La mejor hermana del mundo: Capítulo V

Existen cosas en la vida que es mejor tratar de olvidar a como dé lugar, si uno las piensa una y otra vez, se queda en la mente un sinsabor que contamina todas las demás percepciones. Al menos eso era lo que pensaba Elisa. Un día Alex escuchó palabras casi calcadas, salir de la boca de su hermana, el chico no recordaba porque su hermana pronunciaba ese proverbio, o lo que fuera. Solo recordaba que, habían ido a la playa ese día. Estaba Elisa junto a su amiga María en traje de baño tumbada boca abajo mientras el sol tostaba su piel. María, exhibiendo el mismo espíritu que Elisa, permanecía boca arriba, con un brazo en la nuca, rompiendo la fresca posición solo para acomodarse y dar un trago a una lata de cerveza y dar una calada al cigarro de tabaco; en su relajación miraba el furioso océano mientras escuchaba las cavilaciones de su amiga. En ese momento Alex se acercaba desde la orilla del mar, él quería alcanzar su jugo de mango, su favorito, que la hermana guardaba a su lado para que no se llenara de moscas, bichos, mierda y arena. Ahí fue cuando Elisa soltó la enigmática frase para su amiga Maria. Alex nunca la olvidaría.

A lo largo de ese día, Alex pensó en las palabras de su hermana y lo que estas significaban, ni siquiera el recuerdo del espléndido culo de Maria, o el de su hermana, fueron tan poderosos como para opacar la cadena de pensamientos que se había desatado dentro de Alex. Era algo muy inusual en Alex, porque cualquier otro día, de no escuchar esas palabras, hubiera acontecido la necesidad de masturbarse con urgencia pensando en la mejor amiga de su hermana, o en el cuerpo de la propia Elisa en cuanto llegase a casa. Aunque era necesario dar cuenta de que, Alex aún tenía sus reservas sobre pensar libremente en el turgente cuerpo de su hermana cuando surgían necesidades sexuales secretas. A veces le pasaba que, al no poder dormir a la hora que él quería, se le ocurría que masturbarse le podía ayudar a conciliar el sueño. Entonces como si fuera un asunto predeterminado, la imagen de su hermana arribaba en su mente, imaginaba sus dos grandes pechos desnudos, en los tocamientos que habían hecho en días anteriores, y en los besitos cariñosos que Elisa le había propinado en más de una ocasión en la boca, aunque no con los de lengua, a esos les odiaba. Lo que más volvía loco a Alex quizás era lo más sencillo de conseguir de su hermana: Sus abrazos, y que esos pechos se le pegaran a su cuerpo, ello le provocaba un morbo fuera de lo común que le era imposible comprender. Pero cuando llegaba el momento de masturbarse, la duda lo detenía, e intentaba forzar el pensamiento erótico hacia su compañera Melissa, o en alguna mujer que mirase en turbias páginas de internet. Se esforzaba realmente mucho para poder concentrarse en otra mujer que no fuera su hermana. Por fortuna, esa noche después de la playa, el significado de las enigmáticas palabras de su hermana mantuvieron ocupada su mente hasta que llego el cansancio.

Pasaron un par de días, y la frase desapareció completamente de la mente de Alex. No era de extrañar, tras tantas cosas habían pasado últimamente con su hermana. Alex sospechaba entre su hermana mayor y él, una cercanía más intensa que nunca, eso le hacía sentir raro y feliz al mismo tiempo.

Pero una noche la frase volvería a su mente. Eran las seis de la mañana cuando despertó sudando. Una pesadilla terrible se gestó en su cabeza. Alex, se tranquilizó un poco al darse cuenta de que todo fue producto de un delirio nocturno, un horror onírico. Esperó acostado esperando conciliar de nuevo el sueño y descansar un par de horas más, pero el sueño no le visitó. En lugar de eso, le dio vueltas a la pesadilla una y otra vez de manera enfermiza.

