Hermana secreta. Acoso consentido.

Daniel la besó y supo sería la última vez.

Las cosas no estaban funcionando con su novia y eran culpa de ella. No de su novia, de la otra, la que no podía salir de su cabeza.

De su hermana.

Teresa.

Teresa de curvas llamativas, intachable y correcta ante la sociedad. Quien por un momento le dejo ver cuan loca era en realidad. La que tenía los ojos del mismo color y afirmó ser su hermana después de besarse.

Lo había echado a perder de alguna manera. Aquel beso afuera de una fiesta era la insuperable marca con la que tendría que vivir el resto de su vida. La verdad es que había sido un poco más que solo un beso. Hasta se permitieron tocarse por debajo de la ropa. Después de eso, no podía estar con su novia sin inconscientemente medirla con Teresa. Algo injusto para todos.

Lo que empezaba mal, indudablemente terminaría mal. Hasta los estudiantes lo sabían.

Un error enrollarse con Lulu. La conocía de poco y sabia era una chica problemática. Se maquillaba, aunque estuviera prohibido en el colegio, se pintaba el cabello y sus mejores cualidades era que estaba buena y que le dio el sí, cuando la invitó al cine, le dio el sí cuando le pidió salieran juntos y con mucha probabilidad le diría que sí, si le proponía algo sexual.

Lo que empezó mal resultaría en un problema. Daniel no podía imaginar hasta donde crecería. Podía aceptar que Lulu no se despegara del teléfono cuando salieran, los estridentes colores que vestía. Sus maneras exageradas, o sus amigas que hablaban mal de todo el mundo. Todo eso era aceptable. El problema es que empezó a salir con Lulu, para sacarse de la cabeza a Teresa y no estaba funcionando.

Teresa, y su cruel sonrisa, que ahora añoraba.

Antes del beso de la fiesta, se habían llamado la atención el uno al otro. Mirándose entre las multitudes de estudiantes. Ella con desprecio, pero al menos tenían eso. Ahora ya no lo miraba ni lo buscaba. Como si realmente fueran desconocidos. Lo eran, pero de lo ocurrido surgían muchas dudas, que día a día le comían la cabeza.

¿Cómo se supone eran hermanos? Daniel era adoptado, sus padres se lo habían dicho hace años, esa no era información pública. También sabía su nombre sin que antes hubieran cruzado una palabra. Eso no parecía tan difícil de saber, pero le gustaría saber cómo.

— Estoy más rota de lo que nadie imagina. — Había dicho con la sangre en sus labios después de aquel beso que lo había marcado.

Pensaba en ello todo el tiempo, sin haber logrado conectar realmente con Lulu, no era bueno tratar de usarla como una especia de retorcida opción. Asi que después de ese beso terminó con ella.

En apariencia fue fácil. Casi tanto como haber empezado a salir con ella. No fue hasta una semana después, que la maestra de literatura le llamó a su oficina, que supo sus problemas apenas comenzaban.

Los alumnos de buen promedio eran involucrados en actividades de la escuela, eso o para recibir un regaño. No se sentía en ninguna de esas categorías. Estaba tranquilo y curioso de encontrase con una de las profesoras de mejor ver del instituto.

Todo joven saludable fantaseaba algo asi, algo que se pudiera contar entre risas con sus colegas. No tanto imaginarse situaciones sexuales con…

… su hermana.

Teresa con esa mirada suspicaz, parecía esperarlo frente a la puerta de la oficina de la maestra. Sin decir palabra le clavo los ojos como un arpón, sin remedio se dejó jalar sintiéndose un poco alegre de verla.

Nadie más a la vista.

La más alta de las estudiantes, cuya curvilínea figura estaba enfundada en un uniforme echo a la medida, resaltando sus atributos aun de cumplir con todo lo reglamentario. Quizás la falda diera la impresión de ser más corta, mostrando las torneadas piernas enfundadas en medias de obscuro perlado. El único saludo que de ella obtuvo fue menear la cabeza con las cejas muy juntas. Seguido de un dedo sobre su boca indicándole que guardara silencio.

