Devorando a mi maduro escritor

Desde que meses atrás mi mentor en Todorelatos me mencionó a un tal «Bad-Atraction», un nuevo autor de relatos erótico-pornográficos, alabando su buen hacer en ese tipo de literatura, no dudé en empezar a leerlo y a disfrutarlo. Sin embargo, jamás pude llegar a imaginarme que un día llegaría a sucumbir a mi natural y autoimpuesta condición de mujer discreta que se autosatisface publicando sus relatos en esa web y de paso se excita, hasta devorar su cuerpo masturbándose, en el deleite incluso de sus propias publicaciones.

No era capaz de creer que tras permanecer inmóvil, mis dedos apoyados sobre el teclado y mi mirada perdida en la pantalla de su monitor, iba a romper mis propias reglas y darle las gracias, a través de la dirección de correo que aparecía reflejada en su perfil.

Un escueto:

«Hola solo quería saludarte y decirte como ya te dije allí que me gustan tus relatos»

Ni una firma, ni un ‘besos’. Únicamente me delataba mi nombre, el que encabezaba mi correo: Amelie.

Mi nick en Todorelatos, como escritora o comentadora, no aparecía por ningún sitio en ese correo y ya me encargué de que en esa frase no hubiera ni comas ni puntos. Era simplemente una lectora anónima y le daba a entender que de un nivel ortográfico no muy elevado. No quería que me relacionara con ninguna persona que había comentado sus escasos escritos.

No tardó muchas horas en contestarme y en pocos correos me sedujo para que le dijera quien era en la web: soy AIX

– «Uhmm, Aix, mi mayor alabadora. Gracias» – me respondió a continuación.

No esperaba más comunicación, pero me equivoqué. Los email no pararon de responderse de manera instantánea y solo un retraso de unos pocos minutos en recibir uno me empezó a provocar angustia y desazón: «Cabrón ¿qué coño te pasa que no me escribes de una puta vez?». Era el pensamiento que me venía, sin yo decírselo, cuando mi desasosiego me podía.

No era ni tan siquiera capaz de imaginar que, un fallo en su conexión o que su mujer estaba cerca, le impedían seguir con la comunicación.

En un  solo día había entrado en dependencia de ‘Bad Atracción’. Era una más de las fantasiosas protagonistas de sus pocos relatos: Su Madre, Su Suegra, Su Amante China. Pero yo no deseaba ser una fantasía. Yo quería ser un personaje real en su vida.

Solo un día después nos pasamos los móviles y las conversaciones fueron más fluidas y todo lo vivido las 24 horas antes se desbordó. Nos desnudamos totalmente el uno para el otro. Un desnudo de confianza mutua y un desnudo mostrándonos nuestros cuerpos en fotos. Pero sobre todo un desnudo de vocabulario.

Cuando él me pidió ser su ‘bitch’ lo acepté y a cambio él sería mi ‘bicho’.

– «Seré tu ‘bicho’. El virus que entra en tu corona e invade tus sentidos. Te deja sin respiración y arquea tu cuerpo buscando el aire que te pienso arrebatar» – me dejó atolondrada y descolocada hasta que añadió – «y cuando me digas ‘vete’ me iré en silencio».

Me estaba convirtiendo con todos sus argumentos, principalmente con el del tamaño de su polla, en su perra, su puta, su zorra o con el de su dulzura, en  su cari, su niña o su cielo.

 

Aquella mañana, una más, cuando las circunstancias nos lo permitían, estaba lista para recibirlo en mi casa. Mi uniforme oficial de puta: unos zapatos negros de tacón altísimo.

Un simple ‘hola’ era la contraseña para que le franqueara mi puerta y lo veía entrar, escondida tras ella para evitar ser vista por los vecinos. Estaba recién duchada, pero notaba como afloraba una incipiente humedad en mi coño. Ya antes había dejado mis bragas grises de algodón en la lavadora totalmente empapadas de los flujos de mi impaciencia.

Cerraba la puerta sigilosamente y allí mismo, empujándome contra ella, recibía el primer impacto de su boca contra la mía.