En el oscuro sueño, sus padres no regresaban a casa. Alex soñó que, en las inmediaciones de una montaña colosal tapizada con piedras grises que variaban desde los tamaños más minúsculos hasta rocas que semejaban los grandes dientes de un monstruo insólito, Davin y Mara manejaban a gran velocidad, y el auto caía por un profundo barranco cuando el hombre perdía el control del volante. Luego la pesadilla mutó abruptamente, ahora la madre de Alex deambulaba ensangrentada por un espeso bosque de negruzcos abetos mientras clamaba por ayuda, los gritos de la mujer ponían los pelos de punta, Alex notaba que ese timbre de voz no correspondía al de su madre, más bien parecía la voz de un espectro tenebroso, una aparición maldita, de esas que nadie quiere encontrarse mientras anda de campamento por las serranías. La voz de la mujer era semejante al de la llorona o algún ente de los que se escuchan en historias de viajeros que dan traslado a espíritus encarnados que desaparecen al cabo de unos kilómetros de viaje compartido.

Aún en el sueño, el padre de Alex en cambio, llegaba a una tribu de apaches, la gente del lugar lo contemplaba con ojos de odio y se acercaban a Davin. El padre de Alex débil por el accidente de coche, y con la ropa hecha jirones, suplicaba por que le dieran un poco de agua, pero los apaches estallaban en carcajadas ante el clamor del lastimado hombre. Después de reír, todos sacaban una filosa hacha que colgaban del cinturón de cada uno de ellos, tales cinturones parecían manufacturados con algún material parecido a la tela o al cuero, y mataban sanguinariamente a Davin, cual animal está listo para ser sacrificado en una comida tribal.

Cuando dieron las ocho de la mañana, con el cortisol en sangre fluyendo con potencia, Alex marcó al teléfono de sus padres, pero la operadora de la telefonía le indicaba con voz robótica que los números que marcaba estaban apagados o no disponían de señal alguna.

Alex se rindió y entendió que no tendría comunicación con sus padres por más que lo intentara. Buscó a Elisa en su habitación para encontrar alguna solución, pero ella no estaba, Alex revisó en todos los rincones de la casa, abrió cada puerta de su hogar para poder encontrar a su hermana. La conclusión de Alex fue que ella salió desde muy temprano, solo contaba con la glacialidad de su ausencia y el aroma que ella despedía a veces cuando se arreglaba, era una fragancia frutal que le recordaba profundamente a algo «femenino», a Alex le encantaba aspirar ese olor, pero en esos momentos la emanación únicamente le sugería una profunda desolación. Alex recordó algo que le había comentado Joel cuando todavía era uno de sus mejores amigos, antes de que le robara a la chica que le gustaba, antes de que le metiera la lengua en la boca, antes de que le manoseara el culo o las tetas a Melissa; un día Joel, de familia cristiana, le comentó que en la biblia existían distintas profecías acerca del fin del mundo. Una de esas profecías, era la de un rapto que se gestaría cercano en los días del apocalipsis, en ese evento, los justos desaparecían como por arte de magia, succionados por un grupo de seres celestiales que los vigilaban desde las alturas. Alex pensó en aquel entonces que, si una persona en su familia era apta para ser raptada por aquellos poderosos seres, esa seria su hermana Elisa, porque ella era la persona más justa y buena que conocía.

Alex se asustó esa mañana de soledad al recordar la inconmensurable idea del rapto, imaginando que lo único que dejaría atrás su preciosa hermana mayor, sería la fragancia impregnada en sus pertenencias, y durante algunos minutos, latente sobre el aire contenido en la vivienda. A las pesadillas, la profecía que no terminaba de entender bien, y el abandono matutino, se sumaba a lo que ocurrió tan solo un día atrás, esto le dio un susto aún mayor, un pánico anómalo. «Quizás por eso tuve esos sueños», se dijo en voz alta y temblorosa. De pronto advirtió la boca seca.

Alex decidió ahora marcar al teléfono de su hermana para que lo tranquilizara con su dulce voz. Sonó el primer tono de llamada y su hermana no le respondió. «¿Qué sucederá?», se preguntó Alex cayendo en una desesperación irracional.

Alex esperaba que en realidad su hermana jamás lo dejara solo por más de unas cuantas horas. Alex de verdad lo deseaba. Y en esos momentos deseaba aún más que ella estuviera en la casa para abrazarla y decirle que la quería, que la adoraba, que jamás volvería a desobedecerla o negarle nada.

