Historias de la pandemia -7

Al poco rato recibí un WhatsApp de mi gerente, que aunque lo tenía al lado, prefirió utilizar ese medio pero que no pudieran escuchar nada los japoneses.

«Samuel ya es muy tarde así es que vamos a irnos despidiendo y rescata a Nuria de las garras de los nipones», me decía.

No pude evitar esbozar una sonrisa.

Mire el reloj.

«Uhy es muy tarde», dije, y mañana hay que trabajar, bueno mañana no dentro de un rato así es que toca irse»

Le tendí la mano a Nuria para sacarla de entre los dos japos.

Estos protestaron un momento en su idioma y luego cambiaron radicalmente a sus actitudes habituales de agradecimiento.

Salimos de la habitación después de hacer un sinfín de reverencias y de despidos típicos japoneses y ya en el pasillo, Nuria dijo,

«Puff, me merezco un aumento de sueldo, jefes. Qué pesados»

Los dos reímos la gracia y dadas las horas que eran nos fuimos todos directamente a casa sin más pérdidas de tiempo.

Al día siguiente cuando llegamos a la oficina Nuria me dijo,

«Qué pesadito uno de los japoneses, en serio, estuvo toda la noche tirándome sutilmente los trastos y toqueteándome en cuanto podía una pierna»

Yo la dije,

«Es lo que tiene estar tan buena»

Hoy había venido con una falda un poco más corta que ayer. Sin llegar a medio muslo, pero quedándose cerca. Arriba otra camisa beige.

Esta mañana los japoneses iban a venir a ver las instalaciones más a fondo ya que tenían un proyecto de un vehículo nuevo que iba a necesitar un gran espacio para la exposición.

En cuanto llegaron y después de los oportunos saludos y agradecimientos, el japo mirón y sobón, me preguntó por Nuria.

Yo le contesté que estaba atendiendo a su trabajo, y él me dijo si podía acompañarnos en la visita para seguir enseñándola cosas en japonés que las aprendía muy bien.

Empecé a dudar de las cosas en japonés que quería enseñarle este, pero tampoco tenía argumentos para negarme.

Llamé a Nuria que como siempre acudió de inmediato saludando también a los japoneses todo lo efusivamente que la mascarilla dejaba ver.

En seguida, el japo la hizo una señal con la mano de que fuera a su lado, y ella lo hizo. Yo intervine de inmediato recordándoles la distancia de seguridad.

El japo me dijo algo así como que, si era gilipollas, que anoche habían estado sentados juntos y sin guardar ninguna distancia de nada, así es que me la tuve que envainar, y dejarlo tal cual.

El recorrido se prolongó toda la mañana, con numerosas interrupciones por parte de los japoneses que nos daban recomendaciones sobre como modificar una u otra cosa. La verdad es que, durante ese recorrido, el japo sobón estuvo pendiente del trabajo, y llevaba a Nuria al lado como mero elemento decorativo.

Fue ya al final del recorrido, cuando se dio por satisfecho con lo que habíamos visto y hablado, cuando empezó a dedicarla más atención.

Se sucedieron más los cuchicheos y risitas por parte del japo, aguantados estoicamente por Nuria.

En la comida, más de lo mismo. Nuria nuevamente se sentó entre los dos y sobre todo el sobón que era el que al menos en el tema Nuria, llevaba la voz cantante, disfrutaban todo lo que podían de su compañía. Nos hicieron hacerles varias fotos con sus móviles, cogiéndola por el hombre los dos y luego solo el sobón. En fin, pensé yo luego utilizaran las fotos para tirarse el rollo con sus colegas en Japón.

En muchos momentos me cruzaba la mirada con Nuria, que hasta parecía divertirle la situación, seguramente porque no se enteraba de la misa la media de lo que le decían los japos.

También me llamó la atención la más que visible relajación que mostraban ahora los dos. Esta relajación se mostraba también en las copas de vino que apuraban, y se empeñaban en llenar la copa a Nuria, y brindar con ella, y ella solo se mojaba los labios. La verdad es que sabía estar.

Realmente el viaje de trabajo ya había finalizado, y solo quedaba por la tarde una pequeña reunión para dar forma a las distintas anotaciones que cada uno había hecho.

Aunque realmente ellos permanecerían en el hotel hasta el día siguiente que salía el vuelo hacia la siguiente capital que tenían que visitar en Europa.

De vuelta a la empresa, el sobón, me pidió hablar en privado.

Le metí en mi despacho.

