Historias de la pandemia -2

Un día la nueva rutina de tener todo cerrado a cal y canto se rompió, y vi que una de las ventanas estaba la persiana abierta hasta la mitad y los visillos abiertos también.

Al rato ni salir a Nuria a sacudir la mopa como hacía antes de nuestra conversación.

Una de sus primeras miradas fui a ver si yo estaba en la ventana.

Me miró, me vio, siguió sacudiendo un rato la mopa y se metió para dentro.

Al rato, apareció de nuevo con una silla que la puso pegada a la mesilla del marido.

Se acercó nuevamente a la ventana sin levantar la persiana más.

Llevaba el pijama típico en ella anti-violadores.

Retrocedió hasta la silla y vi por el movimiento de su cuerpo que se estaba quitando la camiseta.

A continuación, se quitó también los pantalones del pijama, llevaba bragas blancas y se sentó en la silla.

De pie la veía poco menos de cintura para abajo y una vez sentada a poco que se inclinará hacia delante, podía verla las tetas.

Ella debía de ser consciente de lo que se la veía por la situación que tenía, se inclinó un par de veces hacia delante masajeándose las tetas.

Era increíble, pero estaba empezando a exhibirse para mí

Al rato se quitó las bragas tapándose con una mano la entrepierna cómo queriéndome dar emoción en lo que iba a ver.

Jugaba abriendo y cerrando las piernas y apretándose el coño con las manos.

En un momento se levantó siempre con la mano puesta en la entrepierna se acercó a la ventana miro otra vez de los agujeritos de la persiana supongo que para asegurarse que yo seguía ahí y se volvió a sentar en la silla.

Ahora sí, apartó su mano de la entrepierna dejándome el coño al aire, ¡lo tenía totalmente rasurado!, no tenía ni un pelo. Con la ayuda de los prismáticos le pude ver perfectamente la raja. La verdad es que se me puso la polla durísima, solo de pensar que aquella putita se había afeitado el coño porque yo se lo había pedido.

Además, me ponía aún más el pensar la excusa que le habría puesto al marido para hacerlo.

Nuria se estuvo toqueteando un poco, hasta que dio por finalizada la exhibición.

Solo me faltó aplaudirla.

Decidí al día siguiente, hablar con ella, cuando sacara a pasear al chucho.

Así lo hice.

Como el día aquel, la salí al paso más o menos en la misma zona.

“Hola”, la dije

“Hola”, contestó.

“Muchas gracias por el show, me encantó”, la dije.

“Buff, me costó un mundo, pero me alegro de que te gustara. Pero no te acostumbres, eh???”, me dijo Nuria, que por primera vez parecía verla cómoda hablando conmigo.

“No, no, cuando y como tú quieras”, aunque me joroba que solo yo vea, y tu no veas nada”, la dije yo muy ufano.

“Ah, ¿pero es que hay algo interesante que ver?”, respondió ella en plan picarona.

La verdad es que no la hacía yo en plan picara. Pero claro eso va unido a la mujer.

“Bueno, pues yo creo que si, pero claro eso es para verlo, jaja”, la dije.

“Pues nada cuando quieras me avisas y cambiamos el show, tu muestra y yo miro”, me dijo ella.

“Por cierto, no hay nada que desee más que poder estar en contacto contigo. No nos vamos a dar los números de móvil, porque sería un peligro, pero podemos tener otro sistema de contacto”, la dije.

“Como?, ¿señales de humo?”, me dijo ella divertida.

“Pues no estaría mal, pero también es muy aparatoso. No, verás, mira, ¿ves esos matorrales?, la dije señalándola una zona ajardinada rodeada de matorrales.

“Si claro, pasó por ahí todos los días”, me dijo ella.

“Sígueme”, la dije dirigiendo hacia allí.

Vino detrás de mí, con cierto recelo. Lo mismo pensaba que me la quería follar detrás de los matorrales. Que también, pero no era cuestión.

“Mira”, la dije señalándola el centro de los matorrales, “cuando queramos decirnos algo, nos escribimos una nota y la dejamos ahí camuflada en el centro del matorral. Que no figure nada que pueda identificarnos, ni siquiera nombres.”

