El vecino siniestro

Volvía a casa cansada de trabajar, deje los zapatos de tacón en la entrada junto al bolso equipado con mi portátil de la oficina.

Me miré al espejo, y con desgana vi a una chica blanca como la nieve, ojerosa, gordita, de pechos voluptuosos y caderas prominentes vestida con ropas muy estrictas y entubadas entre colores negros y blancos.

Nada de color excepto el de su pelo rizado, pelirrojo como el fuego.

Parecía una puñetera vela.

A medida que cruzaba la casa e iba al baño me iba desnudando y llevando al ropa al cesto.

Llegue a mi habitación perfectamente ordenada y decorada. Deje la ropa en el cesto de la ropa del baño personal, y me acerque al balcón, prácticamente desnuda puesto que tenía la luz apagada y nadie me vería desde fuera.

La casa de al lado estaba encendida como si fuese una feria.

En la planta superior, junto a la ventana de la habitación pude ver a mi vecino. Estaba completamente desnudo si no fuese por la toalla que llevaba envuelta en las caderas, a un soplo de que se cayera y descubrir la deliciosa sorpresa que estaba por venir.

Sin darme cuenta me sorprendí llevando la mano a mi entrepierna y masturbando mi clítoris frente a la ventana de mi balcón.

Dios, como deseaba quitar esa toalla y lamer ese cuerpo, fuerte sin estar demasiado musculado, atlético y lleno de tatuajes que le hacía parecer más peligroso.

Moreno de ojos oscuros, piel oscura podría decir que era mexicano, llevaba tatuado unas alas en el cuello que era lo que más me llamaba la atención, también era lo que más deseaba besar, lamer, morder… y todo lo que se dejase hacer.

De pronto me vi apoyada contra el cristal desnuda sintiendo el frío de la noche sobre mis pezones, y exhalando mi aliento en el cristal frío como el témpano, mientras mis dedos frotaban mi clítoris una y otra vez buscando el ansiado orgasmo.

Como un rayo miró hacia el balcón de mi habitación y en ese instante yo me retiré exaltada.

–         Mierda.- Susurré.

Pensé que me había visto, siguió mirando un rato y se alejó, quitándose la toalla que llevaba al rededor de la cintura y lo vi, completamente desnudo en todo su esplendor… mi coño palpitaba de deseo por correrse.

Suspiré y me fui al baño a darme una ducha bien fría.

La necesitaba.

Después de la ducha me puse una camiseta muy ancha, debajo no llevaba nada puesto.

Fui a la cocina y me serví una copa de vino blanco semidulce.

Puse algo de música y me senté en el sofá, echando la cabeza hacia atrás disfrutando de la melodía del piano que sonaba en el altavoz.

Le di un trago a mi copa de vino, mientras notaba cómo bajaba calentando mi garganta, baje la mano por mi pecho pellizcando mis pezones y siguiendo el rastro de mi vientre hasta llegar a mi clítoris y empezar masturbarme de nuevo pidiendo el orgasmo deseado.

A mi mente vino la imagen de mi vecino desnudo y un gemido se escapó de mi garganta, mi vagina húmeda ya sabía lo que quería.

Sonó el timbre de la puerta y un gruñido escapó de mi garganta delatando la indignación que mi mente sentía.

–         No me jodas.- Gruñí.

Me levante con la copa en la mano dando otro sorbo para así calmar mi paciencia que estaba al límite por no poder desahogar mi coño mojado.

Abrí la puerta y allí estaba “don matón”.

Tragué saliva con trabajo.

“Qué coño hacía aquí” pensé.

–         Hola. — dije de forma educada.

–         Hola, necesitaba un poco de azúcar.- dijo de forma sensual arrastrando las palabras.- Y pensé que igual tú tendrías.

–         Claro. – Sonreí falsamente.

“Como no” pensé, “la gorda tendría azúcar, hace miles de pasteles ¿no? Ella siempre tendrá azúcar” puse los ojos en blanco diciéndole a mi yo interior que jamás sería su tipo, ni estaría atraído por mí.

Escuché como la puerta principal se cerraba mientras estaba en la cocina, y fruncí el entrecejo.

–         ¿Creías que no te vería masturbarte delante de la ventana con las luces apagadas? – me dijo mientras me inclinaba sobre la encimera de la isla de la cocina.

–         Ahhhmmm… yo… – balbucee una y otra vez.

–         Tú ¿qué? – preguntó mientras presiona su polla contra mi culo y se frotaba contra este.

–         No estaba tocándome…

–         Ya, claro… – me dijo mientras me daba un azote sobre el trasero.

Me agarró del pelo tirando mi cabeza hacia atrás mientras me susurraba al oído.

–         Te vi masturbarte frente a la ventana mientras me mirabas, como si fueras un adolescente salido que no controla sus hormonas. – se deleitó sobando mi trasero para darme un azote después, mientras se escapa un gemido de mi garganta. – Llevaste la mano a tu coño y te tocaste mientras yo me deshacía de la toalla. Si querías follar solo tenías que pedírmelo. Yo estoy dispuesto.

Yo solo podía deleitarme con el sonido de su voz ronca sobre mi oído, y el traicionero de mi coño mojarse como nunca antes lo había hecho.