‘Bicho’ era mucho más alto que yo, pero la altura de mis zapatos amortiguaba algo esa diferencia. Sin ni tan siquiera separar nuestras lenguas, estiraba  de mi pelo rubio apretaba mis nalgas, voluminosas, sin celulitis, aún no caídas. Notaba su erección a través de su tejano y como sus empujes contra mi pelvis buscaban alocarme. Era imposible conseguirlo más aún de lo que ya me tenía desde que me dijo bien temprano que me preparara hoy para ser de nuevo su puta.

Tras el primer embate y aún apoyada sobre la puerta de mi casa, me mordió el labio inferior y con esa mirada que me sabe matar y lo sabe, más arrebatadora que sus pupilas azules, me buscó las entrañas con un: – «Llévame a tu cama conyugal, zorra».

Él sabía que no podía perder tiempo en su papel de humillante manipulador. Su margen era escaso. Una vez echados en esa cama, poco a poco y hoy me tocaba a mí, sería yo quien dominara la situación. Seguiría siendo su puta, su zorra, su perra o su guarra, pero solo porque era el camino de mi sometimiento a él, que abandonaría de manera progresiva su papel de chulo para ser mi cerdo, mi cabrón, mi puto.

No había un papel fijo y determinado para cada uno. Sencillamente, según derivara la última conversación previa a nuestro encuentro, se adaptarían las tornas para ese encuentro concreto.

Si. Puede parecer muy fuerte y más para los lectores de Aix, que alguien como yo que, a pesar de mis relatos erótico-pornográficos, me había creado una reputación de persona íntegra, formal y poco receptiva a buitres, depredadores y aprovechados sexuales, pudiera haber sucumbido a un hombre casi 20 años mayor.

Me gustaba su barriga a pesar de que no era lo suficientemente grande para mi gusto y demasiado grande para el suyo.

Me daba morbo su calvicie. Pero ante todo, como dije, por encima del color azul de sus ojos, me mataba su mirada. Me arrebataba, me podía. Solo clavar sus pupilas en las mías lograba lo que quisiera.

Me tumbó de un golpe suave sobre mi cama matrimonial y con mis codos apoyados sobre ella esperé a que se desnudara. Nos mirábamos y él me chuleaba y yo, su puta, lo sabía y lo aceptaba.

El primer proceso, el pasional estaba en marcha.

Desnudo ya y con su polla empezando a alcanzar esa dimensión que me volvía loca, se puso de rodillas por encima de mi vientre y tomando mis rizos rubios, sin hacerme daño, me fue arrastrando, con mi ayuda, hasta el cabezal de la cama.

Bajó su boca hasta mi coño, pasando primero por mis pechos, mis enormes tetas, donde propinó un duro mordisco a uno de mis ya sobresalientes pezones. Cuando llegó a mi pelvis separó mis gruesas piernas de un solo golpe y mi coño, con sus abultados y mojados labios, quedaron expuestos y entregados a su boca.

Su lengua recorría toda mi vagina. Mis labios inferiores palpitaban cuando su rugosidad, de abajo a arriba, se recreaba con ellos.

Él sabía que mi primera corrida estaba a punto de llegar. Lo sabía por mis convulsiones y por los chorros de flujo que mi coño emanaba. Pellizcaba mi pubis y tiraba de mi escaso vello. Aceleró el movimiento de su lengua sobre mi carnoso aparato sexual y se quedó parado sobre él , oliéndolo y jugando con su lengua cuando notó que ese orgasmo ya se había producido.

Cuando notó que ya me había estabilizado, volvió ascender a mí. De nuevo se entretuvo en mis más que generosas tetas y las apretó con saña. Sabía que me estaba haciendo daño y sabía que se lo consentía, porque no dudaba que mi venganza, hoy que mi papel no iba a ser el de sumisa, sería más fuerte contra él.

Se sentó sobre mi vientre y acariciándome el pelo y la cara me preguntó: – «¿Ha quedado contenta mi zorra con el primer asalto?».

No se esperaba mi respuesta: – «He quedado tan satisfecha que ya no te necesito más por hoy. Vístete y vete, cabrón» – le dije, a modo de provocación, mientras le lanzaba una sarcástica sonrisa.

Su bofetada hizo que mis mejillas y labios se balancearan de un lado al otro de la cara. Mi mirada hacia él expelía lujuria y deseo.