“Como?, ya hablamos así cuando podemos”, me dijo ella que no la terminaba de convencer la idea.

“Ya, ya lo sé, pero así podremos dejar la nota a cualquier hora del día. Imagina que yo descubro a media tarde que al día siguiente voy a estar solo. Puedo decírtelo con una nota para que tú estés atenta a la ventana, y en tu caso igual”, la dije.

“Vale, si, si ya lo entiendo, me parece de quinceañeros, pero bueno, quizás sea la forma más segura de decirnos algo si tenemos que decírnoslo”, me dijo ella algo más convencida.

“Esa es mi chica”, la dije, “oye, por cierto, muchas gracias también por rasurarte. ¿Que le dijiste a tu marido?”.

“Bueno lo he tenido así después de los partos, y aunque a él le gusta con pelo, tampoco es un mundo para el que no tenga”, me dijo ella muy digna.

“Me encanta que sea así. Tienes una raja muy bonita”, la dije.

“Jajaja, que adulador, pero si después de hacerlo me dices que no te gusta, te mato”, me dijo ella riéndose.

“Gracias Nuria, eres un encanto”, la dije tendiéndola el codo para despedirnos.

Me volví para casa contento. La conversación había sido agradable, y no nos habíamos cerrado puertas, que era importante.

Al día siguiente, no hubo exhibición, por lo que me decidía ponerle una notita a Nuria.

Escribí en un papel,

Muero de ganas de volver a ver ese chochete

Lo doblé en cuatro trozos y cuando bajé a por el pan, lo dejé puesto en el matorral, asegurándome que nadie me veía hacerlo.

Ahora a esperar contestación en forma de otra nota, o de respuesta real.

Casi a la hora de comer, la vía bajar y acercarse al matorral. Pasó de largo no esperando encontrar nada, pero volvió sobre sus pasos, y metió la mano en el matorral sacando mi nota.

Allí mismo, sacó un boli del bolso y escribió algo, volviendo a doblarlo y a dejarlo donde estaba.

No había otra, tenía que bajar a ver que me había puesto.

Bajé y recogí el papel.

Hasta el viernes, no puedo, pero tendré sorpresita

Buah, cada vez me estaba gustando más esta guarra. Roto el hielo inicial, participaba activamente.

Ya me moría de ganas de saber cuál era la sorpresa, pero tenía que esperar dos días.

Pasaron los dos días que parecieron dos meses, y al final, la tenía allí. Repitió más o menos lo del primer día la silla, la mirada por los agujeros de la persiana para asegurarse que estaba allí….

Lo primero que hizo esta vez, fue desnudarse entera y ponerse de rodillas en el suelo. Así podía verla entera desnuda. Ella sabía que tenía prismáticos, y estaba decidida a que los gastase de tanto usarlos esa mañana.

No paraba de masajearse las tetas, los pezones, y el coño, se ve que realmente se calentaba haciendo eso.

Acercó la silla a la ventana, y se sentó. Abrió las piernas a tope

Y con dos dedos se separó los labios del coño. Era evidente que quería que lo viera bien.

Madre mía iba a hacer un agujero en la pared. Me creía que arrimándome más a la pared iba a llegar a poder tocarla, pero es que me estaba poniendo cardiaco.

Pero no había terminado. Cogió supongo que de la cama un consolador, era bastante grandecito, y empezó a mamarlo. Lo hacía con verdadera dedicación, como si de mi polla se tratara, o eso fantaseaba yo.

Estuvo un rato mamándolo y babeándolo, hasta que lo bajó al coño, lo paso algunas veces por el clítoris y al final, se lo metió en el coño.

Empezó a follarse con él mientras que con la otra mano se tocaba alrededor del clítoris. Lo hizo un buen rato, hasta que empezó a moverse rápidamente y a abrir y cerrar las piernas con fuerza a la vez que incrementaba el ritmo del consolador y de su mano en el clítoris.

Al cabo del rato, se paró. Era evidente que se había corrido. Bueno, y yo también. Como para no pajearse viendo aquello. Tremenda la Nurita. Vaya pajazo que me había pegado a su salud.

Cada vez tenía más claro, que tenía que fallármela, pero tampoco quería ir muy rápido y que se asustara.

