Diez Pruebas Crueles para una Viuda Desnuda

I – Las condiciones de mi matrimonio

“Ábrete más de piernas, mujer, y acerca el culo al borde de la mesa; así no te lo puedo meter bien hasta el fondo”. Cualquiera que oyese dicha frase, y no viera lo que Pedro estaba a punto de hacerme, pensaría que estábamos haciendo el amor; pero qué va, mi marido tenía otra idea mucho más perversa. Yo estaba desnuda, tumbada de espaldas sobre la mesa del comedor y bien espatarrada, y él sentado justo frente a mi sexo; donde iba a introducir el último juguete que había comprado en la sex-shop: un aparato con la forma -y con el tamaño- de un huevo de gallina que, según él, hacía tres cosas. Vibraba, emitía calor y soltaba descargas eléctricas, todo eso mediante un control remoto. Una vez que consiguió meterlo hasta el fondo de mi vagina me hizo poner de pie, y dar algunos saltos; así comprobó que el aparato, del que únicamente se veía un pequeño hilo que asomaba por mi vulva, como el de una compresa, no se iba a mover de mi interior hasta que él tirase del hilo. Y, satisfecho, me dijo “Ya puedes ir a vestirte; ponte el vestido verde, y unas sandalias bien sexy”.

Mientras me dirigía al vestidor notaba la mirada de Pedro en mis nalgas y en mis pechos, bamboleándose libres al moverme yo, y pensaba en la humillante noche que me esperaba. Pues íbamos a cenar con otro matrimonio, y el vestidito en cuestión era, quizás, el más descocado que había en mi armario: de seda muy fina, corto hasta mitad del muslo o menos, solo sujeto a mis hombros por dos delgadísimas tiras -finas como un fideo- y con un escote de vértigo, que por el centro bajaba hasta el ombligo; dejando al aire la mitad superior, y casi todo el lateral, de mis pechos. Un vestido con el que, aunque yo pudiera, me hubiese sido imposible llevar sujetador; pero no hacía falta ni que me lo plantease, pues una de las primeras normas que Pedro me impuso fue prohibirme llevar ropa interior, en ningún momento. Así que, debajo de aquel vestido, no habría nada; lo que me iba a obligar a tener mucho cuidado al sentarme, o con el viento; no digamos ya si, por mortificarme, mi marido decidía que bailásemos algo un poquito movido. Y no sabía aún qué haría el dichoso juguete en mi vagina; pues lo que el manual indicaba era muy poco detallado: “crear una sensación de calor” también podía significar provocar una quemadura interna, y “emitir impulsos eléctricos” una súbita electrocución.

Llevaba ya casi dos años soportándole, y cada vez me convencía más de que, aunque sabía ser simpático cuando quería, en el fondo Pedro era un sádico de tomo y lomo. Pero, claro, lo nuestro no fue una boda por amor, sino más bien, y como decía la malvada de mi madre, un negocio de prostitución; él quería una mujer de bandera a la que poder humillar y atormentar, y yo una vida regalada. Ambos nos salimos con la nuestra; yo me casé con un hombre que más que me doblaba la edad, con una fortuna que quizás no superase los mil millones de euros, pero se le acercaba mucho. Y él con una real hembra de veintisiete años entonces, que no dejaba a ningún hombre indiferente; sus amigos le decían que yo me parecía una barbaridad a una estrella porno de su juventud, Brigitte Lahaie, y la verdad es que cuando vi algunos vídeos de ella tuve que darles la razón. Pues quizás las dos únicas diferencias entre mi cuerpo y el de Brigitte eran que ella tenía los ojos pardos, y yo verdes; y que mis piernas eran algo más largas, aunque yo solo midiera dos centímetros más. Pero lo que más gustaba a los hombres, de cualquiera de las dos, era parecido: unos pechos grandes, firmes y duros, y un trasero redondo que las dos sabíamos mover de maravilla. Así como una cara dulce y hermosa, que según decía mi marido parecía estar siempre pidiendo un buen polvo.

Pero, claro, no todo iba a ser positivo. Cuando, después de acostarme con él un año, Pedro me propuso dejar de ser su secretaria y convertirme en su mujer, me advirtió que debería firmar antes unas capitulaciones. Y, unos días antes de la boda, me llevó a un notario amigo suyo, Sergio, quien me informó de las condiciones de nuestro matrimonio; lo que Pedro, pomposamente, llamó los siete pilares de mi sumisión. Eran, resumiendo, siete condiciones que me imponía, de las cuales unas eran más fáciles de cumplir que otras: 1) No tener nunca ningún trato sexual con terceros sin su permiso; 2) Llevar siempre mi cuerpo libre por completo de vello, de cuello para abajo; 3) Colocarme un DIU hormonal, tanto para impedir embarazos como para reducir o suprimir mi regla; 4) Estar desnuda tan a menudo como fuese legalmente, y socialmente, posible; 5) No usar jamás ropa interior, y vestirme sólo con lo que él aprobase; 6) Estar siempre disponible para el sexo; y 7) Aceptar cualquier práctica sexual que a él se le antojase, aunque me provocara dolor o humillación. A cambio me ofrecía tres cosas, que junto a aquellas siete él llamaba “nuestros diez mandamientos”: 8) Llevar una vida de millonaria, pudiendo gastar lo que se me antojase; 9) La garantía de que nunca me causaría una lesión grave, o permanente, ni pondría en peligro mi vida o mi salud; y 10) El compromiso de que, cuando él muriese, me convertiría en la dueña de toda su fortuna. Algo que el hecho de que Pedro no tuviera hijos, hermanos o sobrinos, y de que sus padres hubiesen muerto años atrás, facilitaba en gran medida.

Aunque le dije que consultaría con mi abogado, yo ya sabía que iba a aceptar la oferta. Y más aún cuando Sergio me explicó las condiciones en caso de que o él, o yo, decidiéramos separarnos: si yo le dejaba, por el motivo que fuese, recibiría como compensación por el matrimonio un millón de euros por cada año de convivencia. Y si era él quien se cansaba de mí, recibiría el doble; salvo que, como Pedro decía, me hubiese “repudiado” por incumplir alguna de las siete condiciones impuestas. En cuyo caso la compensación volvería a ser de un millón por año; siendo Sergio el árbitro único y definitivo, que yo debía de aceptar como tal, a la hora de valorar si yo había incumplido. Lo cierto es que, al final, no consulté abogado alguno; a los dos días volví, firmé el compromiso ante Sergio, y el mismo día de mi boda comencé a cumplir las condiciones, pues me casé completamente depilada, sin ropa interior y llevando el vestido que Pedro me indicó, escandalosamente corto y escotado. Y durante nuestra luna de miel, que pasamos en su yate -una cosa enorme, que parecía el de un jeque árabe- navegando por el Mediterráneo, no me puse ni una sola prenda de ropa en casi quince días, salvo cuando bajábamos a tierra; algo que, he de reconocerlo, me produjo al principio violentos ataques de vergüenza cada vez que tenía que tratar con los marineros. Pero Pedro parecía no verlos, pues estaba acostumbrado desde siempre a tener servicio; y poco a poco yo me fui acostumbrando a estar desnuda delante de ellos.

Lo mismo me sucedió al regresar, pues Pedro exigía que, tanto en la mansión de Marbella como en el caserón familiar de aquel valle de Álava, yo estuviese siempre desnuda; lo más que me permitía en el caserón era, cuando venían visitas, ponerme encima una túnica blanca, casi transparente, que me llegaba justo al nacimiento de los muslos y permitía ver perfectamente mis grandes y oscuros pezones. Y, en Marbella, como máximo un minúsculo tanga de baño, que cubría apenas mi sexo y se sujetaba a la cintura con dos hilos finísimos: uno que la rodeaba, y otro que, desde la mínima tela frontal, cruzaba por la hendidura de mis nalgas. Eso sí, cuando salía de casa casi siempre me podía vestir, pero siempre debía hacerlo de un modo lo más descocado posible y sin ropa interior: faldas muy cortas, blusas desabrochadas hasta el ombligo, …; incluso en ocasiones, cuando hacía algo más de frío, me había llevado de compras completamente desnuda, sin otro vestuario que mis zapatos, unas medias sujetas con liguero y un abrigo de piel. O me había hecho presentarme así en su despacho, para recogerle e ir a algún lugar; en esas ocasiones la lucha contra todos los empleados que, viendo mi aspecto sofocado, pretendían hacerse cargo de mi abrigo era agotadora.

En cuestión de sexo, sin embargo, no podría decir que Pedro fuese un semental; dos o tres veces por semana, y gracias, se notaba que ni su edad ni su estado físico le permitían grandes alegrías. Supongo que por eso empezó a pensar cosas cada vez más crueles, como aquello del huevo; el mero hecho de verme desnuda casi todo el tiempo, o de humillarme, ya no le debía resultar suficiente para excitarse. Al principio los cambios fueron pequeños, pero muy perceptibles: por ejemplo, a veces me castigaba -incluso sin motivo aparente- mandándome a dormir al lúgubre sótano de aquel caserón alavés, desnuda y encadenada; dentro de una especie de celda de la inquisición que allí había, y sobre un suelo de tierra cubierto de paja. Se aficionó a ponerme pinzas en los pezones, y a veces me tenía horas con ellas; hasta que yo le suplicaba, con lágrimas en los ojos, que me las quitase, y entonces él lo hacía con inmensa satisfacción. Pues el dolor que provocaba el regreso de la sangre al pezón, que llevaba horas allí aprisionado, era terrible; y mis aullidos de dolor parecían inspirarle, pues esos días casi siempre, antes de dormir, teníamos sexo. El siguiente paso fue empezar a hacer intervenir a los criados en sus juegos sexuales; por supuesto sin licencia para penetrarme, pero sí para humillarme. Así, y en la mansión de Marbella, a veces les ordenaba que me lavaran y secaran después de bañarme en la piscina, y en alguna ocasión me había mandado ayudar a los jardineros en su labor de regar, podar o segar; lo que yo hacía, por supuesto, siempre completamente desnuda.

II – La cena en casa de Andrés

Una vez que el maldito huevo estuvo colocado y yo me vestí, aunque fuera tan sucintamente, él se puso su smoking y el chófer nos llevó hasta la mansión marbellí de uno de los mejores amigos de Pedro, Andrés; según había entendido, tenían negocios comunes desde que eran jóvenes, y compartían un gusto similar en cuestión de mujeres. Pues la de Andrés, Esmeralda, era incluso más joven que yo, y tenía unos pechos enormes. Por el camino Pedro hizo unos primeros ensayos del nuevo aparato, provocándome con ello unos breves sobresaltos; pero, por el momento, parecía que ni la vibración ni la electricidad eran excesivamente potentes, y el calor de momento no lo probó. O, al menos, yo no había notado que lo hiciera. Cuando llegamos a la casa de Andrés el mayordomo nos hizo pasar al porche, y observé que Esme -así se hacía llamar- llevaba exactamente el mismo vestido que yo, pero en color azul; como no era posible que fuese una coincidencia, supuse que nos los habían elegido por el color de los ojos, pues los de ella eran azules. Andrés notó que yo me daba cuenta y, sacando de su bolsillo un mando a distancia como el de Pedro, me dijo “Hoy vamos a jugar a un nuevo juego. Yo le daré el mando de Esme a tu marido, y él me entregará el tuyo; y las dos sólo tendréis una manera de detener el tormento: quitaros el vestido. Eso sí, la primera que lo haga hará perder a su pareja, y además tendrá que pasar el resto de la velada desnuda; hemos apostado un poco de dinero, y lo perderá aquel cuya mujer se desnude primero”.

Conociéndolos a ambos, pensé que se habrían jugado una barbaridad, seguro; la última vez que les vi cruzar una apuesta se jugaron 50.000 euros al resultado de un partido de fútbol. Pero para mí el problema no era el dinero que Pedro pudiera perder, que no le vendría de ahí, seguro; era más bien que no me apetecía nada pasar la noche desnuda, con ellos tres vestidos y sabiendo que Andrés nunca me había visto más destapada que con aquel vestido verde. Lo que, justo era confesarlo, ya era ir muy destapada; pero al menos permitía un mínimo, muy mínimo, de modestia. Al momento ellos se intercambiaron los mandos, y los dos comenzaron a explorar su posibilidades; yo noté como mi huevo vibraba cada vez más, hasta llegar a un punto en que parecía que todo mi cuerpo se sacudía. Y, sobre todo, que la vibración hacía crecer en mí lo que parecía un orgasmo; notaba como mis secreciones bajaban por ambos muslos, y la cosa empeoró cuando nos indicaron que nos levantáramos de nuestros asientos y nos colocásemos de pie, allí frente a ellos dos. Yo lo hice roja de vergüenza, por el espectáculo que daban mis muslos empapados, pero Esme lo estaba pasando peor: pues Pedro había optado por algo más doloroso, y la  cara de ella mostraba auténtica desesperación. Poco duró, sin embargo, mi alegría, pues mi orgasmo en formación se vio cortado en seco por un calambre muy fuerte, que me contrajo todo el bajo vientre y a punto estuvo de tirarme al suelo; le siguió al poco otro más largo, pero menos intenso, y después uno de muy prolongado. Yo me sujetaba el vientre con las manos del dolor, y me di cuenta de que, al hacerlo, el vestido se me había subido un poco, con lo que enseñaba mi sexo a los dos hombres; pero en aquel momento lo que menos me importaba era eso. Y tampoco le importaba a Esme, claro, pues la oía gemir amargamente, y su cara estaba tensa y llena de lágrimas.

Finalmente perdí yo: mi torturador conectó la resistencia interna del aparato, y fue aumentando la temperatura de aquel huevo hasta que tuve la sensación de que mis entrañas ardían en una brasa. Intenté resistir como pude, retorciéndome de dolor, pero aquello no paraba; y, aunque podía ver por el rabillo del ojo que a Esme le sucedía lo mismo, seguramente Andrés conectó antes la función de calor que Pedro. Así que con un grito desgarrador separé las manos de mi dolorido vientre y, dando un único tirón, me quité el vestido por la cabeza, quedándome desnuda frente a ellos. Bueno, desnuda y cubierta de sudor, pues el esfuerzo había sido sobrehumano. Andrés, todo un caballero, apagó de inmediato el huevo, y comenzó a aplaudir; pero Pedro, posiblemente muy enfadado por su fracaso, siguió castigando el vientre de Esme. Por lo que ésta, que de seguro ya no podía más, hizo lo mismo que yo: cogió cruzando  las manos la corta faldita del vestido y, de un tirón hacia arriba, se desnudó por completo, pues como yo no llevaba ropa interior alguna. Andrés aplaudió otra vez, y nos dijo “Aunque Pedro ha hecho trampa, él ya sabe que yo he ganado la apuesta, y seguro que cumplirá como un caballero. Ahora bien, yo había previsto que solo una de las dos se desnudaría; pero ahora que os veo así me parece que habéis tenido una idea brillante. Id a bañaros a la piscina, así os refrescaréis; pero primero venid a que os quitemos los huevos de la vagina”. Y, cuando vio que yo iba hacia Pedro, añadió “No, cada una a su mando”.

Lo cierto es que, aunque yo ya me había acostumbrado a que los mozos del establo tocasen mi cuerpo desnudo, plantarme frente a Andrés, separar mis piernas y dejar que, tirando del hilo, sacase el huevo de mi vagina fue una de las cosas más humillantes que nunca había hecho; así que en cuanto terminó me fui corriendo hacia la piscina, que estaba a pocos metros de aquel porche. No sin oír como Andrés le decía a Pedro “Buenas tetas; no tan grandes como las de Esme pero muy firmes. Me encanta verla correr, es un placer ver como se bambolean”. Sin pensarlo dos veces, y sobre todo para escapar un rato a sus miradas, me tiré de cabeza al agua; estaba a una temperatura perfecta, y al poco se me unió Esme, con la cara aún colorada por lo que había tenido que dejar que Pedro le hiciera. Tras nadar un rato me dijo “No sé cual de los dos es más cruel, pero Andrés nunca me había hecho pasar tanta vergüenza”; a lo que yo le contesté que Pedro también se iba volviendo cada vez más perverso, y que yo suponía que tenía que ver con su menguante condición física. Pues, aunque no hacía caso y seguía comiendo, bebiendo y fumando lo que le daba la real gana, los médicos ya le habían dado más de un toque de atención; a sus casi setenta años tenía todos los indicadores habituales disparados: colesterol, triglicéridos, tensión, azúcar, lo que fuese. Y el cardiólogo le había advertido que, de seguir así, no tardaría mucho en tener un disgusto serio, pues había desarrollado una insuficiencia.

Pero aquella noche los disgustos nos tocaban a Esme y a mí. Después de unos diez minutos de baño nuestros maridos se acercaron a la piscina con sendas toallas enormes, y nos dijeron que saliésemos ya del agua; lo hicimos sin demasiado convencimiento y, una vez fuera, se repitió lo mismo de antes, pues Pedro empezó a secar a Esme y Andrés a mí. Lo hizo con todo detalle, y deteniéndose sobre todo en mis pechos, mi trasero y mi sexo; para cuando le pareció que ya era bastante yo me sentía como si me hubiese dado un masaje, más que no un mero secado. Ambos quitaron las toallas de nuestros cuerpos casi a la vez, y manteniendo el cambio de parejas nos tomaron de la mano y, con gran caballerosidad, nos llevaron hasta la mesa del cenador; que estaba allí al lado del porche, también frente a la piscina y al aire libre. Una vez los cuatro sentados los camareros comenzaron a servir la cena; pude comprobar que, para Esme, parecía ser la primera vez que se exhibía desnuda ante ellos, pues se mantuvo roja como un tomate durante toda la cena, y casi no probó bocado. Por cierto que todo estaba buenísimo, y los vinos exquisitos; se notaba que Andrés entendía de ellos, y que no le detenía nunca el precio de lo que le apetecía beber.

Al acabar volvimos al porche, a tomar el café y los licores, y de camino vi como Pedro cuchicheaba con Andrés, y luego que ambos reían. Una vez todos sentados Pedro nos dijo “Andrés ha aceptado concederme la revancha, pero esta vez haremos un cambio: cada una de vosotras tendrá el mando de la otra. Y, como ya estáis desnudas, habrá que buscar otra manera de certificar quien pierde. Así que será la primera que se tire a la piscina. Pero os sería muy fácil apiadaros la una de la otra, y daros solo leves toques hasta que una hiciera ver que no puede más. Así que hemos pensado en un castigo especial para la derrotada: unos buenos azotes en el trasero. Que, además, os dará uno de los criados; según Andrés es todo un experto. Y no me preguntéis cuántos, o con qué instrumento os los dará; la que pierda ya se enterará cuando le llegue el momento, perded cuidado. Esme, ven a que te vuelva a poner en la vagina el aparato; y tú Alicia, ve con Andrés”. Yo me levanté de inmediato, y aunque muy colorada me acerqué a Andrés, me senté justo a su lado en el sofá y abrí mis piernas al máximo, adelantando el trasero para facilitarle así la inserción. Pero Esme no se movió, y empezó a llorar quedamente. Andrés hizo como que no se daba cuenta, me colocó con mucho ceremonial el aparato en el fondo de mi vagina y luego, con un suspiro de fastidio y haciéndome un gesto para que no me moviese de mi posición, se acercó a Esme. Y le dijo algo al oído, mientras miraban ambos mi sexo ofrecido; al instante Esme puso cara de susto y, sin más trámite, abrió sus piernas al máximo, adoptando la misma postura que yo mantenía. Lo que Pedro aprovechó para acercarse a ella y, sobándola muchísimo más de lo estrictamente necesario para la operación, colocar en su vagina el otro huevo.

