La mejor hermana del mundo: Capítulo IV

Los padres de Alex y Elisa, recibían el viento seco del desierto plenamente en el rostro. Las ventanas del automóvil se hallaban bajadas por completo. El viaje resultaba ser un aliciente excelente para recobrarse de la ajetreada vida que se lleva en la caótica ciudad. Por suerte, sus hijos estaban muy bien instruidos, sobre todo la mayor. Según sus padres, Elisa era una chica que siempre llevaba una paz interior que encendía los corazones de cualquier persona que la conociera. Era noble, paciente, inteligente, estable, enérgica y fuerte; generaba una confianza inusual, y ello provocaba que sus padres no sintieran ninguna clase de miedo al dejarla a cargo. Era como si ella estuviera hecha para eso. «El universo resuena con nuestras vidas e intenciones», dijo Mara una de esas noches en los desiertos cuando hablaban acerca de sus hijos.

De momento, era un día soleado en el que transitaban la carretera buscando la vereda, que tras algunas horas de terracería, serían conducidos a los aposentos de una tribu autóctona que habitaba entre zonas montañosas. En un punto donde se alcanzaba a divisar un lago en la lejanía, decidieron detenerse un instante para llamar a casa y recibir actualizaciones de lo que ocurría por allá. Por supuesto no era preocupación lo que los motivó a llamar, sino que al internarse en las amenazantes montañas, probablemente no volverían a hablar con sus hijos durante un par de semanas.

—¿Hola mi amor? —dijo la madre de Elisa por el altavoz.

—Hola ma —dijo Alex contestando el teléfono de la hermana.

—Hola mi niño. ¿Cómo estas? ¿Cómo te va en la escuela? ¿Todo bien en casa? ¿Y tu hermana?

—Aquí está, y me está yendo muy bien en la escuela —respondió Alex.

—Hola mami, aquí estoy, estaba escuchándolos ja, ja. Pues todo bien, todo tranquilo. ¿Y ustedes? ¿Cuándo se regresan? —dijo Elisa.

—Hay niña, pues es que ya nos íbamos a regresar, se supone que en unos días… Pero fíjate que nos quedamos más tiempo en la otra comunidad, estuvo todo bien bonito, luego les platicamos cuando estemos en la casa. Apenas vamos de camino a la otra, y está entre las montañas, así que tardaremos más de lo planeado, mínimo dos semanas más. Les hablaremos en cuando tengamos señal otra vez.

—Bien, cuídense mucho.

—Ustedes igual mis niños, dejen les paso a su papá que los quiere saludar.

Elisa fue a su cuarto a probarse unos trajes de baño que había encargado por internet, una vez que terminó la conversación con sus padres. El hermanito había recibido el paquete y le preguntó a su hermana que cosas contenía la misteriosa caja. Cuando la hermana le contó lo que había dentro, el hermanito preguntó para que necesitaba tantos trajes de baño, si ni siquiera irían al mar pronto. Entonces Elisa le contó a Alex que en efecto, no irían al mar, pero, si que irían pronto a una fiesta en casa de Maria, y ella tenía alberca en su casa.

—¿Voy a ir yo? —preguntó el chico.

—Sí, no te voy a dejar solo, además estarán los hermanos menores de una prima de ella, y uno es más o menos de tu edad me parece. Tiene la misma Switch que tú, me parece.

—No sé si tengo ganas de ir. Ya estoy grande, no me tienes que andar llevando a todos lados…

—Cállate. Vas a ir conmigo y punto —dijo tajante la hermana mayor.

Alex se quedó rígido, cual estatua de piedra, ante la agresividad del tono con que su hermana le soltó aquello. En esta ocasión, Alex no lloró. Más bien tenía miedo. Comprendía que era de esos momentos en los que, por nada del mundo debía ocurrírsele seguir contradiciendo a la hermana, o está, lo castigaría quitándole sus juegos, incrementaría sus regaños o lo vetaría de dinero. Cualquiera de esos castigos haciéndose realidad, transformarían su vida en un terreno fértil para la miseria y una decadencia terrible para el entretenimiento.

En ningún momento Alex, había recibido palizas provenientes de la mano de su hermana, pero sospechaba que eso se debía a que jamás se había atrevido a ir más lejos en llevarle la contraria. Era ese miedo misterioso e insólito, que la hermana mayor inspiraba, lo que condujo a Alex a esas atrevidas y casi heréticas intuiciones. Probablemente si la hacía enojar de verdad, algo realmente malo pasaría. No le nacían motivos algunos para descubrirlo.