Mientras marcaba los números, equivocándose varias veces, haciendo que se incrementara su desasosiego, entonces en un eureka sombrío, creyó al fin comprender sus pesadillas. Y es que Elisa, un día antes, salía al gimnasio, Elisa subió a su auto y se marchó con toda normalidad. Minutos después, la hermana volvía. Elisa no bajó del auto, en cambio hizo sonar el potente claxon del auto. Alex lo escuchó y asomó el pescuezo por la ventana, entonces la hermana le hizo señas con los dedos para que saliera a su encuentro.

—Alcanzame mi teléfono Alex, se me olvidó —gritó la hermana desde al auto, quedando estacionada un poco más alejada de la banqueta de lo que debería un auto normalmente aparcado, una vez que el hermanito salió para escucharla.

Alex fue corriendo por el teléfono inteligente de la hermana mayor, el aparato se encontraba estático sobre la cama de Elisa. Estando dentro del dormitorio, el chico no pudo evitar mirar un inusual desacomodo, generalmente Elisa mantenía su habitación perfectamente prolija, y que un montón de ropa estuviera regada sobre su cama representaba una rareza tanto para ella misma, como para los inquietos ojos del hermanito. Entre la ropa desperdigada en la cama se encontraban diversos calzones de la hermana. Un rayo de sol caía directo sobre gran parte de la ropa interior, iluminándola y creando una atmósfera de insolentes armonías policromáticas agradables a la vista. Encandilándose con la escena, Alex tuvo la misma impresión que le provocaban ciertos dibujos animados cuando algún personaje encontraba algún tesoro oculto en una selva remota, o algún objeto maravilloso capaz de realizar descabellados prodigios mágicos entregado a los protagonistas por un ser de otro mundo. De la misma manera, el caótico montículo de bragas de la hermana mayor, parecía emanar alguna clase de aura llena de encanto.

Alex salió de la casa con el teléfono inteligente en mano, dispuesto a entregarlo a su propietaria, pero Elisa no esperó dentro del auto, ella abrió la puerta del auto que estaba casi a mitad de la calle, sin embargo, el hermanito entrevió algo que su hermana no pudo: Un pickup negro que se acercaba a toda velocidad que mantenía toda la actitud de no desacelerar y se dirigía directo a Elisa. Consecuentemente, Alex le grito a la hermana:

—¡Hermana! ¡Cuidado! ¡Viene un carro!

Elisa reaccionó rapidísimo y alcanzó a cerrar la puerta. El tripulante del pickup se desvivió en pitidos mientras le pasaba por un lado. Pocos segundos después, el pickup, atravesando viviendas aledañas ya se encontraba lejos, internándose en los recovecos de la ciudad.

Elisa no le dio demasiada importancia al asunto, esperó a que su hermano se acercara por la ventana del copiloto y le diera el teléfono. Tras aquello, la hermana continuó su camino al gimnasio sin preocupaciones, perfectamente imperturbable, como si no hubiese estado a punto de ser arrollada por un psicópata que probablemente fantaseaba con ser participante de las carreras que se practican anualmente en los otoños, a lo largo del vivo desierto. En cambio para Alex, aquello fue un tormento al corazón. Una vez la hermana se fue, el chico no pudo concentrarse en sus videojuegos, pensamientos tenebrosos se le acumulaban en la mente en un trastorno metafísico. Presagios de muerte que pudieran ser posibles en cualquier descuido que tuviera la hermana. Bastaba con que se le volviera a olvidar el teléfono, y que en esa ocasión Alex se viera impedido a vislumbrar que clase de auto se acercaba por el camino, para que la hermana sufriera de un terrible accidente.

O podrían ocurrir otras cosas que no necesariamente implicaran la muerte de la hermana, pero que representaban un peligro real, situaciones que dejaban marcas de por vida. Por ejemplo, que a Elisa la asaltaran, que la atropellaran por no mirar bien hacia ambos lados de la calle en un cruce de peatones. El mundo era desconcertante en esos momentos y cualquier cosa podría ocurrir, incluso la violación. En ese escenario, un par de vagabundos viejos y fuertes podrían someter a la hermana en algún callejón oscuro. Le bajarían los pantalones de licra a Elisa. Ella suplicaría por ayuda, pero nadie estaría cerca para socorrerla. Los viejos reirían burlándose de la hermana de Alex, entonces uno de ellos la tendría tendida sobre el suelo con rigidez para que ella no se pudiese mover. Mientras tanto el otro vagabundo, se sacaría el sucio pene del pantalón: Una verga grasienta, venosa, y llena de parásitos que nacían en los pelos del área púbica y que poco a poco migraban a un ritmo microscópico al tronco del pene en un desfile grotesco.