De nuevo nos pusieron de pie frente a ellos, y en cuanto nos dieron a cada una el mando respectivo noté que mi vientre se contraía con un calambre terrible, inhumano, que además no se detenía nunca; presa de aquel horrible dolor olvidé incluso encender mi mando, que cayó al suelo, y al poco yo le seguí. Pero Esme no soltaba el botón, y yo me retorcía del dolor en tierra; tuvo que ser Andrés quien, cogiendo el mando de su mano, puso fin a mi tormento. Tras lo que se giró a Pedro, quien asentía con la cabeza, y le dijo “Creo que coincidimos en que la perdedora es Alicia, aunque no haya saltado a la piscina. Pero tal como Esme se ha tomado este duelo, la pobre hubiese muerto electrocutada antes de poder llegar al agua”. Y luego a mí: “Descansa un poco, y cuando el vientre te deje de doler ya te aplicaremos el castigo que te has ganado”. Mientras le escuchaba me daba cuenta de que nunca había sido azotada, y de que por primera vez desde que me casé tenía, más que vergüenza, auténtico miedo. Pero las condiciones de mi matrimonio me impedían negarme a ello, pues estaba claro que Pedro asentía a mi castigo; así que observé en silencio, desde el suelo, como dos camareros traían hasta allí una especie de potro como los de los gimnasios, muy pesado, y lo sujetaban firmemente a unas anillas en el suelo del porche. Tras lo que los mismos hombres me levantaron y me colocaron sobre él, boca abajo; atando luego con correas mis manos y mis pies junto a la base de cada una de las cuatro patas del aparato, y sujetando mi cintura al centro del potro con otra. Lo que me dejó allí inmovilizada, con mi trasero y mi sexo completamente expuestos y orientados hacia los asientos; pues la postura a horcajadas sobre el aparato me obligaba a tener las piernas muy separadas.

Entonces se acercó otro camarero, de aspecto oriental, que llevaba en la mano una vara que parecía hecha en madera, de un centímetro de grueso y algo menos de un metro de longitud total, mango incluido. Se colocó justo al lado de mi trasero, como a medio metro, y miró a Andrés, quien le dijo “Wang, para la señorita es la primera vez, así que no sea usted muy cruel. Vaya dando golpes, que ya le diremos cuando nos parezcan suficientes”. Y, antes de dar la  orden de que comenzase a golpear, acercó mucho su cara a la mía y me dijo “No vamos a juzgar el castigo por tus gritos, sino por las marcas que deje en tu trasero. Te lo digo porque, si quieres, te puedo poner una mordaza. Pero si te apetece gritar hazlo tanto como quieras; nadie más que nosotros va a oírte, y te aseguro que no vamos a parar por eso. Lo haremos sólo cuando las heridas en tus nalgas nos aconsejen detener la vara”. Yo le hice que no con la cabeza, y al punto escuché un fuerte silbido, y noté un golpe tremendo justo en el centro de mis posaderas. En menos de un segundo nació, donde el golpe recibido, un dolor intensísimo, lacerante; tenía la sensación de que me habían desgarrado ambas nalgas por la mitad, y que luego les habían echado un irritante: vinagre, sal o algo parecido. Aunque muy sujeta logré contorsionarme como una loca, como tratando de soltarme, mientras chillaba a pleno pulmón; y noté como todo mi cuerpo comenzaba a sudar copiosamente, mientras suplicaba a Pedro “No puedo; por favor, desátame. Haz conmigo lo que quieras, pero por favor esto no. Te lo ruego!”. Y no sé cuantas cosas más del mismo estilo, a las que él ni se dignó responder.

El segundo golpe cayó algo más arriba que el primero, más cerca de mi grupa, y llegó cuando empezaba a calmarme; pero obviamente volvió a desatar el mismo infierno de dolor, contorsiones, chillidos y sudor. Cuando volví a estar quieta llegó el tercero, cruzando ambas nalgas de arriba abajo y de derecha a izquierda; luego el cuarto también cruzado, pero al revés. El quinto me provocó aún más sufrimiento, si eso era posible, pues lo recibí justo en la base de mis dos nalgas, donde nacen los muslos; tanto me debatí en mis correas que uno de los camareros -me di cuenta entonces de que estaban todos allí, disfrutando del espectáculo- se acercó a verificar las sujeciones del potro. Y a partir de ése perdí la cuenta, además de la voz; para cuando Andrés ordenó al verdugo que se detuviera yo estaba absolutamente reventada de dolor, bañada en sudor y afónica de tanto gritar, y solo podía llorar entre hipidos. Podía ver que Pedro y Andrés, que se habían levantado y acercado a mí, discutían sobre las marcas de mi trasero, mirándolas de muy cerca; y logré oír que Andrés decía algo que me dejó alucinada: “Siempre es mejor que, la primera vez, la esclava solo reciba golpes de escasa potencia, y nunca demasiados. Aunque está bien que tema el castigo, tampoco se trata de aterrorizarla; tiempo habrá para que vayas incrementando la fuerza, y la cantidad, de los golpes, conforme aumente también su tolerancia. Y, a partir de ahí, puedes comenzar a castigar otras partes de su cuerpo, y a usar el látigo. Lo esencial es que vaya asimilando el dolor, y lo asocie al placer que viene después. Por cierto, te perdono la deuda si me invitas el día que estrenes el látigo en ella; sus pechos están diciendo “azótame!” desde que la conocí”.

III – Mi marido se vuelve un auténtico semental

A partir de ese momento mis recuerdos son confusos; creo que, cuando me soltaron del potro, alguien me cargó sobre su espalda como a un fardo, y llevó mi cuerpo desnudo y maltratado hasta el coche. Quizás fue Pedro, no lo sé; lo siguiente que recuerdo es encontrarme tumbada boca abajo, como siempre desnuda, sobre nuestra cama de matrimonio, mientras él untaba mi trasero con una especie de pomada espesa. Que de seguro alivió mi dolor, porque poco después me quedé dormida; y para cuando me desperté -en la misma posición sobre la cama- ya era de día. Fui al baño a orinar, convencida de que mi trasero había sido destruido; pero cuando miré en el gran espejo de pared que allí tenía, ayudándome con un espejito de mano, pude ver que estaba muy marcado, sí, pero que no había sangre en ninguna parte. Conté una docena de estrías, algunas anchas como mi dedo y que cruzaban mis nalgas de lado a lado; otras más horizontales, desde una casi en la grupa hasta la que, sin duda, más me había dolido, que dibujaba un surco violáceo en el nacimiento de mis muslos. Pero no había tampoco infección, y la piel solo me dolía si la tocaba con los dedos; aunque lo haría también, suponía yo, cuando me sentase sobre algo.

Estaba en plena inspección de mi herido trasero cuando entró Pedro en el baño, muy sonriente; me dio los buenos días y, con obvias ganas de sexo, comenzó a meterme mano. Mientras con una me sobaba los pechos, la otra se introdujo entre mis piernas, y comenzó a masturbarme; lo cierto era que a mí no me apetecía nada en absoluto hacerlo, con mi trasero en ese estado, por lo que pensé que me lo quitaría de encima con una felación. Me puse de rodillas frente a él, desabroché su bata, saqué su pene por la abertura del pijama, y me puse a chupar con decisión; hasta conseguir en poco tiempo que su miembro, de unas dimensiones muy normales, estuviese tieso como un poste. Algo que últimamente le pasaba más a menudo; aunque no había encontrado ninguna medicina en su armario del baño, yo sospechaba que estaba tomando algo que mejorase su vigor sexual. Él no se dejó engañar por mi ímpetu al chupar, y cuando se notó a punto separó mi cabeza, me levantó, me dio la vuelta y me penetró desde detrás; en la postura que a él más le gustaba, en su propias palabras “como a las perras”. La penetración no me hizo daño, pues aunque poco yo algo había lubricado, pero cuando empezó a bombear dentro de mí los golpes de su ingle en mi trasero me hicieron ver las estrellas. Afortunadamente no aguantó demasiado, y en no más de un par de minutos eyaculó; al acabar se retiró, me hizo que limpiara su pene con mi boca y me dijo que me esperaba en el porche, con el desayuno, y que no tardase.

Yo me di una ducha, aprovechando para lavarme la vagina por dentro, y al acabar me sequé y me fui al porche, por supuesto completamente desnuda. Tan desnuda que ni siquiera llevaba zapatillas; él decía siempre que “desnuda” quería decir sin nada en absoluto, “ni siquiera con una tirita en una herida”. De camino avisé a la cocina, y enseguida nos trajeron el desayuno; yo me senté con mucho cuidado en una de las sillas del porche, que tenían un cojín mullido como asiento, teniendo cuidado de añadirle el de otra silla. Me dolió un poco al apoyar el trasero, pero pude soportarlo; igual que soporté de forma estoica las indisimuladas miradas del camarero hacia las marcas de los golpes de vara en mis posaderas que, pese a estar yo sentada, asomaban por los laterales del cojín. Y al poco de empezar el desayuno Pedro se embarcó en un discurso que me hizo temer lo peor: “Desde la primera vez que te vi que he soñado con azotarte; tienes un cuerpo que parece pensado para los azotes. Pero no veía la manera de explicártelo; temía que el miedo te venciese, y prefirieses perderme que someterte a los golpes. Pero por suerte se me ocurrió hablarlo con Andrés; él me confesó que es su práctica sexual favorita, y que aunque aún no ha empezado a azotar a Esme, con otras ha llegado a hacer auténticas locuras. Sabes que a veces les azota los pechos con la vara, o en el sexo? Y que está aprendiendo, con un instructor experto, a usar el látigo largo? Creo, además, que pega con auténtica saña; no los golpecitos de saludo que ayer te dieron a ti. Ahora que has empezado podremos explorar ese campo; poco a poco, ya verás, pero no tardarás mucho en soportar los golpes más fuertes, y no en el culo, que lo aguanta todo; en tus pechos, tu sexo o tus muslos. Dicen que ahí es donde más duele; ya me lo contarás”.

Como tenía trabajo desayunó rápido, y después de decirme que para mis heridas el sol era lo ideal, y que tenía en un estante del baño la crema que la noche anterior me había puesto en el trasero, se marchó a toda prisa. Yo acabé y volví al baño, a untarme la crema; luego seguí su consejo, y bajé a la piscina a tomar el sol. Enseguida vi que no era el mejor día, porque los chicos que hacían la jardinería estaban allí; pero como no era la primera vez que me veían desnuda me olvidé de ellos. Craso error, porque a partir de que me vieron llegar de lejos no tuvieron ojos para otra cosa; y tan pronto como vieron las marcas de mi trasero -imposibles de ocultar, pues precisamente yo las había expuesto a pleno sol al tumbarme boca abajo- no pararon de revolotear alrededor de mi tumbona hasta que fue la hora de marcharse. Y, cada vez que yo me levantaba para meterme en el agua, su labor se detenía por completo; aún más cuando volvía a salir, con mi desnudez bien empapada. Pero al final se marcharon, y como media hora después noté una mano que, por entre mis nalgas, se dirigía a mi sexo; me giré, sorprendida, para encontrarme frente a mi marido, en un bañador tipo eslip que no podía disimular su gran erección. Se lo quité y, después de lamer un rato su miembro, le hice sentarse en la tumbona donde yo había estado, me senté sobre él y comencé a cabalgarle; mis pechos rozaban con los pelos de su tórax, lo que me excitaba mucho, y esta vez sí que logré llegar al orgasmo. Pero no por eso él se detuvo; siguió taladrándome con gran energía, y unos minutos después inundó mi vientre de semen. Tras lo que me levantó, me dio un beso y se tiró a la piscina.

Su exhibición de facultades no terminó ahí, pues después de comer me dijo que se iba a hacer la siesta, añadiendo con un guiño “Ven!”; y tan pronto entramos en el dormitorio me tumbó sobre el respaldo de un sillón y me estuvo montando más de diez minutos, dando unos empujones tan fuertes que no me parecía él. Logró sacarme otros dos orgasmos, y para cuando terminó yo tenía el trasero dolorido de los empujones, y todo mi cuerpo agotado de tanto sexo. Por suerte aquella tarde tenía un compromiso, pues iba a ayudar a una amiga que había montado un acto benéfico; así que me di un baño relajante, con unas sales que me escocieron un poco en las heridas de las nalgas, pero que usé porque el envase decía que tenían propiedades cicatrizantes. Y luego le pedí a Pedro que me dijese qué debía ponerme; para mi sorpresa eligió uno de los vestidos más discretos que tenía en el armario, aunque ya buscó la manera de hacerlo más indecente. Pues era un vestido camisero, abotonado por delante desde el cuello hasta el final de la falda, que llegaba a las rodillas; la solución que encontró fue desabrocharme los botones de arriba hasta el que quedaba justo debajo de mis pechos, incluido, y los de abajo hasta el que quedaba justo frente a mi pubis, también incluido. Con lo que, si andaba un poco deprisa, enseñaba mi sexo; si me inclinaba hacia delante, el pecho entero; e hiciera lo que hiciera, al moverme hacía evidente el bamboleo de mis senos debajo de aquella fina tela. Una vez que me tuvo vestida a su gusto me hizo levantar la parte trasera de la falda, volvió a untar crema cicatrizante en mis posaderas, y luego me dijo “Mañana vamos a hacer una excursión muy interesante. Te voy a llevar a un sitio que me ha recomendado Andrés; es un amigo suyo que fabrica látigos, fustas, varas, y toda clase de material para dar azotes. Quiero que te vea, y que nos aconseje como marcar mejor tu cuerpo; nos preparará un plan de trabajo progresivo, para que aprendas a soportar cada vez más dolor”.

Pasé la tarde, la verdad, más ocupada pensando en la excursión del día siguiente que en la tómbola de mi amiga; pero por suerte mi papel allí era hacer de florero, de “señora de…”. Tan distraída estaba que, en más de una ocasión, me di cuenta de que estaba enseñando mucho más de lo que debía; incluso una vez mi amiga me llevó aparte y me dijo “Alicia, ya sé que no soy quién para decirte como vestir, pero quieres decir que no has venido un poco descocada? Tienes a todos los hombres que hay en el local pendientes de tu escote, eso lo reconozco; y antes me ha parecido ver tu sexo por la abertura de la falda. En serio, no crees que deberías abrochar algún botón más?”. Yo le agradecí su franqueza, pero me salí por la tangente; le dije que era una especie de juego erótico que hacía con mi marido, que a él le ponía muy cachondo, y Isabel -así se llamaba mi amiga, que tendría unos cincuenta años de edad- me sonrió abiertamente, y me contestó: “Si yo pudiera conseguir con eso que mi marido me volviese a tocar, ni que fuese un ratito, sería capaz de ir desnuda a misa”. Las dos nos reímos un montón, y yo continué a lo mío: pensar en la excursión del día siguiente, y enseñar mis pechos y mi vulva a todos los que hiciesen algo de esfuerzo por verlas. O incluso sin que lo tuvieran que hacer: bastaba con que me mirasen un rato. Hasta que llegó la hora de irse; momento en que todos los hombres de la sala se fueron acercando a despedirse de mí, y me parece que alguno lo hizo hasta dos veces.

IV – En casa del guarnicionero

Aquella noche siguió la misma tónica ahora habitual, pues mi marido me penetró antes de la cena, cuando llegó de trabajar, y otra vez antes de que nos fuésemos a dormir; esta última, para mi sorpresa, por el ano, algo que solo había intentado una vez conmigo, y que él mismo dejó correr porque le pareció “poco erótico”. A la mañana siguiente me montó otra vez, aunque por delante y mientras nos duchábamos; cuando terminamos de desayunar le pregunté qué debía ponerme para ir a visitar aquella tienda de instrumentos de tortura, y me dijo “Nada en absoluto. La idea es determinar qué instrumentos son más adecuados para azotar tu cuerpo, y para eso tienen que poder verlo y tocarlo. Así que, si te vistieras, solo ibas a llevar la ropa durante el viaje en coche; y, como el Rolls tiene los vidrios tintados, no hace falta: nadie te va a ver desde fuera”. Yo, claro, le obedecí, y me subí desnuda al coche; pero con una terrible sensación de incomodidad, pues me había ya acostumbrado a estar desnuda en casa, pero salir de ella sin mi ropa me seguía produciendo una mezcla de temor y vergüenza insuperable. Pues en casa siempre tenía a mano alguna prenda con la que taparme, si fuera necesario; pero una vez que abandonaba aquella relativa seguridad mi desnudez quedaba del todo expuesta, a merced de lo que Pedro quisiera hacer conmigo. Pues nada le hubiera impedido, por ejemplo, dejarme a la vuelta un kilómetro antes de la casa; y hacer que lo recorriese desnuda, ante las miradas de todos los vecinos. Maldad para ello le sobraba; solo faltaba que se le ocurriese.

Circulamos como media hora, y al llegar al sitio pude ver que la tienda estaba relativamente a las afueras, que se llamaba “Guarnicionería La Jaca” y que tenía, sobre todo, productos para la equitación. Entramos, y dentro nos esperaba Andrés, acompañado de un hombre muy delgado, con un delantal de cuero, que me presentó como José. Quien, tan pronto como solté su mano, se puso a tocarme por todo el cuerpo, pellizcando y acariciando mientras tomaba notas en un bloc; cuando se cansó le dijo a Pedro que podía estar orgulloso, que yo tenía la piel perfecta para el látigo, y se fue hacia la parte trasera de la tienda. En la cual, mientras tanto, se había formado un pequeño barullo de gente, pues supongo que no era habitual ver allí a mujeres desnudas; y menos aún haciendo lo que a continuación me hicieron. Pues José regresó cargado con un montón de látigos, fustas y varas, al menos dos docenas; y durante un buen rato se dedicó, ante la mirada atenta de Andrés y de Pedro, a darme golpes con aquellos instrumentos. No excesivamente fuertes, pero bastante dolorosos, y en todos los rincones de mi cuerpo; incluso algunos en mi dolorido trasero, los que más me dolieron, y otros en mi sexo. Para lo que Andrés, siempre tan solícito, me ayudó levantando una de mis piernas hasta la altura de su pecho, permitiendo así que el azote alcanzase de lleno mi vulva. Una vez que José hubo probado todos aquellos instrumentos que había traído descartó unos cuantos, y se los llevó otra vez hacia dentro; pero al cabo de un buen rato regresó con otro montón nuevo, y volvimos a comenzar con aquellos ensayos. Hasta que, quizás otra hora más tarde, terminó de darme golpes, y se pronunció sobre su decisión; Pedro sonrió, y le dijo que nos llevábamos todos los que había declarado óptimos.

Para entonces la tienda estaba ya hasta los topes de gente; al parecer la noticia había corrido como la pólvora, y todo Marbella estaba allí para ver como me pegaban. Pero aún no habíamos terminado; pasamos a otra habitación donde había toda clase de artefactos para sujetar a las víctimas mientras eran azotadas, y una vez más me tocó probarlos casi todos. Potros, cruces de San Andrés, parrillas, cepos, cadalsos, todo lo imaginable; otra vez José indicó sus preferencias, y Pedro las dio por buenas todas. Yo ya creía que, por fin, eso era todo, pero quedaba aún la parte más pesada; salimos a la calle, cruzamos el patio donde habíamos aparcado el coche y entramos en lo que parecía una herrería. Donde se inició de nuevo el ritual de pruebas, pero esta vez usando cadenas, collares, grilletes, esposas y todo tipo de ingenios pensados para privar de libertad a las mujeres; ya llevábamos tanto rato allí que yo no podía aguantar más las ganas de orinar, y se lo dije a Pedro. Aunque mejor que no lo hubiese hecho, porque él me sacó al patio, me llevó al lateral del edificio y me dijo que orinase allí. Lo que, ahora sí que roja de vergüenza, no me quedó más remedio que hacer; ante al menos dos docenas de mirones me agaché, me dejé ir y luego me limpié con un pañuelo de papel que me pasó el chófer, con gesto servicial.

Al volver a la herrería me esperaba la última humillación, pues Pedro había decidido que yo me llevaría puesto un juego completo de cadenas, collar y grilletes. Como José me dijo, “Es importante, si va a llevarlas mucho tiempo, que se comience a acostumbrar a su peso. Al principio parece mucho, y sobre todo los grilletes le harán algunos roces, pero se sorprenderá al comprobar cómo, al cabo de unos meses, ya casi ni se acuerda de que las lleva”. Yo no iba, claro, a ponerme a discutir allí en público, pero la idea de llevar durante  meses unas cadenas que, por el aspecto de las que estaban preparando para mí, debían de pesar entre diez y quince kilos, me parecía una barbaridad. Así que de momento me dejé hacer: primero el collar, de acero brillante y alto de unos tres o cuatro centímetros, por quizás medio de grueso; luego los grilletes de muñecas y tobillos, en el mismo material y diseño aunque, claro, algo más pequeños. Y por último las cadenas que lo sujetaban todo: una nacía en el collar y bajaba hasta mis rodillas, donde se bifurcaba en dos, hasta ambos tobillos. Y otras dos salían de la principal, a la altura de mi ombligo y hacia ambos lados, con algo menos de un metro de longitud cada una. Todas unidas con unos candados también de acero a los respectivos grilletes o al collar; en cuyas dos mitades había sendos salientes redondos, con un agujero en su centro, que una vez cerrados servían para fijarlos junto con el eslabón inicial de la cadena, dejándome así encadenada e indefensa.