—Sí hermanita. Como tú mandes —dijo Alex con tono sumiso, no le quedaba de otra al desamparado hermanito.

Ante la docilidad del hermanito, Elisa relajó su actitud.

—Hey. Ven acá. Dame un abrazo —pidió la hermana.

Abrazó a Alex con desmesurada ternura, le entregó sonoro beso en la mejilla, y luego le soltó para que fuera libre.

—Tienes que entender que yo mando porque soy la mayor, no es porque quiera hacerte sentir mal. ¿Lo comprendes? —expresó Elisa mordiéndose los labios.

—Sí hermanita, entiendo. Ya me voy a mi cuarto.

—Bien. Oye más al rato te voy a hablar para que me ayudes a escoger el traje de baño que me llevaré a la fiesta. ¿Sí hermanito? —dijo Elisa dándose cuenta de que, esos arrebatos iracundos en los que regañaba al hermano, le causaban a ella un engorroso conflicto interior. Tras cada regaño hacia el chico, un bicho llamado culpa le estrangulaba cualquier atisbo de calma. Por lo que, automáticamente, padecía una enfermiza urgencia anómala, que le impulsaba con ferocidad a enmendar el daño que supuestamente le provocaba con el regaño a Alex.

Ok.

Alex estaba pensando mucho en su hermana. Las cosas habían dado un giro tan inusual últimamente, que no creía que después de que su hermana lo masturbó, todo siguiera con tanta normalidad.

Ahora, Elisa le pedía que le ayudara a escoger trajes de baño como si fuera cualquier cosa insignificante, como si le pidiera que le pasase un salero, o el envase de kétchup. ¿Es que ella no entendía, que no estaba bien que él le viera su cuerpo de “esa manera”? ¿Qué, no se daba cuenta que masturbarlo, no era una actitud propia de una hermana cariñosa? Alex estaba muy confundido. Encima la hermana no había mencionado el tema desde que ocurrió, ella le ocultaba cosas.

Lo único que le dijo después de que ella limpió todo el semen de la sala aquella noche, era que lo más importante era que nadie se enterara. Ni sus amigos, ni mucho menos sus padres debían siquiera sospechar lo que habían hecho. Era un secreto pues, que los dos hermanos se llevarían a la tumba de ser necesario. Eso incluía tanto la masturbación de esa noche, como los besos y las sobadas de senos que Alex le había hecho a su hermana. Alex por supuesto, prometió a su hermana que no le diría a nadie, pero no sabía que tan en serio hablaba ella. Quizás más adelante tendría una pista más clara de todo el asunto.

Una llamada telefónica sacó por completo a Alex de sus cavilaciones. Era Melissa. Le debía contar algo trascendental. Joel la engañó nada más ni nada menos que con la supuesta novia de Alex, Paola. Por supuesto, Alex no consideraba a Paola en realidad su novia. Es decir, jamás se lo preguntó, ¿o es que eran novios y el no estaba enterado? Precisamente por estas cosas tan confusas necesitaba de su hermana.

Melissa rompió en toda clase de vituperaciones contra Joel y Paola. Alex la reconfortó y le dijo que “todo estaría bien”. Cuando colgó la llamada, una esperanza nació dentro del corazón de Alex. Ahora Melissa por fin podría ser su novia. Solo se esperaría algunos días hasta que ella dejara de sufrir por ese imbécil que no supo valorarla, y entonces él, Alex, le aliviaría de todos sus dolores emocionales, pues él era un buen chico y la trataría como se merece, como una verdadera princesa. Después de ser novios, se besarían y quizás hasta ella le dejara tocarle los senos, besárselos, y en el mejor de los casos, frotarle el pene entre ellos, era una ilusión que se le ocurrió en el momento. Ahora podría comparar las sensaciones y las diferencias que provocaban esos pechos contra los de su hermana mayor. ¿Serían mejores los de Melissa? ¿Cuáles senos serían más suaves, los de su novia o los de su hermana mayor? Si los pechos de Melissa eran peores que los de Elisa, eso le llevaría a cuestionarse cosas como:¿Debería escoger a una novia que tuviera mejores senos que su hermana? ¿Es mejor que estén grandes o que sean suaves al contacto? «La misma situación se daría para los besos», suponía Alex.

