llanto lastimero de la hembra interrumpido por sus gritos de dolor.

Ivanna la consoló después: acarició la piel magullada; la dejó llorar y desahogarse; la sostuvo en pie sobre sus piernas temblorosas. Mientras la llevaba a la cama le iba susurrando palabras confortantes al oído:

—Tienes que entenderlo, hermanita. Una chica como tú, con ese cuerpo, retorciéndose ante los azotes, es demasiado excitante. Nuestros dueños no necesitan más excusas para el castigo. No te empeñes en dárselas.

La alivió con su saliva, como buena mamá gata que sabe cuidar de su gatita. Valoró las nalgas, donde el rojo fresco se mezclaba con las marcas atenuadas de días atrás.

—Mi pobre hermana —le decía—. En este culito siempre llueve sobre mojado, ¿verdad? Pero qué se le va a hacer. Hay que seguir insistiendo hasta que lo entiendas.

Ivanna lamió y amasó la carne para que la humedad reconstituyente penetrara a fondo. Metió la lengua entre las piernas de su amiga y siguió lamiendo en ese sensible rincón que el látigo había mordido unas cuantas veces. El llanto entrecortado se transformó en suspiros cuando agarró a dos manos las nalgas y las separó para tener vía libre a sus orificios. Se entregó a fondo.

La hizo ponerse en pompa sobre la cama y metió la lengua en su agujerito hasta rellenarlo bien de saliva. Esta vez sí, la hembra le dio las gracias. Ivanna se marchó advirtiéndole de que no debía moverse hasta que yo llegara.

Para cuando entré en la habitación, la encontré tal y como mi mujer me la había dejado, con cierto estremecimiento en las piernas por las ganas de ir al baño. Le di con ganas. Con muchas ganas. Y aunque lloró un poco, tuvo el detalle de ahogar contra la almohada los escasos gritos que se le escaparon.

La dejé en la cama con el culo abierto y volví a casa a dormir con la parienta.

 

DIA 82

Inevitable. Como el ir y venir de las mareas, como la eterna sucesión del día y la noche, como los chistes malos de un político que intenta hacerse el gracioso, hoy ha llegado el día D: el día de Sonya.

Porque a ella le gusta —bien lo sabes, viejo— ser la diva de su propio espectáculo.

¡Y qué espectáculo! He estado viendo las grabaciones después de sorprenderla en el picadero. Y debo decirte que estoy muy, pero que muy, enfadado. Eso no estaba en el guión.

La hembra despertó tarde: últimamente duerme mucho, viejo; bocabajo, pero mucho; le gusta pasar el tiempo en el mundo de sus sueños. Despertó tarde y sola. Desayunó poco, echando en falta su ración diaria. Se sentó desnuda a seguir viendo sus videos educativos. Se aburrió pronto. Se puso el corset y su ropa deportiva y empezó con su plan de ejercicios.

Y envuelta en licra, seda y sudor estaba cuando Sonya llamó a la puerta.

Nuestra primera dama vestía ligera: estampados, falda corta, buen escote; o el normal en ella. No necesitó que una hembra sorprendida la invitara a entrar. Se coló como un torbellino, mirando alrededor para comprobar si me encontraba en casa. Cerró la puerta, corrió el cerrojo y hasta la cadena antes de girarse para echar una buena ojeada al cuerpo sofocado y sorprendido de la hembra.

—Uhm, carne fresca. ¡Y qué carne! Eres toda una mujer, niña. Me recuerdas a mí a tu edad. Aunque las mías eran más grandes. Mi hija habla maravillas de ti. Le has dejado buen sabor de boca.

La abrazó. La besó. La hembra, apabullada por el entusiasmo de la altísima mujer que había irrumpido en sus dominios, intentó zafarse. Pero Sonya es fuerte. ¡Qué remedio!, ¿verdad, viejo?, teniendo en cuenta la inmensa mole que tiene que soportar cada noche sobre su espalda.

La hembra no podía escapar, pero lo intentaba. Se revolvía, temerosa del inevitable castigo que conlleva entregarse a alguien sin mi permiso. Sonya disfrutaba: le gustan briosas, el roce del cuerpo de una cría asustada que se resiste, una tersa piel de gallina frotándose contra sus tetas enormes. Siguió con el morreo, intentando meter la lengua. Apresó con sus garras de lacado parisino una nalga bamboleante envuelta en licra y la hembra pegó un respingo.

—¡Oh, lo siento! ¿Molestias al sentarte, niña traviesa? –dijo con una sonrisa, intentando pellizcar a cinco dedos el rollizo cuarto trasero de su nuevo juguete-. Tranquila… Ya te acostumbrarás. Todas nos acostumbramos. Recuerdo épocas enteras de mi vida en que no podía mirarme al espejo sin ver alguna marca fresca en mi culo… Déjame ver.

Intentó bajarle las mallas, pero la hembra se resistía.

—Vamos, vamos. Sólo quiero ayudarte, niña. Los lametones de veterana son la mejor cura para los culitos juveniles. Estate quieta. ¡He dicho quieta, zorra! Eres fuerte, pero he domado potrillas más salvajes que tú.

Forcejearon. Mano a mano, uña a uña, dos melenas castañas revueltas, dos hembras curvilíneas sofocadas, girando entrelazadas como estrellas dobles en precario equilibrio entre una fuerza imparable que las atrae y otra que las mantiene separadas y se va agotando poco a poco hasta que al final cede y las dos se funden en una en medio de una inmensa explosión.

La hembra se cansó primero y perdió el equilibrio. Sonya logró derribarla y se lanzó sobre su espalda.

—Fran tuvo que sudar lo suyo para domarte, niña. Conozco a más de uno que no lo habría logrado —susurró en su oído.

Aplastándola, dominándola con su cuerpo, Sonya tuvo vía libre para bajarle las mallas y el tanga. Se relamía al contemplar el jugoso trasero. Arañaba la carne tierna, deslizando las uñas sobre las marca.

—Pobre culito –decía-. Seguro que te escuece mucho. ¿Y qué tal por aquí?