Cuando acabaron de cerrarlos le entregaron a Pedro las llaves, con mucha ceremonia, y me dijeron que me moviese; y yo comprendí de inmediato qué significa estar “cargada de cadenas”. Pues cualquier gesto con mis brazos me suponía un esfuerzo suplementario importante, y el mero hecho de caminar se convertía en algo agotador. Además, claro, de que todos aquellos herrajes hacían, al moverme, un ruido inconfundible, ominoso. Pero logré caminar de vuelta hasta el vehículo, y entrar en él sin tropezar; y una vez que Pedro subió emprendimos el camino hacia casa. Solo de arrancar noté que a él la nueva “decoración” de mi desnudez le excitaba muchísimo, porque bajo la cremallera de sus pantalones había aparecido un bulto inconfundible; pero pensé que al menos esperaría a llegar a casa. No fue así, claro, y enseguida empezó a tocar mi sexo, y mis pechos, con intenciones obvias; yo me arrodillé frente a él -en la parte trasera del coche había espacio de sobra- y, tras bajarle la cremallera y extraer su miembro erecto, comencé a hacerle una felación. Pero no me dejó que me entretuviese mucho rato, pues al poco me hizo alzarme y, dándome la vuelta, me empaló de un golpe en su erección. Y, entre la vibración del auto y mis propios movimientos, en pocos minutos llegué al orgasmo; él aguantó algo más, pero antes de superar la entrada de la urbanización donde estaba nuestra finca ya me había inundado con su semen.

V – De como alcancé la viudedad

Al llegar a casa, y bajar del auto, lo primero que pude observar fueron las caras de sorpresa del servicio; supongo que se habían ido acostumbrando a verme siempre desnuda, pero aquello no se lo esperaban. Yo interpreté mi papel a la perfección, y al apearme comencé a darles instrucciones para la comida como si nada hubiera cambiado; mientras lo hacía notaba como el semen de Pedro resbalaba por mis muslos, y me daba perfecta cuenta de lo primero que el chófer, una vez estuviesen todos en la cocina, les iba a explicar. Aunque en aquel momento yo tenía otra prioridad: lavarme; y a ello me puse tan pronto como logré llegar a nuestro cuarto de baño, dejando un rastro de sonidos metálicos por toda la casa. Una vez limpia bajé de nuevo, pues Pedro me había dicho que me esperaría en la piscina; allí, cuando llegué, me dijo que me metiese en el agua e intentase nadar. “No te preocupes, si te hundes yo te sacaré; quiero ver si eres capaz de hacerlo encadenada”. Estuve un buen rato probando, y lo cierto era que el peso de aquellas cadenas tendía, de manera irremediable, a llevarme hacia el fondo; pero si nadaba al estilo braza -con mis muñecas encadenadas al cuerpo los otros tres estilos quedaban descartados- con cierta decisión lograba mantenerme a flote un rato. Pues al menos los pies sí los podía mover adelante y atrás, según las normas de aquel estilo; y los brazos, aunque sólo parcialmente, también.

Cuando la comida estuvo servida salí del agua, Pedro me secó con una gran toalla y pasamos al comedor de verano. Mientras comíamos la ensalada de marisco, y mi marido me contaba aburridas historias sobre sus negocios, yo pensaba en la extravagante imagen que habríamos ofrecido a cualquiera que nos pudiese ver; además del servicio, claro, que disfrutaba del espectáculo en primera línea. Pues parecíamos un matrimonio rico convencional, comiendo y bebiendo vino caro mientras nos servían los criados; pero el detalle de que yo estuviese desnuda y cargada de cadenas le añadía un toque de originalidad. Y, porqué no, de erotismo; lo cierto era que yo empezaba a estar mojada, y no por efecto del baño. Pedro se dio cuenta de eso, pues ya me conocía; cuando yo me excito mis pezones se ponen duros como piedras, y sin ropa me resulta del todo imposible ocultar mis copiosas secreciones. Y a partir de aquel momento no dejó de contarme cosas eróticas, en particular las que pensaba hacer a la que él llamaba “su perra encadenada”. Así que, tan pronto acabamos de comer y sin tomar café siquiera, me llevó al dormitorio y me volvió a penetrar; lo cierto es que me sorprendió el ímpetu con el que me montaba, y sobre todo el tiempo que tardó en eyacular. Suficiente para que yo alcanzase un primer orgasmo, bastante rápido, y un segundo que coincidió con su eyaculación.

Pasé el resto del día sola, pues Pedro tenía que ir a trabajar; me dediqué a leer, a tomar el sol y luego a darme otro baño en la piscina, aunque teniendo cuidado de no moverme de la parte donde el agua no me cubría. Lo que, dada la inmensidad de aquella piscina, era suficiente trozo como para poder incluso nadar; y, además, era la que tenía la gran escalera de acceso al agua, hecha de obra y con forma redondeada. Cuando mi marido regresó, ya cayendo la tarde, me di enseguida cuenta, por su cara, de que había tenido alguna de sus ideas malévolas; y así fue, pues en cuanto me sequé me llevó al garaje y me encadenó en uno de los lados, uniendo con un candado una cadena que salía de la pared al hueco de mi collar. Antes de irse me dijo “Hoy serás una esclava de plantación, encadenada en el establo y esperando al amo. Puede que venga o puede que no, pero lo que me importa es que te sientas vulnerable: serás golpeada, o tal vez penetrada? Ambas cosas, quizás?”. Yo le seguí el juego, pero la verdad es que el enorme bulto en sus pantalones me hacía evidente la respuesta; aunque, pensé con un escalofrío, él hasta ahora no me ha pegado nunca, pero es capaz de empezar esta noche. Me equivocaba: al cabo de un rato vino uno de los criados con una gran bala de paja, la colocó en el suelo frente a mí y, cogiéndome por una de mis cadenas, me hizo tumbarme boca abajo, con mis pechos aplastados sobre ella. Y enseguida llegó mi marido con una erección rampante; me penetró con gran energía, yo casi diría que con violencia, en esa posición, y estuvo un buen rato taladrándome hasta que logró su orgasmo. Tras lo que se apartó, y se fue sin decir una palabra; dejándome a mi muy frustrada, pues estaba a punto de alcanzar el mío. Pero al cabo de un poco, y viendo que nadie me decía nada, me incorporé como pude y me senté en el suelo, apoyando mi espalda contra la bala de paja; allí mismo, y con mi mano, concluí lo que Pedro había dejado a medias.

Entonces aún no lo sabía, pero esa fue la última vez que vi a Pedro con vida. Al regresar de mi orgasmo, realmente intenso, estuve aún un rato sentada allí, mirando los cientos de pequeñas heridas que las briznas de paja habían hecho en mis pechos, mi vientre y mis muslos. Pero como seguía sin hacerme caso nadie, y además se apagaron las luces del garaje -dejando sólo las de emergencia- acabé por quedarme dormida, tumbada entre la bala de paja y el suelo de cemento. Desperté ya con luz de día, sobresaltada; por todas partes se oían voces, y carreras de gente, y al cabo de un poco uno de los camareros entró al garaje y me dijo “Señora, me temo que algo le ha pasado al señor; por más que insisto no me responde”. Yo le dije que buscase la llave del candado que me sujetaba a la pared, y se fue a por ella; tardó un buen rato, durante el cual distintos miembros del servicio se acercaron a contarme lo mismo: que Pedro no respondía. Finalmente regresó el primero, con unas gigantescas tenazas de cortar cadenas; y tras decirme que no encontraba la llave procedió a cortar un eslabón, próximo a mi collar, de la que me sujetaba a la pared. Yo salí corriendo, dentro de lo que mis cadenas permitían, y cuando llegué al dormitorio me di cuenta de que mi marido había sufrido un ataque al corazón, y además hacía ya horas: estaba frío y tieso, y tenía una especie de espuma, como una babilla, en su boca entreabierta. Exactamente los síntomas que yo había visto, años atrás, en una tía mía que murió de infarto.

De inmediato llamé al servicio médico de emergencias, y mientras los esperábamos me puse a buscar las llaves de mis cadenas. No tuve éxito, pero sí encontré lo que, supuse yo, mató a Pedro; en el cajón de su mesita de noche había una caja de Viagra 100, a mitad, y otra vacía al lado. Eso quería decir que, en los últimos dos o tres días -los que hacía que le había notado mucho más activo sexualmente- se había tomado al menos tres o cuatro al día, si no más; y de las más potentes, que él siempre lo hacía todo a lo grande. Mientras pensaba esto, y seguía buscando las dichosas llaves, de pronto irrumpieron en la habitación unos sanitarios uniformados; supongo que eran gente habituada a ver de todo, pero el espectáculo que yo debía ofrecer, desnuda, encadenada y con el trasero surcado de marcas de vara, logró distraerles por un momento de lo que habían venido a hacer. Yo murmuré algo sobre un juego erótico, y sobre no encontrar las llaves, y ellos se pusieron a explorar lo que, obviamente, ya no era sino el cadáver de mi marido. De hecho no se estuvieron mucho con él; el médico que parecía dirigir el grupo se me acercó, y tras darme su pésame -yo estaba segura de que recordaría aquel momento toda su vida- me preguntó qué había pasado. Yo se lo conté todo, insistiendo en mi estancia en el garaje mientras él se moría; conforme le explicaba los detalles me iba poniendo cada vez más colorada, y para cuando uno de sus ayudantes llegó, y le dijo que el muerto llevaría así como mínimo seis horas, yo estaba al borde de ser quien necesitase atención médica. Pero aún tuve presencia de ánimo como para enseñarle el cajón de la mesilla; viendo lo cual el médico me dijo “Supongo que tiene usted razón, en especial si su marido ya tenía previos problemas cardíacos; debió de consultar a un médico antes de tomar eso. Y en ningún caso podía tomar tantas como usted dice, ni siquiera alguien joven y sano lo aguantaría. En cuanto hagamos la autopsia lo sabremos; de momento lo único seguro es que ha muerto de un infarto fulminante, más o menos poco después de la medianoche”. Y tras decirme eso se marcharon todos, llevándose el cadáver con ellos; yo les acompañé hasta la puerta y pude oír, mientras subían a la ambulancia, como se reían a carcajadas.

Tan pronto les perdí de vista reanudé la búsqueda de las llaves, pero al cabo de una hora me di por vencida; así que hice llamar al camarero que me había desenganchado de la pared del garaje y, con las mismas tenazas, me fue quitando uno a uno los candados que mantenían prisionera mi desnudez. Cuando me vi completamente libre fui a darme una larga ducha, para quitarme todos los restos de paja de mi cuerpo -incluso notaba que olía a ella- y luego me vestí; sin ropa interior, por supuesto, pues en toda la casa no la había, pero con algo más de recato del habitual. De hecho, me puse el mismo vestido que llevé a la tómbola benéfica, pero abrochándolo de una manera normal: dejando sueltos sólo los dos botones de más abajo, y los dos de más arriba. Luego cogí mi bolso, con todas las tarjetas de crédito, llamé al chófer y me fui de compras; creo que, a lo largo de aquel día, debí de comprarme más ropa que en mis casi dos años de matrimonio. Sobre todo ropa interior: bragas, sostenes, bodys, camisones, camisas de dormir, …; para cuando mis pies ya no podían más comí en un lujoso restaurante al que íbamos a menudo, y luego seguí llenando el maletero del coche con bolsas y bolsas de las tiendas más caras. Y, cuando al anochecer regresé a casa, empecé a hacer las llamadas imprescindibles; primero a Andrés, el mejor amigo de Pedro, quien me sorprendió diciéndome que ya lo sabía. Luego al administrador de los bienes de mi marido, para que organizase las exequias; y, claro, la transferencia de todos los activos que existiesen a mi nombre. Y por último a Sergio, el notario, para que preparase los papeles de la herencia; tras muchas condolencias, me confirmó que él tenía el testamento de Pedro, y que pondría en marcha los trámites.

Al día siguiente me llamaron del juzgado, y por supuesto acudí vestida como la ocasión requería: zapatos negros de medio tacón, un vestido plisado negro, de falda larga y bien abotonado en el cuello, y bolso a juego; aunque me permití una frivolidad, ponerme el mayor brillante de mi joyero: una piedra tan grande que, en la mano de alguien menos rico, sin duda habría parecido falso. Me recibió el juez de guardia, quien después de muchas más condolencias me dijo que la autopsia había confirmado mi sospecha: Pedro murió hasta las cejas de Viagra; tanto esfuerzo le exigió a su corazón enfermo -el juzgado había recibido su historial médico, que recogía la insuficiencia cardíaca que sufría hacía tiempo- que éste reventó. Así que ya podíamos enterrarlo; lo que, con gran pompa y asistencia de un montón de personas que yo no conocía de nada, hicimos al día siguiente. Me harté de recibir pésames, y de agradecerlos; al parecer un montón de gente conocía a Pedro, y o bien le apreciaban, o bien estaban allí para asegurarse de que lo metíamos bajo tierra. De ellos los únicos a quienes yo conocía eran el administrador de los negocios de mi marido, Sergio el notario y su amigo Andrés; quien se me acercó a dar el pésame con Esme y con una señora bastante mayor: más de setenta años, muy delgada y con cara de pocos amigos. Esme la contemplaba con lo que parecía auténtico espanto, y Andrés me la presentó como una vieja amiga de Pedro llamada Pauline; ella me dio una mano pequeña y muy huesuda, y con bastante acento francés me dijo “Siento mucho la muerte de Pedro, para mí era como un hijo. Pero ocasión tendremos de hablar en el futuro; pues muy pronto podremos conocernos mucho mejor”. Yo le sonreí, pensé que no entendía a qué se debía referir, y seguí saludando a la gente; hasta acabar mucho rato después con la mano dolorida, pero por fin libre de todos ellos. Y de mi marido, claro está.

VI – En la notaría de Sergio

Dos o tres días después me llamó Sergio, diciendo que ya lo tenía todo a punto; y concertamos una cita para aquella tarde. A la que acudí de nuevo con mi mejor disfraz de viuda desconsolada, claro. La notaría estaba en pleno centro histórico de Marbella, en una especie de palacete decorado de modo muy lujoso; recuerdo que el saloncito donde me hicieron esperar unos minutos estaba lleno de retratos al óleo muy antiguos, algunos de pintores cuyos nombres recordaba del colegio, y que parecían auténticos. Cuando Sergio vino al poco a buscarme me di cuenta de lo distinto que era de mi marido, aunque ambos fuesen de similar edad: el notario era un hombre alto, esbelto y muy guapo, y por su forma de hablar se notaba que tenía una gran cultura. De hecho, como al entrar vio que yo estaba mirando uno de aquellos cuadros, me hizo una larga explicación sobre el personaje retratado -al parecer un banquero de hacía unos cuantos siglos- y el autor del retrato; alguien holandés, pero que no era uno de los pocos pintores de aquel país cuyos nombres me sonaban: Rembrandt, Van Gogh, Vermeer y poca cosa más. Así que lo olvidé al instante de oírlo, aunque seguí escuchándole con mi sonrisa más seductora; la mantuve mientras, cruzando una antesala donde estaba sentado su secretario personal, me hizo pasar a su despacho.

Una vez sentados, él tras su mesa y yo en una de las butacas que había justo enfrente, y después de que repitiese sus condolencias y me contase otra vez lo mucho que apreciaba a Pedro, y viceversa, entró en materia: “Como ya debes imaginar y convinisteis los dos en su día, tu recibirás todos los bienes relictos del difunto. No puedo decirte aún cuánto, pues el administrador está haciendo el inventario, pero quizás pase de los mil millones netos. Ahora bien, tengo que advertirte que el legado está sometido a condición, que figura en un codicilo anexo; si no la cumples los bienes irían a beneficencia, según una lista que el mismo Pedro confeccionó. Y tú recibirás únicamente lo que pactasteis en su día: dos millones por año de convivencia, pues -pese a que obviamente es una ficción jurídica- él es quien ha roto unilateralmente la unión; puedo decirte que, con su habitual generosidad, Pedro especificó que las fracciones se te pagasen como años enteros. Aunque, en este caso y al no haberse aún cumplido los dos años de matrimonio cuando falleció, te corresponderían cuatro millones de euros”. Yo me quedé de una pieza; sobre todo con lo de la generosidad de mi marido, claro. Y como antes de acudir me había informado un poco, con un abogado amigo mío, con la misma sonrisa le pregunté que cómo era aquello posible; si según la ley a su viuda le correspondía, como mínimo y al no haber hijos, el usufructo de dos tercios de la herencia. Pero Sergio, claro, sabía más Derecho que yo.

“Tendrías toda la razón si tu marido hubiese tenido otra vecindad civil, pero Pedro nació en un pueblo del valle de Ayala, Amurrio, en la provincia de Álava, y siempre ha tenido esa vecindad, que era la de sus antepasados; de hecho, los dos ibais a menudo a pasar temporadas en la casona familiar, te acuerdas? Pues el caso es que los vecinos de ese valle, por lo que dispone el artículo 89.1 de la ley de Derecho Civil Vasco, al testar pueden, y te lo leo literalmente, “disponer libremente de sus bienes como quisieren y por bien tuvieren, por testamento, donación o pacto sucesorio, a título universal o singular, apartando a sus legitimarios con poco o mucho”. Así que, en este caso, tu condición indiscutible de legitimaria, incluso de legitimaria única, solo te permite reclamar esos cuatro millones que te he dicho antes. Salvo, claro está, que cumplas las condiciones que él te ha impuesto para poder recibir todo el resto de bienes relictos”. Ahora sí que me quedé patidifusa, pues el sentido común me decía que un notario no me iba a engañar en eso; pero, de todos modos y por si acaso, le pedí que me dejase hacer una llamada de teléfono. Sergio, todo un caballero, salió al instante de su propio despacho, dejándome allí sola; y yo llamé a mi amigo abogado, un antiguo admirador mío que seguía soñando despierto con que algún día yo me fijaría en él. Pero, para mi gran disgusto, me confirmó la información: “Lo único que podrías hacer es impugnar su vecindad civil, alegando que vivía en Marbella. Pero si tú misma me dices que pasabais largas temporadas en la casona, y que él nació en el valle y es hijo de amurrioarras, me parece que lo único que ibas a conseguir sería tirar el dinero en abogados”.

Cuando Sergio volvió yo aún estaba dándole vueltas a la cabeza, pero había una cosa que tenía clara: yo no había aguantado todas las humillaciones y tormentos -bastaba con ver mi trasero- de Pedro, durante dos años, para irme ahora únicamente con cuatro millones. Menos lo que Hacienda se quedase, claro; por lo que igual acabarían siendo dos millones y pico. Así que lo primero que le pregunté fue si sería posible conocer la condición, o las condiciones, antes de tomar una decisión, pero él me dijo que no; aunque por una razón muy comprensible: “En el momento en que incumplas una condición pierdes el derecho a la masa de la herencia, y recibes los cuatro millones alternativos. Por lo que da lo mismo que las conozcas antes o no; si te niegas a cumplir alguna el efecto es el mismo que si, aún con tu mejor voluntad, no lograses hacerlo. Y te puedo adelantar que son más de una, y sucesivas; algunas de más duración y otras puntuales, y en ocasiones habrás de cumplir varias a la vez. Pero no hay ninguna prisa, piensa que para liquidar a Hacienda tenemos seis meses, y yo calculo que cumplir con todo lo que Pedro te exige se puede hacer en un par o tres. Así que, si quieres, piénsalo bien, y volvemos a hablar de ello dentro de unos días”. Para qué, le dije, lo que me quede por soportar de Pedro, cuanto antes lo sufra mejor; por lo que él, con una sonrisa comprensiva, abrió un sobre lacrado que tenía sobre la mesa, y comenzó a leer su contenido: “Alicia, si Sergio te está leyendo esto es que estoy muerto. Ya comprenderás cómo lo siento, pero ahora ya poco se puede hacer. Sabes, siempre supe que no te casaste conmigo por amor, sino por el cochino dinero; así que se me ocurrió que, si me moría joven, pondría a prueba desde el otro mundo tu auri sacra fames. No te asustes: no es que de pronto, al morir, me haya vuelto culto; me lo enseñó Sergio, significa algo así como la codicia de oro. Pero no divago más: si quieres mis mil millones vas a tener que ganártelos, cumpliendo todas mis condiciones. Así que aquí va la primera: sal al antedespacho, desnúdate completamente, entrega tu ropa al secretario de Sergio y regresa aquí; cuando te sientes de nuevo, coloca tus piernas sobre los brazos del sillón, de forma que tu coño mire directamente hacia mi querido amigo. Solo entonces, Sergio, podrás seguir leyendo”.