Alex sintió la necesidad de ir a contarle lo más rápido a su hermana. Estaba emocionado. Probablemente ella se pondría feliz por él, por fin, tras tantas tribulaciones y locuras, podría ocurrir un noviazgo con Melissa, que desde su punto de vista, era la mejor entre las chicas, y sin duda la más buena de la escuela.

Sin pensarlo mucho, pues la emoción de compartir con su hermana era demasiado intensa, abrió la puerta del cuarto de Elisa. Ahí estaba ella, traía puesto un traje de baño amarillo que apenas le tapaba. Pero no es que lo tuviese puesto, al parecer, más bien, se lo estaba quitando.

Elisa, a través del reflejo de un gran espejo de cuerpo completo donde contemplaba su cuerpo al probarse la ropa, reparó en que su hermanito menor la estaba observando desde la puerta ahora abierta de par en par.

—¿Qué haces? ¿Qué no te he dicho que toques la puerta primero? —dijo Elisa con tono severo.

—Sí, discúlpame hermana. Es que…

—Bueno, ya. No pasa nada. Ni que no me hubieras visto ya los pechos… Pásale, pero de todas formas recuerda siempre tocar primero —dijo Elisa ya un poco más tranquila, habiéndose alterado más por la sorpresa que por las miradas curiosas del chico.

Dejando pasar ese asunto de forma rápida, Alex le contó a Elisa lo que Melissa le comunicó.

—Hay hermanito. Mira, yo sé que te gusta mucho esa tal Melissa… —dijo la hermana—. Pero, que haya terminado con su ex, no quiere decir que tú le gustes. Perdón, pero es la verdad.

—Sí, pero yo creo que ya le gustaba desde antes —replicó Alex.

—Si hubiera sido así, ella andaría contigo y no estuviera con otro —zanjó Elisa.

Alex quedó cabizbajo mientras estaba sentado en la cama de la hermana mayor. La tristeza de la realidad era dura. Elisa se sintió mal por poner a su hermano en aquel lamentable estado con la inclemencia de sus palabras. No obstante, no podía engañarlo porque sería terriblemente contraproducente para él, y a la larga, se sentiría mucho más miserable por andar persiguiendo a esa zorrita llamada Melissa, «una verdadera putilla», cavilaba Elisa cada vez que le mencionaban a la chica que jugaba con las emociones de su indefenso hermanito menor. Ella no se merecía las atenciones que Alex le profesaba tan desesperadamente, mucho menos ese amor ciego que ella le despertaba, ni en sus sueños. Después de que Elisa se enteró que Melissa andaba con el propio amigo de su hermano, se propuso impedir que la putita esa anduviera calentando a su hermano nada más para subirse el asqueroso ego. «Sobre mi cadáver», pensó Elisa en aquel solemne momento.

—Tienes razón hermana —reconoció Alex después de unos instantes—. Y de todas formas tengo una gran desventaja, creo que Melissa ya tuvo sexo con Joel, y yo no lo he tenido con nadie. Melissa se burlaría de mí si fuéramos novios y estuviéramos a punto de hacerlo.

—Sí, estoy de acuerdo contigo. De seguro ella ya tuvo sexo con tu amigo muchas veces, y con otros más… Se le nota en la cara. Ella no te conviene para nada. Conozco a las de su tipo…

Elisa ya no quiso decir más, las cartas estaban puestas sobre la mesa. Su hermanito estaba triste por enterarse de una posibilidad sobre lo que Melissa hubiera hecho con Joel, y Elisa no podía permitir dos cosas: que el hermanito fuera tan inocente, y que Melissa anduviera jugando con sus sentimientos mientras él se desvivía por complacerla. La vida resultaba mejor con Melissa lejos de su hermano.

La hermana mayor, ante el silencio del hermanito, comenzó a mirarse en el espejo realizando poses diferentes, como si fuera modelo de alguna revista. Para sorpresa del hermanito, Elisa se quitó la parte superior del traje de baño quedando con los senos de fuera. La reacción del miembro de Alex fue inmediata: se le puso tan duro… Tanto, que le apretaba en el pantalón. La eficacia de la erección le lastimaría la verga si permanecía demasiado tiempo en la prisión de los pantalones; esa eficacia estaba programada por la evolución, para reproducirse con la hembra que tenía delante.

—Hermana, ¿qué estas haciendo? —preguntó escandalizado el hermanito, mientras pensaba: «¿Se ha vuelto loca mi hermana?».