Metió un dedo entre las nalgas y comenzó a escarbar. Las protestas de la hembra arreciaron, contorsionándose bajo las piernas de su amazona hasta estar a punto de descabalgarla. Sonya se vio obligada a desalojar el sendero recién profanado y asirse con fuerza para controlar las convulsiones de su montura hasta que esta dejó de forcejear y acabó resollando entre sus muslos. Cuando estuvo segura de que el ataque de dignidad de la hembra había pasado, volvió a juguetear con su orificio. Ella empezó a sollozar.

—Vamos, vamos —la consolaba—… resulta obvio que no es tu primera vez, niña. Tienes que cuidar tus agujeritos, hacer ejercicios de tonificación, darles crema. Si no, con lo brutos que son algunos, se va a dar de sí. ¿Qué tal la otra cara de la moneda?

Tirando de la hembra, logró darle la vuelta. Quedaron cara a cara. O pecho a pecho, mejor dicho, pues aun enfundado en sedas de lujo, el volumen mamario que reunían entre ambas hacía que sus rostros quedaran ciertamente separados. Sonya intentó besarla, pero la hembra escamoteó los labios, así que comenzó a mordisquearle el cuello.

—Ya veo. No eres una chica fácil, ¿verdad? Antes tendré que seducirte. ¿Por dónde empezar? –susurraba.

Metiendo los dedos bajo el corset, atrapó los pezones y tiró hasta que las ubres escaparon de su encierro.

—Libres al fin, ¿eh, chicas? Veamos cómo me lo agradecéis —su mano empezó a amasar una teta—. Buen calibre, niña. Duras y suculentas. Me siento como una bebita, a punto de llorar por el hambre.

Los dientes de Sonya hicieron presa en el borde carnoso de la ubre y fueron bajando poco a poco, dibujando con sus marcas húmedas el curvado volumen hasta llegar a la altura del pezón. Lo atrapó con la lengua y lo atrajo hacia el interior de su boca, besando la areola y chupando con ansia, tirando del pecho, que se estiraba colgando en el aire de la boca de Sonya, hasta que lo liberó y su pesado volumen volvió bamboleándose a su tranquilo lugar de reposo junto al cuerpo de su dueña. Sonya admiraba el espectáculo de su latido.

—Mamar es succionar, querida. Aunque eso ya lo sabes, ¿verdad?

Mordió. Mordió con saña. Un mordisco tan prolongado como el grito de la hembra. Le gusta dejar huella en sus conquistas, ya sabes. Paga con ellas la frustración que debe sentir cuando su esposo la presta y un macho que no es el suyo le inserta un buen trozo de carne endurecida por la garganta. En cierto modo es de agradecer que para marcar su territorio no se mee encima de ellas. O al menos de la mayoría, claro.

La hembra tenía los ojos bañados en lágrimas cuando un rato después Sonya liberó de entre sus dientes la tierna carne que aprisionaba. La ubre palpitante subía y bajaba al ritmo de la respiración acelerada. Intentó llevarse las manos al pecho castigado, pero Sonya la atrapó por las muñecas y dejó que el pobre pezoncito siguiera latiendo solo al ritmo del corazón desbocado.

—Vamos, vamos… no es para tanto –susurraba Sonya intentando consolarla-. Estos accidentes ocurren, niña. Tienes que acostumbrarte si vas a acabar alimentando a tu hombre… y a sus invitados… e invitadas. Por no hablar de todos los críos que quiera hacerte.

Empezó a desnudarse sentada a horcajadas sobre la hembra. No le costó mucho, viejo: venía preparada. Las bragas eran la única prenda que no podía quitarse sin desmontar de su cabalgadura. Tras un instante de duda se las acabó arrancando. Supongo que sabía que acabará pagando las consecuencias ante su esposo por no cuidar su ropa. Carpe Diem, debió pensar mientras la tela desgarrada se deslizaba entre los pliegues de su coño: que su culo pague la deuda, si llega. Decide tú si ha de hacerlo, viejo. Si de mí dependiera nuestra arrogante primera dama se llevaría un buen escarmiento.

Usó su lencería desgarrada para atar las muñecas de la hembra, con un buen lazo corredizo.

—Tengo experiencias atando reses bravas, mi querida vaquita, mi potrilla salvaje.

Bien montada sobre una yegua con los aperos bien puestos, Sonya se dispuso a cabalgar. Deslizó un dedo sobre la raja para humedecerlo y, sonriendo con malicia, lo clavó en el interior. La hembra empezó a removerse.

—¡Huy! La uña. Perdóname, niña. Una buena manicura a veces las deja muy afiladas.

Restregó el dedo con ganas, animando a su montura que empezó a agitarse. Nuestra experta amazona se lanzó al galope, excitada.

—Eso es, niña. Mueve ese cuerpazo bajo el coño de Sonya.

Sacó el dedo y agarró los pezones, un hermoso par de riendas para seguir el rodeo hasta que la hembra perdió el ímpetu, agotada. Sonya se inclinó sobre ella y la beso. Sudorosa y sin aliento, nuestra joven adquisición apenas opuso resistencia, aunque los labios de Sonya privaban a su pecho encorsetado del aire que tanto necesitaba.

Fue un beso largo, viejo; tranquilo: el beso de la rendición. El momento de tranquilidad que sigue a la doma. La hembra empezó a tomar aire a grandes bocanadas cuando se vio libre de la lengua que invadía su boca. Sonya le acariciaba el pelo con aire maternal.

—Eso es… Recupera el aliento. Deja que se llenen esas tetitas. Aún queda mucho hasta que logres contentarme.

Volvió a besarla, con menos ansia: sólo los labios. Luego en la frente. Le acarició la mejilla.

—¿Por qué te resistes, niña? Podría darte mucho placer.

—Me castigará —replicó la hembra.

—Oh, sí. Y no será suave, porque es obvio que ya lo has hecho antes. A nuestros hombres no les gusta tener que repetirse, niña. Asúmelo, aprieta los dientes y aguanta el dolor. O grita cuando no puedas aguantarlo (ellos prefieren que grites, niña, que abras bien la garganta en vez de apretar los dientes: les gusta castigarnos mientras la chupamos). Pero no renuncies al placer por miedo al dolor, porque dolor siempre habrá.

