Apocalipsis

La violan.

 

Entre varios.

 

No se resiste: cuando era joven lo hacía, pero el mundo cambió; los machos toman hembras por la fuerza. Es lo natural. Ha conocido algunos que no lo han hecho, claro: demasiado jóvenes para que se les ponga dura, o viejos, o demasiado lentos para atraparla. Pero los últimos que se cruzó eran veloces.

 

Cuatro. Cuatro machos. Cazadores de un refugio. Los tres más jóvenes se lanzan sobre ella con el entusiasmo reflejado en unas vergas que la señalan, pero el veterano que los dirige prefiere no tomarla: sin duda tiene carne fresca esperándolo en el hogar. Parece fuerte, pero un veterano no recupera el vigor con la facilidad de los jóvenes; no malgastará el que atesora con una hembra vieja, como ella.

 

Tiene… ¿Cuántos? ¿Cincuenta? Algo menos. Cuesta contarlos desde que no existen los calendarios, desde que unos números en un papel o pantalla dejaron de organizar la vida. Antes había personas; lo recuerda. Antes de lo que ocurrió. Ya no. Ahora hay machos y hembras. Machos que cazan, machos que luchan, machos que fecundan y protegen. Hembras que son fecundadas, hembras que paren y hembras que cuidan de las crías. Y cuando las hembras ya no pueden parir y sus crías son machos que montan a otras hembras y hembras montadas por otros machos, cuando ya no son útiles, se las desecha.

 

“Caderas anchas, buenos glúteos, duros, una cintura estrecha, pelvis acogedora y dos tetas bien llenas. La figura de un reloj de arena. La hembra perfecta no es un 10, sino un 8. La mejor para procrear y parir, la que produce crías más sanas. ¿Sabes que cuanto mayor es la relación entre las caderas y la cintura de la madre, más fuerte e inteligente suele ser el hijo? Los machos lo sabemos: el instinto nos empuja a montar esas yeguas. Es la sangre, ¿comprendes? Vuestros genes os dieron esos cuerpos femeninos. Y esos mismos genes os hicieron inmunes. Tú y tus congéneres seguís vivas por el único motivo de ser hembras adecuadas para la monta y el parto. Acéptalo.” Así hablaba El Cazador.

 

Ella es fuerte, sana. Caderas anchas por todo lo que salió ha salido de ellas y todo lo que ha entrado a lo largo de los años. Unas ubres enormes. Siempre lo fueron, claro, pero los partos sucesivos, la imparable producción de leche para las crías y para los machos con derecho a alimentarse de ella, las hicieron pesadas. Las siente cansadas, marcadas como el resto de su cuerpo por las bocas que bebieron de ellas, los dientes de leche y adultos, los dedos que las amasaron, los castigos grabados en su piel aquí y allá junto a alguna que otra marca de cigarrillos, o de los habanos que le gustaban al Cazador.

 

Sí: está desgastada por el uso, pero también en forma y bien alimentada. Pese a las marcas y a sus caderas ensanchadas sigue corriendo peligro en el exterior: su carne es lo bastante firme como para atraer la atención de esos otros machos, asalvajados, que rondan por la desolación sin manada. Cuando uno, o varios, la atrapan, no importa su edad mientras pueda abrir las piernas. Con suerte, la monta hasta hartarse y la deja tirada en el mismo sitio. Sin suerte, la arrastra durante días, o semanas, hasta que se cansa de ella. O hasta que otro macho más fuerte se cruza en su camino. O se cruza con algo peor. Porque su carne es lo bastante firme para atraer la atención de los machos salvajes, y lo bastante sabrosa para saciar el hambre de aquellas bestias que ya ni siquiera pertenecen a la especie humana.

 

Recuerda su cuerpo antes de que todo cambiara. Recuerda sus tetas, firmes y orgullosas, tersas, desafiando la gravedad pese a su volumen. Recuerda sus glúteos grandes y duros como una estatua de mármol. Entonces no sabía que ese cuerpo tan femenino sería la clave de la supervivencia.

 

 

 

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“El macho humano caza en manada, lucha en manada, se defiende en manada… Pero no deja que la manada se imponga a su instinto. Por eso existen tantos machos sin manada. Por eso a los machos con manada también les gusta cazar solos.

 

>>La hembra, en cambio, es más gregaria. Es su naturaleza: buscar la protección de la manada, ser una más de un grupo de hembras bajo la protección de sus machos. Ya antes del cambio las hembras iban juntas a todas partes; incluso a las letrinas.

 

>>¿Os reís, jovencitos? No me creéis, ¿verdad? Pero es cierto. En aquellos tiempos existía una plaga llamada moda que infectaba a toda la especie, pero más a las hembras. Esa enfermedad afectaba al cerebro y las obligaba a cambiar su forma de vestir cada cierto tiempo, sin tener en cuenta el clima ni el paso de las estaciones. Las hacía cambiar todas a la vez. Parece una locura. Lo era. Una de las muchas locuras de la humanidad que hicieron necesaria una solución.” [El Cazador]

 

 

Ella era una cría. Antes de la desolación, antes de que el mundo cambiara, era una jovencita ingenua, influenciable. Eso era entonces, claro: cuando la civilización se imponía a la Naturaleza permitiendo que existieran jovencitas ingenuas. La Naturaleza ya no lo permite.

 

Era una más. Se dejaba llevar. “Las hembras son ovejas”, decía El Cazador, “siempre hubo que controlarlas para que no se separasen del rebaño. Presión de grupo, moral, religión, caballerosidad, collares de perlas, eslabones de oro en los dedos…: los perros pastores siempre han existido. La única diferencia es que ahora son más evidentes: tienen caras, brazos, piernas y una verga entre ellas. Los perros también tienen un instinto al que obedecer, claro. Pero su instinto es muy distinto al de las ovejas.” 

 

El Cazador lo sabía todo. El Cazador comprendía la especia humana con tal claridad que parecía no formar parte de la misma. La había comprendido entonces y la comprendía ahora. La había entendido a ella desde el principio, desde que acogió en su manada a aquella cría ingenua. La había entendido.

 

Ella, como todas las hembras que sobrevivieron al cambio, recordaba aquella vida en la que el manto de la civilización la envolvía; una vida donde usaba metal y plástico para comprar papel malgastado en reflejar las imágenes de chicas esqueléticas que le enseñaban cómo vestirse; una vida mainstream donde sólo tenía que abrir una puerta cromada para tener comida. Demasiado fácil. Incluso llegó a hacerse vegana, como antes se llamaba a los herbívoros. No sospechaba la cantidad de carne que acabaría atravesando sus labios con el paso de los años.

 

Y entonces toda la estupidez que aquejaba al mundo se acabó de golpe.

 

Empezó a la vez, el mismo día, a la misma hora, respetando los jet lags y las franjas horarias con las que el ser humano había dividido el mundo en porciones. Hubo focos en todos los continentes, en las principales arterias de comunicación. “Una distribución demográfica casi perfecta”, habían dicho los informativos. El Cazador prefería calificarla como óptima. Desde el principio se supo que no fue casual, que había inteligencia detrás de aquel caos. Pero para cuando esa verdad se hizo evidente, la mitad de las personas que debían investigar el origen de la pesadilla estaba muerta…

 

… y la otra mitad luchaba contra ellas.

 

“Atacó más a los hombres que a las mujeres”, le explicó Cazador en una ocasión. “Más a los viejos que a los jóvenes, a los enfermos más que a los sanos. Un virus muy Gourmet. Un diseño elegante”.

 

Se extendió rápido. Desapareció aún más rápido, dejando detrás un ejército de miles y miles de millones de seres rabiosos, bestias andantes movidas por un impulso homicida. Todas las armas, toda la munición que los humanos habían acumulado para matarse entre sí en guerras de patria o religión, se fue agotando en los años de lucha que siguieron contra la masa inacabable de infectados. Las últimas batallas organizadas se libraron con lanzas y machetes, con hachas y martillos. Para cuando el número de infectados disminuyó, para cuando la terrible horda se redujo a especímenes sueltos y rebaños residuales deambulando sin rumbo, la población humana se había reducido a niveles del neolítico. Y la mayoría eran hembras jóvenes, sanas y neumáticas.

 

“Recuerdas el omega 3. Uno de esos nutrientes de moda en los últimos días de la sociedad enferma. En letras grandes en los envases. Algunas marcas de leche echaban un par de gotas para doblar el precio. Una capacidad excepcional para acumular omega 3 es lo que permite que una hembra con la cintura estrecha tenga esas caderas robustas y esas ubres llenas que despiertan el instinto de los machos. Ese nutriente es alimento para la mente. Por eso las camadas de esas hembras son más inteligentes. Por eso los machos prefieren aparearse con ellas. Por eso el virus respetaba a esas hembras sobre todas las demás.”

 

Pasó la Peste. Pasó la Guerra. Hambre y Muerte se coronaron en un reino desolado. Los supervivientes querían sobrevivir y su principal obstáculo eran los otros supervivientes. Los hombres, embrutecidos por la lucha, tardaron poco en olvidar que alguna vez existió la civilización. Todos querían y necesitaban.

 

Las religiones murieron. La gente de fe, los que confiaban en que un poder superior los salvaría, se extinguió rápido.

 

Las leyes murieron. Los gruesos tomos de derecho se usaron para alimentar las fogatas. Desde el principio hubo unanimidad en usar a los abogados como cebo. Pronto, muy pronto, sólo quedó la primera ley: la del más fuerte.

 

Así fue como la Selección Natural recuperó su trono entre los hombres.

 

 

 

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—¿Cuántas veces te han violado?

 

El Cazador paseaba la mirada sobre su cuerpo desnudo sin molestarse en disimular. La discreción ya no existía; ahora a las hembras se las evaluaba abiertamente. La curvatura de su culo hizo que el hombre asintiera con aprobación, antes de que su mirada satisfecha subiera hasta sus pechos. Al macho alfa le gustaba lo que veía.

 

Ella era joven entonces. En el mundo antiguo estaría saliendo de la universidad. Sería una chica atractiva mantenida a base de aerobic y footing, puede que incluso de Pilates. En el nuevo mundo, el real, su cintura era más estrecha que la de aquella chica que ya nunca sería, sus muslos y sus caderas más gruesos, más llenos, firmes y tonificados después de años de guerra, años en los que se había acostumbrado a correr y a caminar de sol a sol, después de haberse quitado de encima a patadas a muchos infectados, y a muchos que no lo eran.

