Mujercitas (III) – Una yegua joven a medio domar

Hay mujeres que llevan la rebeldía en la sangre. En ellas no es una cuestión de educación, sino de carácter ardiente. Pero un domador experto sabe que no debe desaprovechar una yegua con potencial sólo porque se resista a la doma. Al final, tras largas horas de látigo y espuelas y ocasionales caídas obtienes una bestia hermosa que se deja montar como las demás y cabalga con más brío.

Elena, la menor de las hijas de Roxana, era rebelde por naturaleza, altanera, contestona desde antes incluso de aprender a hablar. Un culo inquieto que con el pasar de los años se convirtió en culo caliente, gracias a la labor enérgica de la mano de su madre primero, y de la mía después.

Las zurras crecieron en intensidad y frecuencia conforme crecía el volumen y la dureza de los glúteos de la pequeña. A la mano le siguieron el escozor de la suela de goma, el efecto profundo del pesado cepillo y, desde que sangra como hembra, el silbido ardiente del cinturón de cuero. Pero la niña sigue mostrando arrebatos constantes de rebeldía. Su madre y yo nos planteamos a veces dar el siguiente paso, a la pala de madera o una buena vara de disciplina, como las que acarician en ocasiones las rotundas nalgas de Roxana: un castigo de mujer para una cría con culo de mujer.

En mi ausencia Roxana ha sabido mantener un hogar disciplinado. Pero la falta del macho entre tanta hembra en celo permanente se deja notar, especialmente en el inconstante temperamento de Elenita. Durante nuestro reencuentro, mientras disfrutaba de la boca acogedora de su hermana mayor, noté en sus ojos que debía atar en corto a la pequeña, volver a domar su espíritu salvaje esa misma noche, o vería peligrar mi autoridad paterna. El tiempo lejos de mí ha ido apilando leña en la hoguera de su rebeldía. Y la chispa que la prende saltó en ese momento, al percatarse de que su jugosa carne adolescente iba a ser el postre del banquete que empecé con su madre y su hermana.

Así que ahí estoy, de rodillas entre las piernas de Elena, con mi dardo dispuesto de nuevo para la pelea por la profunda humedad de la boca de su hermana. La pequeña me aguarda bocabajo, entreabierta, con la vulva chorreando jugos propios y saliva depositada por la lengua experta de su madre. Clavando los dedos en la carne maciza de los muslos intento forzarla a abrirse, pelo la cría esta tensa y se resiste. Sentada a la cabecera de la cama, su madre desnuda le acaricia el pelo mientras susurra al oído palabras tranquilizadoras:

–Vamos pequeña –las palabras de Roxana fluyen dulcemente mientras le mordisquea el lóbulo de la oreja–. Relaja la panochita para que papá pueda entrar mejor, mi cielo.

–No quiero, mama –la voz es más aguda de lo normal, más infantil: su voz de niña mimada–. Esta noche no, por favor. Ya se lo ha hecho a Laura. No me toca. !No quiero!

Sus quejas se ahogan cuando vuelve la cara contra la almohada. Intenta cerrar las piernas pero no puede: mis rodillas se lo impiden. Buscando otra huida, aprieta las nalgas con fuerza y hunde la pelvis en el colchón, estropeando la magnífica estampa de su grupa en pompa. Tengo que acordarme de decirle a Roxana que enseñe a su hija la importancia de ofrecer siempre una imagen apetecible.

Pese a sus esfuerzos no tiene a donde huir. Tendiéndome sobre ella, dejo que mi miembro experto se guíe hacia su cueva siguiendo el calor que desprende. La cabeza rojiza encuentra la humedad de la entrada y me recreo chapoteando arriba y abajo por la raja, reconociendo la fortaleza antes de asaltarla. Noto bajo mi peso un ligero temblor que recorre la espalda de la pequeña mientras su cuerpo se prepara para lo inevitable.

Mi miembro se afianza en la entrada y retrocede un poco, buscando impulso para llegar al final desde el primer ataque. La boca cálida de Laura ha hecho un buen trabajo endureciendo el tronco y me hallo dispuesto. Ataco. De un sólo golpe intento penetrar la brecha. Pero en ese preciso instante la pequeña se mueve en un espasmo y el disparo acaba chocando dolorosamente contra la sólida carne del muslo. Insisto en ensartarla, pero a cada intento culebrea debajo de mí. Aprisionada por mi cuerpo, Elena no para de revolverse, impidiéndome apuntar. Me restriega sus nalgas, incitándome a un placer que su actitud me niega.

Me incorporo, frustrado, y miro a Roxana. Ella deposita un beso amoroso sobre la cabeza de su hija antes de levantarse. Me devuelve la mirada y con la mano se palpa brevemente la cintura, en un gesto típico: la pequeña necesita un correctivo.