—Me cambié de traje de baño. ¿Sucede algo malo?

—Pues… Sí, estoy aquí…

—¡Ay! ¡Como si no me hubieras visto ya las tetas! —exclamó Elisa restándole importancia al asunto—. Ya madura Alex, en serio.

En una especie de reto destinado para el hermanito, se bajó delicadamente el cordón que une la parte inferior del traje de baño, pero el nudo no se deshizo. El hermanito contemplaba con rostro imperturbable, por dentro, era un torbellino de confusión. Elisa, posó sus dedos en aquel lugar, en el amarre del lazo que impedía que este se cayera. Atento estaba el hermanito en ese controvertido punto de la indumentaria de la hermana. Elisa conocía a los hombres… ¿Qué pensaría el hermanito si le miraba su área más intima? «Le gustaría porque es hombre», convino Elisa en su interior. «Pero es mi hermanito», se replicó a si misma, «pero él merece conocer esa área de las mujeres, y no me la ha visto», dijo su lado más maternal, ese que sacaba cada vez que le enseñaba algo nuevo al hermanito.

Con suma gracia, los movimientos refinados de los dedos de Elisa, desamarraron con pulcra lentitud el nudo derecho que unía el traje de baño amarillo. La parte inferior del traje cayó, quedando Elisa completamente desnuda en el proceso, frente a la mirada inocente del hermanito menor.

—Estás desnuda…

—¿Tengo bonito cuerpo? —inquirió Elisa mirando directamente a los ojos a Alex.

—Hermana, no debería de estar aquí mientras te cambias —replicó el hermanito ya demasiado tarde.

Elisa comenzó a caminar lentamente en dirección al hermanito.

—Y a ver, dime, ¿por qué la tienes parada? —dijo Elisa socarronamente.

Alex de inmediato agarró una almohada de la cama de su hermana y se cubrió el área pélvica con ella. Sobre la cama, a un lado de Alex, estaban todos los trajes de baño que había encargado. Elisa no duró demasiado tiempo desnuda, enseguida se puso un traje de baño café de los que estaban tendidos en la cama.

Elisa no quería espantar o traumar al hermanito, si bien él era un hombre, no actuaba como todos. Él era lindo, recatado, obediente y no era un chico que buscara el sexo. Le gustaba, sí, es natural, pero no lo buscaba, y eso es lo más importante.

—¿Cómo me queda este de color café?

—Te queda bien, estas muy bonita hermana.

Alex dejó de mirar a su hermana. Se concentró en la blancura de la almohada, pronto entró en una especie de trance y logró vencer la calentura tan inaudita que lo había dominado instantes atrás. Pero las consecuencias no fueron mejores, Melissa entró en su mente de inmediato, suplantando la imagen del apetecible cuerpo de la hermana. La idea de que Melissa tuvo relaciones con Joel, no lo dejaba en paz, le desquiciaba el corazón, trastocaba cualquier pasión amorosa que pudiera tener por Melissa. Entonces la tristeza tomó el mando. Alex sollozó, y saladas lágrimas transcurrieron de sus ojos a la almohada que aún sostenía fuertemente sobre su regazo.

—Hermanito, ¿por qué estas llorando? —inquirió Elisa muy extrañada por el inesperado evento que protagonizaba Alex.

—Soy un tonto. Me gusta mucho Melissa, quiero andar con ella. Y… Aunque encontrara a otra, no le gustaría yo, porque seguramente ya todas las chicas tuvieron relaciones. El único tarado que no lo ha hecho soy yo —declaró el hermanito menor, sacando de una vez por todas el núcleo de su enmarañada congoja.

—Entonces, lo que tú quisieras es… ¿Tener relaciones sexuales? ¿O me equivoco?

—Pues no tenerlas exactamente, no sé si me entiendes. No busco eso en Melissa, yo quiero más bien su cariño, y su amor, pero si para eso tuviera que hacerlo con ella, o con otra … Pues lo haría —aseguró Alex.

—Supongo que te bastaría con la experiencia, para que después le demuestres que sabes hacerlo —manifestó Elisa.

—Sí. Me parece que sí. Y no creas que te estoy insinuando que tú me enseñes hermanita. Solo te lo cuento porque me dijiste que podía confiar en ti —dijo Alex—. Eso es todo.