 

—¡Violaciones! ¿Cuántas? —repitió Cazador, irritado, devolviéndola a la realidad con un chasquido de dedos. El macho exigía atención.

 

—… Cinco…

 

—¿Cuántos hombres?

 

Necesitó un momento para calcularlo.

 

—… Catorce… Quince.

 

—Sigue.

 

—Dos solos… Tres soldados, una vez… El macho de un matrimonio… su esposa me sujetaba… una banda…

 

—¿Por la boca?

 

Asintió.

 

—¿Por el culo?

 

Negó con la cabeza, horrorizada. Cazador parecía satisfecho.

 

—Bien. Lo estrenaré esta noche. Preparadoras: ¡limpiadla!

 

Así empezó su vida en la manada del Cazador, en su clan. El hombre había logrado reunir a su alrededor una poderosa jauría de perros pastores y un nutrido rebaño de ovejas. Una exhaustiva inspección de todo lo que ella tenía que ofrecer, unas pocas preguntas, y listo: ya era una nueva res para el rebaño. Esa noche la llevarían a la guarida del Cazador, la desnudarían y lavarían, limpiarían sus entrañas para él. Allí, tumbada bocabajo, esperaría a que su nuevo dueño viniera a violarla.

 

“La violación es una herramienta, un camino que conduce a la próxima evolución del Hombre. La Civilización está derruida, pero las piedras con las que se levantó siguen ahí. Ha retrocedido un paso, sí, pero sólo para coger impulso. Ciencia y tecnología, conocimiento, no se han perdido: no hay que volver a descubrirlo, sólo recuperarlos de entre los escombros. Seguirán allí para cuando el Nuevo Hombre llegue para reclamarlos. 

 

>>La violación separa el trigo de la paja, el oro de la graba. La hembra fuerte, la hembra lista, la hembra luchadora, es más difícil de violar. La hembra hermosa es más apetecible. Por tanto, sólo los machos más fuertes y listos podrán violar a las mejores hembras. De esa unión surgirá la nueva raza. Simple, ¿verdad?: los machos más aptos violan más y la especie mejora; las mejores hembras son violadas por los mejores machos y así surge la élite. Generales y soldados para la lucha por el futuro.”

 

Aquella primera noche fue dura. Mucho. Cazador la hizo gritar de dolor cuando empaló su culo virginal. Nunca imaginó que su ano pudiera abrirse tanto. Las zarpas del hombre llenaron de arañazos sus pechos turgentes cuando los apresó para usarlos como un nuevo y apretado coño. Con el tiempo, aquella acabaría siendo su principal habilidad para con los machos de la manada. ¿Cuántas vergas había ordeñado entre sus tetas? Las gemelas eran su gran talento, lo mejor que podía ofrecer. Siempre estuvieron disponibles para cualquier elegido que buscara entre ellas un alivio rápido. No era la peor ocupación, desde luego: algunas de sus hermanas vivían con el culo en pompa; otras estaban destinadas a servir de desahogo a los arrebatos inevitables de violencia que surgen en un grupo tan cerrado. Incluso en un mundo al borde del abismo, un par de ubres bien puestas hacen la vida más fácil.

 

Su primera noche de gritos y lágrimas empezó bocabajo, siguió de rodillas y acabó mirando al techo con el Cazador clavado entre sus piernas. Sintió la dureza encajada en su matriz, inmóvil durante un largo, largo rato, asegurándose de que la semilla tuviese tiempo de inundar su cálido interior. El sueño la atrapó, agotada, con la verga del macho alfa entre los labios.

 

 

 

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En el principio fue la Luna. Luego la madera, el aceite, el gas ardiendo, la electricidad atravesando el tungsteno para iluminar la noche, el neón brillando como la aurora boreal, la magia de la unión contra-natura de los semiconductores y, al final, de nuevo, la Luna. Cuando las luces de la Civilización se apagaron, la diosa de la noche seguía en su trono.

 

Para las hembras, supuso el fin de las antiguas clases sociales. Antes había aristócratas y plebeyas, damas adineradas y rameras, la elegante abogada del despacho de cristal y la chacha que le limpiaba las ventanas. Pero después del cambio las hembras se dividieron en cuatro grupos: llenas, nuevas, menguantes y crecientes. El rostro de la diosa en el momento de máxima fertilidad de una hembra determinaba a que clase pertenecía.

 

En cada mes hay cuatro días de caza, uno por clase. Siguiendo los dictados de la Luna, las hembras del grupo correspondiente son soltadas en un coto cercano. Y Cazador libera a su jauría.

 

Los machos que tienen éxito en la cacería ganan el derecho a disfrutar de sus presas, a su antojo, con  la única condición indispensable de no desperdiciar su semilla: deben descargarse en las entrañas, para preñar, o en las bocas, para alimentar. Durante la caza, las hembras no tienen más alimento que el que puedan procurarse, o el que salga de las vergas de sus cazadores.

 

La única vestimenta de una hembra durante las cacerías consiste en una cinta atada al brazo: una simple pero efectiva prueba del éxito del depredador y del fracaso de la presa. Unos luchan por conseguirlas, otras por conservarlas. Y en la cacería, como en la vida, el fracaso tiene consecuencias. Los machos que no consiguen presa tienen prohibido el acceso a las hembras hasta la siguiente oportunidad. Las hembras, además de las violaciones propias de la caza, son castigadas con dureza. Incentivos adecuados para que todos cumplan su cometido: los depredadores, cazar, y las presas, huir.

 

La Luna le sonrió anoche, como tantas y tantas veces desde que se unió al clan. Al mediodía las puertas se abrirían para que las hembras de su clase empezaran a correr en dirección al coto de caza. El viejo reloj de bolsillo del cazador les daría quince minutos de ventaja. Algunas corrían con todas sus fuerzas, buscando distanciarse del peligro. Ella era de las que preferían reservar energías para escapar y esconderse cuando fuera necesario.

 

—No huirás de un macho corriendo —le decía a su hija. La joven había empezado a sangrar tiempo atrás y pronto viviría su primera cacería—. Son más fuertes, son más rápidos, son más resistentes. Nosotras somos pequeñas, flexibles y pacientes. Podemos ocultarnos y doblarnos en lugares en los que a ellos les cuesta entrar. Y si te atrapan, estar agotada impide forcejear y cansarlos. Claro está que otras te aconsejarían correr y no mirar atrás. No es que importe, en realidad: todas caemos unas veces y nos libramos otras.

 

En la manada había menos machos que hembras. De hecho, el número de machos en todo el clan era menor que el de hembras de cualquiera clase. Y un puñado de ellos debía vigilar y no participaba en la cacería. Recorrió con la mirada al resto de sus compañeras, valorando sus opciones: cada una que cayera sería un macho satisfecho y cansado, con menos motivos para seguir cazando. Su hija, en cambio, no apartaba la vista de los miembros de la jauría que, apartados de las hembras, se preparaban para la caza y adquirían la concentración mental necesaria repasando sus presas preferidas y lo que harían con ellas cuando las capturasen.

 

Su hijo, el mayor, el hermano de la muchacha, estaba entre ellos. Alto, fuerte, joven, confiado, repasaba el rebaño seleccionando las piezas que pensaba cobrar. La mirada del macho pasó sobre el cuerpo de su madre sin detenerse y quedó fija en la prieta anatomía de la muchacha: sus pechos, sus muslos llenos, el apretado tajo entre sus piernas… La joven se cubrió con las manos por instinto. Al fin el macho subió hasta su cara y sus ojos se encontraron. Sonrió con voracidad, una sonrisa torcida que enseñaba el colmillo. Pasó a la siguiente hembra. La chica apartó las manos con lentitud, sin perderle de vista. Su madre la miró de reojo.

 

—Tócate —aconsejó en voz baja—. Cuando te llegue el turno, si tienes que esconderte, tócate entre las piernas. Así fluye la sangre, el cuerpo permanece activo. Y si te atrapan, facilita lo que  viene después.

 

La muchacha la ayudó a prepararse untando su cuerpo desnudo con grasa sobrante de la comida. De los pies al cuello, su piel brillaba bajo el sol del mediodía. Llevaba atada al cuello la cinta que probaría si había logrado escapar. Nada más. Cazador les prohibía llevar ropa durante las cacerías. El valioso tejido que las protegía de las inclemencias del tiempo no se estropearía en forcejeos y caídas, ni se perdería si alguna de las hembras decidía que no quería volver a la seguridad del clan y lograba burlar a los vigilantes. Cuando era joven odiaba estar expuesta a las miradas de tantos machos ansiosos que pocos minutos después saldrían en estampida para apresarla. Pero había aprendido que su piel desnuda y untada en grasa era más difícil de agarrar que las ropas de lana y algodón. Además, su desnudez ya no recibía tantas atenciones como cuando tenía veinte años y aún no había empezado a cumplir sus obligaciones como reproductora.

 

Las puertas se abrieron y empezó a moverse con el resto del rebaño. Su hija intentó agarrarla por la muñeca, pero se escurrió entre sus dedos y siguió adelante hasta perderse de vista confundida con el resto de pieles desnudas. Los machos esperaban, las piernas inquietas, el instinto ansiando correr en cuanto veía hacerlo a la presa. Las hembras se fueron dispersando conforme las que optaban por la velocidad se adelantaban a las estrategas, las que iban en línea recta se separaban de las que preferían rutas alternativas. Los machos miraban y valoraban posibilidades y preferencias, mientras Cazador consultaba su reloj.

 

A la mañana siguiente su madre sería una de las últimas en regresar. Tenía experiencia y era lo bastante joven como para parir de nuevo unas cuantas veces. Aun así llegó cojeando y sin la cinta al cuello, y gritó como las demás cuando la castigaron por su fracaso. Gritó como muchas que habían corrido con todas sus fuerzas y como muchas que habían elegido las rutas más exóticas.

 

La joven sabía que pronto, muy pronto, tendría que enfrentarse a su primera cacería.