La mirada de Elena se levanta asustada cuando escucha el deslizar del cuero sobre la tela del pantalón. Tiene los ojos brillantes mientras niega con la cabeza.

–No, por favor –susurra, hipnotizada por el lento movimiento de la correa al liberarse–. Métemela. Ya me abro de piernas. Por favor, la correa no.

–Ya es tarde para eso, pequeña. Adopta la posición.

–Nooo. No quiero.

Sigue sin moverse. Terca, negando con la cabeza, con el culo apretado. Roxana descarga un cachete sobre la nalga rígida para relajarla mientras introduce un brazo entre el vientre y el colchón. La mano apresada de su madre busca el botón de la pequeña mientras hace fuerza para levantarla.

–Vamos amor. Levanta la colita –la voz suave anima a su hija mientras con una mano masajea la nalga recién azotada y con la otra hace palanca–. Sabes que si no será peor. Venga. ¡Arriba!.

Las caricias van haciendo efecto y la resistencia disminuye. El magnífico culo se eleva lentamente. Los glúteos apretados se relajan, liberando la tensión en la cueva y dejando entrever la pequeña entrada trasera. Las nalgas alcanzan su máximo esplendor mientras su dueña, ahora arrodillada, solloza con la cara hundida sobre la almohada.

La carne prieta de Elena tiembla con el chasquido del cinto al doblarse. Su madre le apoya una mano en el lomo para tranquilizarla. La mano materna empuja hacia abajo, una ligera presión que sirve de recordatorio a su hija para que mantenga la espalda arqueada.

El pesado cinturón está dispuesto en mi mano. Aguardo, esperando el momento oportuno, dando tiempo a que la imaginación de Elena eche a volar anticipando el escozor que pronto martilleará su piel. En las hembras jóvenes, sobre todo en las de mente inquieta, la parte psicológica de la disciplina es tan importante como la física.

El primer correazo llega de sin avisar. Un silbido agudo que corta el aire. Le siguen rápidamente el chasquido de cuero endurecido sobre piel tersa y el grito ahogado por la almohada. El pesado cinturón abraza las caderas haciendo retroceder la carne de un modo casi imperceptible. La onda expansiva es apenas un leve temblequeo alrededor de la zona de impacto. La firmeza de este culo siempre me deja impresionado. Un golpe que desataría una tempestad en cualquier otro trasero aquí apenas provoca un leve oleaje. Parece está esculpido en mármol, como la estatua de una Afrodita griega.

El lugar atacado se vuelve blanco un instante. Un lienzo fugaz que enseguida se pinta con un fondo rosado intenso, en una ancha franja horizontal que cruza ambas nalgas por la parte más carnosa.

Elena humedece la almohada con su llanto mientras su madre sigue acariciándole la espalda. Sus lágrimas son necesarias. Apagarán la pequeña llama de su rebeldía, pero hace falta una lluvia más intensa para asegurarse de que no volverá a prender durante algún tiempo.

Me lo tomo con calma. Dejo que el tiempo pase, que el efecto madure hasta que el chispazo de dolor instantáneo sea sustituido por un escozor ardiente. El segundo azote llega sin aviso. Cae ligeramente por debajo del primero, solapándose en una fina línea que se torna enseguida más rojiza que el resto. Mi lienzo de carne favorito tiene ahora dos tonos de color.

La resistencia de la pequeña no puede aguantar tras este segundo asalto. El glorioso culo se inclina hacia adelante, como queriendo escapar de mí. Pero el castigo está empezando a hacer efecto, la disciplina perdida comienza a volver a ella y la distracción es sólo momentánea: su adiestramiento recién recordado la devuelve a su posición natural, guiada por la sabia mano materna.

La distracción ha sido breve, pero ha existido y debo tenerla en cuenta. Paseo la mirada por la curva de sus nalgas seleccionando mi siguiente objetivo, mientras el llanto ha sido sustituido por un hipo nervioso que arranca espasmos temblorosos de un cuerpo juvenil que aguarda resignado su condena.

Me decido por un golpe especial, reservado para esos momentos en los que mis chicas no saben comportarse durante el correctivo, o cuando un castigo monótono pide una chispa de variedad. El cuero vuela rápido. El viaje es esta vez más corto y acaba cuando la punta doblada y filosa de la correa llama con dureza a las puertas del santuario que minutos antes me negó la entrada.

Elena se levanta sobre las rodillas como un resorte cuando un relámpago de dolor recorre su columna. Arquea la espalda por instinto mientras se lleva las manos a los glúteos buscando proteger sus partes femeninas. Su cuello de gacela está tenso mientras lanza al techo un aullido de loba herida.

–Vuelve a tu posición –le ordeno–. A ese culo aun le falta correa.