Volvió a besarla en la frente. Desmontándola, se tumbó a su lado, de costado, acariciando su cuerpo semidesnudo con la mano libre mientras la contemplaba con la tranquilidad de tener a su disposición una mascota a la que creía derrotada.

La hembra se dejaba hacer, tensa pero tranquila. Sonya dibujaba el contorno de su cara, la redondez de sus pechos, la abultada curva de sus caderas y la punta de flecha que marcaba el camino a la húmeda calidez de su coño. Ella no respondía a las caricias de la señora ni se negaba. Se limitaba a quedarse quieta.

Estuvieron un rato así, disfrutando cada una la tranquilidad de la victoria y de la derrota, hasta que el rotundo y siempre inquieto culo de Sonya empezó a aburrirse de los preliminares y se vio atacado por el ansia de la novedad. Se levantó y empezó a cotillear por la casa, deseosa de descubrir los secretos que escondían las jaulas de su actual y de sus futuras nuevas compañeras. Una curiosidad insana en mi opinión, viejo. Impropia de una dama tan experimentada en los usos y costumbres de la buena urbanidad. Ese carácter cotilla ya debería estar pulido. Y conste que no es una crítica hacia el pulidor. Aunque nunca está de más una buena sesión educativa para recordarle a la señora cómo debe comportarse.

Tras recorrer el salón y echar una ojeada a la colección de videos y libros de instrucción femenina que hemos puesto a disposición de la hembra, Sonya acabó encontrando el mueble de los juguetes. Abrió los cajones con una sonrisa que se iba ensanchando en sus ya de por sí amplios labios.

—Siempre tienen uno lleno con lo necesario. Son tan previsibles, nuestros dueños.

Empezó a sacar juguetitos, dándole la espalda a la hembra. Esta vio su oportunidad. Estaba agotada, maniatada por las bragas de otra mujer, con las tetas por fuera del corset apretado y los pantaloncitos de licra por la rodilla, pero aun así estuvo rápida. Intentó huir hacia la calle sin importarle siquiera tener todos sus encantos al aire. No sé si le tiene mucho miedo al castigo o simplemente no le cae bien Sonya. Con Ivanna no mostró tanto desagrado…

Estuvo a punto de conseguirlo. Ya giraba el picaporte antes siquiera de que Sonya se diera cuenta de que pasaba algo. Pero cuando tiraba para abrir la puerta se encontró con el cerrojo trabado. Y la cadena. Forcejeaba nerviosa para liberarlos cuando Sonya se lanzó encima de ella y la aplastó contra la puerta. Para la hembra, fue una forma dolorosa de comprender que aunque la nuestra es una comunidad completamente segura, el enrejado en las ventanas y los cierres adicionales en las puertas están colocados por una buena razón.

Sonya la agarró del pelo y empezó a arrastrarla por la casa, directa a la habitación principal. En mi humilde opinión se extralimitó bastante. No debería tratarla así, viejo. No le pertenece.

La ató de pies y manos a la cama; cosa fácil, porque nuestro mobiliario hecho a medida ya viene con los complementos necesarios para esas ocasiones, especiales o rutinarias, en las que nuestras hembras necesitan un poco de ayuda extra para permanecer en la posición correcta.

Cuando la tuvo a su merced, empezó a «conocerla mejor». La abordó por la cabeza y fue bajando: acarició y olió el pelo, besó la frente, mordisqueó la oreja y pasó, lamiéndole la mejilla, hasta los labios. Dejó la lengua sobre ellos, la punta rozando la apretada hendidura de una hembra que negándose a abrirlos apartó la cara. Sonya le agarró el rostro con las manos y volvió a insistir, pero la hembra seguía negándole su boca.

—Obediencia o dolor, niña. Ya deberías haber aprendido.

Atrapó el pequeño clítoris entre dos largas uñas lacadas y apretó. Los labios cada vez más apretados de la hembra ahogaron un grito.

—¿Más? De acuerdo. Veamos hasta donde puedo girar el dial de Radio Cachonda.

Empezó despacio, apretado los dedos, retorciendo el botón de carne hasta poner a prueba su elasticidad. La hembra aguantó lo que pudo, su cuerpo convulso en manos de su torturadora, hasta que sus labios se abrieron en un aullido desgarrado.

Sonya esperó a que terminara de gritar y a que remitieran los espasmos pélvicos antes de buscar de nuevo su boca. Esta vez la hembra la mantuvo abierta. Hubo una lengua inmóvil y otra juguetona, mucha saliva que acabó rebosando y un mordisquito final que estiró el labio de la hembra cuando Sonya decidió retirarse para contemplar ese rostro sofocado que la miraba con odio. Supongo que para una mujer, retorcer el coño de otra no es la mejor forma de hacer amigas.

Sonya sonreía, satisfecha, alimentándose del desprecio de su nuevo juguete. Bajó sobre su cuello y lo mordió hasta arrancar nuevos gritos.

—Para que tu hombre vea que tienes el sello de calidad de tu amiga Sonya —dijo.

Siguió bajando. Jugó con las tetas, apretándolas, restregando la cara en la masa compacta que le ofrecían, comprobando su mullido calor, y supongo que comparándolas con las suyas, porque a todas las hembras bien dotadas les gusta comparar, viejo. Lamer, chupar, amasar y apretar para ver si el gusto y el tacto es inferior al que pueden ofrecer ellas, o los superan.

—Mira esta piel tersa —decía—, estas masas apretadas. Las que las tenemos grandes disfrutamos de la suerte de poder ofrecer un canal profundo, para que nuestros machos puedan divertirse con él.

Se sentó sobre el vientre de la hembra y apretó las rodillas hasta que las enormes ubres se prensaron entre sí llenando el espacio entre las piernas de Sonya, que metió un dedo ensalivado en la profunda raja del canalillo.