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La joven jadeaba. Jadeaba como un animalillo sediento, con el aire ardiendo en su pecho, hinchándolo con fuego y desesperación, intentando mantener el ritmo de la carrera a la que quedó reducida su estrategia en cuanto comenzó la verdadera cacería.

 

Sus piernas parecían madera, pero seguía moviéndolas, una zancada, otra, en su huida espoleada por el recuerdo de la mirada de su hermano, unos ojos llenos de posesión y ansia que se centraron en ella sin reparar en el resto del joven ganado que también intentaba sobrevivir a su primera y especial cacería.

 

Corría, a través de un mundo de nuevo salvaje, intentando poner toda la distancia posible entre ella y su destino. Sus muslos, sus glúteos, eran firmes por su juventud, no por su potencia: cualquier veterana la habría sobrepasado con una mueca burlona en los labios cansados. No tenía ni esa experiencia ni esa dureza, pero por suerte tampoco la tenían las hembras con las que competía.

 

Todas tenían un plan, claro. Todas, expectativas y estrategias. Y todas las habían olvidado y echado a correr, como buen rebaño, en cuanto la primera se lanzó al galope. Ella también corrió sin pensarlo, y siguió haciéndolo, sin valorar las consecuencias, deseando tan solo que las tiernas piernas de sus rivales estuvieran tan doloridas e inestables como las suyas.

 

Cuando se calmaron las aguas del diluvio biológico que anegó el mundo,  Cazador estableció la primera Gran Cacería. Así nació la tradición, el rito, que se ha venido celebrando cada dos años, marcando el momento en que las muchachas que alcanzan la fertilidad deben enfrentarse por primera vez a la jauría, a la jauría al completo, sin tener en cuenta turnos ni machos que hubiesen fallado en las cacerías cotidianas: la jauría más poderosa que puede ofrecer el clan, con el mundo como coto de caza. Las jóvenes pueden huir donde quieran, aunque muchas refrenan su impulso en cuanto la colina sobre la que se erige el campamento empieza a desaparecer bajo el horizonte.

 

Ella siguió corriendo. Sabía lo que le esperaba si no lograba escapar. Lo sintió en la mirada de su hermano, en la de todos los machos que posaron sus ojos sobre sus caderas robustas y sus tetas firmes. Era una presa codiciada, un trofeo de primera. Había heredado de su madre unas ubres generosas, un doble obstáculo: una dificultad para moverse, un objetivo apetecible para sus perseguidores. Las buenas criadoras siempre tienen demanda.

 

Podía lograrlo, ¿verdad? Mantenerse libre durante el tiempo que duraba la cacería. Si lograba escapar podría irse: buscar una vida propia en la selva salvaje en que se había convertido el mundo, conocer los restos de esa civilización maravillosa de los cuentos que le contaba mamá, vivir en una cabaña de acero y piedra y cristal que se elevaba muy por encima de su cabeza; o volver, con dignidad, para ser una persona por derecho propio en lugar de un culo en propiedad para su cazador y un coño comunitario.

 

El fin del mundo dejó muchas más hembras que machos, y en el clan la desproporción se había acentuado: Cazador aceptaba cualquier hembra fértil que llegara y promovía la caza de las reses solitarias que aún rondaban por el mundo. En las cacerías semanales había presas más que suficientes para que la jauría quedase saciada y alguno incluso repitiera. Pero una Gran Cacería era distinta. En una Gran Cacería muchos cazadores tenían que repartirse unas pocas presas: las niñas que habían alcanzado la fertilidad en los dos años anteriores.

 

Había sangrado por primera vez dos lunas antes de la última Gran Cacería, pero mamá lo guardó en secreto, aún a riesgo de exponerse a la cólera del Cazador. Se jugó la piel, literalmente, para darle dos años de ventaja, dos años más de maduración que le permitiesen triunfar donde casi todas las hembras fracasan.

 

Aquella fue la primera Gran Cacería de su hermano. Los machos empiezan más tarde, son más maduros cuando salen por primera vez, más preparados. Pero el joven competía contra machos más experimentados y no logró trofeo. Desde entonces había mejorado. Mucho. Tres cazadores aún no tenían ninguna hembra en propiedad: un muchacho novato, su hermano, y un veterano con más años que destreza. Y de los tres, su hermano era el único del que nadie dudaba que cobraría su presa.

 

Todos los machos del clan saben trabajar el metal. “Piedra, cobre, bronce y hierro no tienen por qué repetirse. Esta es la nueva edad del acero”, decía el Cazador. Ella había visto a su hermano crear un sello años atrás, antes de su primera cacería: una pequeña pieza de metal quebradizo sobre el que apenas se adivinaba el dibujo. Volvió a forjarlo hacía poco, con golpes enérgicos, hasta dejarlo nítido y definido. Era su sello de propiedad, para marcar la suave piel del nacimiento de las nalgas de las hembras que le perteneciesen. Había visto el sello del Cazador sobre el culo de su madre, estampado sobre un extraño tatuaje que ya tenía desde antes del fin del mundo. Nunca le había preguntado a quién indicaba que pertenecía con aquellos intrincados trazos de tinta tribales.

 

Existía otro sello, forjado por el propio Cazador como regalo para el clan. Se aplicaba sobre el pubis de todas las hembras cazadas para indicar que su fertilidad pertenecía a la manada. Sólo había un modo de no acabar sellada por detrás y por delante: que resonara el fin de aquella primera cacería, y ella aún fuera libre.

 

La joven siguió corriendo.

 

 

 

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Pasaron ayer, al ocaso del mismo día que comenzó la caza: los primeros machos; la avanzadilla. Las pocas horas de ventaja que llevaban las hembras más veloces empezaban a evaporarse a una velocidad asombrosa.

 

Había decidido esconderse. Ella era una de las de más edad de entre las hembras en disputa, sí, pero también tenía unas redondeces acentuadas y su espalda soportaba más peso. Se fue quedando rezagada y, en cuanto llegaron a la llanura, la única compañera y competidora a la que aún podía seguir terminó dejándola atrás. Poco después oyó, atenuado por la distancia, el estruendo que marcaba el inicio de la caza, y sus piernas agarrotadas se impusieron al instinto y la hicieron volver a su plan original.

 

Se deslizó sobre antiguos caminos de asfalto desecho, reclamados por la maleza. Oyó el fluir del agua y siguió su murmullo. Pronto encontró el riachuelo y avanzó corriente arriba hasta encontrar lo que buscaba: un pequeño lodazal oculto entre los árboles y arbustos que crecían frondosos al borde de la corriente, con el viento a favor. Cubrió su cuerpo desnudo con barro mientras el sol se tornaba rojo y una luna aún difusa se burlaba de sus intentos por ocultarse con una cara enorme y pálida.

 

La cercanía de los primeros cazadores se notó mucho antes de que llegaran. Los machos que gustan de la caza veloz no se molestan demasiado por ocultar su presencia. Prefieren que las hembras los oigan llegar: las presas asustadas cometen errores; muchas se quedan paralizadas por el miedo.

 

Se hundió en el barro y aguzó el oído. Los machos sorteaban el arroyo con saltos poderosos: algunos a cientos de metros, otros más cerca. La jauría se había dispersado siguiendo los distintos rastros dejados por las jóvenes conforme el rebaño inicialmente unido se fue separando y abriendo como las ramas de un árbol.

 

Sonaron pisadas, rápidas, constantes. Chapoteos en el agua. Pájaros que levantaban el vuelo. Cerca. Aguantó la respiración. Mamá le había enseñado, pues una hembra no siempre puede elegir cuando respirar. Oyó el sonido, las vibraciones propagándose por el suelo, nítidas, poderosas. Aumentaron y aumentaron hasta hacer que el barro latiera como el corazón de la tierra. Los minutos pasaban. Unas vibraciones menguaban; otras nacían y crecían para sustituirlas. Y entonces el latido empezó a calmarse, el eco cada vez más sordo, el murmullo de los animales que regresaban a sus nidos. Se atrevió a levantar la cabeza para mirar: dos ojos blancos y brillantes entre la oscuridad del barro y la noche incipiente.

 

Escondida entre los arbustos los vio alejarse, la jauría abierta en un amplio abanico cubriendo el gran frente de la llanura, algunos adelantados, perdidos ya en la distancia; otros atrás, conservando las fuerzas.

 

Sus manos se crisparon sobre los arbustos, guiadas por un impulso inconsciente, instintivo: el miedo. Antes incluso de darse cuenta de haberlos agarrado, el mismo instinto la hizo soltarlos, precavida ante el ruido de las ramitas al quebrarse entre sus dedos. Fue el olor, el más primitivo de los sentidos de la hembra reaccionando a la tenue presencia de un macho a sotavento. Su cuerpo ya estaba en tensión cuando oyó el leve sonido de las pisadas a su espalda, la carrera tranquila, apenas perceptible, de un espécimen de buen tamaño corriendo sobre la hierba de la llanura.

 

Un cazador, sin duda. El silencio, esa coordinación en los movimientos, esa elegancia al correr, estaban fuera del alcance de las mentes brutales victimas del mal que asoló el mundo. Giró la cabeza, despacio, los ojos entrecerrados para disimular su fulgor blanquecino. El macho se acercaba veloz desde la otra orilla. De seguir su camino, pronto pasaría a tan solo unos metros de donde estaba escondida.

 

Alto, elegante, robusto: reconoció la silueta enseguida. Un salto poderoso le bastó para sortear el río sin mojarse los pies. De pronto, se detuvo, en el mismo lugar en que había aterrizado, y se alzó en toda su estatura. Giró, la respiración profunda, su atención de pronto centrada en el riachuelo. Ella creyó sentir los ojos brillado en la oscuridad, recorriendo el curso de agua, el oído atento, la nariz contrayéndose. Se hundió todo lo que pudo en el barro. Temblaba.

 

La mirada depredadora pasó sobre el lugar en que se escondía… y siguió cauce abajo. Aún oteó durante instantes interminables la zona antes de reanudar su tranquila carrera. Sólo entonces la muchacha se dio cuenta del tiempo que llevaba sin respirar. Emergió dando una gran bocanada de aire, su cuerpo rompiendo la superficie del barrizal como una vasija curvilínea brillando a la luna llena, esperando que el alfarero la metiera en el horno para endurecerla.