—Claro que puedes confiar en mí. Siempre puedes, y siempre podrás. Voy a estar para ti en las buenas y en las malas, así sea lo último que haga, jamás te abandonaré. Ven acá tontito. —Enseguida Elisa propinó a Alex con uno de esos abrazos donde le pegaba los senos en la cara. Elisa sintió la humedad de las mejillas de Alex en el canalillo de sus pechos—. Y ya sé que no me lo has pedido, pero me parece que podemos hacer algo al respecto sin tener relaciones —continuó Elisa después de unos breves instantes mientras seguían abrazados.

—No entiendo. ¿Cómo podemos hacer algo al respecto sin tener relaciones? —preguntó Alex muy confundido—. Ni creas que iré con una prostituta.

—Nadie está diciendo nada de prostitutas, ja, ja, ja. Es más, ni loca dejaría que una puta de esas te tocara. Estás prohibido —declaró Elisa—. No. Lo que yo digo es diferente. Mira, acuéstate en la cama, boca arriba.

Alex, nervioso al acostarse boca arriba, justo como le indicó su hermana. Esperó pocos segundos, para entender que tramaba la hermana con todo ese asunto, y pronto, vio como su hermana se le subía encima, sintió su peso sobre el abdomen.

—¿Qué estas haciendo Elisa? Esto ya no está bien —dijo el hermanito mientras se le endurecía el miembro involuntariamente.

—Mira, no creas que vamos a tener relaciones. Lo que te propongo es, que podamos practicar vestidos el como se hace el sexo, para que te hagas una idea —dijo Elisa.

—No entiendo hermana… Ya por favor para —pidió Alex.

—No voy a parar. Mira, fíjate bien. Tienes que aprender… —concluyó Elisa cuando su vagina encajó en el área donde el pene del hermanito reposaba erecto pero pegado a su estómago, porque el bóxer o el pantalón se lo mantenían así por lo ajustado.

Elisa, estando encima de su hermanito menor, comenzó con suavidad y lentitud, a deslizarse hacia enfrente y atrás sobre esa larga verga que pertenecía a Alex, su propio hermano.

—Eso me duele —se quejó Alex.

—Déjame entonces bajarte el pantalón, de seguro te aprieta.

Elisa le bajó el pantalón. Por tanto, Alex quedó en bóxer. Elisa se volvió a posicionar con enorme soltura sobre el pene de su hermanito, como si fuera una profesional de la equitación. Elisa sentía una presión húmeda en la vagina. Sin querer se había mojado, toda esa fricción le provocaba una sensación agradable en la intimidad vaginal. No obstante, ella mantenía la mentalidad de que todo lo hacía por educar a su hermanito y no era para satisfacción de ella. Si algo se sentía ella con los movimientos, era porque el cuerpo humano reacciona de esa manera, por consecuencias totalmente naturales, reacciones automáticas del cuerpo. No era para nada, una excusa para que el hermanito le diera alguna clase de placer desviado mientras pretendía enseñarle cosas que son exclusivas de las parejas. Todo era por el bien de Alex.

Elisa comenzó a darle sentones leves a Alex, se levantaba rápido, y bajaba lento, casi con cariño. Pronto, en la tela del traje de baño de Elisa, una mancha oscura comenzó a empapar el área vaginal.

—Hermana me duele… Ya no hagas eso —protestó el hermanito, después de una decena de esos sentones. Para ese momento la puntita del pene del hermanito, comenzó a sobresalir de los límites del elástico del bóxer.

—¿En serio? Me hubieras dicho antes…

—Sí te dije que me dolía, pero solo me bajaste los pantalones.

—Bien, te voy a bajar el calzón —dijo Elisa con determinación.

—No quise decir eso… —Elisa no escuchó al hermanito y comenzó a bajarle el calzón—. No… Hermana…

Con una serie de maniobras un poco desarticuladas, y unos cuantos forcejeos en los que el hermanito alejaba las manos de Elisa del elástico de su ropa interior, por la fuerza, consiguió que el hermanito se bajara el calzón hasta los tobillos.

Al principió Alex parecía resistirse, pero al tocar el calzón, Elisa sin querer rozó el pene del hermanito sobre la tela. Tras ese contacto, el miembro del chico se puso mucho más duro, después de aquello, Alex no opuso tanta resistencia. Además, cuando tocó el calzón del hermanito menor, Elisa se dio cuenta de que la ropa interior de Alex también estaba bastante húmeda. No supo asegurar si se trataba de los fluidos de su vagina, o del mismo líquido preseminal que le salió a Alex la primera vez que lo masturbó.