Ella parpadeo, con la espalda muy recta y sus labios en una línea delgada que con algo de imaginación parecería una sonrisa.

La sonrisa cruel de Teresa que era solo para él.

Como si estuviera ante un espejo y no ante su hermano, se acomodó el listón de la corbata. Al hacerlo los pechos que tensaban la blusa se mecieron. Apenas un poco, lo suficiente para que Daniel sin pretenderlo bajara los ojos. Se sorprendió de ver un botón suelto, apenas fuera de lugar pero que dejaba ver piel y un poco de encaje blanco.

— La he tocado en ese lugar. — pensó, como había pensado muchas cosas de ella en esos dias.

Teresa no dio señas de saber o que le importara donde la mirase. Volteo hacia la oficina como para cerciorarse que no los habían escuchado y se inclino como si fuera a besarlo nuevamente.

— Ve al taller de Danza cuando salgas. — Le susurro tan cerca para agitarle los cabellos de la nuca, para después esquivarlo con su andar digno.

Daniel se conformó con un llegue del aroma de su pelo. Quiso voltear a contemplarla, pero casi seguro era una trampa que le tendía.

Espero a que sus pasos se perdieran en los pasillos y entro en la oficina de la profesora.

Paula era joven y bonita. Si alguien lo fuera a regañar, preferible fuera ella. Una pieza de la mejor calidad. Difícil no compararlas mentalmente. A ambas se les solía ver en los pasillos. Siendo Teresa una de las alumnas estrella, era normal que le hicieran encargos.

En cuanto entró a la oficina confirmó lo que había presentido hacia un momento. Algo andaba mal. La que normalmente siempre sonreía, Paula le miró con un no muy bien disimulado disgusto. Después de las mínimas formalidades le hizo la pregunta que de echo también era solo una formalidad.

— ¿Has tratado de sobrepasar o abusar de alguna de las chicas de la escuela?

— ¿Qué? — Daniel estaba atónito, más por el tono de la profesora, indicándole que no se trataba de una broma.

En el mismo tono acusador, la maestra enumeró razones para de ninguna forma tolerar conductas impropias. — He sido informada de un par de incidentes, en los que te señalan como involucrado. Por supuesto se trata de fuentes anónimas, no me preguntes quien. — Los grandes lentes que antes la hacían tan atractiva ahora parecían las del implacable funcionario que podía ser. — No te estoy acusando de nada. — aclaró. — Aún.

— Yo no… no sé, yo nunca. —inconsciente de cómo se veía.

Paula no era una mala persona, pero tenía sus razones para tomarla contra Daniel. Levanto la mano para hacerlo callar.

— Antes de hacer una denuncia formal, quiero que entiendas que voy a manejar esto con cuidado, he investigado un poco entre los estudiantes y alguien te vio besando a una chica en una fiesta. Al parecer salio huyendo después de eso.

Daniel sintió que la sangre se le escapaba del rostro, solo pudo pensar en Teresa. Quien hacia solo unos minutos vio en el pasillo. Esa chica estaba loca. ¿Había inventado eso para lastimarlo? ¿Qué pretendía?

— ¡No! Ella fue la que se acercó, me beso, yo no pretendía nada, ni se nada de eso que dice que es mi her… — empezó a decir, callándose a la mitad.

“Nadie debe saber que somos hermanos”. Fue la tajante petición o mandato de Teresa.

Daniel empalideció un poco más de lo que ya estaba. Para la maestra que se sentía una detective de televisión, bastó esa expresión para decidir era culpable.

— Ya estas grandecito para saber lo que hiciste. Piénsalo y ten cuidado. — le dijo al despedirlo.