 

Siguió allí escondida durante mucho, mucho tiempo, observando como la oscuridad se tragaba las sombras diminutas que se perdían en la distancia, en especial la más nítida, la más familiar, mientras el barro se secaba sobre su piel y el frío entraba en su cuerpo y la hacía temblar, hasta que no vio nada ni oyó nada aparte del eterno murmullo de la noche. Sus ojos enormes escrutaban el horizonte en todas direcciones porque no se fiaba de su oído: sólo escuchaba los latidos desbocados de su propio corazón. Miraba adelante, vigilando a los cazadores que se alejaban en persecución de otras presas; atrás, a cualquier otro rezagado, pues no necesitaba más de un aviso que le recordara que el peligro principal traer más peligros ocultos a su sombra; a izquierda, a derecha, siguiendo el riachuelo que le había dado agua y escondite. Algunas hembras nunca regresaron de su primera cacería por olvidar la razón de todo, el por qué los machos tenían derecho a poseer a las hembras: tenían derecho a ellas porque las protegían de los peligros del mundo. Y las protegían de los peligros del mundo porque el mundo era peligroso. Ella estaba tirada en la orilla de un riachuelo, en un mundo en el que todas las bestias, humanas o no, necesitan beber. Incluidas las presas, como ella, que recordó que no había probado el agua desde que salió del refugio. Se arrastró hasta el lecho y metió la cabeza en la corriente probando el frescor. Bebió como si nunca lo hubiera hecho y como si nunca tuviera la oportunidad de volver a hacerlo. El agua lubricó su garganta y aclaró su mente.

 

Había logrado esconderse, había escapado… por ahora. ¿Dónde ir? En una dirección, el peligro se alejaba con el paso vivo de los cazadores, pero seguía allí; en otra, el refugio, tierra conocida, pero también el camino de regreso que todos los machos tomarían más pronto que tarde. Su mirada remontó el riachuelo hasta las bajas montañas que se alzaban en la lejanía. Un día de viaje, puede que más. Con animales habitando sus laderas. Cazador las prevenía de los peligros de la Madre Naturaleza, pero quizás esos mismos peligros formarían el escondite perfecto. Los cazadores no la buscarían allí donde pensaban que no podía ir.

 

Logró ponerse en pie y obligar a sus piernas rígidas a moverse, vacilantes al principio, más firmes y confiadas conforme volvía el calor a su cuerpo desnudo, conforme la fuerza de su juventud le devolvía el ímpetu instintivo de la supervivencia.

 

Andaba, corría, paraba para recuperar el aliento, bebía un poco y volvía a correr. La noche cayó con un fulgor azulado, pero aún mantuvo el ritmo algún tiempo, con la luna y las estrellas marcando el paso de las horas. Buscaba dónde pasar la noche. Quería construir un refugio, pero estaba cansada. Demasiado cansada. Encontró maleza frondosa y un suelo de hierba seca, y se desplomó, satisfecha de haber sobrevivido al primer día.

 

 

 

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—Camina —se dijo. Su instinto tenía la voz de su madre—. Muévete, o pasa el resto de tu vida como un puñado de agujeros con ojos.

 

Tenía frío. Sus piernas ardían. Siguió andando hacia unas montañas que siempre se dibujaban lejos, en el horizonte. El sol fue reclamando el cielo, las nubes se despejaron y llegó el calor. Los rayos quemaban. El barro que la recubría se convirtió en un vestido agrietado. El sol siguió subiendo y las grietas se ensancharon hasta desprenderse de su piel. Desnuda, como al principio.

 

Sintió aves sobrevolándola y miró al cielo. Patos. En formación, siguiendo su ciclo vital ajenos a las desgracias del Hombre. Una flecha indicando el camino. Buena señal. Un puñado de buitres hubiera sido motivo de preocupación. Siguió andando.

 

A medio día paró para comer. Fruta, raíces, algunos insectos… siempre encuentras comida al lado de un río, seas el depredador o la presa. Encontró un árbol muerto y cortó una rama para hacer un garrote. Siguió andando.

 

Hasta las aves se cansan de volar y, a media tarde, divisó arbustos de plumas oscuras moviéndose por el suelo en la orilla, en la distancia: los patos habían parado para beber y quizás, esa noche, ella comería caliente. Con cuidado, agachada, empezó a recorrer la distancia que la separaba de los animales, acercándose, silenciosa. Una de las aves batió las alas oscuras, otras graznaron, pero ninguna alzó el vuelo. Más cerca.

 

Ya podía oír el murmullo de la pluma contra la pluma. Agachada. De un arbusto al siguiente. La vegetación era alta. La ocultaba. Apretó el garrote. Cuellos delgados, cabezas frágiles, un ala quebrada: sólo necesitaba un buen lanzamiento. La masa de plumas estaba cerca, el sonido de los picos clavándose en algo duro y húmedo. Entonces uno de los animales levantó una cabeza calva tintada en sangre. Ese día habría buitres, después de todo.

 

Se acercó, ya sin preocuparse porque las aves la vieran llegar: los carroñeros no eran comida. Alguno, más curioso que el resto, alzó el pico durante un instante para mirarla, pero el banquete siguió, ajeno a su presencia. No veían en ella a una depredadora. Tampoco lo fue el despojo del que se estaban alimentando.

 

La sangre seguía teniendo un tono rojizo sobre el fondo negro. La carne de la pobre desgraciada aún estaba fresca. Fresca y firme; buena carne: bien formada, razonablemente joven, no habría tenido problemas para que la aceptaran en el clan. Muchas oyen hablar de la comunidad e intentan buscarla. Aún hoy, tanto tiempo después, siguen llegando algunas cada año. No todas lo logran. Una pena.

 

Debería saquearla, mirar si tenía algo útil. La hembra llevaba ropa: ropa vieja, ensangrentada y desgarrada por los picotazos, pero ropa, al fin y al cabo. Y ella iba desnuda. Un cazador se la habría quitado sin dudar. Los buitres habrían huido en desbandada ante la presencia de un macho. Incluso madre habría logrado espantarlos y coger lo que necesitaba. Pero los carroñeros seguían con su festín, indiferentes, salvo alguno que la miraba durante un instante preguntándose si habría llegado el segundo plato. Ella no podía más que fijarse en los afilados picos que se hundían en la carne y la desgarraban. Siguió allí, inmóvil ante el cadáver y los comensales, sin el ímpetu necesario para liarse a garrotazos, con el fuego abrasando sus muslos y sus pantorrillas duras como piedra suplicando a gritos un instante de descanso. Se sentó sobre la hierba, entre el murmullo del agua y el susurro de la carne al desgarrarse. Cerró los ojos y dejó que su mente vagara.

 

“Por mucho que el depredador se haya saciado, siempre queda algo para los carroñeros”, decía Cazador. ¿O era madre? Una hembra. Una hembra muerta. Muerta al lado de un río. Una hembra apetecible. Ningún macho la mataría: demasiado jugosa para desperdiciarla. Ningún macho que conservase la cordura, claro. La sangre seguía fresca. ¿Dónde estaba el depredador?

 

Sus ojos se abrieron de golpe y volaron sobre la vegetación baja e irregular de la llanura. Entonces la vio, lejos. Una hembra, sin duda, deambulando con los pasos desequilibrados de los cuerpos que no tienen mente para guiarlos. Avanzaba en la misma dirección que ella pensaba seguir, sus rumbos paralelos pero distantes, ambos hacia las montañas. Pero ella no cambiaría su plan. No después de llegar tan lejos. No por una infectada. No por una hembra.

 

Dejando a los buitres con su festín, se obligó a reanudar la marcha hacia el horizonte, con un ojo puesto en su nueva acompañante.

 

La luz menguaba con la tarde. El final estaba cerca, con las montañas y sus faldas arboladas y sus pliegues de roca ofreciendo un millar de escondites perfectos. Quizás alguna cueva donde pasar ha cubierto las noches que restaban. La infectada se mantenía a distancia, indiferente a su camino. Apretó el paso.

 

Un ruido lejano, una vibración en el suelo, el instinto… algo la hizo girar la cabeza a tiempo de ver un puñado de puntos oscuros que se elevaban en el aire muchos kilómetros río abajo: los buitres; el festín había terminado. Escrutó los kilómetros y kilómetros de ribera que había recorrido desde el tétrico lugar donde los carroñeros habían alzado el vuelo hasta perderse en las alturas en busca de nuevas presas. Nada.

 

Siguió inmóvil. Los minutos medidos al ritmo de los latidos parecían horas. Los ojos en la distancia, los oídos atentos, los pies bien plantados en el suelo para detectar los susurros de la tierra. No olía nada, pues el viento llegaba desde las montañas. Quizá fuera mejor, pues de haber soplado de frente cualquier olor que transportase habría quedado oculto por el aroma dulzón de la muerte.

 

Reanudó la marcha con cautela, el rabillo del ojo aún atento a la orilla del riachuelo en la distancia. Tardó en darse cuenta de que había perdido de vista a su acompañante. La infectada no estaba allí. Empezó a avanzar con prisa. A cada paso miraba al lado con la esperanza y el temor de ver otra vez a su nueva amiga. Las montañas parecían más lejanas que un instante antes.

 

Los primeros árboles de la ladera ya estaban cerca. Olía el verde de las hojas. Roble y castaño. Empezó a correr.

 

Todo ocurrió en un instante y durante una eternidad, veloz y a cámara lenta: unos arbustos entre los árboles al pie de la montaña que empezaron a vibrar; un infectado surgiendo de la espesura, rápido como el ataque de un animal salvaje.

 

Gritó, olvidada la cautela, los cazadores muy lejos de su mente en ese momento. Gritó, mientras sus pies resbalaban sobre hierba y polvo intentando frenar en seco su carrera. La bestia se abalanzó sobre ella, rápida, brutal, los ojos que fueron de hombre inyectados en sangre, fijos en ella; la boca de dientes amarillentos abierta, chorreando saliva. La criatura tenía hambre y su alimento favorito era la carne humana viva.