—¡Mírate como estás! —comentó Elisa al contemplar el pene endurecido de Alex.

Alex estaba quieto como una estatua, no movía el cuerpo en absoluto, desde lejos, pudiera parecer que sufría de alguna clase de parálisis. Pero no, más bien así era el actuar de ese chico, una forma en la que su nerviosismo escapaba. Con la hermana haciéndole toda clase de cosas, él aguardaba la sensación cada vez más factible de estar indefenso, todo lo hacía con tal de que la hermana no se enfureciera. Estaba Alex tan confundido… ¿Por qué todo debía ser tan complicado con su hermana mayor? ¿Por qué no simplemente le explicaba todo con palabras, o de alguna otra forma más sencilla? Es decir, ella era hermosa, deseable, con un cuerpo antojable por donde se le mirara, pero… ¡Era su hermana! ¡Por Dios!

Elisa acercó su rostro a la verga de Alex, que ahora se encontraba completamente libre de ataduras. Alex, sintió el aliento de la hermana entre los huevos, el pene le dio un respingo involuntario. «¿Por qué se me tiene que parar más ahorita?», se preguntó Alex. Elisa parecía analizar la verga del hermanito de manera atenta, luego, con la punta de su dedo índice, tocó delicadamente el tronco de ese miembro. La reacción fue instantánea, el pene pareció levantarse desde su base como un resorte animado, al tocarlo parecía cobrar vida o algo parecido. «¿Por qué seré tan débil? Se supone que mi cosa no debe de pararse así cuando lo tocan…», se dijo Alex.

Elisa volvió a tocarlo, deslizando el mismo dedo índice desde la línea que divide los testículos hacia arriba, así fue yendo despacio hasta llegar a la punta del pene. El hermanito miraba hacia el techo la vista borrosa, esperaba que su hermana terminara con esa tortura de una vez por todas.

—Para hermana, te lo suplico, o algo me va a pasar… —dijo Alex con una voz pastosa. Elisa le hizo caso al hermanito y se detuvo.

Elisa volvió a subirse, otra vez más, encima del hermanito para montarlo. Elisa, a través de su vagina, ahora podía sentir más claramente la constitución de la verga del hermanito menor. Una vez montado encima de Alex, Elisa se agachó y se acercó a su hermanito para besarlo en la boca. «Estas cosas no se pueden hacer sin mostrar aunque sea un poquito de cariño», pensó Elisa.

—Con la lengua no hermana —gruñó Alex con aversión, haciendo el rostro a un lado, para que la hermana no lo besara de esa forma tan obscena y abusiva.

—Con la lengüita sí hermanito, abre la boca, tienes que aprender. Voltea la cara ahora te dije —reclamó Elisa con una mezcla inusual de cariño y firmeza amenazante, dándole al mismo tiempo una palmadita en la mejilla, una especie de bofetada en versión disminuida.

El hermanito, vio a los ojos a su hermana mayor y sintió un gran miedo. Era eso inexplicable, pero le inspiraba la sensación de que su hermana podía llegar a golpearlo o castigarlo si no obedecía. «¿Hay algo oscuro dentro del alma de mi hermana?», pensó Alex. Pero no tuvo demasiado tiempo para reflexionar en esos momentos. Entonces le entregó su boca a la hermana mayor sin mayor dilación, dejándose hacer algo que no deseaba que pasara en realidad. Elisa le abusaba la boca y no podía hacer nada en esta oportunidad. Ella era la que mandaba. «¿Cómo puede no comprender ella que yo, su hermano, no deseo este abuso?», discurrió Alex por su mente una vez el beso fue completamente inevitable y solo se dejaba llevar por el ritmo marcado por Elisa.

Durante el hostigante beso, Elisa comenzó a mover sus caderas lentamente, en vaivenes sensuales en los que se frotaba con el ya liberado miembro de Alex. Si el chico no había eyaculado, era por estar forcejeando para evitar que la hermana lo bese con la lengua, y el rechazo que este beso le provocaba, por lo que se le bajó la excitación con levedad.

Una invasiva Elisa, recorría su lengua por donde ella quería, incluso las encías del hermanito. Pero lo que le parecía más rico, y donde Alex aprendería más, era el contacto de las dos lenguas. Ese aprendizaje era el más fundamental, no podía permitir que el hermanito se olvidase de este aspecto tan básico del amor de pareja.