El resto del día fue una angustia, sentía como si todos lo supieran y le mirasen con desprecio. Como hizo la maestra. Entre dolor y frustración supo que si trataba de hacer algo seria visto como agresión. Muy consciente de la era en que vivía. Aun sin evidencias, la sospecha podía destruirlo. ¿Qué dirían sus padres? Todos en la escuela lo rechazarían, sería un marginado por el resto de su vida. Si el asunto llegaba a redes sociales, seria odiado por millones.

Acabadas las clases paso unas horas inútilmente buscando solución. No tenía muchas ganas de hablar con nadie, cruzaba el patio con intención de irse a casa. Ya casi nadie quedaba en la escuela.

Cuando una piedra le dio en el costado, que de haber sido un poco más grande le habría lastimado.

El cielo daba señas de iniciar el atardecer. Teresa desde arriba le observaba sonriente. En su mano derecha sostenía una piedra de mayor tamaño, que impulsaba y volvía a atrapar con dedos ágiles.

Eso ya era demasiado. Lo habían acusado, mirado como basura y juzgado de un crimen que no cometió. Ahora lo apedreaban por la espalda. Aun si no le hubiera indicado con el dedo que subiera, hubiera ido de todas formas a decirle un par de cosas.

— ¿Qué tratas de hacer? — reclamo elevando la voz.

— Acabar con tu sufrimiento. Apunté a la cabeza, soy buena lanzadora, pero a veces hasta yo puedo fallar. — Respondió con naturalidad, sin demostrar culpa alguna. — Te estuve esperando.

— ¿Y como sabias pasaría por aqui? ¿A esta hora?

— Siempre pasas por aquí. Estamos sincronizados, recuerda soy tu hermana. — Teresa miro a los lados. — si vas a levantarme la voz, será mejor que no sea en público, ya tienes bastantes problemas, vamos al salón de danza.

Teresa ya no vestía el uniforme escolar, enfundaba unos Leggins obscuros tan ajustados que en la mañana confundió con medias. Tenis que lucían caros y cómodos, con una camiseta blanca holgada. Sin esperarlo se dio la vuelta y avanzo con su andar que a Daniel le pareció se contoneaba mas de lo usual.

La alarma en su cabeza, tenuemente le recordó era una trampa. No lo suficiente para evitar seguirla. Quería preguntarle cosas, ¿por qué afirmaba ser su hermana? ¿Qué tenia que ver con la denuncia de acoso? Ver hasta donde llegaba el caminar de la chica, que tenía potencial de promesa.

Ninguna prenda interior, se marcaba sobre las curvas del trasero.

No dijeron nada, hasta se podría pensar que se trataba de dos desconocidos que iban en la misma dirección. Al pasar por una ventana, Teresa arrojó con descuido la piedra hacia los jardines. El salón de danza estaba en el edificio de al lado, a puertas cerradas para evitar que los curiosos espiaran las coreografías que ensayaban.

El salón era amplio, una pared de espejos. Un sencillo equipo de sonido y un par de trípodes que usaban para hacer videos que se subían a la Web de la escuela.

Teresa aplaudió como una madame que dirige un establecimiento, hacia el par de chicas que aun practicaban, Cruzó unas palabras indicándoles que era mejor terminar por ese día, que ella se quedaría a hacer unas cosas y se encargaría de cerrar. Estas pusieron cara de sorpresa y le dedicaron una mirada reprobatoria al chico, habían estado esperándola para seguir practicando, pero hicieron lo que les pedía.

— Siéntate. — le indicó señalando una de las bancas. Después de cerrar la puerta. Acomodó las cortinas, revisó el equipo de sonido y ajusto uno de los trípodes que dijo estaba a punto de caer.

Daniel atento a los movimientos de Teresa, tratando de disfrutar, sin poder del todo recordando como le fulminaron las chicas que acababan de salir. La que ponía precio a sus problemas acabó sus cosas, una sonrisa complacida le llenó el rostro.  Entrecerró los ojos y ondulante se deslizó hacia él.