Solloza entre jadeos. Cuando el dolor remite se vuelve hacia mí. Los ojos enormes me miran suplicantes. Intenta usar conmigo sus trucos femeninos: la hembra desprotegida buscando la protección de su macho. Pero las gruesas lágrimas que recorren sus mejillas no me ablandan. Ese mismo instinto femenino la ayuda a leer en mi mirada su fracaso. Busca entonces a su madre, y sólo encuentra una expresión comprensiva que la invita a la obediencia. La mano materna presiona levemente la nuca, incitándola a humillar la cabeza y recuperar la postura.

Vencida, vuelve a hundir la cara en la almohada aguardando entre sollozos el resto de su penitencia. Las nalgas recién decoradas recuperan el sitio de honor en lo más alto. Una franja bien definida destaca en ellas, un camino caliente y oblicuo que, naciendo en su cadera, se pierde en la humedad entre sus piernas.

El cuarto golpe es seco y duro, y cae en el centro de los muslos. La almohada ahoga un grito prolongado, eterno, pero el cuerpo juvenil se mantiene en su sitio. Roxana acaricia a su hija con orgullo mientras intercambia conmigo un gesto de asentimiento.

Mi brazo toma impulso para el quinto. El golpe es el más fuerte. Estalla macerando la carne juvenil en el pliegue sonriente que une nalgas y muslos. La boca abierta de Elena busca aire con que gritar y, al no encontrarlo, acaba mordiendo con fuerza la almohada empapada en su propio llanto.

Doy el castigo por terminado lanzando el cinturón sobre la cama. La niña gimotea mientras Roxana amasa las carnes maltrechas y besa ambas nalgas con dulzura, en el clásico gesto maternal de curación. El bote de vaselina que no había llegado ha estrenar con ella aparece en su mano por arte de magia. Un reguero generoso de sustancia blanquecina cae sobre la profunda hendidura mientas el dedo experto de la madre lo guía a la entrada trasera de la hija. La pequeña se deja hacer, resignada, mientras el pulso propio que han adquirido sus posaderas le recuerda el precio de la desobediencia.

Mis planes para esa noche no incluían sodomizar a ninguna de mis chicas, pero las cosas no siempre salen como se planean. La idea inicial era gozar mutuamente, pasar de apreturas disfrutando las delicias de un terceto de bocas amplias y elásticos coños. La buena disposición en que encontré a Roxana había modificado mi primer acto. Ahora, las necesidades educativas de Elena hacían necesario cambiar el tercero. El conejito tendría que esperar.

Roxana me ofrecía en bandeja el ano lubricado de la pequeña. En sus años de esposa y madre había aplicado la disciplina casi tanto como la había recibido. Era consciente de la importancia de este momento en la educación de su hija: un doloroso examen con el que Elena debía demostrar que había aprendido la lección. Así es el camino del aprendizaje femenino, difícil y angosto.

Al contrario que con el bien entrenado trasero de su madre, sobraban dedos en una mano para contar las veces que me había recibido el joven y apretado culito de Elena. La corta edad de la cría hacía que el estreno fuera relativamente reciente. Además, su falta de costumbre me había incitado a usarlo sólo en ocasiones señaladas.

Durante el castigo mi miembro no había perdido nada de su dureza. Al fin y al cabo, debo confesar que zurrar un culo tan estupendo no resulta desagradable. El chasqueo del cuero sobre la carne joven es la mejor percusión del mundo; el temblor que se consigue con el escozor de la piel, una delicia visual. Mientras me embadurnaba con los restos de vaselina, Roxana encontró que no era necesaria ayuda adicional para dar a su hija lo que necesitaba.



La pobre Elena me recibe en silencio. Roxana ayuda, separando la carne con manos expertas, dejando la apertura totalmente expuesta. La pequeña pega un respingo al notar la punta caliente entre sus pliegues. Cargo hacia delante llamando a la entrada pero nadie responde. No se abre: los músculos tensos se resisten a la invasión. Aumento la presión y de nuevo soy rechazado. La puerta se mantiene en su sitio, caliente e infranqueable como el pozo del infierno. La reavivada obediencia de Elena y su naturaleza de hembra entregada pueden menos que su instinto de resistencia a una entrada alternativa.

Intento relajarla, acariciando su hombro mientras le susurro al oído:

–Tranquila, pequeña. Sabes que va a entrar. Ya lo ha hecho antes. Si no te relajas dolerá más. Vamos, ponlo suavecito.

Escucha mis palabras entre sollozos. La amenaza del dolor actúa como un bálsamo en su cabeza y la resistencia se diluye. La carne ablandada cede y el ariete penetra, lentamente, rompiendo la resistencia de la entrada. El estrecho conducto se abre a mi paso tranquilo, forzando su plasticidad como un rompehielos. La dueña del acceso clava los dientes en la almohada ahogando un grito. Cierra los ojos con fuerza buscando evadirse en su interior mientras las manos agarran y retuercen la tela de las sabanas.