El vagabundo que ya tendría la verga tiesa, con rugidos le exigiría a Elisa que parara el culo, el anciano con una sonrisa torva, se frotaría las manos, y se agarraría la barba alisándola en un signo de morbosa satisfacción. Tener la oportunidad de metérsela a una mujercita de «ese calibre», representaba una eventualidad única en la vida para un viejo decrepito como él, una ambición lejana a sus posibilidades. Por consiguiente, lo que seguiría constituiría la penetración vaginal, «la mejor cogida de toda la vida del viejo». Y ni hablar de condones, esa clase de enfermos no solo no pudieran permitirse utilizarlos, sino que probablemente desdeñaran tajantemente su uso ya que «disminuyen el placer sensual». Sí, el vago se la metería en la vagina sin condón, la tomaría de las caderas y la bombearía sin piedad mientras la pobre Elisa le suplicaría que se detenga. El vago solo se burlaría y sentiría más placer ante las súplicas, y ello le provocaría el orgasmo.

Una vez descargada la leche dentro del útero de la hermana mayor de Alex, el otro viejo reclamaría su turno. Este vagabundo presentaba una cara de un ser por completo corrompido, un sátiro desagradable que enloquecía de gusto con llevar a cabo degeneraciones terribles en las partes más íntimas de las chicas más hermosas. Este anciano, le pediría al otro que volteara a «la princesita», quedando Elisa boca arriba.

El vagabundo, aún más pestilente que el otro, olería a licor barato, y al sacarse la verga la tendría de un color rojo enfermizo, ese pene estaría lleno de alguna clase de suciedad que nadie quisiera tocar u oler. El viejo se subiría encima de Elisa, le arrancaría el top y las tetas rebotarían ante los ojos maníacos del vetusto. Enseguida, sin poder creer que una nena «así» pudiera tener tan tremendos melones, se los manosearía desesperadamente con las manos llenas de mugre. El anciano, le daría unos cuantos besos en los pezones, Elisa voltearía a verse los pechos y los encontraría manchados de una sustancia negra desconocida que el viejo acarreaba en las manos, quizás por andar hurgando constantemente en sitios insalubres.

Momentos después, el viejo la obligaría a mirarlo a los ojos mientras acercaba su miembro a la entrada de su intimidad que chorreaba menudencias seminales del vagabundo anterior. El viejo jugaría brevemente, pasando el pene por los labios vaginales de Elisa, embarrando un poco de la suciedad del pene sobre ellos.

Al aburrirse del juego, el viejo le penetraría la «vagina rosada de princesa», contaminándola con la inmundicia alojada alrededor de la verga del viejo. Elisa no podría forcejear, mucho menos si el viejo ya la estaba «haciendo suya», pues de otro modo le harían daño físico, probablemente hasta pudieran matarla de negarse. No obstante, el viejo no se conformaría con penetrarla en la vagina. Si no que la besaría a la fuerza y le daría besos de lengua. Alex sabía que esa clase de besos le gustaban a su hermana, así que probablemente ella comenzaría a sentir cierto gusto por el beso del viejo, y eso a pesar que el vago tuviera un aliento a completa putrefacción, «a mierda», dirían algunos que le hayan olfateado el hediondo aliento en el pasado.

Junto con el beso del viejo, y la penetración vaginal constante, la hermana comenzaría a sucumbir poco a poco al inevitable placer sexual, Alex conocía un poco la sensación, lo entendía gracias a lo que había hecho con su hermana, él había intentado no excitarse cuan ella se le subió encima y se frotó contra su pene, pero el pobrecito Alex no aguantó el placer y soltó la leche en la tela del traje de baño de la hermana mayor. Por tanto el viejo lo notaría la calentura de la impotente Elisa y se mofaría, humillando a Elisa en el proceso, «ya sabía yo que eras una putita», le diría el vagabundo exhibiendo una voz áspera, más rasposa que la de Don cangrejo, famoso personaje del dibujo animado Bob Esponja.