Una trampa a la que entro por voluntad propia. Ella de pie con las manos en las caderas, invitando a contemplarla, a que alargara las manos y la tocara. ¿No era eso por lo que la siguió? El anhelo que torcía a una obsesión malsana. Se había echo novio de Lulu en un intento fallido de escapar.

Teresa frente a él se mostraba como un delicioso platillo. ¿Qué opción tenía?

— Al fin solos. — Declaró, para luego sin prisa, sin recato, acomodarse posando las nalgas sobre las piernas del chico, mirando hacia él. — Al fin solos. — Repitió, esta vez lentamente, como si doliera. Poso las manos en los hombros de su hermano, se irguió como una cobra para fascinada comérselo con la vista. Indecisa abrió los labios para decir algo, se detuvo y muy lentamente con intención de besarlo, también en eso se detuvo. A solo un centímetro. Respiro sobre el y fue bajando, fue necesario apropiar la postura hasta que pudo posar con la lengua en la base del cuello, sobre la curva de la clavícula.

Allí fue donde empezó a lamer, respirando con fuerza sobre la piel del chico.

Mientas sentía pasear la lengua por su cuello, por un momento recordó que la ultima vez le había mordido el labio hasta hacerlo sangrar. Otra señal más de alarma que las sensaciones apagaron. Teresa poco a poco llenaba sus pensamientos. Mas intensamente en las ultimas semanas. Si dejaba que eso continuara, ¿Cómo sería en el futuro?

— ¿Por qué…? — trató de preguntar, consciente del recorrido de tibia humedad, que coronaba en dolor, cuando ella mordisqueo el área.

— mmm.

— ¿Por qué dices ser mi hermana? — Por mas que tenerla asi le gustara, necesitaba saber.

Escucharlo la hizo desistir en su intento de arrancarle un cacho.

— Por que lo soy. — respondió maravillosa.  Acomodándose para que pudieran contemplarse. — Tenemos los ojos del mismo color. La mayor prueba es lo fácil que resulta acercarnos. Hacer estas cosas.

— Entre hermanos no debería. Además, eres mas alta.

— No sabes nada de eso. — sonriendo maniobro para que su cadera recargara en contacto con la del chico. — Para empezar, debo ser un par de años mayor que tú. Por otro lado, en este momento debe haber otros hermanos o familiares lujuriosos entre sí, hasta ahora solo somos niños toqueteando. Es más común de lo que la mayoría piensa. Hay diversas causas. Desde que supe que existías hice mi tarea de lo que podía pasar. Una de mis terapeutas sabe de estas cosas y también esta internet que esta lleno de material sobre el tema.

— ¿Tienes terapeuta?

— ¡Terapeutas! He pasado por varios. Debes saber que dos de cada tres piensan estoy perdida. La otra quien me entiende por haber pasado por algo parecido, la conociste la otra noche, fue ella quien hizo de chofer. Me esperaba afuera de la fiesta. No preguntes de eso, no es profesional. — Teresa meció la cadera, señalando la cada vez mas notoria erección. — ¿Lo sientes? ¡Claro que lo sientes! Que sea tan fácil incitarnos, es porque somos hermanos.

— ¿Cómo estas tan segura? — Daniel apretó los dedos en un lapsus de cordura. — Si realmente lo somos, no deberíamos hacer esto.

Su pene presionaba el pantalón, contra la breve tela del sexo que ella mecía sin apuro. Buscando acomodarse en un sitio que sentía pertenecer de toda la vida.

— No, no deberíamos, pero es lo que hay. La vez pasada que nos besamos, me vine solo de recordarlo camino a casa. ¿Te pasó algo parecido? Apuesto que sí. Hermanos o familiares directos de sangre suelen pasar por lo mismo cuando se han separado por mucho tiempo. Es una especie de retorcida forma de amor fraternal que regresa de golpe y resurge directo en deseos sexuales. Padres que hacen parejas con sus hijos, o hermanos como lo somos tu y yo. No te sientas muy galán por esto que no es una conquista ni un faje, es simplemente la sangre que nos llama a recuperar el tiempo perdido. — Teresa se mordió el labio, saboreando sus propias palabras. — Con sexo. Tampoco es que haya algo romántico. Como te dije sin el plus del incesto no serias la gran cosa para mis estándares.