 

Se le echó encima, ocultando el mundo, la visión de la montaña a su espalda. Ella lanzó una patada, ágil, elástica: las mujeres del clan son flexibles, sobre todo en las piernas. Su pie se hundió en el estómago de la criatura, que se detuvo un instante, retorciéndose, el tiempo congelado en su carrera depredadora. Pero enseguida reanudó la persecución como si nada.

 

Lo esquivó, lanzándose al suelo, rodando hasta quedar a la espalda del ser, que todavía avanzó unos metros llevado por su impulso mortal antes de darse cuenta de que ya no tenía comida delante.

 

Una ventaja. Pequeña. Corrió hacia la espesura, hacia la arboleda. Allí podría despistar al ser, encaramarse a algún tronco u ocultarse detrás, hacerlo tropezar con las raíces… cualquier cosa. Sólo tenía que llegar.

 

Sus piernas ardían; su rodilla, magullada al caer rodando, latía con pulso propio; el aire faltaba en sus pulmones. Pero los pasos rápidos de la bestia a su espalda la espoleaban. La criatura gruñía echando espumarajos por la boca. Giró la cabeza para mirarlo. Sólo un momento. Sabía que no debía hacerlo. Lo sabía: debía correr y confiar en que su velocidad fuera suficiente. Era una de las reglas básicas que se enseña a todas las hembras: los cazadores miran, las presas huyen. Pero no pudo evitar la curiosidad: quería saber dónde estaba el peligro.

 

La bestia era grande, pero no tan rápida como le había parecido con la sorpresa inicial. Su ventaja aumentaba a cada zancada. Volvió a mirar al frente con esperanzas renovadas.

 

Sintió el aire moverse en su mejilla, el brusco impacto en su costado, el suelo acercándose con rapidez, la dureza de la caída y la hierba áspera arañando su piel mientras rodaba sin control hasta quedar tumbada de espaldas.

 

Sintió paz. Un instante de paz. Desnuda sobre la hierba, miraba aturdida el cielo que se anaranjaba anunciando el fin de su primer y único día de libertad.

 

—¿Dónde te habías metido? —pensó. Una sonrisa curvó sus labios. La infectada se lanzó sobre ella. Era una hembra joven, pequeña, pero tenía el ímpetu de la falta de inteligencia. Las manos huesudas y callosas buscaron su cuello. Ella le agarró las muñecas. Intentó frenarla. Era más grande que la criatura, más fuerte, pero estaba debajo, estaba agotada y sus brazos empezaron a ceder ante el empuje animal.

 

Con las manos trabadas, la criatura empezó a lanzar dentelladas buscando su garganta. Ella alzó la cabeza, con fuerza. Su frente golpeó la nariz del ser, que perdió la visión y con ella el impulso de morder. Con toda la fuerza que le quedaba, la lanzó a un lado. Se levantó trastabillando. Intentó correr. Y chocó contra el muro de carne de la bestia.

 

Dos poderosas zarpas rodearon su cuello y la alzaron en el aire. Apretaron. Ella forcejaba, empujándolo, pero aquellos brazos no cedían. El infectado la atraía hacia sí, los dientes se acercaban lanzando mordiscos ansiosos. El aire se agotaba en sus pulmones, su corazón martilleaba, sus pies pataleaban contra las piernas de una criatura impasible.

 

Su cabeza retumbaba con un bum bum imparable mientras el rostro furioso que iba a devorarla se difuminaba en el rojo de su campo visual. De pronto, las mandíbulas se pararon y la bestia ladeó la cabeza. La ladeó en un ángulo grotesco, imposible, inclinándola sobre el hombro antes de caer y desaparecer por completo de su vista, sustituida por un rostro masculino que sonreía. La presión en su cuello cesó y cayó al suelo al mismo tiempo que el cuerpo decapitado de la criatura.

 

La pequeña infectada seguía viva y se abalanzó sobre ellos, pero el cazador permanecía impasible, ignorando al ser, mirándola a ella con satisfacción: su trofeo. La criatura atacó y el cazador ofreció su brazo recubierto de cuero endurecido al mordisco. Le partió el cuello con un movimiento desganado.

 

Ella reaccionó. Mientras el cazador se quitaba de encima el cuerpo inerte, empezó a arrastrarse sobre la hierba en dirección a la arboleda. Se levantó tambaleándose. Empezó a correr.

 

Las boleadoras zumbaron a su espalda. Sintió el lazo quemando sus tobillos, el golpe en la cabeza al caer de nuevo. Ni siquiera intentó volver a levarse.

 

El cazador se acercó y se quedó contemplándola, repasando sus volúmenes, complacido, antes de inclinarse sobre ella para empezar a atarla.

 

—Hola, hermanita.

 

 

 

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Los gritos, el llanto, el olor a miedo, a leche de macho y a carne a la brasa; el silbido de la piel contra metal caliente y el blanco, el blanco brillante de los ojos de la muchacha fijos en ella durante un instante, pidiendo ayuda. La súplica de su mirada recorría los rostros de los asistentes a la ceremonia con la esperanza de que alguno pusiese fin al dolor. Pero era una esperanza vana: allí sólo había hembras marcadas y obedientes, hembras obedientes que esperaban a ser marcadas y machos que pulían sus respectivos hierros mientras esperaban su turno. Y en medio, la chica atada, a cuatro patas, ofreciendo el culo al macho que la sodomizaba al tiempo que aplicaba sobre el nacimiento de las nalgas el metal al rojo de su sello personal.

 

Cuatro años atrás, Cazador había decidido que la por entonces aún niña era lo bastante mayor como para asistir a la ceremonia de marcado de las hembras. La primera fue aquella muchacha alta y delgada, pelirroja y gritona, que pocos meses antes había sangrado por primera vez.

 

Sólo seis jovencitas participaron en aquella Cacería. Las seis volvieron cargadas como un fardo sobre los hombros de sus machos. La pelirroja era la más joven: la primera a marcar. Luego las demás. Cuando acabaran, el propio Cazador marcaría con el sello del clan los coños recién rasurados. Luego vendría la fiesta para celebrar el éxito de la cacería.

 

Eso fue hace cuatro años. En esta Cacería, ella era una de las hembras de más edad. Y las presas más abundantes. Serían muchos gritos, mucho olor a carne quemada, antes de que le llegara el turno de ofrecer su grupa a su hermano. Ninguna hembra da tanto placer como cuando se retuerce bajo el fuego con la verga de su dueño alojada en las entrañas. Esa era la opinión del Cazador, y todos los machos le daban la razón. El momento de la marca era una ocasión solemne, que ellos disfrutaban y que ellas recordarían siempre.

 

Su hermano, por supuesto, no esperaría tanto para montarla: estrenar una hembra ya era lo bastante satisfactorio sin necesidad de espolearla con un hierro candente. Tirada en la falda de la montaña, con la soga que ataba su cuello y la unía a su nuevo dueño, la joven se preguntaba cuánto tendría que esperar hasta que su cazador decidiese que quería catar la pieza cobrada.

 

 

 

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Otro pasó. Los pies pesaban, las piernas ardían. Sus orificios abiertos ya no goteaban aquella mezcla primeriza de fluidos vitales, pero el semen y la sangre habían dejado rastros que formaban un intrincado dibujo en la cara interior de unos muslos que ya nunca más serían vírgenes. Caminaba detrás su hermano, que confiaba en que no intentaría escapar merced a la tranquilidad que le daba una buena cuerda. Estaba atada con firmeza: los brazos a la espalda, para desterrar cualquier infantil idea de resistencia; la soga rodeando el cuello, para tirar de ella de vuelta al hogar, a ocupar la posición que le correspondía como hembra en propiedad.

 

Había dolido. Había gritado. Su primera violación. Sintió la rigidez del cansancio. Sintió las zarpas de la bestia como si aún apretasen su cuello. Sintió el corazón palpitando por el miedo: miedo a la bestia, miedo a la muerte, miedo a la verga que surgía ya dura de los pantalones de su hermano.

 

No intentó resistirse. ¿Para qué? Era malo enfadar al cazador.

 

Su hermano caminó sin prisa hasta el lugar en el que logró derribarla. Parecía tranquilo, pero en los movimientos metódicos con los que le ataba las manos a la espalda se percibía el ansia del macho. La volteó, y soltó las boleadoras que trababan sus piernas sólo para poder separarlas. Un macho cargado de adrenalina tras abatir a dos infectados y con un coño a estrenar abierto para él no necesitaba más estímulo.

 

Su hermano se lanzó entre sus muslos y la hizo sentir el seco roce de la dureza masculina contra su raja, su interior rompiéndose y la carne que la ensartaba llenándola con un calor insoportable. La humedad de su propia sangre la inundó. La estaca llegó al fondo de su matriz en la primera acometida. Gritó.

 

Sólo sentía dolor: el dolor y la tranquilidad de la hembra que ya no tiene por qué huir, la relajación que deja el destino cuando te alcanza; la humedad resbalando por sus piernas y por sus mejillas; la dureza de su futuro atravesando la suave carne de su niñez.

 

Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Sin prisa, rascando las costras de barro y hierba hasta quedar piel con piel, su hermano, su macho, la hacía sentir toda su extensión en cada golpe seco y húmedo que percutía contra su pelvis. Ella gimoteaba. Él gruñía y seguía ensartándola, incansable, obligándola a sentirlo en su interior.

 

“Colabora con el macho”, solía decir mamá. “No puedes evitar lo inevitable. Entrégate a tu violador, acepta que le perteneces y haz que disfrute de tu cuerpo. Así es el orden en la Naturaleza: tu macho tiene las piezas que rellenan los huecos de tu cuerpo”.

 

Había visto a su madre entregarse cada día. Succionaba vergas con un ansia animal, hambrienta de leche. Ellos llegaban, se desahogaban en su boca y se iban. Otras, jóvenes cazadas hacía poco o hembras recién llegadas al clan, no estaban acostumbradas a entregarse y acababan mordiendo a propósito el miembro que acogían entre sus labios. Una hembra sólo cometía ese error una vez. Sólo podía cometerlo una vez. Su madre a veces sentía calambres en el cuello y dolor en las rodillas, a veces vomitaba y era castigada. Pero su rostro aún se adornaba con una blanca sonrisa de vez en cuando. Y los rostros de las que mordían, no.