Conforme avanzaba en la lectura Sergio se iba poniendo más colorado, y cuando llegó a lo de desnudarme carraspeó violentamente, y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para leerlo; es más, tan pronto como acabó se deshizo en excusas de toda clase: ya comprenderás que no fue idea mía, pero me debo a mi cliente, por mí no tendrías que hacerlo, pero mi obligación es dar fe de si se cumple o no,… Cada vez estaba más azorado, así que decidí cortar por lo sano, y le dije “No te preocupes, Sergio, de todos los amigos y empleados de mi marido tu secretario y tú debéis ser los únicos que no me han visto desnuda aún; no pasa nada, ojalá que todas las condiciones sean así”; tras lo que, muy decidida, salí de su despacho. Pero, al pasar al antedespacho, me encontré con algo que no esperaba: el secretario estaba hablando con un repartidor de mensajería, al que explicaba las entregas que tenía que hacer, y por el montón de carpetas que tenían delante había para rato. Así que me armé de valor, y después de desabotonar mi vestido negro -hasta el pubis- lo bajé y me lo quité por los pies; luego desabroché mi sujetador, lo aparté, y dejé caer mis bragas hasta el suelo; para, tras bajarme de mis zapatos, agacharme, recoger del piso zapatos y bragas, hacer un hatillo con todas mis prendas y entregárselo al secretario. El cual, igual que el mensajero, me miraba con cara de pasmo, incapaz de decir una sola palabra. Yo les sonreí, algo colorada -me lo notaba-; luego le pedí al secretario que me guardase aquella ropa, y volví a entrar en el despacho. Donde me encontré que Sergio, muy caballerosamente, miraba hacia los papeles como si no quisiera verme. La verdad es que eso me facilitó el siguiente paso: volver a sentarme en el sillón y, colocando mis corvas sobre los dos reposabrazos y el trasero lo más adelante posible, espatarrarme al máximo. Y, una vez estuve así, le dije “Por favor, comprueba que he cumplido la condición”; lo que él, más avergonzado incluso que yo, hizo con un breve vistazo, para volver enseguida a refugiarse en sus papeles.

Tras otro largo carraspeo, el notario siguió leyendo: “La segunda prueba va también de eso: a partir de ahora, y hasta que cumplas con todas las demás, seguirás estando desnuda; siempre y en todo lugar. Incluso si has de salir de casa; ya te las apañarás, y recuerda mi definición de “desnuda”… Todo el personal a mi servicio, y todos los empleados de mis empresas, han sido advertidos de esa condición, y también de que, el que le mande a Sergio una fotografía -que sea posterior a mi muerte, claro- en la que aparezcas vestida con algo, por mínimo que sea y en cualquier lugar, recibirá 50.000 euros de premio. Y eso se aplica también a cualquier otra persona que la aporte; ya se ocuparán mis miles de empleados de difundir la noticia. Así que procura ir con mucho cuidado, no perdieras la fortuna por ese pequeño detalle”. Hasta aquí llegó la modestia de Sergio, por cierto; tan pronto como acabó este párrafo levantó la vista hacia mí y, por la razón que sea, decidió que ya podía disfrutar del panorama. Con lo que, a partir de aquel momento, casi hizo lo contrario que hasta entonces: miraba todo el rato hacia mi desnudez, en particular a mi vulva abierta y ofrecida, y cuando no tenía más remedio -para leerlos- a los papeles. Pero al fin continuó: “De ponerte a prueba se van a ocupar, sobre todo, tanto Andrés como mi vieja amiga Pauline; por supuesto contando con la ayuda que necesiten de terceros. De hecho, a partir de ahora la única función de Sergio será comprobar que tú has cumplido las instrucciones que ellos te den. De las que Sergio tiene una copia, aunque de momento nada más puede revelarte. Pronto recibirás la visita de Andrés, y pondrás en marcha con él la siguiente fase de tu tarea”.

Aunque le costó muchísimo decirlo, pues era evidente que ahora estaba disfrutando la situación, Sergio dejó el papel y me dijo que él no podía, por el momento, informarme de ninguna cosa más, y que no quería robarme más tiempo; mentiroso, pensé yo, pues al levantarse pude ver que tras la cremallera de su pantalón había un bulto inconfundible. Pero siguió siendo un caballero: me acompañó hasta la puerta del despacho, me besó la mano diciéndome otra vez lo mucho que lo sentía, y tras dejarme salir volvió a cerrar la puerta. Con lo que me dejó otra vez desnuda en el antedespacho; en el que ahora estaban, parecía, todos los empleados de la oficina. Pero yo actué como si lo que había hecho fuese lo más normal del mundo: le pedí al secretario, muy digna, que  advirtiese a mi chófer de que yo saldría por el aparcamiento subterráneo, le dije que podía quedarse mi ropa de recuerdo y me fui de la notaría; eso sí, notando como mi trasero era el blanco de todas las miradas. En el rellano de la escalera no había nadie, por suerte para mí, y el ascensor llegó vacío; pero de camino al sótano hizo una parada, y subieron dos caballeros muy trajeados. Quienes no dijeron nada, en absoluto; de hecho, la amena conversación en la que estaban entretenidos cuando las puertas se abrieron se detuvo como por arte de magia. Entraron en silencio, y me contemplaron con el lógico asombro; y, por qué no decirlo, con bastante lascivia: me fijé en que el más bajo de los dos no podía apartar sus ojos de mis pechos, y tenía unas ganas locas de alargar una mano hacia ellos. O las dos, mejor aún. Pero yo hice como que no los veía, y seguí mirando al frente como es común en estos casos, aunque me notaba bastante sonrojada; y, cuando el ascensor paró en la planta baja, donde ellos salieron, recuperé un poco mi presencia de ánimo: les sonreí, agité un poco mis pechos para regalarles un bonito bamboleo, y les dije “Es algo así como una apuesta, saben? Pero de muchísimo dinero…”. El camino de vuelta a casa sí que fue para mí una auténtica tortura, pues todo el rato trataba de imaginar en qué iban a consistir aquellas pruebas; aunque, conociendo el sadismo de Pedro, sabía que no me iba a divertir precisamente cumpliéndolas, lo cierto era que, de momento, las dos que me habían ordenado eran, aunque bastante humillantes, realizables.

VII – Me convierto en una yegua

El día siguiente lo pasé en casa, bañándome en la piscina y revisando los papeles de Pedro que encontré; aunque, la verdad, eran de poco interés, pues llevaba sus negocios desde la oficina del centro. Dos cosas me llamaron la atención: una carta de la tal Pauline, escrita en francés; que, aunque yo no lo hablaba, pude concluir que era una especie de planificación para mi estancia en algún sitio que no se mencionaba. Y una especie de cuadrante, elaborado de puño y letra de mi marido, en el que había un espacio para la fecha, otro bajo la rúbrica “Cantidad” y luego un listado de todos los instrumentos de azotar que -suponía yo- se había comprado en aquella guarnicionería. Suerte que no le ha dado tiempo a estrenarlo, pensé. Cuando ya estaba cenando recibí una llamada de Andrés, anunciando su visita para la mañana siguiente; yo le ofrecí quedarse a comer, y él aceptó encantado. Aunque no me había dicho a qué hora vendría, por la mañana me levanté temprano, hice mi hora diaria de gimnasia, me duché y desayuné; y luego me fui a la piscina, a broncear mi desnudez mientras le esperaba. Llegó a media mañana, en un momento en que yo me había quedado dormida boca abajo; me despertó con un cachete en una nalga, que no me hizo daño; aunque aún se veían, las marcas de la vara ya no me causaban dolor, y prácticamente no tenían relieve alguno. Algo en lo que él se había fijado, pues tras saludarme lo primero que me dijo fue eso; así como que por favor nos fuésemos a sentar a la sombra, ya que allí junto a la piscina hacía mucho calor. Le dije “Por supuesto” y me levanté, ofreciéndole en el camino al porche -él me venía siguiendo- mis mejores contoneos de trasero, junto con un bamboleo de pechos especialmente intenso; lo que conseguí caminando sobre las puntas de los pies, como si llevase muelles en ellos. Y no lo hacía por maldad, en absoluto; era sólo que me apetecía mucho tener sexo, y Andrés era en aquel momento el único candidato.

Una vez sentados nos trajeron unos refrescos, y después de beber un sorbo Andrés comenzó a explicarme mi futuro: “Te seré sincero: tiempo atrás, cuando Pedro me habló de este proyecto, me ofrecí para ser yo mismo quien te pusiera a prueba. Pero él sospechó que quizás yo no sería lo bastante duro contigo, y tenía toda la razón: me encantaría que alguna de tus pruebas te obligase a hacer el amor conmigo”. Yo me sonrojé como una colegiala a la que meten mano por primera vez; lo que, allí desnuda a su lado y después de lo que me había hecho en su casa, era un tributo a mi estupidez. Pero pude ver que él me lo agradecía; como también agradeció que, tras su comentario, yo separase un poco mis piernas, ofreciéndole una vista completa de mi vulva, en la que empezaban a asomar mis secreciones. Y continuó: “Pero no es así, y yo no quiero abusar de la viuda de mi amigo. Así que la primera parte de tus pruebas la llevará a cabo José, el dueño de la tienda donde Pedro compró todos los instrumentos que pensaba usar en tu cuerpo. Con sus ayudantes, claro, y en su cortijo. No puedo explicarte ahora en qué consistirán, pero sí que allí serás poco más que otra yegua de su ganadería; supongo que te harán pruebas de resistencia física, y cosas así”. Como me intrigó le pregunté a qué se refería, y me dijo “De todo, supongo; desde carreras o esfuerzos hasta el látigo y la fusta. Y seguro que habrá también sexo, no creo que, después de muerto, a Pedro le importe. En fin, pronto saldrás de dudas; mañana a primera hora debes estar preparada, pues vendrán a buscarte los mozos de su cortijo. De hecho tu labor es muy fácil de resumir: debes obedecerles en todo lo que te digan, y de inmediato”.

Aunque seguimos charlando animadamente, tanto antes como después de la comida, la conversación no volvió a mis pruebas; él me explicó sobre todo los progresos de Esme, quien ya lograba soportar -bien atada, claro, me dijo con un guiño- los golpes de vara más fuertes que Wang era capaz de darle. Y también los de la fusta de doma, aquella que consiste en un mango rígido del que cuelga un cordel fino y resistente, rematado en un nudo. Según Andrés, el dolor era muy intenso con ella; pero las marcas que dejaba eran finas, y no duraban más que unas horas, por lo que se podía aplicar muy a menudo. Sin embargo Esme no hacía tantos progresos con el látigo; podía resistir los cortos, aunque su piel aún no soportaba demasiado bien las marcas, y tendía a romperse. Pero el látigo largo aún no: la primera y única vez que lo habían intentado sufrió, después del primer golpe, una especie de ataque de histeria, por lo que lo dejaron correr. Yo le escuchaba con una sonrisa, pero en mi interior me estaba asustando; pues tenía claro que todo aquello lo iban a probar en mí, y con una diferencia: si, por alguna razón, no podía soportarlo, adiós herencia. Así que le hice una única pregunta: “Andrés, verdad que cuando me peguen me atarán bien? Es que no creo que pudiera soportarlo sin estar sujeta, como el día en tu casa…”; pero él se rio y me dijo que eso, en todo caso, se lo tenía que preguntar a José, o a sus empleados. Y cuando ya era como media tarde me dijo que tenía que irse; yo le acompañé hasta la puerta y, como despedida, acerqué su mano a mi sexo y le dije “Mira como estoy de mojada…”. Pero él fue fiel a su amigo difunto y la retiró; aunque solo para, usando ambas manos, dedicar un buen rato a magrear mis pechos. Y después, decirme con su mejor sonrisa “Éstas son lo que más me gusta de tu cuerpo; lo cierto es que tienes unas tetas espectaculares, Alicia, grandes, duras y muy bien colocadas”, para luego marcharse en su coche.

A la mañana siguiente yo aún dormía cuando, recién salido el sol, uno de los camareros entró en el dormitorio para decirme que unos señores me esperaban. Salí al recibidor entre bostezos, y ahí estaban José y dos hombres, ambos con aspecto de trabajadores del campo; ninguno pareció sorprendido por mi desnudez, y José solamente me dijo “Supongo que Don Andrés ya le habrá informado de que ha de venir con nosotros. Acompáñenos”. Yo les seguí hasta su vehículo, aparcado en la entrada; un todoterreno polvoriento, que arrastraba uno de esos remolques para trasladar caballos. Me hicieron pararme frente a la puerta del remolque y, abriéndola, fueron sacando cosas que, de inmediato, procedieron a colocarme: primero una cabezada completa, con sus riendas y su bocado, pero adaptada a la forma de la cabeza femenina. Luego un cinturón del mismo cuero, en cuyos costados había dos grilletes con los que inmovilizaron mis muñecas. En tercer lugar me hicieron inclinarme hacia delante, y separar las piernas; cuando me tuvieron así sacaron del remolque un bote de una grasa espesa, y untaron con ella mi ano, cuidando de que entrase también en mi recto. Y luego cogieron un consolador cónico, con forma de as de picas pero en tres dimensiones, en cuyo extremo plano había lo que parecía una cola de caballo, y lo metieron en mi recto hasta que su parte más estrecha quedó firmemente sujeta por mi esfínter. Y, por último, colocaron dos grilletes en mis tobillos, unidos por una cadena de no más de medio metro.

Una vez preparada, y antes de meterme en el remolque, José volvió a hablarme: “Ya irá recibiendo más instrucciones, pero la tercera prueba es esta: desde ahora usted es un animal, y los animales no hablan. Ni una sola palabra, me ha entendido? La primera palabra que diga será castigada a latigazos; y con crueldad, créame. Pero si hay una segunda vez eso supondrá que no pase usted la prueba”. Yo hice que sí con la cabeza, y él me dijo “Exacto. A partir de ahora solo puede decirnos sí o no; siempre con la cabeza, y solo cuando le pregunten. Como por ejemplo haré ahora: necesita usted ir al baño? Se lo digo porque el viaje puede durar algunas horas…”. Yo hice que no con la cabeza, pues acababa de orinar antes de salir a recibirles, y aún no había desayunado; y él, cogiéndome de un brazo, me metió en aquel remolque, que había sido adaptado a su peculiar carga. Pues al entrar todo mi cuerpo, hasta la altura del cuello, quedó rodeado de una espuma suave tipo foam, que me sujetaba e inmovilizaba allí dentro; y cuando cerraron la puerta noté que, justo detrás de mi cabeza, había más espuma de esa, impidiendo que la moviese hacia atrás. Arrancamos enseguida, y de momento circulamos por autopista; lo suponía yo por lo suave de la conducción, pues lo único que podía ver frente a mí era la pared curvada del remolque. Y, si miraba hacia arriba, un respiradero a través del cual se veía solo el cielo azul. Al cabo de un buen rato la cosa cambió, y empezamos a coger curvas cerradas y a dar botes; lo cual duró más que la autopista, y concluyó con un último tramo, de como media hora, seguramente por una pista -yo veía por el respiradero como se alzaban nubes de polvo- realmente en mal estado. Aunque a mí eso me afectaba poco, pues dentro de mi protección de espuma no me movía casi nada; eso sí, el calor era infernal, y yo estaba sudando la gota gorda.

VIII – Sudando y sufriendo en el cortijo

Cuando el vehículo por fin se detuvo, y me bajaron del remolque, pude ver que efectivamente estábamos en un cortijo. A un lado se veía el edificio principal, y enfrente un gran establo; entre ambos, y cerrando otro de los lados de la explanada en la que estábamos, se veía un picadero redondo, vallado, y por el cuarto lado, abierto al exterior, yo no podía ver otra cosa que campos ondulados con matorral, y algún que otro olivo, hasta el horizonte. Hacía un calor espantoso, y la luz solar era intensísima; mientras yo me habituaba a ella noté que alguien me quitaba los grilletes de los tobillos, pero no los de las muñecas, ni el cinturón o el consolador. José se acercó con un bote de crema, y dedicó unos buenos diez minutos a untarme todo el cuerpo, en especial mis pechos, muslos, sexo y trasero; yo supuse que era crema solar por su olor. Cuando acabó le dijo a un peón “Llévala a sudar un rato”, y el interpelado sujetó una cuerda larga a las riendas de mi cabezada; tirando de ella me llevó hasta el picadero, donde al entrar cogió de la puerta una fusta que allí estaba colgada. Era como la fusta de doma que Andrés me había descrito, pero tanto el mango como el cordel que salía de su extremo contrario eran muy largos, de más de metro y medio cada uno. Él se situó en el centro del picadero y me explicó en qué iba a consistir la tarea: “Vas a correr dando vueltas al tentadero. Al trote, no hace falta que galopes aún; vamos a estar aquí un buen rato, y te cansarías demasiado pronto”; tras lo que me dio un primer golpe con el cordel de la fusta, y yo me puse a trotar sobre el albero.

Mientras corría notaba el escozor que el golpe de la fusta había dejado en mi espalda, y pensaba que ojalá el hombre estuviera satisfecho con mi esfuerzo, y no lo repitiese. Pero estaba muy equivocada, porque al parecer los fustazos formaban parte del ejercicio; cada poco tiempo me sacudía uno, por lo general en la espalda, el trasero o la parte posterior de los muslos; y me di cuenta de que lo hacía de modo completamente rutinario, no para castigarme por nada. Así que me resigné y seguí recibiéndolos mientras corría, aunque cada vez emitiera un gemido de dolor; consolándome al pensar que en el suelo prácticamente no había nada que pudiese herir mis pies descalzos, ya que la arena parecía limpia y muy fina. No sé cuántas vueltas daría, seguro que fueron muchísimas, pues al cabo de lo que me pareció como una hora yo estaba empapada en sudor y agotada, y el consolador en mi recto cada vez me molestaba más; si seguía corriendo era solo gracias a mi buena preparación física. Y, claro, por temor al castigo que, si me paraba, pudiese recibir. Además el bocado de la cabezada resultaba muy incómodo, pues me impedía cerrar la boca, obligándome a babear todo el rato; y, en mi estado jadeante, eso suponía una pérdida de fluidos que aumentaba mi agotamiento. Por no decir lo difícil que resultaba trotar con las manos atadas a mi cintura. Cuando ya pensaba que caería al suelo, exhausta, vi que José se acercaba al picadero mirando su reloj; se apoyó en la cerca que lo rodeaba, mirando con gran interés mi cuerpo desnudo en movimiento y, sobre todo, el bamboleo de mis pechos al trotar, para decirle finalmente al peón que siguiera diez minutos más y luego me limpiara. Aunque pensar en que aún me quedaba todo ese tiempo por sufrir era duro, me alegré porque ya sabía que mi esfuerzo estaba pronto a terminar; así que aguanté como pude, y logré llegar al final del ejercicio sin haberme rendido antes de completarlo.

Cuando, por fin, el mozo me ordenó parar, estaba literalmente muerta; mis piernas casi no respondían por el agotamiento acumulado, y yo sentía un terrible escozor desde los hombros hasta las corvas, fruto del centenar largo de fustazos que había recibido. Y, claro, una sed espantosa, pues entre el sudor y el babeo, unidos al esfuerzo, estaba casi deshidratada. Tirando de la cuerda me sacó del picadero, y me llevó de nuevo frente al establo, donde José y otros dos mozos me esperaban con una manguera; solo de verla se me debieron iluminar los ojos, porque José me dijo “No se crea que ha hecho nada muy especial; una de las pruebas que habrá de superar será trotar dos horas en el tentadero, sin parar, y ahora no ha llegado, aunque por poco, a completar una”. Pero cuando, después de quitarme el cinturón y los grilletes de las muñecas, conectó la manguera y comenzó a rociarme con agua fría, todo lo demás dejó de importarme; ni siquiera el hecho de que los otros dos mozos, armados de cepillos gruesos y jabón, comenzaran a frotar mi cuerpo con energía. Aunque los dos me hacían bastante daño, sobre todo el que frotaba mi parte posterior; pero logré resistir sin una queja, seguramente porque mi boca estaba ocupada, sobre todo y pese al bocado, en recoger tanta agua de la manguera como fuera posible, para bebérmela. Terminada la limpieza me llevaron de las riendas hasta el interior del establo, que al estar a la sombra era mucho más fresco, y me instalaron en un box; donde había, además de mucha paja en el suelo, un cubo con agua y otro vacío. El mozo que me había llevado allí me quitó la cabezada, lo que le agradecí -por dentro- un montón, y sujetó a mi cuello un collar de hierro que colgaba allí al lado, unido a la pared por una larga cadena; luego lo cerró con un candado y se marchó. Yo me lancé a por el cubo de agua, y me lo bebí casi entero; al poco entró otra vez el mozo, con un cubo lleno de una especie de gachas, y lo depositó junto a los otros dos; al ver que me había bebido el agua sonrió, y fue a llenar ese cubo de nuevo.