Elisa, sin dejar de besar a su hermano, aceleró el movimiento de sus caderas. Durante esos segundos, el duro pene del hermanito, a través de la tela del traje de baño, se le hundió levemente en los labios vaginales; si no trajera ella, traje de baño, el pene del hermanito la hubiera penetrado un poco. Elisa aceleró aún más el movimiento, pareciendo ahora más que frotarse, una especie de rebote, un humano con su cuerpo en modo de vibración.

Elisa con la lengua dentro de la boca de su hermano, detuvo los movimientos pélvicos tan repetitivos abruptamente. Se quedó inmóvil su cuerpo, en una especie de suspensión provocada por una fuerza superior. La lengua también quedó inmóvil. Parecía un cachorro que había perdido el aliento por completo, con la lengua de fuera, soltando pequeñas burbujas y saliva seca a través de ella, solo que dentro de la boca del hermanito.

Dejó el beso durante un momento, casi contra su voluntad. Se irguió la hermana, y puso los ojos en blanco, hizo la cabeza hacía arriba y miró al tejado de la habitación.

—¿Qué te pasa hermanita? ¿Estás bien? —preguntó el hermanito en una ostentación de increíble inocencia.

La hermana no respondió, tan solo se tumbó sombre el cuerpo del hermanito. Ella sonreía, «parece que está drogada o algo», pensó Alex. Elisa lo abrazó, mientras ella intentaba recuperar el aliento. Un minuto después, con un rostro lleno de satisfacción, Elisa se puso de pie. El hermanito trató de levantarse, pero ella se lo impidió.

—Aún no hemos terminado —explicó la hermana en un placentero suspiro de alivio.

—Pero si ya no estamos haciendo nada —replicó Alex— ¿Segura que te sientes bien?

—Sí, muy bien. Ahora acuéstate otra vez —pidió la hermana con dulzura.



Haciendo una respiración profunda, y exhalando posteriormente, con una de sus manos, Elisa acarició los testículos de Alex, y con la otra, rodeó la base de su pene. Empezó entonces a darle masaje en los genitales con sumo cariño.

—La tienes bien grandota hermanito —observó Elisa de repente incrementando la velocidad del masaje —. ¿Te gusta lo que sientes?

—Creí que esto ya lo había aprendido —advirtió Alex.

—Tienes razón hermanito —reconoció la hermana mayor—. Esta vez, no lo seguiremos haciendo, pero pudiera ser que en algún momento repitamos alguna lección, si es que lo necesitas, por supuesto.

Elisa dejó lo que estaba haciéndole a Alex, y lo montó una vez más, solo que esta vez lo hizo dándole la espalda, por lo que el hermanito tenía una espectacular de uno de los atributos que más le atraían de su hermana, ese redondeado trasero. Y en traje de baño, la espectacularidad se elevaba copiosamente.

Elisa empezó a hacerse hacia delante y hacia atrás, sintiendo un poco de miedo por lastimar el pene del hermanito con la tela de su traje de baño.

—¿Y esto te gusta? Es como lo primero, pero al revés —explicó Elisa.

—Sí, pero es raro. Creo que…. Ay…

No pudiendo aguantar tanto placer, Alex tuvo un orgasmo de inmediato, eyaculando y manchando la parte inferior del traje de baño de Elisa con su esperma.

Elisa se levantó y se quitó el traje de baño embarrado. La mancha de semen se localizaba principalmente en el área paralela en donde los labios vaginales de Elisa estaban posados. Abundantes grumos del semen de su hermanito menor, escurrían del bikini. Parecía un moco sumamente pegajoso, una viscosidad que provenía de una gran lujuria.

—Voy a tener que lavarlo —dijo Elisa en un suspiro resignado.

Alex, aún tumbado boca arriba en la cama, contempló la vagina de Elisa y su culo durante unos instantes, al mismo tiempo, los últimos flujos de semen, terminaban de salir apresurados de su pene, manchando su barriga en el proceso. Sentía el hermano menor, que había perdido algo valioso en su interior. «Quizás perdí la virginidad, comienzo a sentirme muy cansado», pensó Alex. Era ese efecto, un gran letargo que lo poseyó tras unos instantes. Miró a la hermana dejando el traje de baño en un rincón donde se amontonaba un cúmulo de ropa que ella lavaría un rato después. Le observó las torneadas nalgas una vez más, y su pene dio un leve respingo, como anunciándole, que pronto estaría listo para volverse a excitar, quizás demasiado rápido. En ese instante, Alex se vio invadido por un profundo sentimiento de rareza. Algo le decía que, lo hecho con la hermana mayor, había cruzado un significativo límite, que eso ya no estaba para nada bien en ningún sentido. Entonces recordó el beso que le dio su hermana, y de como lo había intimidado tan inusitadamente. Alex se subió los pantalones, y se fue corriendo a su habitación.