 

Entregarse. Esa era la clave, el camino de la hembra cazada. Alzó las piernas cansadas del suelo para abrazar con ellas la cintura de su hermano, de su violador. Empujaba cuando él empujaba, animándolo a entrar en ella, a clavarse con firmeza en su interior. Lo atrajo, buscando el contacto, que el cuerpo poderoso se deslizara sobre su piel impregnada de sudor, que sintiera los pechos rebosantes y los pezones duros aplastados contra sus pectorales.

 

Buscó su boca y metió la lengua, seca por la falta de agua. Su hermano respondió jugueteando con la suya, complacido con la entrega de su presa. La saboreó: sus labios, sus pómulos, su cuello. Las manos varoniles se colaron entre los cuerpos apretados y amasaron sus ubres. Siguió bombeando su interior, implacable.

 

Sintió el espasmo, la rigidez en el cuerpo del macho, el pulso de la estaca que la clavaba a su destino, la humedad que se sumaba a la de su interior, la descarga mezclándose con la sangre y la lubricación que, pese al dolor y la inexperiencia, manaba de su interior al reclamo de la virilidad de su dueño.

 

La semilla que la llenó era cálida, espesa, pero no abundante. Las descargas de los machos nunca lo eran, por lo frecuentes, y porque los cazadores se vaciaban antes de salir de caza, para pensar con más claridad y aguantar más una vez cobraban su presa.

 

La verga la abandonó, pero siguió sintiéndola, el hueco que dejaba su ausencia, el calor que arañaba sus paredes, la vibración del final aun propagándose por su vientre, la semilla en su matriz imponiéndose a su propia humedad de hembra recién tomada. La dejó mirando al cielo del ocaso, abierta de piernas, con el coño profundo y brillante escociéndole al contacto con el aire.

 

Él rebuscó en su macuto algo para comer y se sentó a su lado, recuperando fuerzas antes de volver a tomarla, contemplándola, evaluando el cuerpo despatarrado que ahora le pertenecía.

 

Ella miraba las nubes, ausente, demasiado cansada para llorar. Girando la cabeza, contempló la arboleda cercana, los troncos enmarañados, los altos arbustos, los innumerables escondites. ¿De verdad estuvo a punto de conseguirlo? ¿Qué habría pasado de no aparecer las criaturas? Pero aparecieron. Y su hermano la salvó. En el momento oportuno, el instante perfecto para reclamar su presa de entre las bestias. Nunca había tenido una oportunidad.

 

Lo sintió moverse, el olor del macho cerniéndose sobre ella, inevitable. Sus muslos se cerraron por instinto, aunque conocía las historias de otras mujeres: no necesitaba tenerlos abiertos para lo que venía.

 

Él la giró, bocabajo. Las manos sobre su cintura tiraron hasta colocarla en la posición adecuada: el culo en alto, la espalda arqueada, la cabeza gacha. Corrigió su orientación hasta ponerla mirando al bosque al que no había tenido ocasión de llegar.

 

La saliva de su hermano resbaló entre sus nalgas provocando un escalofrío que recorrió su columna hasta hacer que sus labios empezaran a temblar. Un dedo grosero empezó a hurgar en su agujerito, humedeciéndolo. Más saliva, más dedo, dentro, fuera, retorciendo su interior pese a la presión de una cueva viva que apretaba oponiéndose a la invasión. Llenaba sus entrañas con humedad y carne, como su madre le contaba que rellenaban de salsa el pavo durante las fiestas. Ella era el plato principal.

 

Cuando el dedo, por fin, la abandonó, los segundos empezaron a pasar, lentos, muy lentos, mientras el vacío qua había dejado se desvanecía replegándose sobre sí mismo. Su corazón martilleaba al ritmo agitado de la respiración. Sintió la punta, dura, caliente, apoyándose en su entrada. Dejó de respirar.

 

“Siempre les entra”, decía Cazador. “Si pueden andar, pueden recibir por el culo. A todas les cabe. A algunas les duele un poco, claro, y a otras mucho. Algunas son más estrechas. Pero todos los obstáculos se pueden superar con el empuje suficiente”

 

Su hermano empujó. Con fuerza. Desde el principio. Rompió su resistencia con una facilidad pasmosa pese a su tamaño: el cincel de un cantero insertándose en la grieta de una roca, golpe a golpe, ganando profundidad a cada martillazo hasta lograr resquebrajarla. Sentía su cuerpo partiéndose en dos desde la raja de su culo. Un velo rojo, acuoso por las lágrimas, cubrió su visión. Gritó.

 

“La primera vez que te violan el culo es dura. Mucho”, decía mamá. “Pero resulta terapéutica. En cuanto tu padre me lo partió por primera vez, el trauma de todas las violaciones anteriores se volvió mucho más llevadero.

 

>>Fue mi primera noche aquí. Estaba asustada, era joven, había oído historias. No pude evitarlo: tenía tanto miedo que mi culo se apretó como el de una gata con el lomo erizado. Tu padre sudó para abrirlo. Llegó, me vio bocabajo con las piernas abiertas y se lanzó. Me lubricó un poco, para que no le rozara, pero no perdió el tiempo en ensancharme. Nunca lo hacen. Como suele decir: para abrirles el culo ya está la polla.

 

>>Grité. Vaya si grité. Estuve gritando todo el tiempo que duró dentro de mí. Nada me había dolido tanto hasta entonces. Al día siguiente no podía caminar, aunque tu padre tampoco me permitió salir de su lecho.”

 

Su madre había sido afortunada en muchos aspectos: al entregarse al clan, se convirtió en una propiedad desde el principio, asignada al propio Cazador, sin una primera Cacería. Ella, en cambio, estaba agotada, asustada y maltrecha… y aun así sentía el fuego recorrer sus entrañas cada vez que su hermano se internaba en su retaguardia. Lo sentía sabiendo que estaban en ninguna parte, que nadie vivo oiría sus gritos… y que aún le quedaba un largo camino de vuelta a casa. Un largo camino con una soga al cuello y un macho tirando del otro extremo que hacía que no poder andar no fuera una opción.

 

Estuvo un buen rato dándole por detrás. Sin prisa, sin pausa, sin misericordia, el miembro duro como el acero entraba y salía de sus entrañas en incursiones largas, larguísimas, que la hacían sentir por completo el calor y el tamaño que perforaba su recto palpitante, las oleadas de fuego que la llenaban, las manos agarradas con firmeza a sus caderas, los dedos clavados en su cintura, profundos, para mantener bien fija la diana ante el dardo que una y otra vez acertaba en su centro.

 

Ya notaba los calambres de agotamiento en su ano recién estrenado cuando su hermano tuvo a bien regarlo con su simiente: un bálsamo agradable que, en parte, logró mitigar el escozor de su orificio.

 

Cayó de costado, exhausta, en cuanto la estaca que la apuntalaba dejó de sostenerla. Su macho se sentó a su lado y exhaló un suspiro satisfecho.

 

Estuvieron recuperando fuerzas, él sentado y ella hecha un ovillo a su lado, sintiendo la humedad que resbalaba de entre sus nalgas. Su hermano echó mano a sus provisiones y le puso en la boca un trozo de pan seco. Empezó a devorarlo con ansia, consciente de que aún le quedaba un largo camino de vuelta a casa.

 

 

 

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Dolía.

 

Cada paso.

 

Dolía.

 

Un coño desflorado, un ano dilatado hasta extremos imposibles, unas piernas agotadas por la huida y por el regreso, rodillas rasgadas por las caídas, por el largo periodo a cuatro patas… Era la ironía de la caza: si no logras escapar más te vale ser cazada pronto; los cazadores están menos ansiosos cuando se lanzan sobre su presa, y el camino de vuelta es más corto.

 

La Gran Cacería siempre se celebra en luna llena, así que la noche era clara y el camino fácil de seguir para un cazador experto, por lo que siguieron caminando aunque hacía ya tiempo que el sol había desaparecido del cielo. Cuando, por fin, él decidió parar, ella cayó de rodillas, exhausta.

 

Bebieron un largo trago del odre, ella con ansia, ante la sonrisa complacida de su hermano.

 

—Eso es, hermanita. Humedécela bien. No me gusta que la lengua raspe.

 

Bebió como si le fuera la vida en ello, como si necesitara preparar su garganta para lo que estaba por llegar. Cuando dejó el odre a un lado y miró a su hermano, sus ojos quedaron prendidos en la verga que ya ganaba consistencia por fuera de sus pantalones. Se arrodilló.

 

Él se acercó, el grueso apéndice balanceándose a cada paso, las manos extendidas dispuestas a apresar sus pechos que le esperaban, expuestos, ofrecidos a la altura adecuada para aquel macho. Rozó la tersa piel, empezó a acariciarlos, pero se detuvo. Ella alzó la vista y lo vio pensativo. Los ojos de su hermano se posaron en sus ubres, en el amplio valle que las separaba, y después buscaron el macuto tirado en el suelo del campamento improvisado. Asintió, despacio. La dejó arrodillada y expectante y empezó a rebuscar en la bolsa.

 

Sacó un paquete de piel bien envuelto que contenía grasa de jabalí. Energía pura. Rebañó con los dedos una buena porción y la untó entre las ubres temblorosas.

 

—Tu comida, hermanita. Gánatela —dijo mientras el pistón caía a plomo sobre su tajo engrasado—. Veamos si puedes hacerlo tan bien como nuestra madre.

 

Ella sabía qué hacer; lo había visto muchas veces. Asiendo sus pechos a dos manos, abrazó la verga de su macho y empezó a moverse. Arriba y abajo, densa carne femenina bien engrasada se deslizó sobre la dureza creciente, que palpitaba envuelta en su seno, ganando consistencia a cada pasada. La grasa se derretía, se esparcía sobre sus pechos haciéndolos brillar con luz de luna al ritmo bamboleante que imprimía con su cuerpo. El jugoso olor inundaba su nariz. La saliva se acumulaba en su boca. Estaba hambrienta.