“Señor Ishikawa, usted dirá”, le dije.

“Si, señor Vázquez. Como usted conoce esta noche estamos aún en el hotel, y me preguntaba si su secretaria estaría dispuesta a cenar con nosotros”, me dijo.

“No, señor Ishikawa, usted sabe que, en la cenas o comidas de trabajo, estamos los jefes, no las secretarias”, le contesté. El cabrón del japo no se había cortado.

“No, no, señor Vázquez, no hablo de trabajo. Le hablo de una cena más personal, más íntima”, me contesto el hijo puta aquel.

“Mire señor Ishikawa, si desean una señorita de compañía, yo le puedo buscar alguna. Hay muchas agencias aquí que dan ese tipo de servicio”, me estaba empezando a tocar los cojones aquel japonés. Pero tenía que andarme con pies de plomo. Era uno de los proveedores principales.

“No, no, señor Vázquez, yo no quiero servicio de puta. Yo quiero a Nuria, su secretaria. Me ha encantado esa mujer”, me dijo sin cortarse un pelo.

“Si, efectivamente Nuria es una mujer muy guapa y eficiente. Pero entre sus funciones no está acompañar a los clientes. Lo siento mucho”, le dije intentando zanjar la conversación.

Pero el japo no estaba por la labor de renunciar a su capricho.

“Señor Vázquez, perdone mi insistencia, pero he querido hablar con usted primero, y ahora se lo diré a Nuria. Fuera de sus horas de trabajo, supongo que podrá hacer lo que le plazca”, me dijo en un tono de superioridad que me dieron ganas de echarlo del despacho a patadas.

“Evidentemente, señor Ishikawa, pero entonces iría como Nuria la mujer, no Nuria la secretaria ejecutiva de la empresa”, le dije pensando para mí cuando se lo digas te va a mandar a Japón de un guantazo.

El japo, salió del despacho muy seguro de sí mismo. Él sabía que no podía dar recorrido ninguno a mi negativa, ya que aquello trascendía totalmente de lo laboral, así es que salió convencido de que Nuria caería en sus brazos nada más decírselo.

A la hora, entro Nuria en mi despacho, echando pestes.

“¿Tú te crees lo que me ha dicho el subnormal ese?”, me dijo totalmente airada.

“Si, claro que lo sé. Antes ha hablado conmigo para ver si te enviaba yo. Por supuesto le he dicho que se fuera a esparragar”, la dije yo muy chulito haciendo alarde de mi amor por ella.

“Claro, a ver que se piensa que puedo yo decir en mi casa de pasar una noche fuera”, me dijo ella muy digna.

Tócate los cojones. No se hacía cruces de que el japo la hubiera pedido follar con ella, sino de no pensar que no podía decir en casa que pasaba la noche fuera. Cuando me repuse del shock, la dije,

“Mujer, si te apetece hacerlo, tampoco es tan complicado, llamas que te ha salido un viaje inesperado, y solucionado”. Ni yo mismo sabía lo que estaba diciendo, pero me pareció una buena salida para darle la oportunidad de que ella decidiera.

“Oye, pues no es mala idea. Y el tío este ofrece 3000 euros. ¿Tú te enfadas si lo acepto?”, me dijo con voz de niña que no ha roto un plato en su vida.

“¿Yo?, bueno si te soy sincero, nunca pensé que te lo plantearías. Pero dado tus morbos y los 3000 euros entiendo que te lo plantees”, la dije con una sensación de cornudo, sin vincularme nada oficial a ella, difícil de describir.

“Vale, pues entonces le voy a decir que acepto”, me dijo dándome un morreo y saliendo del despacho más feliz que una perdiz.

La cara de gilipollas que se me quedó a mí es difícil de describir. Entendía que, con el japo, o los japos no sé si sería uno o los dos, no iba a hacer nada, que no hubiera hecho antes conmigo. Además, también entendía que aquello le aportaba un plus de morbo, que la hacía también salir de la rutina de marido y amante. Y lo que es más importante. No me quedaba otra que aguantarlo y no mostrarme celoso.

Pero no se me iba a ir de la cabeza hasta la mañana siguiente que me contara todo. Joder, si hasta me había empalmado, de pensar en lo puta que se estaba volviendo.

Al rato pasó Nuria a despedirse. Se acercó abrió el bolso y me enseñó un sobre. Estaba lleno de billetes de cien y de doscientos euros.

“No me jodas que llevaba los 3000 encima”, la dije.