— Pienso mucho en ti.

— ¿Solo eso? ¡Que galante! ¿Es tu mejor frase? Ja. Los chicos son tontos y poco sensibles. Supongo no puedo culparte, no sabes lo que he pasado y me ha conducido a ti. — Como si de alguna manera compensara, acelero un poco el meneo de la pelvis. — Tampoco es como si pudieras evitar sentirte atraído por mí.

Su hermana tenía razon. “Pienso en ti” era poco para describir cómo se había sentido. La angustia al pensar que lo evitaba. Las obscuras cavilaciones a solas en su habitación. Teresa revelaba ser reflexiva, incluso más de lo que aparentaba como alumna estrella.

— La verdad… — Turbado, excitado como estaba, trato de decir algo adecuado. Por difícil que fuera mientras ella se frotaba de esa forma. — … Siento como si… como si me hicieras falta.

Lo dicho, o la forma en que lo dijo, afecto visiblemente a Teresa, quien se quedó inmóvil. Tomo aire, consciente de que lo que estaba a punto de decir, solo saldría si se estremecía de placer.

— Sufro un deseo sexual por ti… un abrumador deseo sexual, que no me deja vivir.

Y si, asi fue, se estremeció al decirlo.

Las manos de Daniel la trajeron. Los pechos cómodamente aplastados trasmitieron a ambos como se les aceleraba el corazón.

Se besaron con los labios, con los dientes, con la lengua compartiendo fluidos y respiraron indistintamente uno del otro. Al mismo tiempo que Teresa mecía cada vez con más brío sobre su hermano. Los dedos del chico exploraban el amplio terreno de sus nalgas, sin encontrar rastro de esa ropa interior. Asombrado de la firme suavidad del cuerpo de su hermana.

— ¡Teresa! — jadeo el chico, sin estar consciente de que era la primera vez que la llamaba por su nombre. Los dientes del cierre del pantalón presionados contra sus partes blandas, que en ese momento estaban todo menos blandas. Causándole dolor.

Excitada de escucharlo se agitó con fuerza. La elástica ropa interior, tan diminuta para no verse se tensaba clavándosela en los rincones, con una sensación no menos incomoda. Dolor que en realidad los alentaba. Ambos lo sabían y lo decían en jadeos. Desesperada se hizo hacia atrás para arrancarse la camisa. Por debajo un Top de tela gris ajustada mostraba las rotundas esferas de carne, cuya abundante cualidad era para muchos la primera a destacar en Teresa. Sin despegar cadera con cadera recargó las manos en las rodillas del chico para hacer giros con la pelvis.

Los grandes pechos se mecían al ritmo, el vientre desnudo mostraba piel blanca salteada de sudor. Daniel sintió como le clavaba las uñas en las rodillas, a lo que respondió hundiendo los dedos en tela y carne que rodeaba las caderas redondas. Sentados en la estrecha banca apenas podían conservar el equilibrio. De no ser por eso habría tratado de alcanzarla con la boca. Tal vez arrancarle el top con los dientes.

Basto un poco más para que fuera demasiado.

Sin poder evitarlo Daniel se dejó escurrir, entre placer y el dolor que le provocaba el cierre, no supo si era sangre, semen o una mezcla caliente de ambos.

Teresa con fuego en los ojos, sonreía con salvajismo. Condición que al menos uno de sus doctores calificó como una especie de psicópata funcional, a la cual mas valía no empujar en ninguna dirección.

De los rojos labios de Teresa vino un estridente grito felino.