Aunque yo tenía bastante hambre, y debía ser ya la hora de comer, lo primero que hice fue quedarme dormida, supongo que por el agotamiento. No sé por cuanto tiempo, pero cuando desperté el cubo de comida seguía allí; la probé, y no sabía a nada, pero llenaba el estómago, así que me lo comí casi todo. Para luego volver a dormirme tumbada en la paja, hasta que unos golpes en un pie me despertaron. Era la bota de José, y esperó a que me desperezase del todo para explicarme el objetivo de su visita: “En su estancia aquí tendrá que superar dos pruebas de resistencia, y disponemos como máximo de un mes para que lo consiga. Así que habrá que forzar el ritmo. Una es la del tentadero, que ya le he explicado; la otra es, tirando del buggy, completar un recorrido de unos diez kilómetros por estos montes, y en el tiempo pautado de dos horas y media”. Dentro de un rato la llevaré yo mismo a que lo conozca, sin prisas; así verá, igual que ha hecho esta mañana, lo que debe lograr”. Una vez que hubo dicho esto se acuclilló a mi lado, y comenzó a tocar mis pechos y mi sexo con todo descaro; yo me dejé hacer por miedo al castigo, y él continuó: “A las dos pruebas físicas, y la de mantener el silencio, se añade una cuarta: el día que usted se marche todos los peones del cortijo valorarán lo “cariñosa” que haya sido con ellos, y yo también. He de advertirle que, como máximo, se perdonará un voto en contra; si son dos o más no pasará la prueba”. Al oírle pensé que, quizás no pasaría las dos pruebas físicas, pero esa seguro que sí, y me puse manos a la obra: con mi mejor sonrisa desabroché la bragueta de aquel hombre, saqué su pene ya semierecto y me puse a chuparlo. Él no tardó en ponerse completamente tieso, y entonces me hizo poner a cuatro patas y me penetró desde detrás, de un solo empujón; me hizo un poco de daño, pero en cuanto bombeó un par de veces yo lubriqué, y a punto estuvo de llevarme al orgasmo antes de eyacular en mi vagina.

Cuando se fue pude descansar otro rato, pero como una hora más tarde vino un peón a buscarme, llevando el mismo cinturón con el que yo había llegado al cortijo. Me lo colocó, y antes de sujetar mis manos me quitó el collar; una vez quitado sentí que sus manos paseaban lentamente por mis pechos, en dirección a mi cintura, y pensé que era una buena ocasión para acumular puntos positivos: me puse de rodillas frente a él y, tras abrir su bragueta, saqué un miembro realmente grande, y bastante erecto. Me lo metí en la boca hasta donde pude, y comencé a chupar y lamer con decisión; no tardó más de dos o tres minutos en, con un gruñido, descargar una copiosa eyaculación en mi boca, que me tragué siguiendo su orden directa en tal sentido. Luego me puse de pie, él me sujetó las muñecas al cinturón, me puso la cabezada y nos fuimos hacia otra parte del establo, donde se guardaban los carros. Allí me enganchó, utilizando otros dos anclajes del mismo cinturón y entre las dos varas de tirar destinadas al caballo, a un buggy; un carro pequeño de dos ruedas, muy ligero, en el que sólo había un asiento para una persona, con un pequeño tejadillo para que al pasajero no le diese el sol. Una vez enganchada salimos al patio, y al tirar de aquel carro por primera vez noté que no me costaba casi nada, pues vacío era realmente ligero; otra cosa sería, claro, con una persona sentada en él, pero lo cierto era que José no parecía muy pesado. Enseguida salí de dudas, pues él se subió al buggy solo de salir nosotros al exterior; llevaba en la mano una fusta como la que su colega había usado en mí en el picadero, pero algo más corta, y con un fustazo me ordenó arrancar. Obedecí de inmediato, claro, pero no sin darme cuenta de tres cosas: una, que arrastrar el buggy con José dentro era una cosa muy diferente que tirar de él vacío, sobre todo cuando el camino se empinaba un poco. Dos, que andar descalza por los caminos no se parecía de nada a trotar en el albero, pues allí fuera sí que había muchas cosas que me laceraban los pies; sobre todo piedras, pero a veces también alguna rama de matorral. Y la tercera, que los varazos iban a ser mucho más dolorosos, pues al estar él a mi espalda los daba por encima de mis hombros y sobre mi parte frontal; impactando el cordel en mis pechos, mi vientre y, si me golpeaba bajo y de lado, mi sexo y mis muslos.

Al cabo de como media hora yo ya no podía más, y sobre todo en las cuestas perdía velocidad hasta casi pararme; sin que los constantes fustazos le sirviesen a José para otra cosa que no fuera arrancarme gemidos de dolor. Y el paisaje tampoco ayudaba, pues solo se veía sol, polvo y matorral; todo ello con el acompañamiento de miles de cigarras, que no paraban de cantarle al calor espantoso que hacía. Así que, finalmente, en una cuesta no pude más y me detuve. Al principio José probó de hacerme arrancar redoblando los fustazos, pero cuando se dio cuenta -después de como una docena de ellos- de que yo ya ni gemía, y mi cuerpo temblaba, se levantó del asiento y se acercó a mí. Yo estaba llorando quedamente, casi más por ver perdida mi herencia que por otra cosa; pues me parecía imposible, visto lo que llevaba recorrido, poder algún día hacer diez kilómetros en dos horas y media bajo estas condiciones. Supongo que debí de darle pena, porque me dijo “No se preocupe, es normal. Piense que esta mañana ha trotado una hora al sol por primera vez, y que ésta es también la primera vez que tira usted del buggy. Y, para su información, le diré que ha completado unos dos kilómetros en cuarenta minutos; eso supondría hacer los diez en tres horas y veinte minutos, que es demasiado para superar la prueba. Pero está bastante bien para ser la primera vez. Ahora volveremos por donde hemos venido; a ver si es capaz de reducir un poco el tiempo que emplea”. Me dejó descansar aún otro par de minutos, y luego emprendimos el regreso; en el que, imagino que por saber que esta vez iba de vuelta hacia la relativa comodidad de mi box, apreté el paso, logrando hacer el camino en poco más de media hora.

Mientras, una vez desenganchada del buggy, recibía la dosis habitual de manguerazos, enjabonado y cepillado, pensaba que no era tan mal resultado: setenta y cinco minutos para cuatro kilómetros, lo que supondría algo más de tres horas para hacer los diez kilómetros. Siempre, claro, que fuese capaz de mantener el ritmo tanto rato; porque si tenía que pararme un poco cada dos kilómetros me iba a ser imposible. Eso sí, había una cosa que, seguro, me permitiría mejorar los resultados: que dejasen de pegarme. Como esta vez los fustazos habían caído sobre mi parte frontal podía ver el resultado, y lo cierto era que, recién golpeada, mi cuerpo estaba cubierto de docenas de líneas rojas muy finas, que lo cruzaban de un lado a otro; y, en algún punto, un pequeño hematoma donde había golpeado el nudo que remataba la cuerda. Pero, al tener prohibido hablar, no podía ni tan solo pedir que dejasen de hacerlo; así que me resigné, y al llegar a mi box me dediqué a untar en las señales una pomada cicatrizante que me dio el mozo. Con ese espíritu afronté la siguiente semana, durante la cual mi plan de vida fue siempre el mismo: por la mañana picadero, y por la tarde excursión en el buggy; y en la que fui mejorando, conforme entrenaba, mis registros. Y en los ratos libres sexo; después de la advertencia de José, y también porque a mí el sexo siempre me había gustado, yo aprovechaba cualquier ocasión que se presentase para masturbar a los peones con mi boca, mis manos o mis pechos, o hacer que me montasen por delante o por detrás: acabada la primera semana, no creo que mi media de “relaciones” diarias bajase de seis o siete, y quizás se acercaba más a las diez. Pero había algo que, aún entonces, me seguía resultando extremadamente humillante: hacer mis necesidades frente a ellos. Procuraba, siempre que podía, hacerlas en el cubo que tenía en mi box para eso, pero a veces me era imposible aguantarme hasta el regreso; y cada vez que, mientras trotaba o arrastraba el carro, tenía que dejarme ir me ponía roja como un tomate. Lo mismo cuando, mientras me lavaban, me veía obligada a separar las piernas y orinar frente a ellos. Pero lo peor era cuando, alguna vez, las ganas de ir de vientre me sorprendían en pleno ejercicio físico; pues no solo tenía que hacer entender al mozo lo que me pasaba, sino además soportar el humillante proceso de que él me retirase el consolador de mi ano -que yo llevaba siempre, noche y día- y, al acabar, me lo volviese a poner. Lo que todos hacían con gran satisfacción, pero sin ahorrarme nunca los comentarios más humillantes que se les pudieran ocurrir.

IX – La visita de Andrés

Para cuando la primera semana terminó yo ya aguantaba casi hora y media trotando, y podía arrastrar el buggy más de seis kilómetros en menos de dos horas; aunque todavía no haciendo el circuito previsto, sino tres kilómetros y pico de ida, y otros tantos de vuelta. Así que estaba contenta, pues veía que mi objetivo podría cumplirse. Una tarde, cuando yo ya estaba descansando en mi box tras la jornada, además de las frecuentes visitas de los peones a por su sesión de sexo recibí otra inesperada; yo estaba limpiándome, con mis manos y un poco de agua, los restos de semen que me resbalaban por los muslos cuando, al levantar la vista, observé que Andrés estaba en la entrada del box, acompañado por José. Aunque ya sabía que la cadena que me sujetaba a la pared no alcanzaría para que le abrazase incorporé mi cuerpo desnudo, le sonreí, y le dije “Hola Andrés, qué alegría verte!”. Pero no alcancé a decir nada más, pues la cara de horror de José me detuvo; de inmediato bajé la cabeza, y oí como él decía “Ya le advertí de lo que le pasaría si decía una sola palabra. Mañana recibirá su merecido castigo por esto, y recuerde: a partir de entonces no habrá una segunda oportunidad. Durante el castigo será amordazada; y, de mañana en adelante, cuando no lleve la cabezada le volveremos a colocar la mordaza. No me lo agradezca, ya verá qué incómodo resulta dormir con ella; pero vista su evolución esta semana pienso que podrá cumplir las condiciones, y sería una pena verla derrotada por su propia estupidez”. Sus palabras me dieron cierto consuelo, aunque la sola idea de recibir el látigo me provocara un enorme espanto; pues recordaba lo que me había explicado Andrés sobre que Esme había sido incapaz de soportarlo. Pero lo que me acabó de animar fue oír que José, después de explicar a Andrés mis progresos, le preguntó si se quedaría hasta el día siguiente, a contemplar mi castigo; y como él, con gran énfasis, le decía que por supuesto. Para antes de irse, y mirando a mi cuerpo cubierto de finas líneas rojas, decirle “Ya veo, de todas maneras, que latigazos no le faltan ningún día”.

A la mañana siguiente pareció que continuaba la rutina habitual, ya que después del desayuno me llevaron al picadero a trotar; la única diferencia fue que, durante casi todo el rato, Andrés y José se dedicaron a contemplar como corría desde sendas sillas situadas bajo un gran parasol. Lo que me llevó a esmerar mis movimientos, a fin de que Andrés disfrutase del mejor espectáculo que mis nalgas saltarinas, y mis pechos bamboleantes, podían ofrecerle. Al acabar asistió también al ritual de lavado, enjabonado y cepillado, durante el cual tuvo además ocasión de verme sonrojar, pues tuve que aliviar mis ganas de orinar; aunque, en realidad, quizás habría podido aguantar un poco más, hasta llegar al cubo, pero Andrés se merecía sin duda disfrutar aquel momento. Pero por la tarde la cosa sí cambió, pues el peón que me vino a buscar al box no me llevó al buggy, sino a la parte posterior del establo; donde pude ver que alguien había colocado las dos sillas y el parasol frente a un olivo enorme. Al acercarnos vi que, de una de las mayores ramas del árbol, que se extendía a unos tres metros de altura sobre el suelo, colgaba una cuerda; el peón me llevó hasta allí, ató mis dos manos con el extremo de la soga y tiró de ella, hasta lograr que solo las puntas de mis pies tocasen el suelo. Luego se marchó, y al poco volvió con dos cosas: una era la mordaza, que de inmediato me colocó; era de una goma negra y bastante dura, y tenía en su interior un consolador corto y grueso, que una vez dentro de mi boca la llenaba por completo, sin dejarme siquiera mover la lengua.

La otra cosa era un látigo, cuyo aspecto me produjo un escalofrío: negro, trenzado y de más de dos metros de largo, parecía muy pesado y terminaba en varias colas, rematadas por unos nudos como los de las fustas de doma. Pero de momento no me pegó con él; se limitó a dejarlo sobre una de las sillas, y volver a marcharse. Así estuve largo rato, tostándome al sol y con mis brazos cada vez más doloridos por la postura; hasta que vi venir, saliendo del establo, a Andrés, José y el mismo peón que me había colgado allí. Los tres llegaron y, después de que el peón cogiese el látigo, Andrés y José se sentaron en las dos sillas; y entonces éste último me habló: “El castigo que va a recibir es muy severo; piense que este látigo es el instrumento más doloroso de todo nuestro arsenal. Aunque agradezca a Don Andrés que hayamos quitado las puntas metálicas de las colas; por lo general se usa con ellas puestas, y le aseguro que desgarran la carne con saña allí donde golpean. No le adelantaré cuántos latigazos va a recibir, entre otras cosas porque ni yo mismo lo sé; lo decidiré por las marcas de su cuerpo. Ellas me dirán cuando ha recibido suficiente castigo, con mucha más objetividad que todos sus gritos”. Acto seguido hizo un gesto al peón, quien se situó a mi derecha, a cierta distancia y con el látigo ya desenroscado en la mano; pude comprobar que mi estimación anterior se había quedado corta, pues aquella barbaridad seguro que al  menos medía tres metros. Pero poco más tuve tiempo de pensar, pues el hombre alargó el brazo hacia atrás y, con toda la fuerza de que era capaz, descargó el primer latigazo sobre mi indefenso cuerpo desnudo.

El látigo impactó justo en mi cadera derecha, siguió una trayectoria por mi espalda, hacia arriba, y terminó en mi pecho izquierdo, donde rompieron sus colas. La fuerza del golpe me lanzó hacia delante, un poco a mi izquierda; y el dolor apareció de inmediato, mucho más intenso que el que días atrás, en casa de Andrés, me había causado la vara en el trasero: pues sentí como si, a lo largo del recorrido que el látigo había dibujado sobre mi cuerpo, la carne se hubiese ido desgarrando, y la larga y profunda herida empezó a escocerme inmediatamente. Hasta que el efecto fue insoportable, y me arrancó un chillido de dolor que, por efecto de la mordaza, no salió de mi garganta. Pero mi torturador no se detuvo por eso, obviamente, y enseguida lanzó el segundo latigazo: esta vez cruzó ambas nalgas, y las colas terminaron por golpear en mi bajo vientre. El terrible dolor se repitió, y comencé a debatirme en mis ligaduras con auténtico frenesí, pataleando en todas direcciones; pero eso sólo me sirvió para que el mozo, supongo que con experiencia en azotar mujeres desnudas, lanzara el siguiente latigazo por entre mis piernas, golpeando de lleno mis dos muslos y haciendo que las colas del látigo golpearan mi pubis. Tiempo después me di cuenta de lo mucho que le debía a aquella mordaza, porque si ella no hubiese pasado de ese segundo latigazo; hubiera gritado a los cuatro vientos que me rendía. De ser necesario, que renunciaba incluso a mis bien ganados cuatro millones. Pero no podía hacerlo, claro; ni tampoco podía evitar que los golpes siguieran cayendo: uno cruzó mis pechos de lado a lado, otro volvió a colarse entre mis piernas, e impactó de lleno en mi sexo, y no sé cuantos más cayeron sobre mi espalda, mis senos o mi trasero… Al cabo de lo que me pareció una eternidad el mozo se detuvo, y yo me quedé allí colgada, bañada en sudor y con mi desnudez cubierta de estrías profundas de color violáceo; pero mi castigo no había terminado aún, pues el mozo se trasladó a mi lado izquierdo y siguió pegándome. No sé cuantos latigazos más me dio, pero yo ya no me enteraba casi de nada; solo recuerdo que, cuando ya era oscuro, uno de los mozos me descolgó, me llevó a mi box y me untó todo el cuerpo con una pomada. Para después encadenarme a la pared y marcharse; dejándome allí gimoteando, hasta que el agotamiento me venció y caí dormida. O, quizás, más que dormida inconsciente; y de Andrés no volví a saber nada.

X – Las primeras pruebas

A la mañana siguiente José vino a verme, y me preguntó si me veía capaz de seguir con mi rutina diaria. A mí, la verdad, me dolía todo el cuerpo un horror, y me hubiese encantado decirle “Sí, quiero probar, siempre y cuando no me peguen”; pero sabía que eso no era posible. Así que me limité a asentir con la cabeza y, una vez hube desayunado y un mozo sustituyó mi mordaza por el equipo habitual -la cabezada con bocado, el cinturón y los grilletes para las muñecas- volver al picadero, a seguir esforzándome. En esta ocasión con el inconveniente añadido de que, cada vez que mi entrenador me atizaba con la fusta de doma, yo veía las estrellas del daño que me hacía; pues era imposible que golpeara en algún lugar de mi cuerpo desnudo donde el látigo no hubiera dejado, la tarde antes, un profundo surco. De hecho, seguro que mis resultados de aquel día fueron muy discretos, y el paseo con buggy de la tarde resultó incluso más breve que mi primer día; pero al menos lo intenté. Y, conforme me fui recuperando de los latigazos, volví a alcanzar mis resultados habituales, e incluso a superarlos; tanto fue así que, a las tres semanas de estar allí, José me preguntó si ya me veía capaz de superar las dos pruebas. Pues, por mis resultados, estaba muy cerca de hacerlo. Aunque me advirtió de que, igual que sucedió con la de guardar silencio, solo tendría derecho a un fallo; y además debía hacerlas ambas un mismo día, en el mismo orden en que había estado entrenando. Yo, por prudencia, le dije que no con la cabeza, y él me contestó “Le queda algo más de una semana de tiempo; quiere que organice el primer intento para dentro de cinco días, y si no las supera el segundo para el último día?”. Yo hice que sí con la cabeza, y él me dijo con una sonrisa “Así lo haré. Por cierto, en ambas ocasiones estarán de público Don Andrés y el notario; el primero por mero gusto, supongo, y el segundo para dar fe de que lo consigue. O de que no, claro…”.

Los cinco días que quedaban para mi primer intento entrené con todas mis fuerzas, y para la víspera logré, además de trotar las dos horas, completar el circuito con el buggy en dos horas veinticinco minutos. Así que me fui a mi box pletórica, convencida de que lo lograría; algo que los mozos que, como era costumbre ya, se acercaron a saciar conmigo sus bajos instintos seguro que notaron. Pues me comporté con ellos como una verdadera ninfómana; incluso uno terminó por huir de mi lado, entre risas, cuando yo intenté enérgicamente obtener de él una tercera erección, y la consiguiente eyaculación. A la mañana siguiente vinieron a por mí temprano: yo llevaba ya rato despierta, y después de comer mi desayuno me dirigí al picadero con decisión; allí me esperaban José, Andrés y Sergio, éste otra vez haciendo ver que aquello le disgustaba. Pero su actitud no duró mucho: cuando empecé a trotar, y pudo disfrutar del bamboleo de mis pechos y mis nalgas, seguro que hubiese deseado que aquel espectáculo no terminase nunca. Por no decir la cara de placer que ponía cada vez que yo recibía un fustazo, y emitía el correspondiente gemido. Aunque lo principal para mí fue que, aunque acabé sudorosa, sedienta, agotada y cubierta de fustazos, logré trotar las dos horas seguidas, sin interrupción; por lo que Sergio proclamó oficialmente que había superado la prueba. Y yo, dedicando al  público mi mejor sonrisa, me volví al box a descansar antes de la otra.