Ya para terminar antes de que alguien los viese, el viejo pondría a Elisa de vuelta con el culo parado, y le ensartaría el ano a Elisa con esa verga apestosa ya más sexo que otra cosa, toda la porquería yacía ahora en el interior de Elisa, mezclada con los líquidos sexuales de la chica y el semen del otro vagabundo. Elisa estaría a punto de gemir de placer, pero cierta dignidad se lo impediría, Alex conocía o creía conocer a su hermana, y él se imaginaba que ella no gemiría en tal circunstancia por más rico que sintiera.

Pasarían los minutos y el viejo eyacularía, sin poder resistir más el placer, dentro de la fisiología rectal de Elisa.

El par de infelices dejarían a Elisa tirada en el callejón, con el ano herido, desnuda y vulnerable a otra violación por parte de algún otro enfermo sexual.

Así los pensamientos de Alex no lo dejaron en paz hasta que la hermana volvió esa tarde del gimnasio, entonces el chico se sintió más tranquilo teniéndola cerca, y pudo relajarse bajo las atenciones que la hermana le concedió tras su reconfortante regreso.

Parecía que la ansiedad de Alex desapareció con la presencia de su hermana, y olvidando poco a poco lo sucedido con el pickup negro, pero la realidad fue lo contrario. Fue justo antes de dormir, cuando comenzó a divagar peligros posibles para sus padres, «¿qué tal si les pasa algo en medio del bosque, del desierto o el maldito lugar en el que estén?», pensó Alex dando interminables vueltas en la cama.

La loca e injustificada paranoia de Alex, llegó a su final cuando Elisa entró repentinamente en la habitación. La intención de la hermana mayor era darle las buenas noches, y tras un cariñoso beso que ella le suministró en la frente, una inyección de cariño que para Alex era una necesidad casi fisiológica, se sintió sumamente protegido; una fuerza benévola lo envolvió de serenidad y entonces pudo dormir. Pero en sus sueños no estaba protegido, su hermana no podía entrar en ellos y protegerlo luchando contra las malignas pesadillas, por lo que las tuvo que soportar hasta que el sol saliera de nuevo para despertar y estar a salvo.

De vuelta en el presente, el segundo tono sonó. La hermana no respondía. Alex comenzó a sentir más sed y más miedo.

El tercer tonó sonó, el tiempo aparentaba transcurrir con una lentitud exagerada. Alex se sirvió un vaso con agua purificada, no soportaba la sequedad bucal. Un nudo en la garganta se le comenzaba a formar cada segundo que pasaba. Ni siquiera la vibrante luz del hermoso día que se presentaba fuera de la casa, le infundía calma alguna.

El cuarto tonó aconteció. Gracias al universo no estaba muerta, por fin la hermana contestó:

—¿Qué pasa hermanito?

—Nada, ¿ a qué hora vas a regresar? —inquirió Alex con voz sutilmente temblorosa.

—¿Ya tienes hambre? —preguntó Elisa con la felicidad que le provocaba una incredulidad particular. El hecho de que el hermanito la necesitara para desayunar le inspiraba ternura y un gozo sutil, liviano, tanto íntimo como sumamente familiar.

—Sí —respondió el hermano menor, ya controlando la voz.

—Ya voy para allá hermanito, estoy casi en la esquina —le informó Elisa.

Alex terminó la llamada muy confortado. Aspiró una gran bocanada de aire y se prometió en ese mismo instante que valoraría más a su hermana y a sus padres, sobre todo a su hermana. Por alguna razón, le preocupaba mucho más lo que a ella le sucediera que a sus padres. Era como una punzada atemorizante de la que ya no se podría librar, un miedo muy grande había nacido en su corazón. Si él perdía a sus padres, le quedaría Elisa, y ella sustituiría a la perfección el papel de sus padres, de los dos juntos. Pero si perdía a Elisa no le quedaría nada, los padres nunca la sustituirían, le quedarían debiendo un cariño especial que jamás se repetiría, único en los confines de la tierra y en toda la extensión del cosmos.

Cualquier cosa cruel que la hermana le hubiera hecho en el pasado, Alex se lo perdonó en ese majestuoso momento de alivio. Si la hermana había sido cruel, ya no importaba más. Si la hermana lo había golpeado ya no importaba, si ella lo trataba mal en el futuro probablemente se lo perdonaría, o al menos intentaría ser más flexible. El no podía vivir sin ella, era un hecho para él.