—Mira. Desaparece entero. ¡Magia! La bendición de unas tetas generosas. Así nuestros niños tienen espacio para jugar, para ir y venir una y otra vez sin que dejemos nunca de acogerlos, de abrigarlos en nuestro seno. Algunas hermanas tienen que hacer auténticos contorsionismos para intentar tener entre sus tetitas una verga que apenas pueden abarcar. Pobres.

Besó los pezones y los lamió, saboreando, pasando dubitativa de uno a otro hasta lograr decidirse. Empezó a chupar, con ansia, interrumpiéndose a ratos para hablarle a la hembra sobre la posibilidad de la lactancia forzosa.

—El doctor podría examinarte para ver si tienes potencial —decía.

Y seguía chupando, con un ansía incomprensible teniendo en cuenta que de esas ubres aún no preparadas para el ordeño sería difícil obtener nada. Casi parece que quisiera alimentarse de tetas para poder criar aún más las suyas, viejo.

Siguió bajando. Lamió el ombligo y abrazó el talle, la cintura firme.

—La vida salvaje te ha mantenido en forma, ¿verdad? Pero no te confíes. Una carne apetecible exige sacrificios. Ironías de la vida: tenemos que machacarnos el culo pare tener un culo digno de ser machacado.

Siguió bajando. Encontró el suave felpudo, la flecha castaña, una señal de sentido único marcado la dirección de la entrada principal al cuerpo de la hembra. Es la única parte de su anatomía que no disfruta de la suavidad permanente que proporciona el láser. Siempre me he preguntado por que la hembra no acabó también con este último reducto de frondosidad. Quizás quería tener abiertas todas las opciones en función del gusto de su amante de turno, no sé. Cuando la conocí lo llevaba depilado, porque supongo que a tu amigo César le gustan limpios. Pero le había crecido una suave mata desde entonces. Sonya empezó a enredarla.

—¡Qué raro! Esperaba encontrarme un coñito calvo. No te equivoques: no me desagrada. Estoy acostumbrada a la carne con guarnición. Pero me extraña que Fran te deje castaña de doble cara. Mi hija lo lleva todo suave. Aunque eso ya lo sabes, ¿verdad? Supongo que Fran aún no tiene claro si quedarse contigo. Por eso no poda el jardín de las delicias.

Sonya separó los muslos y abrió el coño, sonrosado y jugoso como siempre, pero menos brillante que de costumbre. En todo el rato que llevaba junto a la hembra, era la primera vez que podía contemplarlo con tranquilidad.

—Qué bonito, con sus alitas de mariposa juguetona, tan sequito, tan de niña buena… parece como si no disfrutara de los mimos de su amiga Sonya. ¿Qué tal un besito de reconciliación?

Le dio un beso rápido. Luego uno más largo. Jugueteó con el coño como si fueran labios hasta meter la lengua, enterrándola hondo, repasando su contorno, demostrando la pericia adquirida con los cientos de mujeres que el cabrón de su marido había puesto al alcance de sus papilas gustativas. Dicho sea sin ánimo de ofender, claro.

—Lástima que los labios de abajo no tengan también una lengua con la que juguetear. Aunque entonces nuestros hombres tendrían menos espacio para meterse. Y el mío necesita bastante. Ya lo descubrirás.

Y supongo que lo hará, ¿no, viejo? Más pronto que tarde. Por cierto que no es mala idea, la de los coños con lengua. Pasar de la follada bucal a la mamada vaginal. Los “Todo en uno” siempre tienen éxito. ¡Imagínate! Y los tontos genetistas clonando borregos y buscando cura para las enfermedades hereditarias cuando existen estas metas elevadas que conquistar, metas a las que ninguna iglesia ni religión se opondría, si conocemos bien a los santos hombres del clero, antes hombres que santos.

Con lengua vaginal o sin ella, Sonya empezó una larga comida de coño, buceando en las profundidades rosa suave y emergiendo periódicamente entre los muslos de la hembra para tomar aire y sonreírle con los labios relucientes de brillo labial orgánico Nº 1. Metió un dedo, dentro y fuera, arriba y abajo. Metió el segundo, llegando hondo.

—Tienes que tonificar las paredes vaginales, niña —decía con sus dedos percutiendo a ritmo de follada una entrada cada vez más húmeda—. Puedo enseñarte algunos ejercicios que te pondrán los bajos en forma. Con unos años de práctica podrás ordenar una verga hasta dejarla sin una gota de esencia vital.

Metió el tercer dedo. Enseguida el cuarto. Todos juntos, uñas al frente, entrando a fondo como un cuchillo en la mantequilla. Parecía que le diera la mano a un agujero cachondo.

—¿Alguna vez has hecho el número del ventrílocuo, niña? ¿No? A mi esposo se le ocurrió para nuestra actuación en la fiesta de Navidad de hace algunos años. Bastantes, en realidad: seguramente no habías nacido. Desde entonces le encanta. Y no te creas que es fácil. Tiene una manos enormes. ENORMES. Cuando me echa sobre sus rodillas siempre me zurra las dos cachas a la vez porque es imposible atinar sólo en una con semejante remo. Y ya ves el culo que gasto.

>> Cuando se le ocurrió el numerito del ventrílocuo, en los primeros ensayos pensé que me partía en dos. ¿Ya sabes lo que es eso, verdad? Aunque supongo que en el otro agujero. Al final te acostumbras, niña. Te vuelves más flexible. Al final hasta lograba sentir sus dedos en mi interior dándome indicaciones durante la actuación. Nos adaptamos, niña. Siempre nos adaptamos a lo que quieran hacernos, a lo que quieran meternos. Estamos hechas para eso.

Uniendo el dicho al hecho, la muñeca viviente que sientas en tus rodillas y habla con tu voz de viejo en nuestros espectáculos variados, intentó meter su puño pringoso en la intimidad de la hembra. Ella gritó, se resistió. Fue entonces cuando llegué y me encontré la curiosa situación. Sonya no me oyó llegar, pero la hembra sí, porque todas son menos sensibles al ruido de sus propios gritos. Me miraba con ojos suplicantes mientras entraba en la habitación y me acercaba a la cama.