Tan fuerte que tendría que haberse escuchado fuera del salón. Mientras se le humedecía entre las piernas. La única razon por la que no dieron al suelo, fue que el chico contó con unos segundos para reponerse y que la sujeto por la cintura en el momento justo. Con delicadeza la acomodó entre sus brazos, dejándola descansar sobre el mientras ambos recuperaban aire.

— ¿Ves? — dijo triunfante aun exaltada y respirando con dificultad. — Jamás podremos sentirnos asi con otras personas. Y ni siquiera nos hemos quitado la ropa.

Pasaron unos momentos antes de que se pudieran poner de pie y mirarse al gran espejo. La luz del día indicaba que había pasado poco, aunque lo ocurrido les cambiaba para siempre. Se miraron con la ropa fuera de lugar, salpicada de sudor. En las entrepiernas de en ambos se oscurecía.

— Traigo ropa de repuesto, ¿Y tú? — presumió, encantada de la imagen de excesos que le regresaba el cristal. El rostro a punto del desquicio.

Las piernas largas que sostenían la erótica feminidad a la que no podría resistirse. El pelo desordenado, el top que mostraba los pezones aun duros. La mirada delirante de quien cae en el abismo y le gusta el aire golpeando contra su piel.

Hermosa. Bella como el pecado, de ser cierto lo de ser su hermana, estaban haciendo algo espantoso para la sociedad. La única con la que no debería de hacer nada de eso. La única con la que quería hacerlo. Que era peor, ¿Ser acusado falsamente de acoso o involucrarse sexualmente con su hermana?

De seguir por ese camino había dos opciones, una tomar el camino a la perdición o caer en el abismo. La buena noticia es que ambos platillos se servían calientes.

Daniel sintió que las alarmas se encendían nuevamente y esta vez tendría que escucharlas.

“Piénsalo y ten cuidado.” — escucho en su cabeza la voz de la profesora de literatura. Advertencia hecha hacía solo unas horas y ahora estaba a una rayita de cruzar la línea sin retorno.

Loca o no, hermana o no. O mas bien loca confirmada y hermana aun sin pruebas. No solo la deseaba. Parecía absurdo, se descubrió genuinamente preocupado por ella.

Teresa capto algo. Una señal de que tendría que regresar al mundo de los cuerdos. Su expresión paso a algo de normalidad.

— Quien te acuso fue la loca de tu novia. — Dijo con indiferencia, repentinamente interesada en su cabello.

Ya lo había pensado, no estaba seguro de como era realmente Teresa, pero sí que conocía lo suficiente a Lulu y su grupo de amiguitas para creerlas capaces de algo asi.

— Ya no es mi novia.

Dato que no pareció importarle a Teresa.

— Sabes, te puedo sacar del lío. — Dijo sonriendo sin dejarse de estudiar el pelo.

Posiblemente el único gesto de normalidad en ellos hasta ese momento. Creyó equivocadamente.

—Ayudarme ¿Cómo?

— Paula y yo somos cercanas, no tanto como ella quisiera. — al sentir la incredulidad agregó. — Digamos que, si hablamos estrictamente de lo legal entre maestra y alumna, ella tendría cuentas que rendir a la justicia. — afino su sonrisa como si recordara algo. — Literalmente ha besado donde piso. Hará lo que le diga. No tomó nada bien cuando le conté que nos besamos.

Daniel recordaba haberlas visto juntas, caminando una al lado de la otra. De las cosas que se decían de Teresa, el que anduviera con la maestra de literatura era una que a todos les gustaría creer, pero que nadie tomaba realmente enserio.

— ¿Tu y la maestra…?

Teresa le resto importancia con un agitar de su mano. Dejándose el pelo para enfocarlo.

— Quiero algo a cambio. — Sus ojos se agrandaron, regresó la Teresa salvaje. — Quiero que hagas lo que diga cuando te lo diga. Que seas lo que yo quiera cuando lo quiera. Hay beneficios de los cuales acabas de tener un adelanto. — enfatizo extendiendo los brazos mostrándose. — Hay cosas que solamente mi hermano puede hacer. — sonriente agrego como si hiciera falta. — Hacerme.