Alex además se propuso algunos cambios en su comportamiento, como ser más cariñoso y agradecido con Elisa, como cuando ella le preparaba los alimentos y el nunca le daba las gracias. Siempre daba por sentado sus atenciones y cariños, y el casi nunca le devolvía nada, solo devoraba, solo absorbía amor en semejanza a un agujero negro de afecto. Era lamentable que apenas se diera cuenta de todo ello, pero estaba a tiempo de cambiar todo eso de raíz. Si perdía un día a su hermana, al menos él sentiría que hizo todo lo posible por valorarla y amarla. Era verdad que no podía vivir sin drenar amor a su hermana mayor, y lo seguiría haciendo incluso con más fuerza, pero ahora al menos devolvería un poco de todo ello para no sentir culpa.

Sin embargo, un nuevo conflicto se gestaba en el interior de Alex, se preguntaba hasta que punto masturbarse pensando en su hermana representaba ahora una grosería, sobre todo después de todo lo que ya habían hecho juntos, o más bien lo que ella le había hecho. Pero Alex tuvo en el pasado una serie de masturbaciones ensañadas para vengarse de su hermana, y justo el día en que Elisa casi era arrollada por ese pickup salvaje, Alex regresó al cuarto de la hermana para contemplar ese desorden inusitado. De alguna forma estaba acongojado por los peligros a los que su hermana había estado expuesta minutos atrás, ver su habitación le hacía sentir que estaba mucho más cerca de ella, «cuando venga a la casa le voy a dar un abrazo», se dijo con anhelo.

Alex recordó ver los calzones de la hermana regados sobre la cama. Alex se preguntó si estos estaban sucios o limpios, y cuales serían las intenciones de la hermana de tener tal desorden. Alex de pronto se aventó a la pila de calzones, de niño había hecho eso cuando su madre los llevaba a bazares donde la tela se acumulaba en pequeñas montañas, ese momento le devolvió en instantáneo una fracción de su infancia. Metió la cabeza entre la ropa, y al sacarla se dio cuenta de que en realidad no eran calzones como tal, sino trajes de baño. Alex supuso que los estaba seleccionando para el día en que irían a la fiesta de su amiga María. Elisa le había dicho a Alex que, la fiesta sería en una casa en las afueras de la ciudad, donde tenían una gran piscina y hacia mucho calor en el día. Alex agarró varios conjuntos y los olfateó para dar cuenta de si estaban sucios: Todos olían a detergente.

El hermano menor de Elisa se decepcionó por alguna razón desconocida. Después vagó un poco por toda la habitación de la hermana buscando el cesto de la ropa sucia.

Alex encontró el cesto detrás de la puerta de la habitación. Alex conocía más o menos donde tenía su hermana cada cosa, pero la realidad es que a veces simplemente no le importaban ciertas cosas y si le preguntaban simplemente no lograba recordar.

Alex se quedó un minuto viendo el cesto, dentro de él, encontró con la vista varias prendas: sudaderas, pantalones usados, calcetas coloridas, sujetadores y bragas. Tras analizar las prendas que se alcanzaban a mirar por la superficie, Alex metió la mano en el cesto y hurgó en busca de algo que le llamara más la atención. Entonces tomó uno de los calzones del cesto, uno blanco que tenía extrañas florituras azules y naranjas, y lo alzó para analizarlo bajo la luz solar dorada que se colaba por la ventaba de la habitación de su hermana. Alex no entendía del todo porque hacía aquello, pero se estaba poniendo demasiado nervioso. El corazón se le aceleró, y no dejaba de voltear hacia la entrada de la habitación o de estar prestando atención al menor ruido que escuchaba. Un gran temor le inducia la idea que la hermana pudiera llegar en cualquier momento y sorprenderlo haciendo algo que le sería imposible justificarle. Pero pronto, se recordaba que la hermana solía tardar cerca de una hora en el gimnasio, por lo que lograba tranquilizarse un poco, no por completo, porque nunca se sabía que pudiera pasar, bien la hermana podría llegar de improvisto a pesar de cualquier cosa, no era una imposibilidad en absoluto.