Solté un azote con todas mis fuerzas sobre las nalgas en pompa de Sonya que la hizo apartarse sobresaltada del orificio que tan enérgicamente estaba aporreando. Su expresión de enfado por la diversión interrumpida pasó al instante de la sorpresa al miedo cuando me vio allí, con la seriedad del legítimo dueño que atrapa a una ladronzuela con los puños en la masa.

—Sólo quería enseñarle algunas cosas, querido —se excusó.

-Pues será mejor que le des ejemplo –le respondí.

Tirando de ella la saqué de la cama y la puse de rodillas. Me saqué la verga y con una bofetada seca en la mejilla le indiqué que comenzara. Y hay que reconocer, viejo, que aunque suele meterse en problemas cuando se le suelta la lengua, tu muñequita sabe salir de ellos cuando la tiene ocupada. Tragó hasta el fondo desde el principio, succionando como sólo una zorra que consciente de su culpabilidad puede hacerlo. Porque si una hembra con el culo caliente chupa bien, una que sabe que está a punto de recibir su merecido lo hace aún mejor. Supongo que por eso siempre me he mostrado partidario de las sesiones dobles.

Entré y salí, agarrándola del pelo, aporreando con mi dureza el fondo de la garganta. Ella tragaba sin protestar, respirando al ritmo del chapoteo de mi verga sobre su lengua. Me ofreció sus pechos desnudos y la dejé caer al peso en su canalillo. Apretó sus ubres y empecé el viaje, dentro y fuera, dentro y fuera, encajándosela en el hueco del cuello y retirándome hasta perderme de nuevo entre sus pechos.

Estuve un buen rato con mi pistón entre sus bujías, hasta que el roce continuo, que no cariñoso, con esos pechos arrogantes me la puso como una piedra. Así que coloqué a Sonya a cuatro patas entre las piernas abiertas de la hembra y sin muchos preámbulos se la ensarté. Perforé con ganas, y aunque apretaba los puños y cerraba los ojos con fuerza, aguantó con bastante dignidad. No le falta experiencia.

Después de un par de minutos la dilatación progresiva le permitió recibir mis envites de un modo más relajado. Abrió los ojos y miró a la hembra. Se permitió una sonrisa en esos labios engreídos antes de empezar a respirar al ritmo de mis clavadas.

Cuando sentí llegar la descarga le di la vuelta. Con su cabeza descansando sobre el coño de la hembra, dibujé en su cara soberbia la caliente y grumosa mancha de mi indignación.

No la dejé descansar. Agarrándola del brazo, tiré de ella hasta la calle, desnuda. Me pidió su ropa.

—Te vendrá bien enfriarte un poco —respondí.

Y cerrando la puerta en sus narices, volví con la hembra. Pese a la descarga, todavía estaba bastante enfadado, viejo. Y eso que aún no había revisado en el video todas las libertades que nuestra encantadora dama se había tomado con una hembra sobre la que no tiene ningún derecho. El caso es que empecé a criticar a la señora delante de la hembra, que me escuchó con toda la atención que otorgan unos buenos grilletes en pies y manos. No debí hacerlo, lo sé. Las quejas contra una mujer de nuestra comunidad deben comunicarse a su esposo, para que él decida. Que mi pequeña descortesía no suavice el severo castigo que merece tu esposa.

La hembra escuchó con atención y visiblemente complacida. Al menos hasta que decidí que al fin y al cabo el experimento de Sonya no era tan mala idea. Mi puño acabó entrando, tras mucho insistir, en ese coñito enrojecido y tembloroso. Te paso el video.

La dejé atada el resto del día, para que se vaya acostumbrado. Por la noche, cuando su hendidura recobró su estado normal, le di su ración de verga a fin de devolverla al buen camino; no fuera que la hubiese desviado esa comedora de coños. Las relaciones entre mujeres deben servir a propósitos más elevados, ya sabes. Como conocerse mejor a sí mismas para complacer mejor al hombre, o servir de simple y agradable recreación visual.

 

DIA 83

Hoy ha sido un día de relax, un descanso necesario. Dios descansó al séptimo día, pero por aquel entonces aún no había creado a la mujer. De haberlo hecho el primer día la semana, hoy llamaríamos domingo al martes.

Este día de relax me desperté con la lanza en ristre y la hembra abrazada a mí, así que me eché sobre ella y la ensarté, pero con delicadeza. Ya sabes, en plan romántico, para que despertara con un macho encima que protegiera su cuerpo desnudo del frío de la mañana. Se despertó algo enfadada, la dormilona, pero pronto su coño se puso a funcionar y mi espada empezó a entrar y salir a buen ritmo de una vaina bien lubricada. Acabó envolviéndome entre sus piernas y yo descargando en su interior, con la satisfacción de un buen despertar.

Tan descargado y satisfecho estaba que, cuando la hembra se arrodillo bajo la mesa para el desayuno, tuve que levantarla y darle leche con cacao, con mucho cacao en realidad, para que aumentara la consistencia de su bebida hasta parecerse a la de su ración mañanera habitual. Hasta le di algunos cereales para mojar. La pobre apenas recordaba cómo se usa una cuchara.

Hizo sus tareas y sus ejercicios. Olvidó el corset, pero hoy he decidido no castigarla, sólo un azotito cariñoso para recordarle que se vistiera como es debido.

Paseamos en bici por los senderos de la montaña. Le enseñé las cuevas. Las recorrimos con antorchas caseras hechas de ramas y musgo seco. En la cámara principal, iluminados por las llamas cambiantes, le di por detrás con dulzura. Sus quejidos se multiplicaban resonando en la bóveda de roca.

Descansamos tumbados sobre el lecho de piedra. Yo bocarriba. Ella bocabajo. Le pedí una mamada y me dio sus labios. La puso dura y volví a encularla. Duré un buen rato.

La vuelta en bici le resultó incómoda, y eso que íbamos cuesta abajo. Una ruta divertida para el ciclismo de montaña, de poca velocidad, lleno de baches y tramos empedrado.

Nos duchamos juntos, y me aseguré de limpiar bien todos los restos resecos en sus orificios.

Durante la cena estuvo inquieta sobre la silla.