Siempre me habían dicho que tenía frigidez, que si era una Estrella de mar…

Pero podía jurar que en ese momento mi coño chorreaba como un grifo abierto. Lo único que podía hacer era gemir y frotar mi trastero contra su polla una y otra vez.

–         Mmmm… te gusta ¿eh? ¿Quieres esto verdad? -Susurró junto a mi oído.

–         Siii… -dije alargando la afirmación.

Me giro para enfrentarlo y así estar cara a cara con él, me fascinó su piel, sus tatuajes, verlo cubierto con una película de sudor sobre sus hombros y notar que estaba tan excitado como yo.

Mis pechos eran pesados y mis pezones excitados y duros se notaban contra la camiseta.

De un tirón me la arrancó de mi torso, y la tiró a un lado dejándome totalmente desnuda y mis pezones expuestos a su habida boca, lamiéndolos, succionándolo, mordiéndolos, una deliciosa tortura que jamás había sentido.

Me levantó en peso y me sentó sobre la encimera y llevó una mano a mi entrepierna, empezó a masturbarme y yo perdí la noción del tiempo. Llegué a un orgasmo en menos que canta un gallo.

–         Mmmm… es delicioso ver cómo te corres, cuando te meta la polla lo vas a flipar muñeca.

Sólo acerté a gemir pidiendo más, queriendo más, no quería que aquello se detuviera.

Me bajó de la encimera y con un gesto muy suave sin exigir pero firme me pidió que me arrodillase.

–         ¿Te apetece hacerlo? – me preguntó dubitativo.

–         Ajam… – asentí lamiendo mis gruesos labios y colocándome de rodillas.

Primero recorrí con la lengua, toda la longitud de su miembro, para luego poco a poco meterlo en mi boca y lamerlo con habilidad una y otra vez mientras jugaba con la lengua al rededor de la cabeza de su polla. Para luego meterla entera en mi boca y lamerla una y otra vez.

Escuché como gemía, e intentaba entrar más en mi boca y follármela una y otra vez.

Las arcadas por tenerla cada vez más dentro era impresionante, sentía como la saliva salía de mi boca por las comisuras, pero me gustaba, me sentía sometida y eso me gustaba aunque yo era muy independiente y feminista, me gustaba sentirme sometida.

Paró de follarme la boca. Me levantó al vuelo y pegó a su cuerpo besándome, pegándome y frotándome contra su polla.

–         Dime cariño, ¿quieres que te folle? – me susurró mientras agarraba mi mandíbula con fuerza pero sin hacerme daño y mirándome a los ojos.

–         Si. – Susurré mirándolo a los ojos y frotándome contra su polla.

–         Bien. – Susurró.

Me puso contra la encimera y mis pechos tocaban el frío mármol de esta. Y de un empujón me metió toda la polla en mi húmedo coño.

Salió de nuevo y con otro empujón más, volvió a meterlo.

Era delicioso sentir su polla dentro solo quería que volviera a embestirme una y otra vez con brío.

Llevé una mano a mi clítoris mientras él me follaba desde atrás y empujando una y otra vez con fuerza.

Sentía toda la plenitud de su polla en mi coño, empujando en mi útero una y otra vez.

Sentía que iba a morir del gusto, jamás había sentido nada igual.

–         ¿Te gusta? – Me preguntó mientras me penetraba una y otra vez con la voz entrecortada.

–         Si… si… sigue… – susurré, imploré.

Froté mi clítoris con fuerza e insistencia pidiendo el orgasmo que tanto deseaba, mientras él pellizcaba mis pezones y me penetraba una y otra vez con insistencia.



–         Déjate ir.- me susurró con trabajo respirando con fuerza.

–         Si… si… – grité mientras llegaba al orgasmo absoluto y contraía las paredes de mi vagina una y otra vez al rededor de su polla con fuerza succionándola para que él sé corriera también.

Con un gruñido dejó caer la cabeza hacia atrás, agarrando mi hombro para meterla más hondo y dejarse ir dentro de mí.

Sentí como su semen caía de mi coño y era lo más delicioso que había sentido nunca.

Él reposó exhausto sobre mi espalda y posó unos besos sobre mi hombro.

Gemí de placer y delicia.

Volvía a estar preparada para un segundo round.

–         Mañana más muñeca. – me dijo besando mi espalda. – Esta noche descansa mañana trabajas.

–         ¿Cómo lo sabes? – pregunté.

–         Porque controlo tus horarios, no eres la única que te masturbas vigilándome.

–         ¿Me vigilas? – pregunté asombrada.

–         Desde el momento en que tú lo hacías conmigo. – Sonrío de forma ladina.

Abrí los ojos como platos y no solo estaba asombrada también me sentía halagada, pues nadie había prestado atención a un pequeño ratón de biblioteca y ahí estaba él, espiándome una y otra vez… queriendo sexo conmigo, y quien sabe qué más.

De todas formas pretendía disfrutarlo todo lo que él quisiera y me dejase.

Me abrazo.

–         Nos vemos mañana cariño.- Dijo vistiéndose. – Mañana más y mejor. Y gracias por el azúcar.

–         De nada.- Dije sonrojándome y acompañándole a la puerta.

Me dio un beso en el hombro y se despidió al salir.

lapiccolamorte

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