Alex se limpió los restos de semen. Se bañó. Lloró y se durmió. No sabía que sentir o que pensar. No podía definir a su hermana como buena o mala. La amaba y la temía. Hacer lo que hizo con ella hoy, o mejor dicho, lo que ella le hizo a él, no era lo mismo que en sus fantasías. Con el poder de su fértil imaginación, Alex se había masturbado pensando en su hermana mayor muchas veces, pero nunca se había sentido raro porque lo consideraba en ese entonces una venganza contra ella, un acto pueril de odio; algo que funcionaba para sacar el rencor que le produjo su distancia. Ahora que la quería otra vez con inmensidad, quizás más que nunca en toda su existencia, y que ese sentimiento de venganza se había disuelto como un granito de arena en la inmensidad del océano, sentía que era la hermana muy brusca con él.

Algo lo movía. Era su hermana Elisa. Lo estaba despertando.

—¿Qué sucede hermana? —preguntó Alex soñoliento.

—Quiero que me des tu ropa, creo que se te mancho la camiseta… Voy a lavarla.

—Creo que está limpia —dijo el hermanito.

—Alex, necesitamos hablar —dijo Elisa gravemente.

—¿De qué?

—De lo que hicimos…

—Sí, yo también te quería hablar de eso, no sé si esté bien…

—No me refiero a eso Alex. Lo que quiero decirte es simple. No podemos tomarnos esto a la ligera, si hacemos esto, me vas a dar tu ropa para lavarla, aunque no se manche puede oler a sexo y a mi perfume. ¿Entiendes?

—Entiendo, pero no tuvimos sexo, no creo que sea para tanto —aseguró Alex.

—Escuchame y solo lo diré una vez. Nadie puede descubrirnos, ni siquiera sospechar aunque no sea sexo. No vamos a ser descuidados, no le vamos a contar a nadie, y espero que hagas caso a esas reglas porque si no, todo esto terminará muy mal —dijo Elisa en tono severo.

—Sí hermana, perdón.

—Bueno dame tu ropa ahora, quítatela, bañate y cambiate. Si quieres puedes dormir de nuevo, no sabía que estabas tan cansado. Pero por lo menos espérate a que esté lista la comida…

—Está bien, de todas formas ya me siento más descansado.

Mientras se daba ese baño tan reparador, Alex se preguntó si era posible que Elisa estuviera abusando de él. Pero luego llegó a un punto de total sinceridad: «Sí es así, entonces… ¿Por qué no le dije hace rato que estábamos hablando sobre que me sentía abusado?». «Es porque me excito sin querer». Y todo ello era real para Alex, él, primero se calentaba, y luego la hermana le atacaba sin piedad aprovechándose de lo que él sentía. Él había ido a buscar a la hermana, entrando sin tocar y viéndola en poca ropa. Él fue quien no apartaba la mirada de su cuerpo, a pesar de que sabe que debe respetar a su hermana mayor. Él había soltado todo ese líquido blanco y oloroso sobre la ropa de la pobre Elisa. Él se había comenzado a masturbar después de que ella lo abrazaba o cuando le daba besos… ¡Se excitaba con besos en la mejilla! ¡De su propia hermana! Sí alguien estaba mal en la relación de hermanos que mantenían, era él, por irrespetuoso y mentiroso, por ver a Elisa con lujuria. Había enturbiado la imagen de su hermana protectora, siempre fuerte, dulce y victoriosa, en un objeto sexual desde muchísimo antes. Ahora él no podía culparla de todo. Era mala a veces, sí, pero no era un demonio abusivo.

Alex comió con su hermana. Miraron películas de comedia y pasaron el día, la tarde y la noche juntos, como cuando él era un pequeño niño. Su infancia estaba ahí presente, de regreso intacta, evocada por Elisa y por él, y Alex amaba esa sensación. Amaba a su hermana.

Aleah Perr

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