Desbloqueé el sintonizador y vimos la tele, la normal, no sus programas educativos. Puso la cabeza sobre mi hombro. Se quedó dormida.

La desperté cuando ya era tarde y la mandé a la cama, a esperarme bocabajo. Creí que iba a negarse, hizo amago de protestar, pero se mantuvo callada y marchó cabizbaja y renqueante directa a la habitación.

Cuando me uní a ella estaba de bruces sobre la cama, las piernas abiertas, su pobre carita hundida en la almohada, al espalda arqueada ofreciendo el culo. Fui cariñoso y le puse crema, sin penetrarla. Ahora duerme con el ojo cerradito.

Me tumbé desnudo a su lado, mi verga al cielo. Al rato bajó hasta mi entrepierna y empezó a mamarla. El sueño me venció y di una agradable cabezadita con ella limpiándome mientras le acariciaba su suave melena castaña.

 

DIA 84

En fin. Último registro. Intentaré ser objetivo, impersonal, huir en lo posible del brillante estilo que he aplicado a estos registros diarios para poder ser imparcial a la hora de dejar constancia del nuevo estatus de la hembra para que las futuras generaciones que admiren la grandeza de nuestra visión y el indudable carisma de quien la llevó a cabo puedan conocer de primera mano el nombre del afortunado cabronazo que se beneficiará, a partir de hoy, del dócil fruto de mi trabajo.

 

Un último día triste. Echaré de menos domarla, follarla siguiendo el planning, el desafío constante de conquistar sus redondeces. Es irónico, pero con ese hermoso par de ubres, lo que más voy a añorar es su culo, tan generoso en volumen como pequeño en apertura, tan apretado por la inocencia, y aún más por el miedo y la terca resistencia de la hembra.

 

Muchas, y memorables, fueron las veces que se lo partí. A veces, literalmente. Ahora aguanta, bien domada: apenas grita. Nunca pensé que volvería a oírla berrear tan alto como la primera vez, pero lo ha hecho. Y con otro. Eso jode. Aunque seguro que a ella la ha jodido más.

 

También añoraré sus melones dulces, tan trabajadores con mi verga en medio, ordeñándola hasta acabar en su cara o en su boca abierta. Al principio se resistía a tragar semen, su cara de niña buena llena de asco, el temblor del cuello, los espasmos nerviosos de una garganta inexperta tratando de engullir la leche viscosa alojada sobre su lengua. Siempre prefirió que me descargase directamente en su faringe, derecho al fondo. Día tras día se fue acostumbrando. Una hembra fuerte, arcilla joven, muy moldeable. Al final prefería que me corriese dentro para no tener que limpiarse la cara y el pelo cada vez. La mascarilla facial de jugo de verga no es lo suyo.

 

Hoy despertó tarde, contenta. Miró a su lado y vio que no estaba. Me oyó hablando por teléfono en la cocina y se apresuró a vestirse. Encontró la nota junto al corset: «Bien apretado, preciosa». No me defraudó.

 

Llegó impecable, toda de negro, precedida por el redoble de sus tacones: medias de encaje; bragas a juego, algo pequeñas, muy bien ceñidas; el corset prieto, rebosando carne mamaria; el collar de cuero con su nombre grabado y la melena castaña ondulando a su alrededor.

 

Me dio un beso y se arrodilló para obtener su ración diaria.

 

—Ya está lista… De acuerdo… Hasta ahora —dije al teléfono antes de colgar y agarrarla del brazo para que se levantara-. Hoy no, preciosa.

 

—¿Por qué? —preguntó.

 

Sus labios brillaban en rojo fresa, entreabiertos, expectantes. Agarré su barbilla para admirarlos. Los deseaba.

 

—Estas perfecta, toda una diosa. No quiero estropearte el maquillaje —le expliqué.

 

—¿Por qué? —volvió a preguntar.

 

Llamaron a la puerta cuando iba a responderle.

 

—Abre, preciosa. Y sé obediente.

 

Fue contoneándose hacia la puerta. Al abrir, dio un saltito atrás, asustada. El anciano no precisó de invitación y entró agachando la cabeza para no golpearse contra el marco.

 

—Muchacho… —saludó sin mirarme, sus ojos claros de tigre siberiano siguiendo el recorrido sinuoso de las curvas de la hembra.

 

—Jen, te presento a Dimitri. Es el… emh… director… de estas instalaciones. Ha venido para hacer una pequeña… evaluación.

 

—Ho—ho—hola —saludó la hembra.

 

Dimitri no contestó. Murmuraba para sí:

 

—Pelo sedoso, labios gruesos, pecho firme, de buen tamaño, …

 

—¿Cómo está usted? —insistió la hembra.

 

—… habla demasiado, caderas anchas, parirá bien, los muslos duros, rodillas lisas, pies pequeños…

 

Dimitri giró el dedo en el aire. La hembra me lanzó miradas de duda mientras se giraba. El anciano estiró el brazo y le apartó el pelo dejando al descubierto la nuca. Dejó la mano sobre la piel y la fue bajando por la columna.

 

—… un cuello largo, espalda estrecha, bonita curva, dos nalgas duras y generosas, suaves al tacto. Muy bien marcadas. Me gusta como se le meten las braguitas en la raja. Buena señal. Es ropa cara. Por cierto, ¿la corregiste por estropear el conjunto del otro día?

 

Yo asentí. Imitó mi gesto en señal de aprobación y siguió sobando a la hembra temblorosa que, aunque alta, parecía una muñeca en sus manos. Las nalgas asustadas saltaban cada vez que la zarpa agarraba un glúteo para comprobar su calidad. Dimitri, ¡maldito gigante! conocía, y disfrutaba, el efecto intimidatorio que tamaño producía en la gacela que estaba a punto de devorar.

 

Midió la cintura con el corset y logró abarcarla con sus manazas. Alabó la prenda y sus virtudes para mantener la estructura femenina en el lugar que le corresponde. Atrajo a la hembra hacia sí y sobó las tetas sobre la tela.

 

—Quiero admirarlas —dijo el gigante.