 

El macho apartó sus manos y tomó por sí mismo el mando de sus ubres. Apretó. Apretó con fuerza, se deslizó entre sus tetas, las estocadas del machete del cazador abriendo un sendero en la frondosidad que ningún otro macho había hoyado. Su hermano tenía buen tamaño, pero sus ubres también y él las amasaba con maestría, se daba placer usando su carne, deslizándose sobre la piel suave y la grasa licuada por el calor del contacto. Le dio duro, dentro y fuera, dentro y fuera, sus glándulas mamarias convertidas en un tajo prieto que horadar a placer. Ya no dependía de ella adaptarse a él. Era carne manejada al antojo del macho; un objeto de placer; una boca entreabierta para el caso de ser requerida; unos ojos dóciles para contemplar el deseo inevitable que su dueño quisiera satisfacer haciendo uso de su cuerpo.

 

Ella lo miraba intentando discernir las señales del gozo y las del peligro, porque un macho que no obtiene el desahogo tal y como lo busca es peligroso. Lo miraba, pero él la agarró por la cabeza y la hizo mirar hacia abajo. La punta rojiza, brillante de grasa derretida, surgió de entre sus pechos, y ella ofreció su boca para recibirla. Sus labios lo acariciaron, aprisionándolo, relamiéndose como una niña ante una golosina primitiva; la única que les queda a las jovencitas en este nuevo mundo.

 

La carne masculina untada en jugosa grasa derretida era lo más apetitoso que había entrado en su boca desde hacía dos días. Lamió con ansia, dispuesta a no desperdiciar ni una pizca del alimento que le proporcionaba, con su garganta preparada para tragar la leche caliente que antes o después iba a depositar en ella.

 

Porque los machos siempre se corren en la boca. No en la cara; no en las tetas: en la boca. Esas proteínas son parte esencial de la alimentación de las hembras, al igual que ellos beben en abundancia del fruto del ordeño de aquellas hembras seleccionadas por su capacidad mamaria. La leche del macho, cálida, grumosa y espesa, se ha convertido en la base de la alimentación de muchas supervivientes del cambio, que han adquirido una destreza sin parangón en la Historia a la hora de extraerla. Las hembras beben de sus machos, las hembras amamantan a las crías y a los propios machos que las han alimentado: la nueva cadena alimenticia se cierra en un círculo en el que todo lo que una hembra necesita sale de la verga de su macho.

 

Se espera de una hembra sodomizada que recoja la descarga de su recto para aprovecharla. Sólo lo depositado en el coño debe quedarse en el coño, pues la posibilidad de la reproducción importa más que esa escueta porción de alimento. El resto acaba en la boca.

 

Esta norma no escrita no siempre se cumple, claro. A veces por la imaginación y el ímpetu de los machos. A veces por el deseo de las propias hembras, que con frecuencia apelan a los restos de esa caballerosidad que infestaba el viejo mundo para pedir al usuario de su boca que se corra en su cara, o en sus tetas. Es una antigua leyenda, una creencia transmitida por las veteranas que alcanzaron su juventud justo antes del cambio: la leche del macho hidrata; la leche del macho rejuvenece. Toda una tentación en un mundo sin cremas anti-edad en el que las hembras tienen motivos reales para temer parecer viejas.

 

Ella creció en este mundo. Sabía qué hacer. Así que cuando su hermano abandonó la lubricidad de sus pechos en busca de una vaina más húmeda y profunda en la que guardar su espada, estaba preparada para recibirlo. El hombre se afianzó en la mano que agarraba su cabeza y la empujó contra la verga que la aguardaba. Atravesó sus labios, su lengua, su paladar y su garganta, alojándose en ella, reclamando el espacio libre en su boca y en su cuello.

 

Lo había visto, mil y una veces: miembros erectos desapareciendo entre labios obedientes; saliva brillante chorreando sobre tetas grandes de pezones hinchados, sobre vientres planos o preñados, sobre la tierra fértil del suelo; los cuellos tensos, los rostros rojos y agobiados, el vómito ocasional de las jóvenes; la dócil facilidad de las veteranas, que se pegaban a la pelvis del macho y permanecían allí el tiempo que fuera necesario…  Ella misma había practicado, desde niña, con frutas y hortalizas, con sus dedos y los de su madre, con un juguete de lana prensada envuelta en un cilindro de piel que elaboraba el propio Cazador como regalo para cada niña del clan; un peluche primitivo al que dormían abrazadas cuando eran pequeñas y con el que tenían que practicar al hacerse mayores.

 

Ella había practicado, y el grosor de su hermano llenó con naturalidad su boca. Más rígido que su juguete, más pesado. Caliente y palpitante. Entró en ella hasta el fondo y se quedó allí, con la cara de ella pegada a su piel, la nariz aplastada contra su entrepierna, disfrutando de las húmedas sensaciones de la primera incursión en una garganta a estrenar.

 

Empezó a faltar el aire, pero su hermano seguía apretando. Apretaba y apretaba y el tiempo seguía pasando. Hortalizas y juguetes no la habían preparado para aquello. El leve espacio de paso que la verga dejaba en su garganta pronto empezó a no ser suficiente. Su pecho vibraba reclamando una ración mayor de un oxígeno que no podía permitirse. Intentó retroceder, pero él la afianzó con fuerza.

 

El pánico llegó, acompañado de un sofoco que crecía con el martilleo de la sangre resonando en su cabeza. La verga sobre su lengua se volvía más pesada a cada instante, su mandíbula temblaba buscando el aire que su cuerpo echaba en falta. Dos gruesos lagrimones cayeron por sus mejillas.

 

Entonces la presión sobre su nuca se aflojó, sólo un poco, y ella empezó a retroceder, desesperada, con el cuello tenso en la lucha contra la zarpa del cazador, que aflojaba pero nunca llegaba a liberarla. Milímetro a milímetro la verga fue desalojando su boca dando paso al preciado oxígeno que volvía a recorrer con ímpetu aquel conducto que se creó para su paso, hasta que la inventiva imparable de los machos le encontró una utilidad más placentera. Un ataque de tos le sobrevino en cuanto se vio libre de aquella carne endurecida.

 

Su hermano sonreía desde arriba: el macho estaba satisfecho. En cuanto ella recuperó el aliento la presión en su nuca volvió y se vio ensartada de nuevo, empezando un vaivén profundo.

 

Era otra detalle para el que no la prepararon los años de práctica con hortalizas y peluches faliformes: el ritmo. El ritmo de un macho que salía de ella y volvía a entrar sin importarle si estaba preparada para recibirlo. Un pepino lubricado con su propia saliva no podía moverse por sí mismo, pero la verga estaba viva, estaba dura, crecía y menguaba y se adentraba en su boca siguiendo sus propios impulsos. Esa es la lección que todas las hembras aprenden la primera vez que su macho les folla la boca: por mucho que practiques siempre quedaba una pizca de inexperiencia, un hueco que llenar, un poco más de inocencia que arrebatarle; a la Venus tallada con mil golpes sobre el bloque de mármol puro siempre le queda una esquirla que quitar con el cincel antes de empezar a pulirla.

 

Su hermano era tranquilo a la hora de follarse una boca. Lo había visto con su madre, con otras hembras arrodilladas. Disfrutaba de los viajes largos, de inculcar razonamientos profundos en las cabezas bamboleantes de sus compañeras, llegando al fondo de cada asunto. Que cada hembra que usaba tuviera tiempo para acoplar los labios al tronco en cada tramo del viaje. Otros preferían una boquita abierta que recibiera el martilleo veloz, el tacatacatá de la metralleta antes de la salva final, pero su hermano era más exigente con sus compañeras de mamada: nada de simples agujeros en los que descargarse; quería un agujero que colaborase. Les daba tiempo para usar labios y lengua, y más les valía usarlos.

 

Tardó unos minutos en acostumbrarse al ritmo, en acompasar su respiración a las idas y venidas. Cuando lo hizo, él liberó su cabeza y se dejó llevar. Ella succionaba en pasadas lentas. Él disfrutaba. Incluso llegó a echar mano al macuto para sacar provisiones y empezó a comer mientras, unos palmos más abajo, ella también tragaba al ritmo tranquilo que le había marcado.

 

Migas de pan y galleta caían sobre la verga entre idas y venidas. Ella tragaba y saboreaba. Él depositó otra generosa porción de grasa sobre la base de su miembro y ella lo engulló todo, con la boca abierta, hasta llegar al brillante pegote y atraparlo entre sus labios. La verga entraba y salía, de nuevo lustrosa y brillante y grasienta, sabrosa, y él iba depositando sobre el duro astil trocitos de cecina y galleta, y pedazos recién cortados de un apetitoso queso de leche materna. Ella se alimentaba y seguía succionando.

 

Ya no sentía la mandíbula cuando la zarpa volvió a hacer presa en su cabeza y empezó a moverla adelante y atrás, acelerando, aplastándola contra la pelvis masculina.

 

Sintió la vibración, el primer chorro regando su lengua, llenándola con sabor a macho, con cien sabores, dulces y salados, agrios y amargos, a grasa y a leche, a galletas, a carne y a pan, al recuerdo de sus propios orificios recién abierto y a los de tantas otras que aquella verga joven y robusta había perforado con vigor incansable.

 

Sintió la presión contra su nuca, el miembro ganando profundidad, el segundo disparo, poderoso, lleno, más contundente que el primero, bañando su campanilla, lubricando su garganta, llenando su estómago con el alimento que el macho le proporciona.

 

Otro disparo, más corto, más amplio, regándolo todo. Y otro. Y otro, más débil cada vez. Su hermano retrocedió mientras ella apretaba el tronco con los labios. Apretaba y succionaba intentando extraer su esencia, apurando los restos alojados en su interior, con la verga perdiendo dureza en su boca igual que antes la había ganado, y las últimas descargas goteando sobre su lengua. La gruesa cabeza rojiza quedó acomodada entre sus labios para cuando la última gota se derramó en su boca. La recogió con la punta de la lengua y desalojó al macho despidiéndolo con un beso.

 

Sus ojos se alzaron hacia su hermano, suplicando un veredicto. El acarició su mejilla, cariñoso.

 

—Ya aprenderás, hermanita.

 

 

 

#

 

 

“Nosotros tuvimos la visión. Nosotros tuvimos la fuerza. Nosotros salvamos el futuro.”