Bajo el resplandor solar, el bonito calzón tricolor de la hermana mayor, parecía contener manchas de alguna sustancia desconocida, entonces Alex comprendió porque estaba en el cesto de ropa sucia, «es momento por fin echarlo a la lavadora», pensó el chico. Alex lo acercó a su nariz para comprobar su falta de limpieza, y percibió un olor singular parecido al sudor. «¿Por qué demonios estoy haciendo esto?», se preguntó en voz alta. «Curiosidad, simplemente eso, además es mi hermana, no creo que se enoje si se enterara, aunque no se lo diré por nada del mundo», se respondió segundos después mientras pasaba saliva.

Alex volvió a acercar el calzón a su nariz pero ahora se enfocaba en otra área de la tela, el chico calculó que esa área concretamente debía ser el área donde la vagina de la hermana solía posarse. Aspiró profundo, y un olor entre dulzón y agrio, mezclado con una ligera esencia a orina, lo embargó. El cerebro del chico se paralizó entonces, algo hizo cortocircuito dentro de él. Se dio cuenta Alex de que una necesidad de volver a oler el calzón lo empujaba fuertemente, al mismo tiempo, sin saber el porqué, Alex tuvo una erección involuntaria.

Alex, ya demasiado asustado por permanecer tanto tiempo en la alcoba de Elisa, se fue a su propia habitación con el calzón de la hermana en la mano, en el camino, sentía que estaba haciendo algo realmente malo, mas completamente necesario. Asimismo, necesitaba de alguna forma sentir que la hermana le demostraba algún cariño para que el miedo a perderla por incidentes irreales disminuyera. De alguna manera ese olor, esa sorprendente esencia de mujer, era de un carácter adictivo y le hacía sentir una especie de amor profundo hacia la hermana. Era como abrazarla pero de un modo extremadamente enrarecido.

Cuarenta minutos después, la hermana mayor entraba en la casa. Alex estaba en su habitación frotándose el calzón de la hermana sobre la base de su pene por tercera ocasión en el día. El calzón de Elisa estaba terriblemente inundado por la esperma del hermanito, parecía un pañuelo utilizado por un enfermo que padecía del peor de los catarros, y hubiera soltado la mucosidad acumulada por meses sobre el abusado calzón. Alex escuchó los pasos en las escaleras y escondió rápidamente el calzón lleno de costras de semen y cuajos de la sustancia sexual, debajo de su cama. Respiró profundo, y de pronto supo que había hecho algo malo, pues el miedo a ser descubierto lo embargó, así como una inminente culpa. Para compensarlo, se dijo que debía hacer lo que se había prometido, entonces fue a buscar a su hermana. Ahora ella sí estaba en su habitación, de pie, observando su ropa detenidamente, aparentaba estar tomando alguna clase de decisión complicada.

Alex desde la puerta llamó la atención de su hermana, ella giró el cuello hacia su hermanito. Alex corrió hacia ella sorprendiéndola con un abrazo. La hermana se vio apretada por Alex, los brazos de Elisa estaban bajo la presión de los brazos de Alex, por lo que no podía zafarse.

—¿Por qué tan cariñoso hermanito? —preguntó Elisa con una alegría extraña. Pero de pronto Alex notó que algo le crecía en la entrepierna. Era algo duro que estaba recargado en la pierna derecha de la hermana, ella parecía impedida para notarlo porque no lo recriminó por ello.

Tras recordar todo ese día anterior, y escuchar la voz de su hermana por el teléfono, se sintió tranquilo.

Se vio tentado en sacar el calzón, aún escondido debajo de su cama, pero concibió que quizás la hermana ya estaba demasiado cerca de casa como para alcanzar a masturbarse a gusto, por otro lado, quizás esa prenda ya estuviera demasiado llena de semen como para poder frotársela. Aun así, Alex se digirió a su cuarto. Sacó el calzón, lo olió una vez más. Se llenó de amor y cariño. Después, fue al baño para enjuagarlo, lo exprimió, y sin esperar a que secara, fue a la habitación de Elisa y lo lanzó a un rincón para que la hermana lo creyera perdido, y lo encontrara días o semanas después.

Justo cuando cerraba la puerta de la habitación de la hermana, Ella llegaba. Estacionaba el auto en la entrada de la casa.

Por fin desayunaría y los miedos desaparecerían.

Aleah Perr

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