 

Ella temblaba, inmóvil. Sus ojos enormes me miraban pidiendo permiso. Se lo di.

 

Se dio la vuelta cara a Dimitri y empezó a quitarse el corset. Despacio, cada lazada suelta liberaba el volumen de sus senos oprimidos. Cayó la prenda y quedaron libres. Dimitri jugueteó, sus dedos remarcando la circunferencia perfecta de sus contornos, pellizcando y retorciendo. Ella protestaba. Quiso apartarse.

 

—¡Quieta! —ordené.

 

Dos zarpas secas hicieron presa en las grandes ubres. Clavadas en la carne tiernas tiraron de ella hasta acercarla de nuevo al gigante que la evaluaba.

 

—Tranquila, niña. Pronto te acostumbrarás al dolor —le decía mientras magreaba las tetas—. Las hay más grandes, pero este par es muy bonito. Firmes y simétricas. No me extraña su éxito en pantalla. Quítate las bragas. Ya estoy mayor para andar agachándome ante una cría.

 

Dimitri comprobó el coño. Ella abrió la boca para protestar, pero no dijo nada.

 

—Hay que podarla.

 

—¿Laser?

 

El viejo la miró, dubitativo.

 

—Mejora la cera, y con frecuencia. Tiene su encanto y las deja suaves.

 

El dedo volvió a girar en el aire. La hembra se dio la vuelta.

 

—Inclínate —ordenó.

 

Y ella arqueó la espalda y expuso el culo.

 

—Abre.

 

Las manos temblorosas separaron las nalgas. Él metió el dedo.

 

—Bastante usado… Quiero probarla.

 

Me acerqué a la hembra, le puse la mano sobre la cabeza y empujé hacia abajo.

 

—De rodillas, preciosa. Complace a mi invitado. Que vea lo que pueden hacer esas tetas y esos labios de fresa.

 

Ella, obediente, se arrodilló. Bajó la cremallera usando los dientes. Metió la mano por la bragueta y agarró la tercera pierna del ruso. Entonces llegó la curiosa secuencia que he visto ya no se cuántas veces: incomprensión al tacto, luego la incredulidad seguida de la sorpresa al sacar la verga, y el miedo cuando ve por primera vez lo que está a punto de abrirse paso en el interior de su cuerpo. Los malditos rusos y sus malditas armas de destrucción masiva.

 

La hembra intentó abarcarlo. Escupió en el miembro y entre sus tetas, moviendo la mano temblorosa arriba y abajo para lubricarlo todo con su saliva. El macho ante ella también aportó lubricación a su canalillo. Empezó tímida, hasta que se dio cuenta de que, pese al tamaño, podía acogerlo entre sus pechos y fue ganando confianza al ritmo de la fricción. Porque ya se dice que el roce hace el cariño.

 

—No olvides tragar, niña —dijo él apoyando la punta en su boca.

 

Ella empezó a chupar el enorme cipote, amasándolo entre sus labios, la lengua arriba y abajo sobre la superficie rojiza y brillante, besando y chupando la pequeña apertuda. Insistía sobre ella, seguía lamiendo, hasta que el ruso se cansó de tantos preliminares, agarró su cabeza y empujó.

 

—Las muchachas de hoy día no saben tragar…

 

Yo la animaba:

 

—Vamos, preciosa. Tú puedes. Chicas más pequeñas que tú la han engullido hasta los cojones.

 

Lo que es cierto, aunque olvidé mencionar que a alguna hubo que recolocarles la mandíbula.

 

El tronco, grueso y venoso, empezó a entrar hondo. Aumentó el ritmo. La hembra era solo un hueco donde meterla, los ojos saltones y el cuello tenso convulsionándose con cada centímetro de profundidad ganada. De pronto empezó a empujar contra las piernas del anciano.

 

Intentó apartarse, pero con el ancla enterrada tan hondo es difícil una huida rápida. Una riada de vómito fluyó manchando esos pantalones de pana hechos a medida, y siguió empapándolos durante los segundos interminables que necesitó la hembra para sacarse de la boca, entre movimientos espasmódicos, el arpón que la enganchaba a un destino inevitable. Cuando por fin lo consiguió acabó derrumbándose sobre el suelo, a cuatro patas, con sus ojos llorosos contemplando el charco que seguía creciendo bajo ella mientras el badajo endurecido se balanceaba ante su cara buscando la campana en la que encajarse. Dimitri la agarró del pelo y le alzó el rostro.

 

—Termina -ordenó.

 

Volvió a ensartársela. Ella siguió vomitando, pero la enorme verga no detuvo su avance. Se podía seguir su recorrido por el abultamiento en la piel del cuello de la hembra. Llegó al fondo y se mantuvo allí, en una larga descarga, mientras ella se revolvía por la falta de aire.

 

Cuando la soltó, volvió a caer de bruces sobre el charco de su propio vómito, escupiendo en medio de una tos sin aire el blancuzco y cálido contenido que tan recientemente había alojado en su estómago. Dimitri se dejó caer en el sofá, la verga inerte balanceándose pringosa en el aire, observando con su canoso ceño fruncido como su distinguida semilla era desperdiciada por la boca a la que se la había concedido.

 

—Juventud desagradecida… En fin. Déjame un rato para descansar, niña. Mientras, puedes ir preparando el culo.

 

La mirada de la hembra se levantó de pronto, la tos cortada de golpe al escuchar en qué parte de su anatomía debía alojar a su enorme huésped. Los ojos saltones se posaron en el gigante como un conejillo que bebe en una charca y levanta la cabeza con nerviosismo oteando el horizonte desde su escasa estatura porque ha sentido la presencia del depredador. Así miraba la verga que descansaba sobre el muslo manchado de vómito del anciano. Estaba a punto de empezar a protestar cuando me adelanté y le solté un buen azote. No era cuestión de que quedara como una consentida delante de mi colega.

 

Nuestras miradas se cruzaron durante un largo rato. Me miraba arrodillada como en tantas ocasiones había hecho: con odio las primeras veces, con miedo, con asco, fastidio, esperanza y satisfacción. Y ahora con súplica, como cuando colgaba de la inescalable pared de un precipicio. Y como en tantas ocasiones, acabó tragándose el orgullo y lo que hiciera falta y bajó la vista aceptando su destino.