Las alarmas saltaron.

El tono pragmático y a la vez sugerente en que daba por hecho que haría de el lo que quisiera. Daba miedo no solo como ella lo decía, sino porque sentía querer hacerlo.

— No. — se escuchó decir Daniel.

Una palabra simple.

Una negación con la esperanza de recobrar la sensatez.

El chico no podía saber lo que había tenido que pasar su hermana para llegar a ese momento, las emociones invertidas por tanto tiempo en su joven vida. Asi como no pudo imaginar que ella le estuvo observando de lejos ya hacia meses, tanto como para saber sus rutas. De esa forma supo por dónde pasaría para irse a casa. Lo cual solo era la punta que apenas rozaba la superficie. Incluso habiendo estado obsesionado esas semanas, no se comparaba con lo que atormentaba la inusual mente de Teresa.

No podía comprender, no aún.

Eso y un orgullo característico en su familia, (aunque fuera quien mejor se controlaba). Fue lo que le impulso a negarse. Nunca se había dejado mangonear, nunca hasta que ella entró a su vida. Ahora esencialmente le pedía ser su perro.

— No. — repitió.

— ¿No? — Desconcertada, para quien una negación era poco usual. — ¿Qué es lo que estas tratando de decir?

— Teresa. — Daniel levanto las manos viendo que ella se estaba alterando. — No se realmente quién eres, creo que…

— ¡Soy tu hermana! ¿no me has escuchado? ¿Estás diciendo que no quieres ponerme las manos encima? ¿Qué no quieres hacer lo que te diga? — Apretando los dientes sin poder creer lo que escuchaba. O mas bien sin poder dejar de hacer algo al respecto.

Daniel no estaba seguro de que esperar, abrumado por lo que quería de ella y seguro de ser la fórmula para un desastre. La rodeó con los brazos esperando con ello ganar tiempo o saber que decirle.

Teresa sorprendida se dejo por un momento. Luego asustada por lo que le vino a la mente hizo lo que hizo. Fuerte, delgada y más alta. Antes de que pudiera reaccionar, Daniel se vio empujado. Sus piernas casi habían perdido la circulación con el besuqueo, la sangre aun no regresaba del todo. Perdió el equilibrio. Aun con ella en brazos a punto estuvo de caer, cuando se vio estrellarse contra uno de los grandes espejos. La estructura crujió en protesta, solo un instante antes de estallar en una lluvia de fragmentos.

Sin tiempo para nada, sosteniendo a ambos con una sola pierna en firme. Daniel no pudo hacer nada mas que tratar de cubrirla.

Por la escuela sin el tumulto de estudiantes, se pudo escuchar el ruido.

Alguien vendría pronto.

Daniel sostenía a Teresa por los brazos. Aun de ser mas bajo estaba en forma y era mas fuerte. La sujetó mientras ella trataba de zafarse. Algunos afilados cristales aún se desprendían del marco superior de lo que fue un espejo. Supo que tenía que controlarla. Al menos de momento era lo único que podía hacer.

— ¿Estás bien? — le preguntó lo suficientemente alto para que ella reaccionara.

Teresa miro el desastre, miro a su hermano y la sangre que manchaba su costado.

Ella también tenía un corte en el brazo.

Asi los encontraron, las chicas que habían estado practicando danza. Nunca habían visto a Teresa con un chico, uno que les dio mala espina. No habían ido muy lejos. Tenían llaves del lugar. Tras ellas algún curioso y al menos un profesor.

Daniel no les presto atención.

Para ese momento había logrado que dejara de luchar, la abrazaba con todas sus fuerzas. El rostro de Teresa estaba confuso, sin poder comprender lo que acababa de ocurrir. Atrapada entre unos brazos que no la habían dejado caer.

Ninguno de los dos supo en ese momento quien sujetaba a quien.

Atrooz

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