En cuanto se retiró de la ventana, cogí un papel y escribí.

“Sencillamente impresionante. Muchas gracias bonita, no veas la paja que me he hecho viéndote”

Lo doble, y bajé con la disculpa de subir el pan a ponerlo en el arbusto. Ella debía estar esperando que lo hiciera, porque me la encontré camino del arbusto.

“Nuria, sencillamente impresionante. Muchas gracias. Me he hecho una paja como un chiquillo de 15 años”, la dije.

“Puff, a mi aún me tiemblan las piernas. Lástima no haber visto yo a ese chiquillo de 15 años”, me dijo aun con la voz temblorosa.

“Nuria, tenemos que estar un rato juntos. ¿Te atreves un día a hacerlo?”, la pregunté si saber yo mismo lo que decía.

“No, no, Samuel. Una cosa son estos juegos y otra cosa lo otro”, dijo ella huidiza.

“Perdón, perdón, ha sido una torpeza por mi parte, no tendría que habértelo dicho”, la dije disculpándome con sinceridad.

De vuelta para casa, me iba haciendo cruces de cómo podía haber sido tan torpe. Decirle a una tía casada, casi 20 años más joven que tú, conociéndola desde hacía pocos días, en otras palabras, que quieres follarla no reflejaba simplemente que tenía una falta total de practica en ligar, sino que además era tonto perdido.

Menos mal que ella tampoco parecía muy decepcionada, o muy ofendida, aunque realmente pensaba que había quemado todas mis opciones con Nuria de un plumazo

Deje pasar el fin de semana. Lógicamente su marido andaría por casa, y le sería más imposible todo si es que aún quería seguir haciendo algo.

Pero el domingo, ya no aguantaba más, si es que la escribí otra nota.

Encanto, necesito verte. Guardando, eso si, la distancia de seguridad, y si quieres el doble. He pensado que si vas a comprar podemos vernos allí. Dime algo porfa

Bajé para ir arrancando el coche, comíamos en casa de mis suegros, y aproveché para dejar la nota en el arbusto.

Pasé todo el día como un chiquillo, pensando si la leería o no la leería, si contestaría o no.

Al volver por la noche a casa, dejé a la familia en el portal y me fui a aparcar, y por supuesto a mirar si estaba mi nota, o si ella había contestado. En serio que me latía el corazón como si estuviera proponiendo mi primera cita a una chica.

Aparqué el coche, y de camino a casa me pasé por el matorral. La nota estaba allí.

La cogí sin saber si ella la había leído, y si había contestado.

La abrí, y SÍ, estaba su contestación.

Mañana sobre las 10,30 estaré en el Hiper del barrio

Escueta, pero de alguna forma aceptando la cita.

Al día siguiente, a las 10,15 ya estaba yo en el parking del hiper. Antes me había pasado por la joyería de un amigo, y la había comprado un pequeño colgante que sirviera para mitigar mi torpeza de la cita anterior.

A las 10,30 me metí en el Hiper. La verdad es que no son establecimientos que frecuente mucho, por lo que andaba un poco perdido deambulando por los pasillos sin tener ni idea de dónde ir. Solo esperaba verla a ella comprando allí.

Al cabo del rato la vi entrar, se dirigió a la zona de la frutería y yo con mi cesta dela compra totalmente vacía me puse a su altura.

“Buenos días”, la dije

“Hola”, me contestó.

“Muchas gracias por contestarme, después de lo del ultimo día pensé que no querrías saber más de mí”, la dije.

“Por qué?, no pasó nada el último día”, me dijo ella.

“Ya bueno, oye yo aquí no pinto nada, y supongo que no querrás que te ayude a hacer la compra, así es que si te parece te espero en el parking. Tengo el coche en la primera línea según bajas a la derecha al final del todo”

“Vale tardaré algo más de media hora, te lo digo por si quieres tomarte un café mientras”, me dijo sonriendo.

Bueno lo de sonreír eran imaginaciones mías por el gesto de los ojos, porque con la mascarilla no se sabía si reíamos o llorábamos, aunque también nos hacía menos reconocibles.

“Vale, eso haré. Te espero abajo”, la dije, yéndome hacia un bar que había fuera del hiper.