El golpe que me asestó fue el pistoletazo de salida a todo lo que se nos venía encima. Ya todo valía a partir de ese momento.

La pasión acababa de quedar atrás y empezaba la siguiente fase: agresividad pasional.

– «Vas a tener lo que te mereces, cabrón de mierda» – le dije sabiendo que eso le provocaba, para continuar: – «túmbate  con la espalda en la cama, mi perro. Ahora mando yo».

Me giré para sacar del cajón de mi mesita de noche un aparato desconocido para él pero que, por su forma, no dejaba lugar a dudas que era una versión de un consolador.

Me senté sobre su pecho, dándole la espalda a su cara y le entregó el aparato. Me incliné hacia su polla y mi gran culo y mis generosos labios vaginales quedaron expuestos a él.

La extensión y el grosor de su enorme polla sufrieron un nuevo incremento.

Sin que le dijera nada, empezó a introducir el aparato en mi coño. No tardó en quedar empapado del todo. Entraba y salía de él con una facilidad pasmosa.

Yo emitía ligeros ruidos, perceptibles solo cuando sacaba mi boca de su miembro, duro, venoso, con un glande hinchado y rojo. A punto de estallar. Bajaba a sus testículos, los mordía. Absorbía la piel de su escroto. Los relamía y apretaba con mis dedos. Lo escuchaba quejarse pero sin ninguna intención de separarse y evitar el castigo que le estaba infringiendo.

Cuando notaba que mi coño me pedía recibir algo más grande y duro que el aparato que ‘bicho’ me estaba introduciendo me manera acompasada, se lo arrebaté. Abrí sus muslos y me acerqué a su pelvis. Me puse en cuclillas sobre ella y tomando su generoso rabo con mis manos lo coloqué sobre mi coño. Mojada como estaba me dejé caer sin contemplaciones sobre su precioso aparato. No se lo esperaba y un grito, de puro placer, salió de sus entrañas.

Mi ‘bicho’ elevó su pelvis para que su polla aún entrara más en mi coño y fue entonces, aprovechando que su ano quedó más separado de la cama y  tras haber mojado un poco más con mis labios vaginales el juguetito sexual, lo fui introduciendo de manera seguida, sin pausa, en el orificio de su ano.

Noté como mi espalda y mis nalgas quedaron expuestas a sus uñas. A cada grito suyo, mezcla de dolor y placer, recibía su polla, que no había perdido ni un ápice de su dureza a pesar de la inesperada sorpresa, una embestida de mi coño.

Me quedaba parada sobre su pelvis y tras un nueva penetración de mi juguetito y el posterior alarido por su parte, recibía su polla una descarga más violenta de mi coño.

Poco a poco ‘bicho’ se fue relajando. Había perdido la batalla y el consolador entraba y salía de su ano con la total complicidad de su esfínter.

Mis movimientos vaginales se aceleraron y apretándome las tetas, con una violencia inusitada, sentí como la sangre me subía desde el coño al cerebro y un grito desgarrador inundó toda mi habitación.

Mi macho, mi perro, mi amante seguía cumpliendo. Mantenía su erección y había aguantado su corrida. Quedaba juego por delante.

Quise compensarle de manera lastimosa, el daño que acababa de recibir en su ano y en su madura hombría. En un instante había pasado de ‘Bad Atraction’ a ‘Bad penetration’.

Saqué mi coño de su polla. «¡Cómo este cabrón puede tener una cosa tan grande y tan bonita!», pensé al vérsela aún en todo su esplendor.

No tuve que desplazarme mucho para que su aparato alcanzase la entrada de mi ano.

Jugué unos instantes a acariciar mi esfínter con la punta de su pene y no tardó en ir abriéndose camino a través del estrecho orificio. Ahí si tuve más cuidado y los movimientos ascendentes y descendentes eras más suaves y progresivos.

Una vez mi recto totalmente ocupado por su polla ya si comencé con una cierta agresividad hasta que noté que la corrida, por su parte, sería incipiente. Entonces, ante su sorpresa, salí el todo de él.

– «¡Pero qué puta perra eres!» – me dijo con un atisbo de enfado y añadiendo a continuación – «¿me vas a dejar así, zorra?».