Cuando me vinieron a buscar por la tarde comprobé que mi público no se iba a perder la prueba del buggy; pues tanto Andrés como Sergio se habían cambiado, y lucían impecables en su atuendo de jinetes, cada uno de ellos sujetando las riendas de un caballo. Una vez me engancharon al buggy, y José se subió en él, ellos montaron, Sergio dio la orden de comenzar, y arrancamos; por mi parte muy feliz, porque veía como algunas nubes ocultaban el sol, y eso haría que pasara menos calor durante el recorrido. Tal como José me había enseñado fui dosificando mi esfuerzo; y cuando él me anunció que llevábamos medio recorrido, y que el tiempo era de una hora y doce minutos, no cabía en mí de gozo. Aunque, por supuesto, estaba cansada, sudorosa y dolorida. Pero cada vez estaba más nublado, y yo temía que, si se ponía a llover, el barro que se formaría en los caminos frenaría mi velocidad; o incluso me podía dificultar, o imposibilitar, mover el buggy. Por lo que aceleré tanto como pude, y quizás me despisté de lo que, siempre, era mi principal interés: vigilar donde pisaba, pues estando descalza una herida lo bastante seria me podía incapacitar para la marcha. Y de pronto, cuando ya se veía a lo lejos el cortijo, sucedió: al poner mi pie derecho en el suelo noté un dolor lacerante; y tuve que detenerme, apoyando el peso de mi cuerpo sobre el otro pie. Las lágrimas caían por mis ojos mientras, con cuidado, sacaba del talón de mi pie lo que parecía un trozo de roca, que se había clavado en él. Enseguida mi pie comenzó a sangrar, pero yo no hice ni caso; ante la sorpresa de mis espectadores seguí tirando del buggy, aunque trastabillando y sangrando bastante por el talón, hasta que logré regresar al cortijo. Y, cuando Sergio anunció el tiempo invertido en la ruta, el terrible dolor del pie despareció como por milagro: justo dos horas y veintisiete minutos.

José me desenganchó del carro y, rápido, me llevó a una habitación de la casa principal, donde un hombre vestido de enfermero me limpió la herida, le dio varios puntos de sutura y me puso una inyección, que yo supuse sería la antitetánica. Yo le sonreí, más que nada porque le conocía de sobras; era uno de los más activos visitantes de mi box, aunque hasta aquel día nunca le había visto con bata. Al poco volvió José, para hacerme una advertencia: “Aunque ha superado usted las dos pruebas físicas, falta aún que votemos la otra, referida a su comportamiento aquí. Voy a quitarle el arnés y la cabezada, y también la cola; pero si quiere, por su seguridad, le pongo la mordaza. Como le dije en otra ocasión, no fuera a ser que lo perdiese todo por una estupidez”. Yo le hice que sí con la cabeza, y él inició el proceso de volver a convertirme en una persona, aunque desnuda: me soltó la cabezada, quitándomela junto con el bocado, abrió mis grilletes y me soltó el cinturón; para luego decirme que me pusiera de costado -estaba tumbada en una camilla- y, después de casi un mes con aquello puesto excepto cuando defecaba, quitarme por fin el consolador con forma de pica. Salió de mi ano haciendo un ruido que me ruborizó un poco, y con algo de materia fecal; aquel día, con los nervios, no había ido aún de vientre, y supongo que el esfuerzo había ayudado a mi intestino a moverse. José no dijo nada, y se llevó todos aquellos aparejos de allí, dejándome unos minutos completamente libre; pero al poco vino con la mordaza de goma y yo incorporé un poco la cabeza, abriendo dócilmente mi boca al mismo tiempo. Él la colocó, acarició un poco mis senos, y se marchó del dispensario.

Al rato llegaron Sergio y Andrés, muy contentos los dos. Sergio me dijo que ya había redactado el acta donde se recogía el cumplimiento de las dos condiciones de tipo físico, y que la cerraría cuando, aquella noche, los peones del cortijo hicieran la votación pública; momento a partir del cual, si me daban su aprobación, la prohibición de hablar también habría terminado. Andrés me felicitó, y me aseguró que, por lo que había podido oír, el voto de los hombres sería unánime; lo que me decía mientras me acariciaba los senos con mucho interés. Así se estuvo un buen rato, bajo la atenta mirada de Sergio, hasta que me anunció que, por negocios, tenía que marcharse ya, y que nos veríamos en Marbella; tras lo que me besó -más bien me chupó- ambos pezones y se fue. Para ser sustituido de inmediato por Sergio, quien comenzó a acariciarme los pechos como si, por habérselo visto hacer a Andrés, le pareciera que eso era lo que él debía también hacer. Mientras me felicitaba, y me explicaba que lo que faltaba era pan comido, se fue envalentonado, y a los pocos minutos su otra mano estaba explorando mi sexo; yo le dejé hacer, pues tampoco tenía forma de quejarme, e incluso separé un poco las piernas para facilitárselo. Pero él no pensaba, por así decirlo, hacerme nada más, porque después de un buen rato de magreo se marchó, mascullando no se qué sobre completar el acta, y preparar la votación. La cual se celebró antes de la cena, y arrojó el resultado que todos esperábamos; únicamente un peón alzó la mano antes de votar que sí, y fue para preguntar, entre las risas de todos: “Qué tengo que votar para que la señora se quede a vivir aquí para siempre?”. Y, una vez completada el acta por Sergio, José me retiró la mordaza con mucha ceremonia, tras lo que me dijo que ya era libre de hablar; pero lo único que acerté a decir, antes de subir mi desnudez al coche de Sergio, fue que muchas gracias a todos.

XI – Regreso a casa por unos días

Por el camino de vuelta pude ver que había estado en algún lugar de la provincia de Córdoba, porque cruzamos el límite con la de Málaga de camino a Marbella; y, aunque yo iba completamente desnuda en el asiento del copiloto, no tuvimos ningún problema, pues ya era de noche y no encontramos ningún control policial. Al llegar a mi casa, y después de saludar al servicio, lo primero que hice fue defecar como las personas, y luego darme una ducha larguísima; cuando al fin me tumbé en mi cama, aunque agotada y dolorida me sentía la mujer más feliz del mundo. Y eso pese a que Sergio, al despedirse, me había advertido de que me quería en la notaría a la mañana siguiente, para organizar la segunda -y última- fase de mis pruebas. Pero no pudo ser: a la mañana siguiente, tan pronto me levanté, un criado me advirtió de que Sergio había llamado, diciendo que le era imposible recibirme; y que, como era viernes, lo dejábamos para el lunes por la mañana. Así que me dispuse a pasar el fin de semana al sol, en la piscina; pues no tenía nada más que hacer, y tampoco me apetecía demasiado pasear mi desnudez por el mundo. Además, durante el desayuno me di cuenta de que un mes desnuda al sol, pero siempre con mi cinturón y mi cabezada, me había dejado un bronceado curiosísimo, ya que se veían perfectamente las marcas del cinturón en mi cintura, y de las cinchas de la cabezada en los laterales de mi cara. Así que me puse a solucionarlo, por el método que me pareció más práctico: ponerme protección solar de la más intensa en todo el cuerpo; menos en las zonas donde se veían las marcas, en las que unté crema de protección mínima. Y, claro, pasar los tres días bajo el intenso sol de Marbella, igualándolas un poco.



Sin embargo, no estuve sola todo el tiempo, pues el sábado a primera hora me llamó Esme, diciéndome si me iba bien recibirla, que quería contarme algo; y que podía aprovechar aquella mañana, pues su marido se había ido a jugar a golf con unos amigos. Yo le dije que por supuesto, y la invité a comer conmigo; no tuve que esperar mucho, pues en como una hora llegó. Iba vestida sólo con un pareo, y cuando se lo quitó en la piscina pude ver dos cosas: que debajo del pareo iba completamente desnuda, como yo, y que tenía el cuerpo surcado de finas líneas rojas, como las que deja la fusta de doma. Al ver que la miraba sonrió, y me dijo “Ayer por la tarde Andrés estuvo un rato haciendo prácticas con la fusta; está empeñado en convertirme en una adicta al dolor; como se las da de políglota dice que yo he de ser su “painslut”, pero la verdad es que yo no tengo nada de masoquista”. Reímos, y yo le conté mis aventuras en el cortijo; y, cuando terminé, Esme me dijo que precisamente había venido por razón de mis siguientes pruebas, y para advertirme de lo que me esperaba con Pauline: “Yo he estado en su mansión, porque Andrés creyó que ella me convertiría en masoquista. Pero no fue así; al contrario, unos días después me tuvo que venir a rescatar, porque yo sufrí como un ataque de histeria. Es la mujer más malvada que he conocido nunca; disfruta haciendo daño a otras mujeres, tanto físico como mental. Ten mucho cuidado con ella”. Yo le agradecí el comentario, pero le dije que no podría escapar a sus garras; al menos sin renunciar a la herencia, y por supuesto no pensaba hacer tal cosa. Y pasamos el resto de la mañana tan felices, tomando el sol, bañándonos en la piscina y charlando de cosas intrascendentes; rematándola con una comida durante la cual Esme, muy púdica, se ató el pareo a la cintura, dejando solo sus pechos a la vista de los camareros.

El lunes por la mañana, a la hora convenida, el chófer me depositó frente al ascensor de la notaría, en el sótano del edificio; cuando se abrieron las puertas iba vacío, pero yo ya sabía que, hasta el octavo piso, podían pasar muchas cosas. Y de hecho enseguida empezaron, pues la primera parada fue en la planta baja, donde a aquella hora había un montón de gente; pero, para mi sorpresa, cuando se abrieron las puertas y todos pudieron ver mi desnudez se produjo un extraño fenómeno: nadie se subió a aquel ascensor conmigo, y las puertas se volvieron a cerrar. Siguió hasta la planta octava sin hacer más paradas, pues era la hora de entrar a trabajar y no de irse; pero al apearme en el descansillo de la notaría encontré otra vez mucha gente. Se produjo un silencio muy incómodo, pero yo pasé entre ellos diciendo “Perdón!” -bastante ruborizada, por supuesto- y fui directa, sin escuchar a la recepcionista, hasta el antedespacho de Sergio; donde su secretario me recibió muy zalamero, y me hizo sentar en una silla que, curiosamente, estaba adosada a la pared que había justo frente a él. Yo premié su cortesía separando un poco mis piernas, para ofrecerle una buena vista de mi sexo, y así estuvimos como diez minutos, en los que el pobre debió de hacer poco trabajo; pues solo tenía ojos para mi cuerpo desnudo. Pero finalmente se abrió la puerta de Sergio y él salió, como siempre muy caballeroso; me besó la mano cuando me puse de pie y me llevó hasta el sillón frente a su mesa, donde yo adopté la postura convenida: las corvas sobre los reposabrazos y el trasero adelantado, ofreciéndole a Sergio mi sexo completamente expuesto. Él me sonrió, me dijo algo sobre lo muy guapa que estaba tan morena -las marcas del cinturón y de las cinchas casi habían desparecido, y un mes de sol intenso me había dejado francamente morena- y sin más continuó con la lectura de las condiciones.

“Si estás escuchando esto será que has superado las cuatro pruebas en el cortijo, y que también vas cumpliendo las dos condiciones que te puse antes de eso. Felicidades, ya sabía yo que tú, por dinero, eres capaz de cualquier cosa. Pero no te hagas muchas ilusiones, pues lo que has hecho hasta ahora es, por así decirlo, la parte más fácil; Pauline es una auténtica sádica, y estoy seguro de que sabrá ponerte en tu sitio. No sé si lo sabes, pero Esme, la mujer de Andrés, le duró sólo unos pocos días; él se la llevó de allí con un ataque de histeria, y al borde de la locura”. Sergio carraspeó antes de seguir leyendo, se aflojó un poco el cuello de la camisa con el dedo y continuó: “Pero antes de ir con ella te espera, aquí en la notaría, la séptima prueba. Sergio llamará ahora a todo el personal a su despacho; y tú, delante de todos ellos y en la misma postura en que ahora estás, tienes que correrte como una perra en celo. No trates de engañarlos; he explicado a Sergio lo muchísimo que mojas cuando estás excitada, así que difícilmente podrás simular un orgasmo”. Cuando dejó el papel sobre la mesa estaba realmente azorado, y yo muy preocupada; pues no tenía nada claro que, ante todo el personal, me fuera posible masturbarme hasta el orgasmo. Pero de pronto tuve una idea, y se la consulté a Sergio: “La condición me obliga a llegar al orgasmo sola, masturbándome, o puedo pedir que alguien me ayude?”. Y, al decirme él, muy profesional, que “masturbación” no constaba en el escrito, solo correrme y en aquella misma postura, me lo puso más fácil; así que le dije que llamara al personal, pero primero que todo a su secretario, pues quería hablar con él.

Al poco de salir Sergio entró el secretario, y su cara cuando me vio en aquella postura hubiera merecido una fotografía; pero su expresión aún fue de más sorpresa cuando le dije “Le puedo pedir un favor? Necesito que me coma el coño hasta correrme, y ha de ser ante todo el personal. Podrá hacerlo? Le prometo que, al acabar, le recompensaré…”. El chico -pues no parecía tener más de veinte años- estaba rojo como un tomate, pero atinó a hacer que sí con la cabeza, y se lanzó en plancha hacia mi sexo; pero tuve que detenerlo, pues aún no habían llegado los demás empleados. Fueron haciéndolo, con caras de sorpresa o indignación las mujeres y algo más felices los hombres; y cuando Sergio me indicó que estaban todos le hice una seña al secretario para que comenzase a lamer y chupar. La verdad es que no era un gran experto, y que aquella situación no era precisamente la más erótica posible, pues por entre la docena larga de empleados había incluso alguna señora mayor, que me miraba con verdadero desprecio; pero a los diez minutos noté que algo empezaba a crecer en mi vientre. Y, dando precisas instrucciones a mi “ayudante” sobre los lugares donde debía usar su lengua, insistiendo en la suavidad y, al final, con cierta ayuda de mis dedos, logré un orgasmo más que aceptable; tanto que hasta lo disfruté un poco. Cuando el secretario se retiró de mi sexo, con la cara cubierta por mis secreciones, Sergio se acercó, comprobó con su mano que yo estaba literalmente empapada, y regresó a su asiento; tras lo que proclamó cumplida la séptima condición, y luego mandó a los empleados de vuelta a sus labores. Las mujeres con caras de asco o de asombro, y los hombres con unas grandes protuberancias bajo sus cremalleras.

Cuando volvimos a estar los dos solos, yo en mi obscena posición en el asiento, Sergio me sonrió y me dijo “Eres increíble, de verdad; daría todo lo que tengo por hacer el amor contigo, pero me debo a mi profesión. Al menos hasta que hayas cumplido las condiciones, claro…”. Yo también le dediqué mi mejor sonrisa, aunque mis pensamientos iban en otra dirección, pues lo que seguro no iba a hacer, una vez tuviese mis mil millones, era liarme con el notario. Él continuó diciéndome que, al día siguiente, vendría alguien a buscarme a casa de parte de Pauline; y que ya nos veríamos en el “château” -me lo dijo así, en francés- de ella. Se levantó, me tomó de una mano y me sacó al antedespacho, donde se despidió de mí y regresó adentro; tan pronto como hubo cerrado la puerta yo metí mi desnudez bajo la mesa del secretario, desabroché y bajé un poco sus pantalones y saqué de su calzoncillo un miembro de regulares dimensiones, duro como una roca. Al que hice una felación en la que puse todo mi esfuerzo y todos mis conocimientos, que después de estar todo un mes en el cortijo ya eran bastantes; él no aguantó más de cinco minutos, y eyaculó en mi boca una gran cantidad de semen. Yo lo tragué, limpié bien su pene con mi lengua y lo devolví a su lugar, tras los calzoncillos y los pantalones; hecho lo cual me incorporé, le besé, le dije “Mil millones de gracias!” y, imprimiendo a mi desnudez toda la elegancia de que fui capaz, volví al ascensor, bajé -esta vez sola- al sótano y me subí a mi coche.

XII – En la mansión de Pauline

A la mañana siguiente, igual que un mes atrás hicieron los peones del cortijo, vinieron a buscarme al alba. Eran dos hombres vestidos de piloto, y al salir con ellos al jardín entendí por qué iban así: nos esperaba un helicóptero de mediano tamaño, con los rotores girando muy despacio. Quien parecía ser el copiloto -pues llevaba una barra dorada menos en los hombros- me dijo que colocase mis manos atrás, y noté como me las esposaba; luego me puso un antifaz sobre los ojos, que me impedía ver, y mientras se dedicaba a magrear mis pechos me dijo “El vuelo durará unas cuatro horas, con una parada a repostar. Si tiene que orinar hágalo ahora, porque cuando hagamos la parada no será posible”. Yo había salido a recibirles tan pronto me avisó un criado, sin pasar primero por el baño; por lo que, sonrojándome furiosamente, le dije que sí, me agaché un poco, separé las piernas y allí me dejé ir. Él esperó a que terminase de orinar en la hierba, y luego noté como pasaba un papel por mi vulva, para secarme bien; cuando terminó me cogió de un brazo y, sin más trámite, me subió al helicóptero, cuidando de que mis pies descalzos no tropezasen al hacerlo. Noté como sus manos los guiaban, y una vez estuve sentada como me colocaban el cinturón; al poco de que dejase de tocarme oí varias puertas, y enseguida el motor aceleró, hasta que noté como nos despegábamos del suelo. Como no veía nada solo podía escuchar el ruido del motor, y al cabo de mucho rato noté que reducía su régimen; enseguida que descendíamos, y después que tocábamos el suelo. Pero debió de ser la parada que me había anunciado el copiloto, porque quince minutos después volvimos a despegar, y volamos otro buen rato. Hasta que, por fin, el helicóptero aterrizó otra vez, y en esta ocasión los motores se detuvieron.

Cuando el copiloto me quitó el antifaz vi que estábamos en otro jardín como el mío, grande, con buen césped y rodeado de lo que parecían bosques; y al bajar del helicóptero pude ver, justo detrás nuestro, la mansión: era igual que uno de aquellos castillos del Loira que, años atrás, Pedro y yo habíamos visitado; de hecho me recordaba, en más pequeño, al de Sully, aunque no tenía a su alrededor un foso de agua. Pero la construcción parecía de la misma época, más o menos, por el aspecto del edificio: cuadrado, macizo, y con cuatro torres en sus esquinas rematadas por aquellos tejados tan puntiagudos, en este caso hechos con tejas. Pude ver entonces que, allí al lado del aparato, me esperaban dos hombres vestidos de campesinos; quienes, sin decir una palabra, sujetaron mi cuerpo desnudo por ambos brazos y me llevaron hacia el edificio. Mientras caminábamos hacia allí me fijé en varias cosas: el paisaje era completamente distinto, pues el terreno hasta donde alcanzaba la vista, no era montañoso pero sí ondulado, y estaba cubierto de bosques con árboles parecidos a los del norte de España; que yo conociera había robles, hayas, y castaños. La temperatura era también otra que en Marbella, y con diferencia; estaba algo nublado, y al ir yo desnuda notaba bastante frío: tenía la piel de gallina, y al agachar la cabeza pude ver que mis pezones estaban tiesos como balas. Cuando llegamos a lo que parecía la puerta principal del castillo pude ver que, en el arco sobre la entrada, había una fecha, 1360; aunque, sin yo ser experta, hubiese dicho que la construcción se veía posterior a la Edad Media; más bien del siglo dieciocho.

Poco me dejaron ver, sin embargo, porque enseguida entramos por una puerta lateral y bajamos, por una escalera de caracol interminable, hasta un sótano que, este sí, parecía medieval: iluminado por antorchas, húmedo y con aspecto de mazmorra. Era cuadrado, como de cuatro metros de lado, y en sus paredes había varias puertas de madera, de aspecto pesado y antiguo; uno de los hombres me quitó las esposas mientras otro de ellos abría una de aquellas puertas, que me hicieron cruzar. Al principio no veía nada, pero conforme mis ojos se fueron acostumbrando a la considerable oscuridad pude ver que estaba en una habitación muy pequeña, de quizás dos por tres metros, de techos muy altos y con las paredes en piedra; en la que solo se veían dos cosas: un respiradero pequeño junto al techo, en la pared contraria a la de la puerta, y un gran collar de hierro muy oxidado, unido a la pared por una enorme cadena. Uno de los hombres me acercó al collar, lo cerró en mi cuello con un “clic” que me provocó escalofríos, y se marcharon ambos, cerrando la puerta de madera. Y yo me quedé allí, desnuda, encadenada y encerrada en la penumbra; en un lugar que, por su pequeñez, me producía cierta claustrofobia. Las horas fueron pasando, y tras una detenida inspección de mi celda descubrí que, en una de las esquinas, había un agujero en el suelo, de como un palmo de diámetro, que supuse sería para hacer mis necesidades. Y finalmente la luz de la claraboya se extinguió, pues sería ya de noche; yo me tumbé en el frío y húmedo suelo, donde me puse a llorar quedamente.