 

La mandé a la habitación, a esperar sobre la cama con el culo bien expuesto hasta que el ruso estuviera en forma para abrírselo. Y mientras la hembra esperaba en la oscuridad ofreciendo el mejor acceso al interior de su cuerpo sobre el nuevo altar de sus futuros sacrificios, Dimitri y yo nos tomamos una copa a la salud del género femenino, charlando animadamente sobre las virtudes del próximo espécimen de nuestro pequeño experimento, que el viejo ruso ha escogido especialmente para mí.

 

La hembra ya estaba resignada cuando Dimitri entró en la habitación dispuesto para tomar posesión definitiva de su última conquista.

 

—No hace falta que la vuelvas a chupar, niña. Os conozco, y muchas aprovecháis la mamada para hacerme acabar antes —decía mientras cerraba la puerta.

 

Esa es la última imagen que tengo de la hembra antes de perder definitivamente la inocencia: sobre la cama, inmóvil, con la cabeza agachada y las manos agarrando con fuerza las sábanas blancas.

 

Esperé en el salón, leyendo un buen libro, a que el anciano terminara de evaluar la más reciente adquisición de nuestra pequeña comunidad. El silencio reinaba en medio de la urbanización vacía. Llegué a preguntarme si el viejo se habría dormido, o si se habría vuelto un romántico con la edad y la muchacha había logrado partirle el corazón.

 

Un alarido desgarrado rompió las dudas y el silencio. Nunca pensé que un sonido semejante pudiera salir de una garganta humana, ni siquiera de una tan acostumbrada a abrirse e impulsada por un pecho de tal capacidad. Fue un grito salvaje que rasgó el aire; un grito que cerraba un círculo que abrí sobre la arena caliente de una playa lejana; un grito que me sorprendió por su potencia, incluso a través de las paredes y la gruesa maciza; un grito que me ofendió un poco.

 

Siguió gritando hasta el final, con sus berridos fundiéndose con los gruñidos de esfuerzo del oso que la sodomizaba y el compás de los azotes marcando el ritmo de la cabalgada. La manija del reloj había cubierto un generoso arco en honor al aguante de la experiencia cuando un estertor del anciano y un sollozo apagado de la joven marcaron el fin de la sinfonía.

 

Dimitri salió poco después ajustándose los pantalones. Los gimoteos de la hembra surgían a su espalda como los rayos de luz que dan forma al claroscuro del héroe que entra en escena.

 

—¿Y bien? —pregunté.



El anciano entrecerró los ojos, meditando. Empezó a asentir con la cabeza.

 

—Buen trabajo, muchacho. Si ves a Seb, que pase por casa para implantarle el chip de identificación. Me la quedo.

 

—¿Seguro?

 

Dudó un segundo, pero volvió a asentir.

 

—Seguro… Ya sé que en la variedad está el gusto, y que ésta se parece a mi mujer. Ya tengo en mi colección una castaña maciza y gritona con buenas tetas y culo generoso. ¿O era al revés? En fin, muchacho: es como comprar dos pares de zapatos iguales. Pero a mi edad tienes que calzar lo que tengas a mano. Un viejo que espera por el culo perfecto puede quedarse descalzo.

 

—Más vale culo en mano que culazo impresionante en manos de otro.

 

—Tú la has dicho, muchacho. Tú lo has dicho. Prepárala. Me la llevo puesta.

 

Entré en la habitación para adecentar un poco a la hembra. Sollozaba, con la cara enterrada en la almohada y el culo enrojecido ofreciendo aún un agujero increíblemente abierto. Pasé la mano por el contorno palpitante que intentaba sin éxito recuperar su cerrazón natural y noté la humedad de un leve rastro de sangre.

 

—Parece que le has gustado al viejo, preciosa. Te vas con él. Jerarquía, ya sabes. Por momentos me pregunté si quedarme contigo, no creas. Pero no tendré que molestarme en decidir.

 

Le apreté bien el corset y volví a ponerle las braguitas y los zapatos de tacón.

 

—Te va a costar un poco caminar. Y será una larga cabalgata. Podrías ir en coche de puerta a puerta, pero conociendo al viejo seguro que aparca lejos para poder exhibirte por el camino.

 

Agarrándola por las caderas la ayudé a levantarse. Empezó a tiritar en cuanto dejó de esconder la cara en la almohada. Le di un abrazo para animarla. Sus tetas estaban calientes.

 

—Tranquila. Serán solo unos días. Los niños se cansan rápido de sus juguetes nuevos. En un par de semanas volverás aquí para que puedas estar a su disposición siempre que necesite desahogarse.

 

Empezamos a andar hacia la puerta. Ella cojeaba y sus manos se agarraban a mí con fuerza. Su llanto arreciaba a cada paso.

 

—Te visitaré con frecuencia. Me has gustado de verdad. Aunque supongo que después de un tiempo con el viejo no será lo mismo. El uso desgasta.

 

Le enganché una cadena al collar y la entregué al viejo, que tiró de ella rumbo al centro de la urbanización. Se marchó cojeando, intentando con sus pasos cortos y vacilantes seguir la marcha de las largas zancadas del anciano. Se volvió hacia mí en una última mirada suplicante. Le lancé un beso.

 

—Adios, preciosa.

 

La mezcla de súplica y docilidad de esa última mirada me acabó de convencer de que había hecho un buen trabajo. Todo un éxito. Aunque sea el viejo el que lo disfrute. No me esperaba esta elección por tu parte, amigo mío. No tengo claro si la quieres para ti o para regalarle un nuevo juguete a Sonya. ¿No irás a decirme que a estas alturas te has enamorado de tu mujer, verdad? O quizá, viejo cabrón, sólo seas un niño rodeado de una montaña de juguetes que siempre quiere los de los demás.

 

En fin: para mí la próxima. Te doy las gracias por el hermosos espécimen que has escogido. A estrenar por todos lados.

Va a ser muy divertido.

 

FIN

Escritor de Invierno

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