La invasión continúa con calma, milímetro a milímetro por el angosto sendero. Roxana, hipnotizada, contempla como el pequeño ano de su hija, bruscamente ensanchado, traga como puede esa enorme cantidad de carne.

Un jadeo ahogado por tela mordida resuena en la habitación cuando llego al final del recorrido. Ignorando los quejidos, disfruto del momento mientras el culo relleno me masajea con el calor que desprenden sus nalgas. Es genial follarlas desde atrás tras una zurra.

Me retiro tan despacio como he entrado. La carne liberada busca recuperar su estado inicial entre espasmos dolorosos. Las sabanas crujen, retorcidas entre sus manos, en un reflejo externo del cambio de presión que siente en su interior.

Dejo dentro la punta. Al fin y al cabo es joven, inexperta, y no hay que forzarla más allá de sus posibilidades. La intuición me dice que si la saco del todo será imposible volver a entrar: ese culito aun no ha recibido el entrenamiento adecuado para oponerse al instinto.

La segunda visita entra con brusquedad, sin contemplaciones. La muralla ya ha caído  y sólo queda tomar el fuerte. Me duele, pero a ella le duele más. Los dientes sueltan la almohada momentáneamente en un grito de protesta. La retira es esta vez rápida y el nuevo ataque instantáneo. Empiezo a cargar con fuerza una y otra vez, buscando descubrir en cada internada nuevas cotas de profundidad mientras mi pelvis tamborilea sobre la tersa piel de las nalgas.

Las arremetidas hacen tambalear el glorioso trasero. La pequeña intenta como puede mantener la posición, en alto, sobre las rodillas, pero su retaguardia cede terreno ante cada nuevo envite, tumbándose poco a poco, hasta quedar al final aplastado contra el colchón. Completamente echado sobre Elena, siento su piel, su olor, su pulso. Disfruto del contacto de su joven cuerpo y le mordisqueo el cuello mientras continuo perforando sus entrañas.

Tanta estrechura y calidez haría terminar a cualquiera en poco tiempo, pero ya había descargado mis ansias en Roxana y Laurita. Este tercer asalto me estaba otorgando una excelente duración. Como el conejito de Duracell, minuto a minuto continúo embistiéndola. Desde la almohada, los gritos amortiguados se han convertido en leves jadeos de resignación mientras aguarda el desenlace.

Descorcho la botella cuando siento llegar el final. Mi simiente cae a chorros sobre su trasero y se desliza pegajosa entre los globos de carne, yendo a encharcar el pozo recién perforado. Aprovecho los restos de mi firmeza para bombear la semilla dentro de sus entrañas. La punta de mi pene recorre el surco arrastrando en su camino el líquido vital y, tras depositarlo en la entrada, lo hunde como el émbolo de una aguja, bombeando los restos de mi regalo en su interior.

Pero en el proceso, mi amigo cabezón conserva su dureza. A pesar de la reciente incursión, el camino recién ensanchado sigue tan prieto que impide que la sangre vigorizadora vuelva al resto de mi cuerpo. La elástica musculatura juvenil oprime la verga, manteniéndola en forma, mientras continúo el bombeo con ritmo renovado. Dentro y fuera, recorro en toda su longitud las paredes castigadas, con mi propia esencia actuando como lubricante.

El llanto ya olvidado de Elena resurge ante la nueva acometida. Un gimoteo flojo y unos espasmos cansados que su madre intenta calmar acariciándole el pelo. Las leves quejas de la muchacha se van apagando mientras continúo, metódico y profundo, horadándola. Permanece inmóvil y callada, resignada a su destino, mientras los minutos pasan perforando su trasero. El final tras el final llega desgastado por la locura de la noche. La explosión es esta vez un petardeo. La rociada una salpicadura que se pierde en sus entrañas mientras el soldado se repliega con rapidez, temeroso de encontrarse con otra batalla.

Con el verdadero final vuelve el llanto. Es un llanto sin lágrimas, nacido del escozor y la tensión liberada. Me incorporo agotado mientras una Elena aligerada de mi peso acompaña sus gimoteos con leves espasmos. Bajando la vista, separo la carne con mis manos y contemplo la oscuridad del pozo recién ensanchado. El ojo ciego me devuelve la mirada desde el profundo surco entre dos nalgas cruzadas de rayas rojizas regadas por restos de semen y vaselina.

El cuerpo desnudo de mi esposa me abraza desde atrás, con los pezones duros clavados en mi espalda. Guía mis maltrechos huesos de vuelta a nuestra cama, al reparador beso del sueño. Atrás queda el cuarto de las niñas, donde una Laura compasiva alivia a lametazos la piel marcada por la correa antes de que su lengua suave rellene con saliva el dolorido ano de su hermana.

Escritor de Invierno

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