“Lleva mucho más. Al abrir el maletín para darme el sobre, he visto todo el fondo del maletín lleno de billetes. Como sea todo para acostarse con chicas, va a volver a Japón deshidratado”

“Bueno tu no le des mucha caña no vaya a ser que cada vez que vuelva quiera repetir”, la dije.

“Esto es como dos pagas extras por una noche haciendo algo que me gusta. Si, si ya sé que parezco una zorra, pero es que seguramente lo soy”, me dijo moviendo la cabeza, como si ella misma no quisiera aceptar lo que iba a hacer.

“Guárdame el dinero en la caja fuerte. No quiero ir por ahí con él”, me dijo dándome el sobre.

Lo metí en la caja fuerte delante de ella. Se acerco, me dio otro morreo y me dijo,

“Deséame suerte, ¿no?”.

“Si claro cariño. Sobre todo, disfruta y se feliz”, la dije, “Ah, espera, déjame el móvil”



Me lo dio pensado que iría a hacer con su móvil. La instalé una App SosMex

“Mira te he instalado una aplicación, que yo la llamo el botón del pánico, y es precisamente para eso. En caso de sentirte en algún momento insegura, en peligro, solo tienes que agitar el móvil, y me mandara en este caso a mí un mensaje diciendo que estas insegura, y con la dirección GPS donde te encuentras. Ya mañana puedes poner el teléfono de tu marido, y además activar una opción que es para que llame también al 112 comunicando igualmente tu ubicación y diciendo que estas en peligro” la expliqué.

“Pero es que piensas que con los japoneses puedo estar en peligro?”, pregunto Nuria un poco asustada.

“No, para nada, pero nunca está de más. Además, desde que trabajas aquí, tus horarios de vuelta a casa, en muchas ocasiones, se han vuelto nocturnos, y como te he dicho antes, nunca está de más”, la contesté tranquilizándola.

“Ok, ok, agitándolo, ¿no?”, preguntó ella.

“Sí solo agitándolo. De hecho, también se accionaria por ejemplo si lo llevas en el bolso y te lo roban pegando un tirón. Ese movimiento, actuaría como agitarlo”, la contesté.

Salió del despacho meneando el culo como una posesa. Realmente no sabía cómo no la había atado a la pata de la mesa para que no se fuera. Pero en el fondo, a mí también me daba morbo.

No tengo que decir que el resto de la tarde, y la noche hasta que logre conciliar el sueño, lo pasé fatal. Intentando imaginar lo que estaría haciendo en cada minuto. Joder, pero es que ni siquiera sabía si con 3000 euros se la follaría el sobón, o el otro también o toda la colonia nipona en Madrid.

Pero bueno no me quedaba otra que intentar dormir un poco y ver que deparaba mañana.

Me levanté a la hora habitual, después de haber tenido pesadillas por la noche, de que efectivamente era la colonia nipona la que se follaba a Nuria, y veía colas interminables de japoneses todos en pelotas solo con una especie de mascarilla en la polla, esperando su turno para follarla.

Me duché me vestí y me fui para la empresa.

Al llegar a la empresa, Nuria no había llegado aún. Cosa extraña porque solíamos desayunar juntos en un bar cercano.

El que si estaba era mi gerente que también paraba por el bar.

“Hola Samuel, buenos días, ¿has descansado?”, me preguntó.

“Si, he dormido unas cuantas horas. Mas que ayer, eso seguro”, le contesté.

”¿Crees que se habrán ido satisfechos los nipones?”, me preguntó.

“Me temo que si, que se habrán ido muy contentos”, le contesté.

“¿Te temes?, y ¿porque lo temes en vez de alegrarte?”, me respondió el gerente sorprendido.

“Bueno, porque ya sabes, que esta gente cuando se encuentra a gusto en un sitio, repite con frecuencia. Y no me negaras que es un coñazo todo lo que hay que montar cada vez que vienen”, le respondí.

“Si, eso es cierto. Pues me temo que estos sean de esos, porque además hubo uno que con Nuria al lado, estaba encantado de haberse conocido”, me respondió el sonriendo.

“Si, sí, estos se creen que por ser proveedores importantes tienen derecho a todo”, le dije para no ahondar en el tema.

“Pues hablando del rey de roma, por la puerta asoma”, me dijo el gerente mirando hacia la puerta.

Me giré y entraba Nuria. Obviamente vestida igual que el día anterior, pero sin muchas arrugas, lo cual me dio a entender que la había llevado poco tiempo puesta.

Amocalabozo

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