 

El Cazador contaba aquella Historia en ocasiones, mientras la sodomizaba. Hacía tiempo que sólo la sodomizaba: una hembra que se hacía mayor paría con peligro; una hembra que se hacía mayor podía traer hijos débiles, deformes, retrasados…; una hembra que se hacía mayor sólo recibía por la boca y por el culo. Y su culo ya estaba acostumbrado al uso que los machos quisieran darle. Un Cazador canoso y arrugado la tomaba sin delicadeza, sin preámbulos, y se desahogaba en sus entrañas, sin ganas ni fuerzas para lidiar con las estrecheces de las jovencitas. La tomaba durante el rato que quisiera durar y se recreaba en el pasado, en sus victorias, en sus conquistas, en su gran obra. A veces las revelaciones del anciano hacían que su ano volviera a apretarse como el de una adolescente.

 

“Nosotros eliminamos la estupidez. Nosotros volvimos a poner en contacto al Hombre con la Selección Natural. Salvamos al planeta de la sobrepoblación filtrando a los débiles y necios. Hicimos que el macho fuera macho de nuevo, y la hembra, hembra. Reivindicamos la fuerza y la valía del hombre para poseer a la mujer. Así guiaremos a la especie hacia un brillante mañana mientras disfrutamos de los placeres simples de la carne en el presente. Es nuestro legado. Y nuestra recompensa.”

 

El viejo terminó el alegato azotando sus nalgas mientras se derramaba en su trasero. Ella había recogido la descarga que goteaba de su ano y se había alimentado, claro. Desperdiciar comida era un vicio del viejo mundo.

 

El Cazador murió. No volvería a follarla por el culo. No volvería a morder sus tetas apurando su toma de leche. No volvería a descubrir la verdad leyendo entre las líneas de los delirios de grandeza de un anciano.

 

Se fue con un grito satisfecho, descargándose en la boca dócil de una de sus múltiples nietas. Ya por entonces no tenía ánimos para otros agujeros. Murió con unos labios sobre la verga y una sonrisa en los suyos, contemplando el horizonte del mundo que él y sus colegas habían creado.

 

Murió, y uno de sus hijos se sentó en su trono de acero: un espécimen notable de entre la nueva raza de hombres destinados a reconquistar el mundo; un nuevo líder aceptado con naturalidad en un clan que no paraba de crecer; un macho fuerte en un solio fuerte, con su hermana de pie, a su lado, el vientre enorme, las tetas rebosantes, las nalgas marcadas como demostración del nivel de exigencia del nuevo alfa con las hembras de su propiedad.

 

Su hijo quiso hacer borrón y cuenta nueva. “Arrancar los rastrojos”. Las hembras que fueron llegando al clan a lo largo de los años desfilaron ante él. Las evaluó con frialdad. Las nacidas en el seno de la comunidad, la nueva camada de la especie humana, se libró del examen. Ella no.

 

Su hijo valoró su pecho: algo caído, sin la tersura de antaño; el vientre ya no era tan firme; las caderas, demasiado anchas; las piernas seguían duras y en forma; un culo grande, pero aún en su sitio.

 

—Ya no sirve —sentenció.

 

Otras tres veteranas fueron expulsadas junto con ella. Alguna más se quiso ir, ante el temor de que en algunos años les tocaría a ellas, pero el nuevo rey consideró que aún eran aprovechables.

 

Las encerraron, a las cuatro.

 

Al día siguiente sacaron a la primera, arrastrándola del pelo como debieron hacer los primitivos cavernícolas. Desde su prisión, la oyeron gritar. La oyeron lamentarse durante días, sus sollozos, aunque hacía falta mucho para hacer llorar a una veterana. Los machos —y hembras— del clan se desfogaban por última vez sobre su cuerpo. La bilis acumulada por años de rencillas entre hembras, las fantasías insatisfechas de los machos que no habían sido su dueño, fueron purgadas. No hacía falta contención, pues aquella herramienta descartada no tenía que volver a usarse.

 

Sacaron a otra y el proceso se repitió. Ella fue la tercera.

 

La llevaron a rastras y la ataron a un poste. El látigo se aplicó con generosidad, sólo para motivarla, aunque el mango pasó por muchas manos, que probaron puntería dibujando en su espalda y en sus nalgas, en sus muslos, en su vientre, en sus pechos, intentando que la lengua de cuero lamiera los pezones o se colara en el hueco de sus muslos. Los machos lo hacían como deporte, pero las hembras sabían cómo hacer sufrir a una de las suyas.

 

Luego fueron llegando, uno por uno o varios a la vez, machos y hembras, algunos hijos, algunas hijas, muchachas que había visto crecer, bocas que habían bebido su leche. Ella era un resto que aprovechar, una oportunidad para divertirse en medio de la dureza del nuevo mundo. Reciclaje. La tomaron cuanto quisieron, los machos nunca por el coño, para no preñarla. Todos usaron su boca y sus pechos; unos pocos su culo, ya demasiado holgado para el gusto de la mayoría, incluso para los puños de algunas hembras. Una vez y otra y otra: era un buffer libre en el que repetir hasta hartarse, con largos periodos entre una violación y la siguiente, o con varios usuarios haciendo cola para darle sin dejarla descansar, según el capricho incierto de la naturaleza humana.

 

El nuevo rey la visitó tres veces, y sus dos hijas mayores mordisquearon el coño del que tiempo atrás habían salido. El pequeñín de su camada era aún joven, demasiado para montarla, pero su hermana lo animó a meter sus manitas para guardar un cálido recuerdo del interior de su madre.

 

Una noche y dos días después la empujaron hacia la puerta mientras la última descartada salía de su encierro para ocupar su lugar.

 

Las rodillas le dolían. Su última sesión de despedida fue larga y rezumaba. El semen acumulado en su estómago se revolvía con la grumosa y familiar sensación de estar demasiado llena. Casi vomitó al aterrizar sobre la tierra al otro lado de la puerta.

 

Sola. Tanto como años atrás, pero con menos ropa; expuesta a que la matase un infectado o la violase un desconocido: las opciones más probables para una hembra sola en el nuevo mundo. Aunque con su edad y experiencia, la primera sería más difícil… y la segunda menos probable… y ya no le preocupaba demasiado. Por suerte o por desgracia, el Nuevo Hombre no mata a las hembras que viola.

 

“Cuando la vida es más escasa, cuando la especie es menos numerosa, el instinto reproductor es más fuerte”, solía decir Cazador. “Un macho no mata a las hembras que viola, porque la especie ya no le juzga por tomar a las que le apetece, y porque no quiere destruir la posibilidad de su progenie. En tiempos difíciles, la violación es la mejor opción para perdurar”

 

Aquellas puertas cerradas habían sido su hogar durante más de dos décadas. Empezó a andar hacia la desolación del mundo. Al menos había cumplido con su deber: su coño había aportado al futuro un buen puñado de especímenes sanos del Nuevo Hombre. Y unas cuantas hembras para que se reprodujera.

 

 

 

# EPILOGO

 

 

Días. Semanas. Meses.

 

La hembra desechada vaga por el páramo salvaje. Ha perdido peso, se ha vuelto más fibrosa, pero las taras y el desgaste marca de su inutilidad siguen allí.

 

Se alimenta bien. El antiguo mundo daba de comer a casi ocho mil millones de almas. Los campos de cultivo quedaron abandonados a su suerte, pero el sol siguió calentando y la lluvia cayendo: algunos sembrados se secaron y murieron, otros acabaron expandiéndose más allá de las verjas de madera con que los habían limitado unos agricultores ya muertos. Ha visto campos de naranjos extendiéndose sobre montes y llanos, y espigas de trigo que llegaban a la altura de su cabeza. También ha pescado en alguna ocasión, pero la caza sigue fuera de su alcance. Lleva tiempo sin saborear carne. De animal, al menos.

 

Se ha cruzado con otros humanos: cazadores de refugios; machos errantes, asalvajados; hembras que nunca han tenido hogar, algunas viejas, como ella, y otras increíblemente jóvenes; otras hembras descartadas. Se enfrentó con algunas, colaboró con otras, se escondió de los machos: a veces con éxito, a veces sin él.

 

Otros refugios habían prosperado, diseminados por el mundo, ni cerca ni lejos: su distribución trazada sobre los antiguos mapas con escuadra y cartabón. Cada uno con su Cazador. Las mismas reglas, los mismos objetivos, la misma idea. “Nosotros tuvimos la visión”, repetía el anciano en su mente.

 

Ninguno la aceptó. En algunos la violaron, con desgana, antes de expulsarla con el estómago lleno de leche.

 

Ahora huye, huye a la carrera de una partida de caza que se ha cruzado por accidente: tres machos jóvenes y un veterano. Ellos la han visto antes. Ni siquiera se molestan en acecharla. Se lanzan en su persecución, alertándola de su presencia, haciéndola correr, seguros de alcanzarla.

 

Huye, claro, aunque pronto se da cuenta de que no tiene sentido y finge caer, quejándose y llorando por el falso resbalón, pero con el culo en pompa bien dispuesto a sus captores. Porque el instinto del macho prefiere una presa que se comporte como presa. Porque un cazador no es un carroñero. Porque una gacela que no huye del león es una gacela enferma.

 

Los jóvenes la ensartan tal cual ha caído. Uno por el culo. Otro por la boca, usando sus tetas como brida para marcar el ritmo al que su cabeza iba y venía. Otro espera su turno al principio, pero la paciencia de los jóvenes es poca y acaba perforando su ano junto al primero, ambos entrando y saliendo a un tiempo, poniendo a prueba los límites de por sí generosos de su capacidad de expansión.

 

El veterano contempla la escena, tranquilo, al principio sin deseos de montarla, pero la docilidad de sus labios y la destreza de su lengua sobre la verga del muchacho pronto despiertan su ansia. Acaba tomando el relevo del joven en su garganta.

 

La dejarán allí, con dos descargas abundantes en su estómago y otras dos escurriéndose desde su culo abierto. El flujo mezclado de los dos jóvenes resbalará hasta su raja. Así, a partir de una corrida doble en el culo de una vieja, surgirá una nueva especie humana. Su primer espécimen nacerá con taras y vivirá con taras, pero su semilla arraigará en la Tierra hasta disputar la supremacía a la descendencia selecta de los Cazadores. Porque la lucha no acaba nunca y la Selección Natural, a veces, tiene el alma voluble de una hembra.

-FIN-

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