Me giré del todo hacía él. Puse mi dedo índice en mis labios y los dirigí a los suyos a modo de beso.

– «Tranquilo, mi perro» – le tranquilicé – «me han entrado unas enormes ganas de tomar un sorbo de rico champán».



Frunció el ceño como pensando: «¡Qué cojones me estará esperando ahora!».

Bajé hasta su pelvis y tomé su polla, con una erección a punto de estallar y con mis dedos aprisioné toda su base. Note como se empezaba a poner de un rojo encarnado muy cerca al morado. Mis labios y su lengua comenzaron a jugar con su capullo. Duro, con forma y color de fresa. Los gritos de ‘bicho’ retumbaban en el cuarto. Cuando liberé esa presión, casi inhumana, ya había separado mi cara de su polla, lo suficiente para que al abrir mi boca, encima de ella, el chorro de su semen, disparado a una velocidad inaudita, me llegara hasta el fondo de mi garganta. Lo saboreé, pero en un acto de no egoísmo, me fui a su boca y nos fundimos en beso degustando los dos la esencia recién extraída de sus testículos.

Tuvimos que descansar un rato. El sudor y el atolondramiento nos tenían exhaustos. La respiración era agitada y la fase del cariño, tras la de la agresividad-pasional, se notaba que comenzaba de manera evidente.

Una vez ya más relajados me preguntó: – ¿Tienes en el congelador mi postre?.

– «¡Claro que si!» – le dije melosamente – «¡Cómo me iba a olvidar».

Fue a la cocina y regresó con su helado favorito: un Magnum Almendras.

Cuando regresó ya le había quitado el envoltorio y incluso la parte superior de la cobertura de chocolate.

Delante de mí pasó la punta del helado por su polla y recogió la última gota de leche que aún le colgaba. Por mi sonrisa ya se apercibió de lo que me esperaba. Abrí del todo mis gruesos muslos y ese helado se dirigió directo a mi coño. Lo restregó de arriba a abajo por mis labios y lo introducía suavemente.

Mi nuevo orgasmo no tardó en aparecer. Más calmado que los anteriores, pero sabiendo que iba a ser el último por hoy, más agradecido.

Cuando el helado empezó a dar síntomas de que se derretía lo acercó a mi boca y con la compañía de la suya, lo devoramos entre los dos mientras nuestras manos libres jugaban suavemente con nuestros pubis.

Se vistió y me dejó en la cama desnuda y fatigada.

Se agachó hasta mi y con un beso en el que su lengua se paseó sobre mis labios nos despedimos hasta la siguiente sesión de ‘pasión’ – ‘agresividad-pasional’ – ‘cariño’.

Nada más escuchar cerrarse la puerta y comprobar que «Bad-Atraction», mi ‘bicho’ ya no estaba «en línea» en su whatsapp, acerqué mi móvil a mis enormes pechos y suspiré mientras mi otra mano se aferraba a mi coño.

Jamás pensé vivir lo que estaba viviendo. En tan poco tiempo ese hombre me había convertido, a través  del camino de la lujuria y del cariño, de la confianza y la pasión, en uno de los personajes de mis propios relatos.

Era la puta, la zorra, la perra y la guarra que todos se quieren follar. Qué todos te piden tu dirección de email, con la burda intención de ser ellos la parte masculina pero real de mis inquietudes y ansias sexuales, pero yo no estaba dispuesta a ser de nadie

Jamás supe el motivo de porqué, sin embargo, yo si me atreví a contactar con ese tal «Bad-Atraction». Porqué no tenía ningún pudor en meterme en la cama y dejarme someter y humillar por ese hombre, casi 20 años mayor que yo, calvo y con una ligera barriga.

No sabía los motivos. No quería saberlos, pero mi miedo ya no solo era perderlo, que era algo que me deprimía. Me apesadumbraba  sobre todo la idea de que nunca pudiéramos vivir una vez, al menos una vez en la vida, un encuentro real, como los que estábamos disfrutando a través de whatsapp o del email.

Necesitaba que alguna vez me pudiera llamar «mi puta, mi perra», cara a cara y tocarlo más allá de la pantalla de un móvil o un PC.

MarcosBCN

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