En algún momento me debí de quedar dormida, pues me despertó el ruido de un golpe; cuando me despejé un poco vi que ya entraba luz por el respiradero, y que en el suelo, no lejos de mí, había un panecillo y una botella de agua que parecían haber sido lanzados allí desde la claraboya. Comí y bebí todo, pues tenía hambre y mucha sed, y nada más ocurrió hasta que, bastante tiempo después, volvió a caer del techo el mismo envío; cuando ya se estaba haciendo oscuro me tiraron pan y agua una tercera vez, y en eso consistió mi día. Al día siguiente se repitió lo mismo: trozo de pan y botella de agua poco después de que se viese algo de luz por la claraboya; lo mismo unas horas después, y otra vez cuando empezaba a desaparecer la luz. Y nada más. Así me tuvieron una semana entera; lo supe porque contaba las botellas de agua, y superé la veintena. Yo comenzaba a estar desesperada en aquella penumbra: me sentía sola, necesitaba ver y oír gente, tanto que a veces creía incluso oír voces, allí en mi celda; además tenía mucho frío, pues la humedad de aquel sótano había penetrado mi desnudez hasta los huesos. Y me sentía muy sucia tras una semana orinando y defecando en aquel agujero, sin posibilidad de lavarme; ya que la poca agua que me tiraban la necesitaba para beber. Pero sobre todo la soledad y el silencio, después de una semana entera, me estaban afectando muchísimo; a veces pensaba que me dejarían allí para siempre, para asegurarse así de que no recibía la herencia, y enseguida me ponía a llorar desconsoladamente. Pues aquel aislamiento era psicológicamente tan duro que llegué a pensar que prefería el látigo a la soledad. Pero el octavo día hubo un cambio: oí pasos en la escalera, y al poco se abrió la puerta de mi celda, en la que apareció una figura de mujer que enseguida reconocí: era Pauline, a quien recordaba del funeral de mi marido. Ella me miró con cierto desdén, arrugó la nariz -supongo que allí no debía de oler muy bien- y me dijo “Lamento no poder alargar más la octava prueba. Pronto comenzaremos con las otras dos pruebas que faltan; pero antes habrá que lavarte un poco, das asco…”. Dicho lo cual dio la vuelta y se marchó, cerrando tras de ella la puerta.

XIII – Golpeada donde más duele

A la mañana siguiente los dos mismos hombres que a mi llegada me habían encerrado en aquel sótano vinieron a buscarme; tras abrir con una llave el collar que me sujetaba a la pared me cogieron otra vez de ambos brazos y me sacaron de allí, escaleras arriba. Al salir al exterior tuve que cerrar los ojos, pues la luz era excesiva para mí; pero los abrí de golpe cuando, un minuto después, un potente chorro de agua helada golpeó mi desnudez: me estaban limpiando, como siempre, a manguerazos, pero en aquel clima el agua fría era mucho más hiriente. Cuando el chorro paró me enjabonaron con dos grandes pastillas, una cada uno, mientras yo tiritaba; al acabar volvió el agua helada, hasta que no quedó en mí ni una brizna de jabón. Tras lo que uno de los hombres me hizo el gesto de que me pusiera a correr, supongo que para que me secase más rápido; no me hice de rogar, pues tenía bastante frio, y comencé a dar vueltas al patio central del castillo haciendo saltar mis pechos en todas direcciones. Ellos me contemplaron un rato, y cuando les parecí lo bastante seca me ordenaron parar; uno me peinó un poco, y a continuación me llevaron al interior del castillo. A través de muchas estancias llegamos, finalmente, a lo que parecía un salón; en un rincón había un tresillo, y en uno de los sillones estaba sentada Pauline. Me hizo gesto de que me acercase, y me arrodillara frente a ella; yo la obedecí, y en cuanto estuve así me dijo “La verdad es que me has sorprendido; pensaba que nunca llegarías hasta aquí, que fallarías antes alguna de las anteriores pruebas. Ya sólo te quedan dos, pero la novena es muy dolorosa, y la décima será la más difícil”. Y, poniéndose en pie, me indicó que la siguiera; lo que hice hasta otro salón, algo más grande, en cuyo centro habían instalado una mesa baja, como las de café: de quizás un metro de largo por medio de ancho, y no más alta de otro medio.

“En esta mesa vas a recibir cien golpes de vara, con la que a mí más me gusta: la de fibra de carbono. Duele más que la de madera, y deja marcas muy profundas, casi tanto como la de ratán; pero esa no es para las delicadas pieles femeninas. La prueba tiene algunas reglas; la primera, que cada vez podrás elegir dónde quieres ser azotada, pero sólo entre tres opciones: tu sexo, tus pechos o el interior de tus muslos. La segunda, que recibirás los varetazos tumbada boca arriba sobre esta mesa, abierta de piernas y sin ligadura alguna; si pierdes la posición volveremos a empezar, aunque sea en el golpe noventa y nueve. La tercera, que puedes pedir cuando quieras una pausa, de no más de cinco minutos, pero siempre habrás de haber recibido al menos doce varazos entre una y otra. Y la cuarta, que contarás los golpes, y si te descuentas volveremos a empezar, aunque suceda en el golpe noventa y nueve. Pero, por supuesto, en cualquier momento puedes ordenar que paremos; aunque ya sabes las otras consecuencias de hacerlo, si gritas “Renuncio!” se detendrá al instante tu castigo. Cualquier otra cosa que digas se entenderá como un mero desahogo…”. Esta vez sí que creí que estaba perdida, pues era posible que aguantase cien golpes en mis lugares más sensibles -el interior de los muslos era, sin duda, uno de ellos- pero no que lo pudiese hacer quieta sin estar atada. Aunque Pauline no me dio tiempo a pensar nada más: “Empezaremos mañana a primera hora; hasta entonces eres libre de moverte por todo el castillo, y puedes ir a la cocina a comer todo lo que quieras. Pero te aviso: desde las seis de la mañana no podrás beber ni una gota de agua más, y un poco después te administrarán una lavativa. No fuera a ser que, mientras te pegamos, hicieras alguna marranada”.

Cuando me hizo gesto de que me fuera comencé mi visita del castillo, que estaba decorado muy sobriamente; eso sí, con profusión de armaduras, lanzas, picas y demás “material de guerra” medieval, así como un montón de cuadros antiguos. En la cocina me encontré con un hombre vestido con la ropa tradicional de cocinero, que me hizo seña de sentarme a una mesa, y me sirvió toda clase de manjares; hasta que le dije que basta, y me fui a tumbar un rato en una gran cama que había encontrado en mi exploración anterior. Descansé un poco, y luego seguí con mi paseo, que me llevó hasta la biblioteca; allí pasé el resto del día, pues la colección era fantástica: Pauline parecía tener un ejemplar de cada libro erótico que se hubiera escrito a lo largo de la historia. Y muchos con dedicatorias de sus autores; me sorprendió sobre todo una lujosa edición de la Historia de O, con una dedicatoria en francés de la autora que comenzaba “De Pauline à Pauline…”, aunque no pude entender el resto por no saber francés. Así se me pasaron las horas, y cuando ya era oscuro me volví a acercar a la cocina; el cocinero me volvió a servir todo lo que quise, y cuando ya estaba terminando vinieron mis dos carceleros, pero esta vez a llevarme a uno de los dormitorios del castillo, donde me encerraron. No sé cuanto tardé en dormirme, con mi desnudez acurrucada bajo un cubrecama abrigado, pero si que cuando uno de aquellos hombres me despertó, apartando la colcha, aún no entraba luz por la ventana. Me llevaron entre los dos a un baño próximo, donde tenían preparada la lavativa, y durante una hora larga me sometieron a algo que aún nunca me había hecho nadie, pero que sin duda estaba entre las cosas más humillantes que un hombre le podía hacer a una mujer. Esto es, primero ponerme a cuatro patas, con el trasero alzado, y tras meter la cánula por mi ano llenarme los intestinos de agua tibia; luego esperar un rato, hasta que yo ya no podía aguantar más, y hacerme evacuar allí mismo, en el inodoro de aquel baño. Y eso no una, sino tres veces.

Cuando terminaron me llevaron de nuevo al dormitorio, y me dejaron dormir otro rato. No sé cuánto, pero sí que cuando volvieron a por mí ya era de día; me llevaron entre los dos al salón donde había la mesa, me tumbaron de espaldas sobre ella, me separaron las rodillas y se fueron. Yo me quedé quieta en aquella posición, y me di cuenta de que podía agarrarme con las manos a las patas de la mesa próximas a mi cabeza, que colgaba libre en un extremo de ella; mientras estaba haciendo estos ensayos se abrió una puerta, y por ella entraron Pauline, sus dos esbirros, y tras ellos Andrés y Sergio. Estos se acercaron y me saludaron con sendas caricias, aunque no donde el decoro exige, pues el primero acarició mis senos y el segundo mi sexo; y entonces pude ver que, a unos dos metros por mi lado izquierdo, alguien había colocado tres sillones, donde se sentaron. Pauline hizo una seña, y uno de los dos hombres se acercó a mi con una vara de aspecto plástico, fina y de como un metro de largo; la hizo silbar en el aire varias veces, produciendo un sonido siniestro, y mientras lo hacía Pauline me preguntó: “Por dónde empezamos?”. Yo, la verdad, no había elaborado estrategia alguna; mi único propósito era resistir, resistir y resistir. Pero, por decirle algo, contesté “Mis pechos”, y al punto el verdugo se colocó a mi derecha, a medio metro de ellos. Pauline me preguntó aún otra cosa: “Recuerdas las reglas? Si quieres te las repito…” pero yo hice que no con mi cabeza, y de inmediato pude ver como la vara caía, a toda velocidad, sobre mis senos.

Al recibir el primer golpe me di cuenta de que nunca lo lograría. Menos de un segundo después de que la vara alcanzase de lleno mis dos pechos, y se hundiese en ellos como si quisiera alcanzar mi esternón, un terrible dolor me hizo convulsionarme entre chillidos, y a punto estuve de caer de la mesa; por supuesto mis manos fueron directas al lugar del impacto, en un intento vano de disminuir la sensación de que mis dos senos habían sido partidos por la mitad. Pauline dijo “Ves? Este golpe no cuenta, porque te has movido…” y le indicó al verdugo que siguiera azotándome; pero el segundo provocó la misma reacción en mí. Incluso con algo más de movimiento, porque esta vez el golpe alcanzó de lleno uno de mis pezones; cuando me calmé dije con voz muy débil “Uno!”, pero Pauline volvió a anularlo. Y al tercero, que en realidad seguía siendo el primero, ya no pude mantenerme en la mesa: tan pronto como el dolor alcanzó mi cerebro resbalé hasta el suelo, entre grandes convulsiones, mientras frotaba mis pechos y gritaba con toda la energía de que era capaz. Cuando recuperé la posición Andrés, en un intento de ayudarme, dijo “Tal vez si empezamos por los muslos lo soportará mejor…” y yo hice que sí con la cabeza; pero no porque lo creyera posible, sino por pura desesperación. Pauline aceptó, y el primer varazo cayó sobre mi muslo derecho, dejando en él un surco rojo, ancho y profundo; sudando, y desahogándome como podía con mis aullidos de dolor, logré mantenerme en la postura ordenada, y anunciar su número: “Uno!”. Así seguí otros tres golpes, que el verdugo fue alternando entre mis dos muslos; pero el quinto cayó justo sobre la marca de uno anterior, casi por completo, y el dolor me hizo saltar otra vez de la mesa al suelo, donde me puse a frotar mis muslos con una energía que rayaba en la histeria.

Cuando, desde el suelo, oí como Pauline me decía “Habrá que volver a empezar; a no ser, claro, que ya te hayas convencido de que nunca lo vas a lograr, y decidas renunciar” estuve a punto de hacerlo, pronunciando la palabra que me habría privado de mi herencia. Pero antes de que pudiera hacerlo oí la voz de Sergio: “Creo que hay una solución posible. Estoy leyendo el codicilo, y en él se dice literalmente que la novena prueba para Alicia será “Soportar, sin estar atada o encadenada al sitio donde se la coloque boca arriba, cien golpes con la vara de fibra de carbono, dados por un hombre con toda la fuerza de que sea capaz” y luego se explica todo lo demás: las partes del cuerpo a golpear, la regla de que se comenzará de cero si en algún momento pierde la posición o la cuenta, así como la posibilidad de que renuncie en cualquier momento. Y, por cierto, otra norma que no sé si Pauline le explicó a Alicia: que si llega la noche sin haber ella superado la prueba, se considerará fallada. Es decir, que aún tiene tiempo de sobra”. Tanto Andrés como Pauline le miraban con cara de no entender nada; y yo, aunque tampoco veía dónde quería ir a parar, le miraba también, pero en mi caso muerta de dolor, sudando copiosamente y mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Pero él continuó: “Sin estar atada o encadenada es una expresión fácil de interpretar, pues solo significa no estar inmovilizada mediante algún mecanismo de tipo mecánico. Pero no excluye que sean seres humanos quienes la sujeten con sus manos, pues las manos no atan ni encadenan…”. Entendí al punto qué era lo que él pretendía, y lo primero que se me ocurrió fue que quizás algún día, cuando aquella pesadilla terminase, Sergio vería cumplido su sueño de acostarse conmigo. Andrés no dijo nada, solo sonrió, pero Pauline empezó a protestar de modo estridente; que si era trampa, que si ella no iba a autorizarlo, que si no contásemos con sus hombres para eso, … Aunque no le sirvió de nada, pues Sergio le recordó que él era quien, según el testamento, debía de decir en cada caso si la prueba estaba o no cumplida.

Con una mezcla de temor, por los golpes, y de ilusión por la posibilidad de aguantar con la ayuda de ellos dos, volví a colocarme en mi posición en la mesa; tras lo que Andrés se situó detrás de mi cabeza, sujetándome ambos brazos, y Sergio hizo lo mismo, desde el otro extremo, con mis piernas. Una vez situados Pauline me preguntó por dónde empezábamos, y yo le indiqué que mis muslos; ella miró al verdugo, y le dijo algo en francés de lo que solo entendí la última palabra, “fort”. Y el hombre descargó el primer golpe en mi muslo derecho, en el que ya se veían dos marcas anchas, profundas y de color violáceo. El dolor fue, por supuesto, atroz e insoportable, y mi chillido como el de una enajenada; pero los fuertes brazos de Andrés y Sergio impidieron la mayoría de mis movimientos, limitándolos a algunas pequeñas sacudidas, y una vez me calmé pude decir “Uno!”. Así seguimos durante los siguientes cinco golpes; hasta que yo, aunque no había perdido la posición gracias a ellos, ya no podía soportar más el dolor en mis muslos. Así que al cantar el sexto dije con un hilo de voz “En mi sexo, por favor”, y así lo hizo el verdugo; aunque, al recibir el primero a lo largo de mis labios mayores, me di cuenta de que quizás era donde menos golpes podría resistir. Pero soporté tres, que anuncié, antes de pedir el cambio a mis pechos; donde cayeron los tres siguientes, entre mis aullidos de dolor, para completar así los primeros doce. Cuando Andrés y Sergio me soltaron, para que pudiera descansar los cinco minutos de pausa previstos, yo estaba jadeando como si me ahogase, empapada en sudor; y, al mirar a mi cuerpo, pude comprobar los estragos que la vara había hecho en él. Así como las marcas que en mis brazos y piernas habían dejado las manos de mis dos “ayudantes”, por la fuerza que habrían tenido que emplear para sujetarme. Cuando Pauline dijo que teníamos que continuar yo empecé con la misma estrategia, y soporté los primeros seis varazos en mis muslos; el dolor era inhumano, sobre todo porque ahora el verdugo pegaba directamente sobre las heridas anteriores, pero pude llegar hasta el número dieciocho del total, y luego pedí cambiar a mis senos. Donde esta vez, y con una fuerza de voluntad que a mí misma me sorprendió, logré resistir otros seis más, hasta la segunda pausa.

Al comenzar la tercera tanda me notaba mareada, y supongo que era por la pérdida de energías provocada por lo que había llegado a sudar y chillar. Pero Pauline me había advertido de que no podría beber agua hasta terminar, por lo que no la pedí; y soporté aquella tercera docena siguiendo un esquema parecido a las dos anteriores: primero seis en mis muslos, y luego cambié a mis pechos, aunque esta vez no pude más tras recibir el cuarto golpe en ellos, y los últimos dos los pedí, y los recibí, en mi sexo. Al hacer la tercera pausa, y mientras yo frotaba mi vulva con energía, tratando de disipar el horrible dolor que los dos últimos varazos me habían causado, Sergio me acercó una botella de agua, que bebí con tanta sorpresa como alegría. Una vez más escuchando las protestas de Pauline, quien decía que yo no podía beber nada desde las seis; pero Sergio, otra vez defendiéndome, le respondió que la literalidad del codicilo daba a entender que la prohibición se terminaba una vez comenzada la prueba, y le leyó otra vez el texto. Así que comencé la cuarta tanda con ánimo renovado, aunque para entonces el dolor en las tres zonas repetidamente golpeadas, que ya se veían tumefactas, era imposible de explicar con palabras; pero soporté otros seis golpes en mis muslos, e incluso pedí que allí cayesen los dos siguientes, para recibir en mis pechos los cuatro restantes. Durante la quinta tanda comenzaron a aparecer gotas de sangre en algunos lugares donde la vara había golpeado ya varias veces, que normalmente coincidían con aquellos donde las marcas se entrecruzaban; y en la sexta mi cuerpo estaba ya cubierto de heridas ensangrentadas, sobre todo mis muslos. Así que me armé de valor y repartí la séptima tanda entre mis pechos -aguanté siete- y mi sexo; aunque en el último varazo estuve a muy poco de abandonar, pues golpeó de lleno en mi clítoris. Lo que a punto estuvo, además, de hacer que me arrancase la lengua de un bocado; pues me pilló en pleno chillido de dolor por el previo golpe, que acertó de pleno a lo largo de mi vulva, justo entre ambos labios.

Durante mi séptima pausa pensé dos cosas: una, que ya “solo” faltaban dieciséis varazos, y la otra que difícilmente podría aguantarlos sin perder el conocimiento, pues cada vez me notaba más mareada, y me sentía muy débil. Además, claro, del horrendo dolor que sentía en las tres zonas castigadas, que cada vez era mayor; sobre todo en mi sexo, aunque fuera donde menos azotes había recibido, y en mis dos pechos, que eran sendas masas sanguinolentas. Así que resolví tratar de soportar los doce siguientes en los muslos, por más que el dolor tras tantos golpes seguidos iba a ser terrorífico; y tratar de repartir los cuatro últimos entre mi sexo -dos- y ambos pechos. Así lo hice, y los azotes comenzaron a caer sobre mis muslos; después de nueve el sufrimiento era de tal intensidad que, al caer el décimo -que hacía el número noventa y cuatro del total- me desconté. Y comencé a decir, con un tenue hilo de voz, “Noventa y ci…”; aunque la mirada de desesperación de Andrés, cuya cara estaba justo sobre la mía, me detuvo. Y puede ver que, moviendo solo los labios, me decía “Cuatro”, por lo que corregí a tiempo: “Noventa y cuatro!”. No sé si Pauline se dio cuenta, pero el caso es que no dijo nada; y el verdugo siguió con los dos golpes restantes, los cuales numeré correctamente; aunque en ambos tardé más de lo normal en decir la cifra, pues el dolor tras diez, y luego once, varazos seguidos en mis dos muslos -sumados a los más de cincuenta ya acumulados allí- me dejaba sin aliento. Pero llegué a la octava pausa, y tras ella los cuatro varazos restantes, extraordinariamente dolorosos, fueron para mí como una cuenta atrás; cuando, tras recibir otro vicioso golpe sobre mi sexo, pude por fin decir “Cien!”, Andrés y Sergio aplaudieron con gran alegría, y en mi cara se dibujó, superando el dolor y las lágrimas, una tímida sonrisa de triunfo.