Mientras me tomaba el café repasé mentalmente mil veces lo que iba a decirla, no quería volver a cagarla como el otro día.

Me tomé el café y me bajé al parking.

Y habían pasado 20 minutos así es que no tardaría mucho en bajar. Saqué la cajita con el colgante y me la guardé en el bolsillo.

No, me parecía vulgar sacarla del bolsillo, la dejaría en su asiento. Si, eso haría.

¿Pero y si no se mete en el coche?

Estaba con todas estas disertaciones cuando escuche detrás de mí un

“Hola, he terminado antes de lo que pensaba”, era Nuria.

“Ah, genial. No sé, ¿quieres tomar algo?”, la dije.

“No, mejor no. Con mascarilla y todo hay mucha gente conocida por aquí, y ya sabes cómo es la gente”, me contestó.

“Claro tienes razón, ¿nos metemos en el coche? Tiene las lunas tintadas, y no nos verá nadie”, la dije.

“Pues casi mejor. Espera que meto las bolsas”, me contestó.

“Espera te ayudo”, la dije echando mano a una de las bolsas.

“Uhy, Uhy, distancia de seguridad, recuerda, jaja”, me dijo metiendo ella sola las bolsas.

“Cierto, cierto”, la dije, metiéndome yo delante, y ella detrás.

Me giré hacia atrás para mirarla a la cara.

“Podemos quitarnos las mascarillas?, son super incómodas”, la dije.

“Por mi parte, no hay problema”, me contestó quitándose la suya.

“Buff, que alivio”, dije yo quitándome la mía.

Era la primera vez que la veía tan de cerca sin mascarilla.

“Bueno, Nuria, he querido tener un pequeño detalle contigo por la metedura de pata del otro día”, la dije dándola el estuche.

Ella lo cogió, lo abrió y me dijo,

“Pero y esto a que viene?”

“Me sentí muy mal el otro día, y de alguna forma he querido compensarte”, la dije.

“Pero mal ¿por qué?”, me preguntó.

“No sé, pensé que di la imagen de estar pidiéndote sexo”, la dije.

“Ah, ¿y no me lo estabas pidiendo?”, me dijo ella en plan totalmente picara.

“NO, bueno si, digo no….”, balbucee.

“Jajaja, estas hecho todo un conquistador, pero sin duda te falta algo de practica”, dijo ella.



Asentí con la cabeza.

“Claro que entendí que me estabas pidiendo sexo, y te dije que una cosa eran los juegos y otra cosa lo otro. Lo recuerdo perfectamente, pero eso no quería decir que no pudiéramos seguir jugando, y en el entorno del juego se pueden ir haciendo cositas, y con el tiempo, quien sabe, pero esto no puedo aceptarlo”, dijo refiriéndose al colgante, “no sabría que decirle a mi marido”

“¿Que tal decirle que lo has visto en una tienda de bisutería y que te ha apetecido comprártelo?”, la dije.

“Pues que se ve que es bueno, que no es bisutería”, me contestó.

“Bueno pues llévalo en el bolso, y solo te lo pones cuando vayamos a jugar”, la dije.

“Vale, ¿entonces me lo pongo ahora?”, preguntó.

“Ehh, bueno, si, si vamos a jugar, si, si claro póntelo”

Lo sacó del estuche, y se lo puso.

“Te queda genial”, la dije.

“Gracias, yo también tengo algo para ti”, me dijo metiendo la mano en el bolso y sacando un tanga.

“Me lo he quitado en el lavabo justo antes de bajar al parking. Así tienes algo mío”, dijo mientras me lo daba.

Instintivamente lo cogí y me lo llevé a la nariz.

“Uhmm, que olor más maravilloso”, la dije.

“Que raritos sois los tíos, ¿porqué os encanta oler un trozo de tela cuando tenéis la fuente emisora de los olores al lado?”, me dijo Nuria.

Joder, ya me había descolocado otra vez.

“Ah, ¿pero se puede?”, la pregunté con voz anhelante.

“Poder se puede, pero otra cosa es que lo vayas a oler, porque tú has visto mucho, y yo aún no he visto nada” me dijo.

Claramente estaba tomando ella el control de la situación.

Amocalabozo

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