XIV – Empieza la última prueba

Cuando mi ordalía terminó Andrés y Sergio me llevaron entre ambos a la habitación donde la noche anterior había dormido, y después de desinfectar mis heridas me cubrieron de lo que, supuse, sería algún ungüento reparador. Yo, la verdad, me sentía como si me hubiesen atropellado, de tan agotada y dolorida que estaba, y cada vez que miraba mi cuerpo desnudo, tumbado sobre aquella cama, me ponía a llorar; tenía la sensación de que mis pechos no volverían nunca a recuperar su aspecto y firmeza, y de que mis muslos iban a quedar cubiertos de estrías profundas por el resto de mi vida. Pero Andrés me consoló: “No te preocupes, en una semana de reposo, como máximo dos, volverás a estar como nueva. Hazme caso, he azotado a muchas mujeres y sé de qué va esto; tus heridas son aparatosas, sí, pero no tan graves como a ti te parecen. Por supuesto que las marcas tardarán algo más en irse, pues son profundas; quizás tres o cuatro meses, pero para navidades no tendrás rastro de ellas en tu cuerpo. Que volverá a ser tan apetitoso como lo ha sido siempre, créeme; estoy deseando volver a poder acariciar esos pechos que me vuelven loco…”. Yo le dediqué una breve mueca que quería ser una sonrisa, y entonces intervino Sergio: “Ya he confeccionado el acta en la que recojo el cumplimiento de la novena prueba, y la uniré al expediente. Ahora solo te queda una, pero es la más difícil. Como aún has de reposar al menos una semana, antes de poder dar comienzo a ella, si quieres vuelvo entonces y te la cuento. Así no estarás todo este tiempo preocupándote por si podrás o no con ella, sabes? Aunque después de lo que llevo visto, estoy seguro de que podrás con todo”. Yo le hice la misma mueca que a Andrés, y le dije que prefería saberla ya, pues de todas maneras iba a estar preocupada; mejor poder ir pensando en cómo superarla que perder el tiempo imaginando qué sería, le dije. Así que él se fue a buscar a Pauline, pues me dijo que la prueba final había sido una idea de ella, y cuando volvieron le cedió la palabra para que me la explicase.

Empezó, cómo no, quejándose otra vez de que habíamos hecho trampa: “Estoy segura de que habéis hecho lo que Pedro, precisamente, no quería que sucediera; si él lo hubiese pensado con más detenimiento, y hubiera sido algo más hábil escribiendo, seguro que habría puesto “sujeta”, por ejemplo, en vez de “atada o encadenada”. Pero ahora ya da igual”. Yo pensaba, mientras la oía, que por nada del mundo querría ser tan cruel como ella, pero lo que dijo acto seguido captó de nuevo toda mi atención: “La décima, y última, prueba dura un mes exacto. Pues ése es el tiempo que habrás de pasar en estos montes, desnuda y perseguida. En una semana te llevaremos hasta el corazón de los bosques de aquí, y allí te dejaremos; tendrás que espabilarte para sobrevivir en ellos, y además evitar que mis hombres y yo, que estaremos buscándote, te cacemos como a una alimaña. Y no puedes pedir la ayuda de nadie; si, durante ese mes, cruzas una sola palabra con alguien, o recibes alguna ayuda, habrás fallado la prueba; y por supuesto también si te cazan mis hombres, o cualquier persona te trae presa aquí. Y no olvides que la segunda condición se mantiene en vigor: hasta que no termine esta última prueba has de estar completamente desnuda”. Yo me quedé de una pieza, pues aquello me parecía algo imposible de hacer, pero ella continuó: “Claro está que podrías pedir o aceptar ayuda y no decirlo a nadie, o quizás marcharte de los bosques lo más lejos posible, y volver un mes después. Pero para lo primero hay remedio: todos los aldeanos de la zona han sido informados de que por el bosque anda suelta una loca peligrosa, que suele ir desnuda; y saben que, si me avisan de su presencia, les recompensaré generosamente. No digamos ya si la apresan y me la traen. Y para evitar lo segundo te pondremos un localizador en un tobillo; si te alejas más de veinte kilómetros del lugar donde te dejaremos -te doy mucho margen, el bosque no es tan grande- nos avisará, y habrás perdido también. Y lo mismo si te lo quitas por la fuerza. Eso sí, no lo podemos usar para saber dónde estás en cada momento; haría la caza demasiado fácil, no crees?”.

Durante la siguiente semana mi vida consistió, básicamente, en untarme con aquel ungüento y estar tumbada; casi siempre en la habitación donde me habían llevado después de golpearme, pero alguna vez, si salía el sol, en el prado que había frente al castillo. Aunque lo común era que el cielo estuviese nublado, o incluso que lloviera; y, cuando no hacía sol, la temperatura diurna no pasaba de los dieciocho grados. Y la nocturna era francamente fría; algo que había comprobado asomándome, en plena noche, a una ventana. Lo que me preocupaba muchísimo, porque sobrevivir desnuda a esas temperaturas iba a ser una dificultad añadida, y quizás la mayor; pues no iba a poder encender  fuego, tanto porque les permitiría localizarme como porque, con lo húmedo que estaba todo y sin combustible, era absurdo intentarlo siquiera. Como dispuse de tanto tiempo para pensar llegué a la conclusión de que la mejor solución era buscar, en el bosque, algún hombre que viviera solo, y ofrecerle sexo a cambio de su ayuda; pero existía un gran riesgo de que, tentado por la recompensa, me delatara. Así que quizás era mejor la segunda opción: buscar alguna granja aislada donde ocultarme, en el granero por ejemplo, y sobrevivir de lo que les pudiera sustraer. Aunque tenía también un pero: difícilmente sería una granja sin perro, y el animal seguro que me delataría. La tercera era la que, en mi mente, llamaba la “opción del oso”: buscar una caverna donde ocultarme, y salir sólo a por comida. Pero ésta era otra: qué iba a comer, si no conocía los frutos del bosque, ni tenía con qué cazar? Porque, eso sí, con tanta lluvia daba por descontado que agua no me iba a faltar…

Al octavo día, puntualmente, Pauline vino a verme a la habitación; y después de comprobar que mis marcas estaban cicatrizando bien -aunque eran todavía muy aparentes- me anunció que la última prueba iba a empezar aquella tarde: “Después de comer te llevaremos al bosque”. Sabiéndolo, comí todo lo que pude, así al menos tendría reservas para unos días; y al terminar uno de los hombres me llevó al patio, me esposó las manos detrás y me puso un antifaz como el que llevaba al llegar al castillo. Al poco oí como un vehículo se acercaba, y al parar a nuestro lado unas manos me subieron a él; arrancamos y circulamos menos de una hora, hasta que nos detuvimos. La propia Pauline, sentada a mi lado, fue quien me quitó el antifaz, y pude ver que estábamos en un claro de un espeso bosque, similar a los que rodeaban el castillo; antes de bajar del vehículo me mostró algo que parecía una pulsera, de color negro y no más de cinco centímetros de ancho. Me hizo levantar el pie derecho hasta su regazo, con lo que de paso le ofrecí una vista perfecta de mi vulva llena de marcas de varazos, y me puso la pulsera justo sobre el tobillo, cerrándola con un sonido metálico; pude ver que carecía de mecanismo alguno para abrirla. Y antes de hacerme bajar del todoterreno hizo algo que, viniendo de ella, no me sorprendió: pellizcó con dos dedos uno de los labios de mi sexo; hasta que yo di un grito de dolor, y al apartar ella sus dedos vi que me había hecho sangre, supongo que al clavarme las uñas. Me los hizo lamer, para limpiarla, y luego bajar del vehículo; una vez fuera me quitó las esposas, y me dijo “Hoy es veinte de agosto. Te recogeremos aquí el día veinte de septiembre, a esta hora; ya te espabilarás para contar los días. Si para cuando ese día se haga oscuro no estás aquí habrás perdido; y por supuesto si antes de eso te atrapamos, nosotros o alguien del pueblo, también. De todas formas la caza no empieza hasta mañana; así que tienes tiempo para aclimatarte”. Y dicho esto subió al asiento del copiloto del vehículo, que arrancó y se marchó por el único camino que allí llegaba; dejándome en medio de aquel claro, sola y desnuda como el día que nací. Aunque, a diferencia de entonces, cubierta con las marcas que la vara había dejado en mis pechos, en mis muslos y en mi sexo.

XV – Primeros pasos en el bosque

Lo primero que hice, tan pronto se fueron, fue seguir el camino por el que habíamos llegado; lo que no fue fácil, porque era muy pedregoso, y mis pies descalzos se lastimaban constantemente. Pero tras andar lo que me pareció más de una hora llegué a un punto en que se acababa el bosque; y el camino seguía, hasta donde alcanzaba la vista, por unos prados ondulantes en los que no se veían más que alguna vaca y algún árbol. Allí me detuve, pues temía salir a campo abierto, y luego continué mi exploración hacia poniente, siguiendo el límite del bosque. Pero todo era parecido, y para cuando llevaba caminadas varias horas ya estaba cansada; así que senté mi desnudo trasero en un tronco de árbol, y me puse a pensar qué hacer. De momento, y por lo avanzado de la hora, lo prioritario era buscar un sitio donde dormir; pues cada vez había menos luz, y la temperatura era más baja. Al final mi búsqueda dio resultado, aunque limitado: llegué a un pequeño riachuelo donde pude beber, junto al que unas rocas ofrecían lo más parecido a un poco de abrigo. Allí me acurruqué, después de beber agua; pero al poco empezó a lloviznar, y la temperatura aún bajó algo más. Con lo que, para cuando se hizo oscuro, yo estaba empapada, temblando de frio y al borde del llanto; esto último por poco tiempo, porque no tardé en ponerme a llorar con ganas, mientras me frotaba el cuerpo en un intento vano de entrar en calor. Así estuve como media o una hora, hasta que me di cuenta de que si no me movía nunca entraría en calor; me levanté y, habiendo ya habituado mis ojos a la oscuridad, comencé a andar riachuelo arriba, hacia el interior del bosque.

Al cabo de bastante rato paró de llover, y al poco salió, por entre las nubes, una luna creciente, algo más de un cuarto; y gracias a su luz pude ver que, debajo de un árbol caído, se había formado como una pequeña oquedad. Me metí en ella, cubriéndome como pude con hojas caídas; algo que en el suelo del bosque no faltaba, aun siendo mediados de agosto y estando las que había bastante podridas. Y enseguida me quedé profundamente dormida. Me despertó un ruido, y al abrir los ojos vi, a pocos metros de mí, lo que parecía un conejo; ya era de día, y el pobre animal se llevó el susto de su vida cuando me moví, por lo que salió corriendo a toda velocidad. Pero verle me hizo pensar que, quizás, podría construir trampas para atrapar algo que comer; aunque no tenía con qué. De momento me levanté, me sacudí las hojas del cuerpo y, al hacerlo, descubrí que lo tenía cubierto de pequeños animales: arañas, orugas, hormigas, gusanos, incluso una babosa pequeña. Me los sacudí como pude y, por el mismo camino por el que había llegado, volví al riachuelo, a lavarme un poco; solo de llegar a él vi que, un poco más arriba, formaba como una laguna, de no más de tres o cuatro metros de ancho, y hacia allí me fui. Al meter en el agua mis pies descalzos pegué un respingo, pues el agua estaba más helada que yo; pero a base de muchos escalofríos logré, con las manos y el agua que en ellas iba recogiendo, lavarme el cuerpo un poco. Aunque, al acabar, tenía la piel enrojecida del frío, y mis pezones parecían piedras de tan duros.

De pronto oí un ruido de pasos, y me pareció ver, como a cien metros en dirección levante, un movimiento de ramas. No tenía donde ocultarme, pues volver a mi escondrijo quedaba descartado, al estar a como cinco minutos bosque a través. Así que hice lo único que podía: tumbarme en el agua hasta que cubrió todo mi cuerpo, y rezar para que quien fuera no viniese hacia mí. Tuve suerte, pues los pasos se alejaron monte arriba; pero cuando me levanté de nuevo estaba casi congelada, y más que tiritar tenía convulsiones. Pero no podía secar mi cuerpo desnudo con nada, así que me puse a hacer gimnasia allá mismo, hasta que entré un poco en calor; pero a costa de cansarme, y de darme cuenta del hambre que tenía. Así que me puse a intentar resolver, de inmediato, ese problema: para lo que regresé hasta el borde del bosque y lo fui siguiendo hasta que, en un prado próximo a él y como a medio kilómetro, divisé lo que parecía una granja. Con cuidado de no ser vista, agachada y siguiendo los lindes entre prados, me acerqué; no parecía haber gente, y por desgracia así era, pues tampoco había nada de comer. Volví al bosque y continué por su perímetro, hasta que un buen rato después vi otra granja; en esta seguro que había alguien, pues salía humo por la chimenea. Y lo mejor: no se oía ningún perro. Me acerqué, otra vez con mucho cuidado, y por una ventana pude ver a una mujer en su interior, cosiendo junto al fuego; deduje que el marido, con los perros -era casi imposible que en una casa así de aislada no los hubiera- debía de estar en el campo. Y aproveché para, rodeando la casa, ir hasta la parte de atrás, donde una puerta daba a la cocina; no estaba cerrada, y al entrar lo primero que vi fue lo que parecía un chorizo colgando del techo, y una gran hogaza de pan sobre una alacena. No hace falta decir qué cogí, ni tampoco a qué velocidad regresé al relativo refugio del bosque…

Una vez saciado mi apetito continué, con el resto de mis vituallas bajo el brazo, la búsqueda de un lugar donde refugiarme; pero aunque anduve hasta que se hizo oscuro no encontré nada, y aquella noche tuve que pasarla dentro del tronco hueco de un gran árbol muerto. Con lo que, a la mañana siguiente, volvía a estar aterida de frio y cubierta de insectos. Pero esta vez, antes de que pudiera limpiarme, tuve que regresar al interior del tronco, pues de nuevo oí pasos y voces; parecía que la búsqueda la hacían temprano por la mañana. Y me fue de poco, porque pasaron a quizás diez o quince metros de mí; menos de un minuto después de volver a esconderme dos de los hombres de Pauline, armados con escopetas pero por suerte sin perros, pasaron por un sendero que discurría cerca de mi escondrijo. Sin verme ni oírme, claro. Una vez que se alejaron salí de mi escondite, comí de mis provisiones y me puse a buscar otra vez agua, pues la charca del primer día estaba muy lejos de allí. Pero mi busca esta vez no duró demasiado, pues de pronto el suelo de hojas muertas sobre el que caminaba cedió; caí hacia delante, golpeándome en la frente, y lo siguiente que recuerdo es despertar, con mucho dolor de cabeza, en el fondo de un hoyo de como dos por dos metros, y de otros tres de altura. Tan pronto recuperé un poco el sentido noté que no solo me dolía la cabeza; tenía golpes y rasguños por todo el cuerpo, entre ellos un corte en el seno izquierdo -que sangraba un poco- y un enorme hematoma en formación junto a la nalga del mismo lado. Y, al ponerme en pie, noté que el tobillo izquierdo me dolía bastante; además, claro, de darme cuenta de que nunca saldría de aquel hoyo por mis propios medios, pues aun estirando al máximo los brazos mis manos quedaban cortas de casi un metro respecto de su borde superior.

No sé cuanto tiempo pasé allí dentro; mi única suerte fue que la hogaza y el embutido habían caído al hoyo conmigo. Pero al menos estuve un día entero, pues para cuando la cara de un hombre se asomó al hoyo yo había pasado allí lo que quedaba del anterior día, su noche, y estaba oscureciendo otra vez. Él me miró con curiosidad, aunque tampoco parecía demasiado sorprendido por haber cazado en su trampa a una mujer desnuda; me tiró una cuerda, que yo me até a la cintura, y tirando de ella me sacó. Una vez estuve fuera del hoyo me di cuenta de que era un hombre enorme, vestido con una zamarra de pastor, una camisa de cuadros y un pantalón de pana; no tendría más de treinta años, y era de pocas palabras: me dijo algo en francés, muy breve, que no entendí, y de inmediato me hizo dar la vuelta y me ató las manos a la espalda. Para, una vez me tuvo así, cargarme como un fardo sobre su hombro, con mi trasero mirando hacia el frente, y marchar de allí a buen paso. Caminamos bastante rato, pero él parecía no cansarse; salimos del bosque, cruzamos varios prados -yo temía que la pulsera de mi tobillo se disparase- y al final llegamos frente a un caserío de piedra, no muy grande, en el que le recibieron muy contentos un montón de perros. Entramos a la casa y lo primero que pensé fue lo calentito que allí se estaba, después de tres días desnuda en el bosque; él me sentó en una silla y, sin desatarme las manos, me dio agua acercando un vaso grande a mi boca. Lo bebí, e incluso otro que enseguida me ofreció; y una vez saciada me volvió a levantar, esta vez en brazos, y me llevó a una gran cama. Pero no para lo que yo esperaba: cogiendo un trapo limpio y agua caliente, se dedicó a limpiar bien todo mi cuerpo, sin hacer gesto alguno que denotara otro interés que el meramente higiénico, y luego desinfectó mis heridas. Para, al acabar, dejarme allí y marcharse fuera.

XVI – El final

Mientras esperaba su regreso, yo iba desarrollando mi plan, que no era otro que el primero que había concebido: usar mi cuerpo desnudo como pago por su protección; un plan que en su día descarté por peligroso, pero que mi actual situación me obligaba a intentar. Así que, cuando el hombre regresó dentro, yo estaba tan abierta de piernas como el dolor de mis muslos permitía, y le sonreía con lascivia; él captó sin duda el mensaje, pues vi que comenzaba a desnudarse. Pero una vez se lo hubo quitado todo no hizo exactamente lo que yo esperaba, sino algo peor: se acercó a la pared, cogió de ella un látigo corto y comenzó a pegarme con fuerza. Yo daba saltos sobre la cama como si tuviese un resorte en el trasero, pues pegaba con saña; apuntaba sobre todo a mis pechos y muslos, y cuando yo separaba las piernas, a mi sexo. Así estuvo como un cuarto de hora, hasta que yo estaba tan agotada que ya casi no reaccionaba a los latigazos; entonces se tumbó sobre mí, luciendo una enorme erección, y me penetró de un solo empujón. Poco podía yo hacer con las manos atadas a la espalda, más allá de separar lo que pude las piernas para que no me hiciese tanto daño; él me taladró durante unos minutos hasta que, con un gruñido animal, eyaculó en mi vagina. Tras lo que se levantó y se fue a la cocina, donde estuvo al menos una hora.

Supongo que el cansancio me pudo, pues lo siguiente que recuerdo fue notar como levantaba mis piernas hasta que las rodillas tocaban mis hombros, y al punto como su erección empujaba mi ano. Traté de acomodarle sin resistir, pero lo cierto es que esta vez me pilló desprevenida, y me hizo daño; durante todo el rato que él estuvo bombeando en mi recto no hice más que aullar de dolor, y cuando acabó me puse a llorar en silencio, mientras él se marchaba otra vez. Para regresar al cabo de quizás otra hora, máximo dos, y volver a penetrarme, pero esta vez en la vagina; tras lo que, supongo que sin fuerzas ya para más, se quedó tumbado a mi lado, y se durmió profundamente. A la mañana siguiente, cuando me levanté, él ya no estaba allí, y tampoco en ningún sitio; supuse que se habría ido a trabajar, pero lo había hecho sin soltar mis manos. Así que poco pude hacer, salvo esperar a su regreso; lo que, una vez más, no sucedió hasta bien entrada la tarde, para cuando yo ya estaba aburrida de no hacer nada. Le hice gesto de que me soltase las manos, pero él ni me contestó: me tumbó boca abajo sobre la mesa de la cocina, me separó las piernas con brusquedad y me penetró con auténtica fiereza, arreando unos empujones que movían de su sitio aquella mesa de madera maciza. Así me tuvo como cinco minutos, hasta que eyaculó; luego me cargó sobre su hombro, del mismo modo que cuando me trajo a la casa, y salimos afuera. Echó a andar hacia el camino principal, alejándose del bosque; yo veía muy poco, pues mis ojos quedaban justo frente a sus riñones, pero cuando se detuvo pude ver que, frente a él, había un todoterreno. Sobre cuyo capó me descargó, quedando yo boca arriba; lo primero que vi fue la cara sonriente de Pauline, que me decía: “No sabes cuánto me alegro de volver a verte tan pronto; seguro que mucho más que tú. Mañana llamaré a Sergio, para notificarle que has fallado la última prueba, y que puede venir a recogerte; pero no hay prisa, así que antes de eso te daré mi regalo de despedida: cien latigazos con mi juguete favorito, el látigo largo con puntas de acero. Pero vámonos ya; lo tengo todo preparado en casa, y ardo en deseos de empezar a despellejarte…